[Crítica] Matthias & Maxime: Son (mis) amigos

If this is communication, I disconnect La incomunicación lo destruye todo. Más que la distancia o el tiempo. Mucho más que una cena recalentada o una infidelidad. Con incomunicación no hablamos necesariamente de los injustamente temidos silencios, sino de la absurda manía del ser humano de cerrarse ante sus personas más cercanas. Ese maldito miedo a ser juzgado por los demás y llegar a sentir vergüenza hace que nos coartemos y no seamos justos con los demás, ni mucho menos con nosotros mismos. Esta incomunicación supone el fin de todas nuestras relaciones sociales y va mermando progresivamente nuestro, ya mermado de por sí, amor propio. La quintaesencia de la estupidez humana.

Aunque extremadamente tóxica, o precisamente por esa misma razón, la incomunicación es uno de los demonios que mejores resultados han tenido en la gran pantalla. Directores como Michelangelo Antonioni (especialmente en su trilogía formada por La aventuraLa noche y El eclipse y en esa bola extra que fue El desierto rojo) o Michael Haneke (acertadísima su reflexión sobre el tema en la injustamente olvidada Código desconocido) han construido su leyenda en base a tan complicado concepto. Esa espiral de soledad creada (y buscada, como si fuese un escudo protector cualquiera) conforma la atmósfera que respiran los dos personajes protagonistas de Matthias & Maximela octava película de Xavier Dolan (Mommy, Laurence Anyways) como director.

Ese fantasma de la incomunicación ya llevaba apareciéndose en la filmografía del canadiense desde sus comienzos, pero alcanzó una corporeidad y una presencia máxima en los protagonistas de Solo el fin del mundo y, especialmente, en la inédita por estos lares The Death and Life of John F. Donovan. Hombres que se encuentran completamente aislados de su entorno por muy acompañados que estén, ya en una reunión familiar después de años de ausencia o en la cresta de su carrera interpretativa. Sin llegar al nivel de un presumible trastorno psicológico como es el caso del personaje de Kit ‘Jon Nieve’ Harington en The Death and Life of John F. Donovan, Matthias y Maxime sufren en sus carnes este mal en mayor o menor medida.

Maxime (interpretado por el propio Dolan, con una marca de nacimiento en la cara a lo Oliver Stark9-1-1) ha decidido dar un giro radical en su vida y pretende dejar atrás su desestructurado hogar familiar con su madre (Anne Dorval, la madre Dolan por excelencia) y su empleo como camarero por una presumiblemente nada glamourosa vida en Australia. Por su parte, Matthias (acertadísimo el novel Gabriel D’Almeida Freitas) es el sueño americano hecho canadiense (con raíces portuguesas, como apunta su madre). Trabador de cuello blanco con promesas de ‘un despacho con vistas’, una mujer guapa y educada con un toque chic que queda bien en cualquier ámbito, y una relación sana con su madre (ese ser de luz encarnado por Anne-Marie CadieuxBuenos vecinos). A priori, Matthias sería el personaje anti-Dolan por excelencia, pero no nos confiemos en ningún momento.

En Matthias & Maxime, como es habitual en Dolan, tenemos madres gritonas, veinteañeros arrasados por su existencia como si tuviesen ya ochenta años, adolescentes que guardan silencio… Pero en esta ocasión, en ese ecosistema habitual, Dolan introduce un agente externo, extremadamente ajeno: la bro culture. Nuestros dos protagonistas son parte de un grupo de amigos compuesto por hombres con un diverso abanico de formaciones académicas y poco más en común que su adolescencia. Algún que otro fumeta, un profesor, un niño pijo que toca el piano y nuestros dos amigos. Aunque ya nada sea lo de siempre, los amigos siguen quedando de vez en cuando. En una de esas reuniones, Erika (Camille Felton), la hermana de uno de ellos logra (tras una apuesta entre bros) que Matthias y Maxime participen en su cortometraje. Resulta muy gracioso ver a esa Erika, una millennial listilla y muy bocazas que suelta anglicismos siempre que puede, ya que estamos ante el reflejo caricaturesco de todos los males que achacaban a Dolan sus primeras obras. ¡Si hasta su corto expresionista/impresionista es muy ‘elmodóvar’! Ella y su hermano Rivette (Pier-Luc FunkGénesis) suponen el escaso alivio cómico de esta sentida aventura.

La escena en cuestión es un beso. Dos chicos besándose. Nada más. Algo que no debería escandalizar a nadie. Ni siquiera entre los amigos, que como todo grupo de hombres heterosexuales no paran de rozarse, toquetearse y bromear. Realmente ellos son diferentes a todo el estereotipo bro, el grupo de machotes no cae en ningún cuñadismo a lo largo del metraje, lo cual no sabemos es si debemos achacar ese fenómeno a la inexperiencia del director en estos lares o es una muestra de esperanza para con los hombres heterosexuales. Son muy ruidosos, aunque no tanto como una madre dolaniana. La gran diferencia en este caso es que su jolgorio es un apoyo positivo, no el origen de frustración, ni mucho menos un posible amplificador de ese vacío comunicativo. Ese beso trastoca la existencia de ambos, especialmente la de Matthias. Esa disrupción se convierte en un calvario para la calculada agenda vital del hombre perfecto y marcará el futuro de ambos. 

Lejos del barroquismo de alguna de sus obras, Matthias & Maxime pertenece a la rama de las historias mínimas de Dolan, como Tom en la granja o Solo el fin del mundo. Cintas en las que el realizador ha preferido centrarse de manera inteligente más en el poder de los diálogos que en el artificio de un bonito encuadre o en confeccionar mixtapes imposibles. Con eso no queremos decir que esta película no sea visualmente bonita, todo lo contrario. Como todo trabajo de Xavier Dolan, Matthias & Maxime es una obra de factura bellísima y posee alguna de las escenas más arrebatadoras de la temporada (el citado beso, el encuentro en el cuarto de los trastos o el baño solitario de Matthias perfectamente acompasado por la música de Jean-Michel Blais)… así como algún que otro momento musical loco con clásicos pop contemporáneos, pero todo con mucha más mesura de lo habitual.

Matthias & Maxime es otra lúcida fábula del joven maestro Dolan sobre la orientación del deseo y las frustraciones que provoca intentar negar lo evidente. Preciosa y desgarradora, como todo lo que toca su autor.

David Lastra

Nota: 9 (★★½) 

El viernes 27 de marzo, Avalon preestrena de manera excepcional ‘Matthias & Maxime’ en la plataforma Filmin durante cuarenta y ocho horas. El estreno en cines se posterga hasta el fin del estado de alarma.

Crítica: Disobedience

El cine LGBTQ está atravesando una época de apogeo en los últimos años. El triunfo de Moonlight en los Oscar y la repercusión de Call Me by Your Name, que también recibió un premio de la Academia en la edición más reciente, son dos de los ejemplos más visibles, pero afortunadamente han dejado de ser excepciones. El cine queer empieza a estar más presente en salas de cine y plataformas de Internet (Netflix ha anunciado recientemente que prepara una película con Jennifer Aniston como presidenta lesbiana de los Estados Unidos), y los títulos son cada vez más diversos entre sí: Tierra de Dios, Con amor, SimonBeach Rats, Basado en hechos realesUna mujer fantástica

Precisamente el director de esta última, el chileno Sebastián Lelio, nos hace llegar otra historia de amor protagonizada por dos personas del mismo sexo, Disobedience, drama basado en la novela homónima de Naomi Alderman que narra el apasionado romance entre Ronit (Rachel Weisz) y Esti (Rachel McAdams), dos mujeres obligadas a ocultar su relación amorosa en la estricta comunidad judía ortodoxa.

Ronit se marchó hace años a Nueva York, donde vive alejada de las obligaciones y prohibiciones de la religión que decidió rechazar. Tras la muerte de su padre, el rabino de la comunidad, regresa a Hendon, donde se reencontrará con Dovid (Alessandro Nivola), su amigo de la infancia y sucesor del rabino, que le invita a quedarse en casa con él y su esposa. Ronit descubre sorprendida que Dovid se ha casado con su amiga Esti, que ahora trabaja como profesora en una escuela de niñas ortodoxas y vive según las normas que su religión impone para las mujeres. La convivencia entre los tres destapa el pasado en común entre las dos mujeres, y un deseo imposible de ignorar.

Con los elogios por Gloria aun resonando y su Oscar por Una mujer fantástica reciente, Lelio confirma con su nuevo trabajo el gran talento que posee para el drama introspectivo y la observación del comportamiento humanoDisobedience nos muestra a un realizador seguro de sí mismo, elegante y preciso. La historia de Ronit y Esti discurre por terrenos ya muy transitados del cine LGBTQ, haciendo que por momentos resulte excesivamente anclada en los lugares comunes un tanto anticuados de las historias de amor homosexual prohibido. Sin embargo, el film escapa de las garras del cliché gracias a la pasión y sinceridad de Lelio como narrador, a sus oportunos toques de humor para aliviar la intensidad, y sobre todo a la entrega absoluta de sus protagonistas.

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Lo de Weisz y McAdams es impresionante. La primera carismática, irresistible, divertida. La segunda vulnerable, delicada, rasgada. Ambas profundamente humanas y reales. La tensión sexual y romántica que se establece entre ellas es arrolladora, y se manifiesta tanto en las escenas dramáticas como en un encuentro sexual que, aunque recatado en cuanto a desnudez, supone una muestra de intimidad y conexión rara vez vista en el cine, y mucho menos protagonizada por dos estrellas de Hollywood (Weisz escupiendo saliva en la boca de McAdams es una imagen que se queda con nosotros). Ambas llevan a cabo sendas y complementarias interpretaciones sobresalientes, en las que componen a sus personajes y su relación mediante un recital de miradas, gestos y matices que no se debería pasar por alto. La vida que dan a los personajes y su relación va más allá de la película.

Pero tampoco hay que subestimar a Alessandro Nivola, cuya interpretación está a la altura de las protagonistas, y cuyo arco argumental nos depara algunos de los momentos más sobrecogedores de la película, en especial su preciosa escena final. El triángulo que forma con Weisz y McAdams es el centro emocional de un film melancólico y profundo que nos habla del deseo, la subyugación, los lazos y sogas de la comunidad y el lugar de la mujer en una sociedad conservadora y patriarcal. A pesar de la especificidad del contexto religioso, la historia de Ronit y Esti es la de muchas personas que deben elegir entre la vida que otros han elegido para ellas o liberarse de las cadenas de la tradición para ser quienes son en realidad.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Call Me by Your Name: Un clásico moderno que se queda con nosotros para siempre

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[Aviso: Este artículo contiene detalles de la trama que se pueden considerar spoilers]

Muchos leíamos su sonoro título por primera vez en verano de 2016. Call Me by Your Name. Se quedaba en la mente y reverberaba augurando algo muy especial. La nueva película de Luca Guadagnino (Yo soy el amor, Cegados por el sol), basada en la novela homónima de André Aciman publicada en 2007, entraba en nuestro radar como una de las cintas más apetecibles de la siguiente temporada. Su exitoso paso en otoño del mismo año por el festival de Sundance daba comienzo a la apasionada relación que el público está viviendo con ella. Call Me by Your Name encandiló en Sundance, y allá donde se proyectaba (Berlín, Toronto, San Sebastián, Palm Springs…), y su estreno comercial en Estados Unidos y el Reino Unido a finales de 2017 no hizo más que sellar su destino. Por eso, Call Me by Your Name llega a España (una de sus últimas paradas) ya convertida en un clásico moderno.

Pero, ¿qué tiene la película de Guadagnino que levanta tantas pasiones? Principalmente, el poder de transportar, transfigurar y transformar al espectador con su arrebatadora historia de amor y su idílica ambientaciónCall Me by Your Name transcurre durante el verano de 1983 en un pequeño pueblo al norte de Italia. En una de sus ociosas villas conocemos a Elio (la revelación Timothée Chalamet), un chico de 17 años que pasa las vacaciones bañándose, leyendo, componiendo música y flirteando con su amiga, Marzia (Esther Garrel). La llegada de Oliver (Armie Hammer, puro magnetismo), un atractivo estudiante de posgrado que viaja a Italia para trabajar junto al padre de Elio (Michael Stuhlbarg) en su tesis doctoral, convierte un verano más en los meses más importantes de su corta vida. La atracción de Elio por Oliver, la confusión que esto provoca, y las evasivas de su objeto de deseo dan paso a un intenso vals de sentimientos que culminará en uno de los romances más embriagadores que hemos visto en una pantalla de cine.

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Call Me by Your Name es la crónica de un amor de verano, pero no uno cualquiera. La historia de Elio y Oliver tiene un componente claramente universal, ya que cuenta, con suma cadencia y sensibilidad, algo en lo que toda persona puede verse reflejada sin importar su entorno u orientación sexual: ese primer amor que lo cambia todo, el despertar sexual y el insoportable dolor que supone enfrentarse a la idea de que quizá no sea un amor para siempre. Pero estas vivencias son magnificadas por el hecho de que se trata de dos hombres, lo que añade un emocionante componente furtivo y de secretismo que solo las personas LGBT+ pueden entender en su totalidad. Afortunadamente, James Ivory, el guionista del film, y Guadagnino se mantienen muy fieles a la novela (exceptuando un par de escenas clave) y dejan atrás los clichés más aciagos del cine gay, limitándose a explorar las emociones de unos personajes que se están descubriendo a sí mismos sin que estos tengan que enfrentarse a contratiempos trágicos como una enfermedad, una paliza homófoba o el rechazo de su comunidad. De hecho, es todo lo contrario.

En los padres de Elio, interpretados magistralmente por Michael Stuhlbarg y Amira Casar, encontramos un modelo de comportamiento ideal, figuras paternas comprensivas y tolerantes que ofrecen soporte a su hijo, haciendo que muchos deseemos haber tenido ese tipo de apoyo durante nuestro años de formación, pero también llenándonos de esperanza al pensar que quizá las nuevas generaciones cuenten cada vez más con padres como los Perlman. Muy célebre es ya la escena cerca del final en la que, tras la marcha de Oliver, el padre de Elio consuela a su hijo animándole a abrazar su dolor, y por encima de todo, a ser él mismo. Ese sobrecogedor discurso, que contiene las palabras que tantas personas homosexuales hubieran querido escuchar a esa edad, es lo que pone en perspectiva todo lo vivido hasta el momento, lo que convierte esta película en una obra con la capacidad de cambiar a quien la ve.

Por eso Call Me by Your Name es mucho más que cine. No es solo una película preciosa que se ve y tras lo cual se pasa a lo siguiente. Es una experiencia de gran calado personal que se vive con todos los sentidos, en la que se entra de la cabeza a los pies, y de la que es imposible salir una vez terminados los (ya icónicos) créditos finales: ese arrollador primer plano sostenido de Timothée Chalamet en el que observamos el mapa emocional de Elio mientras revive su verano con Oliver y sopesa sus consecuencias. Una escena que, aunque no sea más que el broche a una interpretación portentosa de principio a fin, por sí sola justifica todas las nominaciones que ha recibido el actor.

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La dedicación de Chalamet y la increíble capacidad que tiene para expresar el mundo interior de Elio con su rostro facilita la inmersión de un espectador que vive su verano en primera persona, que comparte su intimidad, que se excita, se ilusiona y siente a través de él. Pero no se trata de un ejercicio que nos convierte en voyeurs, sino de uno de los actos cinematográficos más generosos de la historia. Nos enamoramos de Oliver junto a él (¿Quién no se enamoraría de Armie Hammer?, como el mismo Chalamet ha dicho en incontables entrevistas), lo acompañamos en sus dudas, en sus miedos y frustraciones, en sus exabruptos inmaduros, en el éxtasis del deseo correspondido, los nervios y la exaltación sexual, en el anhelo de la piel y el olor del otro, y en última instancia, creemos morir por tener que decir adiós. Porque dejar de ver Call Me by Your Name es efectivamente como despedirse del primer amor tras un verano inolvidable juntos, el dolor que deja en el pecho es casi tan punzante y el vacío casi tan grande. De ahí que la película esté provocando obsesión en un sector de la audiencia que necesita volver a ella una y otra vez.

Guadagnino ha realizado una obra cautivadora en todos los aspectos, una película tierna y a la vez valiente, evocadora y profundamente romántica y sensual, en la que todo está cuidado con un mimo absoluto y una visión artística muy medida. La exquisita ambientación que reproduce con precisión la estética y la atmósfera de los 80 en Europa; la bellísima fotografía que envuelve el relato en un halo atemporal sacando el máximo partido de los hermosos parajes en los que tiene lugar; la acertadísima banda sonora, que incluye dos temas originales de Sufjan Stevens (más una nueva versión de una canción antigua que parece haber sido escrita para la película), en los que el cantautor se pone en la piel de Elio para ejercer como narrador temporal; el uso de la cámara, con la que Guadagnino transmite estados de ánimo y atrapa al espectador, jugando con los encuadres, la luz o el desenfocado para construir el universo de Elio y Oliver. Y sobre todo, Chalamet y Hammer, dos actores entregados en cuerpo y alma a sus personajes, al amor que los consume y los convierte en un solo ser (“Llámame por tu nombre y yo te llamaré por el mío”), hasta el punto de que es completamente imposible imaginarse a otros en su lugar. No hay elogios suficientes para ellos.

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Las palabras son un tema recurrente en la película. “¿Es mejor hablar o morir?”. La canción “Words” de F.R. David suena varias veces a lo largo del metraje, y “Futile Devices” de Sufjan Stevens, replica el sentimiento que personifica a Elio en este momento de su vida: “Hablar me cuesta. ¿Cómo voy a encontrar la manera de decir que te quiero?” / “Te diría te quiero, pero decirlo en voz alta es difícil, así que no lo diré”. En Call Me by Your Name, las palabras son importantes, pero no lo dicen todo. Las miradas, los silencios y los gestos entre Elio y Oliver, los de la noble Marzia a Elio cuando comprende lo que está ocurriendo en el interior de su amigo, la complicidad visible de los Perlman, que observan el crecimiento de su hijo sin que este se percate; todo eso comunica lo que los diálogos no expresan, una sinfonía de matices que nos invita a estar alerta para no perdernos todo cuanto acontece.

Call Me by Your Name es una de las películas sobre el paso de la adolescencia a la adultez más sinceras y conmovedoras que hemos visto, una historia de maduración contada con pasión, libertad y el desbordante erotismo que caracteriza a Guadagnino -y que aquí alcanza su máxima expresión en escenas tan comentadas como la del melocotón, o mediante los desnudos entrelazados de sus protagonistas, análogos a las esculturas greco-romanas con las que el realizador compone una oda al cuerpo masculino y el deseo. Conocer a Elio y Oliver es quedarse con ellos para siempre, es dejarles una parte de nosotros mismos. El efecto de la película perdura, sus imágenes no desaparecen de la retina y su mensaje de tolerancia propone un mundo en el que necesitamos creer. Por todo ello, Call Me by Your Name no es solo un triunfo artístico incontestable, sino también una de las películas más importantes de esta generación.

Pedro J. García

Nota: ★★★★★

Crítica: Tierra de Dios

Tierra de Dios (God’s Own Country) es el multipremiado debut en el largometraje del inglés Francis Lee. Su aclamada opera prima no ha parado de recibir elogios y galardones a su paso por múltiples festivales de cine en los últimos meses, incluyendo los de mejor película en Edimburgo y Sevilla, además de acumular 11 nominaciones a los premios del cine británico. Y no es para menos. Descrita (simplificando mucho el asunto) como la Brokeback Mountain británicaTierra de Dios es una de las películas LGBT+ más arrebatadoramente hermosas que hemos visto.

Lee se crió en una granja en Soyland, localidad campestre del condado de West Yorkshire, donde el autor regresa para rodar una historia de amor, autodescubrimiento y despertar emocional en la que las preciosas localizaciones de la Inglaterra rural juegan un papel esencial. Para los protagonistas, Lee escogió a dos actores completamente desconocidos, con el objetivo de no distraer a la audiencia y no crear ideas preconcebidas. Josh O’Connor interpreta a Johnny Saxby, un joven que trabaja sin descanso en la granja de ovejas de su familia, al norte de Inglaterra y que recurre frecuentemente al alcohol y el sexo casual con extraños para distraerse de la soledad y la rutina. Todo cambia con la llegada de Gheorghe (Alec Secareanu), un atractivo inmigrante rumano que acude a la granja en busca de trabajo. A pesar del rechazo inicial de Johnny y la incómoda tirantez que surge entre ambos, trabajar juntos hace que acaben desarrollando una intensa relación que cambiará la vida de Johnny por completo.

Filmada con el mismo tacto con el que está narrada, Tierra de Dios se alza como un conmovedor relato sobre la aceptación de uno mismo, el deseo, la búsqueda de conexión, el vínculo al lugar y la exploración de la sexualidad en un duro entorno de aislamiento y silencio. Lee retrata a los protagonistas y su relación con detallismo y sutilidad, hallando las palabras en sus gestos y elocuentes y poderosas miradas, desnudándolos por completo (literal y figuradamente) en carnales escenas de sexo, y trazando con todo ello una historia de primer amor de una fuerza y humanidad desbordantes con la que es muy fácil involucrarse emocionalmente. La complicidad y la pasión que surge entre Johnny y Gheorghe nos deja pasajes de sentimientos a flor de piel y profunda sensualidad, gracias a la mirada íntima y comprensiva del director, y a las impresionantes interpretaciones de O’Connor y Secareanu, dos jóvenes de gran talento natural que se dejan las entrañas en un soberbio ejercicio de contención dramática seguido de un estallido visceral.

tierra-de-dios-posterTambién hay que elogiar a los veteranos Ian Hart y Gemma Jones, que junto a la pareja protagonista forman un cuarteto interpretativo excepcional. De hecho, Lee trata la relación de Johnny con su padre enfermo y su abuela con el mismo cariño y minuciosa atención al detalle que el romance central, también contándonos mucho más de lo que parece con cada interacción cotidiana y cada mirada (el trabajo de Hart y Jones sobrecoge de principio a fin), componiendo así con sus inteligentes matices un universo de significado muy rico.

Aunque Tierra de Dios ofrece una segunda lectura como alegato pro-inmigración en la era Brexit, la película es por encima de todo una intensa y sincera historia de amor y crecimiento personal, no exenta de dolor, pero llena de optimismo y esperanza. El poder bucólico de sus imágenes (magistralmente filmadas y con una dirección de fotografía inmejorable), la forma en la que Lee utiliza el trato a los animales en la granja, a veces como sustituto del tan anhelado tacto humano, y la apabullante química entre los protagonistas hacen de Tierra de Dios una experiencia cinematográfica irresistible que se suma al canon del mejor cine gay y a la lista de las películas más imprescindibles del año.

Pedro J. García

Nota:★★★★½

Crítica: Moonlight

Moonlight

“No dejes que los demás decidan quién eres”. Esta es la idea que recorre Moonlight, de Barry Jenkins, una conmovedora e inteligente historia sobre el amor, las raíces y el perdón que se ha erigido como una de las mejores películas del año. Avalada por críticas espectaculares y 8 nominaciones a los OscarMoonlight representa un cambio en el panorama de Hollywood, un cine mayoritario más abierto e inclusivo, que ha situado una cinta de “temática gay” protagonizada por un reparto casi íntegramente negro entre lo más destacado de la temporada de premios. Pero que no nos engañe este dato, Moonlight no está ahí para cumplir una cuota o enmendar errores del pasado, sino que ha llegado adonde está por méritos propios, por ser uno de los films más arrebatadoramente bellos y sensuales que hemos podido ver recientemente.

Moonlight es la historia de una vida. De una vida definida por los demás. La de Chiron, un muchacho negro de los suburbios de Miami que busca su lugar en el mundo mientras crece rodeado de problemas: una madre drogadicta, un padre ausente y acoso escolar por ser gay, mucho antes de que él mismo sea consciente de lo que esa palabra significa. Moonlight es la crónica de una vida, un viaje de autoconocimiento de la infancia a la adultez en el que observamos cómo alguien va moldeando su personalidad según sus experiencias, según las conexiones que realiza a través del camino, y siempre condicionada por el pasado, por la familia, la biológica (el lastre de una madre enferma) y la elegida (el refugio que supone encontrar a Juan -Mahershala Ali- y Teresa -Janelle Monáe). Contada en tres secciones que corresponden a tres etapas distintas de la vida de Chiron (infancia, adolescencia, vida adulta), Moonlight lleva a cabo una inspirada reflexión sobre la identidad y la masculinidad cargada de poesía y emoción.

La forma en la que Jenkins trata a la historia y los personajes denota un profundo respeto y amor por lo que está contando. Salta a la vista que se trata de un trabajo personal, un relato procedente de las entrañasMoonlight nos da a conocer a un cineasta de una sensibilidad a flor de piel, un director con tanta buena mano para profundizar en los sentimientos de sus personajes como para exteriorizarlos a través de una puesta en escena que acaricia los sentidos. Todo en la película está cuidado con sumo cariño para arropar al espectador en una experiencia profundamente íntima y reveladora. La vibrante fotografía de James Laxton, que juega con los tonos cromáticos (azules y violetas asaltándonos en la oscuridad) para regalarnos unas noches cinematográficas de ensueño, la magnífica banda sonora de Nicholas Brittell, salpicada de momentos musicales que remiten al mejor cine de Almodóvar y Wong Kar-wai, y una cámara que sabe siempre dónde ponerse para hacernos sentir, componen un sobresaliente ejercicio de estilo que nunca sacrifica lo que está contando a favor de la estética. En parte gracias también a la increíble labor de su reparto: la magnética presencia de Mahershala Ali, la calidez reconfortante de Janelle Monáe y la desgarradora interpretación de Naomie Harris. Sin desmerecer a los actores jóvenes, en cuyas interpretaciones descansa la mayor parte de la película.

En Moonlight acompañamos a Chiron, excelentemente encarnado en respectivas etapas biográficas por Alex R. HibbertAshton Sanders y Trevante Rhodes, en un recorrido que le lleva de la desorientación y el desamparo de una infancia difícil hasta una juventud criminal, resultado directo de sus vivencias. Y en el centro, una historia de amistad, deseo y exploración. Una cuya aceptación con todas sus implicaciones representa el final de un trayecto y el inicio de otro. Jenkins nos narra la relación entre Chiron y Kevin a base de momentos casuales, enriquecida por los silencios y los roces, por una desbordante tensión sexual, y culminante en una escena final entre Trevante Rhodes y André Holland en la que las miradas y el lenguaje corporal cuentan lo que miles de palabras no son capaces de expresar. Una conclusión que, si bien parece contenerse demasiado al privarnos de una catársis romántica, resume perfectamente el camino de Chiron y el discurso de la película sobre la identidad.

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Moonlight nos cuenta una historia de crecimiento y superación con la particularidad de situarla en la comunidad negra, donde la homosexualidad encuentra más obstáculos que en otros entornos. A través de Chiron y de las personas que dan forma a su personalidad, interpretados por un elenco de talento inconmensurable, Jenkins nos habla de los corsés que oprimen y de la necesidad de liberarnos de los prejuicios, de perdonar a quienes nos fallaron (incluidos nosotros mismos) para decidir ser quienes queremos ser, y no quienes los demás esperan que seamos. Una valiosísima lección de vida convertida en la más hermosa de las experiencias cinematográficas.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½