Crítica: Lo dejo cuando quiera

La crisis mató a la clase media. La precariedad laboral ha reventado de una vez por todas la estratificación social española, provocando que la brecha entre los ricos y los pobres sea abismal. No tan jóvenes, aunque sobradamente preparados, los protagonistas de Lo dejo cuando quiera han visto cómo sus sueños de licenciados han sido truncados completamente por la crisis.

Arturo (el chanante Ernesto Sevilla, La que se avecina) se dedica a dar clases particulares a millennials pasotas, Eligio (Carlos Santos, El hombre de las mil caras) vive con sus padres y está enchufado en una gasolinera, porque las Letras ya no importan a nadie. El único que ha podido colocarse en una facultad ha sido Pedro (David Verdaguer, Estiu 1993), aunque sus condiciones laborales, tanto económicas como académicas, son nefastas. Carlos Therón (Mira lo que has hecho) sigue ahondando en su gamberrismo habitual con Lo dejo cuando quiera, una comedia perfecta para todos aquellos que sufrimos el final de mes cada vez más a primeros.

Ante esa realidad de sueldos ínfimos e inestabilidad perpetua, los tres amigos deciden cortar con todo (¿o ha sido el mundo el que ha cortado con ellos?) y pasarse al lado oscuro: ellos pasarán de ser profesores a traficantes de drogas. Una pastilla experimental de Pedro podría convertirles en los verdaderos dueños y señores de la noche y hacer que naden en billes… pero ellos no dejan de ser unos pringados y no tendrán otra opción que aliarse con Tacho (Ernesto Alterio, Los años bárbaros), una suerte de Pocholo que lleva una eternidad reinando en los bajos fondos.

Aunque basada en un taquillazo italiano, Lo dejo cuando quiera sigue al pie de la letra el canon de las bro movies estadounidenses de Todd Philips (la saga Resacón en Las Vegas) o Seth Rogen (Juerga hasta el fin), pero sin perder en ningún momento esa identidad semicuñada y casposa patria, unos rasgos autoparódicos que provocan alguno de los mejores gags cómicos de la película. Aunque los trabajos de Sevilla y Fuentes sean bastante buenos y graciosos, David Verdaguer se impone claramente con un notable trabajo interpretativo no muy común en este tipo de comedias. El actor catalán vuelve a demostrar que no solo sabe construir y dar dimensión a un personaje, sino que es un verdadero todoterreno, capaz de clavarla tanto en dramas (sus trabajos con Carlos Marques-Marcet o su Goya por Estiu 1993) como en comedias (su papel en No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas era lo único salvable del film). Pero no solo de bros vive Lo dejo cuando quiera, las televisivas Miren Ibarguren (Arde Madrid) y Cristina Castaño (Sin rodeos) son las verdaderas robaescenas de la película, especialmente Ibarguren y su brutal sinceridad como titulada en Derecho y compañera de turno de Eligio en la gasolinera.

Aunque no invente la pólvora, Lo dejo cuando quiera sube con creces el listón de la nueva comedia española gracias al trabajo del citado Verdaguer y a la ausencia de cortapisas a la hora de desbarrar con sus chistes.

David Lastra

Nota: ★★★

No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas [Reseña Blu-ray]

¿Qué es el karma sino una excusa para esconderse debajo de las sábanas y no afrontar los problemas? Eso es, excusas. Baratas. “Todo me sale mal”, “¡¿Qué he hecho yo para merecer esto?!”. Probablemente, el universo no te ha echado mal de ojo, sino que tú tienes la culpa (o parte de ella) de los infortunios que te hacen sentir la persona más desdichada del planeta (newsflash: no lo eres). Despierta, espabila y coge la vida por los cuernos (o mejor por los huevos), porque solo tienes una y malgastarla es de ser gilipollas de remate.

Esta es una de las lecciones que nos da No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas, comedia romántica española dirigida por María Ripoll (Lluvia en los zapatos, UtopíaAhora o nunca) y protagonizada por Verónica Echegui, Álex García, David Verdaguer, Alba Galocha, Cecilia Freire, Elvira Mínguez y Jordi Sánchez. Se trata de la adaptación al cine de la novela homónima de Laura Norton, uno de los mayores éxitos editoriales de los últimos años en nuestro país, cuyo guion corre a cargo de Carlos Montero (Física o química, autor de los libros Los tatuajes no se borran con láserEl desorden que dejas) y Breixo Corral (Tres bodas de más, Anacleto: Agente Secreto). Y que llega en un momento de esplendor para la comedia romántica española.

No culpes al karma nos lleva a Malasaña, el barrio moderno por excelencia de Madrid, para introducirnos en el desesperado y caótico mundo de Sara (Echegui), una chica soñadora pero apocada y proclive a que se le tuerzan las cosas desde que era una adolescente atolondrada con gafas. Ante la llegada de su novio (Verdaguer), que lleva un año fuera, Sara hace planes para que todo salga perfecto, sin embargo, su vida se convertirá en un caos absoluto por culpa de su familia. Unos padres que deciden divorciarse en el peor momento para ella y una hermana menor (Galocha) que anuncia su boda con el irresistible Aarón (García), un famoso cantante que resulta ser el amor del instituto de Sara. El piso de la joven se convertirá así en un centro neurálgico de confusión e inestabilidad, una casa de locos en la que Sara intentará en vano poner orden mientras se pregunta qué ha hecho para que todo le pase a ella.

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Como decía, No culpes al karma es una rom-com de manual, una archiconocida historia de amor (loco) que celebra el género al que pertenece pasando por todos y cada uno de sus lugares comunes, a la vez que añade pinceladas de humor picante y escatológico que la convierten en un producto de nuestro tiempo, una visión más gamberra y descarada del cine romántico, acorde con lo que se está haciendo tanto en Estados Unidos como en nuestro país. Ahora bien, bajo la apariencia superficial y frívola de la película nos encontramos con un poso de realidad que también es ya habitual en los relatos urbanos protagonizados por jóvenes, un contexto de crisis, desengaño y confusión en el que los protagonistas andan perdidos, buscando su lugar en el mundo, tratando de mantener las relaciones y luchando por un futuro profesional que parece una utopía (Sara regenta una tienda de plumas, sea lo que sea eso). Es decir, muy a su manera, No culpes al karma también reflexiona sobre la generación perdida (aunque al final se le olvide), y lo hace, muy oportunamente, ubicándola en el barrio de Malasaña, escena hipster donde las haya que la película retrata con acierto, con sus tiendas artesanas, sus plazas con terracitas, sus noches de jarana, sus calles llenas de vida y su tontería supina.

Con un reparto entregado, que evidentemente se lo está pasando en grande (en especial Echegui, muy comprometida con la comedia y el humor físico), y del que destacan los secundarios, en especial el veterano Jordi Sánchez como el padre-niño de Sara, No culpes al karma se puede definir  como una feel-good movie en toda regla, una comedia de enredos vitalista y ligera (como una pluma) con el sempiterno triángulo amoroso, abundantes momentos ridículos (las escenas del zoo y el desfile de moda se llevan la palma), humor histriónico, slapstick y números musicales (sin duda lo peor de la película), un cóctel moderno y con buena presentación estética (destaca la colorista dirección artística) que se propone sacar diversión de las situaciones más desastrosas y humillantes para dejarnos un clásico mensaje optimista: “La vida merece la pena por estos momentos pequeños”.

karma-bdSony Pictures Video pone a la venta No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas en Blu-ray y DVD. El Blu-ray contiene un montón de extras. Y cuando digo “un montón”, no exagero:

Un making of de más de 20 minutos en el que se puede comprobar lo divertido que fue el rodaje; abundante material promocional extraído de diferentes cadenas de televisión; Spots, tráilers, tomas falsas; Un gran número de secuencias eliminadas y extendidas; el videoclip del tema central de la película, “Cada vez”, interpretado por Álex García; “Repartiendo karma”, apariciones en televisión del equipo de la película; y reel de fotos.

Crítica: 10.000 km

10000km

Texto escrito por David Lastra

Aquel dicho de el tiempo lo destruye todo es cierto, pero si hay algo más temible que el paso de los años es la distancia. La ausencia de roce proveniente de dos cuerpos separados por el espacio provoca una evolución en la relación de los mismos. El tacto no marca, ni erosiona a ambas personas, por lo que se crea un nuevo yo. Una reconstrucción anatómicamente idéntica pero que no se asemeja en casi nada a la persona conocida hasta entonces.  Esa es la base de la triunfadora del último Festival de Cine de Málaga (mejor película, actriz, dirección, premio del público y guión novel) y uno de los títulos más importantes del año, 10.000 km.

Como si de unos vecinos cotillas nos tratásemos, entramos en la historia poco antes de la explosión del conflicto. Sergi y Álex viven en Barcelona. Él es profesor y ella fotógrafa. Se quieren, se vacilan y se follan. Pero todo cambia ante la posibilidad de una beca en Los Ángeles para Álex. Aparece el veneno de las relaciones: la citada distancia. Los diez mil kilómetros convierten a Álex en una nueva persona. Cual Megan Draper cualquiera, tras unos titubeos con la tristeza y la morriña, abraza el estilo de vida angelino sin ningún problema. Al otro lado del océano, la distancia provoca monstruos más temibles que los de la razón: los celos. Sergi comienza a no reconocer a la persona que ve en la pantalla de su ordenador. ¿Doppelgänger? No, la distancia ya ha hecho de las suyas. Pero no caigamos en el falocentrismo, él tampoco es el mismo. En 10.000 km no hay víctimas, ni culpables únicos. Ambos hacen daño y sufren.

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Carlos Marques-Marcet condensa la esencia de las relaciones, o lo que es lo mismo, la trilogía de Richard Linklater, en menos de dos horas. Los años y las elipsis de la relación de Jesse y Celine pasan a ser una experiencia de semanas y meses. 10.000 km explora el qué hubiera pasado si después de Antes del amanecer los personajes de Ethan Hawke y Julie Delpy hubiesen iniciado una relación después de su velada idílica en Viena. El televisivo David Verdaguer (APM, Crackòvia y Polònia) y Natalia Tena (la mismísima Osha de Juego de tronos y Nymphomadora Tonks de la saga de Harry Potter) encarnan a la perfección el naturalismo despreciable y completamente reconocible de la joven pareja protagonista.

10.000 km es una de las más certeras representaciones de esta nueva incomunicación producto de la  facilidad a la hora de comunicarse (y de ignorarse) gracias a los smartphones y ordenadores. La utilización de las nuevas formas de comunicación dependiendo del grado de implicación y compromiso de la pareja es magistral. Desde las primeras almibaradas (y cerdas) llamadas por Skype a los gélidos e-mails, aderezado por el temible espionaje de las fotos etiquetadas por amigos en Facebook. La normalidad y la reacción tan catastrofista de los personajes ante estos dramas del primer mundo es magistral. Sus reacciones son desmesuradas. Mi abuela ha muerto, mi mujer me engaña, dicen que estoy loco. Una tragedia griega por no haber visto respondido un mensaje privado. Habrá quien se ría ante ese drama, pero Marques-Marcet no hace sino mostrar nuestro día a día en la gran pantalla.

Valoración: ★★★★