Crítica: Free Fire

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¡BANG! Boston no está situado en la costa oeste, pero el lema de su estado no tiene nada que envidiar a ninguna de las máximas pos las que se regía el lejano oeste: “con la espada buscamos la paz bajo la libertad”. ¡BANG! Tampoco estamos en el siglo XIX, sino a finales de los setenta, pero mal que nos pese, algunos siguen pensando que las diferencias se arreglan a palos en vez de dialogando. ¡BANG! Después de hacer que nos devanásemos la sesera con su polémica High-Rise, Ben Wheatley (Turistas) desenfunda para dispararnos a bocajarro una bala de adrenalina y despiporre que tiene grabada nuestro nombre. ¡BA…! (la bala se encasquilla) Bienvenido al lejano oeste bostoniano y setentero de Free Fire! ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!

De todos es sabido que un almacén abandonado es el lugar más idóneo para llevar a cabo los trapicheos más chungos. Aunque si algo nos ha enseñado el cine sobre este tipo de encuentros noctámbulos es que, a pesar de las condiciones favorables del emplazamiento (privacidad, oscuridad, silencio absoluto…), los planes siempre suelen salir mal. Sino que se lo digan a los pintorescos señores de Reservoir Dogs, cinta con la que esta Free Fire se encuentra hermanada. Pero a pesar de que no rueden orejas, la explosión de violencia de Free Fire supera con creces a la de la ópera prima de Quentin Tarantino, tanto en términos de duración, como de volumen y veracidad.

free-fire-posterCasi sin querer, Wheatley monta un O.K. Corral entre una banda de terroristas irlandeses (en ningún momento se nombra la organización a la que pertenecen, pero presumiblemente estamos ante miembros del actualmente extinto IRA) y los traficantes de armas con los que se han citado. Tras una media hora de tensa calma y humor cafre que exuda testosterona, da comienzo el tiroteo. Durante su hora de duración, este intercambio de balas es una lección magistral de cómo entretener al respetable haciendo que este no pierda la atención ni un solo segundo. Wheatley completa las líneas de diálogo de sus personajes con balas, teniendo éstas tanto valor o más que las propias palabras que salen de sus bocas.

Estas balas divierten, pero también agobian. Desde Green Room, no se sentía un agobio tan puro viendo la película. Pero mientras que el nerviosismo provocado por la obra de Jeremy Saulnier nos provocaba miedo y asco (en el buen sentido), la congoja de la de Wheatley nos provoca carcajadas y cierto interés por ver quién es el próximo en palmarla. Todo lo contrario de lo que sentíamos con cada muerte de Green Room, que dolían y mucho.

Nuestros padrinos principales en el duelo son dos pistoleros que nunca decepcionan: Brie Larson (La habitación) y Cillian Murphy (Peaky Blinders), pero que en esta ocasión se dejan ganar la partida interpretativa por un bellísimo y socarrón Armie Hammer (Operación UNCLE) y un bocazas e insoportable Sharlto Copley, el chico Blomkamp por excelencia. Otras destacables caras conocidas que se dejan disparar son la de Sam Riley (Control) y la del futuro novio de Hollywood Jack Reynor (Sing Street).

Free Fire ni carga, ni apunta, solo dispara… dispara, dispara y dispara hasta que no queda nadie sin una bala entre pecho y espalda.

David Lastra

Nota: ★★★½

Crítica: En el corazón del mar

Chris Hemsworth En el corazón del mar

Diréis lo que queráis sobre él. Que no tiene un sello personal definido, que su carrera es terriblemente irregular, que Una mente maravillosa no se merecía el Oscar (todo verdades), pero Ron Howard ha demostrado algo con creces: que sabe cómo filmar un blockbuster. El director de WillowApolo 13 firmó hace dos años una de sus mejores películas, Rush, un impecable drama automovilístico con el que se ganó el respeto que tan esquivo le ha resultado siempre. Este año, Howard se vuelve a hacer cargo de una aventura que bien podría haber recaído en uno de sus amigos, Spielberg o Zemeckis, En el corazón del mar (In the Heart of the Sea), una epopeya visualmente espectacular “basada en la historia real que inspiró Moby Dick.

En el corazón del mar (adaptación del libro de Nathaniel Philbrick In the Heart of the Sea: The Tragedy of the Whaleship Essex) nos traslada a 1820 en Nueva Inglaterra, donde comienza la fatídica historia del Essex, un barco ballenero que fue atacado por una legendaria criatura marina de proporciones descomunales. Treinta años más tarde, el único tripulante vivo que queda, Thomas Nickerson (Brendan Gleeson de mayor, Tom Holland de joven), relata la odisea a un impresionado Herman Melville (Ben Whishaw), que hallará en ella el germen para escribir la gran novela americana. Sin embargo, la historia que narra Nickerson no es exactamente la del monstruo blanco que sirvió de inspiración para crear a Moby Dick, sino la de dos hombres, Owen Chase (Chris Hemsworth) y George Pollard (Benjamin Walker), el primero un ballenero consumado que ve su anhelada capitanía arrebatada por el segundo, inexperto heredero de una de las familias más importantes de la industria. Relegado a primer oficial y bajo la recelosa supervisión de Pollard, Chase lidera una tripulación de despojos y delincuentes con la misión de regresar a casa con miles de litros de aceite de ballena, el combustible que se usaba entonces para las lámparas. Pero la ballena interrumpirá la sanguinaria tarea del Essex arremetiendo contra el barco con una determinación y un deseo de venganza casi humano.

Adaptar una historia como esta en los tiempos que corren es sin duda una decisión arriesgada, pero En el corazón del mar no es un alegato hagiográfico en defensa de la caza de ballenas, todo lo contrario, es la crónica del momento en el que esta práctica dejó de ser “necesaria”, así como una responsable oda a la naturaleza y el océano. La película nos muestra el enfrentamiento de estos dos hombres por ejercer el liderazgo del Essex, y cómo estos tuvieron que dejar sus diferencias a un lado para evitar que el barco sucumbiera a los ataques del monstruo marino. Y la presencia del cachalote servirá precisamente para que ellos, especialmente Chase, se cuestione sus creencias y la moralidad de su profesión. Cegado por el empeño de dar caza a la gran ballena, este conduce a su tripulación hacia una pesadilla en altamar que les llevará al límite de su resistencia, sin darse cuenta de que se ha adentrado en una batalla perdida. Según Pollard, el hombre es la criatura más perfecta sobre la Tierra, un ser superior al que Dios ha entregado la naturaleza para que este la domine y la haga suya. Pero Chase acabará descubriendo gracias a la ballena que la naturaleza no puede ni debe ser doblegada por el hombre.

In the Heart of the Sea

En el corazón del mar es una historia de supervivencia y de crecimiento personal en la adversidad que toma forma en un intachable espectáculo hollywoodiense, una aventura clásica en la que la impresionante exhibición de acción, factura técnica y efectos visuales no eclipsa a la emoción. Esto ocurre gracias a un guion que no descuida el factor humano de la historia y a unos actores muy entregados, especialmente durante el desgarrador tramo final, donde todos ellos son puestos a prueba física y emocionalmente. Hemsworth vuelve a demostrar su valía como leading man, con uno de sus mejores trabajos dramáticos hasta la fecha (solo superado por el que llevó a cabo en Rush), mientras Holland y Walker le dan la réplica perfecta (el futuro Peter Parker es todo un prodigio fluctuando entre la fuerza y la vulnerabilidad de su personaje), y Cillian Murphy y Brendan Gleeson brillan en papeles menores (mención deshonorable a Jordi Mollá, que sigue rebajándose en Hollywood con personajes caricaturescos que no pintan nada).

En el corazón del mar es un blockbuster irreprochable con extraordinarias secuencias de acción, magníficos valores de producción y un gran sentido de la épica. Ron Howard ha llevado a cabo un trabajo tan impetuoso como mesurado, un acertado homenaje a la obra de Melville que busca su propio discurso y reviste sus conclusiones (“debemos tener el coraje de ir adonde no queremos ir”) de un pertinente mensaje de respeto a la naturaleza.

Valoración: ★★★★

Crítica: No llores, vuela

No llores vuela

Avalada por varios premios y reconocimientos por sus primeras películas, Madeinusa (2006) y La teta asustada (2009), la peruana Claudia Llosa firma su tercera obra como realizadora, No llores, vuela (Aloft en versión original), un desgarrador drama familiar rodado en la nevada Manitoba (Canadá) con el que consolida su talento y sensibilidad tras la cámara. La película abre con una peregrinación para visitar a un sanador, y cabalga entre dos tiempos narrativos, un enigmático pasado que Llosa construye a base de intriga y con cierto aire a futuro desolado(r) (excelentes fotografía y banda sonora), y un presente en el que la directora explora las consecuencias de los trágicos acontecimientos de ese capítulo del pasado. Dominando el equilibrio entre tensión y contención dramática, con una dirección de actores impecable, y desentramando el relato con suma delicadeza, Llosa consigue que sus personajes nos afecten y su historia nos envuelva hasta su catártico desenlace.

No llores, vuela es la dura y poética crónica del distanciamiento de una madre y un hijo, la evolución de un dolor insondable y la exploración de la posibilidad del perdón. Todo comienza cuando Nana (Jennifer Connelly), mujer con dos hijos, se encuentra con el sanador conocido como El Arquitecto, una figura misteriosa que le lleva a creer que ella también esconde un gran poder, convirtiéndose así en su mentor espiritual. Durante una de las visitas de Nana al Arquitecto, ésta descuida a sus hijos, que deciden marcharse sin avisarla utilizando su todoterreno, lo que resultará en la pérdida de uno de los niños, y la ruptura abrupta de los lazos de cariño entre Nana y su otro hijo, Ivan (Zen McGrath, interpretado en el futuro por Cillian Murphy). Después de una infancia FRESCOTA_NO LLORES 14marcada por la soledad y el resentimiento mutuo, madre e hijo emprenden caminos separados. Mientras ella continúa su formación hasta convertirse en la famosa Nana Kunning, una fascinante y esquiva artista aislada en un paradero remoto, él, incapaz de entender el cambio de su madre y la decisión de abandonarlo, se convierte en cetrero y vive una vida de reclusión psicológica en la que su mujer (Oona Chaplin algo desaprovechada) intenta mantener unidas a duras penas las piezas rotas de su marido. Una joven periodista (Mélanie Laurent), fascinada por la historia de Nana y Ivan, organiza un encuentro entre ambos, 20 años después de su separación.

Estamos acostumbrados a las interpretaciones cargadas de intensidad trágica de Jennifer Connelly, una actriz que ha enfocado su carrera casi exclusivamente dentro del drama y que con cada papel parece buscar la purga a través de la experiencia actoral. Y esta Nana Kunning, sin duda el personaje más complicado de la película, no es excepción. Con ella, Connelly construye a una mujer, una madre que ha cometido un acto universalmente reprobable e injustificable, y lo hace sin apenas concesiones al espectador, sin buscar en ningún momento la compasión (atención a la brutal escena en la que reprocha al niño el accidente en su habitación), con una firmeza implacable y dolorosa que envuelve toda la película -y que choca con ese inapropiado título tan a lo Coixet. Llosa se niega a adentrarse en el terreno del melodrama convencional, y evita complacencias que suavicen esta terrible historia en la que sin embargo no pretende señalar víctimas o culpables. La gelidez con la que se aproxima a sus personajes puede resultar en una experiencia cinematográfica incómoda, incluso alienante, pero los actores aportan la humanidad necesaria para que los perdonemos, y anhelamos el perdón entre ellos. El trío protagonista de No llores, vuela ofrece un recital interpretativo memorable (Laurent se mantiene en segundo plano, pero su presencia es imprescindible). Murphy y Connelly están sublimes, y se abandonan por completo al dolor al que Llosa los expone sin miramientos, hasta culminar en un encuentro final tenso, triste y hermoso que, nos dé o no lo que buscamos, es justo lo que necesitamos todos, personajes y espectadores.

Valoración: ★★★½

Crítica: Transcendence

TRANSCENDENCE

Transcendence supone el debut el la dirección del director de fotografía predilecto de Christopher Nolan, el ganador del Oscar Wally Pfister. Y no cabe duda de que su trabajo desde la silla del director evoca al estilo de su amiguísimo y no obstante jefe Nolan. Pfister también practica esa grandilocuencia épica a la hora de aproximarse a la ciencia ficción, e imprime a la historia de un tono supuestamente sesudo y filosófico que indica que el director de fotografía tomó notas exhaustivas mientras trabajaba en OrigenEl caballero oscuro

El título de la película le viene que ni pintado, pero también le queda grande, porque Transcendence es de todo menos trascendental. Está hueca, sus reflexiones sobre la sociedad hiperconectada son simplistas y alarmistas, y en general, la historia se sostiene a duras penas en una delgadísima base de verosimilitud repleta de agujeros de sentido que, ni aún asumiendo que estamos ante una obra de ciencia ficción, es capaz de hacernos creer en lo que estamos viendo. Algo a lo que tampoco contribuye un apartado interpretativo penoso, con un Johnny Depp desganado e inteligible (se pasa con ese acento suyo tan particular y tan irritante, y se adentra en terreno Mario Casas) y Rebecca Hall (clon de la Scarlett Johansson de Los Vengadores) incapaz de soportar el peso de una protagonista, dejando en evidencia sus numerosas carencias como actriz. Por no hablar de Morgan Freeman, Cillian Murphy o Kate Mara, que pasaban por ahí y Pfister les pidió hacer bulto.

Depp interpreta al doctor Will Caster, un científico estrella que se dedica a desarrollar Inteligencia Artificial y que se encuentra trabajando en un ordenador con capacidad para desarrollar emociones humanas. Junto a su mujer, Evelyn (Hall) y su mejor amigo Max (Paul Bettany), Will crea la IA que cambiará el mundo, evitando que el gobierno ponga sus garras sobre ella y ganándose la ira de un grupo de extremistas anti-tecnológicos que intentarán acabar con su investigación y devolver al mundo a su estado natural de desconexión. Ni que decir tiene que el ordenador de Caster es la súper-evolución de HAL 9000, y si la IA de 2001 no estaba para tonterías, la de Transcendence tiene planes mucho más ambiciosos, que amenazarán con destruir la Tierra en tiempo récord.

TRANSCENDENCE

A pesar de la interesante premisa (reconozco que las películas sobre inteligencia artificial, robots y futuros utópico-distópicos me pierden), esta tremendista y pretenciosa fábula tecnológica no logra su propósito de agitar conciencias, y lo peor de todo, fracasa como cine-espectáculo (solo el desenlace entra en acción, pero para entonces ya es demasiado tarde), distanciándose así de los ‘blockbusters dignos’ de Nolan. Transcendence se piensa muy lista cuando en realidad es más bien de inteligencia impedida, y sobre todo plomiza hasta el paroxismo. Pfister, quizás más ocupado en el aspecto visual de la película (lo único salvable, lógicamente), se adentra en terrenos terriblemente farragosos intentando contar la historia, y acaba absolutamente perdido en la confusión de sus planteamientos. Ni los que han hecho esta película entienden de qué está hablando y mucho menos saben qué es exactamente eso de la “trascendencia”, así que explicarlo se convierte en una tarea imposible.

La realidad futura que plantea Transcendence es tan cercana a nuestra situación actual que para que la aceptemos como plausible dentro de los límites de la ficción, debe evitar hipótesis problemáticas (como hizo recientemente Her, con la que este film guarda más de una similitud), o debe ofrecernos argumentos científicos (aparentemente) sólidos. Es decir, tiene que engañarnos y hacernos creer que lo que vemos podría ocurrir de verdad. Algo que la película no consigue en ningún momento, optando más bien por una línea de razonamiento endeble, un desarrollo a trompicones y sin explicaciones, y un enfoque dolorosamente simplista a pesar de las ambiciones del discurso. En consecuencia, la película apesta a moralina y adoctrinamiento, y no se distancia mucho de la serie Revolution, aunque Transcendence se indignaría por la comparación. Claro, es tan trascendental.

Valoración: ★½