Crítica: Power Rangers

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Saltémonos la introducción obligatoria sobre la naturaleza cíclica de la cultura audiovisual y el poder comercial de la nostalgia en nuestros días, y vayamos directos al grano: Este era el momento más indicado para estrenar un reboot de Power Rangers en el cine. No cabe duda. Entre revivals y relecturas de lo familiar, la propiedad de Haim Saban basada en la serie japonesa Super Sensai estaba pidiendo a gritos esta actualización en clave de épica. Millones de niños de todo el mundo crecieron con Power Rangers, con la serie de los 90, sus muñecos (sobre todo sus muñecos) y su mítica película de 1995 (¿quién no la tenía en VHS?), así que era lógico y esperable que la franquicia recibiera un lavado de cara deshaciéndose de la caspa para sumarla a las sagas de universos interconectados que dominan la taquilla mundial. Esta es la motivación principal tras la nueva película de Power Rangers, un espectáculo palomitero cuidadosamente diseñado para satisfacer a las nuevas generaciones sin descuidar a los fans de toda la vida.

Como adelantaban los trailers, la nueva película, dirigida por Dean Israelite, presenta una versión fiel, pero más oscura y estilizada de Power RangersUno de sus mayores aciertos es haber convertido a sus cinco protagonistas en los adolescentes inadaptados (pero guapísimos, claro) de la clásica película de instituto. De esta manera, Power Rangers pasa a ser, muy deliberadamente, una suerte de cruce entre El club de los cinco Chronicle para narrarnos una origin story que da comienzo en el aula de detención y se desarrolla según los cánones actuales del cómic y el cine de superhéroes (varias referencias a Marvel corroboran sus intenciones). Israelite, que ya se había fijado bastante en la cinta de Josh Trank para realizar su anterior película, Project Almanac, se toma su tiempo para que conozcamos bien a los protagonistas (y para que ellos se conozcan) antes de que estos se conviertan en Rangers (como en otra de Trank, Cuatro Fantásticos, pero con rumbo y visión global). Que Jason (Dacre Montgomery), Kimberly (Naomi Scott), Billy (RJ Cyler), Trini (Becky G.) y Zack (Ludi Lin), un joven reparto protagonista que supone un acierto quíntuple de casting, sean el corazón de la película en todo momento es lo que hace que esta funcione tan bien.

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Es decir, sorprendentemente, Power Rangers sabe de la importancia de no precipitarse y hacer bien las cosas en los preámbulos, y dedica el tiempo necesario a caracterizar a sus personajes, dar forma a sus historias, sus relaciones, y desarrollar la dinámica del grupo, en cuyas diferencias y similitudes se encuentra la principal fuerza que impulsa la película. De ahí que tardemos en verlos sin su armadura de Ranger, una decisión orgánica que antepone la necesidad de asentar unos buenos cimientos a la acción por la acción, y que conecta adecuadamente la (loquísima) mitología con el conflicto interno de sus protagonistas: para convertirse en Rangers, primero tienen que aceptarse a sí mismos y superar sus diferencias. Pero esto no quiere decir que en los dos primeros actos no haya acción o acontecimientos destacables. Todo lo contrario, ver a estos adolescentes problemáticos descubriendo sus poderes (al más puro estilo Spider-Man), navegando la presión social y familiar, y entrenando para enfrentarse a la amenaza que acecha el mundo (ineludible el montaje musical) mientras se hacen amigos es lo mejor de Power Rangers, lo que hace que la película sea mucho mejor de lo que debería, y de lo que esperábamos.

Pero claro, Power Rangers no se podría llamar así si no incluyera todo lo que hizo ultra-popular a la marca. Tenemos al mentor de los Rangers, Zordon, interpretado por el venerable Bryan Cranston, personaje cuya historia se remonta 65 millones de años en el pasado para narrar el origen de los Power Rangers y establecer el conflicto central (en un prólogo muy reminiscente de Transformers): la eterna lucha por defender un poder primigenio (un cristal mágico, por supuesto) que no debe caer en las manos equivocadas. En este caso, las de Rita Repulsa (Elizabeth Banks), que a pesar de un fantástico rediseño y unos poderes muy vistosos, no deja de ser como el villano caricaturesco y poco definido de casi todas las películas de superhéroes.

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La mayor batalla que vemos en Power Rangers es la que tiene lugar entre el material clásico y la necesidad de renovarlo, una que da lugar a un producto indudablemente de su tiempo que no deja de mirar atrás. Lo que nos encontramos aquí es la sempiterna historia del héroe o héroes elegidos por el destino para proteger a la humanidad de la extinción, un conflicto muy bien manejado, siguiendo los dictados de los relatos coming-of-age (como en Buffy, todo es una metáfora de hacerse mayor) y el cine de superhéroes (los protagonistas se preguntan constantemente si son tal cosa) sin dejar de ser Power Rangers. Es decir, incorporando solícitamente todo lo que define a dicha marca: los Zords (y Megazords), las frases famosas (“¡A metamorfosearse!“, el “Ay ay ay” del robot Alpha), incluso la sintonía de cabecera original (“¡Go, go, Power Rangers!”). Esto provoca cierto desequilibrio tonal y una clara desconexión entre la primera hora y media y el tercer acto de la película, en el que esta debe hacer honor a la Power Rangers de siempre. Claro que, durante su espectacular (y algo precipitado) clímax, la película da a los fans todo lo que esperan de ella (tan deliciosamente absurdo como antes pero envuelto en una vorágine de CGI), la acción exagerada y cartoonesca, el enfrentamiento con el villano y la consecuente batalla de titanes que provoca la destrucción en la ciudad, todo al ritmo de los cánticos al unisón de los Rangers subidos a bordo de sus respectivos Zords. 100% Power Rangers.

Sin embargo, lo mejor del film no es este estallido apocalíptico, sino todo lo que hemos visto hasta llegar ahí, lo que redibuja la historia de Jason, Kimberly y compañía, haciendo cambios pertinentes para reflejar la realidad del siglo XXI y representar a sus adolescentes (incluido un Ranger en el espectro del autismo y un pequeño pero potencialmente decisivo momento LGBTQ), convirtiéndolos en personajes con más entidad de lo habitual, más actuales, y con mucho potencial de cara a próximas entregas (que, como queda patente en todo momento, es la idea).

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Ni que decir tiene que Power Rangers no es el colmo de la profundidad (ni tiene que serlo), pero si supone un éxito es sobre todo gracias a la importancia que da a los personajes y al buen hacer de sus jóvenes actores (en especial Scott y Cyler, que ya destacó en Yo, él y Raquel con un papel diametralmente opuesto al que interpreta aquí). Así como a su cuidado apartado visual (integra estupendamente los colores que identifican a los personajes con el escenario más sombrío de la nueva Angel Grove), su sentido del humor (leve pero más atrevido) y sus guiños a los fans de la serie original (atención a los cameos). La lucha entre lo viejo y lo nuevo da lugar a un producto muy despierto y divertido, apto para los más pequeños, pero menos infantil (y cutre) de lo que recordábamos, un blockbuster liviano pero hecho con esmero que inaugura un universo cinematográfico lleno de posibilidades para el futuro (la escena post-créditos apunta por dónde iría la secuela) mientras nos devuelve la ilusión del pasado.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Project Almanac

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En Project Almanac, David Raskin (Jonny Weston), nerd de elevado cociente intelectual, socialmente inadaptado y (cómo no) con aspecto de modelo de Abercrombie & Fitch, encuentra junto a su hermana la cámara de vídeo de su difunto padre en el ático. En ella hay una grabación del día de su séptimo cumpleaños, donde David se descubre a sí mismo (o sea, a su yo del presente) reflejado en un espejo. Es la primera pista que le llevará a desempolvar un proyecto secreto del gobierno en el que su padre había estado trabajando antes de morir: una máquina del tiempo. Junto a sus dos mejores amigos, cerebritos pringaos, su hermana (un ente rubio sin personalidad) y la chica de sus sueños (que pasaba por ahí), el muchacho forma una suerte de “Club de los cinco” (en realidad son más “El club de los incomprendidos“) con el que logra poner en funcionamiento el dispositivo. El potencial de la máquina es ilimitado, y los chicos la usan como todos lo haríamos, claro está: tras descartar el asesinato de Hitler (chiste obligado), ganar la lotería, hacer cara a sus bullies, irse a desfasar a un festival de música, ser popular en el insti y conseguir que la chica se enamore de ti. Sin embargo, con cada aventura en el pasado van alterando el presente, hasta que el efecto mariposa desemboca en tragedias personales y a escala mundial.

Project Almanac posterAl igual que Ouija es “terror” para treceañeros, Project Almanac es “ciencia ficción” para la nueva generación MTV (cadena que produce el film). Dean Israelite, el realizador de la cinta, nos propone junto a los productores Brad Fuller (los remakes de La matanza de TexasViernes 13Ninja Turtles, la mencionada Ouija) y Michael Bay (sobran las presentaciones) una actualización del cine de viajes en el tiempo que amasa los tópicos recurrentes del género junto a los ingredientes artificiales de la nueva ola de ficción televisiva de la ex Cadena Musical. Es decir, aventuras clásicas, paradojas temporales, chicos guapos de catálogo de surf, chicas en bikini y shorts estranguladores aullando cachondas, espíritu y estética Spring Breakers, product placement (no falla el insólito plano de cierta bebida energética amiga de la cadena) y un falso halo de autoconsciencia e ingenio que pretende que nos la tomemos más en serio de lo que se merece (a lo Teen Wolf). Vamos, que durante todo su metraje Project Almanac se esfuerza en parecer lista, pero no puede ocultar la evidencia: será muy guapa y resultona, pero es tonta de remate.

Por esto, Project Almanac supone una oportunidad perdida. Tenía todo lo que hacía falta para postar como nuevo clásico de culto teen, pero se pierde en incontables agujeros narrativos y se autoboicotea recurriendo al hastiado estilo found footage en un intento de emular a Chronicle (2012) -la película busca desesperadamente motivos para que sus personajes sigan grabando pero no repara en que las escenas grabadas con un solo móvil no deberían tener montaje plano-contraplano. Cuando los protagonistas empiezan a construir la máquina del tiempo, se suceden las escenas sin sentido y la irrisorias explicaciones científicas a medias tintas. Pero da igual, antes de que nos empecemos a plantear de verdad lo pobremente hilado que está todo, la fiesta nos interrumpe, y nos damos cuenta de que el film no aspira a otra cosa más que a embelesar al adolescente salidorro con ganas de Lollapalooza (festival donde el film no le importa perder el tiempo). Para ello, Project Almanac incurre entre otras cosas en el sexismo más lamentable: ellos son los genios que aspiran a entrar en la universidad y obtener la gloria profesional, los que llevan la voz cantante en el proyecto mientras ellas se conforman con estar buenas, ser objetos de deseo y sujetar la cámara (literalmente, la hermana solo se pone delante de ella para enseñar cacho). Nada de esto nos sorprende teniendo en cuenta los distinguidos nombres que hay tras el proyecto, pero nos apena ver cómo lo que empieza como una más que decente y entretenida película de aventuras, que acaba convirtiéndose en otro Red Bull audiovisual.

Valoración: ★★