The Wire: crónica de una ciudad, historia televisiva

El fresco urbano de la ciudad norteamericana de Baltimore (Maryland) realizado por David Simon a lo largo de las cinco temporadas de The Wire – Bajo escucha (HBO, 2002-2008) supone la aproximación más completa al estudio de una gran ciudad en la ficción televisiva. Simon se convierte desde su estreno hace una década en el mayor embajador de Baltimore en el medio televisivo, ofreciendo un enfoque muy alejado de la visión trash que John Waters nos ha ofrecido hasta ahora en el cine. Adentrándose en prácticamente todos los ámbitos de la ciudad –institucional, político, burocrático, sistema educativo, medios de comunicación-, Simon, con ayuda del co-productor Ed Burns, elabora un exhaustivo relato por capas que tiene como hilo conductor la constante lucha contra el crimen en la ciudad, así como la batalla contra los estereotipos asumidos y la resignación ante un sistema que no funciona. Es crucial para el desarrollo de este arriesgado proyecto la confianza depositada en Simon y Burns por parte de la cadena de pago HBO, principal estandarte de la televisión de calidad en el siglo XXI, y pionera en adentrarse en terrenos no explorados por las cadenas generalistas. The Wire no habría sido posible en otra cadena.

The Wire es una serie de dualidades y contrastes. A pesar de la premisa evidentemente pesimista, Simon expone los problemas de la ciudad de Baltimore desde varias perspectivas, dejando entrever una remota posibilidad de cambio en la ciudad –a su vez, la propia ciudad es un símbolo del cambio en la ficción televisiva norteamericana, que apuesta cada vez más por las series rodadas en localizaciones que se corresponden con el lugar relatado, en lugar de falsear o recurrir a grandes estudios. Sin embargo, no podemos llegar a esta conclusión hasta bien entrados en el extenso relato de la serie, dividido en cinco grandes capítulos que se corresponden con cada una de las temporadas. A lo largo de los sesenta episodios de la serie, Simon desarrolla un relato unificado –a pesar de su extensión y densidad- que contrasta con el resto de productos seriados de género policíaco, altamente episódicos y en su mayoría procedimentales. El productor propone una historia sin mayor artificio que el de la realidad más cruda, desprovista de las restricciones propias de las networks.

Estamos ante una serie estática y dinámica a partes iguales, contraste necesario para alcanzar las dosis de realismo deseadas: en los despachos las conversaciones se extienden sin cortes que dejen fuera lo más banal, y en las calles asistimos a menudo a operaciones policiales que podríamos ver en los informativos. Son dos técnicas diferentes empleadas con el mismo propósito: ofrecernos la visión más realista del tiempo y la acción que hemos visto hasta ahora en la ficción televisiva norteamericana.  No importa tanto la fidelidad de la audiencia como la coherencia narrativa –que en este caso es la coherencia mundana y caótica de la realidad. Estamos sin duda ante un producto que requiere un compromiso por parte del espectador considerablemente mayor al que demanda la mayoría de ficción televisiva. Esto es lo que ha permitido a muchos autores hablar de The Wire como una gran novela americana.

Diseccionar Baltimore es sin duda deconstruir el relato de The Wire y desglosar sus partes. Con tan solo observar los títulos de crédito de cada temporada, es posible trazar un esquema que ponga de manifiesto la progresividad y las convergencias de la historia: La primera temporada se centra exclusivamente en la lucha policial contra las drogas y el crimen asociado en las zonas más castigadas de la ciudad –principal hilo conductor de la historia. La segunda temporada se acerca a los puertos de Baltimore y añade la prostitución, la trata de blancas, el paro o la inmigración ilegal a su currículum criminal y de precariedad social. En la tercera regresamos a los projects, mientras la presencia del centro de la ciudad es cada vez mayor, lo que resulta en una cuarta temporada –quizás la mejor– centrada en los entresijos políticos de Baltimore y su sistema educativo. Por último, la quinta temporada incorpora la variable de los medios de comunicación, alcanzando así una conclusión en la que confluyen en una perfecta armonía narrativa todos los problemas anteriormente explorados por Simon.

Una de las principales ideas que subyacen del pesimista discurso de la serie es la práctica imposibilidad del cambio ante un problema enraizado en lo más hondo de la sociedad y la naturaleza inalterable del ser humano. Se trata del pasado construyendo –y lastrando- nuestro presente. Claro que de la misma manera que todas las cuestiones planteadas en The Wire tienen una doble lectura, este pesimismo encierra un halo de esperanza, simbolizado en varios personajes: Jimmy McNulty, que nos muestra el abismo que hay entre la voluntad y el verdadero cambio; Namond Brice, que viene a demostrar cómo es posible, si se trabaja el problema de raíz, dar con soluciones a la precariedad en el sistema educativo, y por consiguiente, a la situación de los projects; y Bubbles, adalid de la esperanza de cambio real a pesar de vivir en las circunstancias menos favorables.  Según Simon, la raíz del problema son las expectativas.

A pesar de que The Wire finaliza su relato dejando entrever un angosto espacio para el cambio real, el desesperanzador retrato de la ciudad realizado durante los 59 episodios anteriores prevalece. Baltimore es sin duda la protagonista de The Wire. El tratamiento de la ciudad por parte de Simon es lo más cercano a un desarrollo de personajes que podemos encontrar en el drama televisivo norteamericano. Al igual que sucede con los protagonistas de los mejores dramas, en The Wire, Baltimore es descompuesta progresivamente y su ‘personalidad’ completada a medida que las temporadas añaden dimensiones al ‘personaje’. The Wire nos habla de una ciudad que quiere cambiar, pero no puede, y Simon nos lo muestra a través de un discurso realista que, como no puede ser de otra manera, queda suspendido sin verdadero cierre.

 

[Para leer el artículo “La ciudad es la protagonista. Construcción de la imagen de Baltimore y Nueva Orleans en The Wire y Treme” (p.150) al completo, así como otros artículos sobre la obra de Simon y las ficciones televisivas más importantes de los últimos años, echad un vistazo al e-book Previously On: Estudios interdisciplinarios sobre la ficción televisiva en la Tercera Edad de Oro de la Televisión, un completísimo volumen imprescindible para seriéfilos y estudiosos del tema]

 

Hangin’ in the Treme

Si hace poco hablábamos del realismo y la intemporalidad a propósito de Nurse Jackie, esta idea alcanza su máxima expresión en la más reciente obra maestra de HBO, Treme. Lo de Treme es hiperrealismo absoluto comparado con series como la de Showtime. Cada episodio dura unos sesenta minutos -excepto primero y último-, y a pesar de transmitir a menudo ideas completas y cohesivas -incluso presentando ocasionalmente tintes episódicos-, parece comenzar y concluir en instantes aleatorios de la vida de algún personaje, aportando esa lograda sensación de realidad y potenciando la conexión y el compromiso con los personajes. A esto también ayuda que la primera temporada haya contado solo con diez episodios y confirma que, a pesar de saber a poco si la serie es de calidad, el reducido número de episodios de las series de cable, en contraste con las cadenas generalistas, beneficia enormemente al modo de contar la historia. En este sentido, los diez episodios de Treme componen un relato absolutamente perfecto y redondo, en el que se agradece cada minuto de cada episodio, y nada sobra -casi se antoja innecesaria una continuación, aunque si Simon quiere contar más, es porque hay más que contar.

Muchas veces se ha aludido a Glee cuando se ha hablado de a Treme. A pesar de que el asunto esté trillado, necesito detenerme brevemente en esta comparación a priori forzada. Mientras Glee pone de moda el musical en televisión -o más bien prolonga y estiliza el fenómeno High School Musical repitiendo el argumento de Popular- la HBO ha realizado, casi sin que nadie se dé cuenta, la serie musical definitiva. Muchos encuentran problemas a la hora de clasificar Treme como un musical, puesto que la música parece más un acompañamiento que una herramienta para narrar la historia. Sin embargo, solo hay que detenerse un instante a pensar en el papel de la música en la serie para darse cuenta de que este argumento cae por su propio peso. Treme es un musical. Es también -y quizás principalmente- un drama, pero es un hecho que las canciones, a pesar de no ser consideradas ‘números’, nos hablan de Nueva Orleans, de sus habitantes y de su identidad de la misma manera que los diálogos y las historias de los personajes.

Treme cuenta con un gran crisol de personajes que, a través de un ecléctico conjunto de historias, nos viene a hablar de lo mismo: la pérdida y la supervivencia tras ella. Todas las vidas de los personajes están afectadas en mayor o menor medida por la gran pérdida colectiva de la ciudad de Nueva Orleans tras el huracán Katrina, pero cada uno de ellos se enfrenta a una pérdida personal que Simon utiliza para construir un relato ramificado del que constantemente subyace la idea de la reconstrucción de la ciudad y de uno mismo; ya sea mostrándonos la pérdida del negocio de Janette, la desesperada búsqueda de Ladonna para encontrar a su hermano perdido tras el huracán o la cruzada de Creighton por que la ciudad deje de ser ignorada. Casi siempre, y a pesar de los constantes varapalos que se llevan los personajes -y que el espectador sufre en sus carnes-, habrá una luz al final del túnel, puesto que el optimismo y la fuerza -simbolizados por la incondicional persistencia de las tradiciones, el color de las fiestas, y la música de Nueva Orleans- irán un paso más adelantados que la tristeza y el dolor, por mucho que cueste -como el desfile musical tras el funeral de Daymo que cierra la temporada por todo lo alto. Por ello, Janette -y su eterna sonrisa- pondrá en marcha un negocio de comida ambulante para abastecer a las numerosas fiestas callejeras de la ciudad poco después de cerrar su restaurante, Davis se enfrascará en una divertida carrera musical contra las injusticias cometidas tras el huracán y Ladonna pospondrá dar la noticia de la muerte de su hermano para asistir al Mardi Grass. A pesar de contarnos la historia de alguien que no consigue sobrevivir a esta pérdida, Cray, Treme concluye su primera temporada como una desgarradora celebración de la vida, y supone además una de las historias mejor contadas de los últimos años, en cualquier medio. Ese flashback y las últimas escenas del episodio, en las que la realidad se apodera completamente del relato, lo confirman.

Como adelantaba antes, el segundo tema principal de Treme es sin duda la identidad de Nueva Orleans, y no solo tras el desastre, sino también antes de él. La primera mitad de la serie está más centrada en mostrar cómo la ciudad de Nueva Orleans es percibida por los ojos foráneos, ya sea a través de los turistas que se paran a escuchar a los músicos ambulantes -y a los que hay que tener contentos tocando para ellos las canciones más emblemáticas del sonido New Orleans- o de un genial personaje como Koichi Toyama, japonés fan del jazz con un conocimiento enciclopédico de toda la música creada en la ciudad. Su intervención en “Shame, Shame, Shame” (1.05) y su posterior regreso en “All on a Mardi Grass Day” (1.08) simboliza las diferencias en la percepción de una ciudad entre autóctonos y visitantes.

La experiencia del Katrina reforzará la necesidad de protección de la identidad de Nueva Orleans, y en Treme esta labor la llevan a cabo todos los personajes, pero sobre todo es Cray -interpretado por un futuramente multipremiado John Goodman- el que consigue hacer que la voz de Nueva Orleans se oiga en un mundo que ha decicido ignorar la tragedia de la ciudad, focalizando su atención en eventos más difundidos por los medios como el 11-S. Davis, por su parte, se encarga de reforzar esta idea, oponiendo los clichés sobre la ciudad de Nueva York -el desfile de Acción de Gracias, hombres trajeados-, a la autenticidad de su ciudad, que ofrece una experiencia más real -y que usará para convencer a Janette de que no se marche, en una de esas tramas cliché que en esta ocasión no podría ser de otra manera. Estos dos personajes serán los principales embajadores de una ciudad que necesita representación y reafirmación urgentemente, que debe sobrevivir y reconstruirse siguiendo los preceptos que cimentaron y consolidaron su identidad.

David Simon confirma con estos primeros diez episodios de Treme lo que llevamos vaticinando varios años ya: es en la televisión -norteamericana- donde se encuentran hoy en día las mejores historias, y lo que es más importante, es en este medio donde se cuentan mejor.

Treme-bunda

“In accordance with university policy”: I mean, look at this, it’s unbelievable. Two departments, like that. 160 tenured professors. How can they do that? Well, they can, and they have and they will. It is a done deal. Civil engineering, computer engineering, electrical engineering, mechanical engineering, Computer science. I mean, sure. Why would the university train people who know how to build things like, say, computer systems, power grids, levees? Hey, who needs them? I mean, look at what they’re keeping. Musical theatre, Digital media, Medieval studies, Women’s studies, Jewish studies, African studies. It’s all about identity. Let’s not learn how to actually do anything. Let’s just sit and contemplate the glory of me in all my complexities. Who am I? I am a black Jewish woman, hear me roar. (Creighton Bernette, Treme, “Meet De Boys on the Battlefront”, 1.02).

Genial. Genial. Genial. Esto es solo un ejemplo del poder Treme y sus diálogos perfectos. Si el piloto nos sirvió para adentrarnos en Nueva Orleans e infectarnos con su espíritu, su música, su comida, en definitiva, hacernos una idea general, el segundo episodio nos presenta más detenidamente a los personajes, ligeramente más descontextualizados del mundo que los rodea, y más inmersos en sus micro-esferas familiares y laborales. Todo ello sin dejar de hablarnos en cada fotograma de Nueva Orleans, de su identidad, de su fuerza, de su supervivencia. Demasiado buena para ser “real”.

Treme, señores

De los creadores de The Wire (serie clave para entender la evolución del drama televisivo norteamericano de la última década que yo AÚN no he visto), llega a HBO otra serie que promete (y empieza dando) calidad, sin ajustarse exactamente a los cánones del drama en televisión. Treme no es una serie tan fácil de asimilar como la mayoría de series actuales, incluso las de su cadena. Es una serie de televisión porque cumple (o cumplirá) los requisitos de periodicidad semanal y duración por capítulo. Pero poco más. He aquí la última de las muestras de la dilución de las fronteras entre cine y televisión.

El piloto, “Do You Know What It Means”, está dividido claramente en dos partes que separadas por la mitad conformarían dos episodios ligeramente independientes, pero juntos se ven como una película. Y no solo eso, sino que además, Treme no es un drama televisivo al uso. Es básicamente un docudrama de factura impecable (obviamente), en el que la realidad de las calles de Nueva Orleans tres semanas después del huracán Katrina se funde (después de reconstruirse) con la ficción de sus personajes. De la misma manera que la música se fusiona prodigiosamente con los acontecimientos del episodio, siendo trasfondo omnipresente y funcionando como hilo conductor.

Treme se llevará todos los elogios esta temporada televisiva. Y será con razón. Durante diez episodios degustaremos la variedad de sabores de Nueva Orleans y nos deleitaremos con las caóticas notas de la propuesta. Y ya está confirmada la segunda temporada. Vamos bien.