Crítica: 120 pulsaciones por minuto

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El fallo positivo anunció que el virus que navega en el amor avanza soltando velas, aplastando las defensas por tus venas… De esa manera tan poética comenzaba Ana Torroja su último épico/precioso/vergonzoso discazo junto a Mecano. Aidalai llegaba justo diez años después de la ‘oficialización’ del SIDA como enfermedad. Una década de teorías descabelladas, tratamientos infructuosos, rumores malignos y, especialmente, de estigmatización de los afectados, incomprensión por parte los organismos oficiales (tanto gubernamentales como culturales o religiosos) y muerte. La ignorancia de los demás, vestida de puritana y de santa moral hablaba de divino castigo… Una pandemia que se extendía por las calles de toda ciudad occidental (después de haber arrasado parte del continente africano), cobrándose las vidas de amigos, conocidos y algún que otro ídolo. Una vez más, la sociedad señaló a los homosexuales y drogadictos como los culpables de todo, despreocupándose del mundo heterosexual, hecho que hizo que la epidemia se descontrolase aún más. Esa mezcla de inquina e ignorancia apretaba casi tanto o más que el propio nudo de dolor del VIH. Robin Campillo (Les revenants) nos acerca al día a día de esa estúpida sentencia en 120 pulsaciones por minuto.

Despertar a las masas es una tarea harto difícil, pero se puede conseguir en momentos puntuales. El fallecimiento de Freddie Mercury, el Oscar a Tom Hanks por su papel en Philadelphia… pero lo difícil es hacer que esos ojos del pueblo sigan abiertos, que tome conciencia de la situación y actúe en consecuencia. Si en la actualidad es arduo, imagínense en plena época de desconocimiento (real y alentado) en los noventa. Junto a Campillo nos enrolamos en el Act-Up París, grupo de activistas, portadores o no del virus, encargado de concienciar a la anquilosada y cateta sociedad francesa. 120 pulsaciones por minuto es un relato tan esperanzador como agobiante. Alentador por la fortaleza y cohesión existente entre los miembros (a pesar de los lógicos roces que existen en toda agrupación), por su combatividad y creatividad sin límites. Angustioso por la palpable pasividad tanto del gobierno como del pueblo llano ante la cruda realidad: ellos y ellas se están muriendo. La escena de concienciación (charlas, entrega de folletos y preservativos) en el instituto es completamente desgarradora, ya que los prejuicios, el desconocimiento y la desinformación en un centro de educación son actos humanos imposiblemente crueles.

120-pulsacionesPero los miembros de Act-Up París no solo imprimen folletos, crean eslóganes más o menos acertados (‘moléculas para encular’ forever) y realizan acciones no-violentas contra políticos o laboratorios farmacéuticos, sino que aman. Sean (un genial Nahuel Pérez Biscayart, Stefan Zweig: Adiós Europa) y Nathan (Arnaud Valois, La chica del tren, la de Téchiné, no la otra) son novios. Se conocieron en las reuniones del grupo. Sean es el más combativo y tocapelotas de todos y Nathan es uno de los recién llegados. Ellos se aman. Ellos follan sin parar, como debe de ser. Sean lo tiene, Nathan no. Su relación, tanto dentro del film como ante el espectador actual, es el mejor ejemplo de visibilización de la enfermedad y una forma de acabar de una vez por todas con la estigmatización del afectado.

Fueron los años en que todos los amantes murieron y ninguno sobrevivió. Hoy en día a ojos de la sociedad todo parece más bien un sueño (o una pesadilla) lejana, casi tan pintoresca como una epidemia del siglo XIV. Por ello, 120 pulsaciones por minuto es la película más necesaria de la temporada, no solo por su notable calidad cinematográfica, sino por ese acto de memoria histórica ante la amnesia actual frente al VIH/SIDA que lleva a cabo, por su carácter didáctico (muy patente el legado de La clase) y su alta capacidad de concienciación… porque sin ellos la vida es un cero.

David Lastra

Nota: ★★★★

Crítica: La vida de Calabacín

El cine de animación proporciona a sus creadores un lienzo en blanco en el que todo es posible, donde cualquier cosa imaginable se puede hacer realidad. Muchos utilizan la animación para dar vida a mundos increíbles y criaturas fantásticas, para contar cuentos maravillosos o asombrar a los niños de todas las edades con visiones espectaculares. Otros optan por reflejar la realidad mundana e ir más allá del mero entretenimiento. El cine de animación es tradicionalmente asociado al público infantil, pero siempre ha habido cineastas que han utilizado esta forma de expresión para contar historias más adultas, dramas humanos como La tumba de las luciérnadasCuando el viento sopla Animalisa, por nombrar unas pocas. Aunque su propuesta no llega a los confines del melodrama o la tragedia de los títulos citados, La vida de Calabacín (Ma vie de Courgette) viene a sumarse a esta lista, con una obra de rebosante emoción e inteligencia que los adultos apreciarán de forma especial y que ha sido reconocida por sus numerosos galardones y una merecida nominación al Oscar a mejor película de animación.

Dirigida por Claude Barras a partir de la novela de Gilles Paris Autobiographie d’une courgette, La vida de Calabacín está realizada mediante la técnica del stop-motion (la misma de Kubo y las dos cuerdas mágicas, con la que comparte categoría en los Oscar), utilizando simples escenarios y “marionetas” de plastilina para crear el mundo de su protagonista, un dulce niño de 9 años apodado Courgette (Calabacín) con una tumultuosa vida interior. Tras la repentina muerte de su madre, una mujer abandonada a la televisión y el tabaco que no prestaba atención a su hijo, Courgette va a parar a la comisaría, donde se hace amigo de Raymond, un amable policía que lo acompaña a su nuevo hogar de acogida, en el que conocerá a otros huérfanos de su edad. La vida de Calabacín nos narra el proceso de adaptación del niño a su nuevo entorno y a la ausencia de su madre, encontrándose inicialmente con un ambiente hostil y teniendo que lidiar con una nueva familia a la que cuesta abrir su corazón. Pero con la ayuda de Raymond y los adultos que trabajan en el centro, Courgette aprenderá a confiar en ella, por muy rota que esté y extraña que sea, y así vivir su nueva realidad.

A pesar de su estética preescolar, La vida de Calabacín no es una película infantil. Aunque sí es una película sobre la infancia con inclinación pedagógica que los niños pueden ver (bajo supervisión de un adulto, ya que contiene temas e imágenes que pueden ser consideradas demasiado oscuras para determinadas edades). En ella, Barras lleva a cabo un retrato de la niñez muy honesto, cargado de emotividad e inocencia pero sin sentimentalismos o remilgos, abordando temas que podrían resultar escabrosos con absoluta naturalidad, poniéndose a la altura del niño para ver el mundo desde sus ojos y, por tanto, tratando a la audiencia más joven con el respeto que merece. La vida de Calabacín está llena de vida, y esta se refleja en los ojos de Courgette y los maravillosos niños del orfanato, cuyas miradas de plástico dicen mucho más que todas las palabras (ver el plano debajo de este párrafo, el que resume mejor la elocuente sencillez y profundidad psicológica de la película). Utilizando sabiamente las traumáticas experiencias de cada uno de ellos para formar sus caracteres y forjar sus relaciones, el film dibuja personajes impresionantemente reales, lo cual resulta especialmente llamativo teniendo en cuenta de que se trata de caricaturescos muñecos de plastilina.

Junto a Courgette y sus nuevos amigos nos adentramos en un entrañable universo de descubrimiento, no exento de dolor y crueldad, pero optimista y profundamente conmovedor (la punzada en el corazón cada vez que Béatrice sale gritando “Mamá” cuando oye un coche acercarse al orfanato es real), donde observamos a los pequeños enfrentándose a la soledad, la amistad, el amor, el miedo y la sexualidad en experiencias que definirán su personalidad y los ayudarán a ver posible un futuro feliz. La vida de Courgette es una rareza dentro del cine de animación, un drama íntimo y agridulce que esconde una melancolía arrebatadora bajo su sencillez de colores pastel y nos habla con gran sutileza y delicioso sentido del humor sobre la infancia (su vulnerabilidad, su fortaleza y capacidad de adaptación) y la familia. En definitiva, una pequeña gran joya del cine reciente.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Cuando tienes 17 años

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“Los que se pelean, se desean”. Verdad absoluta (o idiotez supina) convertida en cántico universal que resonaba, y seguro sigue resonando de vez en cuando, en los patios de los colegios de media España cuando dos zagales la emprendían a vaciles, insultos, empujones y/o guantadas. Una respuesta violenta, más o menos controlada, ante los calentones adolescentes… y es que a los trece, catorce, quince, dieciséis y diecisiete años, no puedes ser formal. André Téchiné (Los juncos salvajes, Alice y Martin) realiza la adaptación cinematográfica de semejante consigna en Cuando tienes 17 años (Quand on a 17 ans). La historia de amor entre Damien y Thomas. Un año de hostias, vergüenzas y algún que otro beso.

Dos familias nucleares que viven en una población del sudeste francés. La primera acomodada, formada por una madre doctora, un padre militar ausente y un hijo buen estudiante, aunque un pelín malcriado. La otra, más modesta, con una madre embarazada y un padre dedicados a las labores del campo y un hijo adoptado, educado en casa y un cafre fuera de ella. El choque entre los dos adolescentes surge tras un cruce de miradas en clase. El uno se pavonea y el otro golpea. La estupidez humana en estado puro. El odio a lo amado, aunque todavía ninguno de los dos sea consciente de su aprecio. Ese aprecio (y ese odio) se disparará cuando, tras una surrealista decisión de la madre de Damien, acaban viviendo bajo el mismo techo.

cuando-tienes-17-anos-poster-espanolTéchiné logra captar de manera acertada la evolución de la relación entre ambos personajes gracias a pequeños gestos, desde lo más ingenuos a los más violentos y físicos. El desarrollo de la película se articula en base a la cotidianeidad del curso escolar en que ambos se descubren. Si bien es verdad que algunas de esas repeticiones lastran el tempo, es en esa normalidad donde Cuando tienes 17 años mejor funciona. El único reproche que se debe hacer es el error del realizador a la hora de gestionar los grandes momentos dramáticos externos a la historia de Damien y Thomas. Ese ansia por interrumpir su historia y ver cómo reaccionan ante las adversidades no es para nada beneficiosa para el desarrollo del film. Bastantes problemas tienen ambos con su aceptación personal… y la del uno al otro.

Pese a no estar a la altura de films coetáneos como La vida de Adèle, Eisenstein en Guanajuato o Laurence Anyways, Cuando tienes 17 años es un buen ejemplo del cine por la visibilidad LGBTQ que se está realizando en estos últimos años… aunque caiga en algún que otro tópico a la hora de representar la homosexualidad de sus protagonistas (como son esos pósters en la habitación de Damien).

David Lastra

Nota: ★★★½

Crítica: Lolo, el hijo de mi novia

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Actúa, escribe, dirige, canta, compone, baila… Julie Delpy es todo un hombre del Renacimiento y una verdadera mujer del siglo XXI. Debutó a lo Lolita en Detective de Jean-Luc Godard, explotó en Mala sangre de Léos Carax y aún siendo lo perra que era Dominique en el episodio central de la trilogía de los colores de Kieślowski, se convirtió en una verdadera obsesión. Pero lo mejor estaba por llegar: ella es la Céline de la saga Antes de... De su increíble interpretación en las películas de Linklater se podrían escribir muchos más de los caracteres que ocupan este texto, pero hoy no es el día, si acaso nos quedamos con sus manos. Esas que le han valido dos candidaturas a los Oscar y le han colocado como un valor seguro a la hora de crear guiones ágiles y cotidianos, capaces de acercarse a temas trascendentales y/o desagradabes pero siempre con un poso de humor. Siguiendo esa tónica, Delpy nos trae su nueva obra: Lolo, el hijo de mi novia. En ella, la Delpy intérprete abraza el absurdo y lo excesivo, dos rasgos de la comedia más pura, pero tanto su desdoblamiento como directora y guionista no están tan de acuerdo con que esta historia sea una chanza cualquiera.

Vista desde fuera, Lolo es una comedia francesa al uso, con grandes dosis humor chabacano (propio del no tan sofisticado humor francés), desentendidos y cierto adoctrinamiento familiar (aunque sea disfuncional), pero como ya se ha adelantado en el párrafo anterior, no hay que dejarse engañar por las apariencias. Lolo es la historia de un sociópata con un complejo de Edipo de campeonato. Esa naturaleza le hace destrozar todo tipo de relación amorosa que su madre intenta llevar a cabo. Imbatible durante casi dos décadas, Lolo ve peligrar su status de intocable con la llegada de Jean-René, un paleto bonachón con el corazón de oro que pasa de ser un polvo de una noche a un futurible compañero de por vida para Violette, la madre de Lolo, una mujer de mediana edad, con un envidiable éxito laboral y un tremendo hambre genital. Como es normal en este tipo de películas, la parte cómica termina predominando en el resultado final, aunque una simple sustitución de la música de Matthieu Lamboley por una partitura más intensa y estaríamos ante una envenenada cinta de suspense a lo Claude Chabrol.

Lolo pósterJulie Delpy se regodea en uno de sus roles favoritos: la snob parisina. Su Violette es una creación muy divertida, especialmente cuando más bruta y malhablada se pone. Este desquiciado personaje es una caricatura y un fiel reflejo de cómo se trata a toda mujer que sigue soltera habiendo superado los cuarenta en este nuestro Primer Mundo. Como ya hizo con Chris Rock en Dos días en Nueva York, Delpy vuelve a elegir a un cómico como su partenaire. En esta ocasión lo hace con todo un revientataquillas en el país galo: Danny Boon. Además de solventar notablemente su Jean-René, el protagonista de Bienvenidos al Norte sorprende al no estomagar en ningún momento del metraje. Algún mérito tendrá la Delpy directora cuando ya obtuvo ese mismo éxito con Rock en la citada aventura neoyorquina. Vincent Lacoste (protagonista de Hipócrates y que repite con Delpy tras formar parte de la multitudinaria El Skylab) es el encargado de ponerse en la piel del parásito humano que da nombre a esta película. En vez de optar por crear un Lolo cautivador y magnético, él es un personaje bufonesco, que rompe con la imagen estilizada por la que suelen inclinarse las producciones estadounidenses. El conseguido tono risible y extravagante de los protagonistas (y de una gran Karin Viard en un papel muy Samantha Jones de Sexo en Nueva York) dignifica algún que otro agujero en la historia.

Lolo es un pasatiempo cómico muy negro, fiel a la marca de autora de su creadora, que no llega a sorprender, pero sí que entretiene y cumple su función sin ningún tipo de fisuras. Touché, Madame Delpy.

David Lastra

Nota: ★★★½

Crítica: Théo & Hugo, París 05:59

Theo y Hugo

Théo (Geoffrey Couët) explora los cuartos oscuros de un club nocturno. Se pasea en silencio, observando a los hombres enzarzados en el sexo más sudoroso y jadeante, tanteando el terreno desde relativa distancia, dejándose besar ocasionalmente por un extraño que lo desea. Hasta que su mirada se cruza con la de Hugo (François Nambot). De repente, la marea de cuerpos desnudos se abre entre ellos cual aguas del Mar Rojo para Moisés. Posan su mirada el uno en el otro y no la apartan. Se descubren. Una luz rojiza los baña. Están solos, porque alrededor no hay nada, solo oscuridad, y gente que no son Théo ni Hugo. Sin mediar palabra sus cuerpos se conocen, se fusionan, y se follan. Théo y Hugo conectan a un nivel primario, es impulso, pasión, pero también es algo más que sexo y nosotros podemos verlo, es una conexión que va más allá de la mera atracción animal, que solo es el principio.

Así comienza Théo y Hugo, París 05:59, con una colosal escena de sexo explícito y real que durante casi 20 minutos envuelve, embriaga, incomoda, y aturde. Una secuencia en la que los directores Olivier Ducastel y Jacques Martineau coreografían un memorable “chico conoce chico” en un escenario normalmente ajeno al cine romántico, creando una atmósfera lúbrica y martilleante en la que el destello del amor a primera vista brilla y contrasta con extraña fuerza. La excelente puesta en escena, la iluminación, la música entumecedora, la disposición teatral de los cuerpos desnudos, el atrevimiento de los primeros planos de sexo no simulado, todos estos elementos hacen que Théo y Hugo atrape con vehemencia. Esta es una escena que va más allá de aquellos famosos 9 minutos de éxtasis en La vida de Adèle, que hace que Shortbus se quede corta. Pero como decíamos, se trata solo del prólogo a una preciosa historia de amor, el inicio de una relación a tiempo real durante una noche, en la calles vacías de la madrugada parisina.

Pasados estos primeros 20 minutos, Théo y Hugo empieza a recordar en muchos aspectos a Weekend de Andrew Haigh (comparación tan obvia como necesaria). Sin embargo, su propuesta es más arriesgada, y a la vez más inocente. Ducastel y Martineau nosTheo Hugo cartel cuentan una fábula de deseo y de amor floreciendo ante nuestros ojos, enfrentándose desde su nacimiento al desengaño y al miedo (a la enfermedad por un descuido irresponsable), una vez pasada la exaltación del primer encuentro. El romanticismo de Théo y Hugo es decididamente naíf, sus conversaciones rozan el cliché y lo cursi por momentos, los protagonistas no son precisamente unos portentos de la interpretación, pero la conexión entre ellos es indudable y es inevitable dejarse llevar por el entusiasmo con el que Ducastel y Martineau nos la retratan.

Théo y Hugo es una película magnética, de una ingenuidad romántica irresistible y un realismo sin ningún tipo de inhibiciones. Una experiencia íntima, de erotismo desaforado y espíritu sorprendentemente entrañable que plantea una historia de amor a flor de piel, con énfasis en la piel. En una de las escenas más potentes de la película, Hugo se agacha para admirar y elogiar con ternura el sexo desnudo de Théo. A su manera, es como si le estuviera mirando a los ojos, diciéndole que quiere estar con él toda la vida. Y es cuando deseamos que tengan su final feliz juntos (con o sin diagnóstico negativo), o mejor aun, un futuro más allá de las 5:59, aunque no lo veamos.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: La cabeza alta

LA TÊTE HAUTE  de Emmanielle Bercot LES FILMS DU KIOSQUE

Si creíais que el Steve O’Connor de Mommy o los chavales de Short Term 12 eran adolescentes problemáticos, esperad a conocer a Malony FerrandotLa cabeza alta (La tête haute) tiene mucho en común con esas dos joyas del cine reciente, de ahí la comparación por proximidad en el tiempo, pero el film de Emmanuelle Bercot (El viaje de Bettie) entronca en realidad con la mayor parte del cine social europeo que toca el tema del sistema educativo y los jóvenes inadaptados, un subgénero que suele buscar el origen y posibles soluciones pragmáticas -sin hallar nunca nada definitivo- a una cuestión muy delicada.

Malony lleva desde los 6 años visitando el despacho de la jueza de menores Florence Blaque (Catherine Deneuve), para rendir cuenta de su comportamiento delictivo (el adolescente se especializa concretamente en el robo de coches y la circulación temeraria sin permiso). Ya que su madre no pone de su parte para rectificar la trayectoria de su hijo (a pesar de que existe el amor y el instinto de protección entre ellos), son las leyes y los educadores sociales los responsables de llevar a Malony por el buen camino, una tarea particularmente complicada debido al temperamento inestable y los episodios nerviosos de violencia que experimenta. Malony es una bomba que estalla con apenas rozarla, afectando a todos a su alrededor, familia y profesionales a su cargo. En uno de los reformatorios por los que pasa, Malony conoce a una chica que podría ser la razón que necesitaba para intentar cambiar.

En lugar de construir su película como un melodrama de superación al uso, Bercot la mantiene anclada a la realidad en su mayor parte, evitando aspavientos sentimentales y dejando claro que la esperanza de cambio para estos niños existe, pero no es tan fácil de alcanzar como suele pintarlo la ficción. La cabeza alta puede llegar a resultar una experiencia enervante y agotadora, al ver cómo su protagonista cae una y otra vez en los mismos errores y no parece tener voluntad de mejorar su conducta. Es lo más parecido a ver a alguien cercano atravesando un problema psicológico o una enfermedad y no poder hacer nada por él, porque ese alguien se resiste a cooperar sin importar la destrucción que se está provocando a sí mismo y a los demás. Ese sentimiento de frustración que a muchos resultará tristemente familiar es justo el que Bercot quiere transmitir con su película, un ejercicio de resistencia física y emocional en el que Malony araña la piel del espectador, que no tiene más remedio que ponerse en la situación de aquellos que le intentan ayudar.

LA TÊTE HAUTE  de Emmanielle Bercot LES FILMS DU KIOSQUE

La cabeza alta inauguró el pasado Festival de Cannes provocando indiferencia generalizada. Es cierto que la cinta de Bercot tiene cierto aire a vídeo institucional o capítulo ficcionalizado de Hermano mayor, pero bajo su apariencia de drama social convencional se esconde un relato comprometido y calibrado sobre la desesperación que aborda con respeto e imparcialidad todos los frentes del problema (los adolescentes, la familia, las autoridades legislativas y los educadores); una historia cruda y difícil que, a pesar de lidiar con las leyes de regulación de la responsabilidad penal de menores concretas al estado francés, resuena de manera universal para obligarnos a reflexionar sobre su funcionamiento.

Por último, es en el apartado interpretativo donde La cabeza alta sobresale de forma incontestable. Bercot dirige con tenacidad a un magnífico elenco de actores del que destacan Sara Forestier (descubierta en aquella joya que fue La escurridiza, o cómo esquivar el amor) y Benoît Magimel, que da vida al “hermano mayor” de Malony. Pero el pilar esencial que sostiene en pie La cabeza alta es la relación que se establece entre el protagonista y Florence, una preciosa dinámica que Bercot no necesita prostituir para conmover. La sola mención de Catherine Deneuve lleva implícito el elogio a la actriz, pero es necesario destacar cómo su interpretación adquiere mayor profundidad en presencia de esa fuerza de la naturaleza que ha resultado ser Rod Paradot. En una brevísima pero elocuente escena, Malony está acostado en su cama oliendo un pañuelo que le ha robado a la jueza. Con este hermoso gesto de deferencia casi onanista, Bercot sintetiza la compleja relación entre los protagonistas a la vez que reivindica (aunque no haga falta) el eterno magnetismo escénico de la Deneuve.

Valoración: ★★★★

Crítica: Mala sangre

Mala sangre

Texto escrito por David Lastra

“¿Conozco al menos la naturaleza? ¿Me conozco? Basta de palabras. Sepulto a los muertos en mi vientre. ¡Gritos, tambor, danza, danza, danza, danza!” Arthur Rimbaud despotrica contra todo bicho viviente (francés) en su pasaje Mala sangre de Una temporada en el infierno. ¿Existe relación alguna con la obra homónima de Léos Carax? El ostracismo, la impotencia y la consiguiente relación violenta del protagonista de ambos trabajos ante su existencia es similar. La indecisión de Alex (Dennis Lavant) ante la posibilidad de una nueva vida tras su reciente condición de huérfano, idéntica (“La última timidez y la última inocencia. Está dicho. No mostrar al mundo mis ascos y mis traiciones. ¡Vamos! La caminata, el fardo, el desierto, el hastío y la cólera”); su espanto ante qué compañero de viaje tener coincide absolutamente (“¿A quién alquilarme? ¿Qué bestia hay que adorar? ¿Qué santa imagen atacamos? ¿Qué corazones romperé? ¿Qué mentira debo sostener? ¿Entre qué sangre caminar?”). Aunque puede que el título no tenga nada que ver. Cabe la posibilidad de que un ajado ejemplar de Una temporada en el infierno sobresaliese en su estantería, que Carax abriese el libro y, por arte del azar, Mala sangre apareciese ante él. ¿Intensidad buscada o fruto del azar? Si nos atenemos a la técnica compositiva de Jean-Luc Godard, padrino visual confeso de Carax, nos deberíamos decantar por la segunda, ya que es de todos conocido que el maestro JLG tenía la costumbre de abrir libros al azar y hacer que sus bellos actores y actrices decantasen un pasaje cualquiera ante la cámara, sin importar en demasía su contenido. Sea lo que sea, lo que no podemos negar es que sin la elegante virulencia de Rimbaud, Carax realizaría este tipo de películas. Así que la naturaleza del título no es del todo importante. He aquí su primera gran obra maestra, que me perdone Chico conoce chicaMala sangre.

Su naturaleza extraterrestre hace que sea casi imposible englobar con una simple etiqueta a Léos Carax. Podríamos inventar un término híbrido como romántico extremista para denominarle. Un palabro bajo el que pocos cineastas podrían encontrarse, si acaso Gaspar Noé, por sus obras Irreversible y, especialmente, Enter the Void. La visión del amor de ambos es puramente sensible, pero sin caer en la sensiblería. Un cine inocente, desnudo, infantil y tremendamente transgresor. Carax explotaría esas señas de identidad en sus dos obras posteriores: Los amantes del Pont-Neuf y, principalmente, Pola X. Estas marcas de romanticismo extremo se encuentran presentes el Mala sangre pero de una manera más suavizada (que no dóciles). Su historia se estructura siguiendo la fragmentación y la poética de las primeras obras de la Nouvelle vagueCarax juega con los arquetipos de las historias de maleantes de los primeros filmes de François TruffautClaude Chabrol y del propio Godard. Golpes imposibles, jugarretas, perros viejos, damiselas, malos malísimos y la figura del héroe. Pero es en esta figura del héroe donde Carax explota su elemento discordante. Lejos de la seguridad de Michel Poiccard en Al final de la escapada, el héroe (o antihéroe) de Carax bebe del malditismo del citado Rimbaud y de una insolencia y una falta de madurez que recuerdan al demonio creado por J.M. Barrie. No obstante, las facciones de un Lavant veinteañero son las perfectas para encarnar a un Peter Pan recién deportado de Nunca Jamás.

Mala sangre

Huidizo de sus responsabilidades, tanto provenientes por su legado paternal (una mente y un cuerpo para el delito) como por las de un amor correspondido, Alex decide cortar con todo y huir a la playa (otro guiño a la nouvelle vague). Para ello tiene que dar un último gran golpe. Todo parece sencillo hasta que el azar le golpea. Una situación novedosa para un trilero de su entidad. La chica de su nuevo jefe (otra leyenda del cine europeo, Michel Piccoli) es una mujer con la que se cruzó (o no) una vez en el autobús y ante la que cayó tremendamente prendido. Anna es un amalgama de los personajes interpretados por Anna Karina para Godard, fundamentalmente su Odile en Banda aparte y Nana de Vivir su vida. La cara de Juliette Binoche junto a los problemas de ser inalcanzable por amar esta a otro. Ella representa el amor idealizado, la perfección hecha compañera.  Hasta ese momento, Alex había vivido un tórrido romance junto a la bella y joven (menor) Lise (insultantemente bella y perfecta Julie Delpy), pero ella comete el crimen de quererlo sobre todas las cosas. Ella es el amor moderno. Ella es sexo con amor. Ella está abocada al fracaso. No sabe que el soñador y el romántico siempre preferirá el amor no correspondido a un orgasmo. “God and man, don’t believe in modern love” que berrea David Bowie en el rupturista plano secuencia (con un pequeño corte) musical que protagoniza Alex.

Y hasta el último momento no hablamos del contexto futurista del film, una de las cosas más publicitadas del film y que realmente no es sino un mero macguffin: el mundo en el que habitan los personajes está siendo devastado por una enfermedad de transmisión sexual que responde a las siglas de STBO y una posible vacuna para ese virus es el objeto que la banda de Alex quiere robar. Esta pandemia acaba con aquellos que realizan el acto sexual sin amor. ¿Culpabilidad cristiana? No, romanticismo puro. De la misma manera en que no podíamos encontrar una etiqueta generalista para su director, tampoco podemos catalogar a Mala sangre como una distopía. Situación similar a la que nos encontrábamos en la más reciente Mommy, de Xavier Dolan y su ley S-14.

Mala sangre es radicalismo, romanticismo, Bowie, amor, amor, amor, amor, o lo que es lo mismo “¡hambre, sed, gritos, danza, danza, danza, danza!”.

Valoración: ★★★★★

Crítica: Nueva vida en Nueva York

CASSE_TETE_CHINOIS

El francés Cédric Klapisch fue el responsable de uno de los mayores éxitos sleeper del cine europeo a comienzos de siglo, Una casa de locos (L’auberge espagnole, 2002). Aquella película retrataba de manera fresca, realista y pertinente la vida del estudiante europeo durante la experiencia Erasmus, una idea que Klapisch utilizaba para conectar con miles de jóvenes que se sentían profundamente identificados y que además le servía para reflexionar sobre algo más grande: la nueva Europa, representada por un hogar políglota, policultural y en caótica armonía.

Tres años después, el director continuaba la historia de Xavier Rousseau, encarnado por un perfecto Romain Duris, en una segunda entrega, Las muñecas rusas (Les poupées russes). Aunque la premisa era la reunión de los amigos que se habían conocido durante el año de Erasmus, la película se desviaba del tema, evolucionando al compás de sus protagonistas. Sin dejar de hablar en todo momento de lo que significa ser europeo para gran parte de la juventud -red de amistades y relaciones intercomunitarias, conversaciones en dos o tres lenguas, predisposición nomádica, incertidumbre general-, Kaplisch decidió con la secuela empezar a hablarnos de la vida de Xavier, a grandes rasgos. Y esa es la senda que ha continuado en la tercera parte de sus aventuras, Nueva vida en Nueva York (Casse-tête chinois).

Siguiendo el modelo de Antoine Doinel o de Jesse y Céline, Klapisch parece interesado en establecer una estrecha relación emocional entre su protagonista y el espectador, con el que (si hemos seguido su historia desde que comenzó, y si no también) hemos madurado a lo largo de más de una década. La ausencia de un hilo conductor que vertebrase las dos Nueva vida en Nueva York cartelentregas anteriores (caóticas, descentradas, repletas de ramificaciones, rodeos y tiempos muertos) es lo que da sentido a este inspirado último capítulo, y a la estructura, o más bien a la ausencia de estructura, de la trilogía. Xavier tampoco ha tenido nunca un hilo, un plan que le indique por dónde ir. Como gran parte de los jóvenes que ingresan en la mediana edad en Europa, no está donde se imaginaba que estaría a sus años, o lo que es peor, no sabe exactamente dónde quería estar, o hacia dónde quiere ir.

Por eso, Nueva vida en Nueva York es la más relevante, y también la más reveladora, de las tres películas de Xavier Rousseau. Su vida ha cambiado -separaciones, hijos, un futuro laboral incierto a los 40-, pero él sigue siendo el mismo, y es entonces cuando las grandes cuestiones existenciales ya no se pueden acallar. Nos obligamos a hacer balance, a echar la vista atrás y recordar cómo era nuestra vida antes de que las cosas se pusieran serias, antes de que se esperase de nosotros que fuéramos adultos, y a pensar si deberíamos haber hecho todo de otra manera. Como adelanta su título en español, la película transcurre en Nueva York, símbolo del sueño americano moderno, y a la vez la ciudad más europea de Estados Unidos. Una nueva vida, una nueva oportunidad para Xavier, en una historia sobre oportunidades y decisiones en un mundo de fronteras cada vez más difuminadas.

El año de Erasmus queda muy lejano en el tiempo, pero Kaplisch nos muestra, de manera muy certera, emotiva y con el sentido del humor más afinado que nunca, que este tipo de experiencias de juventud nos acompañan de alguna manera para siempre, estemos donde estemos, porque somos la suma de nuestras experiencias, y de las personas que conocemos. Xavier ya no tiene contacto con la mayoría de sus ex compañeros de piso -otro toque realista que se agradece-, pero algunas de esas personas de su pasado ya forman parte de su vida para siempre. Nueva vida en Nueva York es la historia de Xavier y sus mujeres: Martine (Audrey Tatou), Isabelle (Cécile De France) y Wendy (Kelly Reilly). Las tres mujeres de su vida. Y ellas, que son la mujer perfecta repartida en tres, le aportan esa “línea” que necesita, y que no sabía que tenía desde hace más de diez años.

Valoración: ★★★

Crítica: Mis días felices

Mis días felices Fanny Ardant

Después de jubilarse, Caroline ve pasar el tiempo sin saber qué hacer con él. Tras una vida dedicada a su profesión y a su matrimonio, se encuentra con el vacío de la desocupación, y se enfrenta al reto de no malgastar los últimos capítulos de su vida en unas vacaciones indefinidas. En un principio mata el tiempo con varios cursos en un centro ocupacional, pero lo que ella necesita para creerse eso de “nunca es tarde…” no es aprender a usar un ordenador o hacer yoga, sino vivir al menos una vez más la pasión y el arrebato de la juventud. Su relación furtiva con un instructor del centro supone un nuevo despertar sexual, y otorga a Caroline una oportunidad de retomar los días felices, aunque el affair le haga perder un poco los papeles.

Mis días felices 2013 cartel españolMis días felices (Les beaux jours) nos devuelve a Fanny Ardant al cine en su espléndida madurez física e interpretativa. La actriz francesa exuda experiencia y compostura escénica, pero se aproxima a su personaje con la inseguridad de una adolescente que sale por primera vez al mundo exterior, con un irresistible halo de ingenuidad y timidez que da como resultado una interpretación tremendamente fresca y vivaz, como si no llevase cuatro décadas actuando. Ardant alcanza un perfecto entendimiento con su personaje, una mujer definida por la curiosidad, el deseo y el miedo, llevando en todo momento el peso completo de una película que sin su sensual presencia no sería capaz de trascender lo convencional.

Marion Vernoux (directora de Love Etc. y guionista de Venus, salón de belleza entre otros títulos) rueda Mis días felices con una exquisitez absoluta. Evita pasar demasiado tiempo en los recovecos más grises de la historia, sin juzgar a Caroline de ninguna manera, y realiza un sereno retrato de la infidelidad en el que la experiencia y la perspectiva juegan un papel decisivo. Mis días felices comparte núcleo temático con la reciente Gloria, protagonizada por la inconmensurable Paulina García, una mujer sola (más sola que Caroline) ante el tic toc del reloj en el silencio de una casa vacía. Y aunque se adentre el terreno pantanoso del adulterio (como válvula de escape, oh la la), Vernoux se mantiene en todo momento del lado luminoso del relato, buscando la comedia en los pequeños momentos, equiparando madurez con florecimiento, y a Caroline con otro radiante amanecer.

Valoración: ★★★½

Crítica: La vida de Adèle

La vida de Adèle

La vida de Adèle marcará un antes y un después para muchos. Exactamente como el primer amor, el que te consume y te cambia para siempre, el que te obsesiona y te descubre mil y una posibilidades, el que cuando se acaba te deja completamente abatido, desorientado, muerto. La vida de Adèle es la película que durante un tiempo te hará olvidar que existen otras películasAbdellatif Kechiche no nos permite otra alternativa más que enamorarnos de su Adèle, y de su vida, con una experiencia apabullantemente intensa y real de más de tres horas que nos deja totalmente exhaustos y aturdidos. Ser abandonados por La vida de Adèle es muy duro, pero es necesario hacer balance de lo vivido y seguir adelante.

Kechiche toma como punto de partida la novela gráfica de Julie MarohLe Bleu est une couleur chaude (en España El azul es un color cálido), pero como indica el cambio de título, la transforma en algo suyo, y en algo de Adèle Exarchopoulos, su jovencísima y bellísima protagonista (pero sobre todo en algo suyo). Compuesto en gran medida a base de primeros y primerísimos primeros planos que facilitan una experiencia inmersiva absoluta, el film nos adentra en el microcosmos de una adolescente en pleno proceso de descubrimiento de su sexualidad, para pasar a continuación a explorar una relación de la manera más exhaustiva posible. Kechiche destaca a la hora de capturar la excitación y el hormigueo del enamoramiento adolescente, y su cámara dibuja con trazo certero la sensación de descubrimiento y de deseo (el plano detalle del pliegue de la axila de Emma siendo observado por Adèle es uno de los más importantes del año).

La vie d'Adèle

La vida de Adèle tiene esa capacidad para afectarnos en lo más profundo porque su protagonista, nuestra Adèle, no es una chica extraordinaria, sino una muy normal, incluso aburrida (“¿Qué música escuchas?” “De todo”) No es un personaje creado para despertar admiración, ni un ideal de nada. Nos afecta porque nos resulta tremendamente familiar y cercana. El proceso de identificación con Adèle es intrincado, pero es totalmente natural, solo amplificado por esa cámara intrusiva que nos sitúa con ella en el centro del relato, nos enseña continuamente sus puntos negros, sus preciosos dientes de conejo, sus imperfecciones, su belleza y su sexo, y nos ayuda a experimentar todo con ella por primera vez. Por eso cuando Adèle se cruza con Emma (Léa Seydoux) en el paso de peatones, el amor a primera vista es compartido por el que observa. ¿Quién no quedaría arrebatado por esa Ramona Flowers francesa de paletas separadas? Emma representa el deseo primordial, la atracción más magnética, el error favorito.

A partir de ahí, La vida de Adèle se apodera del tiempo. Se detiene para siempre durante la primera conversación entre Adèle y Emma. Convierte en una hora 7 minutos de sexo explícito y real, empapado de saliva y sudor (aunque podamos oír en nuestra cabeza a Kechiche dando directrices). Y salta hacia delante sin piedad, a través de ubicuas elipsis, hasta los momentos más decisivos de la relación, identificando sus puntos nodales, abarcándola y exponiéndola plenamente. Al igual que asistimos al nacimiento del amor y vivimos el delirio del deseo, sentimos de primera mano cómo la vida de Adèle se desmorona a medida que las diferencias entre ella y Emma se manifiestan y se intensifican.

La vida de Adele agua

Kechiche se deja de sutilidades (es un decir) y se vuelve más obvio para enseñarnos que las dos habitan mundos distintos (Adèle proviene de una familia de clase media y no tiene aspiraciones más allá de ser profesora de guardería, Emma es artista, con todo lo que ello conlleva), para darnos en las narices con las diferencias entre conservador y liberal, bohemio y ordinario. Y aunque este pasaje de La vida de Adèle incorpora un par de reflexiones valiosísimas sobre la juventud en la situación económica actual (Adèle ha sido práctica y tiene trabajo, pero es juzgada por su falta de ideales y aspiraciones artísticas), y es necesario para desenlazar la historia, pone algo de distancia entre el espectador y el relato.

La agotadora intensidad y vehemencia con la que se retrata el amor se incrementa para destrozarnos con el desamor. Los primeros planos regresan, y atravesamos un mar de lágrimas y mocos para volver a sentir en primera persona lo que siente Adèle. Entregada, temeraria e inconsciente, precipitada al abismo sin paracaídas, Exarchopoulos finaliza su descarnado recital interpretativo, consumida por el personaje, sin piel, hecha trizas, convertida en ella. Si es que en algún momento no fue esa Adèle. Seydoux está magnífica, pero lo de Exarchopoulos es inabarcable. Para cuando esta historia que se nos antoja demasiado real (porque muchos la habrán vivido) toca a su fin, sentimos esa fuerza devastadora que tira de nosotros al caminar cada día, ese dolor que te ha cambiado para siempre. La vida de Adèle posee esa fuerza. Ya no hay nada que hacer, nos hemos enamorado de dos de las sonrisas más bellas de la historia del cine, y dejar de verlas es morir.

Valoración: ★★★★★

Crítica: La espuma de los días (Michel Gondry)

La espuma de los días

Con The We and the I (2012) el francés Michel Gondry parecía por fin darse cuenta de que su carrera no iba a ninguna parte y había que ponerle remedio. Aquella película, ambientada en un autobús neoyorquino donde coincidían los estudiantes de un colegio público, no obtuvo reconocimiento alguno (tampoco se lo merecía demasiado), pero al menos situó a Gondry en una nueva senda artística, más cruda, ligeramente más madura y descargada de florituras visuales. Un año después le cae del cielo la novela de Boris Vian La espuma de los días, inadaptable para los demás mortales (e inmortales), pero anillo hecho a medida para Gondry. Con su nueva película, el director de Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004) recula, recuperando sus señas de identidad estéticas y narrativas, y abandonando cualquier intención de evolucionar.

La espuma de los días pósterComo la de Joel y Clementine, o Stéphane y Stéphanie (La ciencia del sueño, 2006), la historia de amor de Colin (Romain Duris) y Chloé (Audrey Tatou) es decididamente marciana, ingenua, y está contada de entrañas para fuera. Gondry no cree que el diálogo sea la manera más efectiva de manifestar los sentimientos de sus personajes. Como de costumbre, confía en que las manualidades de primaria -papel maché, algodón, tejidos de colores, marionetas- y las aberraciones psicodélicas del espacio y el cuerpo hagan el trabajo. En La espuma de los días Gondry se entrega una vez más al poder y la “poética del asombro“, y satura su relato de excentricidad y estulticia, de infancia e idealismo, construyendo un mundo fantástico basado en la realidad de nuestros subconscientes, en la realidad de los sueños de Colin y Chloé (y hay pocas cosas tan reales como un sueño).

Gondry regresa a terreno onírico, que es donde se siente más cómodo, para contarnos un romance de la misma manera que el padre o la madre le cuentan un cuento a su hijo antes de dormir. Y como en todos los cuentos, de este también acaba apoderándose la crueldad y la oscuridad. Sin embargo, Gondry no es capaz de ir más allá de la superficie, distanciándose peligrosamente de un espectador que a estas alturas exige algo más de su exuberante y surrealista teatro de títeres. El realizador se ha quedado más tiempo del que debía en un universo infantil que ha acabado por tragarse su capacidad para reflexionar de verdad sobre el amor y la vida. La espuma de los días es un ejercicio estético cuya razón de ser se acaba perdiendo entre las tonterías de un autor que ha abandonado su voluntad revolucionaria para hacer lo mismo de siempre. Gondry parecía interesado en ser enfant terrible, pero a estas alturas ya sabemos que no es más que un enfant.

Cine europeo: Solo el viento, Lo que el día debe a la noche

Los estrenos de primer este fin de semana de agosto incluyen las habituales ofertas estivales, un blockbuster de acción para ver en pandilla, Guerra Mundial Z, y una de niños para ver en familia, Los Pitufos 2. Sin embargo, la cartelera española nos ofrece interesantes alternativas procedentes del viejo continente. Tres cintas que conforman una oferta ecléctica con la que poder estar al tanto de lo que se cuece en la cinematografía europea, al menos en la que nos llega. Ya he reseñado Romeos, película alemana de Sabine Bernardi, aquí. Os dejo a continuación con la húngara Solo el viento y la francesa Lo que el día debe a la noche:

Solo el viento (Csak a szél, Benedek Fliegauf, 2012)

La comunidad gitana de un pequeño pueblo a las afueras de una ciudad húngara se ve agitada por los crímenes cometidos contra cinco familias vecinas, víctimas de tiroteos que no han dejado supervivientes en ninguna de ellas. La policía investiga los asesinatos, supuestamente motivados por el odio racista, mientras el resto de miembros de la comunidad hacen lo posible por seguir adelante con sus rutinas, a pesar de que el miedo se gesta en el pueblo. Mari vive con su padre inválido y dos hijos, Anna y Rio. Mientras la chica se mantiene ocupada trabajando, el pequeño Rio se mete a delincuente. En una “visita” a una de las casas de las víctimas, el niño empieza a ser consciente de que su familia está en peligro.

Solo el viento no deja indiferente. Estamos ante una de esas películas que dividen drásticamente a la audiencia, es tan fácil elogiarla como detestarla. En este sentido se asemeja a varios títulos cortados por el mismo patrón: Elephant (2003), La muerte del señor Lazarescu (2005) o 4 meses, 3 semanas, 2 días (2007) polémicas aproximaciones a la realidad desde un punto de vista extremadamente contemplativo, que dejan que la tensión se geste por sí sola, y el desasosiego se instale en el espectador para darle el golpe de gracia al final. Sin embargo, Solo el viento no posee la fuerza suficiente como para permanecer en la memoria, a pesar de que su final pueda cambiar drásticamente la percepción de lo visto hasta ese momento. Esto sea quizás debido a un tratamiento de la imagen extremadamente naturalista (hay secuencias enteras en las que no vemos prácticamente nada), o porque contiene algún pasaje peligrosamente demagógico que desentona en una propuesta que, en teoría, busca el juicio a través de una experiencia (pretendidamente) observacional.

 

Lo que el día debe a la noche (Ce que le jour doit à la nuit, Alexandre Arcady, 2012)

Lo que el día debe a la noche es la adaptación cinematográfica de la novela homónima de Yasmina Khadra (seudónimo femenino del escritor argelino en lengua francesa Mohammed Moulessehoul), que relata una historia de amor que tiene lugar entre Francia y Argelia, y que transcurre desde 1930 hasta la actualidad. Una promesa hecha en secreto marcará la vida del joven Jonás, que verá peligrar el amor de su vida, coincidiendo con un país, Argelia, que vivirá sus últimos años como colonia francesa. Lo que el día debe a la noche es un relato ultrarromántico que además reflexiona sobre nuestras raíces, y cómo el mundo cambia a nuestro alrededor mientras unos las clavan más hondo y otros se deshacen de ellas, una historia que defiende la idea de que “el amor debe ganar siempre”.

El veterano Alexandre Arcady firma una película que aspira a ser Grandes esperanzas y se queda en telenovela venezolana. Un auténtico horreur de TRES horas del que me es imposible destacar lo peor: Las penosas interpretaciones (sin excepción) para dar vida a personajes que van de lo vacuo a lo absurdo -destaca la protagonista femenina, un ser abominable cuyas incoherentes y aleatorias acciones no se pueden justificar ni siquiera con la dosis más rosa de amor y celos. El acabado estético y todos los aspectos técnicos de la película, del paupérrimo trabajo de cámara al desastroso montaje, que evidencian un sentido del ritmo atrofiado. La inconsistencia de la historia, a través de la cual Arcady nos conduce explicando todo lo que debería ser implícito y forzando los conflictos. Los irrisorios efectos digitales. Todo en Lo que el día debe a la noche exclama “¡TV Movie!” Y definirla así es quedarse corto.

Crítica: Llévame a la luna


Llévame a la luna (en su versión original Un plan parfait, para que veáis que no solo las películas norteamericanas son rebautizadas con títulos estúpidos) es la nueva screwball comedy del popular (en su país) humorista Dany Boon. Una rom-com de manual con aire kitsch que sigue al pie de la letra la predecible y acomodada estructura del género, sin escatimar en tópicos.

La trama no podría ser más tonta. De hecho podríamos haberla visto en cualquier episodio de relleno de cualquier sitcom noventera: Isabelle (Diane Kruger demostrando su considerable vis cómica) lleva 10 años con el mismo hombre, pero no se quiere casar porque en su familia existe una maldición según la cual los primeros matrimonios no funcionan nunca. Para pasar directamente al segundo se le ocurre un “plan perfecto“: casarse con un extraño y divorciarse enseguida, para que este cuente como su primer matrimonio y así esquivar la maldición. Isabelle encuentra a Jean-Yves (Boon), un pobre-hombre poca-cosa, blanco perfecto para ella. Él se prenda de ella, ella lo trata como a un pelele, pero acaba cogiéndole cariño… Y no hace falta que os cuente cómo sigue, ¿verdad?

Llévame a la luna no oculta sus intenciones. Es exactamente lo que parece. Se reafirma constantemente en el slapstick más ridículo y se beneficia de la química entre sus dos protagonistas, que por suerte cumplen de sobra con los requisitos de cualquier pareja imposible de cine que se precie. Es decir, quien se aproxime al filme de Pascal Chaumeil (director curtido en televisión) sabiendo lo que hay no obtendrá ninguna sorpresa, ni para bien ni para mal. Sin embargo, ni los mejores paisajes del mundo (la sabana africana o el Kremlin) salvarán a la película de caer en el tedio, la inercia y el déjà vu. Cine de un solo uso. Y ni eso.