Crítica: El silencio de la ciudad blanca

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A finales de la década pasada fuimos arrasados por el vendaval que supuso la publicación de las traducciones de los tochos de Stieg Larsson (creador de la saga Millennium). La nueva novela negra nórdica copó la lista de ventas y trajo consigo la llegada de mil y un impronunciables escritores y escritoras con infinidad de consonantes en sus nombres a los estantes de nuestras librerías. Tiempo después, Gillian Flynn (Perdida, Heridas abiertas) siguió saciando esa hambre de secretos y miserias del lado más oscuro de la psique humana al tiempo que se convertía en la reina del plot twist, y la francesa Fred Vargas se hacía con el mismísimo Premio Princesa Asturias de las Letras por la calidad de su producción literaria dentro de este género habitualmente denostado.

Este renacer del thriller se ha visto reflejado igualmente en la producción patria con los éxitos de ventas de autoras como Julia Navarro (La Hermandad de la Sábana Santa) o Dolores Redondo (su Trilogía del Baztán), así como nuevas entregas de las longevas sagas policiacas ideadas por Alicia Giménez Barlett (Petra Delicado) y Lorenzo Silva (Bevilacqua y Chamorro) … y de todos es sabido, que todo éxito editorial, salvo honrosas excepciones, termina contando con su adaptación cinematográfica correspondiente. Mientras esperamos la llegada de Legado en los huesos (secuela de la exitosa El guardián invisible y basada en la segunda novela de la saga de Dolores Redondo), abrimos un nuevo capítulo en otra nueva trilogía literaria trasladada a la gran pantalla, en esta ocasión la creada por Eva Gª Sáenz de Urturi. Ha llegado el momento de romper de una vez por todas El silencio de la ciudad blanca.

Unai (Javier Rey, Fariña) es el mejor perfilador criminal de todo Vitoria, aunque lleva casi un año en el dique seco por asuntos familiares. Alba (Belén Rueda, El orfanato) es la nueva subcomisaria que se hará cargo de la investigación de una serie de crímenes rituales que siguen los mismos patrones que los acontecidos hace veinte años en esa misma villa. Un caso que parecía cerrado tras el encarcelamiento de Tasio Ortiz de Zárate (Álex Brendemühl, Las horas del día), mediático arqueólogo y presentador televisivo cuya curiosidad e interés por el ser humano le terminó convirtiendo en un asesino en serie. Pero si el hombre malo está entre rejas, ¿cómo puede ser que hayan aparecido dos nuevas víctimas desnudas en la cripta de la Catedral Vieja?

Daniel Calparsoro (Cien años de perdón) vuelve a intentarlo con el thriller tras el arriesgado y extremadamente fallido experimento que fue El aviso el año pasado. Aunque logre un resultado mucho más respetable que con los viajes temporales de Raúl Arévalo, el director de Asfalto no logra transmitir del todo la tensión y el suspense existentes en las páginas de la novela. Ni de lejos consigue acercarse al ritmo del material original, viéndose este El silencio de la ciudad blanca cinematográfico lastrado por una dirección demasiado conservadora, alguna que otra reiteración explicativa durante la investigación y alguno de los giros que no hace sino infravalorar en demasía al espectador. Como viene siendo habitual, pero no por ello igual de loable, Belén Rueda vuelve a brillar con diferencia sobre sus compañeros de reparto, a pesar de contar con un personaje un pelín desdibujado. Salvan la papeleta igualmente Javier Rey, Manolo Solo (Tarde para la ira), Álex Brendemühl, aunque caigan en el histrión (especialmente este último con sus aires de Hannibal Lecter) en alguna escena que otra. Una verdadera pena volver a ver cómo Calparsoro vuelve a desaprovechar las dotes interpretativas de Aura Garrido (Stockholm) tras su experiencia en El aviso.

Aunque no llegue a ser tan entretenido como El guardián invisible, El silencio de la ciudad blanca es el (no tan) trepidante thriller que te puede arreglar una buena tarde lluviosa otoñal de las que se avecinan.

David Lastra

Nota: ★★½

Crítica: Lo dejo cuando quiera

La crisis mató a la clase media. La precariedad laboral ha reventado de una vez por todas la estratificación social española, provocando que la brecha entre los ricos y los pobres sea abismal. No tan jóvenes, aunque sobradamente preparados, los protagonistas de Lo dejo cuando quiera han visto cómo sus sueños de licenciados han sido truncados completamente por la crisis.

Arturo (el chanante Ernesto Sevilla, La que se avecina) se dedica a dar clases particulares a millennials pasotas, Eligio (Carlos Santos, El hombre de las mil caras) vive con sus padres y está enchufado en una gasolinera, porque las Letras ya no importan a nadie. El único que ha podido colocarse en una facultad ha sido Pedro (David Verdaguer, Estiu 1993), aunque sus condiciones laborales, tanto económicas como académicas, son nefastas. Carlos Therón (Mira lo que has hecho) sigue ahondando en su gamberrismo habitual con Lo dejo cuando quiera, una comedia perfecta para todos aquellos que sufrimos el final de mes cada vez más a primeros.

Ante esa realidad de sueldos ínfimos e inestabilidad perpetua, los tres amigos deciden cortar con todo (¿o ha sido el mundo el que ha cortado con ellos?) y pasarse al lado oscuro: ellos pasarán de ser profesores a traficantes de drogas. Una pastilla experimental de Pedro podría convertirles en los verdaderos dueños y señores de la noche y hacer que naden en billes… pero ellos no dejan de ser unos pringados y no tendrán otra opción que aliarse con Tacho (Ernesto Alterio, Los años bárbaros), una suerte de Pocholo que lleva una eternidad reinando en los bajos fondos.

Aunque basada en un taquillazo italiano, Lo dejo cuando quiera sigue al pie de la letra el canon de las bro movies estadounidenses de Todd Philips (la saga Resacón en Las Vegas) o Seth Rogen (Juerga hasta el fin), pero sin perder en ningún momento esa identidad semicuñada y casposa patria, unos rasgos autoparódicos que provocan alguno de los mejores gags cómicos de la película. Aunque los trabajos de Sevilla y Fuentes sean bastante buenos y graciosos, David Verdaguer se impone claramente con un notable trabajo interpretativo no muy común en este tipo de comedias. El actor catalán vuelve a demostrar que no solo sabe construir y dar dimensión a un personaje, sino que es un verdadero todoterreno, capaz de clavarla tanto en dramas (sus trabajos con Carlos Marques-Marcet o su Goya por Estiu 1993) como en comedias (su papel en No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas era lo único salvable del film). Pero no solo de bros vive Lo dejo cuando quiera, las televisivas Miren Ibarguren (Arde Madrid) y Cristina Castaño (Sin rodeos) son las verdaderas robaescenas de la película, especialmente Ibarguren y su brutal sinceridad como titulada en Derecho y compañera de turno de Eligio en la gasolinera.

Aunque no invente la pólvora, Lo dejo cuando quiera sube con creces el listón de la nueva comedia española gracias al trabajo del citado Verdaguer y a la ausencia de cortapisas a la hora de desbarrar con sus chistes.

David Lastra

Nota: ★★★

Crítica: Quién te cantará

Lila Cassen ha abandonado el edificio. La primera y más sonada fue hace una década, cuando abandonó abruptamente los escenarios en el punto álgido de su carrera. De repente, la voz del pop hizo mutis por el foro. Lila desapareció de la faz de la tierra y nadie supo el por qué. Ese misterio no hizo sino provocar que su categoría de ídolo se magnificase aún más. Ahora ha decidido regresar. Ya sea por motivos económicos o puramente artísticos, Lila Cassen vuelve a escena. Como si de Kate Bush se tratase, la cantante ha anunciado una serie limitada de conciertos que parecen ser la última oportunidad para poder disfrutar de su voz en directo. Los preparativos se suceden sin ningún tipo de imprevistos. El regreso de la gran estrella está atado y bien atado… Salvo que Lila Cassen ha vuelto a abandonar el edificio y esta vez puede que para siempre.

Tras el viaje enfermizo de Magical Girl, Carlos Vermut se atreve con la complicada relación entre el ídolo y la fama, sin olvidarse de uno de los factores más importantes en esa dupla: los fans. Después de un extraño percance en la playa, Lila Cassen (Najwa Nimri, Los amantes del círculo polar) despierta sin saber quién es. Conoce el rostro de Lila, pero no se reconoce como ella. Lila está amnésica, completamente hueca. Ella es una persona nueva, una buena oportunidad para empezar de cero… si no tuviese una gira de conciertos a la vuelta de la esquina. Ella no recuerda las letras de sus canciones, ni las coreografías. Realmente, esa nueva mujer no es Lila. Tiene que aprender a serlo. ¿Y quién nos conoce mucho mejor que nosotros mismos? Nuestros admiradores y Lila tiene muchos. Violeta (Eva Llorach, Gente en sitios) es una de sus mayores fans. No solo conoce sus canciones al dedillo, sino que tiene  memorizados todos sus bailes y gestos, hasta tiene una voz bastante buena (como que es la de Eva Amaral). Ella podría haber sido alguien en esto de la música, pero shit happens (Natalia de Molina, Techo y comida) y las facturas no se pagan solas.

El encuentro entre ambas bebe los vientos de la imponente Persona. El transvase entre Lila y Violeta es muy semejante al que generan Elisabet y Alma en la cinta de Ingmar Bergman. Pero esta transfusión vampírica es más almodovariana que bergmaniana. Muchos han sido los osados en honrar al maestro y han acabado trasquilados. Para muestra tenemos la sosa Animales nocturnos de Tom Ford de hace un par de años o el propio realizador manchego en sus últimos films. Carlos Vermut acierta de pleno consiguiendo con Quién te cantará la mejor película almodovariana de las últimas décadas. El director de Diamond Flash encuentra el perfecto equilibrio entre el drama más doloroso, ese que traspasa la pantalla y nos hiere en lo más hondo, y el mamarrachismo más absoluto, ya sea a través de divertidos guiños o exabruptos.

Quién te cantará es la obra de un valiente. Podría no haber funcionado en alguno de sus aspectos principales y podríamos seguir valorando ese sinigual arrojo. Lo positivo, es que la cinta no flaquea en ningún momento. Vermut toma el patrón del desdeñado melodrama patrio y lo reinventa gracias a su magnífica exquisitez a la hora de desnudar la psique humana, un aspecto que ya pudimos vislumbrar con el personaje de Bárbara Lennie en Magical Girl.

No existe mujer más adecuada para encarnar a la enigmática Lila Cassen que Najwa Nimri. La polifacética artista realiza la interpretación de su vida, logrando captar y transmitir a la perfección la áspera delicadeza de una diva pop. Con su excelso trabajo conjunto, Vermut y Nimri logran crear un verdadero icono, tanto dentro del engranaje del propio film como dentro del imaginario del cine español. La encargada de dar la réplica a semejante animal escénico es Eva Llorach. Chica Vermut por excelencia (ha trabajado en sus tres largometrajes), es la encargada de dar vida a Violeta, el paradigma del fan fatal. La actriz murciana clava ese poso patético e inocente que poseemos los admiradores de las estrellas, pero dotándonos de la dignidad que nos merecemos. Llorach interpreta al personaje más complejo y dificultoso del film, ya que mientras Lila está llenando su vacío, ella está desocupando su alma. La química entre Nimri y Llorach es brutal y el nivel de sus actuaciones sin igual, por lo que no debería  extrañarnos que se utilizase por primera vez en la historia la expresión ex aequo en la categoría de mejor actriz en los próximos Goya.

Pero no solo de Nimri y Llorach vive Quién te cantará. Carme Elías (Camino) y la citada Natalia de Molina hacen las veces de la mano derecha de Lila Cassen y la hija de Violeta, respectivamente. El personaje de Elías es un mártir de su profesión, como toda madre. Ella no es realmente la madre biológica de Lila, pero ha actuado como tal durante los últimos años, quiera la Cassen o no. Y al otro lado del amor posesivo se encuentra Marta, la adolescente terrible. Atila el Huno con vagina y gigas ilimitados. Una bomba de relojería que no puede parar de explotar. No es culpa suya, es su naturaleza. De Molina vuelve a demostrar que es una de las mejores actrices de su generación, creciéndose no solo en sus estallidos emocionales, sino especialmente en los pequeños gestos, como en su despreciable desdén con que mira a su madre mientras come pipas.

Uno de los grandes atractivos del film es la inteligente utilización de temas preexistentes de Najwa Nimri para ilustrar la carrera musical de su alter ego en Quién te cantará. Otro tema es el sorpresón de encontrarse con la voz de Eva Amaral cuando canta Violeta. Una decisión que en un primer momento descoloca, pero que se convierte en una verdadera delicia.

Quién te cantará es una rara avis dentro del cine español. Todo un hito en la historia fílmica de nuestro país. Una de esas llamadas películas perfectas, una de esas que nunca procuraremos olvidar.

David Lastra

Nota: ★★★★★

Crítica: El aviso

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Ocurrió un día cualquiera… Esos son los peores. No esperas nunca que en un día cualquiera ocurra ningún acontecimiento. Eso debería estar reservado para los días especiales. Aquellos que están marcados en la agenda con rojo o con mil y una alarmas en el móvil. Pero lo queramos o no, la mayor parte de las cosas pasan los días cualquiera. ‘Shit happens’ que dirían en el Peñón o ‘cést la vie’ que cantaban Encarna y Toñi.

Uno de esos días cualquiera Jon (Raúl Arévalo, La isla mínima) ve cómo disparan a su mejor amigo (Aitor Luna, Mi panadería en Brooklyn) en una gasolinera. Así, de buenas a primeras, un día cualquiera, su vida se va a la mierda. Realmente, si nos ponemos estrictos, la existencia de Jon ya se había visto trastocada anteriormente con un ingreso hospitalario y con la consiguiente fuga de su interés amoroso (Belén Cuesta, La llamada) a los brazos del hombre que actualmente se desangra en el suelo. Pero eso es agua (no tan) pasada, eso fue cosa de otro día cualquiera. El que hoy nos ocupa es el del crimen de la gasolinera. El culmen de la mala leche, del estar en el momento justo en el lugar menos indicado. Casualidades de la vida… o no tan casuales como puedan parecer de primeras. Ese es el potente punto de partida de El aviso, la nueva película de un director cuyo apellido es casi tan potente como sus obras, Daniel Calparsoro.

Cierto sentimiento de culpa y una gran predisposición a la obsesión y a las matemáticas, harán que Jon se dedique a investigar el crimen que tiene la vida de su amigo en jaque. Cual Jughead Jones castizo, Jon pone en marcha mil y una teorías sobre lo que puede haber ocurrido… bueno, realmente solo tiene una sobre muertes a lo largo de los años, que encuentra de chiripa y que parece ser la acertada. Esta irreal situación no es ningún problema, ya que como espectadores avezados de thrillers y demás cintas de género, estamos acostumbrados a dejarnos llevar ante alguna que otra virguería o giro de guión para que todo siga su curso… y eso es lo que hacemos con El aviso. Una y otra vez. Escena a escena, salto temporal a salto temporal… Hasta que nos cansamos. Incluso el espectador más permisivo tiene un tope y El aviso los supera todos.

El aviso intenta ser un sesudo e inteligente tour de force y es esa intensidad la que le hace caer con todo el equipo. Esa gravedad hace que las costuras de su flojísimo guión queden aún más patentes y que las interpretaciones rocen el ridículo. Un mal que aqueja al cine español desde tiempos inmemoriales que parecía haberse resuelto gracias a notables cintas como Que Dios nos perdone de Rodrigo Sorogoyen, La isla mínima de Alberto Rodríguez o Tarde para la ira, del propio Arévalo, pero que de vez en cuando seguía haciendo acto de presencia con horrores infumables como Secuestro de Mar Targarona. Incluso el propio Calparsoro había puesto su granito de arena con su no-tan-genial-como-parece Cien años de perdón, pero con esta El aviso ha caído al lado oscuro.

el-aviso-posterResulta cuanto menos llamativo que un director tan curtido en el género como él (no olvidemos que es el padre de dos de las cintas españolas más potentes de los últimos treinta años: Salto al vacío y Asfalto) no sepa lidiar con ello de manera satisfactoria, no logrando sacar jugo a tres de los actores más en forma del momento. Arévalo salva la papeleta haciendo lo que puede con el sinsentido de su protagonista, pero Aura Garrido (El ministerio del tiempo, Stockholm) naufraga totalmente en su papel, con un acentazo chulesco que aparece y desaparece dependiendo de la escena. Por su parte, Belén Cuesta se dedica a hacer una de las mejores cosas que sabe hacer: llorar. Lo cual no sería ningún problema si hiciese algo más, pero no. Su personaje no tiene mayor profundidad. Ella llora, nada más.

El aviso no solo no hace mérito para luchar en la candidatura de thriller del año, sino que comete un crimen aún más atroz: no entretener al espectador… y eso que casi no supera ni la hora y media de duración.

David Lastra

Nota: ★

Crítica: La librería

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Han pasado ya unos cuantos años y todavía no he logrado saber en qué preciso momento todo cambió entre nosotros. Puede que haya sido culpa mía o acaso el inmenso sopor que me produjeron Elegy o ese maremágnum llamado Mapa de los sonidos de Tokio. No sé, Isabel, siempre te tendré cierto cariño y guardaré cierta esperanza. Porque, a pesar de lo extremadamente mala que era Mi otro yo y la vergüenza ajena que me hiciste pasar con Ayer no termina nunca, sigo pensando que existe alguna posibilidad por pequeña que sea de salvar lo nuestro. Aquí estamos una vez más, intentándolo con La librería.

El punto de partida de este film pintaba bien para nuestro reencuentro: una adaptación literaria de una premiada novela escrita por Penelope Fitzgerald. La librería suponía un retorno a esa atmósfera intimista que tan buenos resultados le dio en el pasado (y en la reciente Nadie quiere la noche). Esta es la historia de Florence Green (Emily Mortimer, Match Point), una mujer que decide montar una pequeña librería en una coqueta población inglesa. La llegada de esta emprendedora supone un revulsivo en la comunidad acomodada de Hardborourgh, especialmente en la cabecilla de todas las cotillas: doña Violet Gamart, interpretada por Patricia Clarkson, chica Coixet en Aprendiendo a conducir y Elegy y secundaria en cualquier comedia, drama o distopía que se haya rodado en el transcurso de las últimas tres décadas.

Además del frío húmedo y las consiguientes reformas para acondicionar el local, Florence se tiene que enfrentar a la curiosidad transformada en inquina de Violet, ya que la Hedda Hopper de la campiña inglesa tiene otros planes para el edificio donde la recién llegada quiere montar su librería. La reina del pueblo quiere montar un centro cultural donde realizar recitales y lecturas. Este gran conflicto sobre el que se levanta la película no tendría sentido en nuestros días, ya que en 2017 ambas cooperarían y montarían una librería con un pequeño espacio polivalente donde realizar presentaciones, conciertos y demás. Puede que hasta colocasen una pequeña barra para servir cafés y algún que otro piscolabis. Una solución en clave de sororidad muy actual que no tiene cabida en una pequeña ciudad inglesa de los años cincuenta.

Coixet construye una de esas típicas películas que rellenan la cartelera otoñal, que ni hace daño, ni mucho menos calan en la retina del espectador. La librería es una película realizada de manera adecuada pero con menos corazón del que cree. Se agradece el solvente trabajo de Mortimer, más que el de una Clarkson un poco más desbocada de lo habitual y el de un Bill Nighy (Love Actually) poco más que correcto, y, especialmente, cierto retorno de elementos puramente coixetianos, como son las disertaciones poéticas en off, que aunque pequen de reiterativas son lo mejor de la película ya que están locutadas por la insigne Julie Christie (la mismísima Lara de Doctor Zhivago, y que ya coincidió con Coixet en La vida secreta de las palabras).

Puede que la nueva Isabel Coixet no esté hecha para mí, o que nunca lo haya estado y haya sido yo el que ha cambiado. Por lo menos esta última vez no ha estado tan mal, ¿no?

David Lastra

Nota: ★★½

Crítica: La llamada

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No soy cristiano, no soy creyente, de hecho soy 100% ateo desde que tengo uso de razón, pero esta semana he oído la voz de Dios, y sorprendentemente se asemeja a la de un crooner que canta por Whitney Houston. Este milagro ha sido posible gracias a La llamada, adaptación al cine del fenómeno teatral del mismo nombre creado por Javier Ambrossi y Javier Calvo, conocidos por su faceta como actores y por ser los creadores de la sensación de Internet Paquita Salas. Recuperando al reparto original, los Javis, como ya se les conoce cariñosamente, llevan al cine su aplaudida obra después de cuatro años de éxito en el Teatro Lara de Malasaña, trasladando de forma intacta toda la magia que ha hecho de ella una parada obligada en el Madrid cultural.

Nos echamos la mochila al hombro (dentro, el bronceador para usarlo de micro y una cinta de cassette con nuestros temas electro latino favoritos), y nos subimos en el bus que nos lleva hasta el campamento cristiano La Brújula, en Segovia. Allí conocemos a María (Macarena García) y Susana (Anna Castillo), dos alocadas chicas en el crepúsculo de su adolescencia castigadas sin excursión por escaparse a un concierto. La hermana Bernarda (Gracia Olayo) llega a La Brújula para salvar el campamento con el poder de la música, concretamente su canción ‘Viviremos firmes en la fe’, mientras que la hermana Milagros (Belén Cuesta), una joven monja con dudas sobre su vocación, ejerce como vigilante y confidente de María y Susana, lo que saca a relucir sus propios sueños musicales, los que abandonó para entregarse a la fe. Una noche, Dios (Richard Collins-Moore) se le aparece a María cantándole canciones de Whitney, lo que marcará el comienzo de un fin de semana inolvidable tras el cual la vida de todas cambiará para siempre.

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La llamada llega a las salas de cine precedida de una enorme popularidad en la capital, donde la obra ha creado un auténtico culto entre los aficionados al teatro. Con esta película, los Javis pretenden llevar su creación a un público más amplio, para lo que han efectuado los cambios necesarios para adaptarla al lenguaje cinematográfico conservando toda la esencia de la obra. En la película de La llamada hay nuevas canciones originales, y también nuevos personajes, interpretados por la entrañable María Isabel Díaz (Vis a vis), el siempre eficaz Secun de la Rosa (Aída) y Esty Quesada, la famosa youtuber conocida como Soy una pringada, que sale poco, pero nos deja algunos de los puntazos más hilarantes del film. De la misma manera, el libreto de la obra ha ganado en profundidad, con detalles que ayudan a redondear aun más a unos personajes ya de por sí bastante definidos. Ambrossi y Calvo sacan el máximo partido del medio para enriquecer la historia de estas cuatro mujeres con planos preciosos envueltos en la fotografía impecable de Migue Amoedo, utilizando la cámara y la puesta en escena con inteligencia para descubrirnos matices sobre ellas y sus personalidades que no es posible detectar desde la butaca de un teatro, y que hacen que su sorprendente final adquiera mayor empaque y coherencia.

El resultado de este laborioso trabajo de adaptación es una película casi redonda, un torrente de emociones repleto de diálogos citables para la posteridad, desenfadados números musicales, golpes de humor de una naturalidad pasmosa, y una sensibilidad y energía contagiosas. La llamada sabe cómo tocar la fibra, sabe cómo hacer reír a carcajadas, cómo hacerte chasquear los dedos y mover el pie al ritmo de la música, sabe cuándo es el momento de hacer llorar al espectador, de hacerle reflexionar sobre lo que está viendo y sobre cómo aplicar su valioso mensaje a la experiencia propia. Solo baja la guardia durante los números de Dios, que a pesar de ser esenciales, pueden llegar a interrumpir ligeramente el fluir de la película.

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Ambrossi y Calvo ejercen dominio sobre las emociones, pero son las protagonistas las que lo llevan a otro nivel. Cuatro actrices en estado de gracia y en absoluta sintonía que firman con su mejor letra, como los creadores, la carta de despedida a unos personajes que cobraron vida con ellas, abriéndose en canal para interpretarlas por última vez. Y para siempre. Cuatro intérpretes soberbias de las que, aunque sea injusto elegir favoritas, tengo que destacar a Belén Cuesta y Anna Castillo. La primera por su espontaneidad, gracia natural y esa manera que tiene de comunicar y conmover con cada gesto, y la segunda por ser simplemente un portento de la comedia y el drama (qué mirada, qué sonrisa). Castillo es una de las mejores actrices de su generación y en La llamada demuestra que es capaz de hacer cualquier cosa, y hacerlo siempre bien.

El mensaje de La llamada no se puede entender en ningún caso como adoctrinamiento religioso, y más aun si uno conoce a sus directores (comprometidos a derribar el heteropatriarcado, como ellos mismos han declarado), sino como un llamamiento a la tolerancia y a la libertad para ser lo que cada uno es o quiere ser, valores que deberían estar al frente de la iglesia católica, pero que se olvidan a menudo. La llamada es un canto optimista a la vida, a la juventud, a las segundas oportunidades, a los sueños por los que merece la pena luchar, a la amistad y el “amor transformador”, una película rebosante de humanidad, frescura y talento con la que sus creadores nos invitan a tirarnos a la piscina en tiempos de cinismo, a dejar atrás el miedo al “qué pasará” para perseguir nuestra llamada, la que creemos que nos conducirá hacia la felicidad. “Lo hacemos y ya vemos” es el lema que necesitábamos, y La llamada el milagro que hará creer a los más escépticos.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Abracadabra

Supercalifragilísticoespialidoso, chalchicomula, flazéda… palabras que no quieren decir nada, pero que nos llenan la boca cada vez que las decimos y que tienen el inmenso poder de provocar sonrisas cuando son escuchadas. Abracadabra es otro de esos palabros que despiertan al ingenuo diablillo que llevamos dentro y nos hacen entrar en trance, expectantes de ser sorprendidos por algo inesperado e increíble. Algo parecido a lo que seguimos sintiendo cada vez que se apagan las luces en la sala del cine. Pablo Berger nos ha hecho sentir eso en dos ocasiones: con su injustamente (algo) olvidada Torremolinos 73 y la multipremiada y arriesgada Blancanieves. Para su tercera película, repite con la protagonista de esta última, Maribel Verdú, y adopta la expresión mágica por antonomasia. ¿El truco de magia definitivo? Sobre el papel sí, pero en el mundo real Abracadabra dista bastante de ser una obra de arte.

Abracadabra es la historia de Carmen (Maribel Verdú) y Carlos (Antonio de la Torre). Ella es una mujer hecha y derecha, una leona de las de antes, gran fingidora, beata y madre. Una señora de muy buen ver, una belleza de las de ayer, pero decente, pura y muy fiel. Se viste con colores imposibles y millones de abalorios. Reina de su casa, tutora de su hija adolescente y gobernanta de la cocina. Ella es la gran khaleesi choni… aunque su marido no le hace ni puñetero caso. Carlos es un cuñao. Amante del Real Madrid, de los bocatas de su señora y de su sofá. Desde su trono, grita, se rasca los huevos e imparte verdades absolutas irrefutables. Él ordena y manda. Guapo, él. Guapa, ella. TQM ♥ El tiempo lo destruye todo, salvo la mediocridad y la arquitectura de un matrimonio desganado cuyo amor hace años desapareció. Ni un ramito de violetas bajo un seudónimo, alguna hostia y un polvo de vez en cuando. Carlos y Carmen, la pareja perfecta. ¡Viva el macho ibérico y las mujeres guapas! ¡Viva España!

España is different. El cutrerío español debería ser nombrado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Abracadabra no solo bebe de ese cutrerío, sino que se embriaga y se vomita encima. Iglesias, salones de bodas, pistas de baile… Berger hace un repaso a la caspa española y no deja títere con cabeza (literalmente). Todo promete, casi ni la presencia de José Mota molesta… pero… ¡ZASCA! ¡Llega el abracadabra! Y todo comienza a irse al garete. La historia comienza a complicarse (o eso cree) y termina por ser más lisérgico que un episodio de Los Simpson de esos que empiezan de una manera completamente diferente a cómo acaban. Pero lejos de tener el brutal gracejo de los seres amarillos, Abracadabra no da la talla como la comedia cáustica que parece aspirar ser.

El problema no es el supuesto giro tenebroso de la sesión de hipnosis, sino el desajustado desarrollo del mismo. En este nuestro país, estamos acostumbrados a grandes comedias negras, negrísimas acertaría a decir. Incluso el propio Berger ya consiguió hacernos reír y ponernos un poquitín nerviosos con el turbio asalto al mundo pornográfico de Javier Cámara y Candela Peña en su debut, por lo que sorprende el desatino de Abracadabra. Puede que las expectativas fuesen demasiado altas por esta tercera cinta, pero no eso no es excusa para el descalabro que Abracadabra termina por llegar a ser.

Ajena a todo ese horror, Maribel Verdú. Hemos crecido con ella, nos hemos enamorado, la hemos querido más que a nada… y ella nos lo ha devuelto a lo largo de estas décadas con creces con papeles memorables (Amantes, La buena estrella, Y tu mamá también o la citada Blancanieves). Su presencia incluso nos obligó a ir al cine a ver ese HORROR llamado Tuno negro, aunque solo se marcase un Drew Barrymore. Ella es una mujer todoterreno, de las que puede con todo, de las que te salva una película… y eso es precisamente lo que hace en Abracadabra. No sería descabellado que la Verdú se llevase su tercer cabezón, ya que su Carmen es un trabajo de altura. Ella es la única que logra pillar el punto al absurdo y casposo tono del film, puesto que hasta Antonio de la Torre está flojo por primera vez en la historia, brillando únicamente en la escena en que la pareja baila ‘Abracadabra’ de Steve Miller Band… de José Mota mejor no decir nada.

Abracadabra es una obra anticuñadista que se regodea en su cuñadismo y cae en todos los errores que parece criticar. Una película que va de arriesgada y complicada, cuando no es sino un truco de magia desafortunado y bastante sencillito. Dejémoslo que es otra película más por la que ir al cine a ver a Maribel Verdú dar otra lección de interpretación. Nada más (y nada menos).

David Lastra

Nota: ★★½

Crítica: Amar

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¡Ay amor, que despierta a las piedras! ¡Ay de aquel que no te sienta alrededor! El amor, el sentimiento más puro, placentero y dañino que puede (y debe) experimentar un ser vivo a lo largo de su existencia. ¡Tantas veces nos quitas la pena, como tantas es amargo tu sabor! Amar de Esteban Crespo se acerca a ese sentimiento en una de sus etapas más volubles: la adolescencia. La etapa en que amar es morirse de amor.

En este su debut en largo, el ganador de un Goya y candidato al Oscar a mejor cortometraje de ficción por Aquel era yo, nos muestra la relación amorosa entre Laura y Carlos a lo largo de un año. Puede que esta no sea su primera incursión en terrenos románticos, pero sí que es la primera vez que ambos sienten ese nosequé que vulgarmente denominamos como amor. Un amor absoluto, un sentimiento supremo que no tiene fin… hasta que lo tiene. Pero no adelantemos acontecimientos. Conocemos a estos dos adolescentes en pleno acto sexual, en un preciosista prólogo en el que no todo sale como estaba planeado, pero que nos convierte en cómplices de su relación. A medida que vamos viendo más encuentros (tanto sexuales como no), nos vamos dando cuenta de que algo no va bien y nuestra complicidad se diluye por momentos. La relación entre Laura y Carlos dista de ser tan idílica como ellos piensan, sino que se acerca más bien a terrenos obsesivos. Una persona madura, como somos nosotros como espectadores o la propia madre de Laura (Natalia Tena, 10.000 km, Juego de Tronos), afirmaría que su amor es altamente tóxico y nada recomendable.

Esa obsesión está presente en todos los juegos y diálogos de Laura y Carlos, y hace que nos preguntemos si estos tortolitos son unos flipados o más bien idiotas y ridículos. Por supuesto que lo son, tan idiotas y ridículos como cualquier pareja enamorada, como los mismísimos amantes de Teruel. El espectador que pueda molestarse debe ser lo suficientemente inteligente como para saber retrotraerse a su adolescencia y recordar esa sensación. Esa incomodidad despertada en el público es uno de los grandes triunfos de la película. El realizador retrata a sus dos protagonistas como lo que realmente son: un niño y una niña que comienzan a jugar en la liga adulta. Puede que su analfabetismo emocional les haga cometer errores y sonar ridículos a oídos de un adulto, pero eso es justamente lo buscado, porque Crespo quiere que sus adolescentes hablen como lo que son, no como treintañeros resabiados, que es como suele representarse a este segmento de población. Esa voz encuentra cuerpo a la perfección en sus dos protagonistas, María Pedraza (que pasa de Instagramer a un más que posible premio Goya revelación por este papel) y Pol Monem (Los niños salvajes) que transmiten a la perfección el apollardamiento adolescente de sus personajes.

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La adolescencia al desnudo de Amar es un retrato puro, bello y amargo en el que es difícil no sentirse identificado, con todos sus placeres y cagadas, conmoviendo sin necesidad de recurrir a artificiosos trucos dramáticos en forma de suicidios y demás muertes, tópicos muy habituales en este género. Pero el verdadero triunfo es que la película no se centra únicamente en el amor, sino en el preciso momento en que esa persona deja de ser la luz que brilla en la oscuridad. El momento en que ‘morir de amor’ cambia de significado. Un giro nada complaciente en el que Crespo vuelve a hacer gala de una pulcritud ejemplar, mostrando los hechos tal y como son. Sin tomar partido por ninguno de los dos personajes, dejándonos esa labor a nosotros como espectadores… aunque tampoco somos nadie como para juzgar los actos de estos chicos, ya que como la madre de Laura, seguimos haciendo las mismas cagadas emocionales que cuando éramos más jóvenes.

Amar es amar. Amar es morir de amor, sentir tanto que ya ni sientes el corazón… aprender de los errores y volver a caer en otros diferentes. Hasta hacer callo.

David Lastra

Nota: ★★★★½

Crítica: El bar

No cabe duda de que Álex de la Iglesia es uno de los cineastas con más personalidad del panorama nacional. Con El día de la bestia y la que es su gran obra maestra, La comunidad, el director bilbaíno asentó las bases de su cine y se afirmó como una de las grandes esperanzas del fantástico en España. Aquellos días quedan ya lejos, pero no se puede negar el efecto que las primeras películas de Álex de la Iglesia ejercieron en el mercado autóctono (y parte del extranjero), más dispuesto a arriesgar y dar carta blanca a nuevos realizadores de fantaterror que han seguido sus pasos. Que directores como De la Iglesia o Nacho Vigalondo tengan libertad para seguir experimentando y llevando las ideas más demenciales a nuestras pantallas es ya motivo de celebración. Ahora bien, no lo es todo.

Trabajos más recientes de De la Iglesia como Balada triste de trompetaLas brujas de Zugarramurdi Mi gran noche, han permanecido fieles a su visión, pero se han quedado a medias en muchos sentidos, con una cosa muy evidente en común: potencial malgastado. Con su nuevo film, El Bar, el prolífico director sigue ese mismo camino, planteando una premisa genial y llena de posibilidades que nos divierte y nos ilusiona hasta que se va todo al traste y llega el inevitable bajón. Esta es ya la tónica (Schweppes) del director, por lo que es aconsejable hacerse a la idea y disfrutar de todo lo que la película tiene que ofrecer, que, a pesar de la decepción, es mucho.

El bar es un thriller coral en clave de comedia ambientado en el centro de Madrid. Como las últimas obras de Vigalondo (Open Windows) o Eugenio Mira (Grand Piano), la película parte de una idea sencilla para desarrollar un adictivo entramado de misterio que se apoya en los mecanismos narrativos del cine de Hitchcock y el whodunit clásico para luego dinamitarlo a base de acción, paranoia y giros sorprendentes. Son las 9 de la mañana, y un heterogéneo grupo de desconocidos desayunan en una cafetería de toda la vida, regentada por una señora de toda la vida (una de las musas de De la Iglesia, Terele Pávez) y su casi-hijo (Secun de la Rosa): entre otros, una pija que se desvía de su camino a una cita (Blanca Suárez), un hipster barbudo (Mario Casas), un ama de casa con afición por las tragaperras (Carmen Machi) y un vagabundo con los cables cruzados y tendencias proféticas (Jaime Ordóñez). Uno de los clientes se marcha a toda prisa, y al salir por la puerta, recibe un disparo en la cabeza y es tumbado frente al bar. A continuación, las calles se quedan desiertas, y los demás no se atreven a salir, temiendo lo peor. En las noticias hablan de un incendio en el centro de Madrid, pero ellos saben que solo es una tapadera para encubrir la verdad. A partir de ahí y sin moverse del local, todos harán lo posible por descubrirla y sobrevivir.

El bar plantea una situación límite para reflexionar sobre hasta dónde estamos dispuestos a llegar para salvar el pellejo. Un experimento que pone a prueba a un grupo de personajes de procedencias y personalidades muy diversas en un contexto de crisis económica, desinformación y forcejeo entre pasado y presente, en el que no hay enemigos claros, donde el monstruo al que se enfrentan es el miedo y la ignorancia. Ese es el mayor acierto de El bar, que durante sus ágil primera mitad propone un puzle que transcurre a base de diálogos ingeniosos, punzantes y a menudo hilarantes que nos hablan de los prejuicios y la desconfianza que condicionan a la sociedad actual, mientras que, a su vez, se desarrolla como un thriller fantástico en el que todo es posible. Un virus, una invasión extraterrestre, una epidemia zombie… Cualquier opción es tan loca como plausible en El bar, y lo que no sabemos es lo que da forma al misterio. Sin embargo, el whodunit no tarda en resolverse, y lo que sigue a continuación es una lucha de poder entre unos desconocidos convertidos en salvajes por las circunstancias. Asistir al derrumbe emocional de los personajes, a las revelaciones sobre sus personas, a su transformación en bestias, es lo que hace que El bar sea tan eficaz y divertida. Hasta que deja de serlo.

El mejor Álex de la Iglesia parece haber vuelto en la primera mitad de El bar, pero es solo un espejismo. El tercer acto hace que la película se le vaya completamente de las manos. Si la mayoría de sus films culminan en las alturas, el clímax de El bar tiene lugar en las profundidades, concretamente en las alcantarillas de Madrid, donde los supervivientes viven, literalmente, su descenso a los infiernos infestados de ratas y cucarachas. Una oportunidad de oro que De la Iglesia aprovecha para llevar un paso más allá el elogio a la asquerosidad, el feísmo y la mugre que suele caracterizar a su cine y que en esta película se convierte en una sinfonía de fluidos, primeros planos de bocas podridas disparando saliva, colillas y mierda flotante que parece vivirse en 3D y Odorama (para taparse los ojos como en el terror más traicionero). Pero a lo que iba, en este desenlace alargado hasta la extenuación, De la Iglesia favorece la acción por la acción (como de costumbre), con 20 minutos de persecución pesada y repetitiva que dejan algo muy claro: si hay una película que debería haber durado 80 minutos es esta.

No obstante, hasta que la acción se traslada a las alcantarillas, El bar nos da bastantes alegrías. Los que admiramos el cine de De la Iglesia nos encontramos en ella con todo aquello que nos gusta de él, tan excesivoanimal y lleno de mala leche como siempre: su pericia filmando las escenas de acción, una puesta en escena impecable (es un decir, que se regodee tanto en la suciedad no hace sino convertir la experiencia en algo más incómodo, violento y visceral, que es la idea), un manejo de la cámara y un montaje que transmiten a la perfección la tensión, la claustrofobia y la ansiedad de la historia (aunque también se usen para ejecutar una repugnante escena sexista de explotación desde todos los ángulos posibles del físico de Blanca Suárez), un reparto de excepción que pone de manifiesto la buena dirección de actores que siempre lleva a cabo (todos están fantásticos, en especial Pávez, De la Rosa y Machi). Y hasta que se atrofia, un ritmo muy solvente que invita a dejarse llevar y disfrutar.

El bar está lejos de ser un descalabro (su primera parte es brutal y en general supone una mejora considerable con respecto a Mi gran noche), pero no es la gran película que podría haber sido. Por culpa de un guion sin pulir (escrito como de costumbre junto a Jorge Guerricaechevarría) y la falta de autocontrol de De la Iglesia, esta supone otra oportunidad desaprovechada.

Pedro J. García

Nota: ★★★

No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas [Reseña Blu-ray]

¿Qué es el karma sino una excusa para esconderse debajo de las sábanas y no afrontar los problemas? Eso es, excusas. Baratas. “Todo me sale mal”, “¡¿Qué he hecho yo para merecer esto?!”. Probablemente, el universo no te ha echado mal de ojo, sino que tú tienes la culpa (o parte de ella) de los infortunios que te hacen sentir la persona más desdichada del planeta (newsflash: no lo eres). Despierta, espabila y coge la vida por los cuernos (o mejor por los huevos), porque solo tienes una y malgastarla es de ser gilipollas de remate.

Esta es una de las lecciones que nos da No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas, comedia romántica española dirigida por María Ripoll (Lluvia en los zapatos, UtopíaAhora o nunca) y protagonizada por Verónica Echegui, Álex García, David Verdaguer, Alba Galocha, Cecilia Freire, Elvira Mínguez y Jordi Sánchez. Se trata de la adaptación al cine de la novela homónima de Laura Norton, uno de los mayores éxitos editoriales de los últimos años en nuestro país, cuyo guion corre a cargo de Carlos Montero (Física o química, autor de los libros Los tatuajes no se borran con láserEl desorden que dejas) y Breixo Corral (Tres bodas de más, Anacleto: Agente Secreto). Y que llega en un momento de esplendor para la comedia romántica española.

No culpes al karma nos lleva a Malasaña, el barrio moderno por excelencia de Madrid, para introducirnos en el desesperado y caótico mundo de Sara (Echegui), una chica soñadora pero apocada y proclive a que se le tuerzan las cosas desde que era una adolescente atolondrada con gafas. Ante la llegada de su novio (Verdaguer), que lleva un año fuera, Sara hace planes para que todo salga perfecto, sin embargo, su vida se convertirá en un caos absoluto por culpa de su familia. Unos padres que deciden divorciarse en el peor momento para ella y una hermana menor (Galocha) que anuncia su boda con el irresistible Aarón (García), un famoso cantante que resulta ser el amor del instituto de Sara. El piso de la joven se convertirá así en un centro neurálgico de confusión e inestabilidad, una casa de locos en la que Sara intentará en vano poner orden mientras se pregunta qué ha hecho para que todo le pase a ella.

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Como decía, No culpes al karma es una rom-com de manual, una archiconocida historia de amor (loco) que celebra el género al que pertenece pasando por todos y cada uno de sus lugares comunes, a la vez que añade pinceladas de humor picante y escatológico que la convierten en un producto de nuestro tiempo, una visión más gamberra y descarada del cine romántico, acorde con lo que se está haciendo tanto en Estados Unidos como en nuestro país. Ahora bien, bajo la apariencia superficial y frívola de la película nos encontramos con un poso de realidad que también es ya habitual en los relatos urbanos protagonizados por jóvenes, un contexto de crisis, desengaño y confusión en el que los protagonistas andan perdidos, buscando su lugar en el mundo, tratando de mantener las relaciones y luchando por un futuro profesional que parece una utopía (Sara regenta una tienda de plumas, sea lo que sea eso). Es decir, muy a su manera, No culpes al karma también reflexiona sobre la generación perdida (aunque al final se le olvide), y lo hace, muy oportunamente, ubicándola en el barrio de Malasaña, escena hipster donde las haya que la película retrata con acierto, con sus tiendas artesanas, sus plazas con terracitas, sus noches de jarana, sus calles llenas de vida y su tontería supina.

Con un reparto entregado, que evidentemente se lo está pasando en grande (en especial Echegui, muy comprometida con la comedia y el humor físico), y del que destacan los secundarios, en especial el veterano Jordi Sánchez como el padre-niño de Sara, No culpes al karma se puede definir  como una feel-good movie en toda regla, una comedia de enredos vitalista y ligera (como una pluma) con el sempiterno triángulo amoroso, abundantes momentos ridículos (las escenas del zoo y el desfile de moda se llevan la palma), humor histriónico, slapstick y números musicales (sin duda lo peor de la película), un cóctel moderno y con buena presentación estética (destaca la colorista dirección artística) que se propone sacar diversión de las situaciones más desastrosas y humillantes para dejarnos un clásico mensaje optimista: “La vida merece la pena por estos momentos pequeños”.

karma-bdSony Pictures Video pone a la venta No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas en Blu-ray y DVD. El Blu-ray contiene un montón de extras. Y cuando digo “un montón”, no exagero:

Un making of de más de 20 minutos en el que se puede comprobar lo divertido que fue el rodaje; abundante material promocional extraído de diferentes cadenas de televisión; Spots, tráilers, tomas falsas; Un gran número de secuencias eliminadas y extendidas; el videoclip del tema central de la película, “Cada vez”, interpretado por Álex García; “Repartiendo karma”, apariciones en televisión del equipo de la película; y reel de fotos.

Crítica: Un monstruo viene a verme

[Esta entrada puede contener spoilers de la película]

Antes de ponerse al frente de uno de los blockbusters más importantes de la próxima temporada, la segunda parte de Jurassic World, el barcelonés J.A. Bayona quiere dejar cerrado y con un lazo bien puesto lo que comenzó en 2007 con El orfanato y continuó en 2012 con Lo imposible. Su nueva película, Un monstruo viene a verme (A Monster Calls), pone punto y final a su personal trilogía sobre la relación madre-hijo (nada que ver con la Trilogía de las Madres de Dario Argento), para lo que vuelve a contar con la mayor parte del equipo con el que trabajó en las dos películas que lo han encumbrado como “cineasta artesano” y lo han convertido en uno de los directores españoles más solicitados y prominentes del momento.

Basada en el libro homónimo de Patrick Ness, que fue seleccionado como mejor novela del año para jóvenes en el Reino Unido, Un monstruo viene a verme narra la historia de Conor (Lewis MacDougall), un retraído niño de 12 años que debe hacer frente a la enfermedad de su madre (Felicity Jones), un cáncer que amenaza con llevársela de su lado para siempre. Las visitas de la abuela de Conor (Sigourney Weaver) y de su padre (Toby Kebbell) ante la recaída de la madre obligan al pequeño a enfrentarse a sus propios miedos e incertidumbres, y a reevaluar su relación con los tres y con sí mismo. Para ayudarle a comprender mejor su dolor, Conor recibe la visita de un monstruo gigante con forma de árbol antropomorfo que aparece exactamente a las 12:07. El Monstruo (magnífico Liam Neeson) advierte a Conor de que volverá hasta que le haya contado tres cuentos, tras los cuales él tendrá que narrarle su propia historia, es decir, su verdad.

Un monstruo viene a verme nos presenta a un Bayona spielbergizado casi al completo, un director interesado en retratar el asombro de la infancia ante lo maravilloso e irreal, y también el miedo ante lo desconocido. Sin embargo, el director catalán pone una suerte de muro entre dimensiones, asegurándose de que la fantasía se quede al otro lado. Bayona está interesado en explorar lo fantástico únicamente en relación al drama real que sacude a Conor y su familia. Es decir, el Monstruo es imaginario, una manifestación de su ira y dolor que representa a ese ser irrefrenable que todos llevamos dentro y necesitamos desatar de vez en cuando. Por eso, a pesar de contar con una criatura fantástica y elementos de cuentos de hadas y aventura épicaUn monstruo viene a verme es ante todo un melodrama psicológico acerca del proceso mental de un niño ante la idea de perder a su madre, sobre “un chico demasiado mayor para ser niño y demasiado joven para ser hombre” que aprende una de las grandes verdades que le ayudarán a crecer.

Para explorar el paisaje emocional de Conor, en el que tienen lugar sus “aventuras” junto al Monstruo, Bayona realiza un gran despliegue técnico, en el que recurre a la técnica de la captura del movimiento para dar vida al Monstruo. No obstante, el resultado es irregular: el Monstruo es una creación digital sobresaliente, pero puede resultar… eso, demasiado digital, y por tanto generar sensación de falsedad (y no me lo justifica que no esté ahí en realidad). Dejando esto a un lado, la presencia de esta enorme criatura arbórea (como han señalado muchos, una versión más grave e imponente de Groot de Guardianes de la Galaxia) y su relación con el protagonista recuerda a tantas otras aventuras fílmicas centradas en la amistad de un niño con un monstruo o gigante (títulos como El gigante de hierro, Donde viven los monstruos, o las recientes Mi amigo el gigante Peter y el dragón). Sin embargo, en Un monstruo viene a verme, la conexión emocional entre monstruo y niño es, a priori, mucho más estrecha e indivisible (este está en su cabeza), pero también más forzada y dolorosamente obvia.

Y he aquí uno de los problemas de Un monstruo viene a verme, que la sutileza no es precisamente su fuerte. Viniendo del creador de Lo imposible, una de las películas más abiertamente manipuladoras de los últimos años (y que conste que a mí me parece un gran trabajo cinematográfico, pero reconozco que hay pocas obras que zarandeen más al espectador para forzarle a sentir), y teniendo en cuenta el tema que trata, no es de extrañar que Un monstruo viene a verme esté tan hecha para emocionar, para provocar el llanto y la congoja por todos los medios. Esto no sería muy grave si los sentimientos que ponen en marcha esta máquina fuerza-lágrimas fueran genuinos, pero ahí es donde falla principalmente la película. Sus formas son casi inmejorables y sus actores están espléndidos (todos, pero principalmente MacDougall, que transmite las emociones más reales de la película), pero su fondo está mucho más hueco de lo que cree.

Bayona maneja unas cuantas ideas interesantes, sobre todo en lo que respecta a la importancia de las historias en nuestra vida (las moralejas no siempre son idílicas) y a la necesidad de escuchar esa voz horrible que aplacamos por miedo a parecer monstruos, y que es precisamente lo que nos hace humanos. Se trata de una conclusión liberadora muy similar a la de Inside Out, que nos hablaba de cómo la tristeza es tan importante como la felicidad y el resto de emociones en el proceso de crecimiento del niño. Pero es una pena que el director no confíe demasiado en la inteligencia del espectador y necesite dárselo todo tan mascado: la razón de la personalidad problemática de Conor, la relación entre los cuentos del monstruo y la experiencia familiar del niño (secuencias de animación algo pesadas a las que les falta una nota a pie de pantalla para explicarlo todo aun más claro), la naturaleza del Monstruo en relación a la psique del protagonista y su madre… En definitiva, Un monstruo viene a verme es una película bonita a todas luces, técnicamente impecable, y deja patente una vez más que Bayona tiene un enorme don para lo visual, lo que pasa es que está tan, tan confeccionada para tocar la fibra, tan sobre-explicada y sobre-trabajada, que puede transmitir lo contrario a lo deseado: simpleza, artificio y frialdad.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Tarde para la ira

Con Grupo 7 y La isla mínima, Alberto Rodríguez no solo se ha consolidado como uno de los mejores directores nacionales de los últimos tiempos, sino que ha sabido dignificar en España un género que llevaba en horas bajas desde finales de los noventa: el thriller. Aunque fue Enrique Urbizu el que pusiese la primera piedra de este revival con la notable La caja 507 y continuase ahondando en el tema con la sobrevaloradísima No habrá paz para los malvados, Rodríguez debe ser considerado el verdadero regenerador del thriller estatal. Ha conseguido crear una marca de autor potente gracias a una inteligente mezcla entre el estilo del nuevo cine negro policíaco de las últimas décadas, tanto estadounidense (David Fincher, Martin Scorsese) como asiático (Bong Joon-ho), y ese realismo sucio que ya había mostrado en sus obras anteriores. Su Sevilla corrupta no tiene nada que envidiar a los bajos fondos de la ciudad ficticia de Seven, ni mucho menos las marismas del Guadalquivir a los campos surcoreanos. Antes de seguir, que quede bien claro que esto no es una introducción a la crítica de El hombre de las mil caras (que ya llegará), sino una pequeña presentación de Tarde para la ira, la ópera prima del primogénito de los hijos bastardos de Rodríguez: Raúl Arévalo.

Sí, Raúl Arévalo. Parece ser que no estaba contento con ser uno de los actores fetiche de cineastas como Daniel Sánchez-Arévalo (desde AzulOscuroCasiNegro hasta la tumba) o el propio Alberto Rodríguez (La isla mínima), trabajar con Pedro Almodóvar (Los amantes pasajeros) o ser una de las caras más habituales en las producciones nacionales (tanto en pantalla grande como en televisión) de la última década, él ha tenido que probar suerte también tras la cámara. Como es normal (que no justificado), los chascarrillos ante la noticia se dispararon. ¿Sería un capricho de actor endiosado…o una secuela apócrifa de La isla mínima? Ajeno a todo eso (y bastante reservado durante el proceso de creación), Arévalo se ha centrado en el trabajo y ha callado todas esas bocas con Tarde para la ira.

Ya desde su primera secuencia (un plano sucísimo y lleno de grano en el que vemos a Antonio de la Torre de espaldas andando hasta un bar), Arévalo se quita el sambenito de actor metido a director y se coloca como gran favorito en la carrera por el Goya a mejor dirección novel. ¿Exageración ante una escena bien rodada? Podría ser, pero lejos de ser un espejismo, ese realismo sucio, tanto temático como estilístico, se acrecienta a medida que va avanzando el metraje. Tarde para la ira es de un feísmo atroz. Sus personajes y hogares hieden. Todo es de un gusto espantoso (esa utilización de La Húngara se merece todos los halagos del mundo). Todo es abominablemente real. Arévalo no realiza concesión alguna, sino que opta por la sobriedad y un par de huevos.

Partiendo de una serie de acontecimientos comunes (una caña, una partida de mus, una comunión, un polvo,…), Arévalo construye una enfermiza historia en la que el odio contenido termina convirtiéndose en una furia desbocada que lo arrasa todo. Ante esa vorágine, muchos cineastas se dejan llevar por los acontecimientos, pero Arévalo no comete el error de apresurarse, sino que juega sus cartas de una manera mucho más inteligente: dosificando la información e introduciendo los giros y golpes de efecto de manera perspicaz. Esa agudeza hace que Tarde para la ira entretenga, sorprenda y, lo que es muy importante en una película de sus características, suelte un puñetazo al espectador en la puta cara cuando menos se lo espere.

Pero Tarde para la ira no funcionaría tan bien sin una colección de perdedores. Su reparto es un abanico perfecto de caras normales. Pobres hombres pobres, mujeres perdidas, patanes, yonkis y raterillos de tres al cuarto… una caterva entre la que destaca Luis Callejo (Cien años de perdón) como pequeño hijo de puta que al salir de la cárcel se ve metido en un embolado que no se olía para nada y ese monstruo llamado Antonio de la Torre (otro chico Rodríguez y Sánchez-Arévalo). De la Torre es un monumento al español medio y como tal habría que honrarle, ya sea vía aplausos, una calle en su nombre o todos los premios interpretativos existentes. Su pobre hombre con secreto es un híbrido entre el tronado (semi)educado de Travis Bickle de Taxi Driver y el silencioso Ryan Gosling de Drive, todo bajo el embrujo habitual de la interpretación de De la Torre. Este protagonista seguramente le deparará su novena candidatura a los Goya y muy probablemente otro cabezón que hará compañía al que consiguió como secundario por AzulOscuroCasiNegro.

Con Tarde para la ira, Raúl Arévalo no solo no ha copiado a uno de sus padres cinematográficos, sino que ha demostrado que ha aprendido mucho y bien durante estos años y ha logrado construir una voz muy potente y con un futuro muy prometedor.

David Lastra

Nota: ★★★★½

Crítica: Cuerpo de élite

Tres hombres, un catalán, un vasco y un madrileño, se pierden en la selva y son capturados por unos caníbales… Un madrileño entra en un bar en Barcelona y pide una caña… Esto va un andaluz y le pregunta a su amigo catalán… Murcia. Los chistes regionales han existido desde el principio de los tiempos y nunca nos abandonarán. Su éxito popular se basa en una ¿acertada? mezcla de tópicos racistas, machistas, homófobos y en su corta duración. Esa pequeña dilatación en el tiempo y la rapidez a la hora de contarlo son dos aspectos clave para que el chiste regional funcione. De esa manera, se podrán despertar los instintos primarios (de australopithecus ni más ni menos) del receptor, impidiendo que este analice la gracieta de manera objetiva y/o civilizada. Son golpes humorísticos que subrayan las supuestas diferencias de filosofía y comportamiento entre los múltiples territorios autonómicos y marcan de manera taxativa la visión exterior de sus oriundos en el resto del territorio.

Estos chistes regionales han protagonizado grandes momentos en reuniones familiares y/o escolares, y aunque el arte de contar un chiste haya pasado un poco de moda (este tipo de humoristas ya no tiene cabida en televisión y la edad de oro del monólogo terminó de una vez por todas) ha sabido reconvertirse en un subgénero cómico en sí mismo. De un par de frases que se jactaban de la tozudez vasca y el gracejo andaluz, hemos pasado a una saga de películas taquilleras que tienen como base ese tipo de chistes. La fórmula funcionó tan bien que se ha convertido en la moda actual de la ficción española. Tanto en televisión como en cine, se explota ese aspecto tan español que es el humor basado en tópicos con cierto toque caca, culo, pedo, pis. Mientras nos mantenemos a la espera de la tercera parte de la saga Ocho apellidos vascos, llega a nuestras pantallas Cuerpo de élite, la comedia regional de la temporada, ideada por Adolfo Valor y Cristóbal Garrido (guionistas de Promoción fantasma y El club de los incomprendidos).

Partiendo de una premisa similar a la de Amanda Waller, este equipo intenta reunir lo mejorcito de las fuerzas y cuerpos de seguridad para hacer frente a una supuesta amenaza terrorista. Un excelente punto de partida para realizar la comedia regional definitiva. Un ertzaintza aburrido entre papeles tras el cese de hostilidades de ETA, un mosso de esquadra especialista en negociaciones, una guardia civil andaluza religiosa, un legionario ecuatoriano más español que la cabra de la susodicha fuerza militar y un agente de movilidad madrileño tan íntegro en su trabajo como machista en sus quehaceres diarios. En esta andadura, les acompañan una científica murciana gangosa, un técnico gallego indeciso y dos políticos. Ya tenemos los jugadores, ahora la aventura. Tras la creación de este grupo de especialistas, empezamos a entrever que algo huele a podrido en el gobierno estatal. Comienza entonces un juego de dobles caras, grandes giros, sorpresas, personajes resucitados y un final explosivo. ¿Estamos entonces ante la gran película de gags regionales? No, rotundo.

El guión del tándem Valor-Garrido es una sucesión de chistes alargados y sin gracia. Únicamente algún que otro momento destacable se cuela a lo largo de la cinta, especialmente la recreación del momento en que Esperanza Aguirre arrolló la moto de un agente de movilidad o algún que otro momento políticamente incorrecto relacionado con ETA. Este humor acartonado lastra (y se alimenta de) el ritmo de la película. Joaquín Mazón (Con el culo al aire, Allí abajo) no logra que su película fluya en ningún momento, dando la sensación de avanzar a bandazos, mediante una concatenación de momentos de relleno para que el ‘one punch line’ de turno llegue. El verdadero drama viene cuando ese chiste no tiene ninguna gracia.

Pero el mayor crimen de Cuerpo de élite es desperdiciar al ‘dream team’ del humor televisivo en España de las últimas dos décadas: Joaquín Reyes y Carlos Areces de La hora chanante y Muchachada nui, Silvia Abril de Homo Zapping y Andoni Agirregomezkorta de Vaya semanita. Verdaderos iconos del humor absurdo, injustamente desaprovechados (una vez más) en la gran pantalla. Completan la terna de cómicos malgastados Jordi Sánchez (La que se avecina, Plats bruts), Vicente Romero (Con el culo al aire), César Sarachu (Camera Café), Miki Esparbé (Divendres) y Pepa Aniorte (Los Serrano). Una vez más, Areces vuelve a ser de lo más salvable como Ministro del Interior, aunque sea repitiendo su registro de malvado que tan bien le funcionó en Anacleto. Agente secreto. Pero si hay alguien que destaca especialmente esa es María León. Ganadora de un Goya por hacernos llorar de lo lindo en La voz dormida, ratifica su título de mejor actriz cómica del año (realmente ya lleva unos cuantos siéndolo) y se especializa en brillar en películas fallidas (como ya hizo en Rey gitano). León es la única que sabe coger el punto al tópico que le corresponde. Su guardia civil andaluza, muy religiosa y visceral tiene algún que otro momento gracioso, aunque su personaje termine reducido a lo que justamente critican en varios momentos de la película.

A pesar de contar con todos los ingredientes, este Escuadrón Suicida patrio no logra salvar la papeleta, ni mucho menos dignificar la comedia española actual. Otra oportunidad perdida.

David Lastra

Nota: ★★

Crítica: Al final del túnel

Puede que Alfred Hitchcock no inventase el suspense, pero su reconocible silueta siempre reina en todo escrito o película que se acerque a dicho género. Las comparaciones siempre son odiosas, pero es humanamente imposible no encontrar similitud alguna entre cualquier película de suspense con su cine. Piensa en el último cliffhanger que te haya desvelado últimamente, en cualquier crimen, misterio, doble cara, giro, que pueda te venir a la cabeza… Hitch lo hizo antes. Sin él, el cine de Fincher, Villeneuve o del propio Scorsese no sería el mismo. Los métodos del maestro del suspense siguen siendo revisitados (y saqueados) hasta la saciedad en el cine actual. Como buena película de suspense, Al final del túnel bebe directamente de la filmografía de Hitchcock, y no solo por compartir protagonista en silla de ruedas.

A la hora de realizar una cinta de suspense en la actualidad, existen tres opciones: crear una propuesta 100% original (y fracasar en el intento), hacer un remake (y aburrir al personal) u optar por revestir una estructura argumental clásica con un manto resultón y aderezarla con un par de sorpresas (y contentar tanto al público como a la crítica). Esa tercera vía es la que ha elegido Rodrigo Grande (Cuestión de principios) en Al final del túnel. La historia presentada por el cineasta argentino sigue paso por paso el ABC del suspense, sabiendo dosificar la información e introduciendo las revelaciones en el instante adecuado. Desde su inicio, juega de manera acertada con el suspense de la relación amorosa entre Joaquín y Berta, el pasado de todos ellos y los tejemanejes de los vecinos. Un comienzo un tanto parsimonioso que sirve para descolocar y situar al espectador justo donde quiere. Puede que la verdadera razón que mueve a los personajes no sea sorprendente, pero para el momento en que ocurre, Grande ha conseguido que estés dentro de la historia y con una inteligente inclusión de elementos de acción, más propios del thriller, logra que Al final del túnel no solo no se desinfle, sino que funcione aún mejor. Su tramo final es ejemplar por cómo mantiene la tensión de la trama y el interés del espectador, además de un bonito (y explícito) homenaje a otro cineasta que ama a Hitchcock, Quentin Tarantino.

Al final del túnel pósterCon su acertado trabajo en este film, Leonardo Sbaraglia (Intacto, Relatos salvajes) consigue la que podría ser su mejor interpretación hasta la fecha. Su Joaquín toma prestada la silla de ruedas de James Stewart en La ventana indiscreta, pero cambia el telescopio por cámaras y micrófonos para espiar a sus vecinos y adopta un papel mucho más activo que el bueno de Jimmy, intentando reventar él mismo los planes de sus vecinos. Sbaraglia transmite a la perfección la desesperación de su personaje y logra estar más que a la altura en las escenas de acción bajo tierra. Más caricaturizados, pero igualmente destacables, encontramos a Pablo Echarri (Plata quemada, El método) como malo malísimo de la función, y a una Clara Lago con acentazo argentino como femme fatale de extrarradio. A destacar la malévola presencia de Federico Luppi, que a pesar de sus ochenta años, sabe cómo dar vida a la perfección a un cabrón integral.

Puede que Rodrigo Grande no sorprenda con Al final del túnel, pero lo que sí que consigue con creces son dos horas de continuo suspense… y eso haría muy pero que muy feliz al propio Hitchcock.

David Lastra

Nota: ★★★★

Crítica: Summer Camp

summer camp

El slasher es un subgénero del cine de terror con unos parámetros muy concretos y una reglas narrativas muy férreas. Tanto es así que en los últimos años la moda ha sido desmontarlo haciéndole meta-homenajes en clave de comedia (como La cabaña en el bosqueThe Final Girls). En cierto modo, la gracia de este tipo de películas de asesinos dando caza a un grupo de atractivos y despistados adolescentes es precisamente que nos da justo lo que queremos de ella. Pero aun teniendo esto en cuenta, es de agradecer cuando una de estas películas ofrece algo distinto. Se ha rizado tanto el rizo que cada vez es más importante innovar, y a Jaume Balagueró y Alberto Marini (productores de la saga [REC]) se les ocurrió una vuelta de tuerca muy interesante: ¿Y si en lugar de un asesino acechando a los jóvenes, fueran los jóvenes los que adoptasen el papel de asesino por turnos? Esa es la base sobre la que sustenta la ópera prima de Marini, Summer Camp, co-producción hispano-estadounidense diseñada por y para fans del género.

En la película acompañamos a cuatro jóvenes (Diego Boneta, Jocelin Donahue, Maiara Walsh y Andrés Velencoso formando un reparto acertado) a su llegada a un campamento de verano en España, al que se han apuntado en busca de diversión y nuevas experiencias. La noche anterior a la llegada de los niños, los cuatro empiezan a atacarse violentamente después de ser contagiados por un virus de origen desconocido. Los efectos duran poco, lo que hace que no todos estén infectados a la vez. De esta manera, tan pronto son depredadores como se intercambian los roles para ser la presa, con lo que se inicia un juego del gato y el ratón en el que los protagonistas deben sobrevivir a sí mismos para encontrar el origen de la infección. Este es el argumento de Summer Camp, que como podéis comprobar, parte del slasher ochentero para a continuación hibridarse con el cine de infectados o zombies y llevar a cabo una cuanto menos curiosa fusión de ambos géneros.

Pero claro, una cosa es tener una buena idea, y otra muy distinta es ejecutarla de manera satisfactoria. Y ahí es donde falla Summer Camp. La originalidad de su planteamiento se ve completamente anulada por un guion mecánico, repetitivo y sin pies ni cabeza. La idea pedía más mala leche, más autoconsciencia y sobre todo, más ingenio, algo que escasea tanto en los diálogos como en la acción, con escenas mal conectadas que se suceden una detrás de otra de manera torpona, sin ritmo ni chispa, desaprovechando completamente la premisa para acabar haciendo algo excesivamente monótono y convencional (no puedo evitar pensar que esta película habría funcionado mucho mejor en manos de los productores de Tú eres el siguiente por ejemplo). La película invitaba a jugar con los tópicos, pero se conforma con reproducirlos de la forma más básica, contrariando las intenciones innovadoras (y la experiencia en el género) de sus responsables.

Summer Camp 2

Summer Camp propone una variación llamativa del slasher, pero se pierde completamente en la ineptitud narrativa y de la puesta en escena (suspense cero), por no hablar de que su conflicto principal no podría ser más predecible: de las posibles respuestas al misterio se elige la más obvia, después de poner las pistas tan a la vista que uno no puede evitar pensar si le están tomando por tonto. Es cierto que esta es una cinta que aspira principalmente a divertir y no debe verse con demasiadas exigencias (aunque lo parezca por este texto, os prometo que fui sin expectativas concretas y con ganas de pasármelo bien), pero aun teniendo esto asumido, se queda demasiado escasa hasta para lo que cabe esperar de su género. A menos, claro, que se vea en el ambiente propicio. Summer Camp está hecha para ver en grupo, y funciona como la típica película comodín de festival de cine fantástico. Puede resultar efectiva en ese entorno jaleador y cachondo, donde los espectadores nos lo pasamos pipa vitoreando a los protagonistas por sus continuas decisiones estúpidas, o por las chapuceras escenas de acción y los giros sin sentido (y mira que esta película tiene de todo eso para hartar), pero si se saca de su ‘hábitat natural’ (y lo ideal sería que una película no exigiera que su visionado tuviera lugar en determinadas circunstancias para ser disfrutada), lo que queda ya no es una estupidez divertida sino una película frustrantemente estúpida. No hay más.

Nota: ★½

Crítica: El olivo

El olivo 2

Texto de David Lastra

El abuelo solo estaba orgulloso de dos cosas en su vida: su nieta y su olivo. ¡Y no necesariamente en ese orden de preferencia! Para hacer que todo fuese más bonito, el abuelo le presentó a su nieta a su árbol querido, y a su olivo a la niña de sus ojos. Aunque la niña encontró un monstruo en el enrevesado tronco, el flechazo fue total y comenzaron a crecer y a jugar como hermanos. Uno a sus mil años, y la otra rozando su primera década. Una bonita historia de amistad que se truncó con una excavadora que se llevó el olivo hasta el hall de una sede de una multinacional en Centroeuropa. De buenas a primeras, la niña perdió a su oleaginoso hermano, el árbol su reinado sobre el olivar y el abuelo la cabeza.

He aquí El olivo, el esperado retorno de Icíar Bollaín a la ficción. Agridulce fue la despedida con Katmandú, un espejo en el cielo y su documental En tierra extraña no convenció del todo al que aquí escribe. Pese esas últimas experiencias, las expectativas ante su regreso eran bastante altas. Por desgracia, esta El olivo debe colocarse en la balanza de su filmografía junto a cintas fallidas como la citada Katmandú, También la lluvia o Mataharis, muy lejos de su multipremiada Te doy mis ojos, su simpática y dramática Flores de otro mundo o su debut Hola, ¿estás sola?, una película que merecería el estatus de culto y que se encuentra injustamente olvidada por el gran público.

El tándem Bollaín-Laverty construye en las primeras escenas una fábula con cierto mimo. Coloca las piezas, que aunque tópicas, resultan ciertamente interesantes: una especie de Juani agrícola capaz de cruzar media Europa para recuperar el olivo de su abuelo (floja Anna Castillo), su tío arruinado por la especulación que bebe los vientos por su sobrina (un Javier Gutiérrez con el piloto automático), un camionero enamorado (Pep Ambrós, de lo más salvable de la película), un abuelo ido y un padre gris (Manuel Cucala). El problema es que a medida que avanzan los minutos, ninguno de ellos termina por desarrollarse, quedando deslavazados y, por qué no decirlo, caricaturescos. El olivo termina siendo una fábula, pero no una de las de pensar y buscar su sentido, sino de esas en la que todo está tan mascado que su moraleja pierde toda la gracia.

EL olivo 1

De poderoso tótem de la Antigua Grecia a símbolo empresarial hortera. Poderosa es la premisa antineoliberalista que domina El olivo, pero igualmente pobre es su argumentación. La crítica al poder del talonario está pobremente estructurada y bastante mal contada. Es una verdadera pena (y una gran sorpresa), que dos pesos pesados del cine social como Bollaín y Paul Laverty (no olvidemos que además de ser compañero sentimental de la directora, es la mano derecha oficial de Ken Loach) no sepan cómo desarrollar una historia de estas condiciones y terminen haciendo un pastiche que se acerca más a un trabajo de instituto (perdonen la generalización, queridos adolescentes) que a la denuncia social de altura que tenía que haber sido. No contentos con no saber criticar el aspecto neoliberalista, El olivo introduce infinidad de temas universales tales como el machismo, los abusos sexuales, los chanchullos financieros, la burbuja inmobiliaria… ¡en una sola escena! Problemas a los que luego no se volverá a hacer referencia en el resto del metraje.

Esa superficialidad en la exposición hace que la película empeore cuanto más combativa se pone. Si hay algún momento en que El olivo funciona de manera adecuada, es cuanto más costumbrista y localista se muestra. Todo hubiese sido mejor si los personajes nunca hubiesen salido de Castellón y se hubiese ahondado en los problemas económicos de la familia y no en la lucha ego-idealista de la nieta. Se podría llegar a tolerar (y aplaudir) la propuesta de dotar de cierto aroma naif de todo el film, pero es la citada ausencia total de fuerza y profundidad a la hora de tratar un tema tan jugoso lo que hace que esa insubordinación parezca más bien una pataleta de una rebelde de salón. Una suposición que se justifica con creces con la reacción final de la protagonista y se ve complementada por la acartonada y falsísima forma de mostrar el apoyo y las movilizaciones de las redes sociales.

El olivo es una historia que debería interesarnos a todos, pero que por culpa de sus narradores desespera y aburre al más pintado.

Nota: ★½

Crítica: Toro

Toro Mario Casas

Con la ambiciosa Eva, el barcelonés Kike Maíllo se postuló en 2011 como uno de los directores noveles más prometedores del panorama español, y concretamente del cine de género. Olvidemos su segunda película (él seguro que lo intenta todos los días, yo ni sabía de su existencia), Tú y yo, protagonizada por David Bisbal, y centrémonos en su nuevo trabajo, Toro, que llega a los cines rodeado de expectación. Con un reparto de excepción, formado por uno de los actores más prominentes del actual star system español, Mario Casas, la fantástica Ingrid García-Jonsson y pesos pesados como Luis Tosar y el renacido José SacristánToro es un thriller de acción que transcurre durante 48 horas al límite y nos lleva en un recorrido repleto de peligro y violencia por la Andalucía más corrupta y salvaje.

Toro (Casas) lleva en la cárcel cinco años, después dar un golpe en un restaurante con sus hermanos, un último trabajo para el capo de la mafia marbellí Romano (Sacristán). Tras conseguir el tercer grado, el joven se gana la vida honradamente conduciendo un taxi y rehace su vida con una profesora (García-Jonsson). Sin embargo, el reencuentro de Toro con su hermano, López, le llevará de nuevo por el camino de la sangre, arriesgando la vida de los suyos y su libertad en un viaje junto a López y su hija para huir de los matones que los persiguen. La odisea de Toro abrirá viejas heridas del pasado y obligará a los hermanos a reconciliarse con él para sobrevivir a la amenaza de Romano, que tiene ojos allá donde van, para culminar en un encarnizado enfrentamiento cuando parece que todo está perdido.

Los referentes de Maíllo a la hora de construir la historia y definir el estilo de Toro saltan a la vista. Por un lado, el catalán se fija en el thriller de acción coreano, representado principalmente por Park Chan-wook, de cuyas películas más populares, Oldboy o las dos Sympathy, se pueden oír claros ecos en la película. Y es que, aunque no es el tema principal, Toro orbita el subgénero del cine de venganza, dejando entrever también cierta inspiración en Tarantino (donde todo converge). Por otro lado, el film tiene trazas de actioner contemporáneo, de ese tipo de cine de acción heredero de las películas protagonizadas por Bruce Willis y otros héroes “testosterónicos” de los 90, y que en los últimos años ha atravesado un proceso de sofisticación que ha dado lugar a películas como la que nos ocupa. En Toro tenemos todo lo que hace falta para edificar un buen thriller de acción de manual: un héroe imperfecto y humano, una mujer en peligro por su culpa, un villano megalómano y exagerado, una niña a la que hay que proteger, una trama con dinero robado… Pero todo pasado por el filtro del sigo XXI, que por lo visto hoy en día tiene que ser obligatoriamente un filtro de neón.

Toro-646624330-largeNo es que Nicolas Winding-Refn haya inventado nada, pero su Drive puso de moda una estética muy concreta que estamos viendo reproducida en muchas cintas de acción. Un neo-noir caracterizado por el colorismo fluorescente, el minimalismo narrativo, los personajes crípticos y la hiperviolencia estilizada. Al ver Toro queda patente que Maíllo ha visto Drive muchas veces, y que quería hacer algo parecido, pero en versión patria (el teaser póster es toda una declaración de intenciones). Por eso, para hallar su estilo propio arraigado en lo autóctono, el director adereza la película con elementos cañís, como la obsesión por las marchas de Semana Santa de Romano, la banda sonora de Joe Crepúsculo, la (preciosa) voz flamenca de Soleá Morente o el imaginario católico, tan característico sobre todo de la Andalucía profunda y mítica que pretende retratar. Sin embargo, el resultado no es más que un pastiche sin sentido, un corta-pega que acaba resultando en la ausencia de estilo, precisamente por su empeño en reproducir el de los demás.

En el apartado interpretativo, Toro sale más airosa. Casas ya ha probado con creces que puede ser un buen leading man, y que cuando quiere demostrarlo, tiene talento. Claro que suele hacerlo más en comedia, y aquí se le requiere mantenerse sobrio, monótono, callado (“Yo es que hablo poco”, se autodescribe en el film), como el Driver de Ryan Gosling. Aun así, a pesar de su inexpresividad chulesca y esos morritos perennes, Casas no compone un mal personaje precisamente. Pero quien más destaca, como de costumbre, es Tosar, que sale mejor parado que Sacristán, cada vez más acartonado, y últimamente actuando igual de plano en todo. Es cierto que tanto ellos como el director tienen buenas intenciones, y se nota. Toro está hecha con cariño y convicción, creyendo en lo que se está haciendo, y sacando provecho de los medios para hacer algo muy vistoso (aunque peque de fantasma y gestione muy mal algunos recursos estilísticos, como la cámara lenta). Pero una buena factura no es suficiente. Hace falta una historia con menos agujeros, más definida y menos superficial, una que no se deje sepultar por los clichés que maneja y los referentes a los que emula.

Nota: ★★½

Crítica: Julieta

Julieta 2016

Julieta es el regreso al drama de interiores (de piel para dentro, se entiende), a las historias de mujeres con las que Pedro Almodóvar se ganó el reconocimiento internacional y vivió su mayor época de esplendor comercial. Después de varios films que no obtuvieron consenso por parte de los espectadores y la crítica, y la vapuleada (en mi opinión injustamente) Los amantes pasajeros, el director manchego vuelve al melodrama femenino que tantas satisfacciones le (nos) deportó, con cintas sobresalientes como Todo sobre mi madreVolver (para muchos su última gran película antes de esta Julieta). Almodóvar no se había ido a ninguna parte. Ha flirteado con el giallo (La piel que habito), ha rendido tributo al Hitchcock de Vértigo (Los abrazos rotos), y ha recuperado sus raíces petardas para hacernos reír y bailar (como si nadie estuviera mirando). Pero en cierto modo se puede decir que Julieta, su vigésimo largometraje, es un comeback, que Almodóvar “vuelve”, sobre todo para aquellos que no han comulgado con sus más recientes incursiones cinematográficas.

En la semana de su estreno, Julieta ha recibido el apelativo de “drama seco” en numerosas críticas y opiniones en redes sociales. Sustantivo y adjetivo que se han yuxtapuesto para convertirse ya casi en una frase hecha, en la forma oficial de describir a la película. Y no es un calificativo desencaminado para nada. Julieta es una película más sobria, más cruda y difícil, un Almodóvar sin apenas concesiones. A caballo en el tiempo, entre los coloridos y cardados 80 hasta el presente, recorriendo España de norte a sur, Almodóvar nos cuenta la historia de una mujer rota, la Julieta del título, encarnada por dos actrices de una belleza espléndida y en estado de gracia interpretativo, Emma Suárez y Adriana Ugarte, secundadas por un magnífico reparto. El triste recorrido personal de Julieta, basado en tres historias de Alice Munro, sirve para que Almodóvar trace un intenso relato sobre los lazos familiares (nuestras obligaciones para con nuestros hijos y padres, lo que nos debemos o no), y también sobre los secretos que destruyen, sobre el peso del pasado, la culpabilidad, la ausencia que consume, y por encima de todo, la incomunicación, el “silencio” (como se titulaba originalmente la película) que condiciona y separa a los personajes.

Julieta es una película cálida y fría a la vez, cariñosa y antipática, tierna y despiadada, sencilla y tremendamente compleja. No es un trabajo fácil de digerir, se fragua lentamente, puede resultar desorientador, sobre todo durante su primera mitad, pero su frialdad e intensidad dramática acaban calando. Julieta es una experiencia emocionalmente inmersiva (o se entra o no), una de esas películas que (si hemos entrado), se queda con nosotros más allá de lo créditos finales (y eso que tiene un desenlace de lo más abrupto), prolongando su vida más allá del relato, obligándonos a permanecer junto a su protagonista más tiempo, intentando entender las motivaciones, las razones detrás de los actos, tratando de llenar los huecos entre el silencio para hallar las respuestas que su autor no nos ha querido dar, reflexionando sobre lo que acabamos de ver. Porque si Julieta destaca por algo es por su exuberancia argumental (además de la física y estética, que se da por sentado), porque aun cuando parece que no está pasando nada, está pasando todo, y cuando sales de ella, necesitas tiempo para ordenar los pensamientos que te ha provocado.

Pero por esta misma razón, la película puede provocar el efecto contrario al deseado (incluso sentimientos divididos, como es mi caso). Julieta no deja respirar. Se entiende que Almodóvar haya decidido sumergirnos de cabeza en el drama y dejarnos bajo el agua durante hora y media, pero llega un momento en el que hasta cuesta emocionarse. A pesar de un par de pinceladas de humor (cortesía de la siemprePóster Julieta divertida Rossy de Palma), al director se le olvida la importancia de la comedia en su cine, incluso en el más arraigado en la tragedia. Por eso, Julieta puede saturar con su continuo tono exagerado de dramón, con cada plano y cada diálogo que se emplea a fondo para que sientas el dolor de su protagonista a la fuerza. En su empeño por mantener este continuo estado de inquietud y ansiedad, Almodóvar descuida partes de la historia, que por momentos parece no ir a ninguna parte. Claro que, como decíamos, esta aproximación tiene su coherencia con lo que se cuenta, y al final, todo acaba encauzándose de manera satisfactoria.

Aunque no haga falta decirlo, Julieta es una obra 100% almodovariana, un trabajo en el que nos encontramos todas sus marcas de autor: la iconoclastia de sus coloristas imágenes, la maestría encuadrando y jugando con las imágenes (mucho se hablará de esa preciosa elipsis visual a la que alude el cartel), los interiores llenos de vida, prácticamente paisajes emocionales (esas paredes de papel pintado y esos sofás que nos devuelven a Mujeres al borde Todo sobre mi madre), la enorme carnalidad y sensualidad de los cuerpos, la música de Alberto Iglesias (aquí poco inspirado), la importancia de dejar constancia de sus referentes (uno pierde la cuenta de cuántos libros y películas tienen referencia visual), todo subrayado por el regreso a los 80 que efectúa de forma parcial. Pero, como le ocurrió al último Tarantino, Almodóvar es tan Almodóvar que no puede evitar encender el piloto automático y moverse por inercia en muchos tramos de la historia, que por momentos se le va de las manos con tantos elementos y saltos temporales. Por todo esto, aun siendo una de las mejores películas del autor en los últimos años, Julieta no llega a ser un Almodóvar mayúsculo.

Nota: ★★★½

Crítica: Vulcania

Vulcania 1

Vulcania es el primer largometraje de José Skaf, experimentado director de cortometrajes, videoclips o spots de televisión, que ha elegido el género fantástico para su ópera prima. La película se podría adscribir a ese sub-género del cine de misterio sobre pequeñas y endogámicas comunidades que esconden mil y un secretos. Vulcania transcurre en un pequeño pueblo de montaña, un lugar aislado del resto del mundo cuyos habitantes viven divididos en dos bandos y dedican su vida a la fundición, industria que mantiene a flote el pueblo y dispone sus estratos sociales. Los líderes forman un gobierno de élite que se encarga de mantener a toda costa el statu quo del lugar y prevenir que los vecinos desarrollen la curiosidad por el exterior. Jonás (Miquel Fernández), un joven con extraños poderes que le permiten manipular el metal, decide investigar lo que ocultan los líderes y se propone salir del pueblo en busca de “la ciudad“, con la ayuda de Marta (Aura Garrido), una muchacha del bando contrario que también guarda un secreto.

Si el argumento os suena a El bosque, es porque Vulcania bebe mucho del cine de M. Night Shyamalan, y en concreto de su (incomprendida) película de 2004. La premisa del film no es precisamente original, pero cuenta con potencial de sobra para llevar a cabo un relato interesante. Desafortunadamente, Vulcania es una oportunidad perdida, una promesa que nunca llega a hacerse realidad. La primera mitad de la película transcurre como si fuera un trailer, con retales de información y tópicos del género (cumple con todos los preceptos del relato distópico) que se van acumulando vulcaniasin apenas cohesión o solidez narrativa, que ponen la miel en los labios para luego no ofrecer el tarro. El problema es que Skaf no sabe muy bien cómo estructurar la historia, ni cómo dosificar o desvelar la información. Quizá con la idea en mente de que es mejor sugerir que mostrar o sobre-explicar, el director cae en el error opuesto: quedarse corto. Vulcania parece que va a mejorar en cada escena, pero nunca llega a hacerlo, y termina de la forma más anticlimática, dejándonos a medias, con las ganas de ver lo que podía haber dado de sí la historia y su universo de ficción.

Lo mejor de Vulcania es su excelente factura técnica y su sólido reparto (formado por Miquel Fernández, Aura Garrido, Ginés García Millán, Jose Sacristán, Ana Wagener, Silvia Abril, Jaime Olías, Rubén Ochandiano y Jordi Gràcia). Sin embargo, en ambos departamentos ocurre lo mismo, las piezas por separado brillan (a excepción de Sacristán, que ni siquiera se molesta en actuar), pero juntas no forman el todo que deberían, resultando así en inevitable decepción. La película nunca alcanza su verdadero potencial por culpa de un guion sin pies ni cabeza y un sentido atrofiado del suspense, y se pierde en deus ex machina absurdos (atención al punzón durante el desenlace) y una mitología derivada y sin gancho. Por todo esto, Vulcania acaba siendo una obra monótona y acartonada que no cumple las expectativas, lo cual es una auténtica pena teniendo en cuenta el juego que podría haber dado.

Valoración: ★★½

Crítica: Tenemos que hablar

Tenemos que hablar 1

Hugo Silva y Michelle Jenner fueron la pareja televisiva del momento hace aproximadamente diez años, cuando compartían pantalla en la serie de Antena 3 Los hombres de Paco. La misma Atresmedia es una de las encargadas de reunir de nuevo a Lucas y Sara en Tenemos que hablar, la nueva película dirigida por David Serrano (El otro lado de la camaDías de fútbol), una comedia romántica de enredos que se enmarca en la España azotada por la crisis financiera.

Tenemos que hablar comienza en 2006, en los albores de la crisis. Jorge (Silva), que trabaja como asesor financiero, aconseja a los padres de su futura mujer, Nuria (Jenner), que inviertan en el mercado inmobiliario. Jorge no da una con sus predicciones de futuro, y sus suegros acaban perdiendo su pequeña empresa, su casa en el pantano y en consecuencia, también el amor. En el presente, Nuria ha rehecho su vida con un galán de telenovela (Ilay Kurelovic) que lo tiene todo en la vida, es guapo (sobre todo de perfil, donde se da un aire a Paul Newman) y tiene un trabajo importante. Mientras, Jorge lleva dos años en el paro e intenta sobrevivir alquilando su piso a turistas junto a su amigo y antiguo jefe del banco, Lucas (Ernesto Sevilla), que sigue a su lado por no dejarlo solo viviendo la depresión que en parte él le provocó.

Nuria necesita pedirle el divorcio al cenizo de Jorge para poder volver a casarse, pero un accidente le lleva a pensar que este ha intentado suicidarse. Esto, añadido a que Nuria es de esas personas que dicen que sí a todo por no hacerlo pasar mal a nadie y a la que le es físicamente imposible dar una mala noticia, retrasa el momento de darle los papeles del divorcio. En su lugar, para evitar que Jorge caiga en una depresión aun más profunda y vuelva intentar cometer una locura, le cuenta que sus padres siguen felizmente casados y además están montados en el dólar, lo que les obliga a todos a montar un teatro para que Jorge no descubra la verdad. Pero la bola de nieve se va haciendo cada vez más grande, las mentiras se acumulan, involucrando cada vez a más gente, y Nuria no sabe cómo desenredar el embrollo que ha causado.

Como podéis leer, Tenemos que hablar es una comedia bastante convencional y clásica en sus planteamientos. No falta ningún tópico de la comedia romántica canónica, pero se distancia de la mayoría al presentar a un personaje femenino relativamente distinto, uno que sigue los pasos de Inma Cuesta en Tres bodas de más. Nuria responde al arquetipo de protagonista patosa que se mete en líos y hace el ridículo por el chico, y por ser fiel a sus sentimientos. Pero Jenner no es Cuesta. Su interpretación pasa rápidamente del encanto a la estridencia, haciendo que la película vaya siendo cada vez más irritante y pesada, como la propia Nuria. Claro que el problema no es solo suyo, sino principalmente de un guion sin pies ni cabeza cuya premisa, para empezar, ni se sostiene, ni se puede estirar de esa manera. Por mucho que nos dejemos llevar, las situaciones en las que se mete la protagonista (y en las que mete a su familia) por mantener en pie la mentira son incoherentes, están alargadas sin sentido, exageradas hasta provocar auténtica vergüenza ajena (ver la escena del restaurante).

Tenemos que hablar 2

La película tiene sus momentos (la entrevista de trabajo es una escena muy divertida y el montaje del principio es lo mejor de la película), pero en general resulta fallida por culpa de un argumento absurdo que depende de demasiados lugares comunes rancios (esa pareja gay…) sin preocuparse si funcionan o tienen sentido en la trama, y se hunde por culpa de situaciones excesivamente forzadas y crispantes. Como en Ocho apellidos vascos (con la que comparte guionista, Diego San José), los secundarios son los que salvan la función, aunque sea por los pelos. Óscar Ladoire está muy acertado como suegro cascarrabias; por supuesto siempre es un placer ver a Verónica Forqué, que aquí deja caer algunas de las frases más graciosas de la película con su gracia característica (ella siempre hace lo mismo, pero qué bien lo hace); y Belén Cuesta se confirma como uno de los talentos cómicos más a tener en cuenta del panorama nacional actual (suya es la escena de la entrevista). El que sobra es Ernesto Sevilla, que aporta las escenas más molestas y los chistes más desafortunados.

Tenemos que hablar debería haber funcionado gracias a la indudable química entre Silva y Jenner, pero Serrano no es capaz de sacarle provecho y acaba realizando una comedia sin interés, completamente intrascendente y superficial, una película que se deja ver, pero se olvida por completo a los cinco minutos.

Valoración: ★★