Crítica: Sully

sully-eastwood

Después de adentrarse en la mente de Chris Kyle en El francotirador, Clint Eastwood vuelve a reflexionar sobre qué es lo que convierte a un hombre “normal” en un héroe con Sullyla fascinante historia real del Capitán Chesley Sullenberger, el veterano piloto norteamericano que hace siete años conmovió a todo el mundo llevando a cabo la hazaña que se dio a conocer como “El milagro del Hudson”.

El 15 de enero de 2009, Sully, que es como se conoce cariñosamente a este piloto con más de cuarenta años de experiencia de vuelo a sus espaldas, hizo amerizar su avión, averiado tras el impacto de una bandada de pájaros en los motores, sobre las gélidas aguas del río Hudson, en Nueva York, salvando la vida de las 155 personas a bordo. Sully se convirtió inmediatamente en un héroe para el público y recibió un tratamiento digno de este título en los medios. Sin embargo, mientras el piloto era aclamado popularmente por una hazaña nunca vista, estaba teniendo lugar una investigación que ponía en duda su decisión de aterrizar en el agua supuestamente poniendo en peligro a los pasajeros, y amenazaba con destruir su reputación y su situación económica a las puertas de su merecida jubilación.

Con Sully, Eastwood realiza una convencida y conservadora oda a la profesionalidad, así como también el intenso retrato de un hombre atormentado por una arriesgada decisión, por el maldito “y si…”, magnificado por un tribunal que pone en duda su reacción ante una situación a la que ningún piloto se había enfrentado antes. En este sentido, Tom Hanks vuelve a realizar una interpretación ejemplar como Sully, un trabajo firme y contenido con el que demuestra una vez más que es uno de los mejores actores vivos. Sin llegar a estar tan sublime como en Capitán Phillips, Hanks, epítome del buen hombre, insiste en bordar al protagonista caracterizado por su bondad intrínseca y rectitud moral que se convierte en el gran héroe humano (o americano, que para los realizadores que lo dirigen últimamente es lo mismo).

es-one-sheet-sullyPero Sully no es solo Hanks, también es Aaron Eckhart (fantástico como el otro héroe, el co-piloto de Sully), y sobre todo es Clint Eastwood, un director que, a sus 86 años, y a pesar de algún que otro traspiés (ejem, Jersey Boys) y de sus chocheantes declaraciones recientes, sigue en plena forma como cineastaSully es una película de una fuerza indudable, además de un trabajo narrativo sobresaliente. Eastwood dosifica muy bien la información y dota al film de la mejor estructura posible, alternando la calma tensa de los días posteriores al “accidente” con la recreación del mismo, que se nos ofrece por partes atendiendo a las necesidades de la historia. Sin duda, lo mejor de Sully son las escenas en el aire y la reconstrucción del aterrizaje forzoso, tramos impecablemente filmados (aprovechando bien las posibilidades del IMAX) que nos dejan con el corazón en un puño. Es difícil permanecer impasible ante las sobrecogedoras imágenes del “milagro” o durante los terroríficos 208 segundos entre el impacto inicial y el amerizaje.

Desafortunadamente, Eastwood descarrila al final, entregándose al “Hollywood ending” en un desenlace excesivamente moralizador y almibarado. Sully concluye de la forma más cursi, con un discurso exaltado y facilón (“los héroes somos todos”), un chiste anticlimático (a pesar de ser bueno), la presencia del Sully real y los pasajeros del 1549 de US Airways, y una melosa utilización de la música que culmina en una canción “de Oscar” que roza la parodia. Sin embargo, se trata de un mal menor que no empaña la gran labor narrativa y técnica que Eastwood ha realizado hasta ese momento, un trabajo tan experto y eficiente que ni el momento más patriótico o hagiográfico puede estropearlo.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Jersey Boys

JERSEY BOYS

Aunque no es su faceta más conocida, la carrera cinematográfica de Clint Eastwood siempre ha estado estrechamente ligada a la música. Durante los años más álgidos de su recorrido como actor demostró en varias ocasiones que tenía madera de estrella del country (véase La gran pelea  Aventurero de medianoche), y a finales de los 80 se ganó su gran reputación como director con el biopic Bird. A partir de entonces, Eastwood ha desarrollado varios proyectos con los que ha evidenciado su interés personal en el jazz y el blues, géneros a los que se ha aproximado siempre desde la perspectiva historicista (Thelonious Monk: Straight, No Chaser, un episodio de la serie de documentales The Blues). Por eso no es de extrañar que su primer gran musical para el cine (y su 33ª película como realizador) sea Jersey Boys, la historia verdadera del grupo The Four Seasons, basada en la exitosa obra de Broadway. Y por eso también es inexplicable que un “proyecto de pasión” como este haya dado como resultado una obra tan inconsistente, desafinada y poco apasionante.

A partir del material creado por Marshall Brickman y Rick Elice, Jersey Boys narra el ascenso al estrellato de Frankie Valli, Bob Gaudio, Tommy DeVito y Nick Massi, los cuatro jóvenes de Nueva Jersey que formaron el grupo The Four Seasons y triunfaron en la década de los 60 gracias a temas como “Sherry“, “Big Girls Don’t Cry” o “Walk Like a Man“, hasta que sus diferencias y algún que otro problema con la mafia acabó separándolos. A caballo entre el cine de mafiosos y el musical, Eastwood compone un filme toscamente estereotipado en el que los clichés pertenecientes a ambos géneros se acumulan para dar como resultado una película que parece realizada por un recién llegado (no puede ser que alguien tan curtido como Eastwood abuse tanto y tan mal de la ruptura de la cuarta pared). Por eso, más que un clásico, que es probablemente a lo que aspiraba su director, Jersey Boys cae en terreno TV movie, e incluso en ocasiones da la sensación de estar concebida como una parodia.

Póster_jersey-boysLa culpa de que Jersey Boys sea un traspiés artístico no es solo de su deslucida y arrítmica dirección, sino también del fallido reparto. La película está repleta de personajes desagradables sin cualidades redentoras, interpretados por actores mal dirigidos. Christopher Walken se lo pasa bien (quizás demasiado) haciendo de capo de la mafia, pero ni él ni Eastwood se toman al personaje en serio en ningún momento. Y luego está Mike Doyle, reduciendo al productor Bob Crewe a una vergonzante caricatura afeminada y extravagante que ni las películas de Esteso y Pajares (aquí está el verdadero Crewe). De los jóvenes que dan vida al cuarteto protagonista destaca Vicent Piazza, que a pesar de realizar un trabajo técnicamente notable como Tommy DeVito -o quizás por eso mismo- resulta sencillamente insoportable (hay veces que disfrutamos más admirando al villano de la función, pero esta no es una de esas ocasiones). Erich Bergen y Michael Lomeda equilibran la balanza tanto en la banda como en la película, aportando un agradable toque de humor y calidez que ayuda a sobrellevar el tedio.

Sin embargo, el mayor error de Jersey Boys es haber contado con el protagonista original de la obra de Broadway, John Lloyd Young, para que se pusiera en el papel de Valli también para el cine. El actor, que ganó el Tony por este personaje en 2006, demuestra que tener muchas tablas en el escenario no se traduce necesariamente en una buena interpretación delante de las cámaras de cine. Young es uno de los principales responsables de que Jersey Boys parezca a ratos un sketch de Saturday Night Live. Todo en su caracterización resulta forzado y artificial: sus manierismos, su aspecto, y sobre todo su voz. Para emular el característico falsetto del verdadero Valli, Young parece haberse inspirado más bien en un gato apareándose, lo que hace que nos parezca totalmente implausible cada vez que alguien queda sobrecogido por su voz sus alaridos o lo compara con un ángel (puede que esto sea cosa mía, que no soy un entendido en el tema).

Y los actores no son los únicos que desafinan. Todo en Jersey Boys parece hecho con desgana. Los valores de producción están sorprendentemente descuidados (el pobre uso de la animación por ordenador para completar los decorados y añadir extras, el bigote postizo de Gaudio siempre con el pegamento a la vista) y el pulso narrativo brilla por su ausencia: Eastwood pierde el norte en incontables ocasiones a lo largo del metraje y por completo durante la interminable recta final, cuando se encaja con calzador el conflicto de la hija de Valli. Solo parece haber algo de pasión (elemento indispensable en todo musical que se precie) durante la secuencia de los créditos finales, lo que hace plantearnos si quizás hubiera sido mejor confiar la adaptación a otro director. Uno menos interesado en las tribulaciones de la industria discográfica y en la (francamente poco interesante) biografía de estos personajes, y más en insuflar algo de vida y de espíritu musical a la película.

Valoración: ★★