Crítica: The Old Man & the Gun

¡Estás hecho un roberrefor! Paradigma de la belleza masculina durante los años sesenta, setenta y ochenta; ejemplo de aceptación de la arruga con la llegada del siglo XXI. Robert Redford es uno de los últimos nombres del Olimpo que siguen entre nosotros. Pocos cabezas de cartel de ese Hollywood tan añorado siguen en pie, tales como la inmortal Jane Fonda con su Grace and Frankie junto a Lily Tomlin, un talludito Clint Eastwood más centrado en la dirección que en la interpretación, un felizmente resucitado (y premiado) Michael Douglas con El método Kominsky… Todos nos vamos haciendo mayores, incluso el siempre guapo Harrison Ford, cuyo sex appeal no se resiente lo más mínimo por el paso de los años, sino que va evolucionando.

La suerte de estar vivo conlleva la maldición de ver cómo todos y cada uno de esos amigos y amigas del celuloide nos van abandonando. Ya sea por defunción, enfermedades neurodegenerativas o simplemente porque prefieren parar. Esa última ha sido la decisión por la que ha optado nuestro rubiales favorito. Han sido muchos años a la carrera y el bueno de Sundance Kid ha decidido entregar las armas de una vez por todas y retirarse. Aunque es completamente consciente de que este adiós no es para siempre, ya que siempre podremos volver a perdernos en su infinita mirada en Descalzos por el parque o Dos hombres y un destino, Redford ha tenido el gran detalle de despedirse de nosotros en el mismo lugar donde nos conocimos: la gran pantalla. The Old Man & the Gun es la emotiva nota que nuestro buen amigo Robert nos deja como despedida.

Esta esta es la historia real de Forrest Tucker (Redford). Bueno, tan real como lo puede ser una historia tan inverosímil como la de este pícaro cuasi octogenario. Ladrón de bancos vocacional y preso fugado profesional. Acompañado de sus fieles Teddy (Danny Glover, Arma letal) y Waller (el cantante Tom Waits, Drácula de Bram Stoker), se dedica a limpiar las arcas de pequeñas sucursales bancarias a lo largo de Estados Unidos. Un implacable atracador que se ha labrado una reputación de leyenda, no solo por su porcentaje de éxito, sino por sus exquisitas maneras a la hora de realizar los atracos. ¿Quién necesita un butrón o una toma de rehenes cuando se tiene educación? También hay que añadir que el que tuvo, retuvo y Robert Redford sigue irradiando su condición de roberrefor. Puede que haya vuelto a encontrar el amor en los brazos de Jewel (Sissy Spacek, Carrie), pero nada es comparable a ese subidón de adrenalina que siente cuando sale de un banco con su suculento botín. Forrest Tucker es un adicto a esa sensación y por eso se ha tirado media vida en la cárcel o cometiendo delitos por los que volverá a estar entre rejas.

El encargado de orquestar este retorno al crimen de Robert Redford no es otro que David Lowery. El director de A Ghost Story y Redford ya coincidieron hace unos años en la preciosa e infravalorada Peter y el dragón, remake en clave folk del clásico de Disney Peter y el dragón Elliot. El buen ambiente que destila ese film y la maestría demostrada por Lowery a la hora de plasmar emociones profundas en pantalla son dos características que le convertían a priori en la opción perfecta, y el realizador de En un lugar sin ley no decepciona. The Old Man & the Gun es una cinta extremadamente emotiva y simpática, a la altura de las circunstancias. El gran triunfo de Lowery es haber sabido conseguir que la película emocione independientemente a su naturaleza de despedida fílmica de Redford. Sabiendo enriquecerse de esa realidad, pero no amparándose únicamente en ella. Esa honestidad a la hora de narrar hace que el propio espectador sea el que se rompa al recordar que el adiós de Redford es real. De ahí que ese guiño o media sonrisa, tan característicos del de Santa Monica, que nos dedica casi rompiendo la cuarta pared hagan que que las lágrimas terminen por brotar por sí solas.

Pero el gran culpable de todas esas emociones encontradas es el propio Robert Redford. Cual buen zorro, ha sabido guardarse un papel de esos que se quedan en la memoria del espectador para siempre. Su Forrest Tucker es toda una perita en dulce para un actor famoso por dar vida a jetas con el corazón de oro. Este yayo aguantaría unas cuantas manos a Johnny Hooker sin despeinarse, intercambiaría chascarrillos de forajido con Sundance Kid e intentaría infructuosamente levantarle la mujer a Paul Bratter. Con The Old Man & the Gun, Robert Redford añade el último bribón entrañable de su colección. Un personaje a priori encantador, con el que logra la empatía del espectador, aunque su comportamiento y filosofía vital para con los demás sea completamente atroz. La última gran muestra del tremendo magnetismo de Redford en pantalla.

The Old Man & the Gun es un abrazo cálido de despedida de uno de los mejores amigos cinematográficos que hemos tenido y tendremos. Un hasta siempre que nos hace llorar con una sonrisa en la boca. Nunca te olvidaremos, Robert. Gracias por tanto.

David Lastra

Nota: ★★★★

A Ghost Story: La eternidad y un día

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“Date tiempo, todo pasa”. “Todo es cuestión de tiempo”. El ser humano confía en el paso del tiempo como respuesta y solución a todos sus problemas. Con tiempo, el susodicho es capaz de curarlo absolutamente todo. Entre sus milagros se cuentan la sanación de catarros sin necesidad alguna de automedicarse o la conversión de una relación estival fallida en algo ilusorio, logrando una sensación cercana a la de una intoxicación tras un escape de gas. El tiempo lo cura y lo destruye todo. Pero a veces, el tiempo se toma su tiempo, como nos muestra David Lowery (Peter y el dragón) en A Ghost Story.

C y M viven en su casa en mitad de la nada. Equidistantes al bullicio urbano y a la naturaleza que les saluda cada mañana desde el patio trasero de la vivienda. No sabemos si se encuentran aislados de la sociedad o simplemente es una situación momentánea por el actual proceso creativo en el que está sumido C. Tampoco logramos averiguar si su relación está en su punto álgido o simplemente se están dejando llevar por la rutina. Algún que otro pequeño gesto nos hace elucubrar sobre la realidad de su amor, pero nunca lo sabremos a ciencia cierta porque les acabamos de conocer y antes de lograr juntar pruebas concluyentes, la existencia de esta joven pareja dará un giro de 180 grados.

¿Qué cantidad de tiempo tiene que pasar para olvidar a una persona y poder pasar página? ¿Cuánto tarda en borrarse la huella del cuerpo que dormía en el otro lado de la cama? ¿Vale por dos la intensidad o pesa más la duración? ¿Cincuenta y cinco días, con dos fiestas de guardar y un cumpleaños de por medio, es tiempo suficiente para curarse y volver a encontrar la ilusión perdida en un desconocido? Ni siquiera los todopoderosos gurús de Yahoo! Respuestas son capaces de llegar a un quórum. No existe una respuesta tipo a dicho problema, por lo que solo podemos recurrir a la perogrullada sobre las dotes curativas del tiempo.

Aunque sigan compartiendo plano existencial, C y M ya no están juntos. Cada uno de ellos lleva su afligimiento de manera diferente. Una se come con las manos una tarta vegana de chocolate en el suelo de la cocina. El otro opta por esconderse debajo de una sábana y observar su antigua vida desde la distancia. Poco a poco, comienzan a curarse, cada uno a su paso. La insoportable levedad de M comiéndose un postre con las manos muta en algún que otro escarceo nocturno y una liberadora puerta abierta. En cambio, la soledad del fantasma de fondo sigue ahí. Unos necesitan unas cuantas semanas, meses o años. Otros, la eternidad y un día.

A Ghost Story es una poesía fílmica sobre la compleja ecuación que relaciona el amor, la pérdida y el paso del tiempo. Tras abrazar las mieles de Disney con su bellísimo remake en clave folk de Pedro y el dragón Elliot, Lowery regresa con una película hecha con cuatro duros, extremadamente arriesgada, en la que vuelve a reunirse con los protagonistas de su aplaudida En un lugar sin ley, Rooney Mara (Carol) y Casey Affleck (Manchester frente al mar). Arriesgada por su valentía a la hora de mostrar qué ocurre con el amor el día después de una pérdida de una forma directa y fantástica. Sin caer en maniqueísmos o trucos de melodrama barato, Lowery logra emocionar al espectador, haciendo que las lágrimas y moqueos aparezcan a traición en el momento más insospechado.

a-ghost-story-posterArriesgada es igualmente la decisión del director de esconder al desaparecido bajo una sábana. Una representación fantasmagórica que parece recién sacada de la imaginación de un infante victoriano y que podría provocar las carcajadas de un espectador resabiado de este siglo. Pero lejos de rozar la histeria del absurdo, este fantasma de sábana con agujeros en los ojos es un acierto naif, tremendamente delicado que no hace sino que el espectador empatice aún más con él. Este acercamiento tan infantil otorga una inocencia inusitada a la presencia del C fantasma. Obviando un par de poltergeist más cercanos a las pataletas de llamada de atención de un niño que a un intento de hacer daño a M, el fantasma se presenta como un ente pasivo, con un hieratismo que ya le gustaría a su paisano Sin Cara. El fantasma de A Ghost Story no tiene una cadena al uso, como alguno de las representaciones de sus camaradas, pero sí que tiene otra mucho más pesada. C decide acurrucarse en su pérdida y no avanzar, ya que nadie le exige que avance. El problema, más bien la realidad, es que el tiempo va por libre y a medida que pasan los minutos fílmicos, los milenios comienzan a ser un decimal en el mundo de C. La rapidez del paso del tiempo sume al espectador en una congoja absoluta, consiguiendo que nos pongamos en los zapatos, o bajo la sábana, del fantasma y su desoladora respuesta ante la pérdida.

A diferencia de nuestros olvidados, A Ghost Story nos seguirá acompañando durante muchos años. Esta obra será una de las pocas que logre sobrevivir al puñetero e inexorable paso del tiempo.

David Lastra

Nota: ★★★★★

A Ghost Story ya está disponible en España en Blu-ray, DVD y digital de la mano de Universal Pictures Home Entertainment. La película incluye los siguientes contenidos adicionales:

-A Ghost Story y el inevitable paso del tiempo.
-Escenas eliminadas.
-Historia de una canción.
-Audiocomentario con el director David Lowery y parte del equipo técnico de la película.

Crítica: Peter y el dragón

Peter y el dragón se basa en el clásico Disney de 1977 Pedro y el dragón Elliot, pero no es exactamente un remake, al menos no como lo ha sido recientemente El Libro de la Selva o lo será el año que viene La Bella y la Bestia. En lugar de “rehacer” fielmente la película original (que habría sido mala idea), un musical de tono ligero que combinaba acción real y animación tradicional, Disney ha optado por el camino de la relectura casi total, manteniendo a los dos personajes del título en español e ideas de la trama para relatar el cuento originalmente escrito por S.S. Field y Seton I. Miller de una forma completamente distinta. Para esta labor, el estudio del ratón Mickey escogió a un director cuanto menos sorprendente, David Lowery, conocido sobre todo por el drama indie En un lugar sin ley (Ain’t Them Body Saints). Lowery, que también co-escribe el guion, ha resultado ser una elección ideal, ya que se ajusta sin problemas al canon de Disney a la vez que conserva su estimulante personalidad fílmica, hallando una perfecta comunión de estilos que saca el máximo provecho de la historia y evita en todo momento que el cineasta se pierda en la fórmula del estudio.

Es decir, Peter y el dragón es una película Disney, pero también es una película de David Lowery. Y a la vez, sin dejar de ser homogénea y consistente en ningún momento, es muchas otras películas. Es un drama familiar con cierto aire a Sundance (no en vano, ahí está Robert Redford, aportando clase como secundario y cuentacuentos), un relato muy arraigado en la Norteamérica de los pueblos pequeños (a pesar de estar filmada en Nueva Zelanda), acogedor, cálido y entrañable (refuerza esta sensación la banda sonora de inclinación country, que sustituye a las canciones de la original), y también una aventura clásica que sigue el patrón de las películas con niño y amigo extraordinario de origen no humano. En ella encontramos trazas inconfundibles de títulos como E.T. El extraterrestreEl gigante de hierroDonde viven los monstruos Cómo entrenar a tu dragón. Sobre todo de las dos primeras repite numerosos lugares comunes y un esquema que hemos visto en muchas otras fábulas cinematográficas. Pero lejos de utilizar los referentes más arraigados en la memoria colectiva para realizar un pastiche nostálgico, Lowery extrae de ellos la esencia y la utiliza para crear una película intemporal, una que retrotrae a la infancia y recuerda al cine familiar de hace varias décadas sin recurrir en ningún momento al guiño específico.

De una manera u otra, todas las películas mencionadas manejan el concepto del amigo imaginario, que en Peter y el dragón es descrito en un momento dado como “alguien que te inventas para tener con quien hablar y evita que te sientas solo”. Esa es una de las ideas que bombea el (enorme) corazón de esta película, y que a la vez da paso a uno de sus temas centrales: la magia existe siempre y cuando nos permitamos a nosotros mismos verla. Elliot no es imaginario (como tampoco lo es E.T. o el Gigante de Hierro), es real como la vida misma, pero que solo Peter lo vea durante gran parte de la historia (el dragón se camufla haciéndose invisible), sirve a Lowery para hablarnos entre otras cosas de la niñez, la fe, la ignorancia (el gran villano de la película, como bien dice la cantante St. Vincent en su acertadísima mini-crítica en Twitter y con permiso de un más bien acartonado Karl Urban) y la necesidad de tener a alguien con quien compartir la soledad.

Porque Peter y el dragón es una aventura con una gran carga de emotividad, momentos luminosos y significativas dosis de optimismo e idealismo, pero también está construida enteramente sobre un poso de tristeza y melancolía (tono que se establece desde el magnífico prólogo, escena de gran impacto emocional similar al magistral inicio de Buscando a Nemo). Los instantes más simpáticos los aporta Elliot, una criatura digital absolutamente impresionante (no os dejéis engañar por los tráilers) que está ahí de verdad y se puede sentir (su aliento, su peso, su esponjosidad), lo que añade empaque visual al film y hace que su mensaje sea aun más efectivo (Elliot es real y todos lo queremos como amigo). Si en Cómo entrenar a tu dragón Desdentao estaba hecho a imagen y semejanza de un gato, Elliot es un perro verde gigante. El dragón, que en lugar de escamas tiene una deslumbrante y suave capa de pelo que lo convierte en un compañero de siestas perfecto, se mueve, actúa, reacciona y se comunica exactamente como un can, uno extra adorable, majestuoso, y volador, claro (un poco como Fujur de La historia interminable, que viene a la mente cuando vemos a Peter volar a lomos de él). Y si bien la preciosa relación entre Elliot y Peter es la principal atracción de la película, quizá los momentos más conmovedores se dan entre el niño y el personaje de Bryce Dallas Howard, Grace, la guardabosques que lo encuentra y lo acoge en su casa. La actriz ofrece una interpretación muy sólida y afectiva en plena sintonía con el no menos fantástico Oakes Fegley, que borda a este nuevo Peter con parte de Mowgli y parte de Jack de La habitación. Al final, Peter y el dragón no es solo una historia sobre la amistad, sino también el relato de la creación y unión de una familia (tradicional y nuclear, todo hay que decirlo), formada por diferentes miembros que han perdido o andan buscando ese sustituto del amigo imaginario para dejar de sentirse solos.

En este sentido, la película cae por momentos en el exceso de almíbar, pero su naturaleza es tan sincera y exenta de ironía o manipulación, que es fácil perdonarle los deslices sentimentaloides. Ante todo, estamos ante un trabajo de un equilibrio absoluto, un film sencillo, bien contado y excelentemente dirigido. La labor de Lowery nos confirma a un director de considerable talento para narrar visualmente, un cineasta con temple y visión que ha sabido conjugar con suma elegancia la sensibilidad del blockbuster actual (es su primer película “de estudio”) con el intimismo de un cine más “pequeño”, dando tanta importancia a la dirección de actores como al espectáculo. Todo sin dejar de cumplir con la etiqueta disneyana de “cine para toda la familia”. Efectivamente, Peter y el dragón es una película hecha para el disfrute de grandes y pequeños, hecha para ahora y para durar en el tiempo, una de esas aventuras clásicas (en el mejor sentido cinematográfico de la palabra) que captan el asombro y la magia de la infancia, tal y como nos la mostró el mejor cine familiar de los 80 y los 90.

Pedro J. García

Nota: ★★★★