Al filo de los diecisiete: Tierra trágame

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“¿Por qué soy tan grotesca? ¿Por qué te gusto? Ni siquiera yo me gusto” -Nadine

Todos hemos sido adolescentes, por eso las películas que abordan esta dificultosa etapa vital a veces nos tocan tan de cerca. Por eso solemos sentirnos tan identificados con personajes de diecitantos aunque rondemos la treintena o la cuarentena. Y por eso, cuando una película de este tipo acierta en su retrato del paso de la adolescencia a la adultez, se hace con todas las papeletas para convertirse en cinta de culto (aunque sea para unos pocos). Es el caso de Al filo de los diecisiete (The Edge of Seventeen), la divertida opera prima de Kelly Fremon Craig que se suma a la cosecha reciente de títulos teen esenciales, a la que también pertenecen Las ventajas de ser un marginado Yo, él y Raquel.

Al filo de los diecisiete es la clásica historia coming-of-age que el cine norteamericano nos ha contado tantas veces. Nadine (Hailee Steinfeld), una adolescente inadaptada y problemática que se define como un “alma vieja”, está atravesando la época más difícil de su vida. Cuatro años después de la muerte de su padre, la chica intenta sobrevivir en el instituto, pero todo le sale mal. Su mejor amiga (Haley Lu Richardson), es decir, su única amiga, empieza a salir con su hermano (Blake Jenner), con el que siempre se ha llevado a matar, su cáustico profesor de historia (Woody Harrelson) no hace más que echar tierra sobre sus preocupaciones, y para empeorar las cosas, le ha mandado por accidente un mensaje muy comprometido (y muy verde) al chico que le gusta. A los diecisiete, cualquier minucia supone el fin del mundo, pero quizá sus problemas no sean tan graves como pensaba. Una serie de infortunios y malas decisiones llevarán a Nadine a ver su situación con más perspectiva y empezar a mirar a los demás con otros ojos.

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En la tradición del cine de John Hughes (referente imprescindible para tantos cineastas modernos y padre del género que no podemos obviar al hablar de este film), Al filo de los diecisiete sobresale dentro de su género porque se toma en serio el doloroso proceso de crecer… pero no demasiado. La directora nos da acceso al mundo interior de Nadine para que lo pasemos mal junto a ella y suframos sus continuas humillaciones y meteduras de pata, pero nunca para convertirla en objeto de burla, siempre tratando al adolescente con entendimiento y compasión, extrayendo comedia libre de condescendencia de lo rara que puede ser la fase del instituto. Esa es una de las cosas que hacen que Al filo de los diecisiete funcione tan bien, cómo equilibra comedia y drama, cómo construye su humor irreverente sobre una base profundamente inteligente y sensible, y por último, cómo afronta la tragedia y el melodrama con gracia y honestidad, sin abusar del almíbar.

Otra cosa que hace que Al filo de los diecisiete esté por encima de la media es su excelente reparto. Hailee Steinfeld (nominada al Oscar por Valor de ley, y al Globo de Oro por este papel) habita la sufrida piel de Nadine para darnos una de sus mejores interpretaciones hasta la fecha. Con ella nos mortificamos, nos desesperamos, nos frustramos, y en última instancia maduramos. La catártica escena en la que Nadine pide perdón a su hermano es el remate perfecto al fantástico recital de emociones que la joven actriz nos vuelve a regalar. Pero Al filo de los diecisiete no es solo la historia de Nadine, también la de una amistad y la de una familia. A este respecto, hay que elogiar al magnífico reparto de secundarios. Woody Harrelson y Kyra Sedgwick construyen personajes adultos que, para variar, no sobran, mientras que el reparto joven brilla con especial intensidad, sobre todo Blake Jenner (que ya destacó en Todos queremos algo) y el divertidísimo Hayden Szeto.

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Al filo de los diecisiete capta la adolescencia a través de una experiencia muy culturalmente específica (las taquillas, las fiestas en casa en ausencia de los padres, los estratos sociales de la secundaria), pero esencialmente universal, ya que Nadine personifica inequívocamente la rabia adolescente, los dolores del crecimiento o la relación con el sexo que todos hemos experimentado durante esta etapa. Con diálogos tan ingeniosos como reveladores, bastante acidezmala leche, pero también oportunas pinceladas de ternura, emotividad y optimismoAl filo de los diecisiete es una buena muestra de lo mucho que puede dar de sí su género, un título sin duda imprescindible para los amantes del buen cine teen.

Al filo de los diecisiete ya está a la venta en DVD de la mano de Sony Pictures Home Entertainment. La edición incluye los siguientes contenidos adicionales: Escenas eliminadas. Tomas falsas. Tráilers.

Crítica: Yo, él y Raquel (Me and Earl and the Dying Girl)

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He estado a punto de no escribir este texto. Cuando una película me atraviesa la piel como lo ha hecho Me and Earl and the Dying Girl me resulta especialmente difícil verbalizar mis impresiones sobre ella. Pero en realidad, esa no es la razón por la que casi no me siento a escribir sobre la cinta de Alfonso Gomez-Rejon (gran premio del jurado y del público en Sundance). Lo que no quería era hablar de ella “en voz alta”, necesitaba guardármela para mí solo. Ya sabéis que cuando os guardáis algo dentro (sea por la razón que sea), si lo decís en voz alta, es cuando se hace realidad y debéis asumirlo de verdad. Pensé en dejarlo ahí y no tocarlo, pero al final decidí que guardarme Me and Earl and the Dying Girl para mí solo era un acto tremendamente egoísta (el film ya cuenta con un considerable culto y ha sido visto por mucha gente gracias a San Torrent, lo de “para mí solo” es una licencia dramática). Esta es una de esas películas que se viven en primera persona, con las que se desarrolla un poderoso vínculo personal e individual, pero que en última instancia merece, es más debe ser compartida.

Para empezar, quitémonos de en medio el tema en el que todos estáis pensando. El título en español: Yo, él y Raquel. Sí, es feo, españoliza un nombre para luego conservarlo en inglés en la película (al más puro estilo Eduardo Manostijeras), pero sobre todo anula el sentido del humor negro y la inocente poesía adolescente que conlleva el original (y que caracteriza al film). Ahora bien, paraos un minuto a pensar en las posibilidades… ¿Veis? Démosle un respiro al departamento de PR y márketing de la distribuidora, porque no, esto no es un caso análogo al de Soñando, soñando, triunfé patinando. Se trata de un título prácticamente imposible de traducir al castellano sin que se produzca un considerable lost in translation. Alegraos de que no se haya titulado Deseando vivir La amiga de mi mejor amigo.

Y dicho esto, hablemos de la película. Me and Earl and the Dying Girl (basada en la novela homónima de Jesse Andrews) está narrada en primera persona por Greg (Thomas Mann), un adolescente muy particular (claro) que ha encontrado la manera de sobrevivir al instituto sin conflictos: crear vínculos amistosos con todas las “naciones” del universo estudiantil (jocksnerds, góticos, geeks del teatro, porretas, pijas…) y así pasar desapercibido y evitar el drama (para poder escaparse al despacho de su profesor de filosofía, Jon Bernthal, a ver cine a la hora de comer). Greg solo tiene un amigo de verdad (aunque para referirse a él siempre utilizará el calificativo libre de connotación afectiva “compañero de curro”), Earl (RJ Cyler), con el que desde pequeño desarrolla un gusto especial por el cine europeo (influencia del padre de Greg, Nick Offerman) y se dedica a filmar parodias de clásicos del cine (A Sockwork Orange, Anatomy of a BurgerRosemary Baby Carrots por ejemplo). Suena irrealmente cool y pretencioso, ¿verdad? Pues de alguna extraña manera, no lo es. Pero sigamos. La madre de Greg (Connie Britton) obliga a su hijo a visitar a Rachel (Olivia Cooke), compañera del instituto que padece leucemia, iniciativa que entusiasma a la madre de Rachel (Molly Shannon como versión agridulce de Amy Poehler en Mean Girls). A Greg y Rachel les horroriza la idea de tener que pasar tiempo juntos en esas circunstancias, pero entre visitas a regañadientes, sesiones cinéfilas y a base de humor auto-crítico, auto-destructivo y auto-todo, no tardará en florecer una amistad, en la que con el tiempo Earl también acabará entrando. La película parece discurrir por los derroteros de siempre, pero Greg nos tranquiliza diciéndonos desde bien pronto que ni esta es una historia de amor ni Rachel morirá al final. Un detalle por su parte.

Me and Earl

Me and Earl and the Dying Girl puede adscribirse sin lugar a dudas la categoría de “cine teen de culto” a la que también pertenecen Las ventajas de ser un marginadoBajo la misma estrella (con la que será comparada por lo obvio), e incluso Donnie Darko (el rol de guía que ejerce el personaje de Jon Bernthal es parecido al de Drew Barrymore en la cinta de Richard Kelly). Sin embargo, la película de Gomez-Rejon posee una cualidad más real y ofrece una percepción algo menos romántica e idealizada de dicha etapa vital. Me and Earl… es una película de adolescentes perspicaces, cultos y elocuentes, pero nada en ella parece forzado, nada en sus personajes parece falso (Earl es un soplo de aire fresco en este tipo de cine), por el contrario, esta rebosa sinceridad de principio a fin (hasta engañando es honesta). Gomez-Rejon aborda la enfermedad de Rachel con la seriedad pertinente, pero evitando que esta ahogue el tono de la historia y esquivando en todo momento la pornografía emocional. Me and Earl golpea directamente las emociones porque no parece que este sea su objetivo principal. La comedia domina el relato, pero está siempre empapada de una tristeza extrañamente alegre y deja paso al drama cuando debe hacerlo (al fin y al cabo “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”), sin perder de vista en ningún momento lo que define a estos personajes (por los que el director siente fascinación genuina), y celebrando la creatividad y la energía adolescente hasta el final.

El desenlace de Me and Earl contiene la que es sin duda una de las escenas más intensas, conmovedoras y desarmantes que vamos a ver en mucho tiempo (cuando veáis/si habéis visto la película, sabréis a cuál me refiero). Una catarsis aplastante (acentuada por la increíble banda sonora de Brian Eno y Nico Muhly) que da pie a un precioso y revelador epílogo con el que el film sella su destino: Me and Earl and the Dying Girl es una obra de ficción a la que querremos regresar de vez en cuando para abarcar su significado al completo, que necesitaremos recomendar, poner a nuestro “compañero de curro” y verla por primera vez a través de sus ojos. Greg quiere compartir su experiencia con todos nosotros, y (yo ya he asumido que) es nuestro deber hacerla llegar al mayor número de personas posible. No cabe duda, esta historia “se seguirá desplegando ante nosotros siempre que le prestemos atención”.

Por favor, prestadle atención.

Valoración: ★★★★½