Crítica: Los Hollar

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A John Krasinski lo conocemos principalmente por dar vida a Jim Halpert durante las nueve temporadas de The Office. Después del final de la comedia de NBC, el actor se ha centrado el cine (donde trabaja principalmente su mujer, Emily Blunt), no solo delante de las cámaras (Aloha13 horas: Los soldados secretos de Bengasi), sino también detrás. Su ópera prima como director, Brief Interviews with Hideous Men (2009), pasó sin pena ni gloria, y ahora, justo antes de volver a la televisión para protagonizar el reboot de Jack Ryan, Krasinski presenta su segunda película como realizadorLos Hollar (The Hollars), dramedia indie que él mismo protagoniza junto a un reparto de excepción.

Los Hollar nos lleva una vez más hacia uno de los lugares comunes más explorados del cine independiente norteamericano: el regreso a casa; contextualizado y magnificado por la actual situación económica y laboral que encuentra a muchos treinta y cuarentañeros sin rumbo. Krasinski da vida a John Hollar, un dibujante de novelas gráficas en horas bajas que se ve obligado a marcharse de Nueva York para volver a su ciudad natal, al enterarse de que su madre padece de cáncer. Para ello, John tiene que dejar en Manhattan a su novia (Anna Kendrick), que está a punto de dar a luz al primer hijo de la pareja. Perdido y sin futuro profesional en Nueva York, este se ve obligado a regresar a la vida que se esforzó por dejar atrás, reencontrándose con su disfuncional familia, su ex novia y el marido de esta, que no es otro que su rival del instituto. Una vez allí, John reconectará con todos ellos y hará balance de su vida para recordar de dónde viene y averiguar hacia dónde se dirige.

Otra cosa no, pero Los Hollar es una prueba fehaciente de que Krasinski sabe lo que hace. Su sensibilidad como director no es precisamente novedosa u original, pero sí consistente. Estamos ante un crowd-pleaser de manual, una (de muchas) comedias con tintes dramáticos que tanto gustan en Sundance (en muchas ocasiones solo allí) y que los yanquis hacen como churros. Krasinski controla los mecanismos narrativos y las argucias sentimentales propias del género, explorando con confianza, melancolía y sensibilidad las ideas de las que se suele nutrir este tipo de cine (se nota que hay mucho de autobiográfico en la historia). Ahora bien, que Los Hollar sea el trabajo de alguien que tiene las ideas claras o un ejemplo paradigmático de su género no lo convierte en un film excepcional. De hecho, es todo lo contrario, una película que hemos visto en infinidad de ocasiones, y que nos ofrece exactamente las mismas reflexiones y conclusiones sobre la vida, la familia y el paso del tiempo que tantas otras.

Los Hollar acumula clichés hasta quedarse sin espacio para más (“adorable” y “espontáneo” momento musical incluido), pero su calidez y sus buenas intenciones compensan que todo sea tan predecible y hacen más llevadero el déjà vu. Eso sí, lo que salva la película de caer en las redes del hastío no es eso, sino su excelente reparto, del que destacan los veteranos Margo Martindale (siempre magnífica) y Richard Jenkins (no hay papel que este brillante actor no pueda elevar), y que también cuenta con un notable Sharlto Copley (habitualmente oculto bajo capas de CGI, como en Distrito 9Chappie), Anna Kendrick, Mary Elizabeth Winstead, Josh Groban, Randall Park y Charlie Day, la mayoría protagonistas de subtramas que recuerdan a las de una sitcom (lo que es en el fondo la película).

A pesar de los numerosos tópicos que la componen -y que la despojan de cierta naturalidad-, y de lo forzado de algunos de los momentos más emotivos (la música subraya a base de bien), la película resulta entrañable la mayor parte del tiempo, y en ocasiones realmente divertida, en especial gracias a un acertado elenco que parece muy cómodo a las órdenes de Krasinski. Los Hollar no descubre América,  desde luego, pero la vuelve a presentar como ese lugar reconfortante al que a algunos nos gusta regresar de vez en cuando, aunque sea para vivir un par de horas agradables y olvidarlas nada más terminar.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: El camino de vuelta

THE WAY, WAY BACK

¿Recordáis aquel verano en el que vuestros padres os llevaron un mes de vacaciones al pueblo costero donde ellos veraneaban de pequeños y disteis vuestro primer beso en la playa, junto a una hoguera y con los fuegos artificiales del 4 de julio estallando al fondo? Seguro que sí, como si hubiera sido ayer. Pero ya no sabéis distinguir muy bien si es un recuerdo real o un constructo generado a partir de todas esas ‘películas de vacaciones’ con las que todos crecimos.

Con El camino de vuelta (The Way, Way BackNat Faxon (Ben and Kate) y el ganador de un Oscar por Los descendientes Jim Rash (nuestro Decano Pelton de Community) aúnan con buen gusto y mucho cariño la mitología yanqui más reconocible e importable y los tópicos del cine sobre adolescentes (de esa variante amable y pseudodramática que ellos llaman concretamente “coming of age movies”) para recordarnos aquel verano en el que todo cambió, o si no se es tan afortunado, el mejor verano que nunca tuvimos.

El camino de vuelta está narrada desde el punto de vista de Duncan (Liam James), un torpe e inseguro adolescente de 14 años con el que es prácticamente imposible no identificarse de alguna manera (seguramente si estás leyendo esto, tú fuiste, o eres bastante Duncan). Es como el Charlie de Las ventajas de ser un marginado pero sin el trauma infantil y el hospital psiquiátrico. Duncan no corre peligro de caer en depresión, pero su familia no le proporciona estabilidad precisamente, y su situación lo convierte en el protagonista ideal de este tipo de películas, un héroe mundano y defectuoso (un 6 que en realidad es un 9) del que nos apropiamos sus pequeños triunfos personales. Qué bien se siente uno realizándose a través de personajes como este.

El Camino de Vuelta_PósterUn par de años después del divorcio de sus padres, Duncan se va de veraneo con su madre (Toni Collette), su odioso nuevo novio (interpretado por un Steve Carell que se aleja de todos los papeles que ha hecho hasta ahora) y la ausente hija de él. Mientras su madre intenta por todos los medios crear una nueva familia con lo que tiene a mano, Duncan busca refugio fuera de casa. Lo encuentra en un parque acuático regentado por un Peter Pan cuarentónOwen (Sam Rockwell en estado de gracia), que se ofrece como guía espiritual del chaval y le da su primer trabajo. Con Owen y el resto de kidults del parque, Duncan aprende a no quedarse de brazos cruzados. A perder la vergüenza y bailar break dance delante de extraños, a hacer un acercamiento con la preciosa vecina (AnnaSophia Robb), y en definitiva, a empezar a vivir un poco la vida.

El camino de vuelta es todo un caramelito indie en la línea de Little Miss Sunshine o la reciente Un invierno en la playa. Una dramedia familiar muy bien interpretada (Allison Janney está maravillosa), con envoltorio Sundance (es decir, tan natural como manufacturada) y sabor a película de los 80, que da siempre con las notas adecuadas para tocar la fibra (aunque salten demasiado a la vista las intenciones y seamos conscientes en todo momento de que estamos siendo ligeramente manipulados). El camino de vuelta transcurre en nuestros días -como nos indica el product placement tecnológico-, pero su espíritu (y su selección musical) está en un pasado común que es tal y como nos recuerdan estas películas, aunque en realidad no se parezca en nada.

Valoración: ★★★½