Crónica: 16ª Muestra SYFY de cine fantástico (2019)

Dieciséis años, y contando. La Muestra SYFY de cine fantástico de Madrid ha celebrado este año su “sweet sixteen”, y lo ha hecho por todo lo alto, con una de sus mejores programaciones hasta la fecha. Del 7 al 11 de marzo, los asistentes a la Muestra hemos podido disfrutar de una cuidada selección de cine fantástico y de ciencia ficción organizada por la cadena SYFY España, que como suele ser habitual, ha compilado una selección de títulos de lo más variopinto y extravagante.

La Muestra 2019 marcaba también la reaparición de Leticia Dolera como anfitriona, después de la polémica de su serie para Movistar+. La actriz, escritora y directora aprovechó la ocasión para volver a la normalidad, y a las redes sociales, después de tres meses de ausencia (casi) total. Su trabajo fue el de siempre, presentaciones divertidas, espontáneas y sí, feministas. Coincidiendo la Muestra con el Día de la Mujer, no podía ser de otra manera.

Controversias aparte, centrémonos en lo que nos importa de la Muestra. El cine, y la experiencia de verlo acompañado de aficionados al género fantástico. El público de la Muestra es de los más entusiastas que se conocen. Es por ello que se ha convertido en tradición desde hace años comentar las películas y hacer chistes en voz alta durante las proyecciones. Esto forma parte de la experiencia, pero afortunadamente, desde hace poco, la organización ha duplicado (o triplicado) las sesiones para diferenciar entre “Sala Mandanga” y “Sala del Silencio”. En la primera, el público es libre de armar todo el jaleo que quiera, en la otra se va a ver las películas en silencio.

Y sin más dilación, paso a comentaros las películas que he visto este año en la Muestra SYFY. Desafortunadamente no me ha sido posible verlas todas como otros años, pero de lo que he visto, me llevo un par de peliculones para la posteridad. Y alguno de ellos se estrena en salas comerciales pronto, así que tomad nota.

Capitana Marvel (Anna Boden, Ryan Fleck, 2019) – Inauguración

La Muestra SYFY comenzó el jueves con la premiere de Capitana Marvel en Madrid, película de apertura con la que empezamos esta edición “más alto, más lejos, más rápido”. La primera entrega de Marvel protagonizada enteramente por una mujer llegaba ensombrecida por una campaña de odio en Internet y un boicot por parte de los trolls que no les salió como esperaban: 455 millones de dólares recaudados en su primer fin de semana, convirtiéndola en el estreno mundial más taquillero protagonizado por una mujer y el segundo de superhéroes detrás de Vengadores: Infinity War. El público de la Muestra se entregó por completo a la historia de origen de Carol Danvers (estupenda Brie Larson), una película con todas las señas de identidad de Marvel y muchas conexiones con el resto de su Universo, concretamente con Vengadores: Endgame. La película se ha confirmado como un nuevo triunfo para el estudio, y así se sintió en la premiere. Risas, emoción con el cameo de Stan Lee, aplausos al final y un gran revuelo generalizado con las escenas post-créditos. Ah, y como era de esperar, la gata Goose conquistó a todo el mundo. Chupaos esa, troll. Si queréis saber más, os cuento mis impresiones sobre la película (que disfruté mucho más la segunda vez, conociendo de antemano los giros del argumento) aquí.

Elizabeth Harvest (Sebastián Gutiérrez, 2018)

La primera jornada propiamente dicha arrancaba para mí con Elizabeth Harvest, fábula de ciencia ficción dirigida por el venezolano Sebastián Gutiérrez. A medio camino entre Cincuenta sombras de Grey y un capítulo de La dimensión desconocidaElizabeth Harvest se desarrolla como una historia de clones con (sospechosos) ecos a Ex Machina (tienen muchos elementos en común y el final es calcado) y mucha comedia involuntaria. Protagonizan Abbey Lee (Mad Max: Furia en la carretera), Ciarán Hinds (que no sabemos cómo ha ido a parar ahí) y Carla Gugino, que le hace un favor al director (su marido) agraciando la película con su presencia. Pero ninguno de ellos (ni Dylan Baker, que también se pasa por ahí) es capaz de salvar la película. Su historia promete, pero una trama enrevesada y llena de pseudociencia acaba haciéndola cada vez más tediosa, confusa y absurda. Cuesta mucho tomársela en serio, pero claro, para eso estamos en la Muestra, cuyo público se encarga de que ninguna película aburra.

Upgrade (Leigh Whannell, 2018)

Primera gran sorpresa de la Muestra. Incomprensiblemente, esta curiosa cinta de ciencia ficción de la factoría Blumhouse no ha llegado a estrenarse en cines españoles, por lo que agradecemos a SYFY que la haya recuperado para el disfrute de su público objetivo. Leigh Whannell (guionista de Saw Insidious, y director de Insidious 3) se pasa al sci-fi con un oscuro thriller futurista a medio camino entre el policíaco, el noir y la acción pura que tiene mimbres de película de culto. En ella, un hombre tetrapléjico vuelve a andar gracias a la implantación de un chip llamado Stem, que toma el mando de sus funciones motoras y lo lleva al límite de sus capacidades, tras lo cual irá en busca de los hombres que mataron a su mujer, aprovechando sus nuevas habilidades. Logan Marshall-Green (el Tom Hardy de Hacendado) realiza una fantástica interpretación física en una película que casualmente también va de un hombre que habla con una voz en su cabeza que controla su cuerpo. Aunque recuerda a muchas películas anteriores (Minority ReportHerCrank, Lucy, Venom), Upgrade logra ser original. Engancha, tiene escenas de acción brutales y madera para saga. Muy disfrutable.

Gintama (Yûichi Fukuda, 2017)

Incorporación de última hora, Gintama se proyectaba en la Muestra a la vez que El año de la plaga, para gozo de fans del anime y el cine fantástico japonés. Se trata del largometraje en acción real del popular manga de Hideaki Sorachi, que ya ha tenido múltiples adaptaciones en diferentes formatos, incluida una longeva serie de animación. La película opta por la adaptación literal, conservando el estilo anime con un aspecto visual colorista, ritmo frenético, un “argumento” en el que todo vale e hilarantes efectos digitales de tercera. Lo mejor de la película son los chistes meta y las referencias a otros títulos de la cultura pop japonesa (el cameo de Nausicaä es genial), pero más allá de eso, cualquiera que no esté acostumbrado a este tipo de productos, puede salir completamente espantado por su estridencia y su absurdo sin fin. Sin ir más lejos, a mí me dejó el cerebro frito y mató las pocas neuronas que me quedaban. No apta para todos los públicos.

Prospect (Christopher Caldwell, Zeek Earl, 2018)

Christopher Caldwell y Zeek Earl dirigen esta personal propuesta de ciencia ficción que comienza como un drama paternofilial ambientado en el espacio (con el referente indie Jay Duplass) y acaba convirtiéndose en un competente thriller de supervivencia que se vuelve más y más extraño e intenso conforme avanza. Con un simple escenario principal (un bosque) y mediante diálogos que dan mucha información sin sobreexplicar demasiado, la película da forma a un detallado universo ficticio, demostrando que no hace falta un gran despliegue de efectos para crear mundos fantásticos creíbles en el cine. En el centro de la historia, una relación muy interesante y muy bien interpretada por la prometedora Sophie Thatcher y un genial Pedro Pascal. Una de las sorpresas más gratas de este año.

Dragged Across Concrete (S. Craig Zahler, 2018)

El sábado nos encontrábamos con un viejo conocido, S. Craig Zahler. Sus dos películas anteriores, Bone TomahawkBrawl in Cell Block 99 se habían proyectado en la Muestra con gran éxito de público, por lo que su tercer largo como director no podía faltar en la programación de este año. Para su nuevo trabajo ha vuelto a contar con Vince Vaughn, que esta vez está acompañado nada más y nada menos que de Mel Gibson, con el que lidera un gran reparto. Dragged Across Concrete (qué gran título) es un thriller policíaco sórdido y ultraviolento en la tradición de Zahler, que sigue insistiendo en hacer un tipo de cine que recuerda inevitablemente al de Tarantino. Con leves pero constantes pinceladas de humor y dos horas y media de duración, el director casa el exceso de sus imágenes con una narración y una realización muy calculadas que, afortunadamente, no aburre a pesar de su metraje gracias a su buen pulso. Lo malo es que en su tercera película ya se le empiezan a ver las costuras. Zahler peca de pretencioso, repite esquemas y su discurso atufa a rancio, con personajes femeninos que son el paradigma del sexismo en el cine y Gibson interpretando a un personaje a su medida: un poli corrupto anticuado, racista, machista y homófobo. Dragged Across Concrete es de esas películas que te hace simpatizar tanto con ese tipo de personajes que te acabas preguntando si es solo el personaje o la película también defiende esas ideas tan primitivas.

Nación Salvaje (Sam Levinson, 2018)

Y tras la saturación machirula de Dragged Across Concrete llegaba un film diametralmente opuesto, Assassination Nation, incendiaria sátira feminista sobre cuatro chicas adolescentes que se convierten en el blanco de la ira de su instituto y una pequeña comunidad idílicamente suburbana que ha sido víctima de un escandaloso hackeo masivo. Una reflexión hiperbólica pero afiladísima sobre el papel de Internet en nuestras vidas, el linchamiento social, la hipocresía y la doble moral, y el juicio de una comunidad conservadora ante la liberación de la mujer y la expresión de su sexualidad (es de todo menos casual que transcurra en Salem). Es decir, una historia completamente actual y oportuna que se propone provocar y lo consigue. Es como si Sofia Coppola, David Robert Mitchell y Harmony Korine se hubieran unido para hacer una película. Moderna, pop, autoconsciente, violenta, visual y estéticamente gloriosa, y con una recta final demencial, Assassination Nation es una de esas propuestas radicales que dividen fuertemente a la audiencia. Los varios egos masculinos que salieron heridos de la proyección demostraron que la película logra su propósito de remover conciencias e incomodar a aquellos que se sienten amenazados por el feminismo y el poder de la mujer.

Escape Room (Adam Robitel, 2019) – Clausura

La Muestra SYFY concluía el domingo con Escape Room, película de clausura que esta semana llega a las salas comerciales de toda España. Adam Robitel (The Taking of Deborah LoganInsidious. La última llave) dirige la nueva vuelta de tuerca de las sagas de terror juvenil que ya se ha convertido en todo un éxito en Estados Unidos. Escape Room es como una fusión entre Cube, Saw La cabaña en el bosque, un juego retorcido en el que seis desconocidos se enfrentan a una escape room de la que deberán salir con vida usando su ingenio. Aunque no es original y requiere suspender la incredulidad considerablemente, es una película muy efectiva en lo que se propone, además de tremendamente entretenida. Destaca por su creatividad a la hora de diseñar los puzles y por lo bien que maneja la tensión. Una nota positiva para terminar la Muestra y dejarnos con ganas de más el año que viene.

High Life: Interior de una nave espacial a la deriva

En el espacio hay un astronauta solo flotando. Aquí en la Tierra, la señal que manda se va apagando. En los albores del fin del mundo, Claire Denis (Una mujer en África) decide enviar a Robert Pattinson (Cosmopolis) al espacio exterior en misión suicida para salvar el futuro de la humanidad. ¡Que no cunda el pánico! Denis no ha dado el salto al blockbuster sci-fi tradicional hollywoodiense, ni mucho menos el otrora Edward Cullen ha roto su intachable expediente cinematográfico post-Crepúsculo. High Life es todo lo marciana que puedes esperar de una cinta de la realizadora francesa ambientada en las estrellas.

Ante la posibilidad de pasar el resto de tu existencia enterrado de por vida entre los muros de una prisión, el ofrecimiento de un viaje por las galaxias es una propuesta que difícilmente rechazable. High Life recoge la accidentada travesía de uno de esos grupos de delincuentes que aceptan conmutar su condena vitalicia en suelo terrestre por una muerte infinita en el vacío. Algunos lo hacen por limpiar el nombre de su familia, otros por simple inercia y unos cuantos porque simplemente son unos puros psicópatas sin nada mejor que hacer. Su objetivo principal es llegar hasta un inmenso agujero negro e intentar descubrir nuevas formas de energía que salven a la humanidad del gran apagón energético final. A su vez, estos ‘héroes’ son utilizados como cobayas para una serie de experimentos de inseminación artificial de la mano de una inquietante doctora (Juliette Binoche, que ya trabajó con Denis en Un sol interior), a la que el juramento hipocrático le chupa un pie.

La distopía presentada en High Life arrasa de una vez por todas con el vacuo halo esperanzador de las últimas cintas de ciencia ficción que han tratado la posibilidad de la extinción de la raza humana en estos años como fueron Interstellar o Marte. En la nave de Monte (Pattinson) y compañía, no hay lugar para ningún deus ex machina que valga. Denis expone a sus personajes ante la mirada del abismo y estos se la devuelven con desdén como buenos millennials que son. Ellos saben que nada es para siempre y que da igual. Millones de recuerdos se borrarán, cientos de sueños se perderán. Nada tiene mucho sentido cuando viajas a la velocidad de la luz y tu raza se puede haber extinguido años ha. Es esa desesperanzadora forma de comportarse (tan buen reflejo de nuestro zeitgeist) lo que hace que esta aventura espacial pueda compartir línea temporal con otros hechos cinematográficos como las expediciones científicas al Área X de Aniquilación de Alex Garland, al de las temibles epidemias de Mala sangre de Léos Carax o Hijos de los hombres de Alfonso Cuarón, o incluso al de la polémica ley S-14 de Mommy de Xavier Dolan.

Una vez más, Robert Pattinson vuelve a demostrar con creces su valía interpretativa, si es que todavía quedaban bocas por callar tras sus trabajos con David Cronenberg (Maps to the Stars y en la citada Cosmopolis, donde compartía plano con Binoche), James Gray (Z. La ciudad perdida) o los hermanos Safdie (Good Time). Él es Monte, uno de los miembros más equilibrados de la tripulación, una suerte de monje de la generación Y, más preocupado en el cultivo de su huerta y en el buen funcionamiento de la máquina que en sus propios semejantes. Una situación que cambia radicalmente con la llegada de un nuevo pasajero. Esta nueva realidad le hará replantearse su existencia, negar el infinito e intentar mantener las cosas como están. Cueste lo que cueste. Aunque Monte mantenga una postura pasota, cuasi virginal ante el ambiente de represión sexual que atenaza a sus compañeros y compañeras de nave, la carga erótica de su personaje es completamente insostenible. Tanto que como espectador hubiese hecho buen uso del folladero de la nave con sumo gusto en numerosas escenas del film. Ese fuck room es la joya escondida de High Life. Una misteriosa habitación donde los pasajeros dan rienda suelta a su onanismo sin ningún tipo de cortapisas. Es en ese orgasmatrón evolucionado donde ocurre una de las mejores escenas de la película, en la que una muy vaquera Juliette Binoche canaliza su Pagan Poetry interior.

High Life es un sesudo discernimiento sobre el devenir del ser humano, tanto presente como futuro, con una altísima carga poética y erótica. Para esta su primera odisea espacial, Claire Denis decide huir del realismo aséptico del Stanley Kubrick de 2001: una odisea del espacio y abraza de lleno la poesía del Solaris de Andréi Tarkovsky. La filosofía del maestro ruso es el máximo referente de la francesa tanto para sus increíbles diseños del interior de la nave, los trajes de los astronautas y el arrojo de cambiar las leyes naturales del espacio para así lograr escenas extremadamente bellas.

David Lastra

Nota: ★★★★½

Crítica: Life (Vida)

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El ser humano siempre ha mirado hacia las estrellas, y el cine se ha encargado de reflejar esta obsesión por el cosmos una y otra vez. En los últimos años, con la carrera hacia Marte en la agenda de la NASA, Hollywood se ha volcado especialmente en la exploración del espacio y la búsqueda de vida en otros planetas desde diversos ángulos y géneros. InterstellarGravity, MarteLa llegadaPassengersFiguras ocultas… A esta corriente reciente de películas de temática espacial se suma Life (Vida), thriller de ciencia ficción dirigido por Daniel Espinosa (responsable de la inerte El niño 44) y protagonizado por Jake Gyllenhaal, Rebecca Ferguson y Ryan Reynolds.

Life transcurre íntegramente en la órbita terrestre, a bordo de una Estación Espacial Internacional habitada por seis tripulantes que están llevando a cabo una de las misiones más importantes de la historia, el análisis de la primera prueba de vida extraterrestre en Marte. El equipo comienza a conducir sus investigaciones con la muestra biológica, un organismo unicelular bautizado como Calvin, que responde a las pruebas evolucionando a un ritmo asombroso. Al principio, la fascinante estructura y el comportamiento instintivo de esta forma de vida despierta la admiración de los tripulantes, pero pronto demostrará ser mucho más inteligente de lo que esperaban, y en consecuencia, mucho más peligroso. Cuando Calvin se desarrolla y ataca a los tripulantes para subsistir en un ambiente hostil, lo que ha empezado como una histórica misión científica deviene en una pesadilla de la que los astronautas intentarán escapar, mientras hacen lo posible por que la letal criatura no llegue a la Tierra.

Efectivamente, Life es justo lo que parece, una fusión entre Alien Gravity. Espinosa la concibe desde el thriller y el terror, narrándola como si esta fuera por momentos un slasher en el que un monstruo asesino se encarga de dar muerte a sus víctimas, una a una y de las formas más variopintas y retorcidas. Pero también se trata de una aventura espacial de supervivencia, en la que la acción y la estrategia cobran una gran importancia. La película se apoya continuamente en el clásico de Ridley Scott y su tramo final transcurre de manera similar al de la cinta protagonizada por Sandra Bullock, por lo que la sensación de déjà vu es inevitable. Es decir, lo peor de Life es su absoluta falta de originalidad.

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Tampoco se puede decir que la película sobresalga en materia de guion. Aunque logra mantener el interés en todo momento, la historia se ve perjudicada por una gran cantidad de agujeros narrativos, situaciones inverosímiles y puntos cruciales de la trama dejados al azar y la coincidencia (el film no sabe salir de las encrucijadas que se presentan a cada momento sin echar mano del deus ex machina). Para tratarse de los científicos y especialistas más destacados del mundo, esta tripulación no siempre brilla por su inteligencia. Claro que ahí está parte de la gracia, en ver cómo la criatura desafía a los que creían tener la ventaja estratégica y los pone en situaciones límite. En lo que sí se esfuerza la película es en dotar a estos personajes de emociones y personalidades definidas, a través de diálogos que, si bien pueden pecar de tópicos y cursis, contribuyen a que estos sean algo más que carne de cebo para el monstruo.

En este sentido hay que elogiar la elección del elenco mezcla de nacionalidades, y en concreto la labor de los secundarios, Hiroyuki Sanada, Olga Dihovichnaya y Ariyon Bakare, por encima incluso de sus estrellas principales. Y es que sobre todo los dos protagonistas masculinos parecen moverse por inercia en todo momento. Gyllenhaal está como adormecido, ausente, y Reynolds sigue explotando la personalidad bromista que ha adoptado gracias a Deadpool, quizá demasiado, con su presencia reducida casi a la mera anécdota. Es Ferguson la que acaba llevando las riendas del film desde todos los frentes.

Jake Gyllenhaal;Rebecca Ferguson

Ahora bien, aunque todo esto suene mal, lo cierto es que Life está lejos de ser un desastre. Al contrario. Afortunadamente, sabe compensar sus carencias con grandes dosis de acción claustrofóbica y sobresaltos, proponiendo una atractiva experiencia inmersiva (podemos sentir la gravedad cero junto a los personajes), manejando la tensión con pulso ejemplar y exprimiendo bien su premisa para garantizar 100 minutos sin aburrimiento. La falta de originalidad y consistencia narrativa acaba pesando menos gracias a su sentido del ritmo y el suspense, así como a unos excelentes efectos visuales, sobre todo en lo que se refiere al entorno de la estación espacial y la anatomía de Calvin, un ser digital de diseño muy llamativo, tan elegante como amenazante. Es decir, Life no aporta nada al género espacial, pero como entretenimiento es más que eficiente, y como espectáculo da la talla con creces. Además, cuenta con uno de esos finales que dejan con la boca abierta y despiden la película por todo lo alto (en este caso no literalmente).

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Ghost in the Shell – El alma de la máquina


La animación japonesa, y concretamente el anime de ciencia ficción, vivió una auténtica época de esplendor desde finales de los 80 hasta el cambio de siglo, con el auge y consagración de autores cinematográficos de renombre como Katsuhiro Ôtomo, Rintaro, Satoshi Kon o Mamoru Oshii. A este último pertenece una de las cintas japonesas de culto más veneradas de los 90, Ghost in the Shell, basada en el no menos aclamado manga escrito e ilustrado por Masamune Shirow. Más de veinte años después del estreno del anime, se ha llevado a cabo una nueva adaptación en acción real con la que el universo futurista creado por Shirow cobra nueva vida en una gran superproducción hollywoodiense.

Sostiene las riendas del remake Rupert Sanders (Blancanieves y la leyenda del cazador), que dirige un espectáculo de acción e intriga protagonizado por Scarlett Johansson y un reparto internacional en el que figuran Juliette Binoche y Takeshi Kitano. La famosa actriz se pone en la piel (sintética) de Mayor, un híbrido cyborg y humano único en su especie. No sabemos si de manera intencionada o no, Johansson continúa interpretando personajes que desafían o se cuestionan su propia condición humana (LucyHerUnder the Skin), estableciendo así un discurso sobre su propia imagen (distante, idealizada y a menudo deshumanizada) como estrella de Hollywood.

Pero a lo que íbamos, Mayor es un ser sintético cuya avanzada cáscara artificial alberga el espíritu y la mente de una persona real. Esta está al cargo de un grupo de élite llamado Sección 9, junto al que se encarga de detener a los criminales más peligrosos de la ciudad. Tras un año llevando a cabo operaciones con éxito, Mayor se encuentra con un amenazante enemigo decidido a acabar con los avances de Hanka Robotic, la compañía que le dio su nueva vida cuando su anterior cuerpo ya no podía mantenerla. En su búsqueda de este misterioso adversario, Mayor empezará a recordar su pasado, lo que le llevará a enfrentarse a la horrible verdad sobre su creación.

La influencia de Blade Runner en las anteriores versiones de Ghost in the Shell es indudable, pero en la película de Sanders se hace incluso más evidente, con numerosos planos aéreos de la urbe futurista dominada por gigantes hologramas publicitarios, que nos transportan directamente al clásico de Ridley Scott. Y como Blade Runner, y todas las historias sobre robots e inteligencia artificial, Ghost in the Shell explora los claroscuros morales de la creación sintética, los peligros del avance tecnológico, la esclavitud de y a la máquina, y por encima de todo, lo que nos hace humanos -no nuestro pasado, ni el material del que esté hecha nuestra piel, sino nuestros actos, lo que diferencia a los héroes (sintéticos) de los villanos (de carne y hueso) de la película. Ideas que se condensan en la figura de Mayor y su lucha interior, personificada a la perfección por Johansson. La actriz manifiesta la presencia y fortaleza de las mejores heroínas de acción, la fría precisión de un arma letal como Mayor, así como la vulnerabilidad y confusión necesarias para dar vida a alguien que desconfía constantemente de aquellos a su alrededor y duda tanto de la realidad como de sí misma.

Ante todo, Ghost in the Shell es una maravilla técnica y visual. Ya desde su prólogo (que precisamente remite a la mencionada Under the Skin), muy bien acompañado de la música de Clint Mansell y Lorne Balfe, queda claro que estamos a punto de asistir a una exhibición portentosa. Y eso es justo lo que recibimos: imágenes de gran belleza y plasticidad, asombrosos efectos digitales de última generación, brutales secuencias de acción y acrobáticos combates cuerpo a cuerpo, una puesta en escena elegante y sofisticada que acentúa la estética japonesa y una atmósfera envolvente que transmite la melancolía y la oscuridad del futuro distópico que el film representa. Claro que, aunque pueda parecerlo, Ghost in the Shell no es solo una cáscara reluciente. Debajo hay un cerebro inteligente y un alma que evitan que la película se estanque en el mero alarde digital.

A esto contribuye el hecho de que la historia se haya hecho más accesible. Se ha criticado mucho la elección de Johansson como Mayor, en lugar de una actriz asiática, cuando en realidad la mayor occidentalización que se lleva a cabo en la película es narrativa, con un guion simplificado y más comprensible (reconozcamos que el anime puede ser bastante denso). En cuanto a la polémica del supuesto whitewashing, es perfectamente lógico que haya críticas por la falta de representación y oportunidades, pero precisamente en el contexto de Ghost in the Shell, el hecho de que Mayor sea un modelo basado en una mujer no oriental (al igual que en el manga y el anime) resulta coherente con el discurso (posible spoiler: ella es el producto de una corporación malvada liderada por un científico blanco que busca crear al humano perfecto, a sus ojos occidental, aunque esto suponga borrar su origen asiático. Una alegoría, seguramente involuntaria, de la supremacía blanca. Fin del spoiler). Controversias aparte, la película maneja acertadamente los dilemas éticos de la historia, empleándolos para reflexionar sobre la deshumanización de un futuro “artificial” en el que el hombre (blanco) juega a ser Dios y los individuos se preguntan hasta qué punto son reales. En este sentido poco se le puede reprochar.

Ghost in the Shell funciona mejor cuanto menos se compare con su referente (o cuanto más lejos quede una de otra en la experiencia del espectador). Aunque la nueva versión se mantiene fiel y respetuosa en esencia, recreando escenas clave, reproduciendo meticulosamente su ambientación (los edificios superpoblados, el entorno cibernético, los artilugios) y conservando sus cuestiones filosóficas (la búsqueda del yo, la existencia del espíritu, lo que nos convierte en personas), también se construye de forma autónoma, efectuando cambios sustanciales (entre ellos el origen de Mayor) para adaptarla al lenguaje del blockbuster de acción moderno.

Sin embargo, que la historia se haya “traducido” para un público más amplio no quiere decir que se hayan borrado todas sus señas de identidad o sus consideraciones metafísicas, las mismas que la conectan a otros relatos distópicos sobre inteligencia artificial. Aunque se haya perdido complejidad en la traducción, esta relectura ha ganado en claridad y profundidad emocional, gracias sobre todo al alma que aporta su actriz protagonista. Ghost in the Shell podría haber sido un desastre, pero nada más lejos de la realidad. Se trata de una película estimulante, enigmática y visualmente alucinante que sabe aprovechar las posibilidades de la ciencia ficción como espectáculo cinematográfico.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

La llegada (Arrival): Poesía, cine y lenguaje

El canadiense Denis Villeneuve se ha convertido por méritos propios y en poco tiempo en uno de los realizadores más destacados y de mayor proyección en Hollywood. Tras las aclamadas (en grados diferentes) Incendies, Prisioneros Enemy, el director se consolidó como un valor seguro con Sicario. En su futuro inmediato como realizador se encuentran la secuela de Blade Runner y el remake de Dune, ahí es nada. Pero antes de embarcarse en estos proyectos titánicos, Villeneuve sorprendió al mundo con La llegada (Arrival), una de las películas más aclamadas y analizadas de 2016. Este trabajo logró una hazaña que no consiguen muchas cintas de ciencia ficción, ser nominada al Oscar (a 8 en total, entre ellos mejor película, aunque se tuvo que conformar con tan solo una estatuilla), y confirmó el talento imparable y prolífico de Villeneuve, un cineasta tremendamente personal que está sabiendo aunar su sensibilidad idiosincrásica con un tipo de cine más accesible. La llegada es una de esas películas de ciencia ficción que llegan cada ciertos años para demostrar que este puede ser uno de los géneros más estimulantes y reveladores, un trabajo excelente en todos los aspectos que se presta como pocos al debate, y que supone una experiencia cinematográfica imprescindible.

La llegada aborda un tema muy familiar en la ciencia ficción, la visita de una raza alienígena a la Tierra y lo que esto supone a nivel estratégico, político y humano. Mientras el cine suele contar este tipo de historias apoyándose en la acción y el espectáculo del blockbuster, Villeneuve se aproxima al tema desde una perspectiva menos frecuente en Hollywood, la del sci-fi cerebral y el drama introspectivo y poético, más interesado en el realismo y la reflexión que se pueda extraer de la historia que en los rayos láser o los edificios saltando por los aires. En La llegada, doce misteriosas naves aterrizan a lo largo y ancho del mundo y permanecen estáticas, mientras la Tierra se pregunta para qué están ahí y a qué están esperando. La particularidad más destacable de La llegada en relación al resto de cintas que tocan el mismo tema es que esta arroja en el centro del conflicto a una experta lingüista, Louise Banks (Amy Adams), encargada de investigar junto al físico teórico Ian Donnelly (Jeremy Renner) las intenciones de los visitantes a la Tierra.

De esta manera, Villeneuve se centra especialmente en desarrollar, a contrarreloj pero con paciencia, el diálogo entre especies, mientras construye en segundo plano un trasfondo sociopolítico (percibido sobre todo a través de las noticias, mientras apenas nos separamos de Louise) en el que la especie humana se encuentra al borde de una nueva guerra mundialLa llegada gira en torno a la mediación entre humanos y extraterrestres que determinará si la Tierra acabará sumida en una devastadora contienda en la que claramente no posee la superioridad estratégica, mostrándonos brillantemente la enorme fragilidad que conlleva el intento de arbitraje con una especie desconocida. Louise es la elegida para contactar con los extraterrestres dentro de una de las naves, claustrofóbico y aturdidor espacio diplomático donde se desarrolla una fascinante relación en la que, con la ayuda de Ian, la lingüista tratará de descifrar la compleja lengua de los alienígenas mientras les enseña su propio idioma.

Claramente, La llegada es un relato sobre la comunicación, a pequeña y gran escala, sobre la importancia del diálogo y el esfuerzo por llegar al entendimiento para evitar un mal mayor. Es sin duda una situación fácilmente extrapolable a nuestra realidad, a este mundo en el que los malentendidos o las negativas a emprender una conversación resultan en problemas que se podrían evitar usando únicamente el poder de las palabras. O al menos intentándolo. La llegada entiende y explica el lenguaje (y concretamente la lengua inglesa) como el código a través del cual vivimos y compartimos experiencias, el vehículo sobre el que percibimos y entendemos el mundo a nuestro alrededor. Llegar a un punto en común, es decir, traducir correctamente esa experiencia, decidirá el destino desde una pequeña interacción social hasta un conflicto de proporciones intergalácticas. Es decir, “la lengua puede ser un arma o una herramienta”, y La llegada nos habla de cómo usarla para que sea lo segundo.

Y además lo hace sin excederse en las sobre-explicaciones y sin subestimar al espectador, trazando un relato inteligente, sobrecogedor y delicadamente construido para facilitar la inmersión en la experiencia que propone y vivirla en continua tensión; un puzle abstracto “sin principio ni final”, tan sencillo como complejo, en el que Villeneuve estructura la narración de forma que esta refleje su discurso, así como las potentes revelaciones que dan forma al magnífico personaje de Amy Adams y nos conducen hacia su sorprendente desenlace. Todo en La llegada, empezando por su protagonista (Adams está inconmensurable, aunque la Academia no se lo quisiera reconocer) y continuando con su envolvente atmósfera, la acertada intensidad y afectación de su narración, la elegante puesta en escena o la sublime música de Jóhann Jóhannsson (más una preciosa pieza de Max Richter), dan lugar a una obra cinematográfica superlativa, un trabajo bellísimo, profundamente magnético y emocionalmente desbordante que ha llegado para quedarse entre nosotros.

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La llegada 
(Arrival) ya está a la venta en Blu-ray, 4K Ultra-HD y DVD. Además de las ediciones sencillas, Sony Pictures Video ha puesto a la venta una edición Blu-ray en caja metálica para coleccionistas. El Blu-ray presenta una calidad de imagen sobresaliente con que hace justicia a la cuidada presentación de Villeneuve (esta es una de esas películas que se deben experimentar en cine, pero la edición doméstica no desmerece), y viene cargado de contenidos adicionales, también en alta definición, seleccionados para profundizar más en la historia, y sobre todo para desgranar el fascinante proceso de creación de la película, con documentales y featurettes que subrayan la importancia de los distintos aspectos técnicos del film a la hora de dar forma a la filigrana de su argumento: Xenolingüística: entender La llegada; Recurrencia eterna: la banda sonora; Firmas acústicas: el diseño de sonido; Pensamiento no lineal: el proceso de montaje; Principios del tiempo, la memoria y el lenguaje.

Pedro J. García

Nota: ★★★★★

Crítica: Passengers

Por separado, el poder de Jennifer Lawrence y Chris Pratt es imparable. Imaginaos lo que pueden hacer juntos. O mejor no os lo imaginéis, porque ya podéis comprobarlo con vuestros propios ojos. Morten Tyldum (The Imitation Game) reúne a dos de las mayores estrellas del Hollywood actual (¿quizá las mayores?) en Passengers, una odisea de ciencia ficción hecha a medida para los dos rubísimos y guapísimos actores, que se aguantan sobre sus tersos y tonificados hombros casi la totalidad de la película. Passengers es un carísimo vehículo de lucimiento para Lawrence y Pratt, y no se oculta en ningún momento. Pero hay mucho más. Despierten y vean.

Jim Preston (Pratt) y Aurora Lane (Lawrence), un brillante mecánico y una periodista en busca de nuevos retos, son dos de los pasajeros a bordo de la Avalon, una nave espacial que se dirige hacia otro planeta para iniciar una colonia humana. Los 5.000 pasajeros que viajan en ella se encuentran en estado de criogenización, en cápsulas programadas para despertarlos cuando la nave llegue a su destino, después de 124 años de trayecto. Sin embargo, el viaje toma un giro inesperado cuando las cápsulas de hibernación fallan misteriosamente y Jim y Aurora despiertan 90 años antes de tiempo. Con la única compañía de un barman androide (Michael Sheen) llamado Arthur, ambos intentarán averiguar el motivo que se esconde tras el fallo y arreglarlo para reanudar su hibernación y poder sobrevivir. Sin embargo, la situación se complica y los dos se enfrentan a la posibilidad de tener que vivir el resto de sus existencias solos en el espacio. Por supuesto, el roce (y la soledad) hace el cariño, y la innegable atracción que hay entre ambos resulta en un romance de proporciones intergalácticas.

Sin embargo, un oscuro secreto amenaza con salir a la luz y truncar la relación de Jim y Aurora. Y ahí está el quid de la cuestión. Passengers esconde algo que no se ha mostrado en ninguna promoción y que se mantiene en secreto para conservar el factor sorpresa (o para evitar el posible rechazo de los espectadores). Por eso es recomendable subirse a bordo de la Avalon sin tener demasiada información sobre lo que allí va a ocurrir. Ese punto de inflexión cambia nuestra percepción de la historia y los protagonistas por completo, y transforma el tono simpático y romántico del film en algo más escabroso de lo que anticipábamos. Una decisión creativa que puede resultar controvertida (y que generará muchas críticas), pero en la que no nos podemos detener, primero para evitar los spoilers, y segundo porque Passengers es mucho más que ese gimmick narrativo.

Ante todo, Passengers es una película divertida, y sobre todo un regalo para los ojos. Ya hemos dejado claro que, los que disfruten con simplemente mirar a Lawrence y/o Pratt, tienen aquí todo lo que siempre soñaron, ya que la cámara se recrea constantemente en sus estupendos físicos. Gracias al impresionante fondo de armario de la Avalon, los actores se lucen a base de bien (y ojo, que también hay desnudos, como anunció Pratt durante la promoción: “Venid por mi culo, quedaos por la historia”), pero este no es el único reclamo de la película. El magnífico diseño de producción y los excelentes efectos digitales convierten Passengers en un espectáculo de ciencia ficción de factura impecable que recoge su inspiración sofisticada y minimalista de películas del género como 2001: Una odisea del espacioMoon, incluso WALL-E, además de hacer algún que otro guiño a El resplandor (las conversaciones de Jim con Arthur recuerdan a las escenas de Jack Torrance en el bar de la película de Kubrick). Es decir, Passengers es una gozada en el aspecto técnico y visual.

Pero además, la película propone algo distinto a lo que estamos acostumbrados dentro de la ciencia ficción y las superproducciones de Hollywood, con una historia que es en esencia una comedia romántica ambientada en el lugar más imposible, un escenario poco frecuente y lleno de posibilidades. Es más, aunque sus protagonistas ya no sean adolescentes (Lawrence tiene 26 años y Pratt 37), Passengers puede ser considerada una película young adult, incluso un cuento de hadas futurista (obviamente, el nombre de Aurora, la Bella Durmiente, no está escogido al azar, aunque en realidad tiene mucho más que ver con La Bella y la Bestia). Es cierto que puede pecar de simplona y que su guion no es precisamente ninguna filigrana (más sobre este tema después), pero por fin nos llega un blockbuster original. Como hemos dicho, está claro que la película bebe de muchos otros títulos sci-fi y su premisa (un humano despierta solo en el mundo/la supervivencia de la humanidad depende de una persona) se ha hecho muchas veces, pero aun recordando a muchas cosas a la vez logra tener su propia personalidad, y además, está el refrescante añadido de no estar ante una revisión, secuela o refrito. No lo es todo, por supuesto, pero es un aliciente importante.

Sin embargo, Passengers no consigue aguantar el tipo hasta el final, por culpa de una historia muy cogida con pinzas. La primera mitad de la película funciona mucho mejor que la segunda. En ella, Pratt insiste en hacer el mismo personaje de siempre (ese canalla simpático con un punto infantil, con showdown musical a lo Starlord incluido), pero también da señas de estar evolucionando como actor (destaca en las escenas dramáticas) y se consolida como un protagonista infalible, protagonizando su propia mini-Náufrago (o mini-Marte), y demostrando que se vale él solito para mantenernos enganchados a la historia. Gracias a él, Passengers funciona perfectamente como comedia durante su primer acto, donde Pratt despliega todo su arsenal para hacernos reír y conectar con su personaje. En el segundo, el film vira hacia el romance puro y se beneficia de la enorme química que hay entre los dos protagonistas. Las chispas saltan desde la pantalla cuando Pratt y Lawrence están juntos. Cabía la posibilidad de que el carisma similar de estos actores se anulara mutuamente, pero nada más lejos de la realidad, hacen una pareja perfecta. Su historia de amor, aunque edulcorada y moralmente problemática, convierte Passengers en algo muy sexy y magnético.

Pero como decía, todo se tuerce durante la recta final. El clímax da énfasis a la acción, dejando sin explorar debidamente las consecuencias de los actos de sus personajes, y resolviendo su historia de forma torpe y precipitada. No solo eso, sino que a medida que la película se acerca a su desenlace, quedan al descubierto cada vez más agujeros narrativos que no se consiguen tapar (quizá no os extrañe que el guionista de Passengers, Jon Spaihts, co-escribiera Prometheus) y la intensidad de las escenas de acción desata lo peor de Lawrence, cuya interpretación se vuelve de repente excesivamente histriónica y sobreactuada (como en Los Juegos del Hambre, solo que aquí está más fuera de lugar). En definitiva, no se aprovechan todas las posibilidades de la historia, recurriendo a la acción por la acción sin molestarse en desanudar debidamente el argumento, con un final confuso y lleno de deus ex machina que anula las posibilidades de profundizar de verdad en los temas que trata la película.

Después de todo, Passengers resulta ser mucho más tonta de lo que creíamos. Pero se le puede perdonar porque también es irresistible, y porque hasta que se pierde en su tercer acto, juega muy bien sus cartas. A pesar de sus defectos, hay mucho que disfrutar en ella. Sus atractivos protagonistas, su sentido del humor, su imponente factura visual e imaginativas secuencias de acción, su naturaleza pop (ese guiño a Dirty Dancing es toda una declaración de intenciones, un indicio de que la película está hecha para formar parte del mainstream en el que reinan Pratt y Lawrence), sin olvidar la fantástica banda sonora de Thomas Newman, hacen de Passengers un espectáculo cinematográfico muy efectivo, casi un placer culpable. Tanto énfasis en lo de “placer” como en lo de “culpable”.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: La llegada (Arrival)

El canadiense Denis Villeneuve se ha convertido por méritos propios y en poco tiempo en uno de los realizadores más destacados y de mayor proyección en Hollywood. Tras las aclamadas (en grados diferentes) Incendies, Prisioneros Enemy, el director se consolidó como un valor seguro con Sicario. Su nueva película, La llegada (Arrival), confirma el talento imparable y prolífico de Villeneuve, un cineasta tremendamente personal que está sabiendo aunar su sensibilidad idiosincrásica con un tipo de cine más accesible. La llegada es una de esas películas de ciencia ficción que llegan cada ciertos años para demostrar que este puede ser uno de los géneros más estimulantes y reveladores, un trabajo excelente en todos los aspectos que se presta como pocos al debate, y que supone una experiencia cinematográfica imprescindible.

La llegada aborda un tema muy familiar en la ciencia ficción, la visita de una raza alienígena a la Tierra y lo que esto supone a nivel estratégico, político y humano. Mientras el cine suele contar este tipo de historias apoyándose en la acción y el espectáculo del blockbuster, Villeneuve se aproxima al tema desde una perspectiva menos frecuente en Hollywood, la del sci-fi cerebral y el drama introspectivo, más interesado en el realismo y la reflexión que se pueda extraer de la historia que en los rayos láser o los edificios saltando por los aires. En La llegada, doce misteriosas naves aterrizan a lo largo y ancho del mundo y permanecen estáticas, mientras la Tierra se pregunta para qué están ahí y a qué están esperando. La particularidad más destacable de La llegada en relación al resto de cintas que tocan el mismo tema es que esta arroja en el centro del conflicto a una experta lingüista, Louise Banks (Amy Adams), encargada de investigar junto al físico teórico Ian Donnelly (Jeremy Renner) las intenciones de los visitantes a la Tierra.

De esta manera, Villeneuve se centra especialmente en desarrollar, a contrarreloj pero con paciencia, el diálogo entre especies, mientras construye en segundo plano un trasfondo sociopolítico (percibido sobre todo a través de las noticias, mientras apenas nos separamos de Louise) en el que la especie humana se encuentra al borde de una nueva guerra mundialLa llegada gira en torno a la mediación entre humanos y extraterrestres que determinará si la Tierra acabará sumida en una devastadora contienda en la que claramente no posee la superioridad estratégica, mostrándonos brillantemente la enorme fragilidad que conlleva el intento de arbitraje con una especie desconocida. Louise es la elegida para contactar con los extraterrestres dentro de una de las naves, claustrofóbico y aturdidor espacio diplomático donde se desarrolla una fascinante relación en la que, con la ayuda de Ian, la lingüista tratará de descifrar la compleja lengua de los alienígenas mientras les enseña su propio idioma.

Claramente, La llegada es un relato sobre la comunicación, a pequeña y gran escala, sobre la importancia del diálogo y el esfuerzo por llegar al entendimiento para evitar un mal mayor. Es sin duda una situación fácilmente extrapolable a nuestra realidad, a este mundo en el que los malentendidos o las negativas a emprender una conversación resultan en problemas que se podrían evitar usando únicamente el poder de las palabras. O al menos intentándolo. La llegada entiende y explica el lenguaje (y concretamente la lengua inglesa) como el código a través del cual vivimos y compartimos experiencias, el vehículo sobre el que percibimos y entendemos el mundo a nuestro alrededor. Llegar a un punto en común, es decir, traducir correctamente esa experiencia, decidirá el destino desde una pequeña interacción social hasta un conflicto de proporciones intergalácticas. Es decir, “la lengua puede ser un arma o una herramienta”, y La llegada nos habla de cómo usarla para que sea lo segundo.

Y además lo hace sin excederse en las sobre-explicaciones y sin subestimar al espectador, trazando un relato inteligente, sobrecogedor y delicadamente construido para facilitar la inmersión en la experiencia que propone y vivirla en continua tensión; un puzle abstracto “sin principio ni final”, tan sencillo como complejo, en el que Villeneuve estructura la narración de forma que esta refleje su discurso y las potentes revelaciones que dan forma al magnífico personaje de Amy Adams. Todo en La llegada, empezando por su protagonista (Adams está inconmensurable) y continuando con su envolvente atmósfera, la acertada intensidad y afectación de su narración, la elegante puesta en escena o la sublime música de Jóhann Jóhannsson (más una preciosa pieza de Max Richter), dan lugar a una obra cinematográfica superlativa, un trabajo bellísimo, profundamente magnético y emocionalmente desbordante que ha llegado para quedarse entre nosotros.

Pedro J. García

Nota: ★★★★★

Westworld: “No hemos reparado en gastos”

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[Esta entrada contiene spoilers del primer episodio de Westworld]

Lo habéis leído en millones de titulares, tweets y comentarios en los últimos meses. Westworld es la próxima Juego de Tronos. Obviamente son cosas del marketing, una estrategia para generar hype que puede funcionar o salir mal (de momento la audiencia del piloto ha sido una de las mejores de los últimos años para HBO). Quizá la serie llegue a hacer por la ciencia ficción lo que Juego de Tronos ha hecho por la fantasía, pero no adelantemos acontecimientos, dejemos que Westworld sea por ahora Westworld.

¿Y qué es Westworld? Pues entre otras cosas, se trata de una de las series más caras de HBO (100 millones de presupuesto para los diez primeros episodios, de los que se rumorea que 25 han sido para el piloto), uno de esos espectáculos televisivos por los que la Home Box Office es conocida. La serie está creada por Jonathan Nolan y Lisa Joy Nolan, con el incombustible y omnipresente J.J. Abrams en la producción ejecutiva, y se basa en la película de 1973 Westworld, almas de metal, escrita y dirigida por el autor Michael Crichton. Cuenta con un reparto estelar formado entre otros por James Marsden, Rachel Evan Wood, Jeffrey Wright, Thandie Newton, Luke Hemsworth, Ingrid Bolsø Berdal, Ben Barnes, Rodrigo Santoro, Ed Harris y Anthony Hopkins (total ná).

La historia transcurre en un parque temático (idea que Crichton recuperaría casi 20 años después en Parque Jurásico) orientado a visitantes con gran poder adquisitivo que ofrece una experiencia inmersiva en el viejo oeste. “Westworld” está poblado por androides sintéticos hiperrealistas conocidos como “Hosts”, que se encargan de interactuar con los visitantes (“Newcomers”) mientras “existen” en un bucle temporal en el que se repite una y otra vez la misma historia, con espacio para pequeñas improvisaciones por parte de los robots. Sin embargo, los Hosts empiezan a mostrar un comportamiento errático, síntomas de autoconsciencia y voluntad propia que contradicen los parámetros escritos en su código digital por los expertos programadores del parque.

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Aunque tiene un ritmo algo irregular y es decididamente confuso, el piloto de Westworld funciona muy bien como carta de presentación. Afortunadamente, estamos ante una serie de HBO, lo que quiere decir que no se va a intentar condensar una temporada entera en un solo episodio, sino que se va a desarrollar con paciencia y visión a largo plazo (o eso esperamos). “The Original”, que es como se titula el piloto, es eso, un comienzo, un planteamiento que dispone los elementos, los jugadores y las reglas básicas sin gastar demasiados cartuchos, con las suficientes dosis de drama, acción, violencia y tetas (si no, no sería HBO) para enganchar y que queramos saber qué pasa a continuación. Con una duración de casi 70 minutos (como suele acostumbrar la cadena con los arranques y cierres de temporada de sus dramas) y un guion bastante redondo (las moscas se encargan de acotarlo y a la vez vaticinar lo que está por venir), “The Original” parece una película, pero es solo una introducción. Una muy larga, eso sí. La historia se cuece a fuego lento, a su propio ritmo, su premisa puede resultar algo chocante y cuesta un poco acostumbrarse al universo fragmentado que nos presenta, sin embargo, sabemos que esto no ha hecho más que empezar.

“The Original” utiliza los temas propios de la ciencia ficción distópica y la inteligencia artificial, revistiéndolos de un aura de thriller y misterio, para construir una historia que (por ahora) nos habla en el fondo de los deseos más oscuros del ser humano. El parque está creado como escape de una realidad que aun no conocemos, un paraíso cinematográfico de turismo sexual y criminal confeccionado para satisfacer estas pulsiones violentas, la adrenalina de matar, de profanar un cuerpo (sintético pero asombrosamente realista), de estar en peligro sin estarlo, y actuar sin consecuencias. Sin embargo, el énfasis narrativo no está en los Newcomers, sino en los Hosts, las marionetas manipuladas desde arriba por los programadores e inversores que, tras una actualización masiva en el parque, empiezan a ganar consciencia de la fantasía digital en la que habitan; androides que, en el momento que muestran un “glitch” que pueda comprometer el proyecto, acaban almacenados desnudos en un pesadillesco hangar desde el que nos miran sin mirarnos para avisarnos de que algo muy oscuro se acerca.

Westworld presenta una hibridación de géneros muy interesante que puede recordar a Carnivàle o Firefly, pero su historia está principalmente arraigada en la ciencia ficción, en los relatos clásicos sobre robots que se rebelan contra sus creadores. Por eso, cabe esperar que a lo largo de la primera temporada asistamos al inicio de una revolución, de un levantamiento por parte de los Hosts, profetizado por la promesa de venganza del androide defectuoso Peter Abernathy (impresionante Louis Herthum) y por esa mosca que se posa en la mejilla de su hija Dolores (Wood) y acaba aplastada por su mano (algo que un robot se supone que no debe hacer). Esta es la manera en la que los Nolan nos avisan de que lo mejor está por llegar, de que solo hemos visto una pequeña parte de este mundo y hay que dejar que la historia se desenvuelva y las piezas empiecen a encajar antes de sacar conclusiones definitivas.

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Sí, Westworld está claramente diseñada para captar la atención de los seguidores de Juego de Tronos (no en vano, ahí está el ubicuo Ramin Djawadi componiendo la ya memorable música de la serie o esos lustrosos títulos de crédito que, sin parecerse a los de GoT, recuerdan inevitablemente a ellos; además de a “All Is Full of Love”, el icónico videoclip de Björk). Pero como decía, es una estrategia comercial que debemos (y debe) superar para que la serie se afiance y se gane el título que se le ha impuesto antes de tiempo. Dándonos la bienvenida por todo lo alto y sin reparar en gastos (impresionantes paisajes, fotografía, efectos visuales, diseño de producción…), la experiencia que supone adentrarse en Westworld es extraña, fascinante, desorientadora, sus personajes pueden resultar irritantes (que un Host mate ya a Lee, por favor), su propuesta te recuerda a demasiadas cosas a la vez, da la sensación de que estás viendo algo que ya has visto mil veces y también algo que no has visto nunca (lo cual no tiene por qué ser malo, al contrario). Pero ante todo y a pesar de todo, “The Original” es un comienzo prometedor, un piloto que, sin enseñar todas sus cartas, nos deja ver todo el potencial que hay en la serie. Que es mucho. Muchísimo.

Crítica: Star Trek – Más Allá

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En 2009, la longeva saga de ciencia ficción y aventuras Star Trek recibía un lavado de cara con un reboot capitaneado por el solicitado J.J. Abrams. Sin dejar de rendir homenaje y ser fiel a la Star Trek clásica, la nueva película y su muy notable secuela, Star Trek: En la oscuridad, conducían la propiedad creada por Gene Roddenberry hacia el campo de las superproducciones actuales para rejuvenecer la saga e insuflar nueva vida a sus populares personajes. Con la tercera entrega de esta etapa moderna (decimotercera en total), Star Trek: Más Allá (Star Trek Beyond), la franquicia continúa su evolución hacia el puro blockbuster veraniego de acción bajo la batuta de un nuevo director, Justin Lin, conocido sobre todo por la saga Fast & Furious, de la cual ha dirigido cuatro películas.

Como adelantaban los tráilers, el humor y el tono han virado hacia terreno Guardianes de la Galaxia (no es solo una ilusión de la campaña promocional, hasta hay una escena análoga al “dance-off” de Star-Lord, pero más a lo grande y con los Beastie Boys de fondo, una secuencia formidablemente vistosa pero algo fuera de lugar). Y como también era de esperar, Más Allá da más énfasis a la acción desmedida y el despliegue espectacular, lo que en este caso juega en detrimento de la estructura de la película y los personajes, que están puestos al servicio de la acción, y no al contrario, como ocurría en las entregas previas.

En este nuevo capítulo, la tripulación de la USS Enterprise es atacada por una avanzada alienígena en forma de colmena que destruye la nave y deja a los héroes atrapados en un planeta hostil, donde se enfrentan a un nuevo enemigo, Krall (Idris Elba), que amenaza con destruirlos a ellos y a la Federación por razones que solo él conoce (énfasis en esto, porque aunque él tenga muy claro su plan y podamos intuir de qué va la cosa, la mayor parte del tiempo no sabremos qué está haciendo o por qué). La separación de la tripulación al “naufragar” en el planeta facilita la creación de “parejas”, cuyas interacciones son la base de la mitad del metraje. Y si bien las combinaciones Bones-Spock, Kirk-Chekov o Uhura-Sulu nos dejan buenos momentos (la mayoría cómicos), el esquema general de la historia y la evolución de los personajes sufre por un tratamiento más ligero y superficial.

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Es decir, Más Allá antepone la acción y el humor facilón al verdadero desarrollo de sus personajes, con chistes a base de topicazos, frases lapidarias que hemos oído en infinidad de ocasiones (y que aquí suenan más vacías que de costumbre), y diálogos del montón. Así, Uhura (Zoe Saldana) queda relegada a un muy distante segundo plano, y hace (o dice) más bien poco durante la película; las interacciones entre Kirk y Spock (el núcleo emocional de las dos anteriores películas) se mantienen al mínimo, y a cambio Más Allá se convierte por momentos en una buddy film con el vulcano (Zachary Quinto) y McCoy (Karl Urban) como “la extraña pareja” de Star Trek, y el siempre simpático Scotty (Simon Pegg, del que esperaba más al guion) con la flamante nueva incorporación de la saga, Jaylah (Sofia Boutella), sin duda lo mejor de Más Allá. En este sentido, hay momentos divertidos aislados, pero en general falta cohesión, y aunque el reencuentro de los tripulantes y la puesta en marcha del plan contra Krall hace que el ritmo mejore, la visión global falla y huele a refrito, el villano flojea (Elba, como Oscar Isaac en X-Men: Apocalipsis, es otro actor de gran talento desaprovechado y sepultado bajo kilos de látex) y el guion funciona a base de una aturullada acumulación de momentos desconectados, multitud de guiños para los trekkies de siempre y set pieces que cuesta dar forma en la cabeza. El resultado es una película sin duda enérgica, pero visiblemente descentrada.

Ahora bien, si la analizamos como puro espectáculo y pasatiempo escapista, que parece ser la intención, Más Allá puede considerarse un éxito dentro de este género o modalidad del cine comercial. Es vertiginosa, es visualmente apabullante, los efectos digitales están muy por encima de la media (increíble la llegada a la base estelar Yorktown, la destrucción de la Enterprise o las batallas espaciales), y aunque la acción resulta excesivamente mareante, la película contiene imágenes para sacar los ojos de las órbitas y además funciona muy bien en los combates cuerpo a cuerpo, haciendo gala de un gran empaque visual y una contundencia física de la que la mayoría de aventuras hiper-digitales de hoy en día carecen -es decir, aunque lo digital lo domine casi todo, Más Allá no parece un videojuego todo el ratogracias en parte a su lealtad a los efectos de maquillaje y a la importancia del diseño de producción.

Pero claro, el despliegue técnico y visual y la diversión evasiva no lo es todo, como nos demostró Abrams con las dos anteriores películas (o con la nueva Star Wars, o Joss Whedon con Los Vengadores). Hace falta algo más, y Más Allá parece haber perdido lo que le había hecho conectar con los nuevos espectadores, suponiendo un paso atrás con respecto a sus predecesoras, para seguir el camino del blockbuster sin exigencias, del cine que no se molesta en ir “más allá” de su condición de evento. No hay nada de malo en una superproducción como esta, que ofrece aventuras sin pretensiones y sin engaños, y por suerte siempre nos quedará el buen hacer del excelente reparto (aunque aquí esté peor empleado) liderado por un segurísimo Chris Pine interpretando a un no tan seguro Kirk. Pero la decepción es inevitable si se busca ese “algo más”. Algo que sabes que puede darte, porque lo ha hecho anteriormente.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: La quinta ola

Chloe Grace Moretz; Nick Robinson

Hemos perdido la cuenta de los intentos fallidos de encontrar la siguiente gran saga cinematográfica para adolescentes, y aun así, Hollywood no escarmienta y los estudios no cejan en su empeño. La búsqueda de la siguiente Harry Potter o Crepúsculo ha dado paso a la de la próxima Los Juegos del Hambre. Pero todos estos años de ensayo y (sobre todo) error se han saldado con incontables fracasos de taquilla, primeros capítulos que se han quedado en eso, en meros principios, historias frustradas que no han podido ir más allá de su planteamiento, porque el público no ha respondido como se esperaba. En este panorama de hastío hacia el género aparece la enésima propuesta young adult basada en una serie de libros para adolescentes, La quinta ola (The 5th Wave), sin duda una de las historias menos originales que van a llegar a las pantallas este año.

Basada en el primer libro de la trilogía de ciencia ficción distópica escrita por Rick YanceyLa quinta ola es un déjà vu constante que nos recuerda a demasiados otros títulos. Sin ningún tipo de reparos, la historia “toma prestados” elementos de AlienIndependence DayEl juego de EnderLa carretera, referentes que son mezclados en un argumento de supervivencia y rebelión adolescente con heroína protagonista que está cortado según el patrón de la saga de Katniss Everdeen. Aquí se nos narra una invasión alienígena a la Tierra, organizada en cuatro oleadas sucesivas de ataques, a cada cual más devastador, que dejan gran parte del planeta diezmado. Ante la inevitabilidad de una quinta ofensiva que acabe con la raza humana definitivamente, el Ejército (estadounidense, claro está) entrena a niños y adolescentes para la guerra contra los invasores. Cassie Sullivan (Chloë Grace Moretz) intenta sobrevivir a los ataques mientras busca a su hermano pequeño, que casualmente se encuentra junto al cuelgue del instituto de la chica, Ben Parish (Nick Robinson). Cuando todo parece perdido, un misterioso campesino, Evan Walker (Alex Roe), aparece de la nada para ayudarla, pero Cassie cree tener motivos para no confiar en el muchacho.

CartelCine LaQuintaOla 68x98.inddLa primera media hora de La quinta ola no está mal del todo, gracias sobre todo a las imágenes apocalípticas de las cuatro primeras olas, que nos dejan notables secuencias de acción y destrucción, y al tono acertado en la narración. Sin embargo, a partir de la irrupción de los militares, el film se precipita cuesta abajo y sin frenos, hasta estrellarse en su recta final, en la que un (supuestamente) sorprendente giro de guion acaba condenándolo al mayor de los ridículos. Es increíble la cantidad de topicazos, sinsentidos y agujeros de guion que caben en una misma película (no nos sorprende ver a Akiva Goldsman en la lista de guionistas, por cierto), pero nada es comparable al bochorno que provoca el triángulo amoroso, forzada trama exenta de química que hace flaco favor al ya de por sí lamentable trabajo de Chloë Grace Moretz.

Moretz es la perfecta metáfora young adult: Hollywood se empeña en venderla, pero no hay nada que vender. La chica no tiene el talento que se esperaba de ella, y en La quinta ola está muy desubicada, demostrando que no es capaz de llevar el peso de una película sobre sus hombros. Su director, J Blakeson (sí, ese es su nombre artístico), no es consciente de ello o no le importa, y la/nos tortura con primeros planos en los que la actriz se deja en evidencia por su ineptitud dramática (por más que lo intenta, no derrama una sola lágrima). Pero Moretz no está sola. Los otros dos miembros del triángulo son incluso más insulsos que ella (Roe sobre todo duerme a las ovejas), Maika Monroe es una mala copia de Jena Malone (Johanna Mason) en Hunger Games, el niño Zackary Arthur es de lo más incompetente e irritante, y de los adultos resultan especialmente patéticos Liev Schreiber y, sobre todo, Maria Bello, en un papel que provoca auténtica vergüenza ajena. Claro que sería injusto echarles la culpa de todo a ellos. Cuando el material es tan estéril, poco se puede hacer para sacar algo bueno de él.

Ocasionalmente, La quinta ola es un producto de entretenimiento eficaz, pero no tarda mucho en desmoronarse por culpa de su guion. Nada tiene sentido en su incoherente y sobre explicativo argumento, todo cuanto ocurre en ella responde a la necesidad de ajustarse a la fórmula del género como sea, y cuanto más en serio se toma a sí misma (que es mucho), más se hunde en el absurdo y más risible resulta. Hasta el punto de convertirse en una de las comedias involuntarias del año. Un epic fail absoluto.

Valoración: ★★

Crítica: Marte (The Martian)

THE MARTIAN

¡El primo de Ridley Scott ha vuelto! El director de Blade RunnerAlien lleva varios años encadenando proyectos decepcionantes (los más recientes: la vapuleada Éxodus: Dioses y reyes, la infumable El consejero, y la película con más agujeros de guion de la última década, Prometheus). Es algo a lo que estamos acostumbrados, pero sabiendo que Scott es uno de los mejores en su oficio nos preguntábamos cuándo volvería a poner su innegable talento tras la cámara al servicio de una buena historia. La respuesta llega en 2015, o mejor dicho, en 2035, con la adaptación cinematográfica de la aclamada novela El marciano, de Andy Weir, “el mejor libro de ciencia ficción de los últimos años” según el Wall Street Journal y otro puñado de medios importantes. En España simplemente titulada Marte (El marciano, aunque parezca mentira, puede echar para atrás a muchos espectadores casuales), The Martian es una espectacular epopeya espacial que nos lleva al Planeta Rojo, un viaje que el cine ya nos ha propuesto en varias ocasiones, pero nunca con tanto realismo y emoción.

Adaptada por Drew Goddard (MonstruosoLa cabaña en el bosque), Marte es la historia del astronauta norteamericano Mark Watney (Matt Damon), uno de los miembros de la misión Ares III al cuarto planeta a la derecha. La expedición, dirigida por la comandante Melissa Lewis (Jessica Chastain) con una tripulación formada por un competente y ecléctico grupo de expertos (Sebastian Stan, Kate Mara, Aksel Hennie y Michael Peña), sufre un grave contratiempo cuando una brutal tormenta de arena obliga a los astronautas a abandonar antes de tiempo el planeta, dejando atrás a Watney, al que dan por muerto. Sin embargo, este ha sobrevivido y ahora se enfrenta solo al reto de subsistir allí con escasas provisiones (palabra clave: patata) mientras encuentra la manera de contactar con la Tierra para que lo rescaten. La determinación, inteligencia y habilidad de Whatney (conveniente y afortunadamente doctor en botánica) alargan su estancia en Marte, convirtiéndolo en el primer colono del Planeta Rojo, en el primer terrícola con “nacionalidad” marciana.

Marte asume el reto de abarcar un extenso periodo de tiempo en un metraje de casi dos horas y media, y logra que parezcan mucho menos gracias a un guion dinámico y un montaje excelente en el que se hace muy buen uso de la elipsis. El film intercala la aventura del Robinson Crusoe espacial con los tejemanejes de la NASA, desde donde el director de la Administración (Jeff Daniels clavando al demonio corporativo) y su equipo de especialistas y consejeros (Sean Bean, Chiwetel Ejiofor, Kristen Wiig) trazan un plan de rescate que, como mandan los cánones del thriller espacial, se encuentra con el mayor número posible de obstáculos y peligros. Esta estructura narrativa que nos hace saltar de un planeta a otro continuamente beneficia al ritmo de la película (resulta muy curioso observar cómo desde la NASA van adivinando los pasos de Watney y cómo van trabajando paralelamente hacia el mismo objetivo). Goddard estructura con acierto la historia, enraizándola en el realismo científico, pero evitando que las explicaciones, los agujeros de guion y las licencias dramáticas acaben lastrando la película (como ocurrió para muchos con la reciente Interstellar). Debido a la naturaleza del relato, es inevitable que el film se alargue demasiado en varios tramos, pero por lo general, Marte mantiene en vilo de principio a fin.

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Es importante aclarar que no estamos ante una película revolucionaria o visionaria (cinematográficamente hablando). Su mayor ambición no es la de marcar un antes y un después en la ciencia ficción, su principal objetivo es el espectáculo, el entretenimiento para el gran público. Y lo cumple con creces. Marte no pretende romper moldes, es “solo” un impresionante blockbuster de acción, pero uno además inteligente, apasionante y divertido, algo que ya es más difícil de encontrar. Ni que decir tiene que el film es visualmente apabullante y tiene secuencias sobrecogedoras (el clímax es pura emoción y deja al borde del infarto, acercándose más a la experiencia inmersiva de Gravity). Pero es que además, Marte es una estupenda comedia, gracias sobre todo a Watney, que aporta la nota guasona en su vídeo-diario, deleitándonos con referencias geek (a Marvel principalmente, que para eso está Simon Kinberg en la producción) y una banda sonora a base de música disco de los 70 (cortesía del personaje de Chastain, ultrafan de ABBA) con la que la película se reafirma en su naturaleza cachonda.

Scott cuenta con un amplio reparto de estrellas de Hollywood y talentos consagrados y emergentes, y el guion de Goddard se encarga de caracterizarlos a todos y darles un rol que desempeñar (llaman la atención dos rostros televisivos como Donald Glover o Mackenzie Davis en papeles pequeños pero cruciales en la historia). Sin embargo, Damon es el absoluto protagonista de Marte y los demás personajes están supeditados a él y a su misión de rescate en todo momento. Por suerte, el actor construye a un personaje carismático, lleno de matices, muy potente físicamente, y con una trayectoria personal interesante: un toque pasivo-agresivo y antipático al principio, carácter resoluto pero algo volátil la mayor parte del tiempo, y ya en la recta final, Damon despliega todo un rango de emociones -desesperación, miedo, resignación, agotamiento- superando con nota la prueba interpretativa que Scott le plantea.

Marte aúna la frialdad técnica de Gravity y el sentimentalismo de Interstellar, pero mantiene a raya ambos aspectos para encontrar un buen equilibrio entre el rigor científico y el dramatismo. Es decir, apela a las emociones, pero no nos zarandea para conmover a la fuerza ni nos empalaga. La acción es sobresaliente, las charlas técnicas y políticas no se hacen pesadas (en ellas hay bastante sátira y algo de pitorreo), y el componente humano del relato está muy trabajado. En definitiva, Marte es una de las óperas espaciales más cautivadoras de los últimos años, una historia épica de superación, de compañerismo (y una pizca de colonialismo yanqui, claro) que nos devuelve a Ridley Scott en plena forma en el género donde más ha destacado. Esta es una de esas películas que se deben ver en una pantalla de cine (IMAX, 3D, todo lo que haga falta para amplificar la experiencia), o en su defecto, en una de esas súper televisiones que nos permitan sumergirnos en ella. La relativa proximidad en el tiempo de la historia (para 2035 no queda tanto) nos hace pensar que algún día seremos testigos del primer paso del hombre en Marte. Mientras no lo veamos en las noticias, dejemos que el cine nos haga soñar con que algún día lo haremos.

Valoración: ★★★★

12ª Muestra Syfy de Cine Fantástico de Madrid: Primera jornada (viernes)

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Del 5 al 8 de marzo, la capital española celebra la fiesta del cine fantástico y sci-fi. Y no uso el verbo “celebrar” a la ligera. La Muestra Syfy de Cine Fantástico de Madrid es una fiesta non-stop de cuatro días, la versión friki del Spring Break, una jarana continua de jueves a domingo en la que rendimos pleitesía al cine más oculto (la mayoría de películas no son estrenadas en salas comerciales), al más original, al más mierda, como dijo ayer la anfitriona anual de La Muestra, Leticia Dolera, que como siempre, es de lo mejor de La Muestra (gracias a ella, los ratos entre sesión y sesión son más llevaderos, e incluso muchas veces mejores que las propias pelis). Dolera además rebautizó esta edición como “La Muestra del Amor“. Por eso, porque amamos este cine, y porque de La Muestra salen parejas, como la que tuvo su primera cita hace tres ediciones y subió ayer al escenario a darse el lote para celebrar que el amor que une La Muestra no lo separa nadie, y ya de paso para ganar unas cuantas entradas gratis.

11034264_1063916180301981_9218959887533999355_nEste año, el duodécimo que se celebra este mini-festival de cine de género (que de pequeño tiene poco), regresamos a los Cines Callao para ver una de las programaciones más interesantes que nos ha propuesto La Muestra en los últimos años. El Syfy dio el pistoletazo de salida oficial el jueves 5, con el preestreno de la última locura de ciencia ficción de Neill Blomkamp, ChappieLa proyección fue todo un éxito a juzgar por la reacción del público en la sala (se juntaban las ganas de jalear del principio de La Muestra con la propuesta pasada de rosca de Blomkamp, pensada especialmente para el tipo de público que abarrota Callao estos días). Sin embargo, cuando ayer Dolera sondeó a los presentes preguntándoles qué les había parecido la película, hubo una clara división de opiniones. Chappie está destinada a provocar reacciones opuestas, a ser amada u odiada a partes iguales. Y bueno, ese es el tipo de películas que más nos gusta ver en La Muestra, así que fue todo un acierto programarla para la inauguración. A mí, personalmente, me divirtió mucho, pero creo que tiene unos cuantos problemas que, pensándolos en frío, son importantes. Os hablo de ellos en mi crítica sin spoilers.

A continuación, os dejo con reseñas de las cinco películas que pudimos ver en la primera jornada oficial del Syfy (no cuento la premiere de Chappie, porque a mí lo de “jornada” me suena sobre todo a los maratones de casi 12 horas que nos pegamos en Callao). Dos de zombies, una de fantasmas, una de vampiros, y una de tribus callejeras japonesas en guerra. Cinco variopintas películas con una cosa en común: que las cinco son comedias. Empezamos el Syfy con unas buenas risas.

 


Housebound
(Gerard Johnstone, Nueva Zelanda)

Housebound - Poster 01El día empieza por todo lo alto con esta comedia de terror neozelandesa que amasa hábilmente todos los tópicos del cine de casas encantadas, el de invasión doméstica (home invasion) y los misterios tipo whodunitdándole un toque de cachondeo muy loco, un poco al estilo You’re Next pero más jocoso aún. Housebound cuenta la historia de una joven rebelde a la que pillan atracando un cajero y es condenada a 8 meses de arresto domiciliario en casa de su madre y su padrastro. Allí se verá forzada a convivir de nuevo con su detestada madre y el apocado marido de ésta, cuya tranquilidad se ve interrumpida por la presencia irritante y destructiva de la joven. Los tres deberán convivir en un caserón antiguo, lleno de recuerdos y secretos macabros, en el que según parece habita un fantasma. La ópera prima de Gerard Johnstone está llena de ingenio y humor bobalicón (del que es tonto, pero inteligente), personajes entrañables (el responsable de seguridad cazafantasmas y la madre son los mejores), y engancha con su trama de misterio que va dejando revelaciones y giros sorpresa (no diré ninguno, pero todos son bastante buenos) a golpe de sustos y risas, y culmina en uno de los mejores clímax que hemos visto en mucho tiempo dentro del género. Después de esta película, no volveréis a ver un rallador de cocina de la misma manera.

 


Tokyo Tribe
(Shion Sono, Japón)

tokyo-tribe-poster-final-comp3Shion Sono, el irreverente y quizás demente en la vida real (como la anécdota escatológica que nos contó Dolera antes de la proyección demuestra) director de Suicide Club (2001) nos trae a La Muestra su última locura cinematográfica, Tokyo Tribe, un musical hip hop de acción de dos horas basado en el manga de Santa Inoue. Japón es un territorio hostil, cuya capital está dividida en facciones callejeras que luchan por el control de Tokio. Cuando Mera (Ryôhei Suzuki), el líder de la tribu de Bukuro, se propone acabar con todas las bandas enemigas para conquistar la capital, la guerra da comienzo. Tokyo Tribe es una de esas películas que no se pueden describir con una simple sinopsis. Es más, estamos ante una película que no decide tener argumento hasta bien entrada su primera hora. La primera parte de Tokyo Tribe es una presentación de todas las tribus de Tokio a ritmo de hip hop. Con raps que por cierto hacen que el “Oza, oza” parezca una de Kanye West, para que os imaginéis el nivel de las rimas y las interpretaciones. Claro que a Shion Sono le importa bien poco que se le tome en serio como director de musicales. Esta West Side Story punk no está hecha para eso. Es una locura pasadísima de rosca que hará las delicias de los fans del cine más esquizofrénico de Takashi Miike (al que no le llega a la suela de los zapatos a pesar de las inevitables comparaciones). Tokyo Tribe es un ambicioso y colorido festival psicodélico de humor absurdo, misoginia y acción demencial, una experiencia visual muy estimulante, que sin embargo no está innovando ni provocando tanto como cree.

 


Burying the Ex
 (Joe Dante, Estados Unidos)

Burying the Ex - Poster 01Llegamos al ecuador de la primera jornada con otra propuesta de comedia, esta vez definitivamente más ligera y llevadera que la anterior, lo nuevo de Joe DanteByrying the Ex. El director de clásicos incontestables y cintas de culto como Piraña, Gremlins, Exploradores, El chip prodigiosoPequeños guerreros regresa tras una temporada dirigiendo series (Hawaii 5.0, CSI, Masters of Horror) con su nuevo largometraje, una comedia romántica zombie, especie de fusión entre una sitcom, un episodio de La dimensión desconocida y un libro de Pesadillas de R.L. StineEn Burying the Ex, un joven que trabaja en una tienda de disfraces (mi querido Anton Yelchin) quiere romper con su novia (Ashley Greene), una insoportable freak del medio ambiente que pretende controlar todos los aspectos de su vida. Sin embargo, antes de poder darle las malas noticias, la chica muere, y lo hace con la promesa aún vigente (y sellada por la estatua mágica de un demonio) de que van a estar siempre juntos. En consecuencia, la chica regresa como zombie para asegurarse de que van a pasar la eternidad el uno junto al otro, cueste lo que cueste. Con este argumento (escrito por el recién llegado Alex Trezza), Dante bien podría haber hecho un pitch a las cadenas para una nueva serie, pero ha preferido llevarlo al cine, con una comedieta bastante cutre pero simpática que se deja ver sin problema, una película de sábado tonto por la tarde que no nos viene mal de vez en cuando y que sobre todo nos deja pasar un rato con los achuchables y adorables Anton Yelchin y Alexandra Daddario. Lo sorprendente, sin embargo, es que Dante haya realizado una película que más que la obra de un director con casi 50 años de experiencia en el cine, parece la ópera prima de un cineasta joven que aún no sabe cómo ir más allá de los clichés del género.

 


Lo que hacemos en las sombras
(Jemaine Clement, Nueva Zelanda)

Poster 700x1000 AFSegunda película neozelandesa del día. Definitivamente, los kiwis están on fire. Pero es que Lo que hacemos en las sombras (What We Do in the Shadows) era además una de las cintas más esperadas de La Muestra. Y no solo cumplió las expectativas, sino que las fulminó. Este falso documental sobre cuatro vampiros que comparten “piso” (en realidad es una mansión, pero ellos se consideran flatmates), que a priori suena demasiado a la serie Being Human (con la que no tiene nada que ver además de la premisa), es una de las comedias más descacharrantes y geniales que vamos a ver en los últimos años. Dirigida por Jemaine Clement, de Flight of the Conchords y Taika Waititi, con el que trabajó en la serie de HBO, Lo que hacemos en las sombras no da tregua (nunca había oído tantas risas no-irónicas seguidas en La Muestra). Repleta de situaciones absurdas y muy familiares derivadas de la convivencia diaria de los vampiros, con una extraordinaria inventiva visual que saca provecho de todas las posibilidades que brindan las “leyes” de los vampiros (brillantes los enfrentamientos, vuelos, transformaciones), y un inteligente repaso por los clichés del géneroLo que hacemos las sombras logra lo imposible: aproximarse al agotadísimo género vampírico y darle la vuelta por completo para hacer una de las comedias de terror más originales del cine reciente. Imprescindible para los fans de Flight of the Conchords, y recomendadísima para todos los demás.

 


Hunger of the Dead 
(Naoto Tsukiashi, Japón)

AKBポスターB全ポスター00Para la primera sesión de medianoche de La Muestra, nada más adecuado que una serie B japonesa de zombiesHunger of the Dead (o Hunger Zes la historia (por llamarlo de alguna manera) de un joven que va a parar a la única casa donde aún quedan seres humanos en un mundo infestado por zombies. En este escenario post-apocalíptico es necesario preservar la especie humana, por lo que las mujeres de la casa son “usadas” para procrear, y los niños que paren (a los que nunca vemos) se dan como alimento a los zombies (huh?), por orden del zombie que dirige las instalaciones y que esconde un secreto. Una cosa ofensiva, estúpida y sin sentido que, dicho así, no suena a nada que no debería ser una peli Z de bajo presupuesto, pero es que Hunger Z falla en lo más importante: es aburrida y no tiene ni un poco de gracia. Vamos, que ni siquiera sirve para reírse de sus chapuceros efectos (esos cuchillos que se clavan en el aire) o de su absurdo argumento. Un desperdicio sin gracia que solo los más jaraneros del Syfy supieron disfrutar.

Crítica: La señal (The Signal)

THE SIGNAL

Raro es que nos llegue a la cartelera española una película de ciencia ficción que no sea una superproducción de Hollywood con reparto de estrellas. Sin embargo, todos los años, del Festival Internacional de Cinema Fatàstic de Sitges suele escaparse alguna cinta con ganas de ser descubierta por el gran público. Es el caso de La señal (The Signal), segunda película de William Eubank (Love), que fue galardonada en el mencionado certamen con el premio a Mejores Efectos Especiales. El film, cuyo guión está co-escrito por el propio Eubank, nos propone un viaje lleno de enigmas y preguntas, una historia que se transforma constantemente hasta culminar en un imaginativo final caracterizado por el estupendo uso de los efectos digitales, un gran trabajo de economía de medios con el cual Eubank se las arregla para sacar el máximo partido de un presupuesto más bien ajustado (apenas 4 millones de dólares).

La señal es la historia de Nic (Brenton Thwaites), un estudiante universitario que emprende un viaje de una punta a otra del país para llevar a su novia, Haley (Olivia Cooke), a su nueva casa, Cartel La señaldonde estudiará durante un año separada de él. Les acompaña el mejor amigo de Nic, Jonah (Beau Knapp), con el que comparte su afición y talento informático. La mudanza sufrirá un cambio de itinerario para que Nic y Jonah traten de localizar a un genio cibernético que se ha infiltrado en los sistemas del prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), sin embargo, las pistas que tienen les acabarán llevando por un camino totalmente inesperado. Y es que La señal es sobre todo eso, un viaje lleno de bruscos giros que van cambiando la historia y componen un misterio que va adquiriendo un carácter de conspiración cada vez mayor, y del que es mejor no saber demasiado de antemano.

De esta manera, La señal es en realidad varias películas en una. Lo que comienza como un road trip con cierto aroma a Friday Night Lights sobre jóvenes en una importante encrucijada personal pasa a ser enseguida una suerte de film de found footagecon la llegada de los amigos a la cabaña remota desde la que surge la “señal” de baliza que les lleva a emprender su aventura. Dentro de la espeluznante casa-búnker en el bosque, la cosa se vuelve bastante Proyecto de la Bruja de Blair, con referencia incluida. Pronto el terror (que dura poco pero es bastante efectivo) da paso a la ciencia ficción, cuando Nic se despierta en unas asépticas instalaciones hospitalarias después de haber sido atacado por un E.B.E. (ente biológico extraterrestre). Allí será sometido a pruebas, dirigidas por el críptico Damon (Laurence Fishburne), e irá descubriendo poco a poco los secretos del lugar, del hombre que lo observa oculto en su traje de aislamiento, y de la organización que lo mantiene en cuarentena. Así hasta el explosivo desenlace, que parece pensado para la director reel que Eubank acabará mandado a Marvel.

La señal es cine joven, hecho con ilusión y ganas de sorprender. Quizás Eubank peque de ingenuo en el desarrollo de su historia, mucho más predecible y convencional de lo que él cree, y se vuelque demasiado en el aspecto visual y técnico de la película (impecable la composición de planos) en detrimento de la coherencia, pero este es uno de esos casos en los que la intención cuenta tanto como el resultado. En un género en el que, paradójicamente, cuesta mucho innovar, se agradece que haya jóvenes talentos con el entusiasmo y la pericia técnica para al menos intentar marcar la diferencia. Le seguiremos la pista.

Valoración: ★★★

Crítica: Autómata

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Texto escrito por David Lastra

¿Sueñan los Antonios con Melanies eléctricas? Lejos de parecer el titular de una nueva entrega de #LaHoraRosadeFNVLT esa es a grandes rasgos la premisa de la nueva película de Antonio Banderas y la que podría ser la última que le una a Melanie Griffith. Pero aparquemos el morbo de la ruptura del verano y hablemos de lo que realmente importa: Autómata, la nueva obra de Gabe Ibáñez (Hierro).

Antonio Banderas cumple al encarnar a Jacq Vaucan, un Josef K cualquiera, alienado por su trabajo y por su vida familiar. En su día eligió ser un agente de seguros de robots y se casó con una mujer, actualmente embarazada, pero todo eso ahora mismo no le hace sentir nada. El nihilismo de Vaucan agobia y empatiza con el espectador desde el primer momento. No sabe qué hacer, ni tampoco sabe dejarse llevar por los acontecimientos. Un prólogo bastante bien construido, nos coloca en medio de una distopía a medio camino entre la novela La carretera de Cormac McCarthy y los suburbios del Distrito 9 de Neil Blomkamp. La huella del realizador sudafricano es notable en Autómata, tanto que Ibáñez incurre en errores similares al realizador de Elysium. En ambos casos, las premisas son, si no genuinas, cuanto menos interesantes, pero se van diluyendo en una sucesión de tópicos y algún que otro estropicio a la hora de resolver 041751conflictos, especialmente en el caso de algunos secundarios que más que aportar a la trama, sólo sirven para maquillar el reparto, como es el caso de Dylan McDermott (American Horror Story) en Autómata o lo fue el de Jodie Foster en Elysium (esperemos que Hugh Jackman y Sigourney Weaver no se unan a la lista con Chappie).

Pero no todos van a ser palos para Autómata, si el trabajo de Blomkamp se ha llevado unas cuantas candidaturas a los Oscar, Ibáñez se merece cuanto menos algún que otro aplauso. Su pulcritud sucia a la hora de filmar es inusual. Posee una tecnicidad y una visión dentro del fantástico nunca antes vista en España y superior a los últimos productos europeos. El universo que ha ideado para este film es un regalo visual para todo amante del género. Desde la ciudad nocturna à la Blade Runner hasta el agobiante e interminable desierto por el que se adentra el protagonista, pasando por los autómatas rebeldes que dan título a la película. Además, su película nos sirve para recuperar a la mismísima Honey Whitlock, o lo que es lo mismo Melanie Griffith. Su participación (doble para aquel que vea la película en versión original) no nos proporciona ninguna lección de interpretación, pero sí un simpático guiño y un personaje que podría haber dado mucho más a la cinta. Esperemos que este papel y el advenimiento de su hija Dakota Johnson (Ben and Kate) como reina del sado para cutres en 50 sombras de Grey haga que nuestra Melania vuelva a tener interés por el celuloide (y que sea recíproco).

Autómata es una fábula existencialista con un envoltorio de primera y un esqueleto de saldo. Una verdadera pena con lo bien que pintaba.

Valoración: ★★½

Crítica: Coherence

Coherence

Esta crítica no puede ser muy extensa por definición, así que iré al grano. Tenéis que ver Coherence. La opera prima de James Ward Byrkit (encargado de los storyboards de Piratas del CaribeRango, director de varios videojuegos) ha sido a lo largo de un año una de las favoritas de los festivales de cine fantástico internacionales, recogiendo premios y elogios allá donde se ha proyectado (Sitges, FANT Fest, SyFy). A estas alturas, no cabe duda de que Coherence es toda una revelación, una obra original y provocativa de esas que pasan cada año bisiesto y nos proporcionan tema de conversación para mucho tiempo.

Sobre el argumento, es mejor no desvelar demasiado, porque como ya os imagináis, esta es una de esas películas en las que adentrarse sin saber nada de antemano es recomendable para disfrutar de la propuesta tal y como su director la concibió. El escenario es una casa de Los Ángeles, la ocasión una dinner party para ocho amigos -entre ellos Nicholas Brendon, nuestro Xander Harris, que interpreta a un actor de televisión en horas bajas-, y los extraños acontecimientos que tienen lugar durante esta inquietante velada en la que un cometa atraviesa el cielo angelino componen una historia que desafía nuestros nervios, nos hace un mindfuck de los buenos… y lo dicho, es mejor descubrirlo al compás de los turbados protagonistas.

Cartel_COHERENCECoherence es un rompecabezas fascinante, un enigma metafísico excelentemente planteado y desarrollado de manera que es imposible no entrar en el juego. Sorprendentemente, gran parte del guión fue escrito sobre la marcha, improvisando a medida que el relato se desenmarañaba, o sería más adecuado decir se enmarañaba. Algo que no hace sino añadir mérito al trabajo de Byrkit, director del que, por cierto, esperamos que no siga la estela de Richard Kelly después de Donnie Darko. Siguiendo con las comparaciones, Byrkit logra con Coherence la gran hazaña de crear ciencia ficción pura y dura y auténtico terror psicológico solo con palabras. Algo similar a lo que hizo Primer hace ya una década con el tema de los viajes en el tiempo.

Porque si por algo destaca Coherence además de por su enrevesado argumento, su sobresaliente realización y su conseguida atmósfera minimalista y esotérica, es por constituir sobre todo un  thriller psicológico de personajes, un intenso relato sin efectos especiales, anclado en la realidad mundana, que no solo se propone divertir y hacer pensar como uno de esos juegos de acertijos, sino explorar las emociones y los conflictos de sus personajes en un contexto de miedo e incertidumbre. Algo así como aquella Celebración slasher que fue Tú eres el siguiente pero en sci-fiEl resultado es una suerte de episodio moderno e indie de Dimensión desconocida (The Twilight Zone), una relectura del género realizada con dos duros que demuestra la importancia de las ideas frente al despliegue de medios y la gran eficacia de la “fantasía realista”.

Valoración: ★★★★

Crítica: Snowpiercer (Rompenieves)

Snowpiercer Chris Evans

Tras un fallido experimento científico diseñado para acabar con el calentamiento global, la Tierra se ha convertido en un gran erial blanco sin vida, sumergido en una nueva era glacial. Los últimos seres humanos que quedan en el planeta viven, sobreviven o malviven en el único tren en funcionamiento, el Rompenieves (Snowpiercer), una impresionante máquina de última generación que da la vuelta al mundo sin detenerse y cuyo ciclo de rotación dispone el calendario para sus habitantes. Están segregados en los distintos vagones del tren, organizados para suministrar las necesidades básicas para la vida en un ecosistema artificial; y divididos de manera que la clase explotada sufre hambre y frío en la cola y la clase alta disfruta de una vida de exceso y privilegio en los primeros vagones. Movido por el deseo de conocer los secretos del tren y liberar a los suyos del yugo de la dictadura, Curtis (Chris Evans), se embarcará en una aventura que le llevará de la cola hasta la sala de máquinas del tren.

guia.inddTanto el relato como el imponente acabado visual de Snowpiercer recuerdan al Terry Gilliam de Brazil y 12 monos -aunque el cómic en el que se basa es anterior. Remontándonos aún más en la historia del sci-fi, Joon-ho Bong, aclamado director de The Host y Memories of Murder dispone las capas de la sociedad de clases de manera que su film también evoca necesariamente al mundo de Metrópolis de Fritz Lang, solo que la sociedad de Snowpiercer se estructura de manera horizontal en lugar de vertical. La película propone un fascinante microcosmos sociopolítico condensado y estratificado que Bong levanta a partir del cómic homónimo de Jacques LobJean-Marc Rochette y Benjamin Legrand. Este erige un universo increíblemente rico en detalles, habitado por personajes excéntricos -de los que destaca la divertidísima Mason, una impresionante nueva transformación física de Tilda Swinton-, y cuya inventiva y originalidad es directamente proporcional a las restricciones y trabas que supone una propuesta de estas características.

Quizás puede echársele al film cara una excesiva duración (tengo mucha curiosidad por saber si la versión recortada de los Weinstein suple este problema), que hace que se resienta sobre todo en su excesivamente alargado clímax, y carga la historia de más peso filosófico y melodramático del que puede aguantar. Por muy necesarias que sean todas esas reflexiones trascendentales y existencialistas para dotar de sentido completo a la película, estas acaban lastrando el ritmo, y haciendo que el final parezca no llegar nunca. Algo perdonable en cualquier caso, porque Snowpiercer es una obra magna, increíblemente ambiciosa y arriesgada, un trabajo de orfebrería fantástica cuyos fallos y aciertos la convierten en una película única. A lo largo del tren, vagón a vagón, Snowpiercer nos involucra a base de acción de primera, afiladísima sátira y sorprendente sentido del humor -atención a la secuencia del vagón escuela-, en una apasionante lucha de clases, conduciéndonos en última instancia hacia el declive de la raza humana. No cabe duda, Snowpiercer es ciencia ficción distópica en su forma más perfecta.

Valoración: ★★★★

¡SORTEO! Consigue ‘LA CABAÑA EN EL BOSQUE’ en Blu-ray (Sorteamos 2 copias)

Este sorteo ya ha finalizado. Atentos a fuertecito no ve la tele para futuros sorteos.

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LA CABAÑA EN EL BOSQUE estará disponible en Blu-ray y DVD a partir del 11 de diciembre. Gracias a GOOD FILMS y La Aventura Audiovisual podemos añadir una de las películas del año a nuestra videoteca. La cabaña en el bosque (The Cabin in the Woods, 2012) se ha convertido en una de las cintas de culto más importantes de los últimos años y viene avalada por el nombre de Joss Whedon en labores de guion y producción, además de estar dirigida por Drew Goddard (Buffy cazavampiros, Guerra Mundial Z).

Si queréis conseguir LA CABAÑA EN EL BOSQUE en Blu-ray, leed atentamente las bases:

Para celebrar el lanzamiento de La cabaña en el bosque por primera vez en España fuertecito no ve la tele el 11 de diciembre, GOOD FILMS y La Aventura Audiovisual queremos regalar la película a dos de vosotros.

PARA ENTRAR EN EL SORTEO de uno de los dos Blu-ray de LA CABAÑA EN EL BOSQUE que sorteamos lo único que tenéis que hacer es dejarnos un comentario en esta entrada respondiendo a la siguiente pregunta:

¿Con qué criatura fantástica o asesino en serie del cine de terror os gustaría veros las caras en la cabaña (aunque no salgáis vivos del enfrentamiento)?

 

También podéis participar desde la página de Facebook de fuertecito no ve la tele. Tenéis que dejarnos vuestra respuesta en ESTA FOTOParticipar en ambos sitios duplica las oportunidades de conseguir el premio.

De entre todos los participantes en el blog y en Facebook se elegirán dos ganadores al azar que recibirán en su casa una copia en Blu-ray de LA CABAÑA EN EL BOSQUE cada uno, sin gasto alguno por su parte. No olvidéis incluir vuestro correo electrónico en el formulario de respuesta del blog (no aparecerá público). En Facebook no es necesario. Solo contará una participación por dirección IP

El sorteo finaliza el viernes 13 de diciembre de 2013 a las 23:59 (hora peninsular española). El ganador será anunciado a lo largo del fin de semana posterior en nuestra página de Facebook (aseguraos de que sois seguidores para estar al tanto de todo; No es un requisito para participar, pero seguro que no os arrepentís :P).

Importante: concurso exclusivo para residentes en territorio español. ¡Mucha suerte!

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La cabaña en el bosque es uno de los mejores estrenos del año según FNVLT, una absoluta gozada de género que mejora con cada visionado. Recientemente estrenada en cine en nuestro país, la película de Goddard ha disfrutado de una gran recepción por parte de la crítica, consolidándose como una de las películas de terror fantástico más importantes de los últimos años. Estas son algunas de las cosas que dijimos sobre La cabaña en el bosque cuando se estrenó:

“A estas alturas de la película, La cabaña en el bosque ya no es solo una revelación de culto, sino que va camino de convertirse por derecho propio en un clásico“.

La cabaña en el bosque es una comedia de terror (con un pie en el sci-fi) que desarma los mecanismos argumentales del género en un astuto ejercicio de deconstrucción (o autopsia) narrativa. Aportando una visión fresca y original como hiciera Pesadilla en Elm Street (Wes Craven) en los 80, o revitalizando el género con altas dosis de sátira y humor meta, como Scream en los 90 (también de Craven), La cabaña en el bosque aporta una nueva perspectiva que reajusta nuestras expectativas (no sin antes manipularlas habilidosamente) y condiciona toda la producción terrorífica posterior”.

“[Whedon y Goddard] se adueñan de todos, absolutamente todos, los lugares comunes del slasher, y orquestan un inteligente espectáculo de tramoya que no cesa en ningún momento de sorprender y sublimar“.

Podéis leer la crítica completa aquí.

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Recordad, LA CABAÑA EN EL BOSQUE está disponible en Blu-ray y DVD a partir del 11 de diciembre de 2013. A continuación tenéis los detalles del lanzamiento:

La cabaña en el bosque Blu ray EspañaCaracterísticas técnicas:

Contenido: 1 disco
Imagen: 2.40:1 1080p
Audio: Inglés (Dolby Digital 5.1), Castellano (Dolby Digital 5.1)
Subtítulos: Castellano

Contenidos adicionales:

  • Making of – No somos los que somos (28 min).
  • El almacén secreto – Visita con Joss Whedon y Fran Kranz por el set de rodaje (13 min).
  • Ejército de pesadillas – Maquillaje y efectos animatrónicos (12 min).
  • Terror primario – Efectos especiales (12 min).
  • Tráiler.

Crítica: El juego de Ender (Ender’s Game)

ENDER'S GAME

Intentar adaptar al cine una novela muy querida es un acto temerario que, de salir adelante, se enfrentará sí o sí a la ira de una fracción del colectivo de fans de la obra en cuestión. Es el caso de El juego de Ender (Ender’s Game), el famoso libro de ciencia ficción escrito por Orson Scott Card hace ya casi tres décadas. El proyecto cinematográfico basado en la novela lleva muchos años intentando salir a la luz. La dificultad de trasladar a la pantalla la carga filosófica y los pensamientos de su protagonista, Ender Wiggin, hacían que el propio autor considerase que la novela era intraducible al lenguaje cinematográfico. Hasta ahora. Después del largo y tortuoso camino, El juego de Ender llega por fin a su destino: los cines de todo el mundo. Yo no he leído la popular novela de 1985 que adapta la cinta de Gavin Hood (realizador de X-Men Orígenes: Lobezno), por lo tanto mi perspectiva es la de espectador de cine que valora la película por sí misma, y no como adaptación.

Dicho esto, quizás el mayor problema de El juego de Ender sea precisamente que, aunque no se esté familiarizado con el material de referencia, salta a la vista en todo momento que la historia de Ender Wiggin ya ha sido contada anteriormente, y estamos asistiendo a una versión condensada de la misma. A pesar de que Hood realiza los pertinentes cortes para ajustarla al metraje de dos horas, o quizás por ello, su película adolece de un extraño sentido del ritmo, causado indudablemente por la dependencia de la novela. El comienzo del film transcurre de manera precipitada, sin aportar suficiente información (la exposición es confusa y falta contexto), sin dar tiempo para que los personajes (sobre todo el protagonista) se asienten en el relato antes de dar comienzo la acción. Por el contrario, una vez Ender llega a la Escuela de Batalla, asistimos a numerosos pasajes en los que el tiempo se dilata en exceso haciendo que la película parezca una eterna introducción.

ENDER'S GAME

Con El juego de Ender, Hood intenta levantar un puente entre la ciencia ficción más sesuda y el entretenimiento puro, obteniendo un resultado irregular. La película es un lustroso y espectacular sci-fi militar protagonizado por niños del que subyace una estimulante y ocasionalmente provocadora reflexión sobre la guerra (precisamente por la edad de los cadetes). El apartado técnico y visual es sobresaliente, los efectos digitales consiguen que algunas escenas en la Sala de Batalla dejen sin aliento, y el niño protagonista, Asa Butterfield, hace un trabajo soberbio con su personaje, sacando máximo provecho de la logística en la que se desenvuelve (atención a la impactante escena en las duchas); no así el resto de personajes, bastante desdibujados, en especial los adultos (Harrison Ford y Viola Davis pasaban por ahí). Sin embargo, a El juego de Ender le cuesta mucho mantener el interés y se pierde en incontables escenas de entrenamientos y simulacros que, a pesar de cumplir su función de mostrarnos la superdotada psique de Ender, lastran inevitablemente la narración.

Se nos recuerda constantemente que “hay que estar preparado para cuando llegue la batalla real“, dejando claro en todo momento que El juego de Ender no es una cinta de acción al uso, y que lo importante no es la batalla en sí, sino la mente de Ender, y su apasionante proceso de aprendizaje. Pero no es suficiente. El polémico final de El juego de Ender justifica todo lo ocurrido hasta el momento, y mediante un genial golpe de gracia, aporta una nueva e interesante perspectiva que aumenta su valor de revisionado (quizá esta sea una de esas películas que mejoran cuanto más se ven). No obstante, un gran desenlace como el de esta película puede justificar su estructura en mayor o menor medida, pero no compensa la mala gestión narrativa con la que se ha acometido la historia. Por esta razón, aunque no hayamos leído la novela, al final no podemos evitar plantearnos si adaptar El juego de Ender fue una buena idea.

Valoración: ★★★

Crítica: Elysium

Matt Damon

Con la aclamada Distrito 9 (2009), Neill Blomkamp se ganó a pulso el apelativo de “gran esperanza de la ciencia ficción“. Cuatro años después, el realizador surafricano regresa con una propuesta similar a su ópera prima en muchos aspectos, con el mismo espíritu creativo e incendiario, pero con presupuesto y estrellas de Hollywood. Gracias a Elysium, Blomkamp se confirma como un gran artesano del sci-fi, uno capaz de levantar un (otro) rico y complejo futuro distópico desde cero. Sin embargo, el director no se ha deshecho de los preocupantes vicios que dejaba entrever con su primera película, permitiendo que el interesante planteamiento se difumine en la peor de las demagogias.

Como cinta de acción futurista, Elysium es una obra ciertamente notable. Blomkamp se reafirma en su gusto por el paisaje sucio y árido, por el realismo salpicado de tecnología premonitoria, (por hacer saltar a personas en añicos por los aires), pero esta vez construye un aséptico y CartelCine ELYSIUM TRZ.aiorganizado universo paralelo para potenciar los acusados contrastes de su relato. La estación espacial-barrio residencial Elysium -que bien podría haberse llamado Arcadia, aunque al caso es lo mismo- es la tierra prometida para los ciudadanos que, por falta de recursos, están condenados a vivir entre las ruinas del planeta, como si del futuro de Wall-e se tratase -o el de Oblivion, con el que la película guarda más de un parecido. Elysium lo deja claro en todo momento: los ricos se salvan, los pobres se mueren. Y para garantizar que esto se cumple (y que a nosotros nos queda claro el mensaje) tenemos a la Secretaria de Estado Delacourt, el personaje de Jodie Foster, una villana en la línea de la Charlize Theron de Prometheus. Es decir, mala porque sí. Alegoría de la corrupción en las organizaciones gubernamentales a la que solo le falta frotarse las yemas de los dedos mientras descarga una carcajada de mala malísima.

Una de las funciones más básicas de la ciencia ficción -además de la escapista- es la social. El sci-fi más serio suele elaborar un comentario de la situación socio-política presente a través de la hipérbole high-tech y la profunda segmentación de clases en el futuro, a modo de advertencia sobre lo que se nos podría venir encima si seguimos así. Como diría Frank Herbert, “la función del género no es siempre predecir el futuro, a veces se trata de prevenirlo“. En este sentido, Elysium va sobrada de metáforas que aluden directamente a problemas que azotan a la sociedad norteamericana en la actualidad, en concreto a la cuestión de la sanidad públicalos absurdos de la burocracia o la inmigración (en Distrito 9 eran alienígenas, esta vez son terrícolas, pero todos cumplen exactamente la misma función). El problema es que Blomkamp no es capaz de encontrar el equilibrio entre escapismo y denuncia. En Elysium, la acción está siempre al servicio del evidente y taladrante discurso antisistema, y esto acaba sumiendo la película en el panfletismo más alarmante.

Jodie Foster

Afortunadamente, Blomkamp se encarga que nos divirtamos en todo momento, trata el género y a sus aficionados con el respeto y la dedicación que se merecen, construyendo a priori un ejemplar blockbuster pensado para el espectador adulto -es decir, sin cortapisas de estudios para rebajar el Rated R. Muy bien hasta que lo estropea todo cuando no nos deja pensar por nosotros mismos. En Elysium, los buenos son muy buenos: o masa de víctimas sin rostro, o “últimos héroes americanos” como el Max de Matt Damon, uno de esos everyman que salvan, y alteran el orden mundial con sus dos manitas -y alguna que otra mejora cibernética. Y por supuesto, los malos son malísimos. La teatralidad y el maniqueísmo con el que se construyen tanto a villanos como a héroes está al servicio de la metáfora sci-fi, para que la moraleja de este cuento quede bien clara en todo momento. Pero, ¿es necesaria tanta afectación para hacer llegar el mensaje? Si Blomkamp hubiera refrenado levemente estos impulsos combativos, si hubiera menospreciado un poco menos la inteligencia del espectador, Elysium no habría derivado en un producto tan convencional, e incluso irritante, y podríamos disfrutarla sin distracciones como la gran cinta de acción que es.

Oblivion: el batallón de limpieza de Tom Cruise

Oblivion (Joseph Kosinski, 2013)

El secretismo y la expectación levantada alrededor del nuevo filme de Joseph Kosinski (TRON: Legacy) ha convertido Oblivion en una de las películas más esperadas de la temporada. Desde luego, la campaña de márketing en la que Universal se ha enfrascado ha sido más que efectiva. Pero, ¿merece Oblivion todo el hype -autobombo puro- que ha tenido? La respuesta, en mi opinión, es un rotundo no.

El mayor interés de Oblivion reside en la espectacularidad de sus paisajes. Los naturales -gran parte del rodaje tuvo lugar en Islandia, donde se recreó una Manhattan desolada y enterrada tras una guerra con los alienígenas; Los artificiales -el diseño de producción de Darren Gilford, y en concreto la aséptica casa de estrella de Hollywood en la que viven Jack (Tom Cruise) y Victoria (Andrea Riseborough); Y por último los sonoros -la estimulante banda sonora de M83 y Joseph Trapanese, que fusiona tradición orquestal con elementos electrónicos. En general, Oblivion sigue al pie de la letra el manual de la ciencia ficción más minimalista, haciendo fácil la tarea de identificar sus mayores referentes: desde la obvia y confesa inspiración de 2001: una odisea del espacio, hasta la más acertada comparación con (la mucho más interesante) Moon, de Duncan Jones, pasando por el Spielberg de los actos primero y último de A.I. Inteligencia Artificial.

Sin embargo, lo verdaderamente importante, la historia, no está a la altura del acabado técnico. Con un arranque prácticamente calcado al de WALL·E -de la que podía haber aprendido también que a veces es mejor que los personajes no digan nada-, nos sumergimos en un escenario postapocalíptico en el que un hombre -que se autodenomina “limpiador” en cierto momento- se encarga de proteger un rincón de la Tierra del que aun se pueden aprovechar recursos naturales. Como el pequeño y entrañable robot de Pixar -pero mucho menos expresivo- Jack realiza un reconocimiento rutinario cada mañana, supervisado por su compañera Victoria. Dos personajes atrapados en una suerte de bucle temporal. El tiempo es precisamente uno de los principales leit-motifs de la película, que nos plantea una realidad cuyos cimientos se tambalean por los recuerdos de una vida pasada que se empeña en regresar a la mente de Jack -nosotros los vemos a modo de flashback en blanco y negro. Así, Oblivion se adscribe también al sci-fi existencialista que popularizó Matrix, el que cuestiona los límites entre la realidad y la fantasía, y que Kosinski ya practicó en TRON -aunque su discurso se pasase por alto.

Las posibilidades que brinda el género son completamente desaprovechadas en un guion evidente y carente de ambición. Oblivion subestima completamente al espectador al creer que este no predecirá en todo momento sus supuestamente sorprendentes giros argumentales. Lo peor es que la tensión se dilata de tal manera que cuando Kosinski se decide a insertar sus golpes de efecto, ya es demasiado tarde. El aturullado e insatisfactorio desenlace es la prueba final de que la única aspiración de Cruise y Kosinski era construir un festín visual -carne de IMAX– y un vehículo de dignificación y gloria para el dañado actor.

(Las interpretaciones de la película bien merecen un epílogo: Un Cruise temeroso y aburrido, que parece evitar movimientos interpretativos bruscos, no solo porque su personaje se lo pida, sino porque sabe que su imagen pública ha perjudicado su credibilidad como actor; una Olga Kurylenko impávida e inerte -aunque preciosa-, demostrando una vez más que NO es actriz. Y un reparto de secundarios trágicamente desaprovechados: Melissa Leo a través de una pantalla, Nikolaj Coster-Waldau y Zoe Bell con menos personalidad que un Stormtrooper, y Morgan Freeman en el papel más tópico de la película. Solo se salva Riseborough, como diva gélida y zorra celosa de culebrón).