Crítica: The Neon Demon

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– Vogue, Vanity Fair y Nylon, decidme una cosa: ¿qué mujer de este reino es la más hermosa?
– Muy admirada es su belleza, majestad. Pero, ¡oh!, hay una joven que es más bella. Sus ojos tienen algo especial: la limpieza de un alma pura. El alimento preferido de los dioses caníbales del papel cuché. ¡Majestad, exigimos un sacrificio de sangre! El diablo de neón necesita saciar su apetito.

The Neon Demon es la nueva polémica cinematográfica de Nicolas Winding Refn (o NWR como a él le gusta aparecer). Al acercarse a este director, no se puede hablar de simples películas u obras artísticas, sino de polémicas. Maestro de la violencia estilizada que sorprendió con la (sobrevalorada) Bronson (con un Tom Hardy ultradesbocado), encandiló a crítica y público con las desventuras de un silencioso conductor de Uber (Drive) y horrorizó a los mismos que le aplaudieron (salvo al que aquí escribe, que le parece su film más consistente) con su siguiente obra, Solo Dios perdona, se presenta una vez más ante el espectador con una propuesta aún más arriesgada. Aunque sobre el papel, la premisa de The Neon Demon parezca la más anodina de su repertorio, esta es su película más marciana hasta la fecha. Ensoñaciones al más puro estilo Jodorowsky, puestas de escena 100% Argento y un tono excesivo a medio camino entre los universos de Gloria Swanson y Cristal Connors.

Jesse es una adolescente que pisa Los Ángeles con la esperanza de ver cumplido su sueño: ser la nueva Gigi Hadid. Jesse es una más entre las miles de aspirantes a ser un ángel de Victoria’s Secret. Jesse es una más entre las miles de aspirantes a ser un maniquí de primera. Jesse es una más entre las miles de aspirantes que viven en un hostal de mala muerte, de esos donde ocurren los crímenes en las películas. Pero realmente Jesse no es una más entre las miles de aspirantes. Ella tiene algo. Ese no sé qué que lo cambia todo. Si nos ponemos ténicos, Jesse está hecha de la materia de la que están hechos los sueños. Su presencia lo llena todo, nadie puede apartar su mirada de su figura… y solo tiene 16 años. Ruborícense. Ella es la Lolita definitiva. El sumun de la sexualización de la infancia. La perdición con piernas infinitas. Tal es su magnetismo y belleza, que las demás brujas no pueden sino acercarse a ella y bailar a su alrededor.

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La Jesse de NWR es Elle Fanning. Una mujer que vivió su transición a la vida adulta durante el proceso de creación de The Neon Demon. Desde los 16 años con que comenzó el rodaje a los 18 con los que fue abucheada junto a sus compañeros de reparto en Cannes. Fanning logra transmitir a la perfección la falsa inocencia de Jesse, siendo esta su mejor interpretación hasta la fecha. Fanning-Jesse domina su mundo, o por lo menos cree dominarlo. Ella(s) es consciente del poder de la belleza, de su belleza. The Neon Demon no es el típico cuento de joven inocente devorada por una industria despiadada. The Neon Demon es la fábula terrorífica de una millennial sobradamente preparada que es devorada por una industria despiadada.

Las amigas/enemigas de Jesse son tres mujeres del mundo de la moda. Una maquilladora profesional, una top-model en alza y una it-girl que conoció tiempos mejores. Estas tres mujeres forman un aquelarre haute couture que pretende conseguir detener el tiempo. Un presente infinito en el que la belleza se expande, la edad no existe y la virginidad se regenera tras cada penetración. Bella Heathcote (Orgullo + prejuicio + zombies), la supermodelo Abbey Lee y Jena Malone (Donnie Darko, saga Los juegos del hambre) interpretan a estas brujas del siglo XXI. Las caras de palo y la desgana vitriólica de Heathcote y Lee son el retrato perfecto de la generación actual, la de tantos likes tienes, tanto vales. La ironía y el sarcasmo virginal de la generación X ha dejado paso a la desidia sexualmente asexuada de los millennials más evolucionados. Ellas buscan que la belleza sea absoluta, pero no hay que confundirse ante esta afirmación, lo que ellas persiguen realmente es que su belleza, la de ellas mismas, sea absoluta e indiscutible. La bruja Malone es una mujer mayor, ya que en Hollywood, los treinta son los nuevos cincuenta. Malone es la bruja Suprema, la que mueve todos los hilos. Ella aspira a recuperar la pureza del amor y el sexo. Como si el sangrado producto de un himen quebrado tuviese efectos rejuvenecedores.

NWR construye su propio High-Rise en las salas de casting, los baños de las discotecas y las mansiones acristaladas. Pero esta cinta no es una crítica a la sociedad actual como sí lo son distopías como Snowpiercer o la citada obra de Ben WheatleyNWR prefiere recrearse en lo estético antes que en la denuncia, como buen hijo daltónico del cinéma du look que es. Al igual que sus obras anteriores, The Neon Demon es una orgía visual. Desde el neón del título a la oscuridad sin fondo de la habitación de Jesse, la belleza visual del film es incontestable. El feísmo no tiene cabida, realmente en sus momentos más truculentos, es cuando The Neon Demon alcanza sus momentos más arrebatadoramente bellos. Como es habitual, Cliff Martinez se encarga de ambientar a la perfección la siniestra y agobiante hermosura del film. La sorpresa llega en los títulos de crédito, cuando una cantante pop de renombre toma protagonismo: Sia. Su ‘Waving Goodbye’ junto a Diplo es un tema(zo) pop que descoloca, especialmente por el cariz turbio del tramo final del film.

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Aunque como buen genio/niñato no quiera admitir sus hurtos, la cinta de NWR rebosa de influencias cinematográficas y es gracias a esa mezcolanza que roza el pastiche que logra conectar mejor con los espectadores, ya que The Neon Demon no es un film sobre la moda real, sino sobre la imagen que tenemos de la moda y la belleza a través del cine. Las ensoñaciones psicomágicas a lo Alejandro Jodorowsky (que aparece una vez más en los agradecimientos finales), el sinsentido lógico lynchiano (la recepción y asentamiento de Jesse recuerda al de Betty en Mulholland Drive), el mundo aséptico de Cronenberg (tanto a David como al Antiviral de Brandon), algún recurso estilístico cercano a Gaspar Noé (tampoco es la primera vez)… y cierto mamarrachismo (buscado o no) con ecos de Verhoeven (“Siempre hay alguien más joven y hambriento bajando la escalera detrás de ti” podría haber sido la frase promocional de The Neon Demon.

¿Es The Neon Demon una mierda sin terminar o una obra maestra? ¿Es NWR un idiota supremo o el mesías ansiado? The Neon Demon es una obra maestra de mierda realizada por un genio cinematográfico que se cree el mesías ansiado y que está hecha para sacarnos de nuestras casillas. Que NWR se vuelva cada vez más raruno (jodorowskyano sería el término más correcto) es algo que se debe agradecer y, por qué no decirlo, rendir culto… o un buen sabbat.

David Lastra

Nota: ★★★★½

The Knick: Observando las entrañas de la quality television

The Knick

Llevamos muchos años hablando de Edad Dorada de la Televisión, cuando está más que claro que ya no hay necesidad de referirnos a/defender la televisión con esa coletilla. La ficción de calidad es norma, y lleva siéndolo de forma ininterrumpida 15 años. Además, en 2014, la frontera entre cine y televisión está más difusa que nunca. No solo porque ambos medios ya gozan por lo general de similar nombradía, sino porque los formatos se están intercambiando (temporadas breves, binge-watching, remakes, miniseries y sagas de cine en capítulos, con cliffhangers, etc.), dando lugar a una era de total simbiosis entre los dos. En este panorama llega The Knick. Y esta serie de Steven Soderbergh para el semi-desconocido canal de WB/HBO Cinemax no es solo una perfecta representante de estas tendencias, sino también la prueba fehaciente de la enorme sofisticación que ha alcanzado la televisión. Este año nombramos True DetectiveFargo para hablar de nueva quality television, y la estela de Breaking Bad sigue viva, por supuesto, cuando lo cierto es que The Knick es quizá la ficción que más ha hecho avanzar al medio en 2014.

The Knick transcurre en el Nueva York de comienzos del siglo XX y nos abre las puertas del hospital real The Knickerbocker, fundado en 1894, donde el doctor John Thackery -un entregado Clive Owen– lleva a cabo innovaciones científicas en pos del avance de la medicina moderna y la gloria profesional. En “El Knick”, el apelativo cariñoso que recibe el hospital, asistimos como público a operaciones quirúrgicas (carnicerías en muchos casos) que se caracterizan por las condiciones rudimentarias de las instalaciones y el aparataje médico de funcionamiento manual, y que resultan en su mayoría en la muerte del paciente (nada que ver con lo que suele ocurrir en las series de médicos actuales). Sin embargo, los avances de principios de siglo, incluyendo la implantación de la luz eléctrica, alumbran una nueva era para la medicina. En este contexto de cambio y ebullición científica del salto de un siglo a otro se desarrollan también transformaciones sociales relacionadas con el racismo y la segregación, el aborto clandestino, la precariedad y el sistema de clases, o el papel de la mujer en la sociedad, temas que The Knick también aborda con espectacular osadía y precisión.

Owen da vida a un personaje que se acomoda en el arquetipo del antihéroe televisivo en la tradición de Walter White o Don Draper (o Gregory House, con el que guarda más de una similitud), un doctor brillante con complejo de Dios y adicto a la cocaína (empleada legalmente como medicamento en aquella época), cuyo turbio descenso a los infiernos servirá como arco central para la temporada. Sin embargo, Thackery posee pocas cualidades redentoras más allá de su brillantez y el punto de vista desde el que está construido no facilita la admiración del espectador, lo que lo convierte en un personaje desprovisto de heroísmo. Esta cualidad es reservada para otros personajes, como el doctor Algernon Edwards (fantástico André Holland), médico negro del mismo rango profesional que Thackery (y más habilidoso que él), relegado al sótano del hospital, donde atiende a pacientes negros de forma clandestina. La tensión entre el personal médico del Knick y el doctor Holland va in crescendo a lo largo de la temporada, hasta que estalla durante una revuelta racial en la que es una de las horas más apasionantes y enervantes que nos ha dado la televisión este año (“Get the Rope”, 1.07).

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Podemos encontrar lirismo en las imágenes de The Knick, así como en sus diálogos. También hay sórdidos pasajes que reproducen fielmente la sensación real de estar atrapado en una pesadilla. Sin embargo, la mayor parte del tiempo, la serie transcurre sin florituras excesivas, con personajes que esconden más de lo que muestran y una constante e insoportable tensión contenida, a la que contribuye la magnífica banda sonora anti-nostálgica de Cliff Martinez (Drive), formada por opresores cortes electrónicos que funcionan como pulsaciones cardíacas. El contraste anacrónico de la música de sintetizadores con las imágenes de Soderbergh da resultados excelentes, y atribuye gran empaque e identidad a la serie, pero éste es solo uno más de los elementos de una obra tan sobria como técnicamente imponente: iluminación natural habilidosamente utilizada para representar los claroscuros de la historia, oscilación entre planos detalle (con los que la serie nos muestra las operaciones más realistas de la tele, para desmayo de los aprensivos) y sostenidos planos generales que nos alejan a los personajes y desplazan la atención exclusivamente a los diálogos; y sobre todo unos apabullantes planos secuencia (True Detective se lleva la fama y The Knick carda la lana) en los que la prodigiosa cámara de Soderbergh (su escalpelo particular) se mueve de manera orgánica e inquisitiva, siguiendo la acción e introduciéndonos en el relato como pocas series lo han hecho hasta ahora.

The Knick lleva el término “televisión de autor” hacia otro nivel, ya que los diez episodios que conforman su primera temporada están dirigidos por Soderbergh (siguiendo el ejemplo de True Detective). En otras series, el showrunner orquesta a un equipo que se encarga de mantener la uniformidad de la serie a lo largo de sus capítulos, normalmente sin importar quién esté en la silla del director. En The Knick, Soderbergh rueda los diez episodios como si fueran realmente diez partes de una larga película. De la misma manera, el guión de casi todos los capítulos está escrito por los creadores de la serie, Jack Amiel y Michael Begler (Steven Katz se ocupa de dos mientras que el tándem escribe el resto), lo cual imprime a la obra una cohesión y unidad narrativa que sin duda salta a la vistaThe Knick es una serie austera, cruda, de impecable ambientación en contraste con los minimalismos dramáticos de los personajes, una obra que antepone el realismo a la pompa y la sobre-escritura de algunas series actuales, sin sacrificar por ello el virtuosismo técnico, hallando en su parco y contundente lenguaje la clave para el siguiente capítulo de la ficción televisiva.