Alita – Ángel de combate: Una maravilla visual que se queda a medias

El visionario cineasta James Cameron lleva años ocupado en las secuelas de Avatar que parecen no llegar nunca. Entretanto, el director de Titanic también dedica su tiempo al documental y a producir otras películas, como las últimas (y fallidas) entregas de la saga Terminator. El trabajo más reciente que llega avalado por su nombre es Alita: Ángel de combate, adaptación del popular manga GUNNMde Yukito Kishiro, que dirige Robert Rodríguez (Spy KidsPlanet Terror), con quien Cameron también escribe el guion, junto a Laeta Kalogridis (Shutter Island).

Alita: Ángel de combate es la producción de mayor envergadura que Rodríguez ha dirigido hasta la fecha, un carísimo y lustroso espectáculo al servicio de una historia de ciencia ficción clásica. La película nos traslada varios siglos en el futuro, concretamente hasta 2563. La humanidad sobrevive en un entorno post-apocalíptico tras los devastadores efectos de la catastrófica guerra conocida como La Caída. Buscando entre la chatarra que se acumula alrededor de Iron City, situada bajo Zalem, la única ciudad aérea que sigue en el cielo, el Dr. Dyson Ido (Christoph Waltz), cirujano especialista en híbridos de humano y robot, encuentra el cuerpo destrozado de una cyborg, a la que restaura y nombra como a su hija fallecida, Alita. Al despertar, la chica no recuerda nada de su vida pasada, pero a medida que se enfrenta a diversos peligros, los recuerdos empezarán a aflorar, descubriendo que sus impresionantes habilidades esconden un secreto muy importante. Es por ello que un malvado empresario de Zalem, Vector (Mahershala Ali), y la ex mujer de Ido, Chiren (Jennifer Connelly), harán lo posible por acabar con ella.

Alita: Ángel de batalla es sin lugar a dudas una de las superproducciones de Hollywood más ambiciosas del cine reciente. Salta a la vista que Cameron está detrás del proyecto, ya que se puede detectar su impronta visionaria en cada uno de sus planos. El despliegue técnico de la película es impresionante, desde la detallada creación de un universo propio con una mitología compleja e intrincada (incluido un deporte propio a lo Quidditch, el Motorball), hasta el cuidado apartado visual y su irresistible ambientación cyberpunk. Pero el mayor logro de Alita es su protagonista, creación digital que recoge los últimos avances en el terreno de la captura del movimiento, dando resultados absolutamente increíbles. Gracias a su aspecto hiperrealista, un movimiento físico sorprendentemente natural y una integración impecable con su entorno y los actores de carne y hueso, Alita (tras la que se encuentra la interpretación de Rosa SalazarEl corredor del laberinto) es sencillamente una de las creaciones digitales más alucinantes de la historia del cine, con una expresividad facial y corporal que no deja de asombrar.

Viendo Alita es inevitable recordar otros títulos sci-fi con los que guarda muchas similitudes, como Ghost in the ShellA.I. Inteligencia ArtificialBlade Runner, Astroboy o la Metrópolis de RintaroComo todos ellos, la de Rodríguez levanta una sociedad futura que se rige por normas propias (a menudo reflejo de nuestra propia sociedad actual) y trazan un entramado de especies, clases sociales y ocupaciones lleno de posibilidades discursivas. La primera hora y media de la película sirve para establecer las reglas de este universo, mientras nos da a conocer a Alita, caracterizada como una adolescente inocente, curiosa y bondadosa que está descubriendo el mundo y a sí misma. Uno de los mayores aciertos de la película es enfocar su trama principal hacia el relato coming-of-age, lo que añade humanidad a un género que en muchas ocasiones carece de ella.

Sin embargo, Alita acaba descartando la reflexión filosófica y moral de otras historias similares en favor del entretenimiento y el espectáculo más puro, ofreciendo grandes dosis de acción vistosa y trepidante, y un argumento que, a pesar de rebosar emotividad, prefiere quedarse en la superficie de las (interesantes) cuestiones morales que plantea. Esto responde quizá a su naturaleza de preámbulo, de primer capítulo de una historia que promete desarrollarse mejor más adelante, algo que juega indudablemente en su contra sobre todo durante su último acto, en el que la expectación por algo que se promete durante toda la película (la visita a la ciudad aérea Zalem) desemboca en un final anticlimático y un cliffhanger que deja la película literalmente inacabada, incompleta.

Aunque Alita cumple perfectamente como cine escapista y espectáculo de acción, con set pieces y combates extraordinarios, acaba hundiéndose conforme avanza, lastrada por la necesidad constante de explicar su funcionamiento y un evidente exceso de subtramas, que no hacen sino retrasar algo que no llega nunca. Tampoco ayudan sus diálogos, más bien torpes y sobreexplicativos, y una trama romántica adolescente que roza el crepusculismo y nos deja algunas escenas con las que es difícil no sonrojarse. Por todo esto, Alita: Ángel de combate acaba desaprovechando una oportunidad magnífica en un producto tan visualmente prodigioso como narrativamente irregular.

Pedro J. García

Nota: ★★★

 

[Crítica] Una vida a lo grande: Crecimiento personal en miniatura

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ElectionA propósito de Schmidt, Entre copas, Los descendientes, Nebraska. La carrera de Alexander Payne siempre ha estado caracterizada por un interés muy claro en ahondar en la naturaleza humana y la forma en la que nos relacionamos con la sociedad. Con su largometraje más reciente, Una vida a lo grande (Downsizing), el director originario de Nebraska ofrece su particular visión de la ciencia ficción con otra comedia de carácter existencialista llena de rostros familiares que presenta una premisa de lo más imaginativa.

Una vida a lo grande nos traslada a un futuro indeterminado en el que los científicos buscan la manera de afrontar los efectos del cambio climático y asegurar la preservación de la especie humana. El doctor Jorgen Asbjørnsen (Rolf Lassgård) realiza el hallazgo que cambiará el mundo para siempre: la forma de encoger a los seres humanos hasta una estatura de 12 centímetros. Este revolucionario avance científico se postula como la salvación de la humanidad, ya que permitirá ahorrar recursos, frenar la destrucción de la Tierra a manos del hombre y facilitar la mejora en la calidad de vida de aquellos que decidan someterse a la reducción de tamaño.

Diez años después del descubrimiento, reducirse empieza a ser habitual y el mundo se está adaptando a la nueva división entre grandes y pequeños. A pesar de sus reticencias iniciales, el matrimonio formado por Paul y Audrey Safranek (Matt Damon y Kristen Wiig), decide abandonar sus insatisfechas existencias a tamaño normal para reducirse y mudarse a Leisureland, lujosa comunidad en miniatura llena de sorpresas donde podrán vivir como si fueran millonarios. Allí, Paul cambiará por completo su manera de ver el mundo tras conocer a gente tan peculiar como Dusan (Cristoph Waltz) y Ngoc Lan (Hong Chau) y descubrir junto a ellos las rápidas y desalentadoras consecuencias que la reducción de personas tiene en la sociedad. Al fin y al cabo, el sistema está abocado a cometer los mismos errores, sea en el tamaño que sea.

La primera hora de Una vida a lo grande parece salida de la mente de Charlie Kaufman (guionista de Cómo ser John Malkovich, Adaptation., ¡Olvídate de mí! Anomalisa). El guion de Payne y Jim Taylor es creativo y sorprendente, llevando una premisa habitualmente reservada para el cine familiar o de aventuras al terreno de la comedia adulta, y aprovechándola para crear comedia visual inspirada y ocasionalmente subversiva e inquietante, gracias en parte a los llamativos efectos digitales. En la segunda mitad de la película, todo cambia. Una vida a lo grande no sigue el camino esperado, sino que se convierte en algo distinto, en una sátira ecológica, política y humanista difícil de predecir.

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Esto puede resultar en decepción para muchos espectadores, ya que las posibilidades narrativas y humorísticas que ofrecen Leisureland y el choque entre humanos grandes y pequeños se quedan sin explorar en profundidad, dejándonos con las ganas de ver más de la vida cotidiana a escala minúscula. En su lugar, Payne opta por contarnos la transformación social del mundo y el cambio interno del protagonista, un hombre pasivo que va modificando su perspectiva a medida que observa y descubre la nueva realidad a su alrededor, que evoluciona de forma más rápida que cuando tenía tamaño normal. Es decir, la historia de un hombre que tiene que empequeñecerse para crecer personalmente. Pero además, la película también pone patas arriba nuestras expectativas convirtiéndose en una inesperada y emotiva historia de amor que depara los momentos más tiernos y divertidos, casi todos gracias a la magnífica y enérgica interpretación de Hong Chau, la gran revelación del film.

Al final, Una vida a lo grande nos deja una afilada y melancólica reflexión sobre la humanidad y sus defectos, utilizando un concepto ambicioso de forma original y por momentos trascendente. Sí, es muy irregular, no aprovecha todo su potencial y quizá no sea la película que esperábamos, pero es la que Payne ha querido hacer, y su convencimiento no es precisamente pequeño.

Una vida a lo grande ya está disponible en Blu-ray y DVD de la mano de Paramount Pictures. La edición en Blu-ray incluye los siguientes contenidos adicionales:

-Trabajando con Alexander Payne
-Reparto
-Un viaje visual
-La importancia de la perspectiva
-Esa sonrisa
-Una preocupación global

Crítica: La leyenda de Tarzán

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Hay dos maneras de hacer un remake o volver a contar por enésima vez una historia en el cine: haciéndolo muy bien o aportando algo nuevo, algo distinto a lo que hemos visto en las anteriores iteraciones de la historia. La leyenda de Tarzán opta por la segunda vía. La película dirigida por David Yates (responsable de las cuatro últimas películas de Harry Potter y su spin-off Animales fantásticos y donde encontrarlos) toma al famoso personaje creado por Edgar Rice Burroughs y nos lo presenta bajo una nueva luz, tratando de no repetir la misma historia que se ha llevado al cine en varias ocasiones, y que el clásico Disney de 1999 se encargó de inmortalizar para las nuevas generaciones. Así, La leyenda de Tarzán se construye como secuela que se inicia presentándonos la faceta menos explorada del personaje: su vida burguesa en Inglaterra después de abandonar la jungla y adoptar la identidad de John Clayton III.

La historia de Tarzán forma parte del imaginario colectivo, por lo que el film no se detiene demasiado en sus orígenes, únicamente mostrándonos varios flashbacks necesarios para unir pasado y presente. De esta manera, La leyenda de Tarzán se centra en contar el regreso a la jungla de John, conocido en Londres como Lord Greystoke (Alexander Skarsgård), junto a su amada Jane (Margot Robbie). Clayton, convertido en leyenda en la capital británica, es invitado al Congo para servir como emisario comercial del parlamento, pero no acepta hasta que un diplomático norteamericano, George Washington Williams (Samuel L. Jackson) le desvela que los belgas están esclavizando a la tribu que hace años fue su familia. Junto a él y su mujer, Clayton regresa a su verdadero hogar para acabar con los planes de Leon Rom (Christoph Waltz), el corrupto capitán detrás de la trama homicida del rey belga para hacerse con el Congo y sus recursos naturales, un plan malvado que conecta directamente con el pasado de Tarzán y destapa heridas que no llegaron a cicatrizar nunca.

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A partir de las historias de Burroughs, Yates y sus guionistas componen una película que trata por todos los medios de ofrecer algo distinto, de mostrarnos a un Tarzán de los Monos más oscuro, más violento, una versión de la historia en cierto modo más actualizada, con mucha acción “moderna” (es decir, pensada para el 3D). Tanto es así, que por momentos La leyenda de Tarzán parece una película de superhéroes, en la que un justiciero con poderes extraordinarios recupera su súper-identidad después de permanecer inactiva (pero latente) durante años. Pero los esfuerzos son en vano, y a pesar de contarnos algo relativamente nuevo, el déjà vu es inevitable, y acabamos teniendo la sensación de que estamos viendo lo mismo de siempre. La razón es una aproximación excesivamente convencional, superflua y carente de fuerza creativaLa leyenda de Tarzán es una película insípida, sin verdadero interés, un trabajo que no aporta nada interesante al canon cinematográfico del personaje, ni a la actual corriente de puestas al día de los cuentos clásicos.

Si al menos hubiera otros alicientes que compensasen esta monotonía y falta de ímpetu, podríamos intentar salvarla. Pero La leyenda de Tarzán renquea en todos sus departamentos. Su reparto es cuanto menos irregular: la presencia física de Skarsgård es indudablemente imponente y el actor hace buen uso del lenguaje corporal para componer al personaje, pero aun con esas su interpretación resulta inexpresiva, escasa, algo parecido a lo que pasa con el impresionante Djimon Hounsou; Robbie es buena actriz, pero está muy mal escogida para este papel, y su aspecto indudablemente contemporáneo chirría con el entorno (además, el tratamiento de su personaje deja mucho que desear, insistiendo de boquilla en que Jane no es ninguna damisela, para ponerla en este rol durante la mitad del metraje y reducirla a eso; no chirriaría tanto si no lo dijera tanto, porque una cosa es decirlo, y otra demostrarlo -y no le estoy hablando a Jane, sino a los guionistas); Jackson ejerce como alivio cómico interpretándose a sí mismo, pero sus momentos 100% jacksonianos, por muy simpáticos que sean, son poco oportunos y revelan una gran desesperación por hacer que la película tenga algo de chispa; y por último, el de Waltz es el enésimo villano desdibujado y aburrido que nos deja el blockbuster actual, un personaje que a su vez es la enésima prueba de que el repetitivo y afectado actor austríaco siempre ha hecho y seguirá haciendo lo mismo una y otra vez.

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Aunque no lo creáis después de todo esto, La leyenda de Tarzán no es del todo mala película (podría haber sido mucho peor). Lo que sí es es una película muy mal hecha. Parece mentira que su presupuesto ascendiera a 180 millones de dólares, porque en pantalla no se nota por ninguna parte. La inconsistencia visual del film es increíble (parecen tres películas de diferentes estilos mal pegadas). Por un lado, tiene ocasionales destellos de fuerza y contundencia que atronan los sentidos, y los escenarios naturales africanos dejan estampas preciosas, pero por otro, el empaque que la cinta podía haber tenido (y que tiene por momentos) se va al traste por culpa de una gran cantidad de planos pixelados y desenfocados, imágenes nocturnas con un nivel de grano inaceptable, zooms artificiales que estropean la imagen, un montaje torpe que en lugar de cubrir estos defectos los acentúa, y lo peor de todo, unos efectos digitales lamentables (flaco favor le ha hecho tener tan cerca El Libro de la Selva de Disney), con cromas chirriantes y falsísimas criaturas CGI (incluyendo un Tarzán de videojuego que parece hecho en 2001). En definitiva, la película no funciona a ningún nivel, ni siquiera como pasatiempo o espectáculo, que es lo mínimo a lo que debería aspirar, y parece una versión inacabada que todavía no estaba preparada para su proyección en cines.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Crítica: Spectre

Daniel Craig

Daniel Craig vuelve a ponerse en la piel del agente 007, James Bond, después de tres entregas que han agitado la mitología alrededor del famoso personaje creado por Ian Fleming. Cuando da comienzo Spectre, la 24ª entrega de Bond, el personaje ya no trabaja “al servicio de su majestad”, sino que opera de forma independiente, ignorando las órdenes del nuevo M (Ralph Fiennes). Bond siempre se ha caracterizado por hacer las cosas a su manera, y en una época del cine de acción como la actual, en la que se imponen los supergrupos y el trabajo en equipo, él sigue insistiendo en ser un héroe solitario -sin contar la compañía femenina a la que necesita recurrir entre misiones, claro. Da igual el tiempo que pase y las reencarnaciones que experimente, Bond siempre será Bond.

Spectre es una película continuista. El director Sam Mendes y los cuatro (sí, cuatro) guionistas que han escrito el film han decidido convertir la historia en una especie de colofón de la era Craig. Esto no quiere decir que cierren la puerta a una quinta participación del rubio actor (aunque él ya se haya encargado de boicotearla en entrevistas). Es como cuando una serie clausura una temporada con un final lo suficientemente cerrado como para que sirva de conclusión en caso de ser cancelada y lo suficientemente abierto por si recibe una nueva temporada. De lo que no cabe duda es de que “James Bond regresará“, pero no sabemos hasta qué punto la siguiente entrega supondrá un nuevo reboot de la saga. Por eso, Spectre de momento funciona bien como desenlace, ya que en ella convergen las líneas argumentales de las tres anteriores, a través del enfrentamiento definitivo de Bond contra Spectre, la organización criminal detrás de los villanos de sus anteriores aventuras, presidida por el supervillano Franz Oberhauser, un Christoph Waltz en su salsa (eufemismo de “haciendo lo mismo de siempre”) eclipsado por Andrew Scott, que debería haber sido el Big Bad de la película.

Andrew Scott

Como es de esperar, Spectre está repleta de guiños y homenajes al universo Bond, no solo a las películas recientes, sino a sus más de 50 años en el cine. Esto hará las delicias de los fans del agente con licencia para matar, por supuesto, pero más allá de eso, la película ofrece pocos reclamos. Después de la oscuridad y la intensidad emocional de Skyfall, Mendes lleva a cabo una película más fría y mecánica, en la que, paradójicamente, no parece haber tanto en juego. Se trata de dos horas y media de lo mismo de siempre, pero esta vez con menos vida. La repetición de la fórmula no suele ser un problema en una saga tan asentada como esta, pero sí lo es que se ponga en práctica sin pasión. Y aquí falta pasión, falta la energía y el ardor de Casino Royale Skyfall. En ese sentido, Spectre se asemeja más a Quantum of Solace, al ser una historia menos trabajada y más ejecutada por inercia.

Lo que nos encontramos aquí es otra película de estructura episódica, construida a base de set pieces y “fases” de una gran misión que nos lleva de un lado a otro del mundo. De México D.F. durante el Día de los Muertos (fantástica secuencia de apertura de la que se obtiene la estética calaveritas de la campaña de marketing, pero que nada tiene que ver con el resto de la película) a Marruecos, pasando por Roma para una divertida persecución en coche y por supuesto Londres, donde tiene lugar el clímax. La acción es sobresaliente, como siempre, y algunas secuencias, como el prólogo o la brutal pelea de Bond contra Dave Bautista en un tren en marcha, elevan las cotas de adrenalina y espectacularidad. Sin embargo, el guion de Spectre está hecho a base de retales que se mantienen unidos a duras penas por un arco transversal algo confuso. Además, la historia resulta más superficial y previsible de lo que querríamos, dejando siempre a simple vista la tramoya que hay detrás del escenario. Se ven los trucos en todo momento, esa red que está en el sitio exacto para recoger a Bond de una caída mortal, ese coche pasando por la escena en el momento adecuado, esos personajes moviéndose en el tablero de la forma más conveniente. Cuando es para hacer comedia, funciona (Bond cayendo en el sofá), pero como ardid para resolver conflictos se le acaba viendo demasiado el plumero (se confían muchas cosas al azar, y al final no sentimos que haya verdadero peligro).

Daniel Craig;Lea Seydoux

Como decía al principio, Bond es un héroe solitario, deshumanizado, y Mendes ha respetado esta característica del personaje, como tantas otras que definen su universo. Sin embargo, sería interesante ver las reglas del mismo alteradas de verdad alguna vez. En Spectre se intenta explorar el lado vulnerable del agente hurgando en su pasado, pero no llega muy al fondo. Y esto ocurre en cierto modo porque esta vez los vínculos emocionales entre personajes no son tan importantes (uno de los puntos fuertes de Skyfall era la relación Bond-M/Judi Dench) y porque las chicas Bond de esta entrega vuelven a quedarse cortas comparadas con Eva Green. Léa Seydoux cumple con un personaje a medio camino entre la princesa en peligro y la chica de acción, pero cansa ver de nuevo a otro personaje femenino que al final solo está ahí para que Bond se haga el héroe y salve a la enésima mujer de su vida. Y no me hagáis hablar del papel de Monica Bellucci, que apenas sale en pantalla dos minutos para hacer de trozo de carne. La actriz italiana ha calificado a su personaje de “revolucionario”, porque, atención, esta vez Bond no se acuesta con una jovencita, sino con una mujer madura (casi de su edad, vamos). Qué triste. Vale que la misoginia, el edadismo y el carácter mujeriego forman parte de la personalidad y la leyenda del personaje, pero estaría bien que esto empezara a compensarse de verdad, escribiendo mejor a los personajes femeninos de la saga (Naomie Harris tampoco hace mucho) y rebajando el machismo redomado de Bond, que en Spectre alcanza cotas inaceptables para 2015.

En definitiva, Spectre ofrece todo lo que cabe esperar de una película de James Bond (elegancia, distinción y acción contundente por encima de todo) pero en esta ocasión hay menos cohesión en la historia y resulta todo demasiado rutinario, y en consecuencia, aburrido. Diálogos, desarrollo de personajes, giros argumentales, todo deja entrever cierto agotamiento y desgana, lo que pone de manifiesto la necesidad de renovarse una vez más. Craig ha sido (es) un gran Bond, pero ya es hora de pasar el testigo y darle un giro a la saga. Propongo un spin-off de Q, el (desaprovechado) personaje de Ben Whishaw, para hacer tiempo hasta que se dé con la forma de rescatar a Bond de las garras del cansancio.

Valoración: ★★★

Crítica: Big Eyes

BIG EYES

Cuando nos enteramos de que Tim Burton se iba a ocupar del biopic de Margaret y Walter Keane, Big Eyes, sonaron campanas de esperanza para los fans del director de Eduardo manostijeras. ¿Será posible que Burton vaya a volver a sus días de Ed Wood? ¿Se ha dado cuenta por fin de que tanta pantalla verde estaba matando su creatividad? ¿Detendrá con esta película su imparable caída en la autoparodia? Poco después, cuando confirmamos que ni Johnny Depp ni Helena Bonham Carter formarían parte del elenco de Big Eyes, clamamos Aleluya al cielo. La cosa pintaba bastante bien, y el proyecto auguraba una vuelta a la forma que tanto el director como sus fieles seguidores necesitaban.

Pues bien, después de ver Big Eyes, podemos decir que Burton no ha recuperado el lustre de antaño (quizás ni esté interesado ni el siglo XXI se lo va a permitir), pero al menos ha realizado su film más centrado en años, un trabajo des-burtonizado y descargado de florituras innecesarias (y de ridículos bailes de celebración anticlimática) que desvía la atención hacia lo importante: el excelente trabajo interpretativo de Amy Adams como la amantísima y achantadísima ama de casa de los 50 Margaret Kane.

Big EyesBig Eyes cuenta la fascinante historia de esta artista obligada a pintar cuadros en la sombra mientras su marido se llevaba la gloria por su trabajo. Así, nos adentramos en la psique de Margaret para descubrir la motivación tras los famosos óleos de niños con los ojos enormes que incitaron el debate en los 60 sobre la validez del arte pop y la (re)producción en cadena de las obras de arte (muy bien aderezado con la cómica presencia de Jason Schwartzman como el galerista Ruben). Burton rasca y encuentra, sin embargo no logra profundizar todo lo que pedía una historia con tanto potencial como esta –queríamos sobresaliente drama de autor y nos conformamos con notable peli de sobremesa. El director establece un claro paralelismo entre la obra de Keane y el matrimonio de Margaret y Walter, ese monstruo despiadado con disfraz de caballero salva-divorciadas-en-peligro que interpreta el ubicuo (eufemismo de pesado) Christoph Waltz. De ambos extrae una suerte de reflexión sobre las apariencias y la falsedad/falsificación que resulta atinada, pero que se diluye en las formas de biopic tradicional que Burton adopta.

Al final, Big Eyes es eso, una oportunidad perdida, un film al que poco se le puede reprochar (la también des-elfmanizada partitura de Danny Elfman, la puesta en escena, el diseño de producción, el estilismo, todo más que adecuado), pero al que nos vemos obligados a cantar las alabanzas con la boca pequeña. Para bien, el sutilmente virtuoso trabajo de Adams, que personifica a la perfección el paradigma de la mujer en la época de transición de los 60 y muestra en sus expresivos y acuosos ojos todo lo que Burton no nos cuenta sobre el personaje. Para mal, el de Waltz, que a pesar de regalarnos la escena del juicio (un acto final que divierte pero nada más), se deja en evidencia con una (otra) interpretación histriónica, clonada de las anteriores, y cargada de mohínes que, al menos, nos sirve para celebrar con mayor entusiasmo la catarsis del triunfo y liberación de Margaret Kane.

Valoración: ★★★½