Glass (Cristal): La película perfecta para la era de los superhéroes

La trayectoria de M. Night Shyamalan es como una historia llena de altibajos y plot twists. Tras varios éxitos, el aclamado director de El sexto sentido (1999) fue perdiendo el favor del público y la crítica hasta tocar fondo con su vapuleada adaptación de Airbender (2010) y la que es con diferencia la peor película de su filmografía hasta la fecha, After Earth (2013). Aparentemente condenado al ostracismo tras una serie de fracasos comerciales, Shyamalan resurgió cual Ave Fénix con la ayuda de Jason Blum, que produjo su nuevo film, La visita (2015), por cuatro duros (como todas las películas de Blumhouse), revitalizándolo creativamente y catapultándolo de nuevo a lo más alto.

Conocido popularmente por los giros sorpresa al final de sus películas, Shyamalan nos dio el más impactante con su siguiente trabajo, estrenado solo un año después, Múltiple (2016). En un alarde de fan-service que no era sino la materialización de sus propios planes y deseos, Shyamalan incluyó a Bruce Willis en una escena post-créditos, uniendo así su nueva película y El protegido (2000) bajo el mismo universo de ficción. Sin ser conscientes de ello, estábamos viendo una secuela spin-off de El protegido, y esto no podía significar sino la existencia de una tercera parte, un crossover 18 años en desarrollo que llega a nuestras pantallas en 2019.

Glass (Cristal) es el acontecimiento que los fans de Shyamalan llevaban esperando con ansias desde que se descubrió el pastel. O incluso antes. La película en la que convergen las historias de David Dunn, Elijah Price y Kevin Wendell Crumb, un trío de personas con habilidades sobrehumanas que se unen para hacernos reflexionar sobre la naturaleza de los superhéroes y su impacto en la sociedad. Además de Willis, Samuel L. Jackson retoma su papel de El protegido y James McAvoy vuelve a ponerse en la piel del asesino en serie con personalidad múltiple, uniendo así las narrativas de estos tres extraordinarios y peligrosos seres, y aquellas personas que orbitan a su alrededor: el hijo de David, Joseph (Spencer Treat Clark), la madre de Price (Charlayne Woodard) y una de las víctimas de Kevin que sobrevivió a su cautiverio, Casey (Anya Taylor-Joy).

Sus caminos se cruzan gracias a la intervención de la Dra. Ellie Staple (Sarah Paulson), una psicóloga especializada en personas que creen ser superhéroes, y que logra atrapar a los tres y reunirlos bajo el mismo techo de una institución psiquiátrica; una decisión que, obviamente, desembocará en desastre. El trío maravillas posee fuerzas e intenciones muy distintas que chocan entre sí: Dunn es el justiciero moral que utiliza sus poderes para hacer el bien y castigar a los malhechores, David es el monstruo incapaz de controlar sus habilidades, y Price, también conocido como Mr. Glass, es la mente maestra que maneja los hilos. Juntos conforman el triángulo básico de todo cómic de superhéroes.

Porque tal y como esperábamos, Glass nos da al Shyamalan más meta de su carrera. El director realiza un homenaje-decontrucción al medio gráfico y el género de los superhéroes en una época en la que estos vuelven a ocupar el Olimpo de la cultura popular gracias al cine y la televisión. Con varias referencias a Marvel y DCGlass se presenta orgullosa como un decálogo de los superhéroes que trata de explicar por qué tienen tanto éxito y cómo reflejan nuestra realidad. Y lo hace con buenas dosis de suspense, acción y espectáculo, pero también con mucho humor autorreflexivo y referencial, con guiños y bromas que aluden a los cómics y a la propia carrera de Shyamalan (que en esta ocasión protagoniza el que quizá es su cameo más simpático y autoconsciente). Porque es fácil tomarse la película en serio y abrazar su lado más dramático, pero en el fondo Shyamalan se lo está pasando en grande dejándonos easter eggs y haciendo comentarios jocosos sobre los tebeos y su propia creación. Y se nota.

El gran problema al que se enfrenta Glass es el desmedido hype con el que nos adentramos en ella los fans de su director, y de las anteriores entregas. La decepción va a ser inevitable para muchos, pero una vez ajustadas las expectativas, es posible (y recomendable) apreciar lo que Shyamalan ha querido hacer con la película. Glass es una más que acertada culminación a la trilogía que nos cuenta todo lo que necesitábamos saber de sus tres protagonistas, uniendo las piezas de su puzle de manera impresionante (utiliza metraje de El protegido con suma inteligencia y habilidad) a la vez que cierra su relato. Pero también abre la puerta a la posibilidad de una continuación o la creación de un universo cinematográfico, lo cual, vayan adelante con ello o no, forma parte del ADN de los cómics que analiza la película.

Glass está repleta de momentos emocionantes y escenas impactantes, de giros narrativos que cuestionan constantemente las reglas del género y sacan a relucir el tejido meta de la película. Aunque sobre decirlo, la película es técnica y visualmente impecable. Las secuencias de acción están perfectamente ejecutadas, el uso de los colores es una pasada, los efectos digitales están muy bien empleados y la cámara de Shyamalan es, como siempre, intuitiva y nos cuenta mucho más de lo que parece a simple vista.

Pero por supuesto, el alma de la película son sus personajes, en especial David y sus personalidades múltiples. Un Willis desganado y con menos presencia de lo que esperábamos queda eclipsado por la perversamente divertida interpretación de Jackson y, sobre todo, el tour de force de McAvoy, que vuelve a darlo todo. Y más. El intérprete escocés hace reír, impone con su presencia y conmueve con su historia personal y su turbia relación con el personaje de Taylor-Joy. Una de las quejas más extendidas sobre Múltiple fue que nos mostraba muy poco de los 23 alter egos que viven en la cabeza de Kevin. En este caso (los he contado) desata hasta 20 personalidades a lo largo de la película. Y es increíble, un espectáculo en sí mismo. El trabajo interpretativo de McAvoy es tan rico, tan brutal, tan matizado y descarnado, y su transformación (transformaciones) física tan asombrosa, que a él también deberían llamarlo La Bestia.

Aunque peque de obvia y sobreexplicativa en sus conclusiones sobre los cómics y la creación de héroes y villanosGlass tiene muy claro lo que nos quiere contar, y esta claridad en su propósito hace que Shyamalan triunfe redondeando la historia. Una que comenzó hace casi dos décadas, y cuya conclusión llega en el momento exacto. A través de sorpresas, giros, secretos y conexiones personales, la película conecta y da sentido a su universo con astucia, equilibrado el humor, el drama y el terror psicológico mientras aumenta la acción. Su propuesta, y en concreto su desenlace, dividirá a la audiencia. Pero ¿no es eso lo que llevamos tiempo pidiendo? Queríamos una película de superhéroes que arriesgase, y eso es exactamente lo que nos da Glass. Etcétera.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Wilson

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El terreno de las adaptaciones cinematográficas de cómics está ocupado casi enteramente por los superhéroes. Marvel y DC dominan el panorama de tal manera que cuando hablamos de una película basada en un cómic, inmediatamente nos viene a la mente un vigilante enmascarado o con capa. Pero lo cierto es que hay vida comiquera más allá de los superhéroes, y gran parte del público lo descubrió en 2001, con la llegada de una de las mejores adaptaciones de tebeo de la historiaGhost World, dirigida por Terry Zwigoff a partir de la novela gráfica (y guion) del autor de culto Daniel Clowes. Esta película, nominada al Oscar a mejor guion, puso algo de manifiesto: los cómics no-superheroicos también son una gran fuente de ideas para el cine. Con el tiempo, el reinado de Marvel Studios dejó poco espacio para este tipo de películas, pero de vez en cuando aparece una que nos recuerda que no todo forma parte de un universo cinemático: American SplendorScott Pilgrim vs. el mundoPersépolisLa vida de Adèle, y ahora Wilson.

Wilson supone el regreso de Daniel Clowes a las labores de guion de largometraje, diez años después de la fallida El arte de estrangular (Art School Confidential), con la que intentó repetir en vano la jugada de Ghost World. Basada en su propio cómic del mismo título publicado en 2010, esta comedia nos da la bienvenida de nuevo al mundo según Clowes, visto a través de esa lente cínica, deprimente y sin embargo divertida que siempre ha definido su obra gráfica. La película cuenta la historia de un hombre solitario y neurótico (Woody Harrelson) que busca contacto humano en una sociedad completamente inmersa en la vida 2.0 y es percibido como un lunático cuando intenta entablar conversación con extraños. El anhelo de los viejos tiempos lleva a Wilson a reconectar con su ex mujer, Pippi (Laura Dern), con la que se embarca en una aventura suburbana para conocer a su hija adolescente (Isabella Amara), a quien ella dio en adopción, y así hallar un propósito, quizá hasta la felicidad.

wilson-poster-espanolLa crítica a la sociedad hiperconectada que Clowes efectúa aquí nos desvela a un hombre que se ha quedado en cierto modo estancado en el cambio de milenio, algo que perjudica gravemente a la película. Esa misantropía propia e indivisible al autor resulta ya anticuada, sobre todo en el medio cinematográfico (el cómic aporta una cualidad intemporal que hace que esto no resulte tan grave), haciendo que Wilson parezca más bien una película de hace 10 años. Esto impide que el film vaya más allá de la superficie, quedándose en lo genérico, en lo convencional, en la crítica fácil y el síndrome “Anciano le grita a una nube” (por mucho final feliz que haga ver las cosas de otra manera). La capacidad de observación del comportamiento social sigue siendo uno de los puntos fuertes de Clowes, pero en Wilsonesa voz cáustica y melancólica que encontramos en sus novelas gráficas se pierde en favor de los clichés del cine indie (de los que sabe mucho el realizador de la película, Craig Johnson, director de The Skeleton Twins).

Afortunadamente, Wilson posee varias cualidades que la redimen, en especial algunos pasajes cómicos que sobresalen por encima del conjunto (Wilson intentando ligar en el supermercado, la escena junto a character actress Margo Martindale), pero principalmente sus dos protagonistas. Harrelson habita por completo la piel de Wilson, y a pesar de cierta inconsistencia tonal a la hora de construir el personaje (a veces humano, a veces caricatura), consigue hacer más llevadera una película en la que tampoco ocurre nada especialmente destacable, haciendo de su excentricidad y su honestidad brutal la mayor arma contra la indiferencia. Claro que ahí está la gran Laura Dern ejerciendo de contrapunto, algo más estable y cuerda (aparentemente), pero con esa divertida volatilidad que caracteriza siempre a la actriz (sin olvidar a la eterna secundaria Judy Greer, una institución indie en sí misma). Harrelson y Dern hacen que Wilson funcione a pesar de todo, pero ni el carisma indudable de estos dos intérpretes es suficiente para que, una vez finalizada la película, esta se desvanezca de la memoria como si la hubiéramos visto en 2009.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Crítica: Ninja Turtles – Fuera de las sombras

TEENAGE MUTANT NINJA TURTLES: OUT OF THE SHADOWS

La primera Ninja Turtles, estrenada con éxito de taquilla en 2014, era todo lo que cabe esperar de una superproducción made in Michael Bay: acción exagerada, efectos digitales a porrillo, humor pueril, agresivo product placement y objetificación de la mujer. Pero cumplía una regla de oro de los blockbusters estivales: proporcionar pura evasión y entretenimiento. Que sí, que se podría haber hecho un producto más cuidado, responsable o ingenioso, pero la película tampoco engañaba a nadie, se ofrecía como pasatiempo para apagar el cerebro y dejarse llevar. En este sentido, Ninja Turtles lograba su propósito, y su secuela, Ninja Turtles: Fuera de las sombras sigue en la misma línea, solo que esta vez, como mandan las reglas del blockbuster, la acción es más grande, el reparto más numeroso y la amenaza a la que se enfrentan los héroes más apocalíptica.

Ninja Turtles: Fuera de las sombras vuelve a estar orientada a los más pequeños de la casa. Es más, en esta ocasión la franquicia abraza con más fuerza todavía su naturaleza de cartoon noventero (u ochentero)Fuera de las sombras es, a casi todos los efectos, un largometraje de animación que reproduce el espíritu de los dibujos -la acción tontorrona, el humor estúpido, las tramas arquetípicas-, pero con el habitual ritmo espídico y el tono épico del blockbuster actual. Y es que, además de rendir ese tributo modernizado a los dibujos de nuestra infancia, Fuera de las sombras se construye a imagen y semejanza de las películas de superhéroes que dominan el panorama estos días. La primera película ya presentaba a las Tortugas bajo el prisma superheroico, pero esta insiste aun más en el conflicto del justiciero que salva el mundo ocultando su verdadera naturaleza, e incluso reproduce el esquema marveliano, con tres actos que recuerdan inevitablemente a Los Vengadores y un clímax sacado directamente de la película de Joss Whedon. Y lo cierto es que, aunque carezca de cualquier atisbo de originalidad, no se maneja mal del todo con el género.

El argumento de Ninja Turtles: Fuera de las sombras es lo de menos. Lo importante es saber que la secuela introduce a viejos conocidos del universo TMNT que se quedaron fuera de la primera entrega: los descerebrados Bebop y Rocksteady (los peores secundarios de un blockbuster junto a Jar Jar Binks y los coches “gemelos” de Transformers, Skids y Mudflap) y el icónico villano Krang, que toma el relevo de Shredder (también presente) como la mayor amenaza a derrotar por las Tortugas. En el apartado humano también hay nuevas incorporaciones, Casey Jones, el justiciero patinador que interpreta (con cierta gracia) Stephen Amell (Arrow) y la jefa de la policía Rebecca Vincent, mala-que-en-realidad-no-es-mala interpretada por la actriz comodín que estaba libre en ese momento, Laura Linney. Retoman sus papeles originales Will Arnett como Vernon Fennwick, convertido en un chiste recurrente con patas, y Megan Fox como April O’Neil, que esta vez parece pasárselo un poco mejor haciendo la película, seduciendo, dando saltos (pero no le pidas que luche, que es una señorita y para eso están los hombres) y ofreciéndose como carnaza para pre-adolescentes salidorros. Sin embargo, los protagonistas siguen siendo las Tortugas (de nuevo, creaciones CGI fluidas y excelentemente integradas en los escenarios), cuyos diferentes caracteres y relaciones se desarrollan un poco más en esta secuela, a partir del obligatorio cisma que se produce entre ellos (como dictan los cánones comiqueros).

TEENAGE MUTANT NINJA TURTLES: OUT OF THE SHADOWS

El desconocido Dave Green toma el relevo de Jonathan Liebesman como director intercambiable de la franquicia (que podría tener los días contados después de su batacazo en la taquilla estadounidense) y lleva a cabo un espectáculo digital de acción colorista, frenética y mareante, evidentemente confeccionada para su “lucimiento” en 3D. Si uno aguanta los artificiales movimientos de cámara que hacen que parezca que estamos jugando al Sonic en vez de viendo una película, tiene muchas posibilidades de disfrutar Ninja Turtles 2, un producto hecho para el consumo rápido, que no viene mal de vez en cuando. Porque aunque se le podrían reprochar muchas cosas más, al final esta película no es más que una chorrada inofensiva totalmente consciente de su naturaleza casposa (es como la nueva Howard, un nuevo héroe. En serio). Ninja Turtles: Fuera de las sombras no solo sabe lo tonta que es, sino que se regodea en ello, encadenando sin complejos chistes dolorosamente malos entre sinsentidos narrativos y agujeros gigantescos. Se esfuerza (demasiado) en ser cool, y provoca el efecto contrario (cuidado con el lamentable doblaje español, debuti incluido, que hará que la vergüenza ajena aumente), pero es que le da exactamente igual, no le importa quedar como el tonto de la clase, siempre y cuando sus bufonadas nos diviertan, y por tanto a vosotros tampoco debería preocuparos, sobre todo si estáis repitiendo después de haber visto la primera y sabéis a lo que vais.

Entre sonrojantes juegos de palabras, efectos vistosos y divertidos y ruidosos set piecesNinja Turtles: Fuera de las sombras desempeña con soltura su misión principal: darnos una aventura desenfadada y nostálgica que hace las veces de dibujos para merendar. Y nada más. Se recomienda su visionado comiendo un bocadillo de Nocilla para completar la experiencia.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Daredevil: En los callejones oscuros de Marvel

Daredevil Matt Karen

A estas alturas, pocos quedaréis por ver la primera serie de Marvel Studios para NetflixDaredevil. Su primera temporada se estrenó íntegra el pasado 2 de abril, 13 episodios que muchos devoraron ese mismo fin de semana y otros hemos dosificado a nuestro antojo (o según nos permitían nuestros horarios). Lo mejor de todo es que Daredevil es una serie idónea para ambas cosas. Se presta al binge-watching con una trama única y arcos de personajes para toda la temporada, pero también es una ficción pausada, un relato que se cuece a fuego lento e invita a ser saboreado con sus tiempos de reposo entre episodios. Lo que está claro es que, no importa cómo la hayamos visto, la impresión generalizada es positiva y el clamor popular dice que ya era hora de que tuviéramos una serie de superhéroes para adultos.

Porque Daredevil llega al panorama televisivo con la intención de desmarcarse de sus compañeras y rivales catódicas de Marvel y DC, para acercarse más a la ficción televisiva de calidad y sin censura (ojo, no son sinónimos) que podemos encontrar en las cadenas de pago. Prácticamente todas las series basadas en cómics actualmente en antena poseen un aire juvenil, y se encuentran en canales cuya programación está encorsetada dentro de unas normas inquebrantables, o bien orientada al público adolescente, como es el caso de CW. Agents of S.H.I.E.L.D., Arrow o The Flash funcionan bien, pero no dejan de ser pasatiempos ligeros (nada de malo en ello, que conste). Incluso Gotham, que en teoría es la más oscura de todas, es también con diferencia la más infantil.

Daredevil se adentra en las sombras del Universo Cinemático de Marvel para explorar, pero de verdad, los grises morales de sus personajes y el entorno en el que se desenvuelven, sin miedo a encontrarse con el mismísimo rostro del diablo en los callejones de Hell’s Kitchen, y aunque tiene bastante humor, es la seriecómic más nolanizada del momento (al fin y al cabo Daredevil es el Batman de Marvel). El MCU se caracteriza por ser luminoso y colorista, y también por no empujar sus historias hasta las últimas consecuencias. Las muertes no son definitivas, la violencia está muy estilizada y digitalizada, y los villanos suelen ser más operísticos que reales. Esto no ocurre en Daredevil, principalmente porque cuenta con 13 horas para edificar una parcela de ficción con muchos menos elementos que conjugar y construir unos personajes más complejos (hasta tiene tiempo para desarrollar toda una mitología alrededor del traje, cosa que en el cine suele quedar obligatoriamente como algo más anecdótico). Y también porque transcurre muy al margen de la continuidad del UCM, a pesar de que la Batalla de Nueva York es utilizada para explicar la decadencia del micro-universo de Hell’s Kitchen.

Wilson Fisk

Los 13 episodios que conforman la primera temporada de Daredevil están organizados como un primer capítulo dentro de la trayectoria del héroe enmascarado -y con el transcurso del relato, también de su archienemigo. Es decir, estamos ante una origin story, un Año Cero del superhéroe de Marvel, su nacimiento. Hasta el último capítulo de la temporada no lo vemos enfundado en su traje, como tampoco oímos su alias superheroico definitivo. Daredevil es la historia de Matt Murdock (Charlie Cox), de cómo un abogado ciego con infancia traumática (los flashbacks están muy bien dosificados) y una relación complicada con la fe se convirtió en el Hombre de Negro (temerario ninja en spandex) o el Demonio de Hell’s Kitchen, azote enmascarado de la mafia (qué mal parados salen los rusos y los chinos). Paralelamente, la serie va otorgando cada vez más protagonismo a Wilson Fisk (Vincent D’Onofrio), hasta llegar a un punto en el que Daredevil es la serie de Murdock y Fisk, la historia de cómo dos hombres atrapados por su pasado escogen caminos opuestos. Claro que lo más interesante de Daredevil es que, aunque Murdock esté configurado como el héroe y Wilson como el villano, la senda del bien y del mal se cruza continuamente en la serie, haciéndonos ver a estos personajes como seres humanos reales, decididamente ambivalentes, en la tradición de la quality television.

Daredevil es una serie de hombres (que no “para hombres”). Aunque hay personajes femeninos importantes y mujeres fuertes (Madame Gao, Vanessa), estas se mantienen más bien en segundo plano, mientras Matt Murdock y Wilson Fisk comparten el centro del escenario. Las dos mujeres de Matt son pilares esenciales de su vida, pero su peso narrativo es mucho menor del que me hubiera gustado: Karen Page (fantástica Deborah Ann Woll) protagoniza un arco secundario importante para la trama pero algo descolgado de la serie y Claire Temple está bastante desaprovechada. Claro que todo apunta a que Karen estará más involucrada en el mundo de Daredevil en la próxima temporada, y esperamos ver más a Rosario Dawson, porque si bien la historia va encaminada al emparejamiento de Matt y Karen, es con Claire con quien el protagonista tiene esa química animal que nos gusta ver en pantalla.

Daredevil Matt Claire

Como hemos dicho, el humor también forma parte de Daredevil. El alivio cómico oficial de la serie es Foggy Nelson (Elden Henson), el compañero de Matt en la universidad con el que funda el bufete de abogados Nelson & Murdock (“Avocados at Law”), punto de partida de la historia. Foggy y Karen llevan el peso del bufete, y por tanto de la trama secundaria que sustenta Daredevil, mientras Murdock está fuera defendiendo la ciudad de malhechores y montándoselo con la enfermera (la serie explora con acierto la vertiente donjuanesca de Murdock, así como también potencia el escultural físico de Cox, en la tradición objetivadora masculina más reciente de Marvel). La amistad entre el nerd y la chica de sus sueños aporta la luz a un relato eminentemente sombrío, contribuyendo a evitar que la serie caiga en las redes de la autoindulgencia y la pomposidad afectada de otros productos similares.

A pesar de suponer una desviación dentro del UCM y de las series de superhéroes en general, Daredevil recorre todos los lugares comunes del género y visita los temas clásicos del mito del “vigilante nocturno”, incluyendo la chica que se enamora del héroe sin saber que trabaja con él o el punto de inflexión en el que los medios reconfiguran al justiciero como el enemigo, como una amenaza para la ciudad. Pero afortunadamente, la serie sabe manejar estos elementos desde una perspectiva más madura. Por ejemplo, su uso de los medios de comunicación se acerca más al entramado que podemos ver en House of Cards que a la caricatura de Spider-Man. Como decíamos antes, en Daredevil se siente más el peligro, y esto ocurre, entre otras razones, porque no evita mostrar las verdaderas consecuencias del “juego” de poder que tiene lugar en la ciudad.

Y es que si por algo llama la atención sobre todo Daredevil es por su representación de la violencia, sin duda la más gráfica y explícita que hemos visto en un producto audiovisual de Marvel. La influencia de los cómics de Frank Miller se hace palpable en todo momento. Daredevil no tiene problemas en mostrar desmembramientos y decapitaciones, o sangre brotando a borbotones. Hay dos escenas en concreto que han pasado a la posteridad catódica por su brutalidad. En primer lugar el salvaje asesinato de uno de los matones rusos (Anatoly) a manos de su jefe, Wilson Fisk, que golpea repetidamente su cabeza con la puerta del coche hasta aplastarla y separarla de su cuerpo, como arrebatado por un terrorífico trance psicótico; sin duda la escena con la que el espectador conoce hasta dónde está dispuesto a llegar el villano, y también la serie. Y en segundo lugar, el icónico combate en el pasillo del segundo episodio, un impresionante plano secuencia prolongado que ha despertado lógicas comparaciones con Oldboy The Raid. No cabe duda de que Daredevil está fuertemente influenciada por el cine oriental, desde la figura del sensei (también ciego) y el entrenamiento de corte espiritual al que se somete el héroe, a las vertiginosas coreografías con grandes dosis de artes marciales. Sin duda, la sofisticación de la violencia y el virtuosismo con el que se llevan a cabo los combates cuerpo a cuerpo en esta serie hacen que la ficción televisiva alcance un nuevo nivel en cuanto a las escenas de acción.

Daredevil traje

Detrás de Daredevil nos encontramos un nombre conocido, Drew Goddard, segundo de abordo de Joss Whedon (que ha enchufado a todos sus amigos y familiares en Marvel) y director de La cabaña en el bosque. Goddard fue uno de los guionistas de Angel, el spin-off de Buffy, cazavampiros, y no es de extrañar que en Daredevil nos encontremos con motivos parecidos, coincidencias argumentales entre ambas series y sobre todo formas similares de plasmarlo en pantalla. Por ejemplo, el equipo formado por Matt, Foggy y Karen y su dinámica interna nos recuerda a la formación original del Angel Investigations, y los dilemas existenciales de Murdock son análogos a los de Angel: la delgada línea entre el bien y el mal que define su “trabajo”, la necesidad de mantenerse alejado de una tentación para no volverse malo (Murdock evita matar para no caer definitivamente al lado oscuro). Los fans de la serie de Joss Whedon encontrarán un aliciente extra en Daredevil, aunque no será porque haga falta.

Daredevil es un producto televisivo muy cuidado en todos los aspectos, una serie clásica en sus planteamientos, pero muy novedosa y excitante en el contexto actual de Marvel. Un noir bien hecho, con un protagonista muy convincente (Charlie Cox es el Matt Murdock perfecto) y un antagonista que ha supuesto una auténtica revelación (he de confesar que Fisk me aburría soberanamente al principio y no soportaba sus escenas y diálogos a “cámara lenta”, pero me fue agarrando con el tiempo). Conforme la serie avanza, y sobre todo durante su emocionante recta final, nos atrapa en el centro de una fascinante batalla de poder que apenas acaba de empezar, y nos invita a perdernos en los vericuetos más oscuros y escabrosos del Universo Marvel, algo que en estos momentos solo podía ocurrir en televisión.

Crítica: Kingsman – Servicio Secreto

Kingsman Servicio Secreto

Desde los lejanos tiempos de Stardust (2004), Matthew Vaughn había expresado su deseo de realizar una película de James Bond. No tenía por qué ser una entrega de la saga del agente 007 propiamente dicha (aunque no creemos que dijera que no si se la ofrecieran), sino que bastaba con hacer una película de espías con la que el director londinense pudiera rendir homenaje a uno de sus géneros favoritos. Durante el rodaje de Kick-Ass, la idea tomó forma junto al novelista gráfico Mark Millar (co-autor del cómic en el que se basaba aquella gozada postmoderna), que se encargó de elaborar una novela gráfica que narrase los orígenes de un espía de élite como Bond, pero con un pequeño giro: el candidato era un gamberro callejero, un chav inglés con la lengua y las manos muy sueltas. Así nacía El servicio secreto, historia en viñetas en la que se basa Kingsman: Servicio Secreto, la última locura comiquera del director de X-Men: Primera generación.

Para la primera película de Bond, Agente 007 contra el Dr. No, su director, Terence Young, tuvo satisfacer los deseos de Ian Fleming y convertir a Sean Connery en el caballero que el autor había concebido. Para ello, Young “educó” a Connery durante un tiempo, llevándolo a restaurantes elegantes, enseñándole a hablar como un gentleman y lo más importante, llevándole a su sastre para que le hiciera un traje a medida. Esta es básicamente la premisa de Kingsman, en la que el recién llegado Taron Egerton se convierte en ese joven asalvajado que debe transformarse en un espía capaz de aniquilar a los enemigos sin arrugarse la chaqueta ni perder la educación en ningún momento. Para instruir a Eggsy, que es como se llama el joven aprendiz de espía, durante su viaje de una clase social a otra (de trashposh en 10 sencillos pasos), hacía falta alguien que personificase el porte británico que caracteriza a Bond, y quién mejor que Colin Firth, epítome incontestable del donaire British, para dar vida al kingsman Harry Hart. Ya está, tenemos premisa, localización, casting perfecto. ¿Qué es lo siguiente? Pues está claro, volverse completamente loco de las pelotas.

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Porque además de una carta de amor a todo lo británico (Michael Caine también está en el ajo), Kingsman: Servicio Secreto es una auténtica desbarrada sin ningún tipo de autocontrol, una gamberrada deliberadamente excesiva y escandalosa que cruza el límite del buen gusto en numerosas ocasiones, pero que como el propio Firth, lo hace sin despeinarse o perder un ápice de su sofisticada elegancia. Vaughn da rienda suelta al Tarantino que lleva dentro, a quien parece estar sacando el paso en algunas de las escenas más violentas y polémicas de la cinta, como la brutalmente gráfica masacre en la iglesia (que ha escandalizado, y con razón, a muchos sectores conservadores y no tan conservadores de EE.UU.), que a muchos recordará al enfrentamiento de la Novia contra Go-Go y los 88 Maníacos en Kill Bill Vol. 1, o el clímax, con una impresionante exhibición de fuegos artificiales estallando con los colores del arcoíris con cientos de cabezas de miembros de la alta sociedad y la política explotando al ritmo del himno patriótico británico “Land of Hope and Glory”. Sublime. Sangre a borbotones, brazos y piernas volando por los aires, espías partidos por la mitad (como si estuviéramos viendo una de Takashi Miike), torsos empalados, cabezas atravesadas por todo tipo de arma. La violencia no cesa en Kingsman, aunque su presentación híper-estilizada (con bastante mano de CGI) resta impacto, sobre todo para los aficionados al cómic adulto.

Pero Kingsman es mucho más que un cafre desfile de provocaciones para que los más remilgados se lleven la mano a la cabeza y los fanboys aplaudan excitados. Kingsman es sobre todo una ejemplar comedia de acción, una parodia irreverente de las películas de espías que no se deja ni un solo lugar común por desmontar y subvertir. Vaughn echa mano de los tópicos bondianos más reconocibles, los expone de forma brillante (el traje, la bebida de elección del caballero, la forma de hablar, el villano caricaturesco), y a continuación les da vuelta, se ríe de los clichés más estúpidos y desmonta el género con gran ingenio para hacer la película de espías que le da la gana hacer. En este sentido, Kingsman encaja como pieza de tetris en la filmografía del autor, situándose a medio camino entre Crimen organizado X-Men: Primera generación (de la que rescata la dinámica de la academia de jóvenes, a la que añade un divertido componente Juegos del hambre), y continuando el espíritu autorreferencial y agitador de Kick-Ass (en cierto modo para correr un tupido velo sobre su secuela). Pero entre golpes, espías con cuchillas en lugar de piernas (cómo mola Gazelle, ¿eh?), fuentes de sangre y excursiones a la estratosfera, Vaughn cuela momentos de respiro para descansar de la locura (¡ay el carlino!) y se permite reflexionar sobre la lucha de clases y la importancia del legado. La sátira no brilla por su sutilidad, pero igualmente el mensaje llega alto y claro.

Taron Egerton Kingsman

Por último, Kingsman es la película que nos ha mostrado a Colin Firth haciendo cosas que nunca le habíamos visto hacer en el cine (paradójicamente, sin dejar de ser en ningún momento el Colin Firth que conocemos) y nos ha dado a Samuel L. Jackson (otra conexión tarantiniana) como el megalómano Valentine, archinémesis de los Kingsman que habla con frenillo y se marea con la sangre (sí, a Vaughn casi se le va de las manos la broma con él). Pero sin duda, la mayor revelación de la película es esa futura estrella que es Taron Egerton, heartthrob inglés que en su primer gran papel para el cine ya ha demostrado un enorme talento y versatilidad. Harry Hart cede el testigo de la organización Kingsman a Eggsy, y si quieren, Vaughn y Millar tienen entre manos una interesante mitología y un nuevo héroe con posibilidades de sobra para expandirse en una saga de éxito.

Valoración: ★★★★

Crítica: Yo, Frankenstein

Yo Frankenstein

Alérgicos al cine y la televisión que os cambia por completo los mitos que conocéis y amáis de toda la vida, manteneos alejados de Yo, Frankensteinla revisión en clave moderna del ya de por sí moderno Prometeo, creada por los responsables de Underworld (ahí es ná). Alérgicos al cine videojuguero y palomitero que no ofrece nada más que mamporros y efectos digitales, evitad a toda costa esta película, porque luego os quejaréis, y no os faltarán razones, pero a quién se le ocurre, sabiendo lo que hay.

Yo, Frankenstein, segunda película de Stuart Beattie (guionista de la saga Piratas del Caribe, 30 días de oscuridad G.I. Joe) es una desbarrada hiperdigital que solo adquiere algo de sentido cuando comprobamos que se trata de la adaptación de una novela gráfica -medio libérrimo en el que cabe toda alteración posible de los clásicos-, concretamente del cómic homónimo de Kevin Grevioux, que además se encarga del guión de la película. En esta suerte de secuela no oficial de la historia de Mary Shelley nos encontramos con un “monstruo” completamente distinto al que estamos acostumbrados, un atormentado y corpulento galán rompebragas con ínfulas de Batman, abdominales de infarto y gusto por el eyeliner al que da vida (es una expresión) Aaron Eckhart. A pesar del despropósito, no se puede decir precisamente que sea un error de casting. Eckhart es una gran presencia inerte, pero supongo que de eso se trata, ¿no?

El ser sobrehumano creado por el doctor Víctor Frankenstein, rebautizado oficialmente como Adam por la Reina de las Gárgolas (Miranda Otto, ¿dónde te habías metido?), se adapta al futuro después de siglos autoexiliado, y se ve envuelto en una guerra entre los demonios, liderados por un desaprovechado Bill Nighy, y el mermado ejército de gárgolas -liderado por el eye-candy Jai Courtney-, que amenaza con destruir el mundo. Eso es a grandes rasgos Yo, Frankenstein. No es tanto la chiflada premisa lo que falla, como la forma en la que se malgasta un material que podría haber dado para un producto verdaderamente loco, de esos que son tan tan irredentamente malos que no nos queda otra que aplaudir. Pero no ha habido suerte esta vez.

Yo Frankenstein Jai Courtney

En su lugar, lo que obtenemos es una película simplemente estúpida. Yo, Frankenstein está terriblemente contada, es tan literal y explícita en sus planteamientos que demuestra cero confianza en que el espectador sea capaz de sumar dos más dos. “El público que va a ver esto será rematadamente tonto”, debieron pensar los productores. Si no, no se entiende la descacharrante trama “científica” con la que se intenta dotar de rigor (jajaja) al historial médico del machote Adam, y que sirve para forzar la subtrama romántica con una love interest de saldo, Yvonne Strahovski. Además, huelga decir que el film es técnicamente deficiente, tal y como nos adelantaban los trailers. Los efectos digitales son de pena (solo aprueban con nota las transformaciones de los humanos en gárgolas), los monstruos de látex parecen sacados de Embrujadas, y por si fuera poco, el montaje es tan insólitamente desastroso que hace que parezca que faltan la mitad de escenas. Sin duda, da la sensación de que todo en Yo, Frankenstein se ha hecho con prisas para acabar cuanto antes y como sea.

Este cuento de terror gótico moderno y/o fantasía mitológica estaba condenado al fracaso desde que se empezó a gestar. Las películas de este corte (Hansel y Gretel: Cazadores de brujas, Abraham Lincoln: Cazador de vampiros) no funcionan, porque la audiencia masiva no comulga con el aire camp y de serie B que las rodea. Aunque está claro que si uno se deja llevar, estas películas pueden llegar a tener su gracia. Son productos descerebrados, de rápido consumo y que no aspiran a mucho más de lo que consiguen. Sin embargo, en el caso de Yo, Frankenstein, hay un halo de seriedad y grandilocuencia que estropea la diversión (síntoma de autor de cómics que se toma demasiado en serio a sí mismo). Un par de momentos de humor involuntario, el diseño de las gárgolas y algún que otro notable combate compensan el aburrimiento, pero al final, Yo, Frankenstein no sirve ni para matar hora y media en un domingo de apatía.

Valoración: ★½

Crítica: X-Men – Días del futuro pasado

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Se dice pronto, pero hace ya 14 años que arrancó la saga cinematográfica de X-Men. Allá por el lejano año 2000 (técnica, estética y espiritualmente todavía en la década de los 90), Bryan Singer realizaba una de las películas clave para entender el actual fenómeno imparable del cine de superhéroes. Le sucedía una secuela, X-Men 2 (2003) -también dirigida por él-, que a día de hoy conserva su reputación como una de las mejores películas basadas en un cómic. La licencia de 20th Century Fox perdió tracción con la generalmente vapuleada X-Men: La decisión final (2006), de Brett Ratner, y cedió el protagonismo a Lobezno en un infame spin-off, X-Men orígenes: Lobezno (2009) y una no tan mala pero igualmente olvidable secuela, Lobezno Inmortal (2013). Pero antes de reencontrarnos en Japón con el personaje de Hugh Jackman -que ha servido indudablemente como el pegamento de X-Men-, la franquicia ya se encontraba en proceso de transformación y relanzamiento.

En 2011, Matthew Vaughn (Kick-Ass) se hacía con las riendas para dirigir la notable X-Men: Primera generación, una suerte de reboot en forma de precuela que introducía nuevos personajes y nos presentaba a las versiones jóvenes de los mutantes que ya conocíamos. Reclutando a lo más granado del Hollywood actual, la película de Vaughn insuflaba nueva vida a la saga, sin por ello coartar en ningún momento las posibilidades de continuación de la anterior trilogía. En el tiempo transcurrido desde las primeras aventuras de los mutantes de Marvel en el cine, hemos visto tres encarnaciones de Hulk, un reboot de Spider-Man, y nos preparamos para conocer a los nuevos 4 Fantásticos. Sin embargo, la saga X ha mantenido prácticamente intacta su continuidad y ha conservado a su numeroso reparto, esquivando el reset que sí han tenido que practicar otros. Con la ambiciosa y abarrotada X-Men: Días del futuro pasado, basada en el arco homónimo publicado durante 1981 en Uncanny X-Men, la X vuelve a manos de Singer, que subsana los errores de las anteriores entregas. Este une pasado, presente y futuro en un impresionante ejercicio de funambulismo, una película vibrante, divertida y colosal que no es sino el mayor acontecimiento de la cultura popular de este año.

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Durante la larga (y taladrante, por qué no decirlo) campaña promocional de la película, una de nuestras preocupaciones más frecuentes era si Singer, y su guionista, Simon Kinberg, iban a ser capaces de contar una historia con tantas ramificaciones, con tantos frentes abiertos, entre dos tiempos (con sus paradojas incluidas), y sobre todo, con una cantidad tan peligrosa de personajes. Durante la tremenda secuencia inicial de Días del futuro pasado, una masacre mutante que pone el listón bien alto para el resto de la película, nos damos cuenta de que Singer y Kinberg lo han conseguido. Lo que viene a continuación es una imparable sucesión de escenas excelentemente calibradas, tanto en lo que respecta a la acción (set pieces para aplaudir), como al desarrollo de los personajes, la carga dramática y sobre todo el humor, el más inspirado que hemos visto en la saga. Si bien todos los personajes principales tienen su momento de gloria, Días del futuro pasado no es exactamente una película coral. Los que mueven la trama hacia delante (y hacia atrás) son Lobezno, Mística, y los jóvenes Magneto y Xavier, obligando a dejar a algunos personajes de lado. Aún así, teniendo en cuenta que esto era de esperar, es un alivio comprobar que Singer y Kinberg han sabido construir la historia de manera que esta fluya orgánicamente, como si no hubiera supuesto dificultad alguna.

Después de ver Días del futuro pasado, y aunque no hacía falta para saberlo, confirmamos que Hugh Jackman es el corazón (y el culo) de las películas de X-Men. Él, con su (supuesta) eterna juventud, y su carisma infinito, es quien ejerce de enlace entre los mutantes de la trilogía original y los de la primera generación, y él es quien sirve de conductor de esta historia en concreto, viajando desde el futuro a la década de los 70, donde transcurre la mayor parte del relato. Jackman sigue habitando en la venosa piel de Lobezno, y continúa demostrando que no hay otro Logan posible. Pero esto no quiere decir que estemos ante otra película de Wolverine, nada más lejos de la realidad. Él no es el único actor que ha asimilado por completo a su personaje, y Singer sabe exactamente cómo emplear debidamente a cada uno de los excelentes actores que tiene a su disposición. Por eso, la niña mimada de Internet Jennifer Lawrence obtiene más tiempo en pantalla y más peso en la trama que en Primera generación, y por eso la relación entre los Magneto y Xavier jóvenes echa más chispas que nunca. Es especialmente emocionante ver cómo hoy en día ya no se subestima la importancia del talento dramático en el cine de superhéroes. Más que los efectos digitales (algo más descuidados que en otros blockbusters), o la acción (siempre de primera), la verdadera pirotecnia de Días del futuro pasado es su inigualable reparto de estrellas.

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Y aunque Michael Fassbender, Peter DinklageEllen Page o los veteranos Ian McKellen y Patrick Stewart demuestran que un blockbuster como este es tan buena oportunidad como otra para demostrar lo que valen, es James McAvoy quien se lleva el gato al agua con su encendida interpretación como Charles Xavier. McAvoy es uno de los mejores actores de su generación, y que lo esté demostrando en una saga “de palomitas” como esta dice mucho del camino que ha recorrido el género, y hacia dónde se dirige. Los demás protagonistas están a la altura de las circunstancias, y la química y sensación de familiaridad que se respira entre ellos contribuye a la cohesión de este amplio universo y su mitología en constante transformación y expansión. Aunque es cierto que el protagonismo de los mutantes jóvenes relega a los de la trilogía original a un segundo plano. Estos permanecen aguantando el fuerte futuro mientras los demás tratan de cambiar el curso del destino, evitando que el Dr. Bolivar Trask se haga con el ADN de Raven para evolucionar a los Centinelas que llevarán a la especie mutante a la extinción. Pero sería un error considerar desaprovechados a Tormenta, Magneto, el Profesor X, Kitty Pryde o Coloso. Su función en la película es esencial, y sus escenas de acción, tanto al principio como en el adrenalínico y sorprendentemente emotivo clímax, bien justifican su presencia –¿Se puede llorar en una de superhéroes? Sí, se puede. Lo más importante de Días del futuro pasado es que comprendamos el vínculo que une a todos estos personajes contra la intolerancia y el miedo a su raza, la unión ante la amenaza del fin, y la esperanza por la salvación de su especie. En este sentido, y a pesar de que algunos mutantes no dicen apenas ni una palabra, no hay un solo personaje que nos sobre, o que no queramos que esté ahí.

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No, ni siquiera Quicksilver. Es más, contra todo pronóstico, el personaje de Evan Peters (perfecto en el papel de adolescente canalla) es una de las grandes sorpresas de la película. En un film que destaca por su afinado sentido del humor, Mercurio es el personaje que nos regala la escena más descacharrante, la de la liberación de Magneto de la prisión del Pentágono. Una secuencia que además supone uno de los pasajes más satisfactorios visualmente en una película que, salvo algún que otro chirriante croma, hace honor al estilo de Marvel con una desbordante fantasía pop que se opone a la tendencia habitual de sobresaturar digitalmente y oscurecer todos los planos. Ya sea porque transcurre en los 70, o porque los poderes de los mutantes ofrecen un gran abanico de posibilidades que se aprovechan al máximo, Días del futuro pasado es un trabajo tremendamente luminoso y colorista, todo un sueño húmedo para fanboys (de Marvel, de las películas de súper héroes, de las anatomías de Jackman y Law, de McBender…). Pero también es una obra cinematográfica sobresaliente, y faltaría más, épica, un producto de masas cuidado con el cariño y la atención (y el buen ojo para los negocios) que ya esperamos siempre de la Casa de las Ideas. Por todo ello, y por ahora, X-Men: Días del futuro pasado puede compartir título con Los Vengadores como la película de superhéroes definitiva.

Valoración: ★★★★½

Xena y el ejército de las tinieblas

Lo que nos echen

Cómics basados en series de televisión los ha habido siempre (la franquicia Star Trek lleva generando material gráfico desde los 60 sin apenas descanso), y por consiguiente, la influencia recíproca entre ambos medios lleva ocurriendo desde hace ya mucho tiempo. Sin embargo, no ha sido hasta hace unos pocos años que han convergido hasta el punto de mover en masa a la audiencia exclusivamente televisiva hacia las páginas de los tebeos. Me estoy refiriendo, por supuesto, a la gran repercusión de los cómics que continúan de manera oficial la historia de Buffy, cazavampiros.

Los cómics de televisión, con alguna que otra excepción, siempre han sido considerados subproductos dirigidos al fan completista, y por tanto, poco esfuerzo se ha invertido en ellos. ¿Para qué molestarse en buscar la calidad, algo que requiere tiempo y esfuerzo creativo, si el comprador potencial va a hacer la vista gorda si no la hay? Recordemos las historias de Mulder y Scully (de Expediente X) editadas para Topps y más tarde DC. El propio Chris Carter expresó su descontento ante lo que venía a ser un sucedáneo de las historias paranormales de los agentes del FBI, y los fans estaban con él. Otras exitosas series de principio del siglo XXI han sido trasladadas a las páginas del cómic, siempre con resultados que dejan bastante que desear. Si alguna vez os topáis con un cómic de Alias, salid corriendo.

Los chicos de Dark Horse ya habían explorado el buffyverso en numerosísimas ocasiones, a través de historias paralelas que recorrían los arcos argumentales de cada una de las siete temporadas de la serie, y “completaban” las historias de la cazadora. Lo cierto es que pocos números se acercaban remotamente a la calidad de la serie, y solo un especial titulado “Tales of the Vampires” (que seguía la estela de “Tales of the Slayers”, publicado poco antes) destacaba por su calidad. Escrito por Joss Whedon y algunos de sus colaboradores más habituales (Jane Espenson y Drew Godard por ejemplo), este especial, curiosamente, no revisaba la mitología de la serie como lo hacían los otros cómics del buffyverso. En lugar de eso, “Tales of the Vampires” aprovechaba algunas ideas y algunos personajes de Buffy, y brindaba a un plantel de interesantes guionitas y dibujantes la oportunidad de aportar su eclécticos y en algunos casos “alternativos” puntos de vista al universo de los vampiros según las reglas whedonianas. El resultado fue excelente, aunque seguíamos sin tener cómics ambientados en nuestras series de televisión que se acercasen a la calidad de las mismas.

Pero en 2008 todo cambió. Con la publicación de la octava temporada de Buffy en formato cómic, Joss Whedon se propuso fusionar ambos medios y sacar provecho de las posibilidades que le brindaban. Con Buffy y Angel terminadas, y cada vez más inmerso en la escritura de guión para cómics (Astonishing X-Men, Runaways), Whedon realizó un “cómic televisivo” de calidad, a años luz de los anteriormente editados por Dark Horse. Pero no es de la octava temporada de Buffy de lo que os quiero hablar en esta entrada (sí, me he esperado al cuarto párrafo para decíroslo). Eso ya lo hice en este articulito en el Whedonverso, donde además podéis leer otro artículo sobre Runaways, escrito por mi amigo Mariano Pardo. Lo que me ha llevado a escribir esto es la lectura reciente del crossover de Xena, la princesa guerra y El ejército de las tinieblas, de la mano de Dynamite Comics.

Sí, como leéis. No hay idea más disparatada que a la vez sea tan increíblemente lógica y coherente. Este crossover nace a la sombra de los cómics de la octava temporada de Buffy (y ¿por qué no? de los de la sexta de Angel, que no son nada desdeñables), y ha resultado ser, contra todo pronóstico, un cómic televisivo a tener en cuenta. Xena y Evil Dead, dos franquicias creadas por Sam Raimi, tienen muchos elementos en común (el humor absurdo, el histrionismo de sus personajes, el slapstick o el regusto a serie B, por nombrar unos pocos), por lo que una fusión de ambos universos en las páginas del cómic era una idea muy atractiva que no se podía dejar pasar. Y qué mejor momento para hacerlo que ahora.

Los cómics de Buffy han puesto el listón alto, así que los fans de Xena (muchos de ellos también fans de Buffy) no se iban a conformar con los subproductos pre-Buffy-Season-8. Es por ello que este crossover en dos volúmenes sigue la estela de Buffy (salvando bastante las distancias, tampoco nos pasemos), y consigue homenajear con ingenio y puntería los universos de Xena y Ash Williams. La familiaridad de estos personajes para el fan y el detallismo que desprenden los diálogos nos remiten indudablemente a la pantalla de televisión, donde vimos una y otra vez las aventuras de los dos héroes raimianos. Como ocurría con Buffy, leyendo los crossovers de Army of Darkness/Xena, “Why Not?” y “What… Again?!” podemos oír a Xena, Gabrielle, Atolycus o Ash a viva voz en nuestras cabezas, porque son ellos, y no burdas imitaciones desprovistas de los rasgos del original, como solía ocurrir en los cómics televisivos que ya hemos mencionado. Se produce aquí un caso ideal de intertextualidad que es difícil de alcanzar. Incluso en los crossovers dentro del mismo medio, a menudo nos encontramos con personajes que creíamos conocer y que se comportan de manera extraña. Esto no ocurre con Army of Darkness/Xena, quizás debido a que la complejidad no es el plato fuerte de sus personajes, con lo cual es más fácil que otros guionistas se ocupen de ellos y no encuentren demasiadas dificultades para “hacerles justicia”.

“Why Not?” es el primero de los encuentros entre Xena y Ash. No es más que otro viaje en el tiempo, esta vez hasta la era de la Princesa Guerrera (si es que algo así existe). Ash se une a Xena, Gabrielle y Atolycus (¡sí! nunca hay suficiente Bruce Campbell) para luchar contra un ejército de demonios voladores entrenados por uno de los mini-Ash del principio de El ejército de las tinieblas (un “aspecto oscuro” del protagonista). Este mini-Ash les enseña a construir motosierras, que usan para aterrorizar a las aldeas de la zona. De acuerdo, no suena precisamente a historia que pueda tomarse en serio, pero ¿desde cuándo algo made in Raimi lo ha sido? (no respondáis). La contraportada del cómic reza “¡Fans! Bruce Campbell y Lucy Lawless, ¡¿qué más necesitáis?! ¡El crossover que nadie pidió y nadie esperaba ya está aquí!” Y es verdad. Los fans leemos estos cómics buscando reconocer a nuestros personajes favoritos, y disfrutamos con su mera presencia. Por suerte, “Why Not?” no es solo eso. Es un cómic divertido, con una historia bien contada, que saca el máximo provecho de ambas franquicias y en el que aparece un tiranosaurio. Es lo que en inglés llaman un win-win.

El segundo volumen, “What… Again?!” es incluso más bizarro y retorcido que el anterior. Hay más viajes en tiempo, más acción, más sangre, más situaciones disparatadas. O sea, que es una secuela en toda regla. De vuelta al presente, Ash se encuentra con las consecuencias de haber inaugurado un hipermercado S-Mart en el mundo de Xena (!!!). Una legión de zombis infesta la ciudad, y Xena, Gabby y Atolycus van al rescate de Ash. El grupo huye de los zombis y se refugia en una biblioteca, para a continuación, Necronomicón mediante, visitar los mundos de varios clásicos de la literatura (entre ellos, el del El mago de Oz, como veis en la portada del cómic), y acabar encontrándose con el hijo de Gabrielle en un futuro apocalíptico en el que S-Mart es la fuente de todo mal. ¿Cómo os quedáis?. Evidentemente, el tono jocoso de los creadores del cómic sigue presente (“La secuela del crossover que nadie esperaba ya está aquí”) y la autoconsciencia inherente a los productos “para fans” como este sobresale de cada viñeta.

A pesar de no tomárnoslo demasiado en serio, Army of Darkness/Xena es un experimento curioso y reseñable si nos paramos a pensar en las posibilidades de fusión y complementariedad de la televisión y el cómic. Los tebeos de súper héroes llevan mucho tiempo influyendo a la televisión, temática, estética y formalmente (Smallville, Héroes, Misfits) y los volúmenes que recogen 4 ó 5 números de un cómic pueden plantearse como episodios de 40 minutos, con sus signos de puntuación, pausas para publicidad y sus cliffhangers. Ahora que las editoriales de cómics apuestan más fuerte por las franquicias televisivas (Dynamite también publica cómics de Battlestar Galactica, Stargate y de Xena en solitario), parece que la calidad de este tipo de productos está aumentando. Todo es posible en el mundo de los cómics, y si insistimos demasiado, quizás algún día asistamos a la visita oficial de Xena a Sunnydale, y si cruzamos los dedos, hasta puede que haya otro tiranosaurio involucrado.