Crítica: El escándalo (Bombshell)

Las acusaciones a Harvey Weinstein por acoso sexual en 2017 provocaron un efecto avalancha que marcó un antes y un después en Hollywood, repercutiendo en todas las facetas de la sociedad alrededor del mundo. Miles de mujeres alzaban la voz después de décadas de silencio por miedo a las represalias de los hombres en el poder, creándose así el movimiento #MeToo, hashtag utilizado por miles de personas para compartir sus experiencias de acoso y agresión sexual en redes sociales.

Entre las muchas personas que decidieron hablar para denunciar a sus agresores se encuentran numerosas celebridades, como la actriz Alyssa Milano (quien popularizó el hashtag originalmente), Mira Sorvino, Lady Gaga, Patricia Arquette, Rosario Dawson, e incluso algunos hombres, como Terry Crews y James Van Der Beek. Pero más allá del caso Weinstein, el suceso relacionado con el #MeToo que más conmocionó a la sociedad estadounidense fue el de la cadena conservadora Fox News y las acusaciones de acoso sexual por parte de varias mujeres a su ex CEO, Roger Ailes, uno de los hombres más poderosos de la televisión norteamericana.

Esta es la explosiva historia que narra El escándalo (Bombshell), de Jay Roach. El director, que cuenta con una amplia experiencia dirigiendo películas basadas en episodios y acontecimientos reales de la sociedad y la política norteamericana (Game Change, Trumbo, All the Way), se centra en tres personajes femeninos: las presentadoras Megyn Kelly (Charlize Theron) y Gretchen Carlson (Nicole Kidman), y la ayudante de producción Kayla Pospisil (Margot Robbie). Ellas son las protagonistas de una trama que se adentra en los rincones más oscuros de la televisión diurna en Estados Unidos para sacar los trapos sucios de la cadena favorita de Donald Trump.

Bombshell es la crónica de la caída del todopoderoso Roger Ailes (interpretado por el camaleónico y siempre excelente John Lithgow) a través de los ojos de sus víctimas, mujeres que durante años se vieron sometidas a un ambiente de trabajo sexista y tóxico en el que sufrieron cosificación constante (en Fox News las mesas son abiertas para que se vean las piernas de las periodistas) y sus cuerpos fueron tratados como mercancía o moneda de cambio por el pez gordo de la cadena. Mujeres que dijeron “ya basta” y derribaron al monstruo. Esta mirada reveladora e incisiva a los entresijos de Fox News trata de responder las dolorosas preguntas a las que las víctimas se deben enfrentar tristemente cuando deciden compartir su verdad: ¿Por qué no hablaron antes? ¿Por qué no hicieron nada para evitarlo? ¿Por qué debemos creerlas?

Lo hace con un guion en ocasiones poco sutil, pero siempre afilado, matizado y provocador, explorando el escabroso asunto que trata con garra y dramatismo, pero también con mucho sentido del humor. Y con un fantástico reparto lleno de caras conocidas (Kate McKinnon, Mark Duplass, Rob Delaney, Connie Britton, Allison Janney, Malcolm McDowell…), encabezado por un soberbio trío de actrices que se comen la pantalla. Transformadas por un prodigioso departamento de maquillaje y peluquería (lo de Charlize como Megyn Kelly es increíble) y entregadas por completo a una historia que exige máximo compromiso y dedicación, Theron, Kidman y Robbie honran con sus interpretaciones a las víctimas de Ailes y a todas las mujeres que, como ellas, se han atrevido a dar el paso.

Puede que Bombshell recuerde demasiado a cintas como La gran apuestaEl vicio del poder, de las que parece tomar mucho prestado, pero esto no debería menoscabar su valor. No solo es una película explosiva y escalofriante, sino también una historia del #MeToo oportuna y necesaria, una herramienta valiosa para abrir ojos y concienciar sin olvidar en ningún momento el entretenimiento cinematográfico.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

9-1-1: ¿Policía? Soy adicto a la nueva serie de Ryan Murphy

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Ryan Murphy acaba de firmar un contrato multimillonario con Netflix para desarrollar contenidos originales para la plataforma. El productor deja detrás una fructífera etapa en Fox, que lo ha encumbrado como uno de los creadores televisivos más reconocibles, exitosos y solicitados del panorama catódico estadounidense. Pero antes de mudarse al gigante de la televisión por Internet (junto a otra todopoderosa productora, Shonda Rhimes), Murphy aun tiene un par de ases bajo la manga para Fox.

A las nuevas temporadas de American Horror StoryAmerican Crime StoryFeud se suma Pose, la esperada serie para FX sobre la cultura “ball” de Nueva York a finales de los 80, y también la reciente 9-1-1, drama policial sobre un grupo de rescate de Los Ángeles cuya primera temporada ya se ha emitido en Fox, y que tras sus excelentes índices de audiencia, volverá con una segunda temporada el año que viene. Mientras esperamos Pose ansiosos, zambullámonos en la adictiva locura que es 9-1-1.

9-1-1 está creada por Murphy y su leal coproductor Brad Falchuk, con el que ha desarrollado casi todas sus series (el segundo de abordo siempre en la sombra, que también se merece su reconocimiento). Se trata de una ficción policíaca que se puede adscribir a la tradición procedimental (episodios autoconclusivos, caso por semana, repetición de una fórmula narrativa), hasta que la dinamita presentando sus propias reglas. En un episodio de 9-1-1 suele haber varios casos, algunos están concebidos casi como gags y otros se desarrollan más ampliamente, pero el énfasis siempre recae en las vidas y los tumultos sentimentales de los protagonistas.

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La serie se divide en tres frentes. Por un lado la centralita de llamadas de la policía, donde conocemos a Abby (Connie Britton), una entrañable teleoperadora del 9-1-1 que vive con su madre enferma de Alzheimer. Por otro está la estación de bomberos, en la que trabaja un diverso grupo de profesionales de los primeros auxilios que incluye a Bobby (Peter Krause), Buck (Oliver Stark), Chim (Kenneth Choi) y Han (Aisha Hinds). Y por último tenemos a la sargento de la policía Athena Grant (Angela Bassett). Estas personas de caracteres atormentados, inseguros y problemáticos, pero osados y profesionales, se cruzarán a lo largo de los capítulos desarrollando amistades y relaciones mientras atienden a las emergencias más disparatadas.

9-1-1 recoge ese componente irresistible de la época temprana de Anatomía de Grey, que semana a semana sorprendía con los casos médicos más rocambolescos y enganchaba con las aventuras sentimentales de sus protagonistas, y le suma el factor demencial y provocador de American Horror Story, con emergencias y tramas pasadísimas de rosca e imágenes explícitas que harán las delicias de los fans del estilo over the top de Murphy y Falchuk. Porque aunque a primera vista pueda parecer una serie más “normal”, más de network, en el fondo tiene el mismo espíritu absurdo y exagerado de todos los trabajos de sus creadores. Eso hace que no sea una serie para todo el mundo. Quien busque un Mentes criminales o un Chicago Fire, que se vaya a otro sitio. Por ejemplo al spin-off de Anatomía de GreyStation 19, que maneja un concepto similar con menos riesgo y mucha menos gracia.

Uno de los mayores puntos fuertes de 9-1-1, además de su cuidado y creativo apartado visual, su sentido del humor y los retorcidos casos que nos plantea en cada capítulo (el piloto empieza con un bebé atrapado en una tubería, y a partir de ahí no deja de elevar el listón de excentricidad), es su excelente reparto. En especial Britton, que nos enamora con su personaje, su manera de responder a las llamadas de emergencia y su relación con el rompebragas, mucho más joven que ella, Buck; Krause, que ha encontrado al personaje más atormentado de su carrera después de Nate Fisher; y la fiera Bassett en la que es una de sus interpretaciones más desmesuradas y apasionadas de su carrera. Su mera presencia ya es un gran aliciente para ver la serie, pero cada personaje tiene algo interesante que ofrecer.

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Debo reiterar que 9-1-1 no es una serie policial al uso. Hay un episodio dedicado a la luna llena, que provoca los comportamientos más extraños y violentos en la población de LA (además de un parto múltiple de lo más divertido), un especial de San Valentín que bien podría ser un capítulo de AHS, e insisto, casos imposibles que harán que se nos salgan los ojos de las órbitas, y que, aunque no lo creáis, están basados en llamadas reales a la policía. Es decir, 9-1-1 es un viaje salvaje con giros inesperados y emociones a flor de piel, una serie que, si no nos la tomamos demasiado en serio, se puede convertir en nuestra nueva droga televisiva favorita.

En España, 9-1-1 se emite en Fox Life. La primera temporada completa está disponible en Movistar+.

Crítica: Wonder Women y el profesor Marston

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Todo el mundo conoce a Wonder Woman. El éxito e impacto cultural de la película de DC dirigida por Patty Jenkins y protagonizada por Gal Gadot es el principio de una nueva era para el cine de superhéroes, pero también la culminación de 75 años de historia y vanguardia. Diana de Temiscira, Diana Prince o La Mujer Maravilla, como queráis llamarla, es uno de los mayores iconos del tebeo y, sin duda, la superheroína más famosa de todos los tiempos, pero pocos conocen su sorprendente origen. Wonder Women y el profesor Marston llega para cubrir esa laguna.

La película, escrita y dirigida por Angela Robinson (The L WordTrue Blood) y protagonizada por un afinado trío de intérpretes, narra la historia del creador de la popular superheroína, el psicólogo de Harvard William Moulton Marston (interpretado por Luke Evans – La Bella y la Bestia), y las mujeres que le inspiraron a crearla, su esposa, Elizabeth (Rebecca Hall – Vicky Cristina Barcelona) y una de sus estudiantes, Olive (Bella Heathcote – The Neon Demon), con las que mantuvo en secreto una relación amorosa a tres y más tarde acabó formando una familia.

Wonder Women parte de la audiencia de Marston ante el tribunal de censura tras las críticas a su creación por su naturaleza abiertamente sexual y los elementos subversivos y escandalosos de sus páginas (principalmente, imágenes de bondage y matices homosexuales), y a partir de ahí nos lleva más atrás en el pasado para mostrarnos los antecedentes que en última instancia darán lugar a la creación del personaje y su revolucionario universo. Sus provocadoras investigaciones acerca de la sumisión y el poder de la mujer, y el desarrollo junto a su esposa del detector de mentiras, antes de perder su patente, contexto académico en el que el matrimonio conocerá a la joven que cambiará su vida.

Desde el comienzo, Robinson deja claro que el objeto principal de su película no es Diana, sino las personas que contribuyeron a que esta existiera y rompiera los moldes de la época. Su film es un estudio de las relaciones humanas centrado en tres sujetos adelantados a su tiempo, tres mentes brillantes que desafiaron las normas de la sociedad para expresar su amor y su sexualidad, para vivir tal y como les pedía el corazón y el cuerpo, a pesar de que el mundo no estaba (y sigue sin estar) preparado para aceptar algo tan controvertido, y para muchos inconcebible, como es el poliamor.

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De sus mentes abiertas y libres de prejuicios, de su visión utópica de un futuro más tolerante y respetuoso con las decisiones sentimentales y sexuales de los demás, de un mundo en el que la mujer tome el control y las riendas de su vida, nacía la figura feminista y liberada de Wonder Woman, revulsivo para el cómic en el que el autor depositaba sus ideales, pasiones y fetichismos, fusionando para ello las personalidades de las dos mujeres de su vida. Ver cómo el icono va tomando forma (de su filosofía radical a su emblemático y minimalista uniforme), antes incluso de que se presente como tal en la mente de Marston, es uno de los mayores atractivos de la cinta.

Pero el acto más transgresor que se lleva a cabo con Wonder Women y el profesor Marston es que su historia reciba el tratamiento tradicional del cine biográfico. Robinson podría haber optado por la vía del excentricismo, lo sórdido o lo experimental, pero en su lugar lleva a cabo una película caracterizada por el clasicismo de Hollywood, libre de ornamentos sensacionalistas. Es en última instancia el mejor homenaje que puede hacer a la historia que cuenta, retratarla con normalidad y desde el mismo prisma que se abordan biopics centrados en personas heterosexuales y monógamas, como Una mente maravillosa La teoría del todo.

Wonder Women y el profesor Marston es una obra imprescindible para cualquiera que esté interesado en la historia del noveno arte, pero también una película sensual, delicada y sincera que empuja a celebrar el amor libre y seguir luchando contra aquellos que pretenden silenciarlo.

Wonder Women y el profesor Marston ya está disponible en DVD a través de Sony Pictures Home Entertainment.

Crítica: Yo, él y Raquel (Me and Earl and the Dying Girl)

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He estado a punto de no escribir este texto. Cuando una película me atraviesa la piel como lo ha hecho Me and Earl and the Dying Girl me resulta especialmente difícil verbalizar mis impresiones sobre ella. Pero en realidad, esa no es la razón por la que casi no me siento a escribir sobre la cinta de Alfonso Gomez-Rejon (gran premio del jurado y del público en Sundance). Lo que no quería era hablar de ella “en voz alta”, necesitaba guardármela para mí solo. Ya sabéis que cuando os guardáis algo dentro (sea por la razón que sea), si lo decís en voz alta, es cuando se hace realidad y debéis asumirlo de verdad. Pensé en dejarlo ahí y no tocarlo, pero al final decidí que guardarme Me and Earl and the Dying Girl para mí solo era un acto tremendamente egoísta (el film ya cuenta con un considerable culto y ha sido visto por mucha gente gracias a San Torrent, lo de “para mí solo” es una licencia dramática). Esta es una de esas películas que se viven en primera persona, con las que se desarrolla un poderoso vínculo personal e individual, pero que en última instancia merece, es más debe ser compartida.

Para empezar, quitémonos de en medio el tema en el que todos estáis pensando. El título en español: Yo, él y Raquel. Sí, es feo, españoliza un nombre para luego conservarlo en inglés en la película (al más puro estilo Eduardo Manostijeras), pero sobre todo anula el sentido del humor negro y la inocente poesía adolescente que conlleva el original (y que caracteriza al film). Ahora bien, paraos un minuto a pensar en las posibilidades… ¿Veis? Démosle un respiro al departamento de PR y márketing de la distribuidora, porque no, esto no es un caso análogo al de Soñando, soñando, triunfé patinando. Se trata de un título prácticamente imposible de traducir al castellano sin que se produzca un considerable lost in translation. Alegraos de que no se haya titulado Deseando vivir La amiga de mi mejor amigo.

Y dicho esto, hablemos de la película. Me and Earl and the Dying Girl (basada en la novela homónima de Jesse Andrews) está narrada en primera persona por Greg (Thomas Mann), un adolescente muy particular (claro) que ha encontrado la manera de sobrevivir al instituto sin conflictos: crear vínculos amistosos con todas las “naciones” del universo estudiantil (jocksnerds, góticos, geeks del teatro, porretas, pijas…) y así pasar desapercibido y evitar el drama (para poder escaparse al despacho de su profesor de filosofía, Jon Bernthal, a ver cine a la hora de comer). Greg solo tiene un amigo de verdad (aunque para referirse a él siempre utilizará el calificativo libre de connotación afectiva “compañero de curro”), Earl (RJ Cyler), con el que desde pequeño desarrolla un gusto especial por el cine europeo (influencia del padre de Greg, Nick Offerman) y se dedica a filmar parodias de clásicos del cine (A Sockwork Orange, Anatomy of a BurgerRosemary Baby Carrots por ejemplo). Suena irrealmente cool y pretencioso, ¿verdad? Pues de alguna extraña manera, no lo es. Pero sigamos. La madre de Greg (Connie Britton) obliga a su hijo a visitar a Rachel (Olivia Cooke), compañera del instituto que padece leucemia, iniciativa que entusiasma a la madre de Rachel (Molly Shannon como versión agridulce de Amy Poehler en Mean Girls). A Greg y Rachel les horroriza la idea de tener que pasar tiempo juntos en esas circunstancias, pero entre visitas a regañadientes, sesiones cinéfilas y a base de humor auto-crítico, auto-destructivo y auto-todo, no tardará en florecer una amistad, en la que con el tiempo Earl también acabará entrando. La película parece discurrir por los derroteros de siempre, pero Greg nos tranquiliza diciéndonos desde bien pronto que ni esta es una historia de amor ni Rachel morirá al final. Un detalle por su parte.

Me and Earl

Me and Earl and the Dying Girl puede adscribirse sin lugar a dudas la categoría de “cine teen de culto” a la que también pertenecen Las ventajas de ser un marginadoBajo la misma estrella (con la que será comparada por lo obvio), e incluso Donnie Darko (el rol de guía que ejerce el personaje de Jon Bernthal es parecido al de Drew Barrymore en la cinta de Richard Kelly). Sin embargo, la película de Gomez-Rejon posee una cualidad más real y ofrece una percepción algo menos romántica e idealizada de dicha etapa vital. Me and Earl… es una película de adolescentes perspicaces, cultos y elocuentes, pero nada en ella parece forzado, nada en sus personajes parece falso (Earl es un soplo de aire fresco en este tipo de cine), por el contrario, esta rebosa sinceridad de principio a fin (hasta engañando es honesta). Gomez-Rejon aborda la enfermedad de Rachel con la seriedad pertinente, pero evitando que esta ahogue el tono de la historia y esquivando en todo momento la pornografía emocional. Me and Earl golpea directamente las emociones porque no parece que este sea su objetivo principal. La comedia domina el relato, pero está siempre empapada de una tristeza extrañamente alegre y deja paso al drama cuando debe hacerlo (al fin y al cabo “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”), sin perder de vista en ningún momento lo que define a estos personajes (por los que el director siente fascinación genuina), y celebrando la creatividad y la energía adolescente hasta el final.

El desenlace de Me and Earl contiene la que es sin duda una de las escenas más intensas, conmovedoras y desarmantes que vamos a ver en mucho tiempo (cuando veáis/si habéis visto la película, sabréis a cuál me refiero). Una catarsis aplastante (acentuada por la increíble banda sonora de Brian Eno y Nico Muhly) que da pie a un precioso y revelador epílogo con el que el film sella su destino: Me and Earl and the Dying Girl es una obra de ficción a la que querremos regresar de vez en cuando para abarcar su significado al completo, que necesitaremos recomendar, poner a nuestro “compañero de curro” y verla por primera vez a través de sus ojos. Greg quiere compartir su experiencia con todos nosotros, y (yo ya he asumido que) es nuestro deber hacerla llegar al mayor número de personas posible. No cabe duda, esta historia “se seguirá desplegando ante nosotros siempre que le prestemos atención”.

Por favor, prestadle atención.

Valoración: ★★★★½

Crítica: American Ultra

American Ultra

Texto escrito por David Lastra

Es 2015 y seguimos en plena edad de oro de la comedia… y a juzgar por los futuros proyectos de cara a 2016 (el hype de Cazafantasmas III tiene gran parte de la culpa), esta parece no tener fin. En estos últimos años, a los consagrados Judd ApatowPaul FeigRicky GervaisTina Fey, se les han unido nombres como Lena DunhamSimon PeggAmy SchumerDan HarmonEdgar Wright o la dupla Phil LordChristopher Miller. Gracias a los maestros y a las recientes incorporaciones, hemos disfrutado de momentos cinematográficos impagables (el duelo de discursos de damas de honor en La boda de mi mejor amiga, el personaje de McLovin en Supersalidos o cualquier escena en la que compartan plano Channing TatumJonah Hill en la saga de Infiltrados en…) y productos televisivos de alta escuela (30 RockGirlsThe Office), pero como toda nueva ola, también tiene su reverso oscuro. Es el caso de la infinidad de comedietas que intentan adherirse a la moda pero que no tienen ni puñetera gracia… ¡alguna hasta con Adam Sandler como protagonista! Con American UltraNima Nourizadeh (director del taquillero Project X) intenta apuntarse al grupo de cabeza, pero fracasa y además comete el mayor crimen posible a la hora de hacer una comedia: aburrir.

Aunque él no se acuerde, Mike ha sido entrenado bajo el programa Ultra para ser un arma infalible. Desde la cancelación del proyecto y gracias a un lavado de cerebro al más puro estilo Jason Bourne, su existencia se reduce a ver la televisión, colocarse con/sin su novia, esbozar un cómic que nunca hará y trabajar en un pequeño supermercado. Todo cambia el día en que uno de los jefecillos de la CIA organiza una operación secreta para terminar (a.k.a. exterminate) con Mike. Tan secreta no es porque, gracias a un chivatazo, la que fuera encargada del extinto programa Ultra, la agente Lasseter, se entera y decide actuar como una madre coraje y proteger a su pequeño, procediendo a la activación del protocolo de ataque del antiguo agente. La caza ha comenzado. Bonito punto de partida, no muy novedoso, pero sí apto para la consecución de una buena película de sábado por la noche o hasta de una cult movie en toda regla… pero no. Todo en American Ultra son medias tintas, no terminando de explotar en ningún momento, bueno, de manera literal sí, en varias ocasiones.

American Ultra

El gran error de American Ultra es el incluirse motu proprio dentro de la vertiente gamberra de la nueva comedia, cuando sus bazas cómicas no están a la altura. Naturalmente no está al nivel de la generacional Supersalidos, pero es que su pretendido despiporre argumental no se acerca en ningún momento a la muy reivindicable Juerga hasta el fin. El tándem formado por Nourizadeh y uno de los nuevos niños bonitos de Hollywood, Max Landis (guionista de Chronicle), fracasa a la hora de construir la incoherencia necesaria para el desarrollo argumental de una buddy movie de este tipo. Los dos personajes centrales no son nada más que meros esbozos del personaje tipo de adolescente perpetuo, sin llegar a ser los héroes que deberían ser. Aprovecho el momento para salvar de la quema a Kristen Stewart, que más que menos logra salvar su personaje y sigue con buen pie su rehabilitación cinematográfica tras la saga Crepúsculo. Al no hacernos reír, ni conmovernos, American Ultra termina funcionando mejor como película de acción. Resultando como una especie génesis de una saga de aventuras con Mike como agente secreto emporrado. Pero si entonces la incluimos en el nicho de las nuevas comedias de acción, sería devorada al instante por obras maestras como Infiltrados en clase.

Acompañando a Kristen Stewart, tenemos a otro de los actores jóvenes más odiados en internet y antigua pareja de Kristen en AdventurelandJesse Eisenberg. Jesse vuelve a demostrar las dotes miméticas que nos deslumbraron en La red social, convirtiéndose completamente en Michael Cera. Es imposible no pensar en Cera (el Michael Cera personaje) durante la película, especialmente al ver y escuchar al Mike pre-activación. Completan el reparto los televisivos Topher Grace, de buen chico en Aquellos maravillosos 70 a malo de la peli, Connie Britton (en un papel que iba a ser para Sharon Stone) repitiendo el rol de mujer luchadora que ya vimos en Friday Night LightsAmerican Horror Story, y Tony Hale, haciendo de un Buster Bluth con el trabajo de Gary Walsh (nota del autor: su papel de Arrested Development con el oficio de su personaje en Veep).

American Ultra es el segundo strike para Nima Nourizadeh en su intento por entrar en el gran club. En su defensa está que su videoclip para LDN de Lily Allen molaba bastante.

Valoración: ★★

Friday Night Lights: El eterno atardecer

“Well, you live in Texas now. You love the game of football. You just don’t know it yet” -Eric Taylor

Con los ojos claros pero el corazón lleno me despido de los habitantes de DillonTexas. Durante cinco temporadas, Friday Night Lights se estableció como una de las series más respetadas a la par que ignoradas de la televisión norteamericana. En un panorama en el que la hibridación de géneros es total, el drama hace reír y la comedia toca la fibra sensible, la serie de Peter Berg -basada en su película homónima de 2004, y a su vez en la novela de H.G. Bissinger– podía ser considerada un drama puro. Sin apenas alivio cómico, FNL estaba sumida en una permanente melancolía que servía de perfecta ambientación para una historia sobre un grupo de personas confinadas en una pequeña comunidad de la “América profunda“. El deporte nacional y mayor negocio y pasión de Dillon, el fútbol (americano, se entiende), es el pretexto para hablarnos de unos personajes comprometidos con su tierra, con su causa, y de otros atrapados en un infierno, deseando salir al mundo exterior. La obsesión y el fanatismo por el deporte definen el día a día de los habitantes de Dillon, y representa para unos el sacrificio y la perseverancia, para otros el hastío de vivir, y para la mayoría del pueblo su única realidad, la principal motivación para seguir adelante: la semana se construye alrededor del viernes noche, y la vida es un eterno entrenamiento, es lo que ocurre mientras esperan a que se enciendan las luces del campo.

Desde un comienzo, Friday Night Lights mostró la intención de desafiar las convenciones del género dramático televisivo de la última década. Siempre perfecta en el aspecto técnico, con un estilo documental y cámara en mano, una preciosa iluminación natural y un tono deprimente marcado por la envolvente música de W.G. Snuffy Walden, la serie se dio a conocer con una -excesivamente larga- primera temporada que suponía algo radicalmente distinto a todo lo que se estaba viendo en ese momento. Sin embargo, este ‘drama deportivo‘ no conseguía escapar de los clichés -actores imposiblemente atractivos, adolescentes de 17 años interpretados por jóvenes de 26, y una gran dosis de white people problemsCon el tiempo fue cubriendo todos los temas indispensables del género -embarazos adolescentes, drogas, armas, la alumna que se acuesta con su profesor- pero también supo tocar temas como el racismo, la intolerancia y la segregación social con suma elegancia, osadía y delicadeza. Echando la vista atrás, no importaba tanto que la serie fuera más convencional de lo que queríamos aceptar, porque en el fondo era única en su especie.

Los pilares indiscutibles de Friday Night Lights son Eric y Tami Taylor, probablemente el matrimonio más real(ista) en la historia de la televisión estadounidense. El trabajo interpretativo de Kyle Chandler y Connie Britton les valió el merecido reconocimiento de la Academia (ambos nominados al Emmy, lo ganó él por la última temporada). Su relación está repleta de fisuras, pero ninguna es lo suficientemente grande como para quebrantar el profundo respeto y el gran amor que se profesan. En FNL, fuimos testigos de las discusiones más verosímiles, se nos dejó con el corazón en un puño en infinidad de ocasiones, pero nunca dudamos de la resistencia del matrimonio Taylor. Sus problemas, siempre creíbles, siempre tratados con la mayor naturalidad, provenían de dos flancos principales: el trabajo y la educación de su hija adolescente, Julie (Aimee Teergarden), y enfrentaban su profundo conservadurismo con una gran capacidad de comprensión y aceptación. Eric -el hombre con el peor sentido del humor de la historia- es el entrenador del equipo de fútbol del instituto, primero de los Dillon Panthers y tras una reestructuración financiera y un injusto despido, de los East Dillon Lions. Tami es primero consejera estudiantil (un poco por combustión espontánea), luego directora del instituto, y de nuevo consejera en el nuevo centro en el que trabaja su marido. Este será el conflicto principal que defina la dinámica de la pareja. Ella sacrificando todo por el trabajo de él, y él viviendo por y para su equipo (previo consentimiento y aprobación de las mujeres Taylor). Al final, como hemos visto, el fútbol será lo que condicione cada aspecto de su vida, pero será la familia lo que evite que el buque se hunda por su culpa.

Alrededor de los Taylor y durante cinco años, desfilan por Friday Night Lights un puñado de personajes secundarios que conforman una gran familia y representan los distintos aspectos de la vida en una pequeña comunidad. Las tres primeras temporadas se centran en un equipo de fútbol y un grupo de adolescentes, las dos últimas renuevan el reparto de caras jóvenes debido al cambio de equipo del Coach y a la marcha a la universidad de la mayoría de personajes. Los cambios reflejan además la odisea vivida por la serie, tras cuya segunda temporada (que coincidió con la huelga de guionistas de 2008) peligró su permanencia en televisión. FNL fue finalmente rescatada gracias a un acuerdo de la NBC con DirecTV, que garantizó el regreso de la serie para un tercer año, y la posterior renovación para dos temporadas más.

Sin embargo, los cambios en Friday Night Lights no sucedieron de la manera más fluida. De hecho, si hay algo que se pueda reprochar a la serie es su descuidado manejo de los desarrollos de personajes, pero sobre todo de sus entradas y salidas de la serie. En este sentido, la segunda temporada es la que sale peor parada (muchos achacan el bajón de calidad a la huelga, pero las tramas estaban bien definidas desde mucho antes). El despropósito se adueña de la serie con una historia que involucra a Tyra y Landry en un homicidio, rompiendo así con el tono de la serie y adentrándose en terrenos más culebronescos que rompen bruscamente con el realismo del que se ha hecho gala hasta el momento. Pero lo peor no es eso, sino la introducción de un nuevo personaje, Santiago, para su posterior desaparición con su historia a medias (podríamos argumentar que se reencarnó más adelante en Vince Howard). La segunda temporada se barre debajo de la alfombra y como si no hubiera pasado nada. Friday Night Lights recupera posteriormente el rumbo y realiza tres sólidas temporadas que demuestran que la televisión en abierto se le había quedado pequeña. La tercera es quizás la mejor de las cinco. La siguiente quiere ser una prima lejana de la cuarta temporada de The Wire y el experimento no le sale del todo mal. Con Eric y Tami en el nuevo instituto, la quinta temporada evoca a cosas como Mentes peligrosaspero siempre manteniendo los pies en la tierra, es decir, aproximándose más a La clase. Sin embargo, hasta el final, los personajes siguen entrando y saliendo sin ton ni son. Landry desaparece al comienzo de la quinta temporada para volver al final y no cerrar el personaje de ninguna manera, Epyck es la nueva Santiago, el hijo de Buddy regresa a Dillon y entra a formar parte de los Lions casi sin que nos demos cuenta -como ocurrió con Landry anteriormente, o con Hastings Ruckle, otro personaje que parece que va a tener su historia y luego queda en nada, o con Billy Riggins, que de repente quiere ser entrenador y lo es. En FNL los cambios ocurren de manera muy brusca y sin apenas explicación. “¿Quieres ser entrenador/jugador/directora del instituto?” “Sí” “Pues venga”.

“You know, it’s kind of like this drug. When you get outside of it, you see it for what it really is.
But when you’re in it, it seems like there’s no other possible reality” -Tyra Collette

No obstante, la aparición de personajes de segunda generación no termina por lastrar la serie, gracias a que esta sigue girando en torno a los Taylor y a que no abandona en ningún momento su tema central: el sentimiento de pertenencia o extrañamiento, el vínculo con un lugar, una comunidad, y el lazo con la familia. Como no podía ser de otra manera, el final de la serie presenta a los personajes la oportunidad de dejar todo atrás para ingresar en un nuevo capítulo de sus vidas. Abandonar Dillon y aceptar el cambio como algo necesario e inevitable. Después de cinco años, y a pesar de las inconsistencias de la serie, uno se da cuenta de que se ha involucrado a un nivel emocional muy profundo con estos personajes. Porque son reales, porque su dolor es nuestro. Nos enfurecimos con las injusticias que vivieron, sufrimos con cada pelea como si hubiéramos sido testigos de primera mano, como si hubiéramos estado sentados en el sofá junto a ellos mientras estas ocurrían. Celebramos los triunfos del equipo, compartimos las alegrías familiares, percibimos como absolutamente reales las lágrimas, los abrazos, los besos. Experimentamos la decepción de unos padres con cada traspiés de Julie, y una extraña sensación de furia y energía cuando Coach Taylor gritaba colérico a su equipo. En definitiva, Friday Night Lights se marchó habiendo llevado el melodrama a terrenos nunca antes explorados en la televisión en abierto, y dejando para la posteridad su marca indeleble e inconfundible: los rostros que reflejan el sol de Texas, la luz que se cuela por detrás entre los cabellos rubios, y el viento que llega campo a través y recuerda a estos personajes que hay un mundo más allá de Dillon.