Crítica: La Bella y la Bestia

La Bella y la Bestia es uno de los clásicos animados más venerados de Walt Disney. Su estreno en 1991 supuso un enorme éxito de público y crítica para la Casa de Mickey, que disfrutaba de una nueva edad dorada tras el éxito de La Sirenita, convirtiéndose en la primera cinta de animación nominada al Oscar a mejor película (una hazaña que tiene más mérito teniendo en cuenta que por aquel entonces solo había cinco candidatas). Su historia imperecedera, una animación (por aquel entonces) puntera y las magníficas canciones de Alan Menken y Howard Ashman hacían de ella una experiencia inolvidable que marcó a toda una generación de niños, y también a sus padres, una de esas películas que vimos una y otra vez hasta aprendernos de memoria cada diálogo y cada letra.

El tiempo no ha hecho más que consolidar La Bella y la Bestia como una de las mejores películas de Disney, por lo que era de cajón que el estudio no tardaría mucho en llevar a cabo su remake en acción real. Al éxito sin parangón de sus películas animadas y las de las marcas que conviven bajo su techo (Marvel, Star Wars, Pixar) se suman las recientes relecturas en carne y hueso que han convertido el propio catálogo de Disney en una mina de oro sin fondo. Después de que los primeros remakes (Alicia en el País de las MaravillasMaléfica) fueran más bien reinvenciones libres de sus respectivos clásicos animados, Disney ha seguido el camino de la adaptación más fiel con sus siguientes éxitos live-actionCenicienta El Libro de la Selva, a los que se suma ahora La Bella y la Bestia, con el que es su remake más parecido al original hasta la fecha.

Bill Condon (DreamgirlsLa Saga Crepúsculo: Amanecer) es el maestro de ceremonias de esta lujosa adaptación que, gracias a la cartera y la varita digital de Disney, cobra vida en un fastuoso espectáculo musical diseñado para hacer las delicias de los fans del clásico animado y lanzar un encantamiento a las nuevas generaciones. Como adelantaba, la nueva versión de La Bella y la Bestia no se distancia mucho de la película de 1991, es más, se trata de una reproducción enormemente precisa, con excepción de pequeños cambios y unos 20 minutos de metraje adicional compuesto por cuatro nuevas canciones y varias escenas que nos cuentan más sobre el pasado de los dos protagonistas. Es decir, una suerte de edición remasterizada y extendida de la misma película de siempre. Esto por supuesto plantea las siguientes cuestiones: ¿Cuál es su razón de ser más allá de la comercial? ¿Aporta algo nuevo esta iteración del cuento que nos han contado tantas veces? La respuesta corta es no. Pero hay muchos matices. Así que vayamos por partes.

La historia

Stephen Chbosky (Las ventajas de ser un marginado) y Evan Spiliotopoulos (Las Crónicas de Blancanieves: El cazador y la reina de hielo) se ocupan de adaptar el libreto original, respetando la estructura argumental y dejando muchos de sus diálogos intactos, pero también incorporando variaciones y nuevo material. Está claro que la animación y la acción real son dos medios cinematográficos distintos con sus propias normas. Lo que en el clásico original no hacía falta explicar, en la película de carne y hueso tiene que seguir una lógica interna más sólida. En este sentido, los guionistas realizan un buen trabajo justificando los acontecimientos y las decisiones de los personajes, tapando los agujeros y en definitiva trasladando la historia al mundo “real” de forma satisfactoria. Aunque en el proceso se dejen mucho de lo que hacía más interesante y oscura a la versión animada.

La primera diferencia destacable es un prólogo que nos deja ver desde el principio la vida en el castillo del Príncipe y nos presenta a su corte antes de que la anciana les lance el encantamiento que los convertirá en objetos. Lo que en el clásico era una secuencia estática de dibujos que reproducían una vidriera se convierte en el primer gran número a lo Broadway de la película, sumergiéndonos de lleno en la ostentosidad barroca que caracterizará todo el metraje, mostrándonos un aumento del número de personajes de color y presagiando un papel más activo para la hechicera. A partir de ahí, todo transcurre más o menos como siempre. Solo que esta vez hay más humor, tanto físico como en los diálogos (maravilloso chiste zoofílico influido) y nuevas escenas que, aunque estén concebidas para completar huecos, lo que en realidad hacen es interrumpir la acción y provocar que la historia se vaya por la tangente. Aunque a priori pueda resultar atractivo saber más sobre las respectivas familias de Bella y Bestia, en realidad los flashbacks no aportan nada al conflicto central o a la relación de los protagonistas, lo que perjudica al ritmo, resta cohesión a la película y alarga innecesariamente su duración.

Los personajes

Lo que era progresista en 1991 ya no lo es tanto en 2017. Por eso hacía falta modificar al personaje de Bella (que ya de por sí era bastante menos pasiva que muchas de sus predecesoras) para adaptarlo a los tiempos que corren, y sumarse así a la corriente de nuevas princesas Disney, más independientes y resolutas, todo un reto teniendo en cuenta la problemática naturaleza romántica del cuento (ya sabéis, Síndrome de Estocolmo: la película). Esta es una de las razones por las que la Bella de Emma Watson es una decepción. Sí, esta Bella parece más autosuficiente y propensa a entrar en acción, y además comparte el ingenio para los inventos de su padre, pero a la larga, es el mismo personaje de hace 26 años (si acaso más insulso) y no la reinvención feminista que nos habían prometido, lo que supone una oportunidad desaprovechada para hacer algo interesante con ella -idea que se puede extrapolar a la película en general.

El resto de personajes tampoco presentan cambios muy significativos. Los objetos, lógicamente de diseño más realista, desempeñan la misma función que en el clásico (sirven como alivio cómico y recordatorio del encantamiento, mientras hacen de celestinos de los protagonistas) y Maurice vuelve a ser el catalizador de la acción y poco más (aunque Kevin Kline esté estupendo). Cabe destacar un mayor peso en la historia de Gastón (Luke Evans) y LeFou (Josh Gad), y el tan comentado “momento exclusivamente gay” del segundo. Aunque más bien deberíamos decir “momentos”, ya que el arco completo de LeFou tiene que ver con su amor no correspondido por el narcisista galán, al igual que en la original, pero de manera más abierta y sin dar lugar a la ambigüedad. Es decir, LeFou es gay, no hay debate al respecto, y esto, por sí solo, ya es un gran paso adelante. Es más, la película es entera e inequívocamente gay, con no solo un personaje LGBT, sino tres (mínimo), todo un regalo para los niños gays que crecieron con el clásico. Sin embargo, el tratamiento de LeFou y su condición sexual deja mucho que desear la mayor parte del tiempo, debido a la interpretación caricaturescamente afeminada de Gad y al hecho de que sea el objeto del chiste de mariquitas de siempre (completando así el regreso a los 90). Afortunadamente, todo esto se arregla durante el desenlace, ofreciendo merecida compensación al personaje (y al espectador) con un sorprendente final feliz que esperamos sea el principio de algo más grande y revolucionario en Disney, y no solo una nota gay a pie de página.

El reparto

Si La Bella y la Bestia es una película inconsistente e irregular es en gran medida porque su elenco se puede definir de la misma manera. Por un lado, el reparto de secundarios es de excepción, sobre todo los que dan vida a los objetos del castillo: La operística Audra McDonald como el Ropero, una desmedida Emma Thompson como la Sra. Potts (ella es genial, pero palidece comparada con Angela Lansbury), un nuevo personaje, el Maestro Cadenza, piano con la voz de Stanley Tucci, y sobre todo Ian McKellen y Ewan McGregor como Din Don y Lumière, dúo responsable de algunas de las escenas más simpáticas y entrañables del film. Todos parecen disfrutar “sobre el escenario”, aunque sus talentos quedan inevitablemente desperdiciados por las necesidades de la historia.

Por otro lado, ya hemos señalado la labor de Josh Gad, bastante irritante como LeFou (aunque tenga sus puntuales buenos golpes de humor), y el varonil Luke Evans, uno de los mayores aciertos de casting del proyecto. Sin embargo, no se puede decir lo mismo de Emma Watson. Y he aquí uno de los mayores problemas del remake. La actriz nunca ha destacado por sus aptitudes interpretativas y carece de la presencia y la fuerza escénica que hace falta para protagonizar una superproducción de este calibre. A pesar de que conforme avanza el metraje se va haciendo con el personaje y acaba destacando en los pasajes más dramáticos, a Watson le viene todo muy grande, y verla desenvolverse en escena, especialmente durante los números musicales, puede ser una experiencia muy incómoda. Por suerte, su partenaire, Dan Stevens, ejerce el contrapunto perfecto para equilibrar la balanza y evitar que todo se vaya al traste. El actor británico es quizá el intérprete más sobresaliente de la película, y eso que se esconde tras una criatura digital no tan lograda como los animales de El Libro de la Selva (el realismo de su rostro es impresionante, pero se mueve de forma artificial y le falta gravedad). La gran expresividad de Stevens asoma bajo las capas de CGI de la Bestia, construyendo así al personaje más matizado de la película y aportando más humanidad que los actores de cuerpo presente.

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Los números musicales

Para alegría de los fans más puristas de La Bella y la Bestia, el remake respeta las canciones originales. Las melodías están prácticamente intactas, a excepción de un par de variaciones, como la que tiene lugar al final de “Gastón”, añadidos que en ningún momento desvirtúan las composiciones de 1991. En lugar de intentar mejorar lo inmejorable, Menken incluye cuatro nuevos temas, escritos junto a Tim Rice (AladdinEl rey león), la ya mencionada obertura, una nana, el nuevo tema central “How Does a Moment Last Forever”, con reprise interpretado por Watson y versión íntegra de Céline Dion para los créditos finales, y una balada solo para Stevens, “Evermore”. Canciones indudablemente bonitas (bien de autotune mediante para Watson y Stevens) que, no obstante, parecen descolgadas de la acción principal y no encajan del todo con el repertorio de siempre.

En cuanto a la puesta en escena, la película va de menos a más. La cosa no empieza muy alentadora con “Bella”, la secuencia de presentación de la protagonista y su pueblo al son de “Bonjour”. Con solo un par de planos, salta la vista que Watson no está a la altura. La actriz se mueve tímida e inexpresiva, como con miedo a romper algo, mientras a su alrededor los extras hacen lo posible por mantener el show a flote. Pero la culpa no es solo suya, Condon tampoco pone toda la carne en el asador, efectuando una copia descafeinada que carece del brío del número animado. Menos mal que ambos entran en calor, y los siguientes números hacen que la película despegue, sobre todo gracias a un reparto curtido en musicales: La de “Gastón” es una secuencia muy divertida (aunque nos priven del plano pecho-lobo), “Qué festín” es el showstopper que conocemos, con un barniz digital bastante hortera, y en la preciosa “Algo nuevo” es donde la película coge impulso y arranca de verdad, mientras que “Asalto al castillo” aporta la intensidad necesaria para dar lugar al clímax, terminando así con buena letra. Solo “Bella y Bestia”, la icónica escena del baile en el salón del castillo, supone una pequeña desilusión al no cumplir las expectativas (es imposible recrear la sensación al verla por primera vez).

Como suele ocurrir, pero en este caso más acentuadamente, conectar con La Bella y la Bestia depende de la predisposición de cada uno. Que sea un calco del clásico animado puede despertar el arrebato nostálgico necesario para disfrutar con el mero hecho de ver una de tus películas favoritas convertidas en algo tan majestuoso, o puede jugar en nuestra contra, precisamente por la misma razón: no hay nada como el original, por muy buena que sea la imitación. Lo que está claro es que tiene su encanto y lo que funcionaba en la animada funciona en el remake, básicamente porque se mantiene intacto. Sin embargo, trasladándola al universo real/digital se pierde mucho de lo que la hacía tan especial, a lo que no ayudan los problemas citados anteriormente: fallos de casting, falta de cohesión, cadencia atropellada, personajes con menos personalidad que sus análogos animados, inconsistencia entre números, alteraciones insustanciales…

La recreación es digna de asombro la mayor parte del tiempo (dirección artística, vestuario, peluquería, todo es excelente) y es evidente que Disney no ha escatimado en recursos, resultando en un espectáculo suntuoso y efervescente, astutamente confeccionado para reventar la taquilla, pero a la vez vacuo y superficial. Por mucho brillo y despliegue del que haga gala, esta versión está más apagada y falta de inspiración. Es decir, es básicamente la misma película, el mismo “cuento tan viejo como el tiempo”, solo que con menos vida, menos fuerza y menos magia.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Vaiana

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Como una de las proveedoras de entretenimiento para toda la familia más importantes (quizá la que más), Disney siempre ha estado en el punto de mira de todo el mundo, para bien y para mal. Por eso, a partir de los 90, la compañía se esforzó en aumentar la diversidad en sus historias y renovar los mensajes que sostenían sus películas. Así, a las princesas europeas de toda la vida se sumaron una árabe, una nativa americana, una china, una negra… Y a esta lista se incorpora ahora la primera princesa Disney de la Polinesia, Vaiana (en inglés conocida como Moana), protagonista del nuevo clásico animado que nos lleva al mundo antiguo de las islas del Pacífico sur para deleitarnos con un musical de aventuras en la tradición de la Casa de Mickey Mouse.

La historia de Vaiana comienza 3.000 años atrás, en un prólogo reminiscente de HérculesLa Bella y la Bestia con el que se nos introduce en el hermoso mundo y folclore del inmenso Océano Pacífico y las islas de Oceanía, donde los grandes navegantes recorrieron las aguas que los dioses de la naturaleza custodiaban. Sin embargo, desde hace un milenio, la tierra se muere y los viajes a través del mar han cesado, sin que nadie sepa por qué. Vaiana (Auli’i Cravalho) forma parte de una comunidad muy ordenada que se mantiene alejada de los peligros del océano profundo, hasta que la inquieta muchacha decide romper las reglas y aventurarse en las aguas en busca de una isla legendaria junto a Maui (Dwayne Johnson), poderoso semidiós con su propia misión que la ayuda a convertirse en una navegante de primera. Junto surcarán los mares en un viaje lleno de monstruos y peligros que llevará a Vaiana a intentar completar la labor de sus antepasados, salvar a su pueblo y encontrarse a sí misma.

Vaiana es puro Disney. Tanto el clásico como el moderno. Después del pelotazo absoluto de Frozen: El reino del hielo y de la genial Zootrópolis, la compañía se reafirma en sus intenciones de seguir renovándose sin dejar de ser fiel a lo que la convirtió en un referente en el cine familiarVaiana es un producto de su tiempo, una cinta que continúa la labor reformuladora que Disney está llevando a cabo con sus últimos títulos cinematográficos, desmontando estereotipos, prescindiendo del elemento romántico (o de la idea de que la única vía para la felicidad es encontrar el amor) y apostando por una narración más cercana a la actualidad, utilizando el metahumor (divertidos guiños a otros films Disney), la autocrítica amable y la autoparodia (“Si llevas vestido y tienes un amigo animal, eres una princesa”, “Si empiezas a cantar, vomito”) para conectar con el público del siglo XXI (los guionistas hasta se las arreglan para colar una referencia a Twitter).

Pero como decíamos, lo está haciendo sin sacrificar su sello personal, sin dejar de contar las mismas historias intemporales o lanzar el mismo mensaje de superación de siempre (persigue tu sueño, si te lo propones serás cualquier cosa que desees). Vaiana es quizá la película del Renacimiento de Disney en la que más claro se ve lo que estamos señalando. A la dirección se encuentran nada más y nada menos que Ron Clements y John Musker, los responsables de La SirenitaAladdin (además de Tiana y el sapo, con la que ya intentaron revivir el Disney clásico en 2009), dos veteranos del cine de animación que se han encargado de que en ella no falte nada de lo que constituye un Clásico Disney: la princesa (aunque Vaiana insiste en que no lo es), su monísima versión infantil, el sidekick animal (según Maui, el mayor indicio de que sí lo es), el deseo (Vaiana sueña con entrar en el mar, al contrario que Ariel), la prohibición ignorada, la aventura para restaurar el orden junto a un compañero incordio que acaba siendo un gran amigo, la muerte de un familiar en el primer acto para impulsar esa aventura, los números musicales… Pero además de esto, Vaiana tiene ese refrescante toque contemporáneo gracias a una protagonista decidida que toma las riendas de la aventura, a su énfasis en la amistad y la búsqueda de la identidad propia como eje narrativo, y a su distanciamiento, mediante una protagonista con proporciones más reales, del canon físico imposible que, con alguna excepción (Lilo & StitchAtlantis), se ha impuesto hasta hace bien poco.

Como ocurre con los recientes títulos de Marvel, que vive bajo el techo de la Disney, el mayor reproche que se le puede hacer a Vaiana es que juega demasiado sobre seguro. Su historia, aunque eficaz y llena de buenos momentos, resulta excesivamente convencional (incluso superficial), a lo que no ayuda el hecho de que su duración sea superior a la media de los Clásicos Disney (lo que hace que el ritmo se resienta en su segunda mitad). Sus diálogos son buenos, pero no extraordinarios, sus gags divertidos, pero no desternillantes (aunque atención a las transformaciones de Maui, sucesor directo del Genio, y que me perdone Robin Williams, y a la cachonda escena post-créditos), y en general da la sensación de estar viendo algo que ya hemos visto, con una nueva capa de barniz. Claro que, si lo miramos de otra manera, eso es exactamente lo que se busca, lo familiar, lo reconfortante, el regreso a lo conocido, algo en lo que Vaiana no falla. Quien busque algo más, quizá no lo encuentre.

Más que los simpáticos personajes o los animales adorables (un cerdito, Pua, que no sale tanto como querríamos, y una gallina turuleta, Hei Hei), lo que hace de Vaiana un espectáculo que merece la pena (sobre todo en cine) es su aspecto visual y su banda sonora. Que Disney está a la vanguardia de la animación y usa las técnicas más punteras es algo que sabemos de sobra, y que salta a la vista. Pero es que, aunque suene a tópico, en Vaiana alcanza un nuevo nivel de excelencia, con escenarios naturales de una belleza sobrecogedora, un apabullante dominio del movimiento, trepidantes secuencias de acción (una en concreto sorprendentemente inspirada en Mad Max) y unas texturas increíblemente tangibles (la piel más real que hemos visto en unos “dibujos animados” y una nitidez que asusta, por no hablar del cabello…). Y por último, y en este caso por ello quizá más importante, están las canciones. Temas compuestos por Opetaia Foa’i y el incombustible Lin-Manuel Miranda (creador del fenómeno de Broadway Hamilton), que son sencillamente de lo mejor que nos ha dado la Disney hasta ahora, composiciones muy creativas y melodías pegadizas que compensan con creces las carencias narrativas que pueda tener el film.

En definitiva, Vaiana toma los ingredientes de la segunda era dorada de Disney y los combina matemáticamente con los de su Renacimiento para realizar una película prudente pero infalible, un cuento de los de siempre que nos devuelve, envueltos en algodón y arrullados por las mejores canciones, a la época de La Sirenita Aladdin a la vez que continúa el acertado camino de la Disney actual.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Cenicienta

CINDERELLA

Con las adaptaciones en acción real de sus clásicos animados, Disney ha encontrado su nueva gallina de los huevos de oro, y a pesar de que hace un año parecía que el género empezaba a recular, asumámoslo, tenemos cuentos de hadas para rato. Tras los más recientes taquillazos de la casa de Mickey Mouse, el panorama hollywoodiense de los próximos cinco años se presenta gobernado por los superhéroes y las princesas. La originalidad brilla por su ausencia, las películas no solo son adaptaciones de historias hiper-conocidas, sino que se parecen cada vez más entre sí, pero las cifras de taquilla indican que esto es lo que quiere el público, y lo que dice el público va a misa. Al menos hasta que el público se canse (o hasta que el tiempo demuestre que no se trata de modas pasajeras, sino del nuevo estado del cine comercial moderno; lo que ocurra antes).

Después de la decepcionante Maléfica, Disney recurre a uno de sus clásicos más insípidos para insuflarle nueva vida y color, Cenicienta. La principal diferencia de ésta con la película protagonizada por Angelina Jolie es que Cenicienta es una adaptación considerablemente fiel del cuento original, tal y como lo presentó Walt Disney en 1950. Hay cambios, algunos más sustanciales que otros -el más importante es que en esta ocasión el relato se inicia en la infancia de Cenicienta, por lo que el espectador conoce a Ella, es testigo de su tragedia personal, y asiste a su transformación en “Cinder-Ella”- pero más allá de eso, estamos ante la misma historia de siempre (ratones incluidos). Y esto, paradójicamente, supone cierta transgresión. Me explico.

Disney (y el resto de compañías que producen cine “para toda la familia”) se ha dedicado en los últimos años a derribar o reconfigurar estereotipos, entre otras cosas presentando personajes femeninos más fuertes, mujeres capaces de alcanzar la felicidad sin depender de un hombre. Así, en este mundo de princesas Disney contemporáneas se hace especialmente raro que la nueva Cenicienta no sea tan “nueva”, que no se enfunde una armadura como la Alicia de Burton o deje a un lado el amor romántico como Merida o Elsa. Pero que esto no nos engañe, la Ella de Kenneth Branagh (director) y Chris Weitz (guionista) no es una princesa pasiva que solo existe en relación a su príncipe. A base de detalles muy sutiles, Cenicienta es un personaje más resuelto y perseverante, toma decisiones propias, y a pesar de sus circunstancias, logra mantener cierto control sobre su vida y su destino.

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Todo sin sacrificar su delicadeza, su gracilidad o su idealismo romántico, es más convirtiendo estos atributos en síntomas de entereza y humanidad en lugar de fragilidad. Porque la princesa no empuñe una espada, no quiere decir que estemos ante una película anti-feminista, todo lo contrario. Con esta nueva Cenicienta se nos presenta otro tipo de heroína feminista: la que decide luchar contra las adversidades con optimismo, bondad y perdón, virtudes propias de una persona valiente, tal y como el machacón lema de la película nos recuerda en todo momento. La que se enamora y anhela el “…y vivieron felices y comieron felices” con su príncipe azul (porque no tiene nada de malo querer encontrar el amor), sabiendo que no es lo más importante, ni la única manera de hallar la felicidad. Es decir, una princesa de las de siempre convertida en un personaje moderno sin apenas alterar su esencia.

El otro gran cambio de la cinta de Branagh con respecto al clásico del 50 es que ahora la película tiene personalidad, tal y como demuestran sus personajes. Desde Cenicienta, interpretada con encanto y afinación absoluta por Lily James, hasta el príncipe (Richard Madden aportando humanidad y humor a un personaje tradicionalmente plano), pasando por el Hada Madrina (Helena Bonham Carter, al contrario que Johnny Depp, sigue explotando con gracia su marcianismo) y sobre todo la madrastra, a la que da vida una Cate Blanchett dispuesta a pasárselo bomba con su personaje. La doblemente oscarizada actriz sobreactúa hasta derrapar, y el personaje está algo desaprovechado, pero cuando Blanchett da con la nota adecuada, resulta divertidísima.

Cenicienta es una película prácticamente irreprochable en todos los sentidos, un espectáculo de magia y color en el que esta vez Branagh evita que su gusto por la pompa y la teatralidad se interpongan en la narración, dando como resultado una ostentosa obra de sensibilidad pictórica y aire a Hollywood dorado que no obstante es algo más que un bonito (y sobrecargado) envoltorio. Teniendo en cuenta la dificultad con la que se parte al contar una historia que el público conoce de principio a fin, Cenicienta se las arregla para divertir y encandilar con los mismos ingredientes de siempre, pero con más brío (atención a las excelentes secuencias de la calabaza/carroza), personajes más definidos, y sin olvidar el extra de almíbar (porque si Cenicienta no fuera así de cursi, no tendría gracia), haciendo que aceptemos, aunque sea por un momento, que los cuentos de hadas están hechos para ser contados una y otra vez.

Valoración: ★★★★

Crítica: Frozen – El reino del hielo

FROZEN

Adaptarse a los nuevos tiempos ha resultado ser una tarea muy complicada para Walt Disney Animation Studios. Echando un vistazo a su catálogo más reciente no nos cabe duda de que el estudio las ha pasado canutas para reinventarse sin perder la magia de antaño. Y mira que lo ha intentado. Con Tiana y el sapo (2009) proponía una regresión nostálgica que recuperaba la animación tradicional 2D para gozo de los más disneyófilos (los que ya rondaban los 30, claro). Pero la clave del éxito no estaba en repetir la jugada sin tener en cuenta el contexto sociocultural del momento, así que la cosa quedó en un homenaje aislado. Lo que vino después fueron varios ejercicios de ensayo y error (Enredados, ¡Rompe Ralph!) que si bien cumplían con un mínimo de calidad, se alejaban del espíritu Disney influenciados por lo que estaban haciendo otros gigantes de la animación. En 2013, Disney ha hallado por fin el puente más estable entre pasado y futuro. Con Frozen: El reino del hielo el estudio recupera el lustre de sus mejores años sin dejar de mirar hacia delante, para darnos el mejor Clásico Disney en más de una década.

Adaptación libre (libérrima, como de costumbre) de La reina de las nieves, el cuento de Hans Christian Andersen, Frozen desprende ese inconfundible (y hasta ahorra irrepetible) aroma al Disney de principios de los 90. Fuertes ecos de La Sirenita y La Bella y la Bestia se pueden oír constantemente a lo largo de la película, sin que estos suenen en ningún momento a remedo. Chris Buck (Tarzán) y Jennifer Lee (¡Rompe Ralph!) actualizan un cuento de toda la vida en un ejercicio absoluto de reafirmación para Disney, encontrando el equilibrio perfecto entre clasicismo y modernidad, sin caer en excesos nostálgicos ni abusar del inevitable humor meta (es decir, sin adentrarse en terreno Shrek), y recurriendo a giros argumentales que compensan lo predecible de la historia.

"FROZEN" (L-R) KRISTOFF and ANNA. ©2013 Disney. All Rights Reserved.

Frozen es evidentemente una película de princesas Disney (dos por el precio de una además), y sin embargo no está articulada por el elemento romántico (presente, eso sí), sino por la relación entre las dos hermanas protagonistas, Anna (Kristen Bell) y Elsa (Idina Menzel). Siguiendo el sendero feminista marcado por la reciente Brave (Anna es el eslabón perdido entre Ariel y Merida) y haciendo gala de una exquisita autoconsciencia, Frozen renuncia discretamente a las convenciones más arcaicas de los cuentos de princesas y rechaza jocosamente la idea del amor verdadero por combustión espontánea (“No me fío de tu criterio”, le dice Kristoff a Anna después de que esta le confiese que se ha enamorado de su príncipe en 5 minutos). El resultado es un diálogo constante con la audiencia en el que Disney nos recuerda una vez más cuáles son los valores que el estudio promueve desde hace ya mucho tiempo.

Además de suponer una refrescante (nunca mejor dicho) revisión de los clásicos Disney más arraigados en la cultura popular, Frozen es un nuevo salto adelante en lo que a técnica se refiere. Buck y Lee sacan todo el partido a la mejor animación 3D y orquestan un portentoso e imaginativo espectáculo visual con bellísimos pasajes que dejan sin aliento (atención a la escena en la que Elsa construye su castillo). Afortunadamente, en esta ocasión el resto de elementos están a la altura del despliegue de medios. Frozen está cargada de momentos de calidez abrumadora, de comedia inteligente y magia espectacular. Sus personajes se ajustan a todos los clichés, pero rebosan humanidad por los cuatro costados; incluido el imprescindible sidekick, en esta ocasión un muñeco de nieve viviente llamado Olaf que contra todo pronóstico acaba siendo una fuente infalible de ternura y humor. Y por último (pero no por ello menos importante), Frozen se erige como un colosal y esplendoroso musical de Broadway, repleto de canciones redondas (quizás demasiado) a cada cual más pegadiza (Idina Menzel canta la impresionante “Let It Go” con la misma fuerza con la que interpretó su “Defying Gravity” del musical Wicked). Tan clásica como contemporánea, y en última instancia intemporal, Frozen podría ser el principio de una nueva época dorada para Disney.

Valoración: ★★★★