Crítica: Independence Day – Contraataque

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Nunca fui fan de la primera Independence Day. No sé si fue que me pilló en una época en la que renegaba de ese tipo de cine porque estaba en la edad del pavo del cinéfilo y solo veía Truffauts y Fellinis (no soy tan viejo, es que no la vi en sala, sino unos años más tarde en vídeo), o es que de verdad la película tenía poco que ofrecerme más allá (o a pesar) de la supina estupidez ultra-patriótica y descerebrada que es. Es decir, que se me olvidó intentar pasármelo bien con ella. Tampoco sé si su secuela, Independence Day: Contraataque (Independence Day: Resurgence), me ha pillado en una segunda edad del pavo cinéfila, pero a esta sí le he visto la gracia que no le vi a la primera. Supongo que tendrá que ver la disposición que he llevado esta vez, los 20 años que han pasado entre una y otra (tiempo suficiente para que uno se dé cuenta de que con el cine, como con todo, es mejor liberarse de prejuicios), o quizá el hecho de que Roland Emmerich se ha vuelto más autoconsciente con los años y en esta ocasión se ha propuesto hacer una película de catástrofes más mamarracha y divertida que de costumbre.

Sea como fuere, Independence Day: Contraataque me ha hecho pasar un rato fantástico. Me he reído de ella, pero también con ella. Y eso es lo más importante, que Emmerich sabe exactamente lo que está haciendo, puro cine de palomitas para desconectar. Otra cosa no, pero siempre (o casi siempre), el cine catastrófico del director alemán como mínimo entretiene, y le da a sus fans exactamente lo que esperan y lo que quieren de él. La diferencia en esta ocasión es que Emmerich ha decidido tomarse un poco menos en serio, utilizar esa fórmula que tan bien se le da (no falta ninguno de los tópicos del género) y jugar con ella para reírse de sí misma, e invitar al espectador a la broma. Como la reciente Ninja Turtles: Fuera de las sombrasIndependence Day: Contraataque sabe perfectamente lo rematadamente tonta que es, lo absurdo de sus planteamientos, lo fortuito y ridículo de sus giros narrativos, lo extravagantemente implausible que es hasta para una cinta de acción sci-fi, pero le da igual mientras te lo pases bien con sus espectaculares, mareantes y ensordecedoras secuencias de acción, con sus chistes malos, sus naves molonas y sus simples emociones de blockbuster estival. Porque no aspira a otra cosa.

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El (estupendo) eslogan promocional de la película reza “Hemos tenido veinte años para prepararnos. Ellos también”. Efectivamente, Emmerich ha tenido dos décadas para orquestar este nuevo ataque extraterrestre a la Tierra, y si bien en este tiempo no se le ha ocurrido una premisa mejor o un desarrollo más elaborado (los deus ex machina y las “investigaciones científicas” que llevan a cabo los secundarios no podían ser más perezosas e irrisorias), al menos en el apartado destructivo cumple de sobra con un despliegue acumulativo de acción desbordante (muy bien el disparatado clímax), efectos digitales aun más impresionantes (pero también más empachosos y saturadores) y bien de destrucción masiva (qué gozada la secuencia de la llegada a la Tierra de la nave nodriza, que ocupa una tercera parte del planeta). Y ni que decir tiene que la muerte de millones de personas alrededor del mundo no impide a los protagonistas hacer chistes (literalmente) en cualquier situación, por muy dramática que sea, o celebrar el triunfo personal de un grupo de héroes, que vienen a representar el crisol mundial para lanzar un mensaje de celebración del ser humano que no es sino el enésimo discurso patriótico debidamente camuflado de acuerdo a la sensibilidad del siglo XXI. ¿Cómo nos vamos a tomar todo esto en serio?

Menos Will Smith, que tenía cosas mejores que hacer (no te he echado de menos y cuanto menos te vea, mejor), el reparto original de Independence Day regresa para la secuela, con Jeff Goldblum y su oportuno sentido del humor como principal atracción. Sin desmerecer a Brent Spiner, que además de estar muy simpático, añade algo que las demás superproducciones de Hollywood no tienen: un personaje abiertamente LGBT en una relación que no solo no se invisibiliza, sino que tiene su propia subtrama (aunque sea para luego caer en el lugar común de siempre, así que una felicitación a medias para Emmerich). Por otro lado, como mandan los cánones de las secuelas tardías actuales, también hay jóvenes incorporaciones que recogen el testigo de la anterior generación para rejuvenecer la saga. Obviemos a Charlotte Gainsbourg, que pasaba por ahí y no tenía nada mejor que hacer. Liam Hemsworth, Maika Monroe, Jessie T. Usher, Travis Tope y Angelababy se convierten en los nuevos rostros de I:D, con la intención de continuar estirar la historia en la estela de las franquicias cinematográficas actuales, que más que películas son productos continuadores de una marca.DSC_5858.tiff

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El final de Contraataque prepara el terreno (de la forma más tosca y sobre-explicativa) para la inevitable tercera parte, con la que Emmerich planea llevar la acción al espacio. Si la segunda película ha sido así de mema y excesiva, no me quiero ni imaginar cómo será la siguiente teniendo esto en cuenta. Y no me lo quiero imaginar porque lo quiero ver. Cuando Independence Day 3 llegue, ahí estaré yo para ver a Maika Monroe pateando culos alienígenas en el espacio. Espero que a la actriz de It Follows le den el protagonismo que merece (debería convertirse en la heroína central de la nueva I:D) y que el planeta que visite nuestro “supergrupo” de intrépidos justicieros espaciales tenga su propia Londres o Nueva York para diezmar. Con eso me daré por satisfecho. Pedir otra cosa sería absurdo.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Everest

Everest

Hace dos años, Alfonso Cuarón nos llevó al espacio con su imprescindible Gravity, una película casi interactiva en la que el espectador se sumergía en la pantalla de cine y vivía en primera persona la emocionante odisea de la astronauta Ryan Stone (Sandra Bullock). Este año, Baltasar Kormákur (2 Guns) nos propone algo parecido con Everest, film también rodado con la últimas técnicas en 3D que busca crear una experiencia inmersiva en la sala de cine (donde esta película alcanzará su mayor potencial), en la que formaremos parte de una expedición para llegar a la cima de la montaña más alta del mundo.

Everest lleva al cine la mayor tragedia acontecida en el legendario monte del Himalaya, cuando en 1996 una fuerte tormenta de nieve sacudió a varias expediciones que trataban de alcanzar la cima. El guion, escrito por William Nicholson (nominado al Oscar por ShadowlandsGladiator) y Simon Beaufoy (ganador del Oscar por Slumdog Millionaire) está basado en varios libros y entrevistas con los supervivientes, con el ensayo Into Thin Air (Mal de altura) como fuente principal. Su autor es el periodista Jon Krakauer, aquí interpretado por Michael Kelly (House of Cards), que vivió de primera mano la tragedia y sirve aquí como uno de los hilos conductores de la película.

En un principio, Everest iba a estar protagonizada por Christian Bale, pero éste la rechazó para participar en Exodus: Dioses y reyes. Su marcha y sustitución por el menos conocido Jason Clarke (El amanecer del Planeta de los Simios, Terminator Génesis) provocaba un cambio importante en la película, que pasaba a ser más coral. En efecto, Everest nos presenta un amplio elenco de actores (entre ellos muchas caras conocidas de Hollywood: Josh Brolin, Emily Watson, Jake Gyllenhaal, Keira Knightley, Robin Wright, John Hawkes) que se reparten el tiempo en pantalla equitativamente. Clarke ejerce de guía de la expedición en la que se centra la película (Gyllenhaal hace lo propio con la secundaria), pero esta no adopta un solo punto de vista, sino que salta de uno a otro, ofreciendo retales de historias personales que solo llegamos a conocer superficialmente. Y ese es el principal problema de Everest, que no logra (quizá no quiera) profundizar realmente en sus personajes, y por tanto se queda corta en los momentos en los que aspira a ser un drama humano.

Everest cartelEn una de las escenas centrales de Everest, Krakauer pregunta a los montañistas (la mayoría turistas de aventura con los bolsillos llenos) por qué arriesgan sus vidas para llegar a la cumbre. Ninguno sabe contestar, y lo cierto es que Kormákur no está interesado en darnos respuestas a esa pregunta (quizá no existan, quizá no sean necesarias en la vida real, pero claro, esto es cine). La mayor parte del tiempo, el director evita la ficcionalización hollywoodiense, anteponiendo la técnica a la emoción (a excepción del desenlace, donde la historia se permite entrar en terreno lacrimógeno). Esta aproximación metódica nos deja un trabajo centrado y sobresaliente en el apartado visual que sin embargo resulta excesivamente frío y distante en todo lo demás. En consecuencia, los personajes no llegan nunca a formarse del todo, lo que hace que el vínculo que se establecía con Ryan Stone no se repita con los montañistas del Everest.

Everest se podría adscribir al cine de catástrofes de los 70 o la corriente de telefilms noventeros que instigó ¡Viven!, con la principal diferencia de que en este caso, el espectáculo y el reparto son de primera. Kormákur filma las escenas de acción con inteligencia y precisión, eludiendo la pirotecnia y sobredramatización propias del blockbuster, para mantener el realismo en todo momento (a ratos coqueteando con el documental sobre alpinismo). Cuando arrecia la tormenta, a 45 minutos del final, Everest nos sacude con fuerza. Se puede sentir el vértigo, la desesperación y la angustia de los alpinistas, incluso la falta de oxígeno. Tristemente, el nudo en el estómago es más parecido a lo que podemos sentir en una atracción o simulador de realidad virtual (por eso es recomendable en la pantalla de cine más grande posible) que a una experiencia cinematográfica plena. Como película de catástrofes, Everest sobresale por encima de la media, como drama se queda sepultado bajo la nieve.

Valoración: ★★★