Crítica: Capitán América – Civil War

Civil War 1

Queda poco para que el Universo Cinemático de Marvel cumpla sus primeros diez años de vida. En este tiempo, Marvel Studios se ha afianzado como uno de los valores más seguros de la taquilla y ha perfeccionado una fórmula hasta ahora infalible. Además de crear una narrativa serializada que ha resultado en la fidelización de millones de espectadores, Marvel ha dotado de identidad propia a las sagas individuales de sus superhéroes. Así, las películas de Iron Man son acción pura, las de Thor fantasía épica, Ant-Man se presentó en una película de robos, y Capitán América se consolidó como un thriller político de espías con su excelente segunda entrega. Rodeada de la fanfarria que suele acompañar a todo estreno de Marvel, llega la tercera parte de las aventuras de Steve Rogers (Chris Evans), Capitán América: Civil War, la cinta que inaugura la Fase 3 del UCM. Y esta vez Rogers viene acompañado de la mayoría de superhéroes que hemos ido conociendo a lo largo de estos años, formando el reparto más multitudinario de Marvel hasta la fecha. Los hermanos Anthony y Joe Russo se vuelven a poner tras las cámaras para continuar el fantástico trabajo que realizaron en El soldado de invierno y además hacer una mejor película de Los Vengadores que La era de Ultrón (que me perdone Whedon, que él ya se autoflagela lo suficiente).

Pero Civil War no solo ejerce como Vengadores 2.5, sino que también continúa la senda marcada por la anterior película del Capi, incidiendo en lo que hizo de ella una de las entregas más sobresalientes del UCM: intriga política, espionaje y un tipo de acción más física, más pegada a la tierra (figuradamente). Con la premisa de los Acuerdos de Sokovia, equivalente al Acta de Registro de Superhumanos del cómic en el que se basa la película, y la idea de abordar las verdaderas consecuencias de todo lo visto hasta ahora, Civil War se construye meticulosamente como la crónica del enfrentamiento entre dos facciones de superhéroes divididos por esta iniciativa, que propone que los individuos con poderes desvelen sus identidades secretas a las autoridades y trabajen para el Gobierno. La fricción que esto provoca entre las filas de los Vengadores da lugar a que salgan a la luz las tensiones, las inseguridades y también las afinidades personales entre los superhéroes. Para indagar en este interesante concepto y sus numerosas ramificaciones, los Russo trazan una historia abarrotada de elementos, con multitud de personajes, tramas entrelazadas y giros argumentales, a lo que se suma la presentación de nuevos superhéroes. Y a pesar del berenjenal, de alguna manera hacen que todo encaje, que todo funcione con la precisión y fluidez de una máquina bien engrasada, llevando a su vez el UCM hacia un terreno más serio y adulto.

Civil War puede resultar excesivamente larga (porque con 147 minutos técnicamente lo es) y es quizá la película de Marvel que más precisa de un conocimiento previo de la macro-historia que se ha desarrollado durante estos años (todo lo que hemos visto anteriormente converge en este capítulo), pero a la vez constituye una pieza individual íntegra y bien estructurada teniendo en cuenta las circunstancias, un Marvel de mayor madurez narrativa y coherencia temática y emocional. Sin abandonar el humor característico de la Casa de las Ideas, pero afinándolo y dosificándolo mejor que en UltrónCivil War halla el equilibrio adecuado entre drama, intriga, acción y desarrollo de personajes, para desgajar el conflicto moral que marca un antes y un después en este universo de ficción. Porque Civil War supone claramente un punto de inflexión (el que pedían tanto la historia como la audiencia), pero en lugar de esclavizarse al gran esquema de Marvel, pone la serialidad a su servicio, para narrar su propia historia a la vez que allana el terreno para una nueva etapa, una de mayor incertidumbre, caracterizada por la destrucción de lo ya establecido (a partir del clásico dilema comiquero “Superhéroes: ¿Salvación o amenaza?”) para dar paso a lo nuevo. Y lo nuevo en este caso viene personificado en dos flamantes superhumanos: Black Panther y Spider-Man.

Civil War 2

Pantera Negra supone una adición importante al equipo, presentando a Chadwick Boseman como un superhéroe diplomático y solemne, arraigado en la tradición y el folclore de su pueblo, y una fisicalidad felina muy vistosa, mientras que el Trepamuros se cuela para ejercer como alivio cómico (al igual que Scott Lang), protagonizando junto a Tony Stark (Robert Downey Jr.) un divertidísimo entreacto que hace que la historia, de una densidad considerable, respire justo cuando hace falta. A pesar de las dudas, la introducción de Tom Holland como Spider-Man no podría ser más exitosa. Aunque lo vemos poco tiempo en pantalla, podemos afirmar que el joven actor británico es un Peter Parker perfecto, y la juventud e inexperiencia del personaje, lejos de ser una traba, es un auténtico soplo de aire fresco. El juego que da con los adultos (atención al muy oportuno chiste a costa de Star Wars) respalda la decisión de Marvel de reencarnarlo en un adolescente (esta vez de verdad) y aumenta exponencialmente la expectación por ver Spider-Man: Homecoming, lo cual, teniendo en cuenta lo hastiado que había quedado el personaje después de su anterior reboot, tiene mucho mérito.

Aunque algunas intervenciones saben a poco, en general Civil War otorga el tiempo adecuado a cada personaje teniendo en cuenta su relevancia en la trama (esta sigue siendo una película de Capitán América, a pesar de Iron Man, y esta vez los villanos son secundarios porque tienen que serlo), lo próxima que está su siguiente entrega en solitario (Ant-Man por ejemplo sale poco, pero sus escenas son muy grandes, y los personajes nuevos solo suponen un aperitivo), o su afinidad con el estilo y la propuesta de los Russo (Visión y Bruja Escarlata vuelven a sobresalir, pero desde un segundo plano, seguramente para mantener la Marvel mágica separada de la más terrenal y realista de las películas del Capi, misma razón por la que faltan Hulk y Thor). Al igual que El soldado de inviernoCivil War destaca por sus impresionantes coreografías de acción, combates cuerpo a cuerpo de una fuerza brutal (donde la Viuda Negra y la Agente 13 tienen su oportunidad para brillar más), con los que se recurre lo menos posible a lo supernatural (incluso se prescinde bastante de los trajes de superhéroe), sobre todo hasta que llega el primer clímax, la batalla en el aeropuerto. La pieza estrella que involucra a todos los superhéroes, previa al emocionante showdown final entre Tony y Steve, es un enfrentamiento espectacular que da lo que se espera de Marvel y además lo hace sin apenas recurrir al destruction porn ni caer en la saturación visual (aunque el CGI canta demasiado en ocasiones y eso es inaceptable), apoyándose en las habilidades de sus personajes y cómo estas chocan para dejarnos una pelea clara, imaginativa y contundente.

Civil War 3

Pero más allá del espectáculo propio de un blockbuster ejemplar (que a estas alturas se puede dar por sentado), lo más importante de estas películas, y concretamente de la saga del Capitán América, siguen siendo los vínculos entre los personajes, ya bien definidos y asentados -gracias en gran medida a unos actores en perfecta sintonía con ellos, de los que hay que destacar aquí las sólidas interpretaciones de Evans y Downey Jr. Con pulso firme, los Russo evitan que Civil War se pierda en sus abundantes escenas de acción y su enrevesado argumento gracias a esos momentos entre personajes, con los que se nos deja claro que para narrar el conflicto y darle el peso que le corresponde es prioritario explorar los orígenes de cada uno, cómo encajan como grupo, lo que los une y los separa (Steve y Bucky están en el centro, pero no se reduce a ellos), quiénes son y cómo son percibidos por el resto del mundo, y en consecuencia definir sus motivaciones, es decir, lo que les llevará a elegir un bando u otro. En este sentido, Civil War no deja nada al azar, se cuida de que todo cuanto ocurre tenga una razón de ser y se compromete a no buscar la salida más fácil, lo que da como resultado un relato marveliano de madurez que inaugura triunfalmente y con firmeza esta nueva fase. El único pero en este sentido es que la cinta promete un UCM diferente, pero todavía no lo muestra (Marvel sigue teniendo miedo a la muerte, por ejemplo). Tiempo al tiempo, de momento los Russo han sabido capear el temporal para manejar de forma satisfactoria los muchísimos elementos que debían ensamblar, dando como resultado otra muy consistente entrega del Capitán América que invita al revisionado para abarcar todo lo que cuenta y que, sorprendentemente, deja con ganas de más. Una película diseñada no solo para contentar a los fans de Marvel, sino para legitimar el cine de superhéroes como algo más que un pasatiempo palomitero.

Nota: Capitán estrellas copia

Crítica: La Dama de Oro

WOMAN IN GOLD

En la que es su segunda película, Simon Curtis se reafirma en su gusto por el cine biográfico. Su debut en la gran pantalla, tras una dilatada carrera en televisión, nos permitió pasar Una semana con Marilyn, y ahora, el realizador londinense se adentra en el drama histórico con La Dama de Orola historia real de Maria Altmann, mujer que luchó durante años para que Austria le devolviera el retrato de su tía, Adele Bloch-Bauer I (“La Mona Lisa austríaca”), robado por los nazis al estallar la Segunda Guerra Mundial.

Helen Mirren da vida a Altmann, ciudadana norteamericana desde su huida de Viena en los años 40. La ley de restitución del arte de 1998 empuja a Maria a iniciar la lucha por recuperar el famoso cuadro de Gustav Klimt, que colgaba en una de las estancias de su casa de Viena, donde su familia disfrutaba una boyante época de esplendor social y económico antes de que la guerra estallase. El cuadro, tasado en cientos de millones, posee un valor sentimental incalculable para la octogenaria, que desea recuperar la dignidad que los nazis han arrebatado a su familia y al pueblo judío, a pesar de que esto supone abrir una dolorosa herida, tanto para ella como para el país. Con la ayuda de un joven abogado, Randy Schoenberg (Ryan Reynolds), nieto del célebre compositor Arnold Shoenberg, Maria emprende un viaje de vuelta a Austria para enfrentarse al gobierno del país, que se niega a devolverle el cuadro, ahora conocido como “La Dama de Oro” (renombrado así para borrar cualquier vestigio de pertenencia a la familia de Altmann). Maria hace frente a su pasado en busca no solo de justicia para su familia y su pueblo, sino también de clausura antes de que sea demasiado tarde.

poster_definitivoLa Dama de Oro ofrece todo lo que cabe esperar de un biopic convencional, y concretamente de uno con el sello Weinstein. Llama la atención que Harvey W. no haya apostado por esta película para la carrera de los Oscar y la haya relegado a una de las temporadas más bajas del año, los meses después de la award season y la pre-temporada estival. Sin embargo, no es una decisión sorprendente a juzgar por el resultado: La Dama de Oro es básicamente una TV movie cara con estrellas (si que es que a Ryan Reynolds podemos llamarlo tal cosa), realizada siguiendo el manual académico del género. No posee esa cualidad estentórea y hollywoodiense de los biopics oscarizados del año pasado, The Imitation Game (la apuesta oficial de los Weinstein) y La teoría del todo, ni sus interpretaciones, por correctas que sean y por mucha Helen Mirren que haya (que está estupenda aunque huelgue decirlo), sobresalen especialmente. Pero tampoco puede reprochársele demasiado, más allá del exceso de sacarina de algunos pasajes.

La Dama de Oro es un melodrama que parece realizado en la época en la que se ambienta parcialmente (en los 90, no los 40). Lo más destacable -además de la música de Hans Zimmer y Martin Phipps– es la investigación judicial en la que se embarcan Altmann y Schoenberg (con la ayuda de un patriota austríaco interpretado por el siempre correcto Daniel Brühl), por encima de los flashbacks en Viena, en los que Tatiana Maslany convence como Helen Mirren de joven, y donde más salta a la vista la formación televisiva de Curtis. Por lo demás, La Dama de Oro cumple holgadamente con los poco exigentes requisitos del género, y sale airosa sobre todo gracias a la inesperada buena pareja que forman Mirren y Reynolds.

Valoración: ★★★

Crítica: El hombre más buscado

Philip Seymour Hoffman El hombre más buscado

En El hombre más buscado, Anton Corbijn (El americano, Control) adapta la novela del autor de best-sellers John le Carré sobre la guerra contra el terror A Most Wanted Man. La llegada a Hamburgo de Issa Karpov, un inmigrante ilegal mitad ruso mitad checheno, desata la alarma de las agencias de seguridad de Estados Unidos y Europa, que creen que podría ser un terrorista preparando un ataque sobre el país. El pasado y los lazos familiares del misterioso joven lo vinculan a actos extremistas de violencia, pero su cuerpo lleno de cicatrices y su estado mental cuentan otra historia, la de una víctima. El agente Günther Bachmann (Philip Semymour Hoffman) lidera un grupo de espionaje para investigar a Karpov y utilizarlo con el fin de destapar a un filántropo musulmán, sospechoso de financiar actividades terroristas. Sin embargo, la investigación de Bachmann se verá entorpecida por la intervención de la diplomacia norteamericana, y la presencia de una joven abogaba alemana (Rachel McAdams), contratada por Karpov para ayudarle.

El hombre más buscado es cine de espionaje anclado en la realidad, un trabajo contenido, sin apenas acción (entendida como espectáculo hollywoodiense), más interesado en arrojar luz sobre los complejos mecanismos puestos en marcha en la guerra contra el terrorismo y el juego de engaños e intereses que tienen lugar en los despachos. Corbijn se pregunta constantemente “¿quién es el verdadero enemigo?” imprimiendo una sensación de duda e incertidumbre en sus personajes, que se traslada al espectador, y que culmina en una memorable escena final, en la que las emociones por fin estallan. Hasta el desenlace, El hombre más buscado opera como un frío thriller europeo, una película sobria, sombría, de matices encubiertos y ritmo (a ratos excesivamente) pausado, cuyo centro es la interpretación de Philip Seymour Hoffman.

Cartel El hombre más buscadoEl actor construye brillantemente a su personaje sin grandes aspavientos dramáticos, dibujando a un hombre que reprime su incertidumbre y oculta su miedo bajo una metódica y cerebral aproximación al trabajo, llevando a cabo un ejercicio de autocontrol que nos hace ver a un hombre en lucha constante, con los demás y consigo mismo. Sin embargo, Hoffman no es el actor más sobresaliente de la cinta. El recién llegado Grigory Dobrygin realiza con su Issa Karpov una interpretación incluso más poderosa que la de Hoffman, un trabajo muy sutil de miradas y lenguaje corporal que por desgracia pasará desapercibido por la presencia del fallecido actor. Por otro lado, Rachel McAdams también sigue demostrando su talento, a pesar de que ni en un thriller de espionaje se libre de protagonizar una trama romántica. El reparto se completa con Willem Dafoe, Robin Wright y Daniel Brühl, actores generalmente notables cuya presencia aquí es más bien instrumental

El hombre más buscado nos presenta el conflicto terrorista en el mundo post-11S en forma de una intriga contemporánea desprovista de las emociones y los sobresaltos de Homeland, quizás con el propósito de involucrarnos a otro nivel, de desvelarnos una verdad hasta cierto punto. No obstante, Corbijn lleva la frialdad del relato, la distancia y el proceder casi clínico y procedimental de su narración al extremo, provocando en ocasiones el efecto contrario al deseado. El hombre más buscado acierta explorando los claroscuros morales del servicio de inteligencia y su burocracia, pero da la sensación a veces de que el director está más interesado en fotografiar Hamburgo y en crear una obra estéticamente satisfactoria que en explorar a fondo a sus personajes.

Valoración: ★★★

Crítica: El quinto poder

THE FIFTH ESTATE

La truculenta historia de Julian Assange y su Wikileaks pedía a gritos ser adaptada para el cine, cuanto antes mejor. Lo ideal habría sido que David Fincher se hubiera encargado de El quinto poder (sí, reconozco que después de La red social no imagino a otro director en este tipo de proyectos), pero el elegido para ficcionalizar los hechos reales que agitaron el mundo (¿y lo cambiaron?) hace apenas tres años fue Bill Condon, un director cuya carrera despegó con la interesantísima Dioses y monstruos (1998) y se desvaneció poco a poco entre proyectos sin personalidad. Así hasta llegar a los dos últimos capítulos de la saga Crepúsculo. No deberíamos juzgar a un director por sus errores pasados, pero es inevitable valorar una película según este reincida en ellos. Y el mayor problema de El quinto poder es su falta de identidad. Es descentrada, caótica, carente de propósito definido. Como la carrera de su director. No puede ser casualidad.

Cartel-EL_5_PODER-bPara ser una película basada en acontecimientos muy recientes y querer hablarnos de un nuevo estado o era de la informaciónEl quinto poder desprende un aroma inconfundible a fórmula de toda la vida. Lo que han hecho Condon y Josh Singer (guionista de series como Fringe o El ala oeste de la Casa Blanca) es tomar como referente las novelas Wikileaks: My Time with Julian Assange at the World’s Most Dangerous Website y Wikileaks: Inside Julian Assange’s War on Secrecy para compendiar y tamizar la información más conveniente para ellos y poder realizar así un biopic a la vieja usanza -uno en el que además asoma la sombra de Aaron Sorkin. No importa que se nos bombardee con imágenes de archivo y ensoñaciones cibernéticas en un montaje “moderno”, ni que se reflexione (bastante superficialmente) sobre la llegada de un “nuevo mundo” y las amenazas que esto conlleva, El quinto poder no es más que un thriller corriente y moliente incapaz de transmitir inmediatez o trascendencia.

Sin embargo, Condon cuenta con una baza que eleva de categoría su película: Benedict Cumberbatch. Este admirado actor británico habita realmente su personaje para ofrecernos todo un recital interpretativo (como hace con Sherlock, y como hizo con Khan, de lo mejorcito de Star Trek en la oscuridad). La personalidad de Assange es uno de los aspectos más atractivos de esta historia, y afortunadamente, el personaje está muy bien caracterizado (física y psicológicamente). ¿Héroe o psicópata? ¿Genio o terrorista? Cumberbatch compone con habilidad -y con ayuda de las canas y su inconfundible voz- un personaje complejo e inquietante, un geek misántropo y egocéntrico (como el Mark Zuckerberg de Fincher) que nos despista, nos engaña, y esporádicamente nos fascina. Sin restar mérito al siempre correcto Daniel Brühl, que con su Daniel Domscheit-Berg aporta el contrapunto perfecto a Cumberbatch -además de tensión sexual no resuelta y toneladas de subtexto gay. Por desgracia, el resto de la película no está a la altura del trabajo de Cumberbatch y Brühl y su apasionada historia de amor rivalidad moral.

Valoración: ★★★

Crítica: Rush

Rush

Rush es la historia de la rivalidad entre los dos brillantes pilotos de Fórmula 1 James Hunt y Nikki Lauda, una lucha a muerte en el circuito que nació y se extendió fuera de él. Lo nuevo de Ron Howard es un biopic deportivo, y si hay género más formulaico y acomodaticio que el biopic, es precisamente el cine de deportes. Sin embargo, Howard no solo se las arregla para dosificar adecuadamente el drama personal y las carreras a lo largo del metraje para no incurrir en el tedio, sino que convierte esta conocida historia real en un brillante ejercicio cinematográfico de entrega y pasión.

A través de una ambientación inmejorable (fotografía y caracterizaciones excelentes), Howard nos traslada a una época en la que los pilotos de carreras se lo jugaban todo en el circuito, en la que cada año un par de ellos sucumbían a las curvas de la carretera. La lucha de Hunt y Lauda por el primer puesto en el podio se ve constantemente acechada por la muerte, lo que convierte este deporte en mucho más que ganar o perder. Se trata de conocer el límite de lo que se está dispuesto a arriesgar. Hunt y Lauda se aproximan al deporte de maneras opuestas. Visceralidad e inconsciencia contra frialdad calculadora. Howard aprovecha esta profunda dualidad para construir un relato emocionante a nivel personal que magnificará con las carreras, impresionantemente rodadas.

Rush cartel españolEl apartado técnico de Rush es sobresaliente. Howard es un realizador solvente. Tanto que siempre resulta excesivamente correcto, poco destacable, aburrido. No busquen personalidad o genialidad autorial en Howard, porque será siempre en vano. Lo que tenemos aquí es un trabajo de dirección que roza la perfección de manual, y teniendo en cuenta la naturaleza de la propuesta, es lo mejor que le podía ocurrir. Afortunadamente, las carreras no dominan todo el relato. Son los dos protagonistas los que soportan el peso de la historia. Los conflictos se desencadenan a partir de sus caracteres y la batalla de egos en la que se enzarzan se materializa en la carretera. Cuando Rush nos adentra en los circuitos (y lo hace metiéndonos de lleno en el ojo del huracán), no importa que la Fórmula 1 no nos interese lo más mínimo, quedamos inevitablemente atrapados. Y la razón es que Rush es mucho más que una encarnizada carrera a vida o muerte. Rush es cine.

Sin embargo, lo más importante de un biopic es sin duda que los protagonistas sean capaces de mimetizarse con las personas a las que dan vida, para que el conjunto resulte verosímil. En ese sentido, las interpretaciones de Chris Hemsworth y Daniel Brühl están a la altura del cuidado envoltorio. La labor interpretativa y transformación física de Brühl para convertirse en Lauda es muy loable. Pero Hemsworth, como Hunt, es un robaescenas nato, físico y magnético, un fenómeno que el actor de Thor personifica con la naturalidad que lo convierte en uno de los mejores intérpretes de su generación (a pesar de que su físico y los papeles que escoge distraen de su talento). La rivalidad entre Hunt y Lauda saca lo peor y lo mejor de ambos pilotos en un relato sobre la naturaleza del respeto y la razón de ser del deportista. Estos dos jóvenes actores se llevan los mayores laureles en una película que consigue muy merecidamente subirse al podio del cine de deportes de los últimos años.