Crítica: Un viaje de diez metros

THE HUNDRED-FOOT JOURNEY

Basada en la exitosa novela de Richard C. MoraisUn viaje de diez metros (The Hundred-Foot Journey) es la nueva película del prolífico Lasse Hallström. Aunque el director sueco recuperó algo de lustre hace un par de años con La pesca del salmón en Yemen, lo cierto es que desde finales del siglo pasado no ha conseguido firmar un trabajo memorable que le ayude a mantener su estatus tras sus films más celebrados, Las normas de la casa de la sidra Chocolat. Con la “¡emocionante, inspiradora, conmovedora!” historia de un aspirante a chef indio en un pueblecito de Francia, Hallström recupera al menos la forma, y realiza un trabajo de enorme precisión emocional, científicamente diseñado para cubrir todos los lugares comunes del cine aspiracional, y para tocar los botones adecuados del espectador. Y lo cierto es que funciona. No es difícil aparcar el cinismo y dejarse manipular felizmente por este almibarado y hollywoodiense cuento de sueños cumplidos.

No en vano, Un viaje de diez metros viene avalada por la producción de dos monstruos del cine de buenos sentimientos, Steven Spielberg y Oprah Winfrey, que sin duda aportan la calidez y el aroma a clásico que faltaba en los últimos trabajos de Hallström (mirad si no el cartel, que evoca claramente a Criadas y señoras). Por otro lado, el guión viene firmado por el interesante Steven Knight (Promesas del Este, Locke, Peaky Blinders), que demuestra con esta película su versatilidad como escritor, y su talento como narrador.

Cartel Un viaje de diez metrosUn viaje de diez metros cuenta la historia de Hassan Kadam (Manish Dayal), joven cocinero que ha aprendido sus destrezas culinarias a través de su difunta madre, y en los puestos callejeros de su India natal, aunque posee un talento innato y un espíritu visionario que le augura un futuro como chef estrella. La familia de Hassan, liderada por el sabio y descacharrante Papa (Om Puri), se instala en un bucólico pueblo del sur de Francia, Saint-Antonin-Noble-Val, donde abren un restaurante de comida india que choca con las costumbres y la cocina del lugar, y que saca de sus casillas a la propietaria del exquisito restaurante Le Saul Pleureur, la gélida Madame Mallory (Helen Mirren). Los diez metros a los que se refiere el título son los que hay entre ambos restaurantes, una distancia relativa que se irá estrechando a medida que avanza el relato, y que llevará a Hassan a interesarse por la haute cuisine de Madame Mallory, mientras esta aprende a mirar al “enemigo” con otros ojos.

De esta manera, Hallström nos habla de la aceptación y el entendimiento mediante suculentos platos que representan el maridaje de culturas que se celebra en la película. A partir del leitmotivLa comida son recuerdos“, dibuja una historia de paisajismo emocional (y literal) y arte culinario, tan convencional como exquisita, que apela en todo momento a los sentimientos del espectador y está más interesada en satisfacer todos los paladares que en impresionar (de ahí que la cocina tradicional triunfe por encima de la alta cuisine). Y aunque Un viaje de diez metros se antoje calculada y tópica de principio a fin, consigue ablandarnos gracias a un sentido del humor muy inspirado (Papa es la mayor baza cómica, sin duda, y las interacciones Puri-Mirren lo mejor de la película), dosis de romance que no empalagan, y el eterno y siempre infalible conflicto protagonizado por tercas pero buenas personas que dejan atrás sus diferencias y se convierten en una familia. Si me permitís la metáfora fácil (la que el film pone en bandeja), Un viaje de diez metros es exactamente como una comida hecha por mamá. La has probado muchas veces, pero no te importa, porque sabe muy bien, porque está hecha con cariño, a tu medida, con la experiencia que otorga haberla hecho tantas veces para ti. Y porque sabe inconfundiblemente a recuerdos, y te devuelve al hogar.

Valoración: ★★★½

Crítica: #Chef

CHEF

El género culinario nos ha dado películas exquisitas y deliciosas –Chocolat, Ratatouille, ¿Sweeney Todd?, todas las escenas que involucran comida en las películas de Ghibli-, pero este cine suele tener un inconveniente: despierta el apetito de tal manera que a ratos la experiencia placentera puede tornar en pesadilla. El director Jon Favreau regresa después de su aventura marveliana y el descalabro de Cowboys & Aliens a las películas íntimas, y lo hace con Chef (obviemos la almohadilla que se ha añadido al título en España), una cinta gastronómica que no se recrea demasiado en la comida, sino que la utiliza únicamente como punto de partida para contar la historia.

El error de muchas películas de este género es convertirse en una mera exhibición de talento culinario o un simple ejercicio de estilo, haciendo que los platos acaben desplazando a los personajes. Afortunadamente, Favreau se centra en las tribulaciones alrededor de la comida, concretamente las que provoca en el protagonista, un conocido chef, Carl Casper (Favreau se reserva el papel principal). Este saltó a la fama gastronómica por su cocina innovadora y revolucionaria, pero el dueño del restaurante donde desarrolla su “obra” –Dustin Hoffman– coarta su creatividad y le obliga a hacer noche tras noche el menú que los convirtió en uno de los lugares de moda en Los Ángeles, sin importarle si el crítico más importante de la ciudad -Oliver Platt- está entre los comensales. Tras negarse a claudicar, Casper es despedido, lo que le lleva a recuperar la libertad como chef de food trucks (o sea, cambiando la alta cuisine por el bocadillo grasiento) y ya de paso a recuperar a su familia.

Chef_-_Cartel_FinalChef es el paradigma de la feel-good movie (recomendada la sesión doble con la reciente Begin Again), una película buenrollista y entrañable que por suerte no recurre a sentimentalismos baratos. Y eso que está construida (predeciblemente) a base de lugares comunes semi-melodramáticos, como el favorito del cine americano: el padre ausente cuyo trabajo le ha separado de su hijo. Favreau se apoya principalmente en un reparto de lujo que desprende naturalidad por los cuatro costados. Intérpretes, estrellas y amigos que actúan como si estuvieran en casa, porque lo están. Desde el propio Favreau, entre lo bruto y lo achuchable, hasta una Sofía Vergara entregada sin complejos al encasillamiento, pasando por una Scarlett Johansson cálida y cercana, unos divertidos John Legizamo y Bobby Cannavale, responsables de los momentos más descacharrantes del filme, o Robert Downey Jr., contratado de nuevo para interpretarse a sí mismo. Todos ellos contribuyen a ese irresistible aroma familiar y acogedor que recorre toda la película.

Además de hablarnos de un sueño, y de la importancia de la familia (la biológica y la creada) para conseguirlo, Favreau convierte Chef en una suerte de crónica de nuestros días, mostrándonos muy astutamente cómo las redes sociales han transformado nuestra manera de crear y consumir, también en el terreno gastronómico. Destacan las escenas en las que Casper entra en contacto por primera vez con Twitter (desvergonzado product placement que sin embargo nos da momentos de comedia realmente exquisitos) o el road trip por Estados Unidos, en el que el hijo del protagonista ejerce como community manager del puesto ambulante de bocadillos cubanos, mostrando a su padre cómo funciona un negocio hoy en día. Algo que en cierta manera se contrapone al elogio de lo tradicional (equivalente a “lo latino”) que el director lleva a cabo. Pero además, Chef es una crítica encubierta (o quizás no tanto) a los bloggers y críticos que “destrozan” el trabajo del artista -esta analogía con el oficio de cineasta hace preguntarse si a Favreau no sabrá encajar las malas críticas, y por tanto, si está en el negocio adecuado. Sea como sea, Chef no se recrea en estos sabores agridulces y opta por un tipo de comedia apacible, emotiva, y a ratos muy inteligente y conmovedora. En definitiva, Chef es una de las películas que simplemente se disfrutan, sin darle más vueltas, precisamente como la comida que vemos en pantalla.

Valoración: ★★★½