Reseña Blu-ray: #SexPact (Blockers), la comedia sexual evoluciona

La tradición de la comedia sexual se remonta a los 70, década en la que el cine estalló en un frenesí erótico-festivo, y culminó en los 80 con la salidísima Porky’sEl género evolucionó y también se suavizó (acorde al puritanismo y la hipervigilancia que empezó a invadir la cultura audiovisual norteamericana), pero a finales de los 90 siguió dejándonos clásicos como American Pie, que aunaba la tradición del cine coming-of-age con la comedia verde. Aunque este tipo de películas han experimentado una transformación, incluso sofisticación, lo que apenas ha cambiado es que suelen narrar la revolución sexual de los personajes masculinos.

Esto está empezando a cambiar en el siglo XXI, donde cada vez tenemos más perspectivas femeninas de los géneros que tradicionalmente han estado dominados por el hombre (¿todos?). Sería el caso de #SexPact (cuyo título original es Blockers, en referencia a la expresión “cock blocker”, que se usa para describir a aquella persona que arruina a otros, a propósito o sin querer, la oportunidad de tener sexo), primera película como directora de Kay Canon, guionista nominada a tres Emmy de 30 Rock y de la saga musical Dando la nota. Canon le da la vuelta a la fórmula American Pie centrándose en tres chicas que hacen un pacto para perder la virginidad en la noche del baile de fin de curso.

Las adolescentes son Julie (Kathryn Newton), Sam (Gideon Adlon) y Kayla (Geraldine Viswanathan, toda una revelación), tres mejores amigas muy diferentes entre sí que desean atravesar al mismo tiempo el ritual de la primera vez. Sin embargo no lo tendrán fácil, ya que, tras enterarse por accidente del pacto de sus hijas, sus preocupados padres les seguirán los pasos y harán todo lo posible para impedir que sus inocentes niñas se entreguen a la vorágine del sexo y la perversión. Esto dará como resultado una noche de aventuras y loquísimos contratiempos tanto para las chicas como (sobre todo) para los sufridos padres.

En cuanto al humor, #SexPact no ofrece nada verdaderamente novedoso. La comedia, en la línea de las películas de la factoría Judd Apatow (en la producción están sus colaboradores habituales, Seth Rogen y Evan Goldberg, y su mujer, Leslie Mann, es una de las protagonistas), se apoya en la improvisación, los diálogos picantes y el gag escatológico, con un trasfondo muy emotivo y voluntad de retrato generacional. Entre litros de cerveza por el ano, orgías con los ojos vendados y cadenas de vómitos, el film nos habla de cómo el fin de una época tan importante como el instituto afecta tanto a los adolescentes como a sus padres, que se deben aceptar que ha llegado el día de verlos volar del nido. #SexPact tiene un argumento muy convencional, pero capta esta etapa de transición con sorprendente ternura y un acento femenino que aporta la frescura necesaria al género.

Hay que destacar especialmente a los tres protagonistas adultos, un divertidísimo John Cena (el famoso luchador se mueve con total confianza en la comedia), el marciano y siempre eficiente Ike Barinholtz (The Mindy Project), y por último, y por ello más importante, Leslie Mann, una de las actrices cómicas más infravaloradas del cine reciente, una mujer capaz de hacer reír y conmover profundamente con una mirada. La química que desprenden juntos y su relación con las protagonistas adolescentes otorgan un empaque emocional que eleva la película. #SexPact destaca entre otras cosas por tener a una adolescente queer, y manejar con mucho acierto y sensibilidad su salida del armario, y también por tratar con respeto, pero sin olvidar nunca el humor, el importante rito de paso de las protagonistas hacia la vida adulta. Esos son los detalles que hacen que #SexPact sea algo más que la típica comedia sexual.

Nota: ★★★½

Universal Pictures pone a la venta #SexPact en Blu-ray y DVD desde el 12 de septiembre. La edición en Blu-ray incluye un generoso apartado de contenidos adicionales que paso a detallar a continuación:

Escenas eliminadas: tres breves escenas de las que destaca una en la que las puertas de un ascensor no pueden cerrarse por culpa del gran trasero de John Cena.
Tomas falsas (2:39 min.)
Misión de rescate (5:15 min.): mini making of con imágenes del rodaje y entrevistas al equipo, incluyendo a los productores Seth Rogen, Evan Goldberg y James Weaver disfrazados de gallo (en referencia al “cock” censurado del título original).
El kit de supervivencia para padres adolescentes de John Cena (2:35 min.): el título lo dice todo, una especie de infomercial en el que Cena presenta los objetos imprescindibles para sobrevivir a la noche del baile de fin de curso de tus hijos.
Line-O-Rama (7:26 min.): selección de diálogos que muestran el trabajo de improvisación de los actores, y las múltiples líneas que pronuncian en una sola toma, de las que más tarde solo una entrará en la versión final.
La noche del baile (6:37 min.): otra featurette con entrevistas e imágenes tras las cámaras, esta vez centrada en las protagonistas femeninas y el rito del baile de fin de curso. Con el equipo compartiendo los recuerdos nostálgicos de su propia prom night.
Historia del sexo (2:06 min.): Ike Barinholtz hace un recorrido en clave de humor por la historia del sexo a lo largo de los siglos acompañado de secuencias animadas.
Chug! Chug! Chug! (3:20 min.): featurette centrada en la filmación de una de las escenas más memorables de la película, John Cena “bebiendo” cerveza por el ano.
Puke-a-Palooza (2:02 min.): otro divertido vídeo que profundiza en la técnica usada para crear y proyectar vómito. Incluye imágenes de los actores ensayando en la parte trasera del set con el aparato para vomitar.
Comentarios de la directora Kay Cannon.

Crítica: Una noche fuera de control

Rough Night

La comedia adulta estadounidense lleva años exprimiendo la premisa del fin de semana de desfase, llegando a convertir las películas sobre escapadas juerguistas o despedidas de soltero/a en un subgénero en sí mismo, y además uno muy prolífico. Desde que Resacón en Las Vegas (The Hangover) impulsara la producción de este tipo de films, y La boda de mi mejor amiga (Bridesmaids) llevara con éxito a los cines la variación femenina de la misma fórmula, son muchas las comedias cortadas por el patrón de estas dos cintas las que han llegado a la cartelera.

Una noche fuera de control (Rough Night) se suma a la corriente actual de comedias Rated-R protagonizadas por mujeres en los papeles habitualmente reservados a los hombres en este tipo de proyectos (Mejor…solteras, Mike y Dave buscan rollo serioMalas madres), una tendencia que afortunadamente no muestra síntomas de aminorar. Scarlett Johansson continúa explorando su vis cómica encabezando el reparto de esta película dirigida por Lucia Aniello (guionista, productora y directora de la serie Broad City), una historia sobre un grupo de amigas de la universidad que se reúnen diez años más tarde para celebrar la despedida de soltera en Miami de una de ellas, Jess (Johansson). La desenfrenada celebración se tuerce cuando una de ellas mata accidentalmente a un stripper, y todas deben buscar la manera de cubrir el desastre.

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Efectivamente, la película “toma prestada” la idea de la comedia negra de 1998 Very Bad Things, pero su falta de originalidad no se detiene ahí. Una noche fuera de control es un pastiche de varios films, una suerte de Frankenstein fílmico hecho con partes de otros: las mencionadas ResacónBridesmaids, el clásico Este muerto está muy vivo y el remake cinematográfico de 21 Jump Street (Infiltrados en el instituto). El resultado de esta combinación matemática es una película formulaica repleta de tópicos y giros “sorpresa” de lo más predecible.

Por suerte, esta falta de personalidad propia se ve compensada por un reparto fabuloso y totalmente entregado. Johansson ya ha demostrado varias veces que la comedia no se le da nada mal (en Don Jon estaba soberbia dando vida a una choni de Jersey), y aquí vuelve a dar la talla como comediante, resultando divertida en las escenas cómicas y aportando el dramatismo adecuado a los momentos más serios (los que tienen que ver con el desarrollo de su amistad con las chicas, tan central como la camaradería masculina en las películas de James Franco, Seth Rogen o Channing Tatum). Johansson está rodeada de un elenco coral de actrices que forman un gran equipo: la robaescenas Kate McKinnon haciendo sus marcianadas de siempre (con el añadido de un acento australiano muy payaso), Jillian Bell practicando la deadpan comedy por la que se caracteriza, Ilana Glazer continuando el espíritu de su personaje en Broad City y Zoë Kravitz, que hasta ahora se había centrado sobre todo en drama o fantasía, ejerciendo un sorprendente dominio sobre la comedia (su trío con Demi Moore -sí, habéis leído bien- y Ty Burrell es una de las escenas más hilarantes del film). Si no fuera por la química de las actrices, y lo mucho que se comprometen a hacer el loco y pasarlo bien, la película se hundiría.

Pero Una noche fuera de control tiene otras virtudes que contrarrestan la sensación de déjà vu. Por ejemplo, la forma en la que invierte los estereotipos de género. De hecho, uno de sus mayores hallazgos cómicos es el contraste entre la juerga de las chicas y la despedida de soltero del prometido de Jess (Paul W. Downs -sí, hay mucha gente de Broad City aquí metida), una velada tranquila en una cata de vino, donde los amigos del novio muestran una gran sensibilidad y su subtrama reproduce los lugares comunes del cine romántico tradicionalmente asociados a los personajes femeninos. Un cambio de roles que no solo genera buenos gags, sino que también pone de manifiesto la naturaleza progresista de la película. Por otra parte, y en relación a esto, el hecho de que una mujer esté tras las cámaras ayuda a eliminar la mirada masculina, algo que salta a la vista en la forma tan refrescante y natural de tratar la homosexualidad femenina (ni rastro de objetificación o fantasía lésbica para el público masculino).

Claro que por muy transgresor que sea todo esto, al final lo más importante es si la película hace reír o no. Y en este departamento, Una noche fuera de control cumple por los pelos. Que su humor sea ramplón es de esperar (no lo querría de otra manera, de hecho), pero también es tremendamente irregular: hay situaciones descacharrantes aisladas, chorradas muy graciosas (me quedo con “The Human Friendtipede”) y escenas con las que es difícil no soltar una carcajada, pero también momentos de tierra trágame y muchos chistes sin chispa (Bell sobre todo es un gusto adquirido, si comulgas con su estilo de comedia, bien, si no, mal vamos). Esta inconsistencia hace que, a pesar de divertir gran parte del tiempo, nunca desarrolle su verdadero potencial, dejándonos a medias, y obligándonos a fijarnos más de la cuenta en sus agujeros de guion.

Una noche fuera de control no es Bridesmaids, ni siquiera Malas madrespero podría haber sido mucho peor, y desde luego, para un momento tonto puede venir muy bien (que, para ser justos, es a lo que aspira). Se trata de un producto ligero, de consumo rápido, una película irreverente y desenfadada, con un entusiasmado reparto (incluidos los estupendos secundarios) que quiere que te unas a su fiesta. Una fiesta salvaje y pasada de rosca que hará que rememores otras noches locas, y cuyo recuerdo se fundirá con las demás en tu memoria. Si es que no desaparece por completo.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Fiesta de empresa

La Navidad es época de costumbres y tradiciones. El alumbrado callejero, el árbol y los regalos, las cenas familiares, las compras de última hora, el inevitable desprecio a la especie humana que se deriva del punto anterior… Y una más para los que tienen la fortuna de no estar en el paro y han de enfrentarse todos los años por estas fechas a una cita ineludible: la cena de empresa. Esa velada en la que en ocasiones (las que no resultan ser un muermo total) los corsés se sueltan, los secretos más oscuros salen a la luz, las alianzas y enemistades se intensifican, la libido se dispara por las nubes y la profusión de alcohol nubla el juicio y hace que más de uno se suelte la melena. Claro que, lo que pasa en la cena de empresa se queda en la cena de empresa, y a la vuelta de vacaciones se recomienda hacer como si no hubiéramos visto a nuestros jefes y compañeros desfasar como si no hubiera mañana.

Ese es el espíritu que pretenden captar Josh Gordon y Will Speck con Fiesta de empresa (Office Christmas Party), comedia coral en la que un grupo de ejecutivos organizan una fiesta épica para conseguir un gran cliente y salvar su compañía, y ven cómo la celebración se les va de las manos y acaba convirtiéndose en un desmadre absoluto. Siguiendo la estela de éxitos como Resacón en Las VegasCómo acabar con tu jefe, Somos los Miller o Malas madresFiesta de empresa recoge de nuevo todos los ingredientes de la comedia gamberra actual, con una historia pasada de rosca en la que se suceden los gags alocados y las situaciones más embarazosas y políticamente incorrectas.

El reparto está encabezado por el impertérrito Jason Bateman (Arrested DevelopmentUn pequeño cambio), Olivia Munn (X-Men: ApocalipsisThe Newsroom) y T.J. Miller (Silicon Valley, Deadpool), a los que acompaña en calidad de estrella invitada una Jennifer Aniston muy acomodada en la comedia Rated R, con un papel que recordará a más de uno a su participación en Cómo acabar con tu jefe y su secuela, una jefaza pétrea e implacable que en este caso, en lugar de acosar sexualmente a sus empleados, ejerce como la villana que amenaza con cerrar la rama de la empresa familiar que dirige su hermano pequeño (Miller). Es decir, toda una señora Scrooge. El elenco se completa con lo más granado de la escena cómica televisiva actual, Rob Cordry (Childrens Hospital), Jillian Bell (Infiltrados en clase, Idiotsitter), Vanessa Bayer (Saturday Night Live), Randall Park (Fresh Off the Boat, The Interview) y la divertidísima y siempre marciana Kate McKinnon, que aquí interpreta a la jefa de recursos humanos, una mujer anticuada y estricta que esconde un lado salvaje. Sin olvidar a Courtney B. Vance, que aporta mucha clase en un papel que demuestra lo bien que se le da la comedia el mismo año que ha ganado el Emmy por un drama (American Crime Story).

Solo por ver a este grupo de cómicos en acción, Fiesta de empresa merece la pena. Por encima de los repetitivos Bateman y Aniston (juntos por quinta vez en el cine) hay que destacar en especial a Miller, que se está consagrando como un secundario hilarante de excepción, y a Munn, que sorprende con una vis cómica muy desarrollada y muchas ganas de desatarse y pasarlo en grande. Es cierto que la película está plagada de clichés y transcurre tal y como uno espera que lo haga, pero eso no impide que funcione como un divertido y desenfadado pasatiempo ligero. Por muy excesivos que sean, los chistes y gags de Fiesta de empresa están derivados de situaciones con las que todos pueden sentirse identificados, magnificadas por la lente de aumento surrealista de la comedia gamberra, con bien de alcohol, drogas, acción y violencia “de andar por casa”, despelotes y situaciones sexuales que harán reír (o sonrojarse) a más de uno.

Claro que, como mandan los cánones del género, debajo de de la música atronadora, las tormentas de coca y el caos extático y destructivo de la fiesta late un pequeño corazón. A pesar de las burradas que nos enseña por el camino, Fiesta de empresa es en el fondo una historia de amor y una celebración optimista del compañerismo y la familia que continúa la tradición de las películas navideñas, dándoles un giro disparatado e irreverente.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Cazafantasmas (2016)

El tráiler de la nueva Cazafantasmas se convirtió en el más odiado de la historia de YouTube. Las redes sociales se transformaron en un hervidero de comentarios destructivos y críticas definitivas a la película meses antes de que nadie la viera. Desde el anuncio del proyecto, su mera existencia ha generado una ola de odio y una campaña de desprestigio inaudita, a pesar de que es “solo” el enésimo reboot que nos llega en los últimos años. Sí, la película original es una de las más veneradas de los 80, pero reducirlo a eso es estar muy ciego. ¿Por qué lo llaman “arruinar mi infancia” cuando quieren decir “machismo”? El problema ha estado claro desde el principio, por mucho que se haya intentado disfrazar de territorialismo nostálgico (que no sé qué es peor), y la animadversión que ha desatado no ha hecho sino reforzar la necesidad de una película como esta. Pero qué os voy a contar que no sepáis. La que se ha montado alrededor de ella es señal de que no hemos avanzado tanto como creíamos. Algunos se defienden diciendo que su boicot no tiene nada que ver con que las protagonistas sean cuatro mujeres (y en algunos casos será cierto), pero me gustaría saber por qué no han hecho lo mismo con los muchos reboots que ya hemos visto, o que están por venir. No respondáis, conozco la respuesta (la que se usa como excusa y la verdadera).

Por todo esto, a priori parece complicado aproximarse a la película de Paul Feig silenciando todo este ruido desagradable que se ha creado en torno a ella (o escribir una crítica sin introducir la polémica como factor). Pero lo cierto es que no cuesta tanto como creíamos desconectar de los meses de agotador y absurdo debate para verla, y disfrutarla (otra cosa es hacerlo para escribir sobre ella). Una vez se apagan las luces de la sala y comienza el prólogo de Cazafantasmasqueda claro que el principal propósito de la película es hacerlo pasar en grande, ni más ni menos. Resulta que al final es solo eso, una película. Y además una mucho mejor de lo que parece. Cazafantasmas aúna varias tendencias imperantes del cine actual: el homenaje nostálgico, el blockbuster formulaico y la comedia de la escuela SNL y derivados. El resultado es una mezcla explosiva (y bañada en mocos verdes) que funciona tanto como comedia como superproducción de aventuras para todos los públicos. Y además lo hace respetando y reverenciando en todo momento al clásico de 1984 (algo que muchos se negarán a ver incluso cuando lo tengan delante de sus narices), con cameos que celebran la original sin entorpecer el camino de la nueva, conservando la característica jerga pseudo-científica, adoptando su esquema (quizá demasiado) y adaptándolo a la sensibilidad del cine evento actual, llevándolo incluso hacia el terreno de los superhéroes (al fin y al cabo, esta Cazafantasmas se construye como una origin story, e incluso las protagonistas hacen referencia a su condición de superequipo justiciero; solo falta un guiño a Spider-Man).

Cazafantasmas no es perfecta ni de lejos (creo que ni los que la hemos defendido a capa y espada de los haters lo esperábamos), pero sí es un producto muy digno, una comedia infalible y una cinta de acción muy atractiva visualmente. La película se divide claramente en tres actos, como todo blockbuster que se precie. La primera hora nos muestra la formación del nuevo cuarteto de investigadoras de lo paranormal. En esta sección, Feig hace lo que mejor se le da, sacar oro de la presencia, química y talento cómico de sus actrices. Melissa McCarthy, Kristen Wiig, Kate McKinnon y Leslie Jones forman un equipo fantástico, se divierten (y divierten) con solo estar ahí, clavan los diálogos y lo dan todo en los gags físicos. La segunda parte se centra en desarrollar el plan del villano (más o menos el de siempre) y nos muestra a Abby, Erin, Holtzmann y Patty como grupo en acción, adoptando la identidad de Cazafantasmas con todo lo que ello conlleva (vehículo, uniformes, impacto en los medios y la opinión pública, enfrentamiento a las autoridades, aquí parodiadas por Charles Dance y Cecily Strong). Y por último, el clímax desata el obligado Apocalipsis -con el típico portal gigante que se abre sobre Nueva York- y es cuando la acción se vuelve más vertiginosa, estruendosa y a gran escala.

Aunque pierde fuelle en su segunda mitad por tener que ajustarse necesariamente a la fórmula preestablecida y adolece de un montaje algo brusco (se nota demasiado la tijera), Cazafantasmas se las arregla para mantener su frescura y energía en todo momento. Y esto es gracias sobre todo a sus cuatro protagonistas, pero también al gran robaescenas de la película, Kevin Beckman, el secretario de las Cazafantasmas interpretado por Chris Hemsworth. Algunas de las escenas más descacharrantes del film están protagonizadas por el actor de Los Vengadores, que vuelve a dejar constancia de su instinto para la comedia y la improvisación. La escultural presencia de Hemsworth, que interpreta a un rubio tonto que es contratado solo por estar bueno (ironía que muchos no han pillado y tachan de sexista, así está el patio), pero al que jamás se trata tan repugnantemente como a la variación femenina de este arquetipo, da rienda suelta a la maravillosa capacidad de Kristen Wiig para hacer el ganso, dejándonos algunos de los mejores momentos del film, pero sobre todo confirma al actor australiano como uno de los talentos más a tener en cuenta del Hollywood actual (por favor, ved los créditos finales completos, dedicados casi enteramente al tesoro que es Kevin).

Hay que decir que, como suele ocurrir en el cine de Feig, no todos sus chistes funcionan con la misma eficacia (muchos son geniales, aunque también hay alguno que se estrella contra el suelo), pero en general, Cazafantasmas es otra sólida entrega cómica de Feig y compañía, una película con carcajadas aseguradas (al menos en mi sala no pararon en toda la proyección) y que, como dictan las reglas de su cine (y el de sus contemporáneos), también contiene una carga emocional bastante considerable (esa escena final directamente sacada de Big Hero 6), con énfasis en la bonita amistad y contagiosa camaradería entre estas mujeres. Si se tiene la suerte de entrar en sintonía con la propuesta, es muy fácil pasarlo bomba con la película, gracias a sus golosas y coloristas imágenes (aunque se vean en 2D, saltan de la pantalla como si fuera 3D), a sus entrañables personajes, o a su humor desenfadado.

Pero es que además, Cazafantasmas cumple una función social muy valiosa. En primer lugar, ofrece referentes heroicos femeninos para las niñas (y para los niños, que hay que educarlos a todos en esto por igual, y hay que tener en cuenta a todos los chavales que se identifican más con ellas), no una, ni dos, cuatro mujeres que ni son comparsa ni asumen el rol de interés romántico (no hay conflicto amoroso en la película), sino que están a cargo de su propia aventura. Y en segundo lugar, presenta a mujeres en su mayoría de más de 40 y con diversidad de físicos pateando culos de fantasma y salvando el mundo sin ser hipersexualizadas en ningún momento para satisfacer la mirada del público masculino heterosexual (ojo, eso no quiere decir que no sean seres sexuales, que ahí está Wiig como el pico de una plancha o la marciana McKinnon y su Holtzmann, siempre magnética y siempre seduciendo). O sea, que es justo la película feminista que necesitábamos.

En resumen, Cazafantasmas ha tenido que sortear obstáculos a los que otros productos similares (reboots nostálgicos o relecturas de clásicos) no se han tenido que enfrentar, ha atravesado un mar de odio en Internet (atención a los dos oportunos guiños con los que se empequeñece a los detractores machistas en la película) y ha salido a flote con un producto hecho para callar muchas bocas (no quiero ni pensar cuántos disfrutarán de esta película en secreto pero no lo reconocerán), con una película que cumple holgadamente con su principal propósito: divertir. Y ya de paso relanza una franquicia con mucho potencial desempeñando una labor que, como tristemente se ha demostrado, hacía falta urgentemente en el cine de Hollywood. Así que solo queda una cosa que decir: Haters Gonna Hate.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Malas madres

BAD MOMS

Yo no lo sé por experiencia propia, pero me lo puedo imaginar porque soy hijo y ya tengo mis años: ser madre es difícil. Y si encima tienes que ser la madre que los demás esperan, la que las revistas te dicen que debes ser, la que otras madres opinan que es el ideal de madre, la tarea se vuelve aun más frustrante e imposible (corregidme si me equivoco, solo soy un hombre). Esa es a grandes rasgos la ideal principal en la que se basa Malas madres (Bad Moms), alocada y empoderada comedia que cuenta la historia de Amy (Mila Kunis), una de esas madres modernas que parece que lo tienen todo, pero en realidad se están ahogando tratando de seguir las reglas de la maternidad del siglo XXI.

Amy es la prototípica madre americana perfecta, cumple una agenda apretada que incluye un trabajo donde no la valoran, unos hijos hasta arriba de actividades extra-escolares que dependen demasiado de ella y un marido que es más bien otro de sus churumbeles (y probablemente el más pequeño), es decir, cuida de todos menos de sí misma. Y lo hace sin dejar de estar guapa (porque a ver, es Mila Kunis, una de las mujeres más bellas del cine actual), y además sin perder la sonrisa o las buenas formas. Amy es eficiente, comprensiva, diplomática, paciente. Hasta que llega al límite, y lógicamente, estalla. Cuando el mundo a su alrededor se va a la mierda y las cosas salen mal a pesar de estar haciéndolo todo como supuestamente debe, solo queda una opción: tirar la toalla y comportarse como una “mala madre”, a ver cómo se las arreglan los demás sin ella. Para ello arrastra a otras dos madres, la sumisa Kiki (Kristen Bell) y la salvaje Carla (Kathryn Hahn) en una vorágine de alcohol, fiestas, desenfreno, y sobre todo, libertad. Libertad para hacer lo que les plazca sin remordimientos ni culpabilidad, sin importarles lo que los demás piensen de ellas. En especial la presidenta de la asociación de padres y madres de alumnos, la Regina George de esta película, Gwendolyn (Christina Applegate), que se convertirá en su archinémesis y hará lo posible por destruirlas.

Si el argumento de Malas madres os suena demasiado formulaico y predecible, es porque lo es. No en vano, el film está dirigido por Jon Lucas y Scott Moore, guionistas de una de las comedias Rated-R más exitosas e influyentes de los últimos años, Resacón en Las Vegas. Últimamente, parece que todas las comedias para adultos tienen que seguir el patrón de aquella cinta, y Malas madres no es la excepción. Solo que en esta ocasión (y como ya hemos visto afortunadamente en varias películas en los últimos años), el reparto está formado por mujeres, haciendo lo que tradicional e injustamente estaba reservado para ellos. Malas madres es una auténtica carta de amor (más bien verde y llena de sal gruesa) a las madres (concretamente a las malas, que son todas siempre a ojos de alguien) y una nueva reivindicación feminista del derecho de la mujer a ser tan cafre en el cine como el hombre. Podría haber salido mal, pero Lucas y Moore han hecho un buen trabajo con un guion que no solo saca partido de la idea para hacer reír, sino que hila sorprendentemente bien una serie de mensajes y lecciones morales “para todos los públicos”.

BAD MOMS

Malas madres no supone ninguna revolución (bebe mucho de Chicas malas y Bridesmaids), su argumento avanza de la manera más predecible, siguiendo los dictados del género, discurriendo por sus lugares más comunes. Pero aun así funciona. Y lo hace principalmente por dos cosas: los gags son infalibles y el reparto es muy sólido. Kunis es una leading woman espléndida, cálida, cercana y creíble a pesar de sus ojos de otro mundo, Bell sigue demostrando que es uno de los mayores talentos de su generación (y eso que su personaje tampoco le da para lucirse demasiado), Hahn es la puta bomba, la verdadera estrella de la película, y Applegate no podría clavar mejor a la mean girl amargada (Jada Pinkett Smith y Annie Mumolo también cumplen). Puede que las locuras en las que se ven envueltas estas mujeres resulten demasiado cliché, pero las carcajadas están aseguradas gracias a la precisión cómica y el encanto con el que sus actrices las acometen. El film no destacará por su originalidad o profundidad, no, pero los momentos descacharrantes son incontables y sus diálogos y one-liners tienen potencial para convertirse en memes y gifs que dentro de unos meses utilizaremos a diario para reaccionar o dar un corte a más de un despistado o machista en Internet (quiero enmarcar el discurso que Amy da a su hijo para explicar lo que significa la palabra “entitled”).

A pesar de ser una comedia simple, orgullosamente tonta, y muy similar a otras, Malas madres también sabe ser amable y emotiva cuando toca (tiene mérito haber tejido bien esos momentos en una comedia tan excesiva como esta). Yo pienso recomendársela a un par de madres que conozco (y que quiero), porque está hecha sobre todo para ellas (atención a los preciosos créditos finales), como reverencia y mea culpa por lo mucho que tienen que aguantar (algunos la acusarán de “feminazi”, a esos idiotas ni caso). Estoy seguro de que mis madres favoritas se divertirán viéndose reflejadas en ella, y puede que hasta se convierta en una de sus películas de cabecera. ¿Que está hecha para capitalizar el feminismo en taquilla? Sí, ¿y qué? Yay feminism!

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Los tres reyes malos

Joseph Gordon Levitt;Seth Rogen;Anthony Mackie

Érase una vez tres amigos de toda la vida, Ethan (Joseph Gordon-Levitt), Isaac (Seth Rogen) y Chris (Anthony Mackie), que se reunían todas las vísperas de Navidad para pasar juntos una noche de diversión y desenfreno en Nueva York. Mientras Isaac y Chris encuentran la plenitud familiar y profesional (o eso parece), Ethan sigue atascado a los 33, trabajando como elfo de Santa Claus en el centro comercial y sin novia después de que el miedo al compromiso boicotease su relación con ella (Lizzy Caplan). Ahora que los tres amigos se han convertido en adultos (técnicamente), la tradición llega a su fin y se disponen a pasar la última Nochebuena juntos. Y para despedir la tradición de la forma más memorable, están decididos encontrar de una vez por todas la legendaria “Nutcracka Ball“, una fiesta secreta que levan buscando todas las Nochebuenas desde que empezaron a salir juntos.

Con ese argumento, no os sorprenderá saber que detrás de Los tres reyes malos (The Night Before) se encuentran los responsables de películas como Juerga hasta el fin (This Is the End) o Malditos vecinos (Neighbors). Dirigida por Jonathan Levine (50/50, Memorias de un zombie adolescente), y escrita a cuatro bandas por los guionistas y productores de prácticamente todas las cintas protagonizadas por Seth Rogen y su troupeLos tres reyes magos es exactamente lo que parece, otra comedia gamberra digna de esta pandilla de humoristas, con bien de sal gruesa, humor de fumetas y ese toque de ternura y reflexión sobre la adultez que no puede faltar en ninguno de sus títulos. Desde que Judd Apatow implantó el modelo a seguir con SuperbadPineapple Express, estas películas han repetido una y otra vez el mismo patrón: un grupo de adultos que se niegan a crecer viven una aventura alucinada repleta de encontronazos de la que su amistad saldrá reforzada. Es el triunfo del bromance en la comedia USA, la clave de una fórmula tonta pero inteligente que sigue resultando infalible a la hora de desatar carcajadas.

Los Tres Reyes MalosPorque Los tres reyes malos no deja de ser lo mismo de siempre, pero se las arregla para mantener el interés y divertir de principio a fin. Es más, la película mejora conforme avanza y las pesquisas de estos tres buenos amigos se vuelven cada vez más disparatadas y bizarras. El secreto está en dibujar a unos personajes que despierten simpatía, que transmitan un halo de perdedores pero a la vez nos hagan desear vivir esta rocambolesca Jo, ¡qué noche! con ellos. Y eso es justo lo que hacen Gordon-Levitt, Rogen y Mackie, tres actores que dan rienda suelta a su encanto bobalicón y se crecen en la torpeza social de sus personajes (que ni son malos, ni hacen de reyes, ni siquiera mencionan a los Magos de Oriente, de hecho son tres trozos de pan, pero vamos a obviar la chapuza de título en español para evitar una pataleta).

Gordon-Levitt está perfecto como el “amigo normal” con el que es más fácil identificarse y Mackie da rienda suelta a su vis cómica (de la que ya tuvimos un adelanto en Capitán América: El soldado de invierno) con un personaje gracioso y adorable a partes iguales. Pero es Rogen en particular quien se erige como el alma de la película, derrochando energía desquiciada en descacharrantes escenas de colocón (especial atención a la del móvil y sobre todo a la misa de medianoche). Ahora bien, aunque la excelente química del trío es lo que sostiene la película, lo mejor de Los tres reyes malos es el genial y continuo desfile de cameos, rostros (y voces) populares de la comedia americana actual (tanto en cine como en televisión) y alguna que otra estrella pop, que es mejor no desvelar para no estropear la sorpresa. Apariciones estelares (y espectrales) de las que destaca una cuyo nombre sí debemos escribir (ya que no es técnicamente cameo, sino secundario): Michael Shannon. Es más, volveremos a escribirlo, esta vez en mayúsculas, para que quede bien claro lo que queremos decir: MICHAEL SHANNON. A sus pies.

Los tres reyes malos no revolucionará el panorama de la comedia USA actual, pero es una película navideña sorprendentemente sólida, una “distinguida” adición al catálogo de Rogen & co. que satisfará a los que suelan disfrutar de sus gamberradas con corazón (La entrevista no cuenta).

Valoración: ★★★½

Crítica: Vacaciones

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En España, la saga National Lampoon’s Vacation no goza de la popularidad que sí tiene en Estados Unidos, donde desde su lanzamiento en 1983 ha generado numerosas secuelas que se han extendido hasta la actualidad. La comedia escrita por John Hughes y dirigida por Harold Ramis se tituló en nuestro país Las vacaciones de una chiflada familia americana (quizá ahí está la razón de que no se instalase en nuestro imaginario colectivo como sí lo hicieron otras comedias de los 80), y fue uno de los trabajos que lanzó al estrellato a Chevy Chase, que participó en todas las entregas posteriores menos una TV movie a modo de spin-off en 2003. Después de su turbulento paso por Community y su desprecio público hacia la ficción televisiva, Chase regresa al cine por todo lo alto (no) para entregar el relevo de la franquicia Lampoon a Ed Helms en su nueva secuela, titulada simplemente Vacaciones (Vacation).

Helms se está labrando una carrera en el cine como uno de los rostros más reconocibles de la comedia Rated R, y en Vacaciones continúa explotando el personaje que inició en la serie The Office y presentó al gran público en la saga Resacón. El actor interpreta siempre al mismo tipo pardillo y pusilánime con buenas intenciones que se mete a sí mismo y a aquellos a su alrededor en situaciones embarazosas, para deleite y/o sufrimiento del respetable. En Vacaciones le acompañan Christina Applegate (la Jennifer Aniston de saldo) y dos niños muy graciosos, Skyler Gisondo y Steele Stebbins, que roban protagonismo a los adultos en numerosas escenas. Los cuatro forman la nueva generación de los Griswold y juntos intentan trasladar el espíritu de la saga Lampoon a la actualidad, donde, según Helms advierte en uno de los momentos más meta de la película: “es continuación de Vacation, pero funciona como una película independiente“. Efectivamente, la intervención de Chevy Chase y Beverly D’Angelo como la pareja original Clark y Ellen Griswold se reduce a una breve escena cerca del final de la película. El resto del metraje funciona como reboot de la saga. Vamos, que Helms tiene razón, no hace falta ver las seis películas anteriores para ver esta (de ahí que se haya eliminado lo de “National Lampoon” del título).

vacaciones posterDespués de muchos años visitando la misma aburrida cabaña en el lago, los Griswold emprenden un viaje en coche (importado de Albania) a través del país para visitar el parque temático Walley World, el mismo al que el padre de Rusty (Helms, Anthony Michael Hall en la original) llevaba a su familia en la primera película. Lo que el pater familias planea ilusionado como un remedio contra la rutina se le va de las manos al convertirse en una salvaje aventura en la que los incidentes, a cada cual más disparatado, se encadenan para resultar en el viaje más desastroso, y en consecuencia memorable, de sus vidas. Vacation es la aproximación más formulaica posible a la road movie cómica, un film de enredos que nos conduce por la misma ruta cinematográfica que ya hemos recorrido en incontables ocasiones y nos bombardea con déjà vus en todas sus escenas. El humor zafio y gamberro de Vacaciones nos recuerda a la mencionada saga Resacón en Las Vegas, y también a Horrible Bosses o la reciente Somos los Miller. No es coincidencia, claro, todas ellas comparten equipos, actores y hogar en Hollywood (Warner Bros.). Y como en todas ellas, aquí también hay un amago de emotividad al final (en forma de moraleja sobre la familia) para compensar la avalancha de pringue que nos ha echado encima, pero es tan poco genuino como la comedia que le precede.

Más que un largometraje, Vacaciones es una (desigual) sucesión de sketches o segmentos que se recrean insistentemente en el humor verde y escatológico (esta película incluye una de las escenas más asquerosas que he visto en mucho tiempo; involucra una bañera, setas y vello púbico, y no diré más). Su única intención es despertar la risa fácil con chistes de caca-culo-pedo-pis, pero llevándolos al extremo, con situaciones de lo más bestia, y recreándose en la incorrección política (incesto, pedofilia, vómitos, violencia contra animales y heces por doquier). Lo malo es que todo esto ya lo hemos visto en los títulos citados en el párrafo anterior (esta y Somos los Millers son básicamente la misma película), y ya no resulta irreverente o provocador, sino que evidencia una ausencia de ideas en un trabajo que hace suya la ley del mínimo esfuerzo. Dicho esto, sería hipócrita si no reconociera que Vacaciones tiene sus puntazos y que algunos gags son realmente buenos (yo aprecio el humor incómodo y extraño, y aquí hay un par de momentos muy buenos en ese sentido, sobre todo los protagonizados por los hermanos). Además, los cameos (Charlie Day, Kaitlin Olson, Norman Reedus…), la divertida (y caldeante) presencia de Chris Hemsworth (con su pene-dildo), y la duración, que apenas supera la hora y media, hacen que la película se digiera fácilmente (es un decir, porque a más de uno y de una puede que le revuelva el estómago). Es decir, que sirve para un rato tonto (para ser justos, es a lo que aspira), pero más allá de eso, no hay más.

Vacaciones es una alocada y deslenguada comedia de poca monta que se propone traer una saga de los 80 al presente y lo que hace es convertirla en un producto ya anticuado de serie, otra película clonada de usar y tirar con poca fecha de caducidad.

Valoración: ★★½

Crítica: Mil maneras de morder el polvo

Seth MacFarlane ovejas

Albert Stark no es el típico héroe del Lejano Oeste. Es “el tipo que se esconde entre la multitud y se ríe de la camisa que lleva el héroe del Lejano Oeste”. Pero en Mil maneras de morder el polvo (A Million Ways to Die in the West), este cobarde hombre del montón se ve obligado a pasar a la acción y ponerse frente al cañón de la pistola. En su segunda película como director, Seth MacFarlane decide también ponerse delante de las cámaras y debuta como protagonista, extendiendo así su ego hacia todas las facetas de su producción.

Aunque no nos hacía falta este film para que pusiéramos cara al creador de Padre de familia (una cara por cierto que nos obliga a contemplar el parentesco con Casey Affleck), porque en los últimos años MacFarlane ha ido saliendo progresivamente de entre esa multitud desde la que observaba y se reía del mundo, para ponerse debajo de los focos -hasta el punto de convertirse en el peor presentador de los Oscars de la historia, sí, incluso por debajo de James Franco (Franco al menos no intentaba ser gracioso). Aunque sus productos sean un éxito, MacFarlane es un “autor” muy odiado, por su vertiente de cómico, por su repelente presencia pública y por su humor cáustico y políticamente correcto, con el que no todo el mundo comulga (en muchos casos no porque uno se escandalice, sino porque simplemente no es gracioso). Sin embargo, con Mil maneras de morder el polvo, el creador de Padre de familia (me) lo pone difícil para odiarlo con consistencia.

Mil maneras de morder el polvo

Tras el éxito de la aceptable Ted, MacFarlane decide revitalizar un género muerto, el western, y lo hace de la única manera que muchos se atreven a intentarlo: a través de la parodia. Sin embargo, las películas del Oeste son el único género que escapa a la naturaleza cíclica de los fenómenos y las modas del cine, así que de entrada, Mil maneras lo tenía complicado para hallar el favor del público masivo -y efectivamente así ha ocurrido, dándose de bruces en la taquilla. Una pena, porque como parodia, la película es todo un éxito, desmontando y metacomentando todo lo que define al western a la vez que homenajea certeramente al género de la fotografía decididamente cartoonesca a la fantástica partitura de Joel McNeely, los valores de producción son excelentes. El humor de Mil maneras se basa en el contraste anacrónico del universo idiosincrásico del Far West y la mentalidad y jerga de nuestros días. A partir de esa idea, MacFarlane explora los lugares comunes del western y las peculiaridades de la América de la Frontera para construir unos cuantos chistes recurrentes que, con mucho ingenio y agudeza, van estructurando la historia.

Sin embargo, si hay algo más difícil que ser consistente odiando, es ser consistente haciendo comedia. Y de eso sabe mucho MacFarlane, que a ratos da la sensación de que no entiende cómo funciona el humor. Mil maneras es otro ejemplo de la incontinencia del autor, que dispara mil balas a ciegas esperando atinar con alguna. La película es una sucesión continua de chistes y gags al estilo Family Guy de los cuales funcionan un tercio -debería llamarse Mil maneras de intentar hacer un chiste. Bien es cierto que la carcajada está asegurada con un buen puñado de ellos (normalmente los más estúpidos: “Mila Kunis”, los “ojazos” de la Seyfried), pero el resto nos hace pensar que MacFarlane no tenía a nadie que le dijese cuándo parar (algo que salta a la vista en todos sus trabajos). Y tener carta blanca puede ser algo muy peligroso.

El problema no es la escatología desmesurada del film, aunque esta da lugar a los gags más desinspirados -nunca fue más adecuado referirse al humor de una película como “humor caca-culo-pedo-pis“, porque tenemos en ella al menos uno o dos chistes sobre caca, culos, pedo y pis. Literalmente. Lo malo es que queda patente a lo largo del metraje que MacFarlane es capaz de realizar comedia inteligentemente provocadora y ofensiva (muy geniales los chistes racistas, aunque suene mal decirlo), one-liners brutales y slapstick del bueno (él concibe la acción real como la animación), pero no sabe cómo hacerlo sin rellenar el espacio entre ellos con chistes vulgarmente malos que deberían haber quedado descartados en la sala de edición. Por tanto, el rango de calidad de la comedia que hay en Mil maneras es tan amplio que la película será mejor o peor según los chistes que recordemos.

Charlize Theron Mil maneras

Aún con todo, Mil maneras de morder el polvo es una película que cuenta con muchos aciertos. Y es que más que un western, la cinta es por encima de todo una comedia romántica, la clásica historia del perdedor que consigue a la chica más guapa del instituto. A pesar de ser un impepinable error de casting (por así decirlo), MacFarlane al menos acierta identificándose con el nerd y trasladando los elementos del romance moderno al Lejano Oeste (la mean girl, el matón, la típica trama de emparejamiento para dar celos que acaba en enamoramiento). En este sentido, es Charlize Theron la que le saca las castañas del fuego al director, dando vida con sumo encanto y carisma a la forajida Anna, que hará que nos creamos que Albert es de verdad el underdog encantador y adorable que ella ve, algo que MacFarlane no logra por sí solo.

Mil maneras de morder el polvo es una comedia tremendamente facilona, a ratos insultantemente simple en lugar de simplemente insultante -que es a lo que aspira- y corrosiva por inercia. Además, el talento de su reparto está trágicamente desaprovechado en favor del protagonismo de MacFarlane –Neil Patrick Harris se arrepentirá toda su vida de ese interminable copro-gag, dentro de unos meses nos olvidaremos de que Liam Neeson y Amanda Seyfriend salen en esta película, y Sarah Silverman y Giovanni Ribisi, aunque más cómodos haciendo el cafre, también podrían preguntarse “¿para esto hemos venido?”. Sin embargo, de vez en cuando, en este festival de penes de oveja, gore (sí, gore), semen y cubos de diarrea podemos hallar momentos de verdadera chispa, incluso de dulzura e introspección. Y a pesar de la irregularidad de sus chistes, el film se las arregla para mantener el ritmo la mayor parte del tiempo, constituyendo al fin y al cabo un entretenimiento más que aceptable. Y por si eso no fuera suficiente, Mil maneras de morder el polvo contiene un par de cameos que son todo un sueño húmedo para el cinéfilo y el geek y que harán aplaudir a más de uno. Solo por esos ocurrentes crossovers la película ya merece la pena.

Valoración: ★★★

Crítica: Malditos vecinos (Neighbors)

Rose Byrne Seth Rogen Malditos vecinos

Del director de Forgetting Sarah Marshall, Nicholas Stoller, los productores de Juerga hasta el fin, y… bueno, de toda esa gente que siempre está en todas las comedias de estudio USA, nos llega Malditos vecinos (Neighbors). Es la historia de una pareja de treintañeros que se muda a un apacible vecindario para criar a su primera hija, de pocos meses. Un día después de la mudanza, la pareja descubre que la casa de al lado ha sido alquilada a una fraternidad, lo que dará pie a una disparatada guerra vecinal entre el matrimonio y los superhormonados universitarios.

El matrimonio está interpretado por el imprescindible Seth Rogen y Rose Byrne, que sigue explotando su excelente vis cómica después de suponer la revelación de Bridesmaids (con permiso de Kristen Wiig, que se llevó toda la atención). Rogen y Byrne aportan la nota más humana a la vorágine de locura lisérgica y übersexual que se desata cada dos escenas en la fraternidad. Ellos dos representan las ideas que siempre vertebran las comedias de la escuela Apatow, la crisis de los 30 y los 40, la ansiedad por el paso del tiempo, la amenazante llegada de las nuevas generaciones, y la negativa a aceptar que la vida loca queda atrás y lo que nos espera son años de responsabilidades, trabajo y pañales.

Esa es la idea con la que comienza Malditos vecinos, a medio camino entre Animal House This Is 40. La película abre con una escena de sexo en el sofá en la que Mac (Rogen) y Kelly (Byrne) comentan en voz alta lo espontáneos que están siendo, negándose a aceptar que porque ahora sean padres se ha acabado su juventud y su libido ha disminuido. La verdadera amenaza que supone la fraternidad no es el ruido o la suciedad, ni la música atronadora a altas horas de la madrugada, y mucho menos las drogas y el sexo, es el constante recordatorio a Mac y Kelly de que ya no son universitarios.

Más que por el bienestar de la niña (aunque también), esto es básicamente lo que les lleva a perder los papeles luchando contra los cabecillas de la fraternidad, Pete, interpretado por Dave Franco -que gana terreno a su hermano por méritos propios-, y sobre todo Teddy Sanders, Zac Efron en un papel hecho a medida de sus cualidades interpretativas físicas: un cabezahueca seductor y zalamero, sin aspiraciones, imposíblemente bello y apolíneo (como si estuviera “diseñado en un laboratorio gay”), demasiado centrado en su cuerpo y su pelo como para ponerse a pensar en otra cosa, y mucho menos en el futuro más allá de la universidad. Para gozo de muchos y muchas, Efron se pasa casi la totalidad del filme descamisado luciendo palmito o con ropa diez tallas menos que la suya, sin relajar un músculo ni una décima de segundo. Y es que para eso está. Buen trabajo, Zac:

Zac Efron Malditos vecinos

Lo más divertido de Malditos vecinos -que es una película divertida de principio a fin- son las secuencias en las que Mac y Kelly intentan parecer modernos y enrollados para confraternizar con los jóvenes y ganarse su complicidad –Rogen y Byrne están fantásticos haciendo el ridículo y es imposible no empatizar con ellos. Durante las fiestas en la fraternidad, Stoller despliega todas sus armas creativas y realiza escenas muy potentes visual y sonoramente, fluorescentes y ensordecedoras orgías psicotrónicas que revelan una mayor ambición estilística de lo que nos tiene acostumbrado este cine. Es entonces cuando el realizador se muestra más inspirado y los actores ponen toda la carne en el asador.

Por lo demás, Malditos vecinos cumple con todos los requisitos del género. Garantiza carcajadas -casi todas las mías provinieron del personaje de Lisa Kudrow-, nos proporciona gags físicos cafres e hilarantes (atención a los airbags), practica con éxito ese humor estúpidamente inteligente y autorreflexivo, y se regodea confiada en la sal gruesa, haciendo del mal gusto un arte (véase la escena de los pechos de Byrne). Además, se agradece que el metraje no ascienda esta vez a las dos horas y se quede en poco más de 90 minutos, lo que juega definitivamente en su favor -aunque aún así la historia se alargue más de lo debido y acabe repitiéndose. Sin embargo, Malditos vecinos evidencia algo que sabemos desde hace un tiempo: estas comedias blockbuster se empiezan a parecer demasiado entre sí y han perdido espontaneidad y frescura. Las escenas de improvisación (real o guionizada) ya cansan, y aunque por lo general siguen haciendo reír -que es lo importante-, uno se pregunta si esta gente dejará en algún momento de hacer siempre lo mismo.

Valoración: ★★★

Crítica: Sobran las palabras (Enough Said)

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Sobran las palabras (Enough Said) podría describirse utilizando la expresión que popularizó la crítica al hablar de Seinfeld: Una comedia que no va sobre nada. Protagonizada por Elaine Benes herselfSobran las palabras recoge todos los problemas y ansiedades de la madurez, y los envuelve con un casual halo de cotidianeidad y costumbrismo (a la yanqui) que nos hace pensar que no se nos está contando nada, cuando en realidad se nos está bombardeando con excelentes reflexiones y agudas observaciones sobre nuestro comportamiento social.

Nicole Holofcener, la directora de la cinta, tiene una amplia experiencia dirigiendo este tipo de personajes en televisión, sobre todo mujeres de mediana edad que se enfrentan a los horrores de pertenecer a la clase media. No en vano, Sobran las palabras posee cierto aire a sitcom posmoderna. Haber dirigido a Amy Poehler en Parks and Recreation debe haberle sido muy útil a la hora de trabajar con Julia Louis-Dreyfus, una maravillosa actriz de matices en uno de los mejores momentos de su carrera. Holofcener saca de Louis-Dreyfus, arrebatadoramente natural y encantadora, una de las mejores interpretaciones del año.

Sobran las palabras se adscribe sin lugar a dudas al género indie buenrollista que cada año nos proporciona nuestra dosis de Sobran las palabras__Pósteradorables neuras norteamericanas -en 2013 también hemos podido disfrutar de la deliciosa El camino de vuelta, con la que Sobran las palabras formaría una sesión doble perfecta. Aquí también tenemos a Toni Collette y Catherine Keener (o sea, que sobran las palabras, literalmente). A golpe de punteo de guitarra y emociones químicamente testadas, la película de Holofcener nos envuelve en una confortable cama de algodón de la que nos empuja varias veces para recordarnos que la vida también puede ser complicada (hablamos de white people problems, claro está). Sobran las palabras nos da la bienvenida a la Tierra de los Divorciados, donde todo es divertido y deprimente a partes iguales, y a base de diálogos geniales y certeros (“Estoy cansada de ser graciosa”) articula en palabras y miradas emociones abstractas con suma precisión. Para eso van todos al psicólogo en ese país.

La crisis de los 40 es una cuestión universal (como la soledad y el síndrome de nido vacío) y Holofcener la explora partiendo de una premisa muy interesante: No solo coloca a sus protagonistas, dos divorciados con hija única, en la tesitura de tener que empezar de nuevo en la (tan esencialmente yanqui) dating scene, sino que se plantea cómo sería una relación si uno de sus miembros conociera todas las manías y defectos después de la primera cita (una de las mejores del cine moderno, por cierto). Haciendo gala de un sentido del humor inteligente y sincero que sirve tanto para hacernos reír como para golpearnos con la dura realidad, Sobran las palabras se erige como la dramedia perfecta. Puede que las emociones estén meticulosamente confeccionadas, pero hay algo que no se puede planear: la excelente química entre Louis-Dreyfus y James Gandolfini (que en su penúltimo papel trabaja curiosamente en un archivo de historia de la televisión). Las inspiradísimas escenas que Eva y Albert comparten son el palpitante núcleo de una película que acaba afectándonos tal y como se propone.

Valoración: ★★★½

 

Crítica: ¡Menudo fenómeno! (Delivery Man)

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¡Menudo fenómeno! (Delivery Man) es el remake norteamericano casi plano por plano de la comedia canadiense de 2011 Starbuck, realizado por el director de la original, Ken Scott, y en esta ocasión protagonizada por Vince Vaughn. Con esas credenciales imposibles de empeorar, ¡Menudo fenómeno! (evitaré repetir el irritante título español en la medida de lo posible) parte con clara desventaja. Pero que se gane a pulso un puesto destacado en el concurso “Películas más innecesarias de la historia del cine” no quiere decir que no se pueda disfrutar de alguna manera. Se puede. Sobre todo si no se ha visto Starbuck, o su remake bollywoodiense, o el que se hizo en Francia el año pasado (va en serio). De hecho, la película no es mala opción para un domingo por la tarde, cuando nos encontramos más bajos de defensas y capacidad crítica.

La historia de ¡Menudo fenómeno! (¡mierda!) es bastante original y llamativa. O al menos lo era hace apenas dos años, cuando Scott la contó por primera vez. David Wozniak (Vaughn) es un despreocupado cuarentón neoyorquino de buen corazón que trabaja como repartidor en el negocio familiar, una carnicería. Su vida da un giro de 180 grados cuando descubre que es padre de 533 hijos, y que 142 de ellos se han agrupado para iniciar un pleito con la intención de conocer la identidad del padre biológico de la manada, Starbuck, pseudónimo que David usó para donar esperma veinte años antes. Asesorado por su abogado (Chris Pratt=Andy Dwyer), presionado por una deuda con la mafia y con su ex novia (Cobie Smulders) embarazada, David decide poner orden en su vida y probar que tiene madera de padre. No se le ocurre otra cosa que ir conociendo uno a uno a sus 142 hijos, y actuar como ángel de la guarda de todos sin desvelar su identidad.

Menudo fenómenoLa historia de David Wozniak historia funcionaría muy bien en una serie de televisión a largo plazo. Es extraño que antes de que alguna cadena se haya decidido a comprarla, se hayan hecho tres versiones cinematográficas distintas en dos años. Resulta imposible calzar en 100 minutos todas las ramificaciones de un relato tan propenso a la subtrama y a la dispersión. Por esta razón, la película está más agujereada que un gruyere, deja demasiados asuntos pendientes y millones de cabos sin atar. Para empezar, ¿por qué a ningún hijo se le pasa por la cabeza que ese señor mayor que ha aparecido de la nada para pasar tiempo con ellos justo ahora podría ser Starbuck? ¿Y por qué su novia no descubre el secreto de David a pesar de que el abogado de Starbuck es el mejor amigo de su novio? Con estas chapuzas, Scott se ahorra problemas para que la historia vaya hacia donde él quiere. Pero si no aprovecha las posibilidades que le brinda la historia y los personajes es porque no puede.

A pesar de abusar de recursos lacrimógenos y ser un ejercicio auto-publicitario por parte del odiado Vince Vaughn (“Todo el mundo quiere a David” parece un mensaje subliminal para convencernos de que todo el mundo quiere a Vince), ¡Menudo fenómeno! es una comedia modesta y bienintencionada con acertadas incursiones en el melodrama y ese aire de serie buenrollista ambientada en Manhattan (ahí está Robin Scherbatsky para corroborarlo). Si uno es capaz de ignorar los intentos desesperados por parte de Vaughn para que nos lo traguemos como grandullón entrañable, es posible encontrar más de una razón para disfrutar, aunque sea un poco, de esta simpática hipérbole de la paternidad.

Valoración: ★★½

Crítica: Somos los Miller

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¡Qué les gusta a los americanos una buena comedia Rated-R! Los dramas y las superproducciones luchan contra viento y marea para hacerse con la taquilla, pero llega una comedia de acción compuesta en un 80% de chistes escatológicos y recupera 10 veces su presupuesto. Está claro que a la gente le apetece reír. Y este tipo de comedias se han convertido en un valor seguro, sobre todo desde el pelotazo de Resacón en Las Vegas. Ojo, no hay nada malo en ello, todo lo contrario. Sobre todo porque algunos se están apretando tanto las tuercas que estamos obteniendo auténticas gozadas dentro del género.

Para hacer una buena comedia solo para adultos hay que saberse bien la fórmula, y Rawson Marshall Thurber (Cuestión de pelotas) la lleva tatuada. Pero también hay que saber volverse loco. Con Somos los Millers (taquillazo que a día de hoy lleva recaudados 150 millones de dólares en la box office estadounidense) acierta a incluir todos los ingredientes del género en su justa (des)medida. Precisamente por esto, la película es predecible y transcurre por inercia durante gran parte del metraje, pero cumple su función a las mil maravillas: divierte, desata unas cuantas carcajadas y al final, como no puede ser de otra manera, hace que nos preocupemos por sus personajes y saca la vena tierna en los momentos más adecuados.

Somos los Millers es una road movie sobre una familia mal avenida. David Clark (adorable Jason Sudeikis, el otro Jason Bateman) es un treintañero que sigue con su “empleo” de la universidad, vender maría localmente. Cuando se le presenta la oportunidad de hacer un trabajo en México que le garantiza una paga para retirarse, reúne a un grupo de misfits para hacerse pasar por una familia convencional y no levantar sospechas en la frontera. La stripper crepuscular Rose (Jennifer Aniston) es Mamá. La sin techo Casey (interpretada por la revelación de la temporada, Emma Roberts) y el vecino recién huérfano de David, Kenny (Will Poulter, nacido para hacer de freak), son los hermanos que se pelean porque se quieren. Los Miller se enfundan en ropa de andar por casa, ponen cara de tener un rosal en el jardín y se embarcan en una peligrosa aventura a bordo de una caravana último modelo.

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Las situaciones descacharrantes están garantizadas, y de hecho a Thurber le quedan pocas por explotar. Somos los Millers no se anda con chiquitas. Es una comedia guarra, burda (y mucho más gráfica de lo que esperábamos), a veces muy excesiva, que desafía el buen gusto en pos de la risa. Una rítmica e imparable sucesión de gags, set pieces y chistes a cada cual más burro (el incesto nunca fue tan divertido) que sacan lo peor de nosotros, sin que nos importe demasiado. Claro que el exceso de sal gorda se contrarresta adecuadamente con dosis bien medidas de azúcar y personajes que caen bien. Las escenas picantes son intercaladas con momentos tiernos sobre los lazos que acaban uniendo, inevitablemente, a esta familia de mentira.

La química salta a la vista, y el acertado reparto, liderado por el guy-next-door Sudeikis y una osada Jennifer Aniston defendiendo (dudosa y desesperadamente) el título de Mujer más sexy que alguna revista se atrevió a otorgarle, se encarga de que acabemos queriendo un poco a este clan de inadaptados. También destacan los secundarios, Nick Offerman y Kathryn Hahn (vistos en Parks and Recreation), que junto a los Miller protagonizan las escenas más memorables de la película. Solo una queja: No más tomas falsas en los créditos finales, por el amor de Dios.

Valoración: ★★★½

Crítica: Cuerpos especiales (The Heat)

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Antes de llamarse The Heat, la nueva película de Paul Feig (Freaks and GeeksBridesmaids) se vendió a los estudios con el título provisional Untitled Female Buddy-Cop Movie. Las intenciones de Feig no podían estar más claras, y la película que ha resultado de ellas es todo lo que cabe esperar de un proyecto con semejante working title. En España se sigue cultivando la tradición que dice que toda comedia USA que caiga en tus manos debe ser rebautizada con el título más estúpido posible. Por eso, después de La boda de mi mejor amigaTodo sobre mi desmadre o Por la cara llega Cuerpos especiales. Me vais a disculpar, pero a partir de ahora me voy a referir a ella con ese título.

Con Cuerpos especiales, Feig sigue desplazando el foco de atención eminentemente masculino de la comedia actual hacia las grandes cómicas de Hollywood, también confiando plenamente en sus mujeres guionistas (la joven Katie Dippold se encarga del libreto). Después de convertir a Kristen Wiig en una estrella definitiva con su anterior largo, La boda de mi mejor amiga, el realizador cuenta con dos grandes nombres: Melissa McCarthy, (semi)reciente revelación que parece haber hecho un pacto con la taquilla,  y la veterana Sandra Bullock, que vive desde hace unos años un renacimiento profesional que está obligando a muchos a reconsiderar su opinión sobre el talento de Miss Agente EspecialCuerpos especiales es, efectivamente, una buddy movie al uso. De hecho se respira durante todo el metraje un aire ochenta-noventero al que contribuye el hecho de que haya sido filmada en 35 mm.

Cuerpos especiales plantea algo muy interesante: una comedia de acción cuyas protagonistas absolutas son mujeres y que prescinde por completo del elemento romántico. Una apuesta que, por muy increíble e indignante que suene, los estudios tenían miedo de jugar (ellos no conciben algo así si no es para ofrecérselo a Bruce Willis y Channing Tatum). Sin embargo, Feig tenía claro el potencial de la idea, y sabía que McCarthy y Bullock acabarían realizándolo, algo que se ha demostrado con la excelente recaudación que ha cosechado en su país. Y lo cierto es que podemos atribuir sin lugar a dudas el éxito de la fórmula a la gran presencia escénica y el talento cómico de ambas actrices. Está claro que la clave para que un proyecto de estas características funcione es que haya química entre los dos buddies que llevan todo el peso de la película. Y en el caso de Melissa y Sandra la hay a raudales. Sin desmerecer la que hay entre Melissa y la familia de su personaje, que juntos proporcionan algunas de las escenas más divertidas de la película.

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Estos “cuerpos especiales” (pensándolo bien, el título en español no solo es malo, sino ofensivo) son bastante arquetípicos, y así es como las actrices los interpretan, como si de verdad la película hubiera tenido lugar hace dos décadas, jugando a la caricatura y pasándoselo genial (algo que traspasa la pantalla). La agente especial del FBI Sarah Ashburn (Bullock) es metódica, estirada, vive sola (ocasionalmente le hace compañía el gato de la vecina) y cae mal a sus compañeros. La agente de policía Shannon Mullins (McCarthy) es su opuesto en todos los sentidos. Es rebelde, grosera, se ha criado en la calle y sus métodos no son precisamente protocolarios. Como mandan los dictados del género, ambas se ven obligadas a trabajar juntas para resolver un gran caso, dejando a un lado sus diferencias y tratando de encontrar puntos en común en sus antagónicas personalidades. Es lo de siempre, pero Bullock y McCarthy hacen que no nos importe pasar por ello otra vez.

Cuerpos especiales también cumple uno de los requisitos (incomprensiblemente) indispensables de las nuevas comedias norteamericanas: su metraje asciende a casi dos horas. Por culpa de la excesiva duración de la película, Feig tiene tiempo de sobra tanto para brillar como para patinar. Hay momentos de comedia verdaderamente inspirados, pero en líneas generales se queda bastante lejos del anterior trabajo del autor. Sin embargo, Bullock y McCarthy se las arreglan para estar siempre por encima de una historia que acaba perdiendo fuerza y desvaneciéndose en lo predecible. Sus hilarantes encontronazos y la inevitable confraternización (que no por esperable resulta menos emotiva) ayudan a sobrellevar lo convencional que resulta todo lo demás.

Valoración: ★★★

Crítica: Juerga hasta el fin (This Is the End)

1170481 - This Is The End

Existe en Hollywood una generación de jóvenes actores que únicamente se diferencian del veinte y treintañero de a pie por su éxito y sus desorbitadas cuentas bancarias. La hornada Freaks and Geeks ha esquivado el gen problemático que sí ha afectado a las generaciones inmediatamente posteriores. Este grupo de actores no son conocidos por ingresar todas las semanas en centros de rehabilitación o rellenar páginas de papel couché, sino por sus trabajos y sus personalidades artísticas. Fumados, sí, pero también centrados. Tomando como punto de partida la imagen pública de todos ellos, Seth Rogen y Evan Goldberg han construido con Juerga hasta el fin (This Is the End) una suerte de Gran Hermano -o más bien un Dead Setde la generación Apatow.

Juerga hasta el fin, basada en el corto de los mismos creadores Jay and Seth versus the Apocalypsepropone una de las historias más originales y prometedoras de la cartelera en mucho tiempo. En una de sus habituales visitas a Los Ángeles, Jay Baruchel se reencuentra con su amigo de toda la vida Seth Rogen, que lo invita a la fiesta de inauguración de la nueva casa de James Franco. Allí se congregan colegas anónimos, estrellas y pseudo-estrellas del panorama de la comedia actual (aquello parece a ratos una fiesta de 1170481 - The End Of The WorldNBC), además de alguna que otra popstar (Rihanna) y una visitante del otro lado del charco, Emma Watson. En el transcurso de la fiesta, el Apocalipsis da comienzo en el exterior. Baruchel, Rogen, Hill, Franco (que está inconmensurable), y los eslabones más débiles de la película, los antipáticos Danny McBride y Craig Ferguson, se quedan encerrados en casa. Fuera parece que las puertas del Infierno se han abierto de par en par y Los Ángeles es pasto de las llamas del averno. La cosa parece bastante grave, porque “los actores famosos son los primeros en ser rescatados en estas situaciones“, y sin embargo nadie viene a por ellos. Se masca la tragedia, pero hay reservas suficientes de marihuana para sobrellevarla.

Todos los actores se interpretan a sí mismos, aunque más bien todos son una proyección amplificada y aberrante de la percepción que el público tiene de ellos. Caricaturas generadas a partir de rasgos descontextualizados o rumores que los reducen a la mínima expresión, pero que también los convierten en divertidísimos arquetipos. Baruchel es un hipster canadiense anti-yanqui, Rogen es un osito de peluche con un botón en la barriga que permite oír su risa, Jonah Hill es un pelota remilgado con el ego subido por su nominación al Oscar, y Franco es un colgado excéntrico con irrefrenables tendencias homosexuales. De los numerosos y geniales cameos (atención al de Channing Tatum, brutal) destaca un absolutamente excesivo y demencial Michael Cera, que lleva su imagen de “rarito” hasta límites insospechados. A ratos, Juerga hasta el fin parece una sátira sobre la fama, un tratado acerca de lo que une y distancia al actor del individuo anónimo. Pero solo a ratos. El resto del tiempo la película es simplemente una otra comedia disparatada y ramplona, un elogio de marihuana y depravación que es raro que no haya sido rebautizado en España como “Superfumados y supersalidos contra el fin del mundo“.

Juerga hasta el fin se presenta como el gran acontecimiento meta del momento. Sin embargo, la película de Rogen y Goldberg no tarda en despachar a las estrellas que abarrotan la casa de Franco -uno de los grandes atractivos de la cinta es ver morir a toda esta gente- para convertirse rápidamente en algo así como una sitcom de fumados. Hasta su desenfrenado tramo final, los seis protagonistas apenas salen de la casa -que vemos rodeada de destrucción en planos de transición, al más puro estilo telecomedia para toda la familia. Y aunque la película sea ocasionalmente desternillante, y nos proporcione algunos de los momentos cinematográficos más memorables del año, el conjunto no está a la altura de las circunstancias.

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Dejando a un lado el importante factor sobrenatural, Juerga hasta el fin no es más que una buddy movie, una película hecha por un grupo de colegas con ganas de pasarlo en grande, y por tanto, una cinta más deudora de Superfumados -Pineapple Express- que de Supersalidos -Superbad- (ambas escritas por Goldberg). Y esa es su mayor virtud, y su principal problema. A pesar de que logran que no nos aburramos ni un solo segundo, todo lo que a estos amiguetes les mata de la risa quizás no sea tan gracioso para nosotros, y esto resulta en más de un gag desatinado y desfasado. Los golpes de genialidad cómica son más bien aislados. Juerga hasta el fin destaca sobre todo por su habilidad para hacer reír a base de imágenes impactantes -léase Emma Watson cortando un pene gigante con un hacha- y situaciones extremas. Está claro que Rogen y Goldberg se las han bastado solos para hacer una de las películas más divertidas del año, y con eso deberíamos darnos con un canto en los dientes, pero no les habría venido mal la mano de un Judd Apatow o un Paul Feig. Quizás así Juerga hasta el fin hubiera tenido algo más de corazón, y de cabeza.