Suspiria: Danzad, danzad, malditas

‘Suzy, ¿sabes algo de brujas?’

Hace cuarenta años, Dario Argento (Phenomena) y Daria Nicolodi (Rojo oscuro) nos introdujeron en el fascinante mundo de las Tres Madres con Suspiria. Puede que ni Inferno, ni mucho menos La madre del mal estuviesen a la altura, pero con la primera acertaron de pleno. Con el paso del tiempo, la bajada a los infiernos de una cándida Suzy Bannion (Jessica Harper, El fantasma del paraíso) se convirtió en objeto de adoración suprema entre los amantes (y no tan amantes) del género. De ahí que la noticia de un remake fuese vista como la peor de las noticias posibles. El primero en atreverse fue David Gordon Green (Joe), cuyo proyecto capitaneaban Isabelle ‘A Esther le pasa algo’ Fuhrman (La huérfana) e Isabelle Huppert (La pianista)… pero todo quedó en agua de borrajas y el director de Superfumaos terminó revisando de manera correcta otro clásico: La noche de Halloween. Sorprendentemente, no fue otro que Luca Guadagnino el que terminó llevándose el gato (negro) al agua. Tras divertirnos (y calentarnos) de lo lindo en Cegados por el sol y enamorarnos (y calentarnos) con Call Me By Your Name, el realizador italiano osaba echar el guante a uno de los clásicos con mayor proyección internacional que ha parido la cinematografía de su país. ¿Estaría su Suspiria a la altura de las circunstancias o supondría esta experiencia el segundo tropezón de su carrera (¿es que alguien se acuerda de la sosísima y desaprovechada Melissa P.?)?

Lejos de caer en la simpleza de repetir fotograma a fotograma el film original (solución únicamente aceptada en caso de troleo máximo como fue el caso de Michael Haneke y su versión para ‘gente estadounidense que no lee subtítulos’ de su Funny Games), Guadagnino decide repetir con David Kajganich (creador de la serie The Terror) tras Cegados por el sol, para descuartizar el manuscrito de Argento y Nicolodi y así poder crear algo novedoso, pero tremendamente fiel al original. En esta Suspiria, Suzy (ahora Susie) vuelve a cometer el error de enrolarse en Tanz, pero en esta ocasión su comportamiento no es tan pasivo e infantil como entonces (recordemos que aunque la productora le negó a Argento un cast de niñas de doce años para dar vida al cuerpo de baile, él siguió manteniendo el tono naif original de los diálogos). La Susie interpretada por Dakota Johnson (que también repite con el director tras Cegados por el sol) es una mujer empoderada, con unos cuantos secretos en su haber y un talento innato para la danza. Su abrupta incorporación a la compañía de danza no es vista con recelo, sino que es acogida por sus compañeras como si de una verdadera hermandad se tratase. La sororidad es plena, incluso la propia Madame Blanc (Tilda Swinton, en su enésima colaboración con Guadagnino) ha caído rendida a sus pies. Guadagnino rechaza el conflicto entre mujeres y nos muestra una Tanz convertida en un matriarcado sin ningún tipo de fisuras aparentes. Aunque exista alguna que otra lucha por el liderazgo, es todo bastante civilizado… a no ser que haya algún tipo de abuso de poder por parte de la lideresa.

Mientras que la Suspiria de Argento y Nicolodi se regocijaba en el placer esteta y sádico del crimen, esta nueva versión se acerca a la violencia de manera más explícita y cruda si cabe. La muerte en esta Suspiria estremece, pero de dolor, no de orgasmos visuales como la de los setenta. Los huesos y tendones que se rompen nos taladran los oídos y las heridas infligidas por esos garfios tan giallo provocan verdaderos escalofríos. De igual manera, el realizador de Yo soy el amor es capaz de lograr una atmósfera malrollera incipiente, de manera sutil, pero sabiendo en qué momentos hacerla explotar (increíbles los ensayos de Volk y las danzas libres sin música) y nos regala un clímax que destrona a (valga la redundancia) Clímax de Gaspar Noé, como viaje más enfermizo y flipante del año. Este agobiante éxito es en parte gracias a la oxidada fotografía de Sayombhu Mukdeeprom (que vuelve a llamar a las puertas de la Academia tras ser injustamente obviado el ejercicio pasado por Call Me By Your Name) y por la increíble banda sonora de Thom Yorke. Puede que el líder de Radiohead haya pegado el salto a la gran pantalla por envidia (sana) a Jonny Greenwood (compañero de Yorke en Radiohead y compositor habitual de Paul Thomas Anderson), pero el resultado es la creación más excelsa del británico desde tiempos de In Rainbows. Tanto en los cortes instrumentales más ruidistas y semi krautrock, como en los más minimalistas o cuando los acompaña con su icónica voz. Guadagnino logra solventar con nota tres de los aspectos más memorables de la original (los crímenes, la fotografía y la música) siendo lo suficientemente inteligente al lograr el perfecto equilibrio entre la fidelidad y la novedad.

Esta nueva Suspiria es mucho más sesuda, visceral, enrevesada y, a la vez, evidente que la original. Mientras que la original se guardaba el as de la brujería bajo la manga hasta la recta final, Guadagnino prefiere mostrarnos la existencia del aquelarre berlinés desde la primera escena. Optando por usar la baza de las brujas como poderosa metáfora del movimiento feminista, así como de la violencia y el abuso de poder que han sufrido desde tiempos inmemorables. De ahí la importancia y el cuidado que pone la compañía a la hora de representar la abrupta Volk (en alemán, pueblo). De esta manera, Suspiria y sus protagonistas se hermanan directamente con cintas actuales que muestran un feminismo combativo y liberador (y violento) como son Crudo (Julia Ducournau) y, especialmente, La bruja (Robert Eggers). Tampoco tiene ningún miedo en situar cronológicamente la acción de la cinta y dotarla de cierta carga política. Estamos en 1977, que no es solo el año de estreno de la cinta original, sino también uno de los más violentos en el Berlín de posguerra. Las chicas se encuentran en pleno Otoño Alemán, semanas en los que la RAF (también conocida como banda Baader-Meinhof) llevó a cabo cruentos atentados, entre ellos el famoso secuestro del vuelo 181 de Lufthansa que aparece retratado en los noticiarios que se escuchan durante toda la película. Igualmente hacen acto de presencia ciertos fantasmas y comportamientos gubernamentales que parecen más propios del supuestamente extinto régimen nazi.

La nueva Suspiria nos atrapa en una espiral de locura desde el momento en que vemos al personaje de Patricia (Chloë Grace Moretz, Kick-Ass) en mitad de una contienda en pleno Berlín mientras intenta llegar a la consulta del Doctor Josef Klemperer (Lutz Ebersdorf, a.k.a. Tilda Swinton). No sabemos a ciencia dónde que nos estamos metiendo, pero tampoco tenemos ninguna prisa por salir, sino que queremos seguir hacia delante, cueste lo que cueste. La misma sensación que sentimos con la otra gran pesadilla de los últimos años, madre! de Darren Aronofsky. Realmente, cuando llegan los títulos finales (no se pierdan la escena postcréditos) terminamos queriendo saber más sobre los personajes que pueblan Tanz. Cómo era la vida de Madame Blanc y Helena Markos en su juventud (si es que alguna vez lo fueron), cómo lograron proteger su matriarcado bajo el yugo del régimen nazi… y cómo será el futuro tras los hechos mostrados en Suspiria.

Hace mucho tiempo que Dakota Johnson dejó de ser simplemente la hija de Melanie Griffith (lo cual no es nada malo, sino todo lo contrario), para pasar a ser considerada como una de las actrices con mayor proyección de su generación. Al más puro estilo Kristen Stewart, ha sabido compaginar trabajos económicos (la trilogía Cincuenta sombras de Grey) con otros más arriesgados y placenteros (Cegados por el sol, Malos tiempos en El Royale) con verdaderos auteurs. En esta su segunda colaboración con Guadagnino, Johnson se da de lleno a un personaje extremadamente complicado como es el de la nueva Susie. No solo por el legado de Jessica Harper, sino por las nuevas dimensiones, secretos y evolución del personaje. Igualmente destacables se encuentran una pluriempleada Tilda Swinton, que brilla especialmente como Madame Blanc, proporcionándonos todos los tildaswintonismos que podemos esperar de ella haciendo de bruja (a la altura de cuando hizo de Eva/vampiresa para Jim Jarmusch en Solo los amantes sobreviven), y una desbarrada Ingrid Caven (El mercader de las cuatro estaciones), cuya presencia no es únicamente un anecdótico guiño a Fassbinder que podíamos esperar, sino que engrandece y aloca aún más el tono estridente del aquelarre.

Suspiria es la pesadilla que no te suelta aunque abras los ojos. Esa que te acompaña durante el día y te hace temer la noche… pero de la que realmente estás completamente obsesionado y, por qué no decirlo, enamorado. Soñad, soñad todos y todas. Dejaos llevar. Dejad que Madre os cuide… ¡es todo tan bonito!

David Lastra

Nota: ★★★★★

Crítica: Cegados por el sol (A Bigger Splash)

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Tilda Swinton se vuelve a poner a las órdenes de Luca Guadagnino, seis años después de protagonizar su aclamada película Yo soy el amor. En Cegados por el sol (A Bigger Splash), basada en La piscina (1969) de Jacques Deray, la británica da vida a Marianne Lane, una estrella de rock que disfruta de unas vacaciones con su novio cineasta (Mattias Schoenaerts) en la preciosa isla italiana de Pantelaria, en la región de Sicilia. Allí, su idílico descanso se ve interrumpido por la llegada del antiguo gran amor de Marianne, Harry (Ralph Fiennes) y su hija, Penelope (Dakota Johnson), cuya existencia apenas acaba de conocer. La llegada de Harry, un torbellino de locura y visceralidad, desencadena sentimientos de celos, rencor e inseguridad que llevan a los personajes a sumirse en una espiral de comportamiento destructivo.

Con Cegados por el sol, Guadagnino ha compuesto un trabajo de gran exuberancia, una película efectivamente bañada por el sol mediterráneo, placentero y sofocante a la vez, y aliviada por el agua refrescante de las piscinas y los paradisíacos rincones ocultos de Pantelaria, como sugiere su título original (superior, gracias al doble sentido que oculta). El director saca todo el partido de la hermosa localización, de manera que la isla y la casa donde los protagonistas pasan las vacaciones se funden con el convulso discurrir emocional y dramático de la historia. El calor, la sal del mar secándose en la piel, la brisa suave, todo se puede sentir a través de la pantalla, gracias a una ambientación sin igual, una aproximación muy física y atmosférica a los escenarios, que abandona a los personajes a los deseos naturales de la isla para reflejar su cambiante estado anímico.

Pero Pantelaria no es el único paisaje que Guadagnino está interesado en retratar en su película. El italiano es igual de meticuloso y apasionado a la hora de filmar los cuerpos de los protagonistas, un cuarteto de intérpretes absolutamente entregados al proyecto, sin ningún tipo de pudor para desnudarse integralmente y dejar que el director repase y venere sus anatomías con la cámara para dejarnos planos de un erotismo aturdidor. Pero obviamente, además de literal, la desnudez de sus protagonistas es también figurada. De hecho, desnudos quizá enseñen menos que cuando están vestidos. Cegados por el sol es una historia de celos, deseo, manipulación, una intriga inquietante pero también divertida, sobre el sexo, la sexualidad, la belleza, y el amor que se niega a desvanecerse y destruye. Un relato de contrastes, en el que la cultura del rock y el romanticismo de la celebridad de hace varias décadas (los Rolling Stone o la inevitable identificación de Marianne con Bowie) chocan con la calma y la tradición del Mediterráneo, y el descreimiento de las nuevas generaciones (personificadas en una excelente Dakota Johnson). Todo para mostrarnos cómo estos ociosos peces de ciudad, artistas sofisticados, cultos y privilegiados, se descomponen en el calor de un mundo extraño al suyo.

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Los cuatro protagonistas de Cegados por el sol están soberbios. Swinton, cuyo personaje se está recuperando de una dolencia de garganta, se pasa la primera mitad de la película sin hablar, desprendiendo presencia, carisma y una gran elocuencia dramática sin pronunciar apenas una palabra. Schoenaerts personifica con aplomo la peligrosa calma tensa de un hombre receloso y atormentado, constantemente amenazado por el pasado, mientras Johnson clava a la Lolita del siglo XXI, distante, enigmática, caprichosa y desbordantemente sexual. Pero quien se lleva el gato al agua es Fiennes, con la que es sencillamente una de las mejores interpretaciones de su carrera, un trabajo valiente, excesivo e histriónico en su justa medida, a través del que compone un personaje tan divertido como fascinante. Con un gran sentido de la exploración psicológica de personajes, Guadagnino elabora entre ellos un juego de sexo y pasiones desatadas que hace de Cegados por el sol una película embriagadora e irresistible.

Con un toque surrealista y burlón, y un ojo puesto en la obra de Patricia Highsmith (la cinta bebe mucho de El talento de Mr. Ripley), Guadagnino nos envuelve en una sensual orgía de los sentidos que no solo seduce con sus imágenes, sino también con su exquisito sentido del humorCegados por el sol es una película lasciva, delirante, una experiencia de la que uno sale con ganas de desnudarse, de desnudar, y de apaciguar el calor con un baño refrescante, a poder ser en compañía.

Nota: ★★★★

Crítica: Black Mass (Estrictamente criminal)

BLACK MASS

Sur de Boston, años 70. El agente del FBI John Connolly (Joel Edgerton) tiene un plan para acabar con la mafia italiana del lugar: contar con la estimable colaboración de James ‘Whitey’ Bulger (Johnny Depp), miembro de la mafia irlandesa que accede a convertirse en informante de Connolly para eliminar a su enemigo común. La alianza entre los federales y el mafioso se intensifica hasta volverse incontrolable, desencadenando la violencia y el crimen en la ciudad, arrastrando familias (de agentes y criminales) y convirtiendo a Whitey en el mayor capo de la zona, uno de los gángsters más salvajes y poderosos de la historia de Boston.

Con Black Mass, Scott Cooper (Corazón rebelde, Out of the Furnace) lleva el thriller clásico de mafiosos hacia un terreno más moderno sin sacrificar las características que lo definen. Cooper construye un drama elegante de diálogos impecables en el que, en lugar de imitar u homenajear el cine gángsters de los 90, conduce el género por un camino más estilizado y contemporáneo (el score de Junkie XL le da impulso en este sentido), recordando más a David Fincher que a Martin Scorsese. Los guionistas Mark Mallouk y Jez Butterworth (Al filo del mañana) optan por una mayor transparencia narrativa a la hora de contar la leyenda de Whitey Bulger, empleando el recurso del testimonio en flashforward a la policía para desgranar el relato de forma cronológica. Una opción que, lejos de simplificar el discurso o subestimar al espectador, le hace partícipe más directo de la historia y le permite seguirla con una claridad que no suele formar parte del cine sobre crimen organizado. Una muestra de que se puede hacer cine negro para un público más amplio.

Black MassPara tener poca experiencia tras las cámaras, Cooper dirige con el pulso y la confianza de un veterano, manteniendo una homogeneidad considerable tanto en el tono como en la atmósfera de la película. Black Mass es un trabajo gris, de gran intensidad, un film en el que la violencia te hipnotiza y los actores te sacuden. Y es que su apartado interpretativo es impecable. Cooper cuenta con un envidiable reparto de rostros conocidos secundando a los protagonistas: Benedict Cumberbatch demuestra una vez más su enorme versatilidad adoptando acento bostoniano para dar vida al hermano de Whitey (aunque, como de costumbre, roza la imitación, y por tanto la caricatura). Kevin Bacon y el ubicuo Corey Stoll no se dejan ver mucho, pero cumplen de sobra (a Stoll siempre es un placer verlo, y más si te lo encuentras de sorpresa, que es algo muy habitual). Peter Sarsgaard y Jesse Plemons desatan su excentricidad con dos secundarios memorables. Los personajes femeninos tienen poco peso en la historia, pero Dakota Johnson, Julianne Nicholson y Juno Temple se encargan de sacarle el máximo partido a su tiempo en pantalla, protagonizando algunas de las escenas más potentes e impactantes (la visita de Whitey al cuarto de la mujer de Connolly pone los pelos de punta). Y Rory Cochrane ofrece un magnífico y sutil recital de emociones, dejándonos los mejores primeros planos del film.

Por último, Depp se redime de los recientes pasos en falso de su carrera con un sorprendente y magnético trabajo en el que podemos ver cómo se va deshaciendo de sus tics para humanizar al personaje de forma ejemplar. Claro que, mientras el actor de Eduardo Manostijeras y sus intimidantes ojos claros de pupilas dilatadas se llevan toda la atención (como si estuviéramos contemplando a un Jack Nicholson más esforzado), es Edgerton quien aguanta estoicamente el peso de la historia, demostrando un talento que Hollywood no está sabiendo aprovechar. La interesante relación entre White y Connolly es el eje que vertebra Black Mass, y por suerte, Edgerton y Depp son los instrumentos mejor afinados de la película.

Valoración: ★★★½