El regreso de Mary Poppins: Feliz vuelta a la infancia

El legado de Mary Poppins es inmenso, tanto como el fondo del bolso mágico de su protagonista. La película de 1964 enamoró a varias generaciones de niños y adultos convirtiéndose en un clásico imperecedero, marcó un antes y un después en el cine gracias a su revolucionaria fusión de imagen real y animación  y catapultó a la fama a Julie Andrews, sellando su destino como leyenda del cine con una interpretación icónica e inolvidable que le valió un Oscar. La reciente etapa de Disney, caracterizada por la nostalgia y la recreación sus glorias pasadas, ha llevado al estudio a solicitar de nuevo los servicios de la niñera más famosa del cine en El regreso de Mary Poppins (Mary Poppins Returns), secuela oficial que llega 54 años después de la original.

Por el contrario, en el mundo de los Banks ha transcurrido menos tiempo. El regreso de Mary Poppins se desarrolla en el Londres de 1934, durante la Gran Depresión. Los hermanos Jane (Emily Mortimer) y Michael Banks (Ben Whishaw) han crecido, y ahora se enfrentan a los problemas de la vida adulta. Tras la muerte de la mujer de Michael y ante la posible pérdida a manos del banco de la casa donde crecieron (y crecimos), los Banks vuelven a necesitar a su niñera de la infancia, Mary Poppins (reencarnada en Emily Blunt). La institutriz “prácticamente perfecta en todo” vuelve a sus vidas para ayudarles a recuperar la esperanza y la alegría que han perdido al dejar atrás la infancia, inundando de música, luz y color el sombrío Londres junto a su antiguo amigo, el farolero Jack (Lin-Manuel Miranda).

El regreso de Mary Poppins podría haber salido mal por muchas razones. Continuar una de las joyas de la corona de Disney, tan querida e importante para tantas personas, cuyo papel protagonista se asocia indivisiblemente a una actriz en concreto, era una tarea muy arriesgada. Pero Disney la ha acometido de la mejor manera posible: dejando intacta la esencia de la obra maestra originalEl regreso de Mary Poppins es una película de las que ya no se hacen, un trabajo de tal clasicismo que podría haberse estrenado (casi) tal cual en los 60. El director, Rob Marshall (Chicago), pone su sensibilidad académica y su valiosa experiencia en el género musical al servicio de un film de otro tiempo y a la vez atemporal, en el que apenas hay concesiones a nuestra época o salidas de tono que delaten el año al que pertenece (más allá de los avanzados efectos especiales). Sus créditos iniciales al más puro estilo del Hollywood dorado, su puesta en escena y decorados vintage, sus diálogos inocentes, su mensaje inadulterado… todo en ella desprende el aroma del sistema de estudios y el cine de la vieja escuela.

Con más canciones que su predecesora y la presencia de Lin-Manuel Miranda (creador del fenómeno de Broadway Hamilton y compositor de las canciones de Vaiana), El regreso de Mary Poppins abraza más abiertamente su condición de musical, dejándonos números verdaderamente exquisitos, colando incluso algún que otro rap marca Miranda (como era de esperar). Si bien unos cuantos se desvanecerán fácilmente con el paso del tiempo, hay otros (‘A Cover is Not the Book’, ‘Trip a Little Light Fantastic’) que se quedarán grabados para siempre en la memoria del espectador, de la misma manera que lo hicieron los del clásico original.

Y es que, aunque oficialmente sea catalogada como secuela, El regreso de Mary Poppins es en realidad un remake (no tan) encubierto, ya que además de recuperar símbolos como la cometa, la banda de sufragista de la señora Banks o los objetos mágicos de Mary, reproduce la estructura de la película de Robert Stevenson y evoca una a una sus escenas más emblemáticas, solo que variando los elementos. Si en la original teníamos una canción para ordenar la habitación, en esta hay una para la hora del baño; el viaje a través de la baldosa pintada con tiza de la primera película (donde tiene lugar el “Supercalifragilisticoespialidoso”) aquí tiene su reflejo en una visita al mundo animado poblado por animales parlantes en la porcelana de un jarrón; la parada en casa del tío Albert que acaba con los protagonistas flotando de la risa reverbera en la secuencia de la prima Topsy (breve aparición de Meryl Streep), en la que todo se vuelve del revés… Y así hasta el final.

Un final, por cierto, que seguramente pasará a la historia como uno de los más bonitos que se han hecho jamás. A la película le cuesta coger fuerza y encontrar su ritmo, llegando a tener una primera media hora algo irregular, incluso pesada, en la que sobran varias canciones. Pero desde que Mary Poppins aparece por primera vez entre las nubes, la historia coge impulso y las emociones empiezan a arrollarnos. Sus números musicales, excelentemente ejecutados e interpretados, van de menos a más, aumentando en ambición y espectacularidad a medida que avanza el metraje, pero siempre conservando ese regusto tradicional del que hablábamos. Y después de acompañar a los Banks, a Mary y a Jack en sus extraordinarias peripecias, la historia culmina en un catártico desenlace que hace volar, literalmente. No importa lo cursi que sea, las veces incontables que hemos oído su mensaje (no hay que olvidar al niño perdido que todos llevamos dentro para ser felices), el optimismo y la alegría de este gran final nos embargan, y contener las lágrimas se convierte en una tarea imposible.

Os estaréis preguntando qué hay de Emily Blunt como Mary Poppins. Pues bien, estábamos en lo cierto cuando, ante el anuncio de su fichaje, pensamos en que no había mejor candidata para el puesto. No cabe duda, ella es Mary Poppins. Exudando carisma y presencia escénica, Blunt hace suyo el personaje sin quitárselo a Andrews. Lejos de reinventarla en un rapto de egolatría interpretativa, la actriz británica sigue al pie de la letra las pautas de su insigne precursora y reproduce lo que nos enamoró del personaje, ese carácter estricto (incluso borde) pero divertido y entrañable, dotándola de una profundidad y una riqueza de matices que corroboran el gran talento que ya conocíamos. Junto a ella brilla un elenco inmejorable, en el que destacan Ben Whishaw y Emily Mortimer, que nos convencen de que estamos de verdad ante los Banks con los que crecimos, una gloriosa Julie Walters robando por completo todas las escenas en las que aparece, Colin Firth haciendo exactamente lo que esperamos de él en un papel de villano, y Lin-Manuel Miranda aportando ternura, simpatía y nobleza en uno de los personajes más entrañables del año. Por no hablar de la presencia de los legendarios Dick Van DykeAngela Lansbury, cuyas apariciones van directas al corazón.

El regreso de Mary Poppins funciona como el reloj más infalible. Supone la vuelta del cine familiar que se hacía hace cinco décadas, componiendo un precioso homenaje rebosante de fantasía, magia y amor por los clásicos que transporta directamente a la infancia, te arropa y te canta una canción para que te vayas a dormir sin preocupaciones, proporcionando una sensación de calidez y felicidad que hacía tiempo que no sentíamos en el cine.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Kingsman – El círculo de oro

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El éxito de Kingsman: Servicio secreto en 2015 fue todo un soplo de aire fresco en una cartelera monopolizada por las propiedades archiconocidas y las ideas recicladas. Siguiendo la estela de Kick-Ass, Matthew Vaughn presentaba un cóctel de acción exagerada, violencia extrema y humor irreverente que le daba una vuelta de tuerca a James Bond y el cine de espías para lanzar una nueva franquicia original. La idea de Vaughn era la de crear una nueva saga de cómics y películas, y con la secuela, que llega tan solo dos años después de la primera entrega, confirma sus planes. Kingsman: El círculo de oro (Kingsman: The Golden Circle) es continuación, pero también es, a su manera, es un nuevo comienzo.

Nos reencontramos con Eggsy Unwin (Taron Egerton), el irresistible cani inglés convertido en agente especial del servicio secreto de los Kingsman, que ahora ocupa el lugar de su fallecido mentor, Harry Hart (Colin Firth). Eggsy y el especialista tecnológico Merlin (Mark Strong) se enfrentan a una enorme pérdida cuando la base de los Kingsman en el Reino Unido sufre un devastador ataque, lo que les lleva a viajar hasta Kentucky, donde descubrirán otra organización de élite secreta similar a la suya, los Statesman. Los Kingsman deberán aliarse con ellos para enfrentarse a un enemigo común, Poppy (Julianne Moore), la reina global del narcotráfico, una CEO mitad Martha Stewart mitad asesina en serie desquiciada que maneja los hilos de la droga desde su remota guarida, Poppyland. Eggsy, Merlin y sus nuevos socios tratarán de detener el ambicioso plan de la villana, que amenaza con acabar con la vida de millones de personas alrededor del mundo.

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Como dictan las normas de las secuelas, Kingsman: El círculo de oro aumenta la espectacularidad de la acción, extiende su universo de ficción con una nueva rama de espías (y la posibilidad de muchas otras más) y salta de lo local a lo internacional con una aventura que abarca varios continentes. La secuela nos lleva a la Norteamérica de los sombreros de cowboy (satirizada por un Channing Tatum con acento de paleto yanqui) y culmina en un diner de los 50 en medio de la jungla, con paradas en el festival de Glastonbury y en la nieve. Pero como suele ocurrir también con las segundas partes, El círculo de oro se queda muy lejos de su predecesora.

El problema principal de El círculo de oro es la desaparición del factor sorpresa. Si la primera Kingsman funcionaba tan bien era porque no nos la esperábamos, porque no sabíamos hasta qué punto llegaba el exceso de la propuesta de Vaughn. Para la secuela, la novedad se ha desvanecido. Pero no solo eso. En El círculo de oro parece que no se ha puesto tanto esfuerzo e ilusión como en Servicio secreto. En esta nueva entrega, la trama es muy (demasiado) similar a la de la primera (hay escenas calcadas, concebidas como autorreferencias, pero que en realidad solo sirven para provocar déjà vu), el humor no está tan conseguido y el ritmo es atropellado, lo que hace que las 2 horas y 20 minutos que dura la película acaben pasando factura. Vaughn apuesta por la cantidad por encima de la calidad, por el espectáculo por encima del desarrollo de personajes, y se conforma con repetir la jugada, solo que con menos gracia y menos creatividad, resultando en una película sobrecargada que no siempre da con la nota.

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Claro que El círculo de oro posee alicientes de sobra como para, al menos, intentar pasar por alto sus defectos y dejarse llevar una vez más por la propuesta alocada de Vaughn. En primer lugar, la acción. Las peleas cuerpo a cuerpo de la película son impresionantes, desde el primer enfrentamiento entre Eggsy y Charlie (Edward Holcroft) en el asiento trasero de un coche hasta el explosivo clímax. Haciendo un uso adecuado de los efectos digitales, Vaughn orquesta vertiginosos combates de inclinación cartoon que parecen las páginas de un cómic cobrando vida en la pantalla (solo faltan las onomatopeyas a lo Batman). Por otro lado, como adelantaba, hay que elogiar una vez más el compromiso del director por la locura más insolente, aunque esta vez parezca cortarse un poco. El círculo de oro no supera en chifladura a la primera película (con esa polémica masacre en la iglesia y ese clímax con cabezas explotando era imposible), pero tiene escenas, giros argumentales y set pieces pasados de rosca para repartir. Y por último, pero no por ello menos importante, su atractivo reparto logra compensar las carencias de la película. De hecho, es posible que sean sus estrellas (y la debilidad que nosotros podamos sentir por ellas) las responsables de que seamos más indulgentes con ella de lo que se merece.

Taron Egerton está incluso mejor que en la primera parte. Su Eggsy tiene más experiencia y ostenta una posición de mayor responsabilidad en la organización, y con él, Egerton se afianza como protagonista, demostrando que es más que capaz de llevar las riendas de una saga como esta -solo falla en su historia de amor con la princesa Tilde (Hanna Alström), pero no es su culpa, sino del guion, que no consigue que esa vertiente de la película funcione. Dejando esto a un lado, el joven actor está muy bien acompañado. Mark Strong adquiere mayor protagonismo para convertirse en uno de los puntos más fuertes de la secuela y Colin Firth regresa “por sorpresa” para aportar la elegancia y el saber estar que lo caracteriza, aunque esta vez parece un poco más desganado que la primera.

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El reparto aumenta con los norteamericanos Channing Tatum, Halle Berry y Jeff Bridges, fichajes que animan el cotarro, pero que son sobre todo cebo para la audiencia estadounidense. El omnipresente Pedro Pascal es la excepción, con un personaje de mayor peso y un arma especial que da mucho juego en el apartado visual, un lazo de cowboy eléctrico. Pero aquí la que se lleva el gato al agua es Julianne Moore. Su Poppy es la verdadera estrella de la película, una irresistible y divertidísima stepford wife psicópata que nos regala los mejores momentos del film. La actriz lo borda (como casi siempre), está absolutamente genial y solo por ella ya merece la pena ver El círculo de oro. Por ella y por Elton John. Pero sobre su papel en la película es mejor no saber nada, porque es demencial.

Kingsman: El círculo de oro es muy inferior a la primera entrega. Falta riesgo, es más sosa, menos graciosa y su trama está menos trabajada. Además, si en la película original ya chirriaban algunos momentos machistas, la secuela no hace por corregir el curso, sino que lo empeora: más sexualización, clichés tipo “¿No pegarás a una mujer?” o “Eso no es propio de una dama”, más personajes masculinos (Kingsman es un club de nabos, no hay ni una mujer participando en las escenas de acción y a una indignantemente desaprovechada Halle Berry le hacen el favor de invitarla al club, pero cuando ya ha terminado todo), y por último, hay una lamentable secuencia en la que Eggsy tiene que plantarle un dispositivo rastreador a una chica… dentro de la vagina. En fin.

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Afortunadamente, hay disparate y distracción de sobra para, al menos, intentar pasar todo eso por alto y dejarse llevar por su sentido del humor: al fin y al cabo, Vaughn no se toma en serio en ningún momento, y nos pide que nosotros tampoco lo hagamos. Y para ello, vuelve a jugar las cartas que mejor funcionaron la primera vez: acción elegante, violencia hiperestilizada, provocadora sátira política (la guerra contra la droga del presidente de los Estados Unidos es uno de los puntazos más inteligentes del film) y la excentricidad desvergonzada que tanto nos gustó de la original. La película termina con una advertencia: esto es solo el principioEl círculo secreto cumple el propósito de ampliar el universo Kingsman y poner los cimientos para una saga que podría durar hasta que la audiencia se canse. El problema es que los síntomas de agotamiento ya son más que visibles y eso que solo estamos en la segunda parte, así que más les vale ponerle más empeño a la tercera entrega.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: El editor de libros (Genius)

Michael Grandage, director artístico del prestigioso Teatro Donmar Warehouse de Londres y a quien muchos ya proclaman sucesor de Sam Mendes, debuta en la dirección de cine con El editor de libros (Genius), film basado en la biografía Max Perkins: El editor de libros, de A. Scott Berg. La ópera prima de Grandage nos cuenta la relación del famoso autor norteamericano Thomas Wolfe y su editor, Max Perkins, la persona que descubrió a otros importantes novelistas como F. Scott Fitzgerald, John Steinbeck o Ernest Hemingway.

Mostrándonos el trabajo de Perkins en la editorial neoyorquina Scribner y cómo este afecta a su vida privada, la película supone un apasionado recorrido por el arte de la creación literaria y el mundo editorial en la Norteamérica de los años 30. Colin Firth se pone en la piel del editor, un hombre sereno, intuitivo y analítico que ve cómo su mundo se tambalea con la irrupción de un torbellino creativo, Thomas Wolfe, interpretado por Jude Law (que está viviendo recientemente un resurgimiento profesional). Wolfe es un diamante en bruto, un artista de ingenio desbordante y tendencia al exceso que necesita ser pulido antes de presentarse al gran público. Ese es el trabajo de Perkins, y la labor del editor de libros, un profesional que debe gestionar la creatividad del autor para que la obra alcance la forma perfecta.

El editor de libros nos habla de una tumultuosa pero preciosa relación profesional convertida con el tiempo en amistosa y familiar, en la que el joven Wolfe desempeña hasta cierto punto el papel de hijo de Perkins (quien solo tuvo hijas). Colin Firth (Perkins) vuelve a dejar constancia de su enorme talento y presencia con una interpretación equilibrada, contenida y llena de matices (la película es suya, no cabe duda), mientras que Jude Law (Wolfe) es todo histrionismo, vehemencia y entusiasmo infantil, un trabajo entregado, pero también más irritante que carismático. Firth y Law son secundados por Laura Linney, que interpreta a la sufrida esposa de Perkins, y una magnética Nicole Kidman, cuyo personaje es esencial a la hora de dibujar el carácter impetuoso e irresistible de Wolfe, un hombre incapaz de corresponder la profunda dependencia emocional que genera.

Pero además de constituir un melancólico drama de promesas y decepciones, El editor de libros es una oda a la labor profesional del editor, pieza clave en la formación de muchos de los grandes genios literarios del siglo XX, que debe permanecer en la sombra mientras el autor se lleva la gloria y la fama (como Perkins reconoce en la película, dedicar un libro al editor está mal visto, pues este debe ser invisible).

Aunque El editor de libros no es más que otro biopic al uso que no será especialmente recordado, la excelente puesta en escenaambientación, así como el entusiasmo y la pasión con la que Grandage aborda el proceso creativo de Wolfe y su editor/ángel de la guarda, hacen que la película suponga un homenaje inspirado y convincente, además de especialmente idóneo, incluso imprescindible, para los amantes de la literatura, y en concreto de los grandes autores estadounidenses del siglo pasado.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Kingsman – Servicio Secreto

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Desde los lejanos tiempos de Stardust (2004), Matthew Vaughn había expresado su deseo de realizar una película de James Bond. No tenía por qué ser una entrega de la saga del agente 007 propiamente dicha (aunque no creemos que dijera que no si se la ofrecieran), sino que bastaba con hacer una película de espías con la que el director londinense pudiera rendir homenaje a uno de sus géneros favoritos. Durante el rodaje de Kick-Ass, la idea tomó forma junto al novelista gráfico Mark Millar (co-autor del cómic en el que se basaba aquella gozada postmoderna), que se encargó de elaborar una novela gráfica que narrase los orígenes de un espía de élite como Bond, pero con un pequeño giro: el candidato era un gamberro callejero, un chav inglés con la lengua y las manos muy sueltas. Así nacía El servicio secreto, historia en viñetas en la que se basa Kingsman: Servicio Secreto, la última locura comiquera del director de X-Men: Primera generación.

Para la primera película de Bond, Agente 007 contra el Dr. No, su director, Terence Young, tuvo satisfacer los deseos de Ian Fleming y convertir a Sean Connery en el caballero que el autor había concebido. Para ello, Young “educó” a Connery durante un tiempo, llevándolo a restaurantes elegantes, enseñándole a hablar como un gentleman y lo más importante, llevándole a su sastre para que le hiciera un traje a medida. Esta es básicamente la premisa de Kingsman, en la que el recién llegado Taron Egerton se convierte en ese joven asalvajado que debe transformarse en un espía capaz de aniquilar a los enemigos sin arrugarse la chaqueta ni perder la educación en ningún momento. Para instruir a Eggsy, que es como se llama el joven aprendiz de espía, durante su viaje de una clase social a otra (de trashposh en 10 sencillos pasos), hacía falta alguien que personificase el porte británico que caracteriza a Bond, y quién mejor que Colin Firth, epítome incontestable del donaire British, para dar vida al kingsman Harry Hart. Ya está, tenemos premisa, localización, casting perfecto. ¿Qué es lo siguiente? Pues está claro, volverse completamente loco de las pelotas.

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Porque además de una carta de amor a todo lo británico (Michael Caine también está en el ajo), Kingsman: Servicio Secreto es una auténtica desbarrada sin ningún tipo de autocontrol, una gamberrada deliberadamente excesiva y escandalosa que cruza el límite del buen gusto en numerosas ocasiones, pero que como el propio Firth, lo hace sin despeinarse o perder un ápice de su sofisticada elegancia. Vaughn da rienda suelta al Tarantino que lleva dentro, a quien parece estar sacando el paso en algunas de las escenas más violentas y polémicas de la cinta, como la brutalmente gráfica masacre en la iglesia (que ha escandalizado, y con razón, a muchos sectores conservadores y no tan conservadores de EE.UU.), que a muchos recordará al enfrentamiento de la Novia contra Go-Go y los 88 Maníacos en Kill Bill Vol. 1, o el clímax, con una impresionante exhibición de fuegos artificiales estallando con los colores del arcoíris con cientos de cabezas de miembros de la alta sociedad y la política explotando al ritmo del himno patriótico británico “Land of Hope and Glory”. Sublime. Sangre a borbotones, brazos y piernas volando por los aires, espías partidos por la mitad (como si estuviéramos viendo una de Takashi Miike), torsos empalados, cabezas atravesadas por todo tipo de arma. La violencia no cesa en Kingsman, aunque su presentación híper-estilizada (con bastante mano de CGI) resta impacto, sobre todo para los aficionados al cómic adulto.

Pero Kingsman es mucho más que un cafre desfile de provocaciones para que los más remilgados se lleven la mano a la cabeza y los fanboys aplaudan excitados. Kingsman es sobre todo una ejemplar comedia de acción, una parodia irreverente de las películas de espías que no se deja ni un solo lugar común por desmontar y subvertir. Vaughn echa mano de los tópicos bondianos más reconocibles, los expone de forma brillante (el traje, la bebida de elección del caballero, la forma de hablar, el villano caricaturesco), y a continuación les da vuelta, se ríe de los clichés más estúpidos y desmonta el género con gran ingenio para hacer la película de espías que le da la gana hacer. En este sentido, Kingsman encaja como pieza de tetris en la filmografía del autor, situándose a medio camino entre Crimen organizado X-Men: Primera generación (de la que rescata la dinámica de la academia de jóvenes, a la que añade un divertido componente Juegos del hambre), y continuando el espíritu autorreferencial y agitador de Kick-Ass (en cierto modo para correr un tupido velo sobre su secuela). Pero entre golpes, espías con cuchillas en lugar de piernas (cómo mola Gazelle, ¿eh?), fuentes de sangre y excursiones a la estratosfera, Vaughn cuela momentos de respiro para descansar de la locura (¡ay el carlino!) y se permite reflexionar sobre la lucha de clases y la importancia del legado. La sátira no brilla por su sutilidad, pero igualmente el mensaje llega alto y claro.

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Por último, Kingsman es la película que nos ha mostrado a Colin Firth haciendo cosas que nunca le habíamos visto hacer en el cine (paradójicamente, sin dejar de ser en ningún momento el Colin Firth que conocemos) y nos ha dado a Samuel L. Jackson (otra conexión tarantiniana) como el megalómano Valentine, archinémesis de los Kingsman que habla con frenillo y se marea con la sangre (sí, a Vaughn casi se le va de las manos la broma con él). Pero sin duda, la mayor revelación de la película es esa futura estrella que es Taron Egerton, heartthrob inglés que en su primer gran papel para el cine ya ha demostrado un enorme talento y versatilidad. Harry Hart cede el testigo de la organización Kingsman a Eggsy, y si quieren, Vaughn y Millar tienen entre manos una interesante mitología y un nuevo héroe con posibilidades de sobra para expandirse en una saga de éxito.

Valoración: ★★★★

Crítica: Un largo viaje (The Railway Man)

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Un largo viaje, genérico título español para The Railway Man de Jonathan Teplitzky (Burning ManMejor que el sexo), es la historia real de Eric Lomax, un soldado británico de la Segunda Guerra Mundial que, junto a su pelotón, fue apresado, esclavizado y torturado por el enemigo durante un largo cautiverio en un campo de trabajo japonés. Muchos años después, Lomax, interpretado por Colin Firth, descubre que su verdugo sigue con vida y no solo no se ha movido del lugar de sus crímenes, sino que ejerce como guía turístico de la zona. Aún en contacto con uno de los compañeros con los que vivió los horrores de la guerra (Stellan Skarsgård) y tras conocer a la mujer de su vida, Patti (Nicole Kidman), Lomax se propone enfrentarse al hombre que condicionó el resto de su vida.

Un largo viaje es una historia de supervivencia y perdón basada en el best-seller autobiográfico (publicado en 1995) de Lomax, y nos habla del largo y tormentoso recorrido personal de un hombre horriblemente dañado por su pasado, y cuyas heridas siguen muy abiertas. Colin Firth da vida con suma delicadeza y sin miedo alguno a ser turbio y despiadado, a este ex soldado aficionado a los trenes cuyo aspecto erudito y apacible oculta el hecho de que fue uno de los soldados más valientes de la guerra. Su obsesión por el mundo del tren (que se extiende hasta conocer perfectamente todos los itinerarios posibles del territorio británico) no es sino una manifestación del lacerante trauma que lo mantiene conectado, a través de los miles de kilómetros de líneas ferroviarias, con la pesadilla que solo él conoce. Y Firth transmite brillantemente -como de costumbre- el insoportable dolor que esto significa.

The-Railway-Man-PosterLa historia de Lomax nos obliga a saltar en el tiempo, primero desde un evocador prólogo de hermoso romanticismo en el que se nos muestra, con muy buen pulso, el enamoramiento de Eric y Patti -Kidman tan convincente y vulnerable como siempre. Y después entre el presente -la dificultosa vida en pareja del matrimonio, una vez atravesada la etapa de recién casados- y el pasado en Japón, donde conocemos al joven Lomax, interpretado por Jeremy Irvine (War Horse). Él es quien se merece en este caso todos los laureles por dar vida a la versión joven de Colin Firth, y no solo por su excelente trabajo de contención dramática y complejidad emocional, sino también por hacernos creer en todo momento que estamos viendo realmente a la encarnación pasada del actor británico. Irvine sobresale de un elenco en el que también despunta el joven actor que da vida al verdugo de Lomax, Tanroh Ishida. Ambos aguantan estoicamente la mayor carga dramática de la película y allanan el camino para que sus dos versiones adultas -también estupendo Hiroyuki Sanada– concluyan el film con un satisfactorio cara a cara.

Sin embargo, Un largo viaje es también una película de desequilibrios. Teplitzky no logra aguantar el ritmo mientras trata de hilvanar pasado y presente, y se le va la historia de las manos con secuencias excesivamente largas, o excesivamente cortas, y no del todo bien conectadas. Además, aunque la película nos ofrezca interpretaciones reseñables, no hay nada verdaderamente destacable, técnica, estética o narrativamente, que las encuadre y las haga memorables. Es decir, Un largo viaje es una película demasiado correcta, austera y convencional (incluso anticuada), un film que trata con mucho respeto, y quizás con demasiado tiento, el síndrome post-traumático de la guerra, resultando en un trabajo carente del impacto y la emoción que suelen conllevar estos relatos bélicos tan profundamente humanos por definición. Si Un largo viaje  nos conmueve no es por cómo está hecha, sino porque la historia de Lomax es por sí sola lo suficientemente poderosa como para afectarnos, sobre todo con su tremenda conclusión: “En algún momento hay que dejar de odiar“.

Valoración: ★★★