La favorita: Nido de víboras

Ana y Sarah son BFFs. Llevan siendo amigas desde hace ya unos cuantos años y se compenetran a la perfección. S es la única persona capaz de apaciguar los arrebatos coléricos de A y S el único amor puro (y algo sexual) que ha sentido A en toda su vida. Puede que haya cierta sumisión por parte de S hacia A, pero ambas disfrutan y sacan partido de ese rollo Ama-Sirviente que tienen entre ellas. Tanto que en ocasiones cambian los roles y S se convierte en la Ama y viceversa, hasta que A se cansa de todo, pega un par de gritos y hace lo que le viene en gana. S es la persona de confianza, la única en la que puede apoyarse en ese nido de víboras en que viven las dos. Mrs. Morley y Mrs. Freeman, así se llama la una a la otra. Ellas son para siempre y eso no va a cambiar nunca… o puede que sí. Yorgos Lanthimos, creador de pesadillas como Canino o El sacrificio de un ciervo sagrado, da un pequeño salto en el tiempo para volver a golpear nuestras consciencias con La favorita, su nuevo comecocos de época con Olivia Colman, Rachel Weisz y Emma Stone.

En los albores del siglo XVIII, la situación política europea existente convierte los tejemanejes de Poniente en un mero juego de niños. Borbónicos y austracistas pelean por la Corona Española y tanto Francia como la pérfida Albión tercian para sacar tajada. ¿Qué pintan dos amigas como A y S en dicha contienda? Simplemente, A es Ana de Gran Bretaña, monarca de las islas británicas, y S es Sarah Churchill, Duquesa de Marlborough y una de las mentes políticas más privilegiadas y aviesas de su tiempo, además de antecesora de Winston Churchill y Lady Di. A es la reina y S su favorita. No había decisión política en Gran Bretaña que no pasase por S, aunque en más de una ocasión A terminase haciendo lo que le apeteciese, que para eso ella era el tejón más poderoso de Inglaterra.

Todo era felicidad y podofilia hasta que una mujer hizo acto de presencia en la corte, la otra A. Abigail Masham llegó con un vestido cubierto de mierda y barro y con supuesto parentesco familiar con S, carta que le valió para entrar a trabajar como sirvienta. De todos es sabido que por la caridad entra la peste, y a S le llegó por su prima. Sin tiempo para remediarlo, S ve cómo el fulgurante ascenso de la otra A de fregona a nueva consejera de A pone en peligro su status como favorita de la monarca. ¿Es la otra A el revulsivo que necesitaba A o una mera herramienta de los enemigos políticos de S?

La favorita es una sesuda disección sobre las artes políticas y la erótica del poder disfrazada de comedia alocada y absurda. Yorgos Lanthimos construye sus amistades peligrosas en clave de sororidad con el santo surrealismo de Luis Buñuel como patrón. Pocos cineastas actuales son capaces de llevar a cabo ciertas locuras en la gran pantalla sin parecer ridículos y él es uno de ellos. Nos lo demostró con creces su distopía animalista de Langosta y en cierta manera con la discordancia que sufren las protagonistas de Canino y ahora lo hace en la Europa del siglo XVIII. El humor de La favorita es extremadamente burdo y estúpido, algo que suele ser inaceptable en este tipo de películas, pero que justamente es el tono más acertado y necesario para retratar el disparate que eran (son) las monarquías de rancio abolengo del viejo continente. Todo en esta película es tan ridículo que provoca tanto carcajadas como escalofríos, especialmente cuando recordamos que hay miles de vidas y el destino de varios países en juego.

Puede que la premisa de La favorita sea la más canónica hasta la fecha dentro de la filmografía del director griego (curiosamente es la primera ocasión en que Lanthimos no trabaja sobre un guion propio), pero no por ello deja de ser tan perturbadora y marciana como sus obras anteriores. La tóxica sororidad triangular del film no es sino la enésima demostración de que el ser humano es un lobo para el ser humano, especialmente cuando hay intereses de por medio. Aunque haya cariño de por medio, A no deja de tratar a S como si de su esclava personal se tratase, así como S no deja de aprovecharse de A para medrar socialmente un poco más.  De igual manera, que la recién llegada es capaz de hundir a S sin miramiento únicamente por ser pato más poderoso del reino.

Esta contemplativa película se ve beneficiada por una de las mejores elecciones de casting de la temporada: Olivia Colman (Redención y nueva Isabel II en The Crown) como Ana de Bretaña, Rachel Weisz (El jardinero fiel) como Sarah Churchill y Emma Stone (La La Land) como Abigail Masham. Aunque se haya optado por Colman como protagonista para la temporada de premios, las tres intérpretes resultan igualmente arrolladoras y poseen el mismo peso e importancia en pantalla. La labor interpretativa de Colman como la pueril monarca es descomunal y extremadamente valiente. Suyos son los mejores gags cómicos y sus aires de Reina de Corazones son tan ridículos como aterradores. Su Ana de Bretaña es uno de esos papeles por los que una actriz hace historia, no obstante, se ha hecho con el premio a mejor actriz en los pasados Globos de Oro. Su tez mortecina, su mirada vacía y su gesto compungido perpetuo recuerda al feísmo profesado por Francisco de Goya en sus retratos de la corte española. Lanthimos apuesta por exhibir la fealdad y las taras físicas y psicológicas de años y años de endogamia, rechazando categóricamente la estúpida tradición de los films históricos de mostrar a los monarcas como seres bellos y mucho más delgados que sus referentes reales.

Tampoco se corta nada Emma Stone con su Abigail Mashaw. La ganadora del Oscar vuelve a hacer méritos por ser considerada como la mayor payasa del siglo XXI. Stone es una maestra en el arte de la comedia física y en La favorita no se queda corta. Su amor hacia la caricatura y su arrojo a no tener miedo al ridículo es algo inusual en el star system hollywoodiense y por ello debemos celebrar la existencia de la estrella de Rumores y mentiras como lo que es, una verdadera bendición de las diosas. Aunque mucho menos vistosa que sus dos compañeras de reparto, Rachel Weisz realiza la interpretación más loable de las tres. La increíble capacidad de la otra oscarizada actriz del reparto por hacer liviano un personaje tan complejo como el de Sarah Churchill es encomiable. Ella resulta excelente como gran dama de la corte británica que ve cómo su estatus como valido de su majestad corre peligro. Weisz es la entereza y la honestidad (con reservas) de La favorita y sabe transmitirnos a la perfección esa mezcla de amor, interés y cierta frustración intelectual que sufre en su relación con la monarca. Puede que la chica Langosta se vaya de vacío en la temporada de premios, pero ella es la favorita en mi corazón.

La favorita es la última delicia envenenada de la factoría Lanthimos. Preciosa en su envoltorio, aterradora y enfermizamente divertida en su corazón.

David Lastra

Nota: ★★★★

Crítica: The Square

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“¡a… u… aaah! Algo, has oído algo. Un grito casi ahogado por la imperfecta cancelación de ruido de tus nuevos auriculares. Click en el centro de la ruleta de tu iPod Classic. Parar ‘Caballo ganador’ debería estar penado, pero… “¡AYUDA!” Ahora sí, alto y claro, un grito de socorro. Alguien necesita ayuda, pero ayuda de quién y para qué. En pleno Primer Mundo, en el centro de la capital del reino, ¿alguien necesita auxilio? Eso es algo que necesita la gente que sale en las noticias de la tele o en los posts que comparten los cansinos en redes sociales. “¡AYUDA!” Oteo el horizonte e identifico el problema: un señor de cierta edad se ha derrumbado sobre sí mismo, como si de un rascacielos se tratase. Su compañera, simple coetánea o novieta recién echada, es la que implora un poco de caridad. “Ayúdeme, joven. Mi Carlos se ha caído y yo no puedo. Está ya muy torpe y no hace caso con lo del bastón”. Envalentonado y con cierta retórica médica que da años y años de visionados de Anatomía de Grey, me dispongo a identificar el problema, pero como ya ha dicho la buena de Cecilia ha sido una caída tonta por no hacer caso a los médicos. Nada más. Abuelete arriba, divinamente posado como si fuese una marioneta del infame Jose Luis en la jardinera que nos protege del miedo. Un poquito de aire y me despido de la pareja. Antes una fotito, no con ellos, ya que el protagonista somos yo y mi chupa de borreguito. Un pequeño texto explicándolo todo, subiendo y… ¡hostia, los hashtags! #obradeldia #nuestrosmayores #solidaridad #todossomosiguales #todosseremosmayores #foreveryoung #unbonitodia #ayuda #pequeñosgestos #salvandoelmundo #nofilter #instag…. ¡Joder! Voy a guardar el iPhone que ese homeless tiene muy mala pinta y seguro que intenta levantármelo y venderlo pa’ droga. ¡Qué asco de ciudad! Si es que uno no puede ir tranquilo por la puta calle…

Somos unos hipócritas. Despreciables seres que realizamos pequeños gestos de esos llamados humanitarios pero que la jodemos con las patitas de atrás obviando los grandes problemas y los verdaderos causantes de todo con tal de que todo siga tal y como está, como Dios manda, que diría alguno. Ruben Östlund (Fuerza mayor) se ha empeñado en demostrarnos lo falsos y extremadamente tontos que somos con The Square, una sátira sobre el mundo del Arte, fácilmente extrapolable a la sociedad occidental de hoy en día, cinta con la que se llevó una más que merecida Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes.

‘The Square’ es un simple cuadrado en el suelo que por obra y magia del arte, se convierte en un espacio donde todo el mundo debe ayudarse… siempre que se encuentren en los límites de ese cuadrado, claro está. Altruismo y valores al servicio del arte. Una pieza que promueve una sociedad justa e igualitaria… una creación expuesta en un macromuseo de arte postpostpostmoderno, un lugar por y para las clases altas y los burgueses culturetas. Aquellas que no tienen ni un mínimo de interés en hacer lo que promueve la dichosa obra y reventar la cada vez más amplia brecha que separa a los ricos de los pobres.

El prototipo de ese alto burgués con ínfulas de crear una sociedad equitativa es Christian (Claes Bang), mandamás del museo de marras y endiosado macho alfa que donde pone el ojo, pone la polla… y ellas dan palmas (o eso cree). Él es el monarca supremo y todo ocurre bajo su supervisión, realizando las gestiones de manera aséptica, elegante y perfecta. Él es el chico de póster perfecto. Todo cambia cuando un pequeño incidente en la calle le deja con el ego subido (por su gesta heroica) y sin la cartera, ni el móvil. Medio en broma, medio en serio, Christian decide actuar como todo un vigilante y recuperar su cartera con la asistencia de Michael (Christopher Læssø), uno de sus fieles lacayos del museo. Ellos, dos machotes acomodados que se ponen música de cuñaos vengadores en su cochazo eléctrico mientras se dirigen a la zona chunga de la ciudad para recuperar los bienes robados.

Östlund no se preocupa en desmontar la tontería de las clases acomodadas, sino que prefiere mostrarla sin más, ya que esta se deja en evidencia ella solita. Disfrazada de comedia satírica, The Square es una crítica contundente a la estupidez humana, una mirada para nada discreta a ese encanto de la burguesía del siglo XXI. Un grupo social que lejos de abandonar la dictadura de las apariencias sobre la que se venía estructurando en siglos pasados, la ha perfeccionado y fortalecido, engendrando la generación de estúpidos mejor preparada y desapegada de la historia. Un aspecto que parece ser, se irá perfeccionando con las descendencias de estos, ya que los dos personajes más despreciables del film no son otros que los dos millennials encargados de la promoción de la exposición.

The Square abruma por su poderío cinematográfico y por su capacidad de calar a posteriori en el espectador. Las carcajadas están aseguradas, ya que el humor físico y ridículo está ahí, pero el daño interno también. Östlund es uno de los pocos cineastas que ha intentado acercarse al maestro Buñuel y no han muerto en el intento. El humor satírico y socarrón de esta cinta bebe directamente de la alocada dupla de El discreto encanto de la burguesía y El fantasma de la libertad, atreviéndose a jugar también casi con la marciana fragmentación de La vía láctea y llegando a rememorar a la mismísima cena de El ángel exterminador en una de las escenas más potentes, desagradables y turbadoras de la década: la de la performance durante de la cena de gala. Su The Square supera con creces en barroquismo al ladrón de Sorrentino, en profundidad al Haneke amansado de los últimos tiempos y en bizarrismo al desacertado Léos Carax de Holy Motors.

Aunque los nombres de nuestra querida Elizabeth Moss (Mad Men, The Handmaid’s Tale) y Dominic West (The Wire, The Affair) ocupen un lugar destacado en el cartel, no se dejen engañar, ya que ambas participaciones son muy divertidas, pero meramente anecdóticas. Aquí el verdadero triunfador es Claes Bang. Forjado en el teatro, Bang realiza un recital interpretativo espectacular dando vida la deplorable Christian y como su personaje, Bang devora y eclipsa a todo y a todos. Destacable también es la hercúlea participación de Terry Notary, primate profesional (él es actor especialista en motion capture que ha participado en la última trilogía de El planeta de los simios) como un actor de perfomance un pelín pasado de rosca.

The Square es una de las obras más lúcidas y corrosivas de lo que llevamos de siglo. Östlund se ha propuesto ahogarnos entre las carcajadas y la congoja provocadas por el reflejo en la gran pantalla de nuestra gran culpa occidental.

David Lastra

Nota: ★★★★★

Crítica: Kill Your Friends

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Elige la vida. Elige un empleo. Elige un grupo musical. Elige un artista. Elige un festival grande que te cagas. Elige un emepetrés, un iPod, un iPhone y un Pono. Elige tu disco, tus canciones y un guilty pleasure. Elige pagar entradas en la reventa virtual. Elige una demo. Elige a tus amigos. Elige tu camiseta y tus zapas a juego. Elige pagar a plazos una chupa en una amplia gama de putos tejidos. Elige un rompepistas y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver tele-concursos musicales que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo en la primera fila de un concierto miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que han engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida… ¿pero por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí no elegir la vida: yo elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes música?

Año 1997. El mundo ha sobrevivido a ‘La Macarena’ y al grunge. El britpop es el nuevo mainstream y el acid revienta las pistas de baile… y las cabezas de los que lo toman. La industria musical está en plena etapa de bonanza y el pirateo no es ni la sombra de la epidemia que pondrá todo patas arriba en los años venideros. Eran los tiempos en los que las compañías discográficas creaban grupos de usar y tirar con el fin de crear el hit de la temporada, sin pensar en ningún momento en el futuro del artista. Década gloriosa de one hit wonders y juguetes rotos. Año glorioso en que se enfrentaron el ‘Blur’ con el ‘Be Here Now’, cuando The Verve intentó chulear a los Rolling con ‘Bitter Sweet Symphony’, el año del seminal ‘OK Computer’ y de las girl bands que cantaban aquello de ‘Spice Up Your Life’ y ‘ Never Ever’… y de ‘Barbie Girl’. Sí, la del I’m a Barbie girl in the Barbie world. Life in plastic, it’s fantastic! Canción elegida como peor single del año por la revista NME pero que vendió más de ocho millones de copias en el mundo (casi dos solo en Reino Unido). Kill Your Friends nos muestra las entrañas de la industria musical y (nos) deja bien clarito a los sabiondos la verdadera clave del negocio musical: habiendo vendido millones de copias, ¿a quién cojones le importa una mala crítica?

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Owen Harris, director del icónico ‘San Junipero’ de Black Mirror y de algún que otro episodio de Misfits, debuta en el largo con la historia de Steven Stelfox, uno de los responsables de A&R (Artists and Repertoire, a.k.a. cazatalentos) en una compañía discográfica británica a finales de los noventa. Él es una de las mentes maquiavélicas que crea y manipula las necesidades musicales del gran público de la era pre-MySpace. Con la consiguiente (falsa) democratización que supuso la llegada de esa red social y el big-bang de la blogosfera musical, la figura de personas como Stelfox perderían (algo de) su poder… pero eso es cosa del futuro y este es el año 1997. Él es el hombre que decide cuáles van a ser los cuatro discos que compra anualmente el inglés medio. El hombre que decide qué canción venderá millones… o por lo menos aspira a serlo. Ya que por ahora es un cazatalentos más que busca hacer méritos para convertirse en el jefe de todo. Pero hallar una Whigfield (la del ‘Saturday Night’ y el consiguiente bailecito) es casi tan difícil como encontrar en Santo Grial, Stelfox decide optar por una vía más rápida, pero también más drástica e ilegal: el asesinato.

Stelfox se convierte de esa manera en una suerte de Patrick Bateman (más cercano al de la sobrevalorada adaptación de Mary Harron con Christian Bale que al original de Brett Easton Ellis) que hará todo lo posible por llegar a lo más alto, aunque se tenga que cargar a todos sus colegas de profesión. Nicholas Hoult (SkinsMad Max: Fury Road) retrata de manera intachable y desquiciada a este Stelfox, que más que un Bateman en potencia es un Tony Stonem más crecidito, en un universo paralelo donde no le hubiese atropellado un autobúsHoult se apropia de la pantalla desde el primer minuto y se engrandece con cada uno de sus monólogos interiores a lo Trainspotting sobre la industria musical y la inexistente libertad de decisión del consumidor. Una fórmula que igualmente remite a los soliloquios shakesperianos de uno de los mayores villanos catódicos de la última década: Frank Underwood de House of Cards. Como si de su Hank McCoy de la saga X-Men se tratase, Hoult sabe cómo y cuándo sacar su Bestia si la ocasión lo requiere o no. Puede que sobre el papel (y por sus acciones) el personaje de Stelfox sea un capullo integral, pero sabe cómo tocarnos en sus momentos de bajona (impagable catarsis con el videoclip de ‘Karma Police’) y nos alegremos en cierta manera con sus momentos de victoria, ya que, ¿a quién no le va a gustar un hijo de puta con el arte (y cuerpo) de Nicholas Hoult?

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Aunque la presencia de Hoult lo eclipse todo, cabe destacar el encasillamiento indie de Craig Roberts (Submarine) como el ayudante de Stelfox, tan encantador y poca cosa como siempre, Georgia King (The New Normal), como Rebecca, una secretaria que sabe más de música que todos sus superiores juntos, un pasado y anecdótico James Corden (Into the Woods y famoso por su carpool karaoke), un espídico Moritz Bleibtreu (Corre, Lola, corre) como dj/productor de pura mierda y una simpática y reivindicativa Rosanna Arquette (Pulp Fiction). Pero si alguien está a la altura de Hoult, esa es la selección musical de la película. Blur, Oasis, The Chemical Brothers, Primal Scream, Radiohead, The Prodigy… el impecable soundscape de una era. Kill Your Friends es una dulce mixtape para todo aquel amante de la música de los noventa, que se partirá de risa con las referencias de la búsqueda del nuevo pelotazo indie, la mercantilización del girl power, de lo ridículo y poco genuino que era lo experimental, de la cultura rave y, especialmente, con el hilarante y políticamente incorrecto name dropping.

Aunque a Stelfox y compañía les podría parecer una mierda. Kill Your Friends tiene todas las papeletas para terminar en el saco de películas de culto de esta década, como Lost RiverGreen RoomGod Help the GirlMemorias de un zombie adolescente (que también protagonizó Hoult). Cintas que no han roto la taquilla en ningún país pero que han tenido alguna buena crítica, como la que acabas de leer. Puede que al gran público no le interese lo más mínimo, pero a nosotros sí.

David Lastra

Nota: ★★★★½

Crítica: Toni Erdmann

“¿Eres feliz?”. Esa es la pregunta que hace que te lo plantees todo, que te hace caer. No es que tú no te lo plantees a diario. Incluso cada dos horas. Pero cuando alguien te lo pregunta, de repente sales de tu propio cuerpo e intentas mirar tu vida desde fuera para emitir una valoración. Lo que ves, muy probablemente, casi seguro, no sea lo que pensaste que sería tu vida a estas alturas. Y por si eso no fuera ya tortura suficiente, cuando la pregunta te la hace uno de tus progenitores, la cuestión adquiere dimensiones abrumadoras. Un padre o una madre no suele preguntarte “¿Eres feliz?”, pero lo piensa constantemente, te lo dice con la mirada, le preocupa día y noche, piensa en las dos respuestas posibles y se atormenta y responsabiliza cuando le toca la negativa. Aunque quizá no deberíamos, padres e hijos somos hasta cierto punto responsables de la felicidad mutua, y así tiene lugar el ciclo sin fin. La búsqueda de la felicidad es una de las máximas del ser humano, y también, a grandes rasgos, el tema central de la última comedia revelación del cine europeo, Toni Erdmann.

Ines Conradi (Sandra Hüller) trabaja en una importante empresa alemana con sede en Bucarest. Su vida es a todas luces la de una joven triunfadora. La visita de su padre, Winfried (Peter Simonischek) pondrá patas arriba su existencia al plantearle la pregunta. La que un padre o una madre puede dejar caer de forma casual como si no estuviera pensando constantemente en hacerla. “¿Eres feliz?”. Ines lo tiene todo. O al menos tiene una vida laboral tan ajetreada que hace que lo que no tiene no pese tanto. Incapaz de contestarle, y por tanto, respondiendo a su padre sin dejar lugar a dudas, Ines se ve obligada a reevaluar su vida. Winfried es lo que se podría describir como un payaso tranquilo, un grandullón travieso que se ha autoadjudicado la responsabilidad de hacer reír y empujar a los demás a ver el lado positivo. Ines no puede evitar sentirse avergonzada de su padre, sobre todo cuando este irrumpe sin avisar en su entorno laboral durante unos días decisivos para su carrera. Aunque al principio se muestra reticente a dejarse llevar, Ines acaba cediendo gracias a un personaje imaginario creado por su padre, un life coach con pelos de loco y dentadura prominente llamado Toni Erdmann.

La de la alemana Maren Ade es una propuesta cuanto menos original, una película excéntrica pero profundamente humana que tiene el poder de hacer reír mientras nos obliga a reflejarnos en su historia y pensar (da igual que no trabajéis como ejecutivos en una gran compañía cuya función nunca sabréis explicar a los demás, el sentimiento es universal). La película aborda con ingenio, gran sentido del humor y discreta pero aplastante emoción la relación entre un padre y una hija, pretexto para hablarnos de temas como la brecha generacional o la sociedad y el trabajo en el siglo XXI y elaborar una crítica al capitalismo y el sexismo. Y lo hace casi en segundo plano, a base de detalles que pueden pasar desapercibidos, planos que muestran las diferencias de clase o la pobreza en la que se asienta la riqueza de las multinacionales, así como detalles en las interacciones sociales que componen observaciones agudas, y en muchos casos descorazonadoras, sobre el ser humano en la actualidad. Todo mientras se nos está contando una historia aparentemente ligera a base de humor absurdo y situaciones extravagantes.

Ade construye la película a base de episodios, algunos más divertidos que otros, que fluctúan constantemente entre el drama y la comedia, y pueden resultar tan livianos como conmovedores. Su intención a la hora de utilizar el humor parece ser la de servir como terapia no solo para su protagonista, sino también para el espectador, al que se dirige sin condescendencia, buscando la risa y la complicidad, pero también desconcertado, incomodando. Véase por ejemplo la (muy aplaudida) secuencia de la fiesta de cumpleaños nudista de Ines, la escena más magistral e hilarante de la película. En ese momento, Ade está actuando como el propio Toni Erdmann, buscando la risa, liberando tensiones, a la vez que compone un gag extendido que debería estudiarse en las escuelas de cine. Pero si bien la película incluye esta y muchas otras secuencias memorables (la que da lugar al cartel, sin ir más lejos), también acumula escenas que se podrían haber cortado sin problemas. Con un metraje que asciende a casi tres horasToni Erdmann tiende a divagar y a repetirse demasiado, prolongando su historia más de la cuenta.

Este es el principal problema (y no es baladí) de un film que, por otra parte, no debería perderse nadie que se precie de llamarse cinéfilo. Aunque no consiga justificar su larga duración, al menos siempre tenemos en pantalla a Hüller y/o Simonischek, que nos ofrecen dos trabajos interpretativos sublimes, en especial la primera, que está inconmensurable. En los actores se puede ver el riesgo, la emoción y la inteligencia que caracteriza al proyecto, una comedia insólita y valiente, pero también extenuante, que si bien no nos desvela la fórmula de la felicidad, nos invita a seguir buscándola.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Legend

Legend

Texto escrito por David Lastra

Lindsay Lohan (Tú a Londres y yo a California), Nicolas Cage (Adaptation. El ladrón de orquídeas), Hayley Mills (Tú a Boston y yo a California), Jeremy Irons (Inseparables),… pocos han sido los intérpretes que han salido airosos de la experiencia de interpretar a dos gemelos en pantalla grande. Llevar a cabo un doble papel en una misma película es una tarea harto difícil, recordemos sin ir más lejos el resultado fallido de la orgía de cast y roles de El atlas de las nubes de los Wachowski. Ante ese tipo de interpretaciones, suele ser común caer en manierismos y/o rozar el ridículo más espantoso… o como es en el caso de los actores anteriormente citados, lograr algún que otro premio o candidatura y el aplauso unánime de la crítica y el público. En cualquiera de los dos casos, nunca el experimento será visto con indiferencia. En el caso de Legend, podíamos estar más o menos tranquilos ya que el encargado de dar vida a los gemelos Reggie y Ronnie Kray no era otro que Tom Hardy. Uno de los intérpretes de moda gracias a su Max Rockatansky en el reboot de Max Max y que acaba de conseguir su primera candidatura a los Oscar por su papel en El renacido. A priori, Legend pintaba muy pero que muy bien…

… pero la realidad es otra mucho más aterradora. Legend es un epic fail en toda regla. Como es lógico, la película se sostiene sobre los fornidos hombros de Hardy y, sorprendentemente, él no esta a la altura en ningún momento. Podríamos haber justificado la labor de Hardy si hubiese cometido el error de no saber hacernos diferenciar a los dos personajes que encarna. Realmente no son más que un Zipi y un Zape, dos caras de una misma moneda… pero eso es lo único que el intérprete realiza con éxito: la diferenciación entre ambos personajes. Uno es el cerebro, machote y malote a más no poder. El otro es el enajenado, homosexual y con un comportamiento infantil. El primero es el arquetipo al que más se ha acercado Hardy a lo largo de su carrera. El segundo, la razón por la que aceptó hacer la película. Este reto interpretativo se asemeja al portento actoral que realizó hace años con el esquizoide Bronson en el film homónimo de Nicolas Winding Refn. Si bien en esa película, él era lo más destacable del film, en esta Legend, él es uno de los puntos más bajos del film. Hardy naufraga en un sinfín de ticks y mohines, inauditos en su carrera, superando con creces su sonrojante acento ruso de El niño 44, y llegando a caer en el terreno chusco de la caricatura homosexual en gran parte de su interpretación de Ronnie. Todo un desastroso trabajo para una de las interpretaciones que a priori  debería haber sonado para los premios de la Academia de este año.

Cartel_LEGENDPero sería injusto señalar a Hardy como único culpable de este desatino, porque si hay que identificar a un culpable máximo, ese no es otro que Brian Helgeland (PaybackDestino de caballero). Para su retorno a la dirección, Helgeland quiso contar la vida de los Kray, dos hermanos que instauraron su régimen del terror sobre los bajos fondos del East End londinense durante los sesenta. Sobre el papel, una materia prima de primera para crear una gran película de gángsters que revitalizase el géneroPara apoyar su dirección, decidió contar con uno de los mejores actores del momento (aspecto que ya hemos comentado que le salió rana) y un guionista premiado (él mismo; no olvidemos que posee un Oscar por L.A. Confidential y que optó a otro por Mystic River). Pero he aquí el gran problema de Helgeland: él no es el Martin Scorsese de Uno de los nuestros Casino. Ni mucho menos es el Sergio Leone de Érase una vez América, o el Coppola de El padrino, por no ser, ni es el Ben Affleck de (la sobrevaloradísima) The Town. Ciudad de ladrones. Su narratividad es excesivamente torpe y repetitiva, con un ritmo desacompasado y unos recursos estilísticos extremadamente pasados de moda. Debido al toque British de la historia, echamos en falta en todo momento al irregular Guy Ritchie o incluso a Danny Boyle (al de sus inicios, no al mercenario actual) y no podemos parar de preguntarnos qué hubiesen hecho ellos con una historia como esta. Realmente, dado el interminable metraje, nuestra cabeza comienza a elucubrar cómo sería esta historia si sustituyésemos a los gemelos Kray por los Benedict (Arnold Schwarzenegger y Danny DeVito, en Los gemelos golpean dos veces). Únicamente logramos tener algo de interés cuando Emily Browning (God Help the Girl, Sucker Punch) aparece en escena, ya que, a pesar de repetir el mismo papel de siempre, aporta un poco de luz al resultado final.

Como Legend está a años luz de ser tan legendaria como su título, podríamos hacer la broma fácil y decir que su título debería ser Fail. De acuerdo que no es una broma graciosa, pero tampoco es injusta.

Valoración: ★½

Crítica: El hijo de Saúl

El hijo de Saúl

Texto escrito por David Lastra

Tras el estreno de la Palma de Oro (este año ha sido la decepcionante Dheepan), he aquí la otra gran cita del cinéfilo de pro: la (futurible) ganadora del premio de la Academia a la película de habla no inglesa. En esta temporada fílmica, esa no es otra que El hijo de Saúl. La ópera prima del realizador húngaro László Nemes ha arrasado en la categoría de película extranjera tanto en los premios de la crítica como en los Globos de Oro. Esta situación dista de la dualidad más o menos equilibrada durante el año pasado entre Ida Leviatán, asemejándose más a la acontecida hace un par de ejercicios con la imparable La gran belleza, cinta de Paolo Sorrentino que terminó haciéndose con el máximo galardón cinematográfico. Si nos atenemos a esta orgía de galardones de la crítica, podemos afirmar sin miedo alguno que el nombre de Saul fia (título original del film) ya está colocado en la base de la estatuilla de este año. Pero, ¿es merecedora El hijo de Sául del aplauso unánime de la crítica y del aluvión de premios? ¿Es mejor que la ninguneada El club? ¿Qué pensábamos al mandar Loreak?  He aquí nuestro veredicto sobre la sensación de la temporada.

Sin introducción alguna posible, nos vemos inmersos en el día a día de un campo de concentración. No hay tiempo para aclimatarnos a esa nueva situación, ni mucho menos una charla de bienvenida o un discurso motivacional para calentar el ambiente. Con un endiablado ritmo, comprobamos el absurdo de la cotidianeidad del comando de la unidad de trabajo de la que forma parte Saúl: acondicimionamiento de las duchas, recepción de los recién llegados y acompañamiento de los mismos a las duchas, pillaje de relojes y cadenas, retirada de cadáveres desnudos y limpieza de las duchas… y vuelta a empezar. Un bucle sin fin que no deja espacio para las dudas existenciales. Cuando la condición humana se suprime, la bestia camina y piensa solo en la supervivencia. Son los estertores del dragón nazi. El exterminio debe ser absoluto y rápido, no sólo por su antisemitismo, sino para no dejar prueba alguna sobre la barbarie llevada a cabo.

Con estos ingredientes, El hijo de Saúl podría considerarse como el enésimo acercamiento al holocausto, otra pequeña historia, pero Nemes quería darnos algo más. Además de un buen guión (firmado por el propio director junto a Clara Royer) y una impecable (de sucia) factura de producción, el realizador húngaro compone una sinfonía extrema de fueras de campo y primeros planos (no necesariamente de rostros, las nucas abundan) mediante cámara en mano que nos coloca en el medio de la acción, creando una especie de experiencia 3D, que provoca no solo la angustia afín propia al estar recluído en un campo de concentración, sino la asfixia propia del protagonista al no saber cómo actuar ante situaciones extremas. En esas ocasiones, la cara de pánico de Saúl (notable interpretación del cuasi debutante Géza Röhrig) es la nuestra al visionar el film. Con tanto movimiento y desesperanza, Nemes triunfa al hastiar y enfermar al espectador, pero flojea durante el tramo final, al intentar culminar la historia con una situación demasiado hollywoodiense, abocando en demasía a los sentimientos del espectador. Una solución no muy acertada y poco coherente con lo visto hasta ese momento.

Además de ser un drama intimista pseudoexperimental de guerra, El hijo de Saúl cuenta con un elemento de género. Una sorpresa que viene introducida ya en el título del film. Hemos hablado de Saúl, nuestro protagonista, pero todavía no hemos hablado del hijo del mismo. ¿Quién es el hijo de Saúl? El hijo de Saúl es un chaval cualquiera que llega al campo de concentración y del que Saúl se encapricha. Un acto para nada enfermizo, es puro amor paterno-filial. El problema es que el chico es purgado y la historia no llega ni a empezar. Ante esa situación, Saúl secuestra el cadáver y comienza a tratarle como su vástago. Saúl se aferra a un cuerpo inerte para sentir el calor (frío) de su hijo desaparecido y decide hacer todo lo que haga falta para enterrarle según el rito religioso, siendo este el motor principal del film (aunque desaparezca en buena parte de la parte central del film). Lo que podría verse como un acto simbólico y ejemplar, de honra a su hijo, no es sino otra muestra de lo extrema que es la situación en el campo: no solo el cadáver no es su hijo, sino que ni siquiera está  seguro de tener un descendiente. El tiempo en el campo de concentración lo destruye todo, especialmente la memoria como construcción de la identidad. Esa es el arma más peligrosa de todo régimen totalitario.

El hijo de Saúl es una fábula moral sin apenas concesiones ambientada en un enclave amoral situado bajo uno de los regímenes más inmorales jamás sufridos… y sí, es la mejor de las películas seleccionadas para los Oscars de esta edición, por lo que el galardón será justo.

Valoración: ★★★½

Crítica: Dheepan

Dheepan

Texto escrito por David Lastra

El estreno de la Palma de Oro es uno de los pocos acontecimientos ineludibles de la temporada cinematográfica otoñal. Cuando llega el momento, nos acercamos religiosamente a las salas de cine a visionar con ojo crítico y ceño fruncido el largometraje que meses antes encumbró el jurado del festival de festivales. Durante los últimos años, nos hemos llevado gratas sorpresas (La clase, La vida de Adèle), tomaduras de pelo (El árbol de la vidaPulp Fiction), experiencias cinematográficas inolvidables (Bailar en la oscuridadLa cinta blanca) y hasta alguna que otra siesta (Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas). Este año es el turno de Dheepan de Jaques Audiard, título que pegó el campanazo al arrebatarle (eso dicen) el máximo galardón a Carol de Todd Haynes. Vamos a comprobar si la nueva cinta del realizador de De óxido y hueso está a la altura del selecto club de premiados en Cannes.

Dheepan nos acerca a la vida de una familia de pega. Un hombre, una mujer y una niña que han formado una unidad familiar por la única razón de que se parecen a las personas que figuran en los pasaportes que van a utilizar para salir del país. Esta suerte de fraude de identidad es la única opción que tienen para salir de Sri Lanka estos tres refugiados tamiles. Ese poderoso e interesante punto de partida, engancha al espectador, haciendo que nuestro apetito voyeurístico se dispare y quiera saber más sobre el futuro de este hogar de cartón piedra. Su éxodo les lleva a París, pero no a la bella ciudad de las postales, sino a los suburbios. Al mismísimo lugar donde viven los monstruos de la droga y el tráfico de armas. El peor ambiente posible para empezar una nueva vida de cero.

Dheepan

A pesar de volver a contar con un personaje masculino protagonista de empaque (en esta ocasión, un antiguo soldado sanguinario reconvertido a conserje), Audiard vuelve a caer en uno de sus errores más comunes de su obra (¿podemos hablar de marca de autor?): pausar la acción hasta la extenuación. La diletante sucesión de tiempos muertos vuelve a aparecer, la misma que ya hizo que perdiese interés por el pianista chanchullero de De latir mi corazón se ha parado o por su niño salvaje carcelario de Un profeta. En esta ocasión, la repetición de los quehaceres diarios de Dheepan y sus choques, tanto conyugales como con sus convecinos delincuentes, no son sino una mera excusa para rellenar hasta el tan cacareado y comentado final. Hasta ese momento, el hastío y, por qué no decirlo, el aburrimiento dominan al espectador. Es ese estallido tan violento y visceral como previsible y anunciado, el que hace que nos desperecemos de nuestras butacas por un momento. Un clímax que recuerda en demasía a las trazas y al modus operandi del cine de los Coen, justamente los dos hermanos que presidían el jurado que otorgó la Palma de Oro a esta película…

Dheepan es una obra 100% Audiard, pero no llega ni a un 50% de Palma de Oro.

Valoración: ★★½

Crítica: Victoria

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Texto escrito por David Lastra

Tras un verano de excelentes blockbusters (Jurassic World y Mad Max: Fury Road), es el momento de ponernos intensos. El otoño supone el advenimiento de los títulos que los afortunados pudieron ver en los grandes festivales. El primer en llegar ha sido El club de Pablo Larraín, que cumple con la cuota de película polémica de la temporada, ya no queda nada para Dheepan, la injusta Palma de Oro de Jacques Audiard y ahora nos llega la triunfadora de los Lola (los Goya alemanes) Victoria, la que debería ser la gran película de este último cuatrimestre de 2015.

Antes que nada, vamos a hablar del plano secuencia que ocupa todos los titulares sobre Victoria. Si todavía hay algún despistado que no se haya enterado, Sebastian Schipper ha tenido el arrojo de realizar esta película en una sola toma, sin ningún tipo de corte oculto, artimaña en la que sí incurrieron Alfred Hitchcock en La soga o, más recientemente, Alejandro González-Iñárritu en Birdman. La toma única de Victoria es real, increíble y, por qué no decirlo, acojonante. Schipper consigue la sensación más emocionante y agobiante de la temporada gracias a esa continuidad en el plano, así como a una inteligente utilización del tono de los diálogos y los idiomas (el uso del alemán como lenguaje en clave ante la extranjera española). Gracias a la violenta e infinita cámara en mano, la opresión causada por Victoria en el espectador supera increíblemente a la combinación del score de Disasterpeace y el coco invisible de It Follows.

poster_victoria_A4Cámara en mano, conocemos sin cortapisas el devenir de Victoria durante una noche cualquiera en Berlín. Minuto a minuto, paso a paso, vamos descubriendo y (des)conociendo a su nuevo grupo de amigos. Como voyeurs conservadores por naturaleza (a.k.a. espectadores de cine), no sabemos qué hace una chica como ella confiando en unos desconocidos de semejante calaña. Victoria es un híbrido entre la canción de Burning y el modus operandi de Blanche DuBois. Sus decisiones provocarán que la noche termine… Me niego a contar nada más del argumento. La mejor baza para estar en tensión durante todo el metraje de Victoria es el desconocimiento total de su argumento. Gracias a esa ignorancia, podremos identificarnos aún más con la ingenuidad y pureza de la protagonista. En esa ocasión es un crimen saber de antemano de qué va la película, por lo que es de vital importancia abstenerse de sinopsis, tráilers y/o críticas descriptivas. El único atisbo de spoiler lo haré con un recurrente juego de referencias e influencias: lo que comienza siendo una disertación en tiempo detenido al más puro estilo de los hermanos Dardenne termina siendo un vendaval salido de la factoría de Romain Gavras con espídicos toques del Tom Tykwer (no obstante, Schipper es un habitual de su cine, en ese caso como actor).

Demasiado he tardado en hablar de la gran triunfadora del film: Laia Costa (de actualidad también por ser María de Habsburgo en la serie Carlos, Rey Emperador). Su tarea era harto difícil ya que es ella la que soporta el peso del film de manera casi exclusiva, al más puro estilo de la Rosetta de los Dardenne o la Lola de Corre Lola, corre (por seguir utilizando los mismos referentes) y lo logra consiguiendo una interpretación que únicamente merece ser catalogada como ejemplar. Espero que a ese Lola (primera ocasión en que una extranjera es galardonada con ese premio a mejor interpretación femenina) le acompañe el Goya en 2016.

 Victoria. Una mujer. Una ciudad. Una noche. Una toma. Una pasada.

Valoración: ★★★★★

Crítica: B (La película)

Bárcenas

Texto escrito por David Lastra

Mal que nos pese, Luis Bárcenas es uno de los grandes iconos pop de la política española de estas dos primeras décadas del siglo XXI. Sus archiconocidos sobres repletos de billetes se han convertido en un símbolo renovado de la añeja España de la pandereta y el chanchulleo. “¡Ay, mi Bárcenas, que está hecho un mangante!”, que gritaba Carmina Barrios a su pajarraco enjaulado, bautizado en honor al extesorero del Partido Popular, en Carmina y amén. Los papeles de B (inicial de Bárcenas) mostraban la financiación en B (bajo cuerda, vamos,  dinero negro de toda la vida) del PP desde comienzos de los noventa hasta finales de 2008. Gracias al descubrimiento de las metódicas y parcas anotaciones del tesorero, conocimos las cantidades monetarias que circularon mediante sobres por la sede de la calle Génova y, lo que es aún más jugoso, quiénes fueron los receptores de aquellas sumas de dinero. Escondidos detrás de iniciales, el expresidente J.M., el presidente M.R., el exministro R. Rat, entre otros miembros de la plana mayor de la derecha española, aparecieron en los dichosos papeles. Durante los primeros años del caso, B negó y rechazó la existencia de esa financiación en B más veces que P a J. Pero todo cambió el 15 de julio de 2013, fecha en la que B comenzó a rajar y soltar toda la verdad. B (La película) recoge el momento justo de la comparecencia de B sobre B ese día ante el juez Ruz en la Audiencia Nacional.

B (La película) forma parte de la nueva corriente de cine político pero a diferencia de sus coetáneas, decide aparcar la ficcionalización de la realidad sustituyéndolo por una dramatización de los hechos reales. Allí donde J.C. Chandor (Margin Call) o Curtis Hanson (Malas noticias) deciden hacer una obra cinematográfica al uso, David Ilundain opta en su opera prima por realizar una exposición desnuda de las declaraciones más destacadas de la comparecencia de Luis Bárcenas a través de la réplica y contrarréplica de dos actores en un escenario realista. Manolo Solo (El laberinto del faunoCelda 211) es el encargado de dar vida al juez Ruz, mientras que el televisivo Pedro Casablanc (Motivos personales, Isabel) tiene la papeleta de domar al personaje de Luis Bárcenas. Su físico, su capacidad de contestar con la misma entereza (a.k.a. sinvergonzonería) y, especialmente, su dicción de metralleta, le convierten en la perfecta personificación del extesorero.

B la película

La película triunfa en su demostración de que la realidad siempre supera la ficción. Un giro como el acontecido el 15-J es tan sorprendente que ningún guionista se hubiese atrevido a llevarlo acabo en una obra de ficción por miedo a ser tachado de poco creíble o, simplemente, de gilipollas. La osada decisión de Ilundain de aparcar la ficción para abrazar sin concesiones al hecho real se encuentra con un grave escollo: cualquier espectador/a que haya leído la más simple cronología sobre el caso B ya conoce lo destapado en este film, si además ha indagado en la famosa comparecencia la denuncia de B se desvanece. Sin esa supuesta emoción, B puede perderse bajo la simplista denominación de dramatización de los hechos. Una práctica sin ningún tipo de interés fílmico, que sí contextual.

B (la película) es el selfie #nofilter del estereotipo político español.

Valoración: ★★★

Crítica: Anacleto: Agente secreto

Anacleto agente secreto

Texto escrito por David Lastra

Ahora que Steven Spielberg ha vaticinado el final de la hegemonía de los superhéroes en la gran pantalla, el cine español estrena su mejor película de ese género hasta la fecha. “Spain is different”, que se decía antaño. ¿Podemos considerar al personaje creado por Vázquez como un superhéroe? Dadas sus extraordinarias condiciones como espía, elegancia y porte, está claro que podemos situar a Anacleto en una posición más cercana a la comitiva de los Vengadores que a la del funcionariado del CNI. Su primera aventura cinematográfica, de la mano de Javier Ruiz Caldera (Tres bodas de másPromoción fantasma), no ha hecho nada más que confirmarlo: Anacleto es el superhéroe español por antonomasia, con permiso del Superlópez de Jan, claro está (adaptación a la que también echará el diente el propio Ruiz Caldera).

Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, el Capitán Trueno, Makinavaja, el botones Sacarino, … uno a uno, la plana mayor del noveno arte español ha ido pasando por la pequeña o la gran pantalla. Unos con algo de suerte (el primer acercamiento de Javier Fesser a los personajes de Ibáñez no estaba nada mal, aunque con tanto reboot à la Spider-man han terminado por enturbiar la saga), pero la mayor parte han contado con unos estrepitosos resultados tanto de crítica como de público. ¿A alguién le gustó El Capitán Trueno y el Santo Grial? Mejor dicho, ¿alguien la ha visto? Con el anuncio del proyecto de traslación de Anacleto al celuloide, volvió el miedo. Otra cagada más se avecinaba. Pero el resultado final difiere con creces a lo proclamado por los agoreros.

Anacleto: Agente secreto es una notable adaptación de las viñetas de Vázquez y una excelente película de acción. El film está hecho tanto para contentar a los entendidos del cómic (que la primera imagen sea el protagonista caminando por el desierto es una pasada y la SPOILER de Anacleto también) como a los tragablockbusters más exquisitos. Si bien el Anacleto original era un híbrido cañí entre James Bond y Maxwell Smart, su doble cinematográfico se crece, añadiendo a ese cóctel la resistencia y la lucha por la supervivencia de Jason Bourne y el carácter de héroe de acción de Ethan Hunt. El endiablado ritmo de Anacleto sorprende y hace que se despegue de la anquilosada estructura narrativa casposa que puebla el cine español. Como si de una entrega de la saga de Misión: Imposible se tratase, la sobredosis acción comienza desde el primer minuto con la contundente fuga de Vázquez, némesis oficial del agente secreto, que se encontraba bajo la custodia de Anacleto. La lucha y persecución entre el bien y el mal se complementa con la necesidad del agente de proteger a su vástago, que hasta la fecha no tenía ni idea de que su padre era un superespía. La gran novedad es que el chaval no es un adolescente, sino un treintañero calzonazos que trabaja por las noches de agente de seguridad en un gran almacén y cuyo mayor vicio son los videojuegos. En resumen, el paradigma del superhombre nietzscheano de nuestra generación.

Anacleto agente secreto

A pesar de ser una película dirigida al gran público, se agradece que Anacleto: Agente secreto no sea pacata o conservadora. Su trama y resolución de problemas puede ser sencilla, de tebeo podríamos decir, pero no por ello trata al espectador como un estúpido. El villano de turno, el gran Vázquez es un hijo de puta de manual (Carlos Areces en su mejor papel no televisivo) y no porque haya niños en la sala va a coartarse. Es justamente en los momentos más proclives a realizar concesiones al respetable, donde el film se pone más violento. Todo ello sin perder su tono absurdo por ello. El buen hacer de Ruiz Caldera tras la cámara y el notable guión de Pablo AlénBreixo Corral Fernando Navarro (los dos primeros repiten con el director tras Tres bodas de más) dotan de consistencia al film, pero es la labor de los dos protagonistas la que engrandece el resultado. 

El Anacleto de Imanol Arias debería servirle para colocarse en la lista de sucesores de Daniel Craig en la saga de 007, por encima de Tom Hardy o Idris Elba. Es un placer volver a encontrarse con Imanol en la gran pantalla y recordarnos que él no es solamente Don Antonio Alcántara (que no sería poco), sino que es toda una leyenda del cine español. No debería extrañarnos que le cayese su quinta candidatura a los Goya por este papel. Hace tiempo que Quim Gutiérrez dejó de ser la gran esperanza blanca del cine español, para ser la realidad. Payaso oficial de Daniel Sánchez Arévalo, ya nos demostró su suerte como héroe en la infravalorada Los últimos días, epopeya apocalíptica de los hermanos Pastor. En Anacleto, Quim se supera. No solo pega porrazos como el que más, estando a la altura en todas sus escenas de acción, sino que se confirma como un verdadero maestro del humor físico. Su característico tartamudeo nervioso y su condición de “pobre hombre” con un toque cafre, dotan al personaje del realismo necesario, llevándose como premio las carcajadas más sonoras por parte del respetable.

Va a ser verdad el dicho de que “Anacleto nunca falla”, porque vaya peliculón que nos ha traído.

Valoración: ★★★★

Crítica: Un día perfecto

un día perfecto

Texto escrito por David Lastra

Se podría decir que el 14 de diciembre de 1995 fue uno de aquellos días que podemos denominar como perfecto. En esa fecha se firmaron los Acuerdos de Dayton, el tratado de Paz que supuso el final de la Guerra de Bosnia. Contienda que en no menos de tres años, se saldó con más de cien mil muertos, miles de mujeres violadas y casi dos millones de desplazados. Aunque ignorada (por no decir manejada) por las grandes potencias en su época, este acontecimiento bélico ha provocado unas cuantas obras fílmicas notables (la oscarizada En tierra de nadie de Danis Tanović y el Oso de Oro de Jasmila Žbanić por Grbavica) o En tierra de sangre y miel de Angelina Jolie. El último en unirse a este selecto club ha sido Fernando León de Aranoa con Un día perfecto.

En lugar de abordar alguno de los grandes hitos del conflicto, como podrían ser la masacre de Srebrenica o las violaciones masivas de mujeres musulmanas por parte de las fuerzas serbias, Un día perfecto se centra en un hecho cotidiano, que no nimio: un cadáver de un hombre gordo (el tamaño de la mole es un dato argumental importante) aparece en el fondo de un pozo; si en menos de un día no se saca el cuerpo, quedará contaminado, dejando sin suministro de agua a varias poblaciones de la región. En vez de idear una investigación sobre las causas del asesinato o las identidades de la víctima y el asesino, Fernando León de Aranoa sigue fiel a su perfil de cronista de historias mínimas. Tan ágil como el primer día (o como en su primer largometraje), demuestra que lo suyo es construir historias de ficción con una tremenda base real. En esta ocasión se sirve de la labor de los cooperantes en zona de conflicto que ha conocido de primera mano y, especialmente, en la novela de Paula Farias sobre el conflicto de Kosovo. En esta ocasión, el cambio geográfico no importa, ya que estamos ante la misma mierda de guerra con distinto nombre.

Los cooperantes de Un día perfecto ven la evacuación del gordo como un mero trámite en su agenda. La acción transcurre sin imprevistos hasta que la cuerda con la que han construido la polea se rompe. Es justo en ese momento en el que los espectadores nos unimos a la historia. A priori, la solución parece fácil: encontrar una cuerda nueva y así poder continuar con la evacuación del cabrón del gordo (sic). A lo largo de estas veinticuatro horas, nuestros protagonistas verán que no están en un lugar cualquiera, sino en medio de un(os) país(es) roto(s). Un dato conocido por ellos, pero que no por ello deja de sorprenderles.

Pese a estar situados en un contexto internacional, los personajes de Un día perfecto siguen los cánones del cine de León de Aranoa. Estos cooperantes comparten el sustrato irónico ante las adversidades de los parados de Los lunes al sol, la esperanza idealista de las princesas de Princesas o el mismo rechazo a las convicciones de las autoridades de los chavales de Barrio. Estos ingredientes comunes desembocan en una de las marcas de autor más loables del realizador: la creación de un sentimiento de comunidad entre sus personajes tremendamente creíble para el espectador. Esta creación ficticia, pero puramente real, hace que los personajes esta película funcionen, sino a la perfección (calificativo que vendría a cuento por el título), sí de manera notable siendo estos momentos de unión (y confrontación) de los miembros del equipo lo más certeros del film.

un día perfecto

Ni una sola gota de sangre se muestra durante el metraje, si acaso algún resto sanguinolento reseco. León de Aranoa prefiere mostrarnos los restos del naufragio. Las ruinas, los perros hambrientos, los cuerpos en descomposición. El realizador defiende la necesidad de mostrarnos el horror de la guerra a través de un ejercicio de ficción realista, alejada del recurso poético. Una decisión loable si no fuese por el empeño de acompañar una escena dramática con otra contemplativa con un hit musical .Un esquema demasiado burdo y que repite a lo largo del film.

La naturaleza internacional del reparto de Un día perfecto queda como un simple dato anecdótico, ya que León de Aranoa no cambia ni un ápice su manera de hacer cine ante ese dato. De todos es sabido que un gran nombre al frente del cartel (o dos actores oscarizados, como es este caso), suele hacer que el modus operandi del director español de turno se tambalee y roce la prostitución fílmica. Este no es el caso, y se agradece. Los citados oscarizados actores son Benicio del Toro (Traffic) y Tim Robbins (Mystic River), que encarnan a los perros viejos, cooperantes curtidos en varios conflictos que no les tiemblan las manos ante los horrores de la guerra, pero que no han perdido su toque idealista y sensible. Completan la expedición una cooperante recién llegada (Mélanie Thierry, objeto de deseo en el último Terry Gilliam hasta la fecha, The Zero Theorem), un intérprete (Fedja Stukan, que ya apareció en En tierra de sangre y miel), una analista de conflictos (Olga Kurylenko, chica Bond en Quantum of Solace y chica Cruise en Oblivion) y un niño en busca de un balón nuevo.

Un día perfecto es una fábula que aunque diste de ser perfecta y pueda o no gustar, es completamente necesaria, como toda la filmografía de Fernando León de Aranoa.

Valoración: ★★

Crítica: Mala sangre

Mala sangre

Texto escrito por David Lastra

“¿Conozco al menos la naturaleza? ¿Me conozco? Basta de palabras. Sepulto a los muertos en mi vientre. ¡Gritos, tambor, danza, danza, danza, danza!” Arthur Rimbaud despotrica contra todo bicho viviente (francés) en su pasaje Mala sangre de Una temporada en el infierno. ¿Existe relación alguna con la obra homónima de Léos Carax? El ostracismo, la impotencia y la consiguiente relación violenta del protagonista de ambos trabajos ante su existencia es similar. La indecisión de Alex (Dennis Lavant) ante la posibilidad de una nueva vida tras su reciente condición de huérfano, idéntica (“La última timidez y la última inocencia. Está dicho. No mostrar al mundo mis ascos y mis traiciones. ¡Vamos! La caminata, el fardo, el desierto, el hastío y la cólera”); su espanto ante qué compañero de viaje tener coincide absolutamente (“¿A quién alquilarme? ¿Qué bestia hay que adorar? ¿Qué santa imagen atacamos? ¿Qué corazones romperé? ¿Qué mentira debo sostener? ¿Entre qué sangre caminar?”). Aunque puede que el título no tenga nada que ver. Cabe la posibilidad de que un ajado ejemplar de Una temporada en el infierno sobresaliese en su estantería, que Carax abriese el libro y, por arte del azar, Mala sangre apareciese ante él. ¿Intensidad buscada o fruto del azar? Si nos atenemos a la técnica compositiva de Jean-Luc Godard, padrino visual confeso de Carax, nos deberíamos decantar por la segunda, ya que es de todos conocido que el maestro JLG tenía la costumbre de abrir libros al azar y hacer que sus bellos actores y actrices decantasen un pasaje cualquiera ante la cámara, sin importar en demasía su contenido. Sea lo que sea, lo que no podemos negar es que sin la elegante virulencia de Rimbaud, Carax realizaría este tipo de películas. Así que la naturaleza del título no es del todo importante. He aquí su primera gran obra maestra, que me perdone Chico conoce chicaMala sangre.

Su naturaleza extraterrestre hace que sea casi imposible englobar con una simple etiqueta a Léos Carax. Podríamos inventar un término híbrido como romántico extremista para denominarle. Un palabro bajo el que pocos cineastas podrían encontrarse, si acaso Gaspar Noé, por sus obras Irreversible y, especialmente, Enter the Void. La visión del amor de ambos es puramente sensible, pero sin caer en la sensiblería. Un cine inocente, desnudo, infantil y tremendamente transgresor. Carax explotaría esas señas de identidad en sus dos obras posteriores: Los amantes del Pont-Neuf y, principalmente, Pola X. Estas marcas de romanticismo extremo se encuentran presentes el Mala sangre pero de una manera más suavizada (que no dóciles). Su historia se estructura siguiendo la fragmentación y la poética de las primeras obras de la Nouvelle vagueCarax juega con los arquetipos de las historias de maleantes de los primeros filmes de François TruffautClaude Chabrol y del propio Godard. Golpes imposibles, jugarretas, perros viejos, damiselas, malos malísimos y la figura del héroe. Pero es en esta figura del héroe donde Carax explota su elemento discordante. Lejos de la seguridad de Michel Poiccard en Al final de la escapada, el héroe (o antihéroe) de Carax bebe del malditismo del citado Rimbaud y de una insolencia y una falta de madurez que recuerdan al demonio creado por J.M. Barrie. No obstante, las facciones de un Lavant veinteañero son las perfectas para encarnar a un Peter Pan recién deportado de Nunca Jamás.

Mala sangre

Huidizo de sus responsabilidades, tanto provenientes por su legado paternal (una mente y un cuerpo para el delito) como por las de un amor correspondido, Alex decide cortar con todo y huir a la playa (otro guiño a la nouvelle vague). Para ello tiene que dar un último gran golpe. Todo parece sencillo hasta que el azar le golpea. Una situación novedosa para un trilero de su entidad. La chica de su nuevo jefe (otra leyenda del cine europeo, Michel Piccoli) es una mujer con la que se cruzó (o no) una vez en el autobús y ante la que cayó tremendamente prendido. Anna es un amalgama de los personajes interpretados por Anna Karina para Godard, fundamentalmente su Odile en Banda aparte y Nana de Vivir su vida. La cara de Juliette Binoche junto a los problemas de ser inalcanzable por amar esta a otro. Ella representa el amor idealizado, la perfección hecha compañera.  Hasta ese momento, Alex había vivido un tórrido romance junto a la bella y joven (menor) Lise (insultantemente bella y perfecta Julie Delpy), pero ella comete el crimen de quererlo sobre todas las cosas. Ella es el amor moderno. Ella es sexo con amor. Ella está abocada al fracaso. No sabe que el soñador y el romántico siempre preferirá el amor no correspondido a un orgasmo. “God and man, don’t believe in modern love” que berrea David Bowie en el rupturista plano secuencia (con un pequeño corte) musical que protagoniza Alex.

Y hasta el último momento no hablamos del contexto futurista del film, una de las cosas más publicitadas del film y que realmente no es sino un mero macguffin: el mundo en el que habitan los personajes está siendo devastado por una enfermedad de transmisión sexual que responde a las siglas de STBO y una posible vacuna para ese virus es el objeto que la banda de Alex quiere robar. Esta pandemia acaba con aquellos que realizan el acto sexual sin amor. ¿Culpabilidad cristiana? No, romanticismo puro. De la misma manera en que no podíamos encontrar una etiqueta generalista para su director, tampoco podemos catalogar a Mala sangre como una distopía. Situación similar a la que nos encontrábamos en la más reciente Mommy, de Xavier Dolan y su ley S-14.

Mala sangre es radicalismo, romanticismo, Bowie, amor, amor, amor, amor, o lo que es lo mismo “¡hambre, sed, gritos, danza, danza, danza, danza!”.

Valoración: ★★★★★

Crítica: Una dama en París

Una dama en París

Texto escrito por David Lastra

Por muchos manuales, posts y artículos de revistas que existan, el axioma es impepinable (valga la redundancia): se nace mujer parisina, no se llega a serlo. Catherine Deneuve, Juliette Binoche, Isabelle HuppertJulie DelpyIsabelle AdjaniAnouk Aimée, Brigitte BardotEva GreenMarion CotillardEmma Watson son mujeres parisinas (sí, Hermione nació en la Ciudad de la luz). Esa tópica amalgama antropomórfica de elegancia, inteligencia, erotismo y rebeldía es algo inalcanzable para el resto de l@s mortales. Pero sobre todas estas mujeres parisinas, existe una figura que gobierna a todas: la Dama de París. Mujeres de París hay muchas, pero Dama solo hay una y esa es Jeanne. Madame Moreau reina sobre todas ellas desde que sus patitas nos encandilasen a ritmo de Miles Davis mientras deambulaban noctámbulas por las calles de París en Ascensor para el cadalso. “La mejor actriz del mundo” (según Orson Welles y yo) nos ha regalado objetos de deseo (El proceso), carreras por el Louvre (Jules y Jim), sirvientas advenedizas (Diario de una camarera) y se ha especializado en solitarias mujeres burguesas ahogadas en sus relaciones (Los amantesModerato cantabile, La noche). Ahora, a sus ochenta y muchos, Jeanne nos uestra otra etapa de esa mujer solitaria en Una dama en París, bajo la dirección de Ilmar Raag (Klass), demostrándonos que una mujer de la tercera edad no es un ficus, sino que sigue sintiendo como el primer día.

Pero no nos adelantemos, la protagonista oficial de esta historia es Anne, mujer estoniana divorciada, que tras la muerte de su madre, acepta un trabajo como cuidadora de una anciana en París. Lejos de cumplirse sus sueños de babysitter, se encuentra conque el panorama es muy diferente al que esperaba: Frida, la mujer en cuestión, no es una inválida impedida, solo está un poco torpe, y no acepta de buena gana la llegada de ayuda. Pero esta película no muestra la típica historia de choque entre anciana reguñona, pero con buen corazón, y su  pobre criada, en la que una aprende de la otra y al final todos se funden en un abrazo y son felices. Aunque Anne aprende bastante sobre ser una señorita de París (cambio de vestuario, maquillaje, pose) gracias a Frida, los mazazos de la octogenaria duelen y le recuerdan a Anne que siempre será una cateta estoniana. La evolución del personaje interpretado por Laine Mägi (que repite con Raag tras Klass, y cuyas facciones recuerdan a las de mi querida y añorada  Susanne Lothar, rostro oficial de la mujer sufridora centroeuropea) es bastante típica (mujer que se redescubre al salir de su casa y conoce un nuevo mundo), pero es su partenaire la que salva la película.

Una dama en París

Al igual que Anne, Frida es de origen estoniano, pero lleva viviendo toda la vida en París. Utilizando el tópico de mujer hecha a sí misma, ha sabido subir desde los bajos fondos hasta lo más alto, convirtiéndose en una mujer parisina. Sí, esto desmontaría la regla expuesta en el primer párrafo, pero es que esta Frida está interpretada por Jeanne Moreau (a.k.a. la Dama de París), haciendo que todo resulte coherente. Nadie como ella podría llevar esos Chanel. En su día a día, mata el tiempo leyendo, tomando té, sufriendo sus desamores y siendo una perra, porque siempre lo ha sido y no siente necesidad alguna de cambiar. La redención es un invento de las películas y del cristianismo. Jeanne compone una interpretación notabilísima, robando todas las escenas en las que aparece (y siendo añorada en las que no está) y protagoniza uno de los momentos cinematográficos del año: tumbada en la cama, abrazada a su antiguo amante (mucho más joven que ella, ¿algún problema?), le abre la camisa, comienza a palparle el pechoy baja hasta la entrepierna de él. Él le pregunta que qué está haciendo, respondiendo ella con un certero “Recordando”. Esta visión de la sexualidad en la tercera edad rezuma buen gusto y realidad, pareja a la de los dos protagonistas de esa joya llamada Le week-end y alejada completamente del despiporre cacaculopedopis de la saga Marigold.

Una dama de París es la crónica crepuscular de una mujer que sigue con ganas de ser arrollada por el torbellino de la vida (pun intended), aunque la sociedad se empeñe en que ya ha llegado al final de su camino.

Nota: ★★★½

Crítica: Cuestión de actitud (Xenia)

Xenia

Texto escrito por David Lastra

Grecia está de moda. Tanto porque el país en sí se va (o se ha ido) al garete, como por el emergente nuevo cine griego, que se ha convertido en un valor seguro en los festivales europeos. Teniendo en cuenta la coyuntura socioeconómica de su tierra, lo lógico sería encontrarnos con una serie de cineastas combativos y rebeldes, al más puro estilo Costa-Gavras, director heleno especialista en denunciar la vida y milagros de la mierda capitalista, pero estos novísimos se han decidido por una tercera vía más simbólica (sin llegar a ser tan contemplativos como Angelopoulos), no tan directa como la del director de Z o El Capital, pero reivindicativa cuanto menos.

Si Yorgos Lanthimos jugó al perro y al ratón con la pulsión, tempo y maldad de la obra de Michael Haneke en la notable(mente sobrevalorada) Canino y en su espantosa (a secas) Alps, el director de esta Cuestión de actitud (Xenia), Panos H. Koutras, prefiere abrazar a un artista más mediterráneo, como él, Pedro Almodóvar. El genio del melodrama europeo, otrora rey del absurdo y el neorrealismo español, es uno de los pilares tanto estéticos como argumentales de Koutras. Cuestión de actitud es la historia de un viaje de dos hermanos, una odisea mejor dicho (tanto por broma fácil por la nacionalidad del film como por el nombre de uno de los protagonistas, Odysseus), en busca de su padre desaparecido, similar al de Esteban en Todo sobre mi madre, pero con un alto contenido vengativo, como el garbeo fassbinderiano de Ángel en La mala educación. Todo esto adornado con una subtrama de consecución de la fama a través de un reality a lo Factor X, La Voz y demás sucedáneos, y unos cuantos números musicales tan casposos como geniales (véase La ley del deseo, Tacones lejanos, Los amantes pasajeros, etc.), a ritmo de temazos pop italianos de Patty Pravo (ella es la gran protagonista… y no solo musical) y Raffaella Carrá (la inclusión de “Rumore” siempre conlleva algo bueno).

A lo largo de esta odisea (con viaje en barca a lo Mark Twain incluído), vemos cómo la historia de amor fraternal entre Danny y Ody Cuestión de actitud pósterestá basada en una obsesión (bidireccional), que por poco no llega a ser enfermiza (a pesar de alguna que otra mirada). La química entre el desquiciado Kostas Nikouli, en un papel muy Xavier-Dolan-friendly, y el “hermano mayor” Nikos Gelia es excepcional y un verdadero triunfo. Gracias a ellos, nos creemos algún que otro episodio onírico y la sucesión de pequeños obstáculos ridículos que les amenazan durante toda su aventura. Sus pequeñas conversaciones cotidianas y, especialmente, sus explosivos y estúpidos números musicales son los que levantan esta película. Las coreografías de Danny y Ody copian los mismos pasos de baile ultradramáticos y exagerados que hacíamos cuando éramos pequeños y no teníamos ni una miaja de esa enfermedad llamada vergüenza.

Koutras incurre en un error de aprendiz (sin ser él nada de eso) en Cuestión de actitud, introduciendo infinidad de tabúes (prostitución masculina, cruising, homosexualidad, esquizofrenia) y problemas sociales (racismo, homofobia, machismo, pobreza, desigualdad, precariedad laboral) griegos (por no decir europeos y/o universales) y no sólo no logra analizarlos con éxito, sino que no los desarrolla lo necesario. Esa carencia y un clímax demasiado artificioso y trascendental (a pesar de que la visita al kiosko final sea excelente) desmerecen el resultado final.

Cuestión de actitud (Xenia) es la odisea de dos hermanos, que han sido bambole toda su vida y que ante la madurez deciden romper con todo, afrontando su viaje (huída) iniciático como ellos mejor saben, cantando, bailando, comiendo chupa-chups y haciendo el cafre. Que Patty Pravo los acoja entre sus senos.

Valoración: ★★★

Crítica: La profesora de parvulario (Haganenet)

LA_PROFESORA_DE_PARVULARIO_HD_01

Texto escrito por David Lastra

En su segundo disco, Los Fresones Rebeldes entonaban una bonita canción sobre la ilusión de ser profesora: “¡Qué alegría! Hoy vuelvo al cole, ya estoy lista, ya es la hora. Este año soy mayor y ahora soy la profesora”. Pero como de todos es sabido, la situación del sistema educativo dista de ser tan idílica, y un par de estrofas más, con su laciedad punk habitual, nos muestran la amarga realidad: “Esto no es tan divertido como me creía yo, estos críos me tienen frita, me estoy quedando sin voz”. Esa canción resume el día a día de Nira, protagonista de La profesora de parvulario (Haganenet), que vive atrapada en la monotonía laboral (y familiar) hasta que un buen día todo cambia radicalmente gracias a un fortuito descubrimiento: uno de sus pequeños compone sus propios ripios, y no lo hace nada mal.

Lejos de sonar infantiles, el renacuajo rima de una manera violenta, complicada y muy ágil, al más puro estilo beatnik. Las creaciones del pequeño Yoav se convierten en el mantra de su profesora de párvulos, despertando en la mujer un ansia atroz por conocer y poseer todos sus poemas, muriéndose por dentro por los que el niño esputa fuera del horario escolar. La fascinación de la profesora crece de tal manera que termina convirtiéndose en pura obsesión. Pero tranquilos, el director Nadav Lapid no quiere incomodarnos en ningún momento con escenas Cartel_LA_PROFESORA_DE_PARVULARIO_Altaque denoten ni un ápice de pederastia o mal gusto. La relación entre profesora y alumno está rodada de una manera aséptica, al más puro estilo hanekiano. El vínculo está basado en la devoción de la primera por el arte del segundo. Nada más. Es en esa ausencia de sensacionalismo y carnaza, añadida a la impecable interpretación de Sarit Larry, lo que hace que la capacidad empática del espectador para con la lucha de la profesora sea casi plena o cuánto menos comprensiva.

La profesora hace propio el dicho maquiavélico por excelencia: la proclamación de la poesía de su protegido a escala mundial justifica el más que probable daño a la inocencia del infante y los mil y un problemas morales que acarrean sus acciones. Pero no solo es esa necesidad de salvar al mundo de la ignominia de la estupidez humana la razón de sus actos, también encontramos rastros de la clásica autorrealización del adulto ahogado en su mediocridad a través de un menor prometedor, pero lo dicho, gracias al trabajo de la actriz protagonista, justificamos en gran medida ese crimen.

La profesora de parvulario (Haganenet) es una oda a la creación y al progreso de la humanidad a través de la labor de los educadores pero llevado al extremo, con grandes dosis de enajenación, pero sin perder su carácter realista.

Valoración: ★★★

Crítica: Madre e hijo

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Texto escrito por David Lastra

Amor de madre. Legendario tatuaje y tópico favorito de cierto cine europeo que nos encanta. Ya verse sobre santas matronas que soportan a hijos insufribles o de titiriteras de primera que hacen lo que quieren con sus vástagos. Pero ante lo que no puedo resistirme es a las Agripinas que rozan el Münchhausen. Mujeres controladoras y castrantes que aman por encima de todo a sus pequeños varones, sin importarles las consecuencias. Una espectacular(mente enfermiza) Nathalie Baye encarnó ese estereotipo a la perfección en la fascinante e infravalorada, a pesar de hacerse con la Concha de Oro, Mi hijo, de Martial Fougeron. Madre e hijo, galardonada a su vez con el Oso de Oro en el pasado Festival de Berlín, se puede catalogar perfectamente dentro de esta clase de películas tan disfrutables como no aptas para todos los públicos.

Cornelia ha perdido a su hijo. No es una desaparición, sino un rechazo. Nueva casa, nueva pareja. Una nueva vida en la que no entra su madre. Él no quiere saber nada de ella. Cartel“Chúpamela” fue la expresión con la que terminó la última discusión que tuvieron entre ellos. Barbu tiene diecisiete años… un momento, Barbu tiene treinta y tantos años y a lo mejor esas no son las mejores maneras para cortar el pútrido cordón umbilical que le unía a su madre hasta ahora. Si recurrimos al socorrido juego de las referencias, podríamos decir que su comportamiento narcisista destructivo se asemeja al expuesto por Xavier Dolan en Yo maté a mi madre, o al de cualquier otro chaval tocapelotas que tengamos en mente… o a nosotros mismos. Pero a diferencia del drama gritón de Dolan, el cineasta rumano Calin Peter Netzer prefiere centrarse en la óptica de la madre ante el gran problema que nos presenta en su film: Barbu acaba de atropellar a un niño. ¿Será esta tragedia la que vuelva a unir a Cornelia con su pequeño treintañero?

Netzer, acompañado de Razvan Radulescu, guionista de La muerte del señor Lazarescu, marcan un tempo sosegado para mostrar los tejemanejes de una madre que está dispuesta a todo para que su hijo no acabe en la cárcel. Capaz hasta de llevarse bien con su nuera o de decirle a la madre del niño atropellado que no destrocen la vida de su hijo llevándole a juicio. Esta diatriba moral constituye el punto fuerte del film, junto a la consistente actuación de Luminita Gheorghiu, chica Haneke (Código desconocido y El tiempo del lobo) y cara reconocida del nuevo cine rumano (4 meses, 3 semanas, 2 días, Aurora. Un asesino muy común y la citada La muerte del señor Lazarescu).

Valoración: ★★★

Crítica: Nueva vida en Nueva York

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El francés Cédric Klapisch fue el responsable de uno de los mayores éxitos sleeper del cine europeo a comienzos de siglo, Una casa de locos (L’auberge espagnole, 2002). Aquella película retrataba de manera fresca, realista y pertinente la vida del estudiante europeo durante la experiencia Erasmus, una idea que Klapisch utilizaba para conectar con miles de jóvenes que se sentían profundamente identificados y que además le servía para reflexionar sobre algo más grande: la nueva Europa, representada por un hogar políglota, policultural y en caótica armonía.

Tres años después, el director continuaba la historia de Xavier Rousseau, encarnado por un perfecto Romain Duris, en una segunda entrega, Las muñecas rusas (Les poupées russes). Aunque la premisa era la reunión de los amigos que se habían conocido durante el año de Erasmus, la película se desviaba del tema, evolucionando al compás de sus protagonistas. Sin dejar de hablar en todo momento de lo que significa ser europeo para gran parte de la juventud -red de amistades y relaciones intercomunitarias, conversaciones en dos o tres lenguas, predisposición nomádica, incertidumbre general-, Kaplisch decidió con la secuela empezar a hablarnos de la vida de Xavier, a grandes rasgos. Y esa es la senda que ha continuado en la tercera parte de sus aventuras, Nueva vida en Nueva York (Casse-tête chinois).

Siguiendo el modelo de Antoine Doinel o de Jesse y Céline, Klapisch parece interesado en establecer una estrecha relación emocional entre su protagonista y el espectador, con el que (si hemos seguido su historia desde que comenzó, y si no también) hemos madurado a lo largo de más de una década. La ausencia de un hilo conductor que vertebrase las dos Nueva vida en Nueva York cartelentregas anteriores (caóticas, descentradas, repletas de ramificaciones, rodeos y tiempos muertos) es lo que da sentido a este inspirado último capítulo, y a la estructura, o más bien a la ausencia de estructura, de la trilogía. Xavier tampoco ha tenido nunca un hilo, un plan que le indique por dónde ir. Como gran parte de los jóvenes que ingresan en la mediana edad en Europa, no está donde se imaginaba que estaría a sus años, o lo que es peor, no sabe exactamente dónde quería estar, o hacia dónde quiere ir.

Por eso, Nueva vida en Nueva York es la más relevante, y también la más reveladora, de las tres películas de Xavier Rousseau. Su vida ha cambiado -separaciones, hijos, un futuro laboral incierto a los 40-, pero él sigue siendo el mismo, y es entonces cuando las grandes cuestiones existenciales ya no se pueden acallar. Nos obligamos a hacer balance, a echar la vista atrás y recordar cómo era nuestra vida antes de que las cosas se pusieran serias, antes de que se esperase de nosotros que fuéramos adultos, y a pensar si deberíamos haber hecho todo de otra manera. Como adelanta su título en español, la película transcurre en Nueva York, símbolo del sueño americano moderno, y a la vez la ciudad más europea de Estados Unidos. Una nueva vida, una nueva oportunidad para Xavier, en una historia sobre oportunidades y decisiones en un mundo de fronteras cada vez más difuminadas.

El año de Erasmus queda muy lejano en el tiempo, pero Kaplisch nos muestra, de manera muy certera, emotiva y con el sentido del humor más afinado que nunca, que este tipo de experiencias de juventud nos acompañan de alguna manera para siempre, estemos donde estemos, porque somos la suma de nuestras experiencias, y de las personas que conocemos. Xavier ya no tiene contacto con la mayoría de sus ex compañeros de piso -otro toque realista que se agradece-, pero algunas de esas personas de su pasado ya forman parte de su vida para siempre. Nueva vida en Nueva York es la historia de Xavier y sus mujeres: Martine (Audrey Tatou), Isabelle (Cécile De France) y Wendy (Kelly Reilly). Las tres mujeres de su vida. Y ellas, que son la mujer perfecta repartida en tres, le aportan esa “línea” que necesita, y que no sabía que tenía desde hace más de diez años.

Valoración: ★★★

Crítica: El gran cuaderno

EL_GRAN_CUADERNO

Texto escrito por David Lastra

No hay nada mejor que un Festival de Cine Europeo. Maratones de cintas interesantísimas que cuentan con el aliciente de que puede que no vean la luz en estreno comercial este nuestro querido país. Pero también hay que admitir, que no hay nada peor que un Festival de Cine Europeo. La proporción de película notable (o medianamente salvable) por bodrio es bajísima.  En esos momentos, con la luz apagada, a media tarde, sólo puedes pensar en una cosa: me la han colado. Y esa misma ha sido la sensación que he tenido con El gran cuaderno (A nagy füzet). No ha sido en festival, pero me la han colado pero bien.

Niños en la guerra. El fin de la inocencia. Padres en el frente, madres desesperadas y abuelas con mala leche. Vacas, judíos y nazis. El film de János Szász nos cuenta la historia de dos hermanos que “son la misma persona” (en palabras de la propia madre). Comen, estudian y duermen juntos (si acaso la única imagen reseñable de la película es el papo contra papo de ambos al dormir). Todo lo hacen juntos. Así que por esa regla de tres, los dos deberán refugiarse en el campo con su abuela, “porque dos gemelos llaman mucho la atención”. Allí serán explotados y maltratados por su abuela, hasta el mismísimo día en que deciden controlar y vencer el dolor. Después intentarán vencer el frío, el hambre, la pena… Un buen día, un general nazi llega a la feliz granja. ¿Será este el momento en que la cinta dé un giro de 180º y nos muestre cómo los gemelos se convierten en el paradigma del superhombre nazi justificando de esa manera lo cansinos que están siendo hasta ahora los bastardos? Pues no, si acaso un poco de homoerotismo latente por parte de un Ulrich Thomsen desacertadísimo intentando marcarse un Hans Landa.

El gran cuaderno

Sigue el carrusel de sinsentidos y capítulos desdibujados, con unos niños convertidos en el mal, pero que a su vez son soldados vengadores de Cristo (¿o es lo mismo?), entre los que veo necesario destacar: el dedo del pie en el coño de la ayudante del cura (sólo podía pensar en lo sucio que estaba), el final y, especialmente, el vergonzoso diálogo reiterativo de las minas en la frontera. Hay minas, papá. Papá, hay minas. Hay minas y explotan. ¿Hay minas? A veces explotan y hay minas. Mira, una mina. SPOILER y claro, la mina explota.

El verdadero problema de este El gran cuaderno es su autoconsciencia de estar creando una gran película sobre una de esas historias mínimas, de esas de la guerra sin la guerra, de las que magistralmente creó Volker Schlöndorff en El tambor de hojalata. De ahí que la vomitona del que aquí escribe sea considerable.

Crítica: La mujer del chatarrero

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Texto de David Lastra

Nazif se levanta cada mañana para destartalar coches abandonados, hacer acopio de forjados y alguna que otra cacerola. Senada se queda en casa, atiende a las pequeñas Sandra y Semsa, limpia y prepara la comida. Él es chatarrero y ella es la mujer del chatarrero. Su monotonía no es una forma de dejarse llevar por la inercia, sino la única forma posible de supervivencia. Los imprevistos son un lujo que una familia de etnia gitana no se puede permitir. La mujer del chatarrero nos cuenta el desbarajuste que provoca en la situación económica de esta pareja un acontecimiento para nada esperado o querido: el aborto natural de Senada.

la-mujer-del-chatarrero_posterPoco más de diez años después de levantar un Oscar por En tierra de nadie, Danis Tanovic sigue diseccionando el conflicto de la antigua Yugoslavia. En esta ocasión, se acerca a la realidad de las minorías étnicas en Bosnia-Herzegovina. El rechazo del hospital a realizar la intervención a Senada por carecer esta de tarjeta sanitaria y no poder abonar el monto es un horror pesadillesco y apocalíptico para la óptica etnocentrista occidental del espectador (un saludo, modelo sanitario español). El peso muerto del feto de Senada cala de manera cruda y continuada sin ningún tipo de artificio sentimentaloide. Gracias a esa desnudez cuasi documentalista a la hora de mostrar la problemática y a la interpretación neorrealista de la familia (realmente no es sino una recreación del caso que les ocurrió a los propios protagonistas del film años antes), esta película se aleja por completo del peligroso saco de las películas festivaleras del montón.

Aunque desoladora en su superficie, La mujer del chatarrero es también una proclama esperanzadora al amparo de la solidaridad a pequeña escala en la que viven Nazif y Senada. Gracias al respaldo de familiares y vecinos, se va solucionando el día a día. Ya sea un corte de luz o un aborto. Pero con esto Tanovic no construye un mundo de fábula, sino una potente crítica a las instituciones haciendo propia la sentencia de Shia LaBeouf sobre la necesidad de que una película, salvo que sirva solo para pasar el rato, siempre debe defender y comunicar indirectamente la idea de que vivimos en un mundo brutal, hipócrita e injusto. Porque este no es sino un episodio más en la vida de un chatarrero. El drama no termina con los títulos de crédito, ni siquiera al caer el sol.

Valoración: ★★★½

Crítica: La vida de Adèle

La vida de Adèle

La vida de Adèle marcará un antes y un después para muchos. Exactamente como el primer amor, el que te consume y te cambia para siempre, el que te obsesiona y te descubre mil y una posibilidades, el que cuando se acaba te deja completamente abatido, desorientado, muerto. La vida de Adèle es la película que durante un tiempo te hará olvidar que existen otras películasAbdellatif Kechiche no nos permite otra alternativa más que enamorarnos de su Adèle, y de su vida, con una experiencia apabullantemente intensa y real de más de tres horas que nos deja totalmente exhaustos y aturdidos. Ser abandonados por La vida de Adèle es muy duro, pero es necesario hacer balance de lo vivido y seguir adelante.

Kechiche toma como punto de partida la novela gráfica de Julie MarohLe Bleu est une couleur chaude (en España El azul es un color cálido), pero como indica el cambio de título, la transforma en algo suyo, y en algo de Adèle Exarchopoulos, su jovencísima y bellísima protagonista (pero sobre todo en algo suyo). Compuesto en gran medida a base de primeros y primerísimos primeros planos que facilitan una experiencia inmersiva absoluta, el film nos adentra en el microcosmos de una adolescente en pleno proceso de descubrimiento de su sexualidad, para pasar a continuación a explorar una relación de la manera más exhaustiva posible. Kechiche destaca a la hora de capturar la excitación y el hormigueo del enamoramiento adolescente, y su cámara dibuja con trazo certero la sensación de descubrimiento y de deseo (el plano detalle del pliegue de la axila de Emma siendo observado por Adèle es uno de los más importantes del año).

La vie d'Adèle

La vida de Adèle tiene esa capacidad para afectarnos en lo más profundo porque su protagonista, nuestra Adèle, no es una chica extraordinaria, sino una muy normal, incluso aburrida (“¿Qué música escuchas?” “De todo”) No es un personaje creado para despertar admiración, ni un ideal de nada. Nos afecta porque nos resulta tremendamente familiar y cercana. El proceso de identificación con Adèle es intrincado, pero es totalmente natural, solo amplificado por esa cámara intrusiva que nos sitúa con ella en el centro del relato, nos enseña continuamente sus puntos negros, sus preciosos dientes de conejo, sus imperfecciones, su belleza y su sexo, y nos ayuda a experimentar todo con ella por primera vez. Por eso cuando Adèle se cruza con Emma (Léa Seydoux) en el paso de peatones, el amor a primera vista es compartido por el que observa. ¿Quién no quedaría arrebatado por esa Ramona Flowers francesa de paletas separadas? Emma representa el deseo primordial, la atracción más magnética, el error favorito.

A partir de ahí, La vida de Adèle se apodera del tiempo. Se detiene para siempre durante la primera conversación entre Adèle y Emma. Convierte en una hora 7 minutos de sexo explícito y real, empapado de saliva y sudor (aunque podamos oír en nuestra cabeza a Kechiche dando directrices). Y salta hacia delante sin piedad, a través de ubicuas elipsis, hasta los momentos más decisivos de la relación, identificando sus puntos nodales, abarcándola y exponiéndola plenamente. Al igual que asistimos al nacimiento del amor y vivimos el delirio del deseo, sentimos de primera mano cómo la vida de Adèle se desmorona a medida que las diferencias entre ella y Emma se manifiestan y se intensifican.

La vida de Adele agua

Kechiche se deja de sutilidades (es un decir) y se vuelve más obvio para enseñarnos que las dos habitan mundos distintos (Adèle proviene de una familia de clase media y no tiene aspiraciones más allá de ser profesora de guardería, Emma es artista, con todo lo que ello conlleva), para darnos en las narices con las diferencias entre conservador y liberal, bohemio y ordinario. Y aunque este pasaje de La vida de Adèle incorpora un par de reflexiones valiosísimas sobre la juventud en la situación económica actual (Adèle ha sido práctica y tiene trabajo, pero es juzgada por su falta de ideales y aspiraciones artísticas), y es necesario para desenlazar la historia, pone algo de distancia entre el espectador y el relato.

La agotadora intensidad y vehemencia con la que se retrata el amor se incrementa para destrozarnos con el desamor. Los primeros planos regresan, y atravesamos un mar de lágrimas y mocos para volver a sentir en primera persona lo que siente Adèle. Entregada, temeraria e inconsciente, precipitada al abismo sin paracaídas, Exarchopoulos finaliza su descarnado recital interpretativo, consumida por el personaje, sin piel, hecha trizas, convertida en ella. Si es que en algún momento no fue esa Adèle. Seydoux está magnífica, pero lo de Exarchopoulos es inabarcable. Para cuando esta historia que se nos antoja demasiado real (porque muchos la habrán vivido) toca a su fin, sentimos esa fuerza devastadora que tira de nosotros al caminar cada día, ese dolor que te ha cambiado para siempre. La vida de Adèle posee esa fuerza. Ya no hay nada que hacer, nos hemos enamorado de dos de las sonrisas más bellas de la historia del cine, y dejar de verlas es morir.

Valoración: ★★★★★