Crítica: La gran revancha (Grudge Match)

Grudge Match La gran revancha

“Todo el mundo se ríe de nosotros, pero no estamos muertos” podría ser el slogan de La gran revancha (Grudge Match). La nueva película de Peter Segal, curtido realizador de comedia (Ejecutivo agresivo50 primeras citasSuperagente 86), gira en torno a esa idea y continúa la senda autoparódica que sus dos protagonistas, Sylvester Stallone y Robert De Niro, llevan varios años recorriendo (más De Niro que Stallone, todo hay que decirlo). Los dos veteranos actores llevan a cabo una clara reivindicación con La gran revancha: A través de sus personajes, Henry ‘Razor’ Sharp (Stallone) y Billy ‘The Kid’ McDonnen (De Niro), dos boxeadores retirados que regresan 30 años después de su última pelea para librar un combate de revancha, Stallone y De Niro piden voz para los mayores, no solo en el deporte y en la vida, sino también en el cine.

Es ya tendencia en el cine actual el ejercicio nostálgico y autorreferencial que recupera a míticos intérpretes del cine de acción (algunos ya sexagenarios) para devolverles la dignidad o arrebatársela sin piedad. Jean-Claude Van Damme se entregó al meta en JCVDMickey Rourke resucitó gracias a Darren Aronofsky en la excelente El luchadory más recientemente Bruce Willis encabezó un reparto de héroes geriátricos en las dos divertidísimas entregas de Red. Sin olvidar ese estruendoso mash-up testosterónico que es la saga Los mercenarios, ideada por Stallone como una especie de Liga Extraordinaria de los Actores Culturistas y Leyendas de las Artes Marciales. Y después está Robert De Niro, que al margen de algún papel aclamado (El lado bueno de las cosas), se ha quedado para la autoparodia fácil. Hace poco lo vimos haciendo de mafioso en la fallida Malavita y ahora le baja los pantalones a su Jake La Motta para protagonizar otro festival de topicazos de fácil digestión. Stallone hace lo propio con su Rocky Balboa, pero de alguna manera (y a pesar de su incómoda complexión facial) sale mejor parado que su gruñón contrincante.

La gran revancha cartel españolLa gran revancha es ante todo una comedia, no una de acción, sino una buenrrollista y familiar (una desastrada Kim Basinger y el walking dead John Bernthal completan el clan disfuncional y adúltero de Razor y The Kid). La sal gruesa (no me hagáis hablar del insoportable Kevin Hart), los chistes verdes y el humor predecible son la tónica general de la película, pero entre tanto gag guarrindongo y escatológico (pis de caballo y pedos incluidos) se cuelan unos cuantos diálogos inspirados que redimen a los protagonistas. A pesar de esto, a los guionistas Tim Kelleher y Rodney Rothman lo que les interesa es la cantidad por encima de la calidad, y sobre todo poner a Stallone y De Niro (sobre todo a De Niro) en situaciones ridículas para deleite del personal ávido de ver a sus héroes haciendo el canelo (al fin y al cabo, reírse de uno mismo es un ejercicio muy sano y contagioso).

En eso se basa La gran revancha, en la seguridad de que será suficiente con ver a estos dos actores, otrora púgiles legendarios del cine, intentando “recuperar la hombría” enfundados en un traje-chroma verde lleno de bombillitas, peleándose como dos niños en el recreo, y que por ello no hará falta trabajar el guión. Pero lo peor de La gran revancha no es su humor barato, o los pellejos de Stallone y De Niro en movimiento, sino la pobre factura de la película, con un bochornoso CGI (a juego con el Photoshop del cartel) que recrea las peleas entre Razor y The Kid al comienzo del film. Y también su tediosa recta final, que incluye el combate de boxeo más alargado y aburrido de los últimos años. Al final, el “nunca es tarde” que entona La gran revancha solo cobra sentido cuando nos referimos al personaje de Alan Arkin, nonagenario ex entrenador de Stallone en la ficción, la leyenda viva más interesante y mejor interpretada de La gran revancha.

Valoración: ★★

Diamantes negros: Tarjeta roja al tráfico de menores

Diamantes negros película

Este viernes 29 de noviembre se estrena en nuestro país Diamantes negros, película dirigida por el televisivo Miguel Alcantud (Águila roja, El internado), que destapa la verdad sobre el tráfico de menores africanos en España. Niños que aspiran al sueño europeo (jugar en las grandes divisiones de fútbol) y que, tras ser víctimas de engaños y fraudes, se ven abocados a la delincuencia y la indigencia. Alcantud nos cuenta la crudísima historia de dos de esos 20.000 jóvenes que cada año caen en las redes de agentes deportivos y caza talentos europeos, y son abandonados a su suerte después de que estos capitalicen sus sueños y se aprovechen de la desesperación de sus familias por salir de la miseria.

Diamantes negrosEn las propias palabras del realizador, Diamantes negros es “una historia tipo”. En lugar de desvelar los relatos más desgarradores que el equipo de la película conoció durante su fase de documentación, Alcantud opta por un caso intermedio, alegando que la realidad supera a la ficción (hay casos tan increíbles que hasta impedirían que el mensaje resultase creíble). Diamantes negros escapa así de sensacionalismos baratos, arrojando luz sobre un problema real sin que su ficcionalización sea percibida como manipulación, sin efectismos ni demagogia. Pero el éxito de Diamantes negros no solo se basa en el enfoque con el que se nos presenta, sino en que bajo la denuncia late una historia excelentemente narrada y un destacable trabajo de interpretación encabezado por dos actores malineses no profesionales, Hamidou Samake Setigui Diallo.

Con la colaboración del activista y concienciador social Carlos Bardem, el actor y productor Carlo D’Ursi, y el joven futbolista malinés Alassane Diakite, cuya historia personal está incorporada en la película, Alcantud desvía nuestra atención hacia las injusticias relacionadas con el balompié que cada día tienen lugar en nuestro país sin que los grandes clubes de fútbol (con excepción del Valencia CF) o las estrellas del deporte rey las denuncien, o incluso las reconozcan públicamente.

Hace tiempo que el fútbol dejó de ser un deporte y se convirtió en un negocio“, sentencia el realizador cartagenero en la rueda de prensa de la película que ha tenido lugar esta semana en Madrid. Y este es un negocio despiadado que mueve miles de millones y tapa las incontables tragedias personales que se cobra cada año. Diamantes negros invita a reflexionar sobre la responsabilidad que debe asumir nuestro deporte profesional y nos conciencia sobre este grave problema a través de un relato cercano, incisivo y contundente que de momento ha movilizado a más de 90.000 personas contra el tráfico de menores a través de change.org y ha abierto los ojos a muchos espectadores durante su exitoso paso por varios festivales de cine internacionales.

Valoración: ★★★½