Vengadores: Endgame: Un final “perfectamente equilibrado” [Crítica sin spoilers]

El cine tal y como lo conocíamos cambiaría en 2008 con el estreno de Iron Man. Por aquel entonces, poco podíamos imaginar lo que Marvel conseguiría a lo largo de la década posterior, pero el estudio tenía un plan, y este ha dado más frutos de lo que ni siquiera ellos mismos se imaginaron. Diez años y 21 películas después, llegamos al gran evento cinematográfico con el que se cierra una era, Vengadores: Endgame, el desenlace de una macrohistoria impecablemente diseñada y estructurada que ha amasado récords de taquilla, ha cambiado las reglas del blockbuster, y lo más importante, ha enganchado a cientos de millones de personas en todo el mundo.

Vengadores: Infinity War sacudió los cimientos del Universo Marvel con un final cliffhanger que alcanzó estatus icónico inmediato, y del que se seguirá hablando en el futuro. El chasquido de Thanos cambió el universo, eliminando a la mitad de los seres vivos que lo habitan, y generando una de las reacciones más viscerales entre los espectadores que se recuerdan en mucho tiempo. La devastación que provocó la derrota de los Vengadores, y el desvanecimiento de sus seres queridos y muchos de nuestros héroes favoritos, puso de manifiesto el gran logro de Marvel, la fidelización de la audiencia a través de sus personajes, y también sus mayores virtudes, la planificación narrativa a largo plazo y la paciencia. Si el chasquido nos afectó tanto (incluso sabiendo que sus trágicos efectos no serían permanentes), es porque sus personajes nos importaban. Y nos siguen importando.

En Marvel son maestros de la anticipación. Y esa anticipación nos ha llevado hasta aquí, hasta el “juego final”, el clímax de las primeras tres fases del UCM. Escribir una crítica de Endgame sin desvelar puntos claves de su argumento es una tarea complicada, por no decir imposible, pero lo intentaremos. El factor sorpresa es un elemento clave en la película de Joe y Anthony Russo. Es por ello que los trailers han jugado al despiste incluyendo imágenes en su mayoría pertenecientes a la primera media hora de metraje (o que no están en el montaje final) y ocultando la participación o el look de ciertos personajes. A pesar de haber desatado miles y miles de teorías, Endgame es la película más imprevisible del Universo Marvel. Por eso era de capital importancia no estropear ninguna de las innumerables sorpresas y giros argumentales del film, ya que su descubrimiento es esencial para vivir la mejor experiencia cinematográfica posible.

Endgame lidia con las consecuencias de la devastación provocada por Thanos en Infinity War, dando énfasis a los seis Vengadores originales, Iron Man, Capitán América, Viuda Negra, Ojo de Halcón, Thor y Hulk. Todos ellos unen fuerzas junto al resto de los héroes que sobrevivieron al chasquido para trazar un plan con el que derrotar definitivamente al Titán Loco y con suerte deshacer el desastre que ocasionó. El primer acto es con diferencia la hora más triste, madura y emocional de todo el Universo Marvel. Es entonces cuando Vengadores se convierte en The Leftovers, cuando los supervivientes deben enfrentarse a la vida sin sus compañeros de “trabajo”, sin sus seres queridos, sin su familia… mientras el mundo se adapta a su nueva realidad.

Y es ahí donde los hermanos Russo más se toman su tiempo. Endgame es la película más grandiosa y ambiciosa de Marvel, pero la duración de tres horas no se justifica (solo) por la necesidad de cerrar mil asuntos o incluir más batallas, sino por los momentos más pequeños; las escenas en las que se exploran los lazos entre los personajes, las que nos muestran a los superhéroes como seres humanos afrontando la pérdida y asumiendo la necesidad de pasar página. En esas interacciones, en esas miradas y esas lágrimas es donde Marvel esconde la esencia de lo que está contando, lo que hará que lo que pase a continuación nos afecte más profundamente. Porque en todos estos años, nos han estado contando una historia a la que no hemos prestado la atención suficiente porque siempre hemos tenido algo más explosivo o impactante que comentar: la de una familia. Más allá de los trajes, los superpoderes, las aventuras intergalácticas y la reflexión sobre lo que significa ser un superhéroe, Marvel ha construido una familia (o varias) a la que deseamos ver unida de nuevo, cueste lo que cueste.

Pero por supuesto, Endgame también es humor (Thor, Bruce y Scott protagonizan los momentos más divertidos y extraños, pero hay muchos más), es acción y espectáculo. Aunque el listón estaba alto después de Infinity War, los Russo consiguen superar en envergadura y alcance a la anterior entrega de los Vengadores. Y a todas las películas del Universo Marvel. Endgame incluye algunos de los planos más impresionantes y memorables de toda la saga, los mejores efectos visuales, combates que paran la respiración y la que es una de las batallas más épicas que se han visto jamás en una pantalla de cine.

Y lo mejor es que todo está medido para que nunca se pierda de vista el propósito de la historia, el objetivo final, para que todas las piezas encajen y la pirotecnia nunca eclipse a los personajes; un numerosísimo plantel de héroes que se dosifica de forma inteligente y mesurada (cualquier momento, por pequeño que sea, es importante, todos los regresos y apariciones sirven una función, y la incorporación de Capitana Marvel se realiza con coherencia y sin robar protagonismo a los que están ahí desde el principio). Es cierto que la trama abarca tanto y depende tanto de todo lo visto anteriormente, que por momentos puede apabullar o confundir, que hay alguna decisión difícil de digerir y que los agujeros de guion están a la vista de todos, pero teniendo en cuenta la titánica hazaña a la que se enfrentaba Marvel con tantísimos cabos que atar, y lo bien que la ha desempeñado, no dejan de ser detalles menores en un final enormemente satisfactorio.

Vengadores: Endgame es el gran acontecimiento que nos prometieron, una de esas películas que marcan generaciones. Sus tres horas resultan casi inabarcables, emocionalmente agotadoras (en especial su abrumador último acto y su conmovedor epílogo), pero no sobra ni un minuto. Todo cuanto acontece en ella responde a un meticuloso plan ejecutado a la perfección, y aun así se las arregla para sorprender y mantener alerta de principio a fin, para hacernos reír y llorar, para dejarnos clavados en la butaca y darnos una escena icónica detrás de otra. Pura catarsis.

Se trata de la culminación de diez años de extraordinario trabajo que se saldan con la película más emotiva de Marvel, la sublimación de su estilo narrativo y su equilibrada fusión de acción, épica, drama y comedia. También es la entrega en la que el reparto más se ha dejado la piel y el corazón, en la que más salta a la vista la importancia capital de los actores que hay tras los personajes. Y por último, es una gran celebración del Universo Marvel, un sentido autohomenaje repleto de guiños y un inmejorable regalo a los fans que han llevado al estudio a lo más alto con su fidelidad incondicional. En definitiva, un final redondo que está a la altura de las monumentales expectativas y hace que la espera haya merecido la pena.

Si Infinity War era el principio del fin, Endgame es el fin… y también un principio. De algo nuevo. Algo probablemente diferente. Indudablemente excitante. Cierre definitivo (y precioso) para algunos personajes, nuevo comienzo para otros, y un futuro lleno de posibilidades infinitas para los seguidores del estudio. La historia continúa expandiéndose y transformándose de forma imparable, y sea lo que sea lo que nos están preparando, Marvel se ha ganado nuestra entera confianza para los próximos diez años. Como mínimo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★★

La LEGO Película 2: Todo sigue siendo fabuloso

Phil Lord y Christopher Miller, los prolíficos creadores de Lluvia de albóndigas, Infiltrados en clase y más recientemente productores de la revolucionaria Spider-Man: Un nuevo universo sorprendieron al mundo en 2014 con La LEGO Película, genial aventura animada que demostró que se puede hacer buen cine basado en marcas de juguetes. Con el ritmo acelerado y el humor autoconsciente que caracteriza a los trabajos de Lord y Miller, la primera LEGO película conquistó al mundo entero, y su secuela no tardó en anunciarse.

Ha tardado unos años en llegar, pero La LEGO Película 2 ya está aquí. En esta nueva entrega volvemos a vernos las caras con los héroes de LadriburgoEmmet, Lucy, Unikitty, el astronauta Benny y, por supuesto, Batman, la verdadera estrella de la primera película. Han pasado cinco años desde que la pandilla salvó su ciudad del Apocalipsis, y ahora, los ciudadanos de Ladriburgo se enfrentan a una nueva amenaza: invasores LEGO DUPLO provenientes del espacio exterior. Emmet y sus amigos deberán emprender un viaje a través de la galaxia inexplorada para detener la destrucción de su mundo a manos de los extraterrestres, encontrando en su camino nuevos aliados y enemigos que pondrán a prueba su valentía y sus relaciones.

Mike Mitchell (Sky HighTrolls) releva a Miller y Lord como director, mientras ellos permanecen en el control creativo de la secuela, de la que han escrito el guion. Después de la primera película, y los sucesivos spin-offs centrados en Batman y Ninjago, la frescura y la originalidad de la franquicia han disminuido. En La LEGO Película 2 ya no hay factor sorpresa, pero sigue habiendo muchas ganas de divertir y hacer reír, y toda la energía y la creatividad de la saga está intacta. Salta a la vista que la secuela no es un mero trabajo de extensión comercial de franquicia. Miller y Lord se han empleado a fondo para hacer una buena comedia y construir una historia con enjundia, una continuación con sentido (y sensiblidad) para sus personajes.

El ingenio de La LEGO Película 2 no tiene fin. Lo comprobamos en los nuevos escenarios con los que la franquicia se sume en el puro sci-fi distópico: principalmente un divertidísimo erial post-apocalíptico a lo Mad Max y un espacio exterior de desbordante y colorido estilo visual, con el que se introduce la marca LEGO DUPLO (orientada a los más pequeños) de la forma más inteligente. Por lo demás, la segunda parte conserva lo que hizo que la primera conquistase a espectadores de todas las edades: chistes y diálogos brillantes en su surrealismo meta, cameos para gozar, acción trepidante, una animación deslumbrante (es increíble la expresividad que se puede sacar de personajes con un movimiento tan limitado) y un bonito mensaje familiar (en este caso fraternal) que unifica todo con un lazo emocional y nos indica que, efectivamente, la película nos quiere contar algo.

Aunque se excede en el número de canciones (todas ocurrentes, eso sí), que la convierten oficialmente en un musical (muy a pesar de sus protagonistas, que se quejan constantemente de ello), La LEGO Película 2 da en la diana y se erige como una secuela más que digna, evitando el estancamiento y mejorando además algunos aspectos de la original, como el tratamiento de sus personajes femeninos y las escenas en acción real protagonizadas por humanos (Maya Rudolph sustituye a Will Ferrell y, como de costumbre, lo borda). En cuanto a los personajes de la primera entrega, Emmet y Lucy experimentan una evolución que pocas veces se ve en el cine de animación familiar y Batman sigue siendo el mismo robaescenas descacharrante. Mientras que los nuevos ejercen un contrapunto muy interesante con ellos, ayudándolos a ver las cosas de otra manera y crecer.

Como decía, la novedad ha desaparecido, pero Miller y Lord han sabido compensarlo con un guion sólido, lleno de giros, autorreferencias y esa locura optimista e hiperactiva que los diferencia de otros productos animados más convencionales y hace de esta franquicia una fiesta constante. La LEGO Película 2 nos dice con entusiasmo y convicción que la animación es la vía perfecta para dar rienda suelta la creatividad (mensaje muy acorde a la marca que celebra) y demostrar que no hay límites a la imaginación.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Jurassic World – El reino caído

Jurassic World llegó en 2015 para revitalizar la saga creada por Steven Spielberg y sorprendió a todo el mundo convirtiéndose en una de las películas más taquilleras de la historia. El reboot dirigido por Colin Trevorrow y protagonizado por Bryce Dallas Howard y el omnipresente Chris Pratt dio comienzo a una nueva trilogía cuya segunda entrega llega este año a los cines. El español J.A. Bayona (El orfanato, Lo imposible, Un monstruo viene a verme) recoge el testigo de Trevorrow (que permanece en la franquicia como guionista y productor) para dirigir Jurassic World: El reino caídouna aventura jurásica más oscura que se mantiene fiel a la saga, pero a la vez la mueve hacia nuevos lugares.

Han pasado tres años desde los terribles acontecimientos que llevaron a la destrucción del nuevo parque temático y complejo turístico de Jurassic World. Isla Nublar ha sido abandonada por el hombre, y los dinosaurios sobreviven como pueden, mientras un volcán que se creía inactivo entra en erupción, amenazando con acabar con toda la vida en la isla. Ante una posible nueva extinción de los dinosaurios, las autoridades deciden no actuar y dejar que la naturaleza siga su curso.

Claire Dearing (Howard), ahora líder de un grupo de activistas defensores de los derechos de los animales, se embarca en un viaje de regreso a Isla Nublar junto a una doctora (Daniella Pineda) y un técnico informático (Justice Smith) para salvar a los dinosaurios. Para llevar a cabo su plan, tendrá que contar de nuevo con la ayuda de Owen Grady (Pratt), que sigue manteniendo un vínculo especial con Blue, el inteligente raptor al que crió en el parque, y que está desaparecido en la jungla. Cuando llegan a la isla, la expedición descubre una conspiración que podría poner en peligro el planeta entero.

La primera mitad de Jurassic World: El reino caído transcurre en Isla Nublar y nos conduce por itinerarios muy conocidos de la saga. Volvemos a la zona cero para encontrarnos las ruinas de Jurassic World amontonándose sobre los vestigios que quedan del antiguo Parque Jurásico. Es por tanto un doble ejercicio de regresión el que realiza Bayona, continuando la nueva historia que se presentó en 2015 a la vez que mantiene el espíritu del clásico original de Spielberg. Al igual que Tevorrow, Bayona deja patente su amor por la saga en cada plano, ya sea con las mil y una referencias al pasado, como mediante el tratamiento de la historia, en el que se nota mucho la mano orientadora de Spielberg.

La sensación de déjà vu es muy fuerte a lo largo de todo el metraje, con planos, situaciones y giros argumentales que nos remiten directamente a las dos primeras entregas de la saga (las que dirigió Spielberg). Aunque el guion se esfuerza en justificar el regreso a Isla Nublar, la película no puede evitar caer en múltiples agujeros narrativos y, sobre todo, en la repetición, ya que las posibilidades después de cuatro películas empiezan a ser muy limitadas. Por eso, la segunda mitad sirve para romper el molde. En una trama similar a la de El mundo perdido (con la que establece muchos paralelismos), la acción se traslada a Estados Unidos, concretamente a la enorme mansión de Benjamin Lockwood (James Cromwell), la persona que ideó Parque Jurásico junto a John Hammond. Allí, Jurassic World empieza a dejar atrás el pasado para mirar al futuro.

Lo que hay hasta llegar a ese intenso clímax es un trepidante y estruendoso espectáculo de acción a la altura de lo que se espera de ella. Bayona pone su pericia técnica y su excelente gusto para lo visual al servicio de una película llena de secuencias impresionantes y planos construidos con mucha atención al detalle (su manejo del espacio y la oscuridad para crear tensión es brillante). El reino caído incluye algunos de los set pieces de acción más ambiciosos de toda la saga (la huída de Isla Nublar deja clavado en la butaca) e imágenes para el recuerdo (el último plano en Isla Nublar es precioso y devastador), los efectos digitales han mejorado con respecto a la anterior -las criaturas son más realistas y esta vez se han usado más animatronics, lo cual se agradece-, y los dinosaurios dan más miedo que nunca (aunque se pasen buena parte del metraje sedados y en jaulas). De hecho, El reino caído es la entrega con más terror de la saga Jurassic.

Sin embargo, el espectáculo se ve ocasionalmente lastrado por un guion inconsistente y lleno de tópicos, villanos peores incluso que el de Jurassic World y un componente de thriller de conspiración con el que la película quizá se toma demasiado en serio a sí misma. En El reino caído no falta la diversión propia del cine de monstruos y catástrofes, pero el film aspira a ser algo más, y no siempre lo consigue. Se nota que Bayona está tras las cámaras, no solo por la mansión llena de secretos y la presencia de Geraldine Chaplin, sino también por cómo intenta insuflar emoción al terror y la fantasía. Lo hace recuperando los dilemas morales planteados por Ian Malcolm (Jeff Goldblum en un pequeño cameo), convirtiendo a los dinosaurios en personajes, explorando la conexión entre Owen y Blue o con el nuevo personaje infantil (Isabella Sermon). El problema es que las emociones no siempre resultan genuinas (quizá por su empeño en subrayarlas siempre tanto), como tampoco suficientes para cubrir las carencias del guion, a pesar de que el reparto hace un buen trabajo dotando de alma humana a una historia un tanto mecánica y falta de lógica. Especialmente Pratt, esta vez con el factor canalla rebajado, y Howard, heroína con agallas y corazón (y calzado más cómodo).

Aun con sus fallos, la película cumple de sobra su papel como entretenimiento escapista y blockbuster estival, y satisfará a los fans de Parque Jurásico, a los que recompensa con numerosos guiños cómplices. Al igual que con Jurassic World, es recomendable no buscarle los tres pies al Rex y dejarse llevar. El reino caído se disfruta más cuanto menos se piensa y más se siente. Si uno entra, el buen rato está garantizado.

Después de cuatro películas, el asombro que Spielberg creó con la primera Parque Jurásico ya es imposible de reproducir, por eso es un acierto que hayan buscado la manera de insuflar nueva vida a la franquicia, aunque antes de introducir el verdadero cambio hayan repetido el mismo esquema otra vez. El final de El reino caído abre todo un mundo de opciones, dejando entrever un futuro con implicaciones escalofriantes y muchas posibilidades para la saga, y sobre todo, abriendo la puerta para que esta sea libre y, por fin, evolucione.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

‘Vengadores: Infinity War’: Un acontecimiento de proporciones titánicas

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Todo está conectado y todo ha conducido hasta aquí. El principio del fin. El final de un principio. Después de una década, tres fases y 18 películas, da comienzo la culminación del Universo Cinematográfico Marvel tal y como lo conocemos con Vengadores: Infinity WarAunque técnicamente sea la tercera entrega de Vengadores (la cuarta si contamos Capitán América: Civil War), esta vez es distinto, y se siente en cada fotograma. Se trata del clímax de todo un universo de ficción construido con admirable paciencia y planificación, un desenlace que promete sacudir fuertemente sus cimientos antes de iniciar la siguiente etapa.

Si La era de UltrónCivil War ya contaban con repartos multitudinarios, lo de Infinity War es la macro-reunión más impresionante que nos ha dado el cine de superhéroes hasta la fecha. Parecía imposible, pero Marvel lo ha conseguido. A Los Vengadores se suman los Guardianes de la Galaxia y otros muchos aliados para enfrentarse a la mayor amenaza de su historia, Thanos. El Titán Loco planea hacerse con las Gemas del Infinito para llevar a cabo su ambicioso plan de transformar y dominar el cosmos entero. Los héroes deberán proteger las Gemas de su familia de secuaces, la Orden Negra, para evitar que su enemigo se convierta en un ser todopoderoso y ponga fin al universo.

Un argumento relativamente sencillo para describir una historia que lleva desarrollándose a lo largo de tanto tiempo con múltiples frentes y ramificaciones. Los hermanos Russo, que dirigieron las dos anteriores entregas del Capitán América, El soldado de invierno y Civil War, se hacen cargo del reto más complicado de los diez años de Universo Marvel, unificar todo lo visto hasta ahora y hacer que confluya en dos horas y media de película. El resultado es sin duda satisfactorio, en especial para aquellos que hayan seguido devotamente el Universo Marvel (los espectadores casuales probablemente no se enterarán de nada). En recompensa a la fidelidad de los marvelitas, Infinity War les da todo lo que querían. Y después mucho más.

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Porque en realidad, más que una película, Infinity War es un evento. Uno orquestado para hacer que los fans de Marvel se queden pegados a su asiento y no pestañeen ni una vez, por miedo a perderse algo importante. Infinity War redefine el término “épico”. Es grande. Enorme. Tanto que puede ser difícil abarcar todo lo que pasa en ella y acabar siendo una experiencia abrumadora. Pero eso es justo lo que esperábamos, un acontecimiento como ninguno otro en el cine reciente, un aluvión de información y sensaciones, el crossover para acabar con todos los crossovers.

En Infinity War coinciden por primera vez (casi) todos los personajes principales de Marvel a los que hemos conocido en anteriores películas. Los Vengadores, los Guardianes, Spider-Man, Doctor Strange, Black Panther… La historia transcurre en multitud de emplazamientos, recorriendo toda la galaxia conocida para (re)introducir a los héroes, conducirlos los unos hacia los otros y formar varios grupos con ellos. A pesar de que esto causa la inevitable fragmentación y el amontonamiento que suele lastrar este tipo de reuniones superheroicas, los Russo consiguen que todo encaje, conservando los estilos individuales y las voces de los personajes, lo cual ayuda a unificar un todo disperso y muy bullicioso. Además, gran parte de la acción transcurre en el espacio o alejada de núcleos urbanos, dando a la película una dimensión cósmica aglutinadora y ya de paso evitando volver a caer en el hastiado recurso de la destrucción de una ciudad.

Por supuesto, tantos personajes y tramas entrelazadas provocan los consabidos problemas: unos héroes quedan irremediablemente desplazados por otros (sorprende el poco peso que tienen Capitán América y Viuda Negra, seguramente reservados para la próxima) y el constante ajetreo al viajar de un rincón a otro de la galaxia puede llegar a agotar. Además, algunas escenas de batalla, por muy espectaculares que sean (y lo son, mucho), son tan vertiginosas y abarrotadas que corren el riesgo de saturar al espectador -nada a lo que no estemos habituados, por otro lado.

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Aun así, hay que elogiar de nuevo a los Russo porque, pese a todo esto, logran mantener el interés de principio a fin y que la película no tenga bajones de ritmo. Lo hacen cumpliendo a rajatabla el decálogo de Marvel, combinando acción, humor, épica y emoción de forma infalible. En Infinity War no hay minutos desaprovechados ni pasos en falso. Acierta dosificando bien la comedia (aunque sobra el product placement de los diálogos), sacando partido de las interacciones (y choques) entre personajes para dejarnos chistes verdaderamente inspirados y momentos muy divertidos a pequeña escala que suponen un respiro en contraposición a la magnitud de la película, y siempre teniendo en cuenta los vínculos que los unen y los motivan. De hecho, los héroes tienen el poder de derrotar a Thanos, pero es la lealtad y el amor que se profesan lo que dificulta su tarea de acabar con el villano y salvar el universo. Y ese es quizá el mayor acierto del film. Y del Universo Marvel en general. Que nunca pierde de vista el corazón que lo bombea y la importancia de anclar la acción en los personajes y sus relaciones.

Otro aspecto en el que Infinity War se salda con éxito es en la construcción del villano. Llevábamos mucho tiempo esperando ver a Thanos en acción y lo cierto es que no defrauda. Josh Brolin (a quien se puede identificar claramente tras el CGI) crea un antagonista grandioso y carismático cuyas apariciones en pantalla transmiten la tensa amenaza e imprevisibilidad que caracteriza al gigante púrpura, magnificadas por el impactante realismo de su rostro, fruto de un excelente trabajo de efectos digitales. Aunque no deja de ser el clásico monstruo con ansias de poder y control, el guion asocia su comportamiento a la compleja relación familiar que tiene con Gamora, lo que hace que presente muchas más capas que otros malos de Marvel. No tanto su séquito, la Orden Negra, que con excepción de Ebony Maw, están desdibujados y parecen personajes de World of Warcraft que se han perdido y han ido a parar a los pies del villano.

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Volviendo a Gamora, es necesario destacar la interpretación de Zoe Saldana, que comparte con Brolin el peso de la trama central, dándole un enfoque inesperadamente conmovedor a su personaje. Aunque en general, el trabajo de todo el reparto es sólido, con cada actor y actriz repitiendo aquello que tan buenos resultados les dio en películas anteriores. El descaro de Robert Downey Jr., la inocencia entusiasta de Tom Holland, la nobleza de Chris Evans, la fuerza de Elizabeth Olsen y su conexión con Paul Bettany, la afabilidad cercana de Mark Ruffalo, la fusión de gracia tontorrona y dramatismo imponente de Chris Hemsworth, la chispa impredecible de Dave Bautista… El dominio que tienen sobre sus personajes y lo definidos que estos están confirma una vez más cuál es el gancho real de estas películas, haciendo que los momentos individuales sean mejores que la suma de las partes.

En definitiva, y aun con sus defectos, Infinity War supone otra victoria para la Casa de las Ideas, una experiencia intensa, emotiva, visceral, visualmente desbordante y llena de sorpresas, en la que, por primera vez en el Universo Marvel, tenemos la sensación de que puede ocurrir cualquier cosa (y cuando lo hace, golpea tan fuerte que cuesta recuperarse). Estaremos hablando durante mucho tiempo de su escalofriante final, un cliffhanger que deja la impresión de haber visto solo la primera mitad de algo, pero también dispara hacia las estrellas la expectación y el miedo por saber qué nos deparará la segunda.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Passengers: Oscuro cuento de hadas en el espacio [Reseña Blu-ray]

Chris Pratt; Jennifer Lawrence

Por separado, el poder de Jennifer Lawrence y Chris Pratt es imparable. Imaginaos lo que pueden hacer juntos. O mejor no os lo imaginéis, porque ya podéis comprobarlo con vuestros propios ojos. Morten Tyldum (The Imitation Game) reúne a dos de las mayores estrellas del Hollywood actual en Passengers, una odisea de ciencia ficción hecha a medida para los dos rubísimos y guapísimos actores, que se aguantan sobre sus tersos y tonificados hombros casi la totalidad de la película. Passengers es un carísimo vehículo de lucimiento para Lawrence y Pratt, y no se oculta en ningún momento. Pero hay mucho más. Despierten y vean.

Jim Preston (Pratt) y Aurora Lane (Lawrence), un brillante mecánico y una periodista en busca de nuevos retos, son dos de los pasajeros a bordo de la Avalon, una nave espacial que se dirige hacia otro planeta para iniciar una colonia humana. Los 5.000 pasajeros que viajan en ella se encuentran en estado de criogenización, en cápsulas programadas para despertarlos cuando la nave llegue a su destino, después de 124 años de trayecto. Sin embargo, el viaje toma un giro inesperado cuando las cápsulas de hibernación fallan misteriosamente y Jim y Aurora despiertan 90 años antes de tiempo. Con la única compañía de un barman androide (Michael Sheen) llamado Arthur, ambos intentarán averiguar el motivo que se esconde tras el fallo y arreglarlo para reanudar su hibernación y poder sobrevivir. Sin embargo, la situación se complica y los dos se enfrentan a la posibilidad de tener que vivir el resto de sus existencias solos en el espacio. Por supuesto, el roce (y la soledad) hace el cariño, y la innegable atracción que hay entre ambos resulta en un romance de proporciones intergalácticas.

Sin embargo, un oscuro secreto amenaza con salir a la luz y truncar la relación de Jim y Aurora. Y ahí está el quid de la cuestión. Passengers esconde algo que no se mostró en ninguna promoción (posiblemente para evitar el posible rechazo de los espectadores, o si tenemos el día menos cínico, quizá para no estropear el factor sorpresa), pero que precisamente fue de lo que más se habló en cuanto la película llegó a los cines; un punto de inflexión en la trama que cambia por completo nuestra percepción de la historia y los protagonistas, y transforma el tono simpático y romántico del film en algo más escabroso de lo que anticipábamos. Esta controvertida decisión despertó numerosas críticas e hizo que muchos se preguntaran si era la mejor vía para contar la historia, lo cual es comprensible. Pero en mi opinión, el infame giro es precisamente lo que hace que la película sea (potencialmente) más interesante y arriesgada. Por desgracia, la necesidad de un final “feliz” socava cualquier intento de llegar a una conclusión moralmente satisfactoria. Pero mejor no detenernos en esto, porque queremos evitar los spoilers para aquellos que aun no la hayan visto, y porque Passengers es mucho más que ese gimmick narrativo (aunque muchos detractores no consigan o quieran pasar de él, lógicamente por otro lado).

Chris Pratt

Ante todo, Passengers es un regalo para los ojos. Ya hemos dejado claro que, los que disfruten con simplemente mirar a Lawrence y/o Pratt, tienen aquí todo lo que siempre soñaron, ya que la cámara se recrea constantemente en sus estupendos físicos. Gracias al impresionante fondo de armario de la Avalon, los actores se lucen a base de bien (y ojo, que también hay desnudos, como anunció Pratt durante la promoción: “Venid por mi culo, quedaos por la historia”), pero este no es el único reclamo de la película. El magnífico diseño de producción y los excelentes efectos digitales convierten Passengers en un espectáculo de ciencia ficción de factura impecable que recoge su inspiración sofisticada y minimalista de películas del género como 2001: Una odisea del espacioMoon, incluso WALL-E, además de hacer algún que otro guiño a El resplandor (las conversaciones de Jim con Arthur recuerdan a las escenas de Jack Torrance en el bar de la película de Kubrick). Es decir, Passengers es una gozada en el aspecto técnico y visual.

Pero además, la película propone algo distinto a lo que estamos acostumbrados dentro de la ciencia ficción y las superproducciones de Hollywood, con una historia que es en esencia una comedia romántica ambientada en el lugar más imposible, un escenario poco frecuente y lleno de posibilidades. Es más, aunque sus protagonistas ya no sean adolescentes (Lawrence tiene 26 años y Pratt 37), Passengers puede ser considerada una película young adult, incluso un cuento de hadas futurista (obviamente, el nombre de Aurora, la Bella Durmiente, no está escogido al azar, aunque en realidad tiene mucho más que ver con La Bella y la Bestia). Es cierto que puede pecar de simplona y que su guion no es precisamente ninguna filigrana (más sobre este tema después), pero por fin nos llega un blockbuster original. Como hemos dicho, está claro que la película bebe de muchos otros títulos sci-fi y su premisa (un humano despierta solo en el mundo/la supervivencia de la humanidad depende de una persona) se ha hecho muchas veces, pero aun recordando a muchas cosas a la vez logra tener su propia personalidad, y además, está el refrescante añadido de no estar ante una revisión, secuela o refrito. No lo es todo, por supuesto, pero es un aliciente importante.

Sin embargo, Passengers no consigue aguantar el tipo hasta el final, por culpa de una historia muy cogida con pinzas. La primera mitad de la película funciona mucho mejor que la segunda. En ella, Pratt insiste en hacer el mismo personaje de siempre, una nueva variación de Starlord y Andy Dwyer (ese canalla simpático con un punto infantil, con showdown musical incluido), pero también da señas de estar evolucionando como actor (destaca en las escenas dramáticas) y se consolida como un protagonista infalible, protagonizando su propia mini-Náufrago (o mini-Marte), y demostrando que se vale él solito para mantenernos enganchados a la historia. Gracias a él, Passengers funciona perfectamente como comedia durante su divertido primer acto, donde Pratt despliega todo su arsenal para hacernos reír y conectar con su personaje. En el segundo, el film vira hacia el romance puro y se beneficia de la enorme química que hay entre los dos protagonistas. Las chispas saltan desde la pantalla cuando Pratt y Lawrence están juntos. Cabía la posibilidad de que el carisma similar de estos actores se anulara mutuamente, pero nada más lejos de la realidad, hacen una pareja perfecta. Su historia de amor, aunque edulcorada y éticamente problemática, convierte Passengers en algo muy sexy y magnético.

Chris Pratt; Jennifer Lawrence

Pero como decía, todo se tuerce durante la recta final. El clímax da énfasis a la acción, dejando sin explorar debidamente las consecuencias de los actos de sus personajes, y resolviendo su historia de forma torpe y precipitada. No solo eso, sino que a medida que la película se acerca a su desenlace, quedan al descubierto cada vez más agujeros narrativos que no se consiguen tapar (quizá no os extrañe que el guionista de Passengers, Jon Spaihts, co-escribiera Prometheus) y la intensidad de las escenas de acción desata lo peor de Lawrence, cuya interpretación se vuelve de repente excesivamente histriónica y sobreactuada (como en Los Juegos del Hambre, solo que aquí está más fuera de lugar). En definitiva, no se aprovechan todas las posibilidades de la historia, recurriendo a la acción por la acción sin molestarse en desanudar debidamente el argumento, con un final confuso y lleno de deus ex machina que anula las posibilidades de profundizar de verdad en los temas que trata la película.

Después de todo, Passengers resulta ser mucho más tonta de lo que creíamos. Pero se le puede perdonar porque también es irresistible, y porque hasta que se pierde en su tercer acto, juega muy bien sus cartas. A pesar de sus defectos, hay mucho que disfrutar en ella. Sus atractivos protagonistas, su sentido del humor, su imponente factura visual e imaginativas secuencias de acción (memorable la escena de la piscina a gravedad cero), su naturaleza pop (ese guiño a Dirty Dancing es toda una declaración de intenciones, un indicio de que la película está hecha para formar parte del mainstream en el que reinan Pratt y Lawrence), sin olvidar la fantástica banda sonora de Thomas Newman, hacen de Passengers una experiencia cinematográfica muy efectiva, casi un placer culpable. Tanto énfasis en lo de “placer” como en lo de “culpable”.

Reseña del Blu-ray

Passengers ya está a la venta en España, de la mano de Sony Pictures Video. La película ve la luz en múltiples ediciones: Blu-ray, Blu-ray 3D, Blu-ray Edición Metálica, Blu-ray Edición Especial con guion + postales (exclusiva fnac), 4K Ultra HD y DVD.

passengers-blu-rayLas ediciones en Blu-ray y Ultra HD vienen cargadas de contenidos adicionales: las featurettes “En el rodaje con Chris Pratt”, “El reparto de Passengers” y “Creando el Avalon”, donde se nos permite echar un vistazo a la creación de la película, desde su aspecto narrativo y el trabajo de sus actores hasta el diseño de producción, con especial hincapié en la impresionante nave en la que transcurre íntegramente la acción, una delicia del diseño sci-fi. Además, escenas eliminadas y el especial “Busca tu billete”, donde podrás ver lo que te espera si te embarcas junto a la Homestead Company en busca de una nueva vida (si se nos garantiza que tendremos de acompañantes Law y Pratt no hará falta que nos convenzan mucho).

Finalmente, el Blu-ray incluye dos extras exclusivos: más escenas eliminadas y un mini-documental titulado “El espacio en la pantalla”, sobre otro de los elementos más destacados y logrados de la película, los efectos visuales.

En cuanto a la calidad de imagen y sonido, Passengers no puede puede sino llevarse un sobresaliente. Sus planos presentan una gran nitidez y definición, y los interiores ampliamente iluminados y las secuencias espaciales lucen estupendamente en alta definición. En resumen, una experiencia que merece la pena disfrutar en HD.

Crítica: Guardianes de la Galaxia Vol. 2

“¿Starlord? ¿Quién?” Hasta hace no mucho solo los entendidos en cómic sabían quiénes eran los Guardianes de la Galaxia. Todo cambió en 2014, año en el que esta variopinta banda de forajidos e inadaptados espaciales irrumpió en el Universo Cinemático de Marvel para ponerlo todo patas arriba. Guardianes de la Galaxia fue la apuesta más arriesgada de Marvel Studios hasta ese momento, una aventura coral con personajes totalmente desconocidos por el gran público y sin apenas preparación previa, como sí tuvieron Los Vengadores. La jugada no les pudo salir mejor y el film se convirtió en uno de los más taquilleros del estudio, además de uno de los más queridos por el público. Tres años más tarde regresamos al cosmos marveliano para reencontrarnos con Starlord, Gamora, Drax, Rocket y Groot en Guardianes de la Galaxia Vol. 2, con la que James Gunn continúa por todo lo alto la franquicia con más personalidad de Marvel.

Al ritmo de la flamante Awesome Mix Vol. 2, la segunda parte de Guardianes de la Galaxia es otra epopeya intergaláctica al más puro estilo Marvel, con grandes dosis de acción, comedia, y un claro hilo conductor: la familia. El film nos devuelve a los personajes de los que nos enamoramos en la primera película, ya convertidos en un grupo asentado y leal (aunque disfuncional, por supuesto), explorando sus vínculos y hallando en ellos su razón de ser, mientras salvan la galaxia. Otra vez. La trama principal arranca con la aparición del padre de Starlord (Chris Pratt), el planeta viviente llamado Ego (Kurt Russell), que proporciona al héroe las tan ansiadas respuestas sobre su origen y sus poderes. Pero el motivo familiar se extiende hacia todos los personajes: Gamora (Zoe Saldana) y Nébula (Karen Gillan), hermanas que intentan resolver sus diferencias de manera poco ortodoxa, Rocket (Bradley Cooper) y Yondu (Michael Rooker), dos bandidos muy distintos entre sí pero con mucho más en común de lo que creían, Drax (Dave Bautista), que sigue de luto por la pérdida de su mujer e hija mientras conecta con Mantis (la revelación Pom Klementieff), y Groot (Vin Diesel), convertido en el benjamín del clan, un niño que no hace más que enredar y del que los Guardianes cuidan como si fuera el hijo de todos.

El quinteto original se amplía con antiguos conocidos y la llegada de nuevos personajes, aliados y enemigos. Los mencionados Nébula y Yondu (y su banda, otra familia a su manera) reciben una promoción y adquieren mayor protagonismo, mientras que los nuevos fichajes se incorporan de forma orgánica al universo de los Guardianes. Un carismático Kurt Russell encaja a la perfección como el padre de Peter Quill, entablando una simpática dinámica paternofilial con Chris Pratt (verlos recuperar el tiempo perdido jugando a la “pelota” es descacharrante a la vez que entrañable, puro Guardianes de la Galaxia). Elizabeth Debicki encarna a la distinguida Ayesha, villana que en esta ocasión recibe el tratamiento adecuado para que no ocurra lo de siempre: en esta entrega, la malvada se reserva a una trama secundaria, casi anecdótica (los Guardianes se encuentran huyendo permanentemente de su imperio después de una trastada de Cohete), mientras se le da una vuelta de tuerca al esquema habitual de Marvel para desarrollar su conflicto central. Y por último, pero no por ello menos importante, la aparición de Mantis llena aun más de luz la franquicia, gracias a la deliciosa interpretación de Pom Klementieff, que forma una gran pareja con Drax y construye a un personaje adorable y divertido del que se saca mucho partido.

Con tantos personajes y frentes abiertos, Guardianes de la Galaxia Vol. 2 corre el riesgo de irse por la borda, pero James Gunn logra no solo que esto no ocurra, sino que todas las tramas y arcos de personajes confluyan de manera natural y que todos los personajes principales tengan el tiempo en pantalla necesario. Nadie queda infrautilizado o explotado por encima de los demás, ni siquiera Baby Groot, indudable reclamo comercial que se maneja con mesura para conquistarnos sin llegar a saturar (no hay palabras suficientes para describir lo maravillosa que es la versión infantil del personaje). Y no solo eso, sino que de alguna manera, no me preguntéis cómo, Gunn se las arregla para ir a lo suyo y además cumplir con las normas del estudio con abundancia de easter eggs y gloriosos cameos (menos el de Nathan Fillion como Wonder Man, que tristemente tuvo que ser eliminado del montaje final).

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Una de las claves del éxito de Guardianes de la Galaxia, y en concreto de este segundo volumen, es el amor del director y guionista hacia sus personajes, que se traduce en una conexión muy evidente de los actores con el material. Gunn trata a los Guardianes y todos a su alrededor con sumo cariño, conociéndolos y ejerciendo un control sobre ellos que no siempre encontramos en el cine de superhéroes. Vol. 2 funciona tan bien porque son los personajes los que conducen la acción en todo momento (sus relaciones, sus deseos, objetivos, miedos y frustraciones bombean la historia), y también porque es mucho más que fórmula. Sí, es un crowdpleaser hecho según la receta infalible de Marvel, ya elevada a la categoría de ciencia, que repite las pulsaciones de la primera parte y nos da justo lo que esperamos. Pero también es una película de James Gunn, un proyecto muy personal y gamberro a pesar de su enorme envergadura. Y esto se nota en la voz y el estilo de la película, marcadamente distinto del resto de sus compañeras de universo, con una clara tendencia a la exageración cartoon en los planos y la acción, y cierto espíritu de serie B cercano al cine de Sam Raimi. Sin olvidar por supuesto que se sigue apoyando claramente en otras space operas como Star WarsStar Trek y la más modesta Farscape (serie que proporciona uno de los mejores cameos de la película, con el que esta se reafirma en sus influencias).

En el apartado técnico y visual, Guardianes de la Galaxia Vol. 2 no solo supera a su antecesora, sino que además sube considerablemente el listón de los efectos digitales del estudio (Cohete no puede no ser real), siendo junto a Doctor Strange la entrega más visualmente impresionante del Universo Marvel. El film es un continuo orgasmo sensorial. El sentido de la estética de Gunn vuelve a dar como resultado otra obra vibrante de luz y color, esta vez incluso más bella e iconoclasta si cabe, en la que la magnífica labor de maquillaje y las prótesis siguen teniendo una importancia capital. Y por supuesto, hay que destacar las escenas de acción, de los antológicos créditos iniciales al apoteósico clímax, pasando por Gamora disparando una metralleta galáctica gigante (!!!). En cuanto a la banda sonora, uno de los elementos más distintivos de Guardianes, no se puede negar que los nuevos temas clásicos escogidos por Gunn quedan de maravilla con las espectaculares batallas y persecuciones en el espacio (aderezadas muy socarronamente con efectos de sonidos de las maquinitas Arcade), pero puede que haya exceso de momentos musicales, con lo que se peca de repetir demasiado la jugada.

Claro que esto forma parte de la identidad del film, como ya hemos dicho, muy asentada. Ocurre algo parecido con el humor. Como en el Volumen 1, hay demasiados chistes y gags. Muchos son brillantes, otros no tanto. A veces el humor tontorrón da en la diana, a veces en la pared. Es el riesgo de tener tanta libertad para hacer el chorra (se nota que han dejado a Gunn a sus anchas). Eso sí, funcionen o no los chistes, Guardianes nunca pierde su encanto y carisma. Y esto es gracias sobre todo a un guion sólido, en el que la ramificada historia se estructura con eficiencia (insisto, muchos personajes e ideas en un todo uniformado), los diálogos dan en el clavo, los personajes nunca se pierden en favor de la acción y los acontecimientos se suceden de forma fluida y con gran sentido del ritmo, culminando en un tercer acto de órdago (quizá el mejor de Marvel hasta la fecha) y un final precioso. Y de generosa propina, hasta cinco escenas post-créditos (el secreto de Gunn: no tiene miedo a pasarse de la raya) que nos deparan unas cuantas sorpresas e indican por dónde podrían ir los tiros en el Vol. 3

Lejos de mostrar síntomas de agotamiento en el UCM, Guardianes de la Galaxia Vol. 2 supone un triunfo absoluto en todos los aspectos. Gunn nos regala otra odisea espacial ochentera con personajes inolvidables e imágenes alucinantes, rebosante de diversión (en serio, ¡¡Baby Groot!!), romance (Gamora ♥ Starlord), épica y emoción (como en la primera, su conmovedor clímax provocará más de una lágrima), con cameos para aplaudir (el de cierta estrella de los 80 se lleva la palma), respuestas satisfactorias que expanden su mitología, y por encima de todo, mucho, mucho corazón. En definitiva, otro clásico instantáneo de Marvel.

Pedro J. Gacía

Nota: ★★★★½

Crítica: Passengers

Por separado, el poder de Jennifer Lawrence y Chris Pratt es imparable. Imaginaos lo que pueden hacer juntos. O mejor no os lo imaginéis, porque ya podéis comprobarlo con vuestros propios ojos. Morten Tyldum (The Imitation Game) reúne a dos de las mayores estrellas del Hollywood actual (¿quizá las mayores?) en Passengers, una odisea de ciencia ficción hecha a medida para los dos rubísimos y guapísimos actores, que se aguantan sobre sus tersos y tonificados hombros casi la totalidad de la película. Passengers es un carísimo vehículo de lucimiento para Lawrence y Pratt, y no se oculta en ningún momento. Pero hay mucho más. Despierten y vean.

Jim Preston (Pratt) y Aurora Lane (Lawrence), un brillante mecánico y una periodista en busca de nuevos retos, son dos de los pasajeros a bordo de la Avalon, una nave espacial que se dirige hacia otro planeta para iniciar una colonia humana. Los 5.000 pasajeros que viajan en ella se encuentran en estado de criogenización, en cápsulas programadas para despertarlos cuando la nave llegue a su destino, después de 124 años de trayecto. Sin embargo, el viaje toma un giro inesperado cuando las cápsulas de hibernación fallan misteriosamente y Jim y Aurora despiertan 90 años antes de tiempo. Con la única compañía de un barman androide (Michael Sheen) llamado Arthur, ambos intentarán averiguar el motivo que se esconde tras el fallo y arreglarlo para reanudar su hibernación y poder sobrevivir. Sin embargo, la situación se complica y los dos se enfrentan a la posibilidad de tener que vivir el resto de sus existencias solos en el espacio. Por supuesto, el roce (y la soledad) hace el cariño, y la innegable atracción que hay entre ambos resulta en un romance de proporciones intergalácticas.

Sin embargo, un oscuro secreto amenaza con salir a la luz y truncar la relación de Jim y Aurora. Y ahí está el quid de la cuestión. Passengers esconde algo que no se ha mostrado en ninguna promoción y que se mantiene en secreto para conservar el factor sorpresa (o para evitar el posible rechazo de los espectadores). Por eso es recomendable subirse a bordo de la Avalon sin tener demasiada información sobre lo que allí va a ocurrir. Ese punto de inflexión cambia nuestra percepción de la historia y los protagonistas por completo, y transforma el tono simpático y romántico del film en algo más escabroso de lo que anticipábamos. Una decisión creativa que puede resultar controvertida (y que generará muchas críticas), pero en la que no nos podemos detener, primero para evitar los spoilers, y segundo porque Passengers es mucho más que ese gimmick narrativo.

Ante todo, Passengers es una película divertida, y sobre todo un regalo para los ojos. Ya hemos dejado claro que, los que disfruten con simplemente mirar a Lawrence y/o Pratt, tienen aquí todo lo que siempre soñaron, ya que la cámara se recrea constantemente en sus estupendos físicos. Gracias al impresionante fondo de armario de la Avalon, los actores se lucen a base de bien (y ojo, que también hay desnudos, como anunció Pratt durante la promoción: “Venid por mi culo, quedaos por la historia”), pero este no es el único reclamo de la película. El magnífico diseño de producción y los excelentes efectos digitales convierten Passengers en un espectáculo de ciencia ficción de factura impecable que recoge su inspiración sofisticada y minimalista de películas del género como 2001: Una odisea del espacioMoon, incluso WALL-E, además de hacer algún que otro guiño a El resplandor (las conversaciones de Jim con Arthur recuerdan a las escenas de Jack Torrance en el bar de la película de Kubrick). Es decir, Passengers es una gozada en el aspecto técnico y visual.

Pero además, la película propone algo distinto a lo que estamos acostumbrados dentro de la ciencia ficción y las superproducciones de Hollywood, con una historia que es en esencia una comedia romántica ambientada en el lugar más imposible, un escenario poco frecuente y lleno de posibilidades. Es más, aunque sus protagonistas ya no sean adolescentes (Lawrence tiene 26 años y Pratt 37), Passengers puede ser considerada una película young adult, incluso un cuento de hadas futurista (obviamente, el nombre de Aurora, la Bella Durmiente, no está escogido al azar, aunque en realidad tiene mucho más que ver con La Bella y la Bestia). Es cierto que puede pecar de simplona y que su guion no es precisamente ninguna filigrana (más sobre este tema después), pero por fin nos llega un blockbuster original. Como hemos dicho, está claro que la película bebe de muchos otros títulos sci-fi y su premisa (un humano despierta solo en el mundo/la supervivencia de la humanidad depende de una persona) se ha hecho muchas veces, pero aun recordando a muchas cosas a la vez logra tener su propia personalidad, y además, está el refrescante añadido de no estar ante una revisión, secuela o refrito. No lo es todo, por supuesto, pero es un aliciente importante.

Sin embargo, Passengers no consigue aguantar el tipo hasta el final, por culpa de una historia muy cogida con pinzas. La primera mitad de la película funciona mucho mejor que la segunda. En ella, Pratt insiste en hacer el mismo personaje de siempre (ese canalla simpático con un punto infantil, con showdown musical a lo Starlord incluido), pero también da señas de estar evolucionando como actor (destaca en las escenas dramáticas) y se consolida como un protagonista infalible, protagonizando su propia mini-Náufrago (o mini-Marte), y demostrando que se vale él solito para mantenernos enganchados a la historia. Gracias a él, Passengers funciona perfectamente como comedia durante su primer acto, donde Pratt despliega todo su arsenal para hacernos reír y conectar con su personaje. En el segundo, el film vira hacia el romance puro y se beneficia de la enorme química que hay entre los dos protagonistas. Las chispas saltan desde la pantalla cuando Pratt y Lawrence están juntos. Cabía la posibilidad de que el carisma similar de estos actores se anulara mutuamente, pero nada más lejos de la realidad, hacen una pareja perfecta. Su historia de amor, aunque edulcorada y moralmente problemática, convierte Passengers en algo muy sexy y magnético.

Pero como decía, todo se tuerce durante la recta final. El clímax da énfasis a la acción, dejando sin explorar debidamente las consecuencias de los actos de sus personajes, y resolviendo su historia de forma torpe y precipitada. No solo eso, sino que a medida que la película se acerca a su desenlace, quedan al descubierto cada vez más agujeros narrativos que no se consiguen tapar (quizá no os extrañe que el guionista de Passengers, Jon Spaihts, co-escribiera Prometheus) y la intensidad de las escenas de acción desata lo peor de Lawrence, cuya interpretación se vuelve de repente excesivamente histriónica y sobreactuada (como en Los Juegos del Hambre, solo que aquí está más fuera de lugar). En definitiva, no se aprovechan todas las posibilidades de la historia, recurriendo a la acción por la acción sin molestarse en desanudar debidamente el argumento, con un final confuso y lleno de deus ex machina que anula las posibilidades de profundizar de verdad en los temas que trata la película.

Después de todo, Passengers resulta ser mucho más tonta de lo que creíamos. Pero se le puede perdonar porque también es irresistible, y porque hasta que se pierde en su tercer acto, juega muy bien sus cartas. A pesar de sus defectos, hay mucho que disfrutar en ella. Sus atractivos protagonistas, su sentido del humor, su imponente factura visual e imaginativas secuencias de acción, su naturaleza pop (ese guiño a Dirty Dancing es toda una declaración de intenciones, un indicio de que la película está hecha para formar parte del mainstream en el que reinan Pratt y Lawrence), sin olvidar la fantástica banda sonora de Thomas Newman, hacen de Passengers un espectáculo cinematográfico muy efectivo, casi un placer culpable. Tanto énfasis en lo de “placer” como en lo de “culpable”.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Los Siete Magníficos

Dejémoslo claro desde el principio: nadie quería un remake de Los Siete Magníficos. Nadie lo pidió. Pero Sony Pictures nos lo dio de todos modos. Así que no tiene mucho sentido quejarse, no va a cambiar nada. Eso es, tenemos un remake de Los Siete Magníficos, y hay dos opciones: ver la película o no verla. Quizá hacerle el vacío sirviera para que Hollywood se estrujase la sesera buscando más ideas originales y dejase de hacer tantos reboots. Quizá no. Da igual, el remake de Los Siete Magníficos es algo que existe, que ha llegado a los cines, y hoy toca hablar de ella. Y resulta que, después de todo, no solo no está tan mal como esperábamos (o como muchos querían), sino que es un buen remake, y una buena película. Sorpresa.

Dirigida por Antoine Fuqua, que puede gustar más o menos (a mí me gusta menos), pero tiene ya en su haber unos cuantos éxitos (Training Day, Objetivo: La Casa Blanca, The Equalizer), Los Siete Magníficos es una relectura del clásico del oeste adaptada para las nuevas audiencias. Recordemos que la película original ya era un remake. En 1960, John Sturges llevaba la historia de Los Siete Samuráis de Kurosawa al terreno más comercial del momento en Estados Unidos, el western. De la misma manera, Bichos de Pixar hacía lo propio en los 90 convirtiendo la misma historia en una fábula para niños (y no tan niños). Y no son las únicas versiones. Con esto quiero decir que el cine es algo cíclico y remakes ha habido siempre, desde tiempos inmemoriales. Pero este es otro tema para desarrollar en otra ocasión. Sigamos. Fuqua, que se ha especializado en dirigir cintas de acción con “enjundia”, moderniza el clásico de la Metromanteniéndose fiel a su historia y a las reglas de su género pero convirtiéndola en un blockbuster actual.

Los Siete Magníficos nos da la (nada cálida) bienvenida Rose Creek durante la llegada del industrial Bartholomew Bogue (Peter Sarsgaard), que irrumpe en este pequeño pueblo para bañarlo de sangre y adviertir de su regreso junto a la caballería con la intención de hacerse con él y sus recursos. Desesperada, la gente de Rose Creek contrata la protección de siete peculiares “defensores”, cazarrecompensas, tahúres, sicarios y forajidos que forman un equipo de lo más variopinto: Sam Chisolm (Denzel Washington), Josh Farraday (Chris Pratt), Goodnight Robicheaux (Ethan Hawke), Jack Horne (Vincent D’Onofrio), Billy Rocks (Byung-Hun Lee), Vasquez (Manuel García Rulfo) y Red Harvest (Martin Sensmeier). Los Magníficos se preparan junto al pueblo para la violenta batalla que les espera cuando Bogue y sus hombres regresen para reclamar el dinero que no es suyo.

Como veis, a pesar de los cambios (necesarios para evitar comparaciones donde menos convendría), el esquema narrativo es exactamente el mismo. Solo que Fuqua se esfuerza por convertirla en una película del siglo XXI (aunque esto sea en realidad contra natura), imprimiéndole un ritmo más dinámico, para luchar contra el déficit de atención del público de hoy en día (seguramente en vano), y elevando las cotas de acción con una enérgica (aunque irregular) realización que culmina en un brutal y excelente clímax. Pero eso no es todo, también detectamos claras trazas de modernización en el tratamiento del único personaje femenino importante de la historia, Emma Cullen (la prometedora Haley Bennett), una mujer que se niega a esconderse y se prepara para empuñar la escopeta junto a los siete machotes, con el propósito de vengarse ella misma de la muerte de su marido (Matt Bomber) a manos de Bogue. Afortunadamente, no es algo que chirríe demasiado, al contrario, Emma Cullen es la prueba de que se puede hacer una película muy ruda y masculina por naturaleza sin que esta tenga apenas un ápice de machismo.

Y por supuesto, el reclamo más importante para atraer a los espectadores que disfrutan de los superhéroes como sus abuelos lo hacían con el western es un reparto de estrellas acorde a las circunstancias. Es decir, un protagonista que ha demostrado ser un valor seguro, Denzel Washington (ese actor que te gusta a ti, a tu madre y a tu tío abuelo), y uno de los actores más queridos y vendibles del Hollywood actual, Chris Pratt, que en esta ocasión vuelve a ser Andy Dwyer interpretando a otro canalla irresistible de buen corazón y con un punto infantil (es decir, Pratt haciendo de Pratt, para gozo de sus fans y de los estudios). Estos dos actores adquieren un mayor peso en la trama, por obvias razones comerciales, pero están rodeados de un reparto… bueno, digamos magnífico, del que destacan Ethan Hawke, un caricaturesco Vincent D’Onofrio, y sobre todo Manuel García Rulfo como Vasquez, la revelación de la película. Pero en general, la pandilla al completo se compenetra fantásticamente, con encanto y química a raudales, personalidades bien definidas con apenas un par de rasgos, y grandes dosis de carisma, lo que hace que una película que no tenía que funcionar tan bien, lo haga.

Los Siete Magníficos no reinventa nada (ni tiene por qué), no va a volver a poner de moda el western (me temo que eso es algo imposible), pero su condición de crowd-pleaser bien hecho la convierte en un divertimento más que digno, una superproducción perfectamente calibrada para agradar a todos los públicos y dejar con buen sabor de boca, por poco que dure. En este caso, tampoco hace falta más.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Jurassic World

Jurassic World 1

Todo el mundo recuerda perfectamente lo que sintió la primera vez que vio Parque Jurásico. Asombro, fascinación, miedo, euforia. Son emociones muy concretas a las que la generación de treinta y cuarentañeros se aferra con fuerza hoy en día, algo que la industria del cine sabe. El negocio de la nostalgia está en auge, y Hollywood no hace más que rendir pleitesía a esta generación (la que, en teoría, se gasta el dinero intentando no perder para siempre esa niñez que tanto valora). De ahí que este sea el momento idóneo para abrir de nuevo las puertas del parque. Jurassic World supone el regreso a la Isla Nublar después de 22 años, y las cosas han cambiado mucho por allí desde entonces.

El espectador ya lo ha visto todo y sorprenderlo es más difícil que nunca. Colin Trevorrow, director de la muy estimable Seguridad no garantizada y adolescente de 17 años cuando se estrenó Parque Jurásico, parte con esta desventaja a la hora de ponerse al frente del reboot jurásico. Trevorrow sabe que es completamente imposible repetir lo que supuso el clásico de 1993 para toda una generación (es decir, lo que supuso para él), así que se centra sobre todo en realizar un blockbuster veraniego con el principal objetivo de hacer pasar un buen rato en el cine. Y lo cierto es que, a pesar de pequeños fallos en el sistema, la operación ha sido todo un éxito. Por eso, después de pensarlo bien, he decidido avalar el parque.

Jurassic World 3

Jurassic World es un continuo homenaje a Parque Jurásico, pero juega muy bien la carta de la nostalgia, evitando en todo momento ser fagocitada por ella. Los guiños a la película original son muy abundantes. No solo nos encontramos innumerables referencias visuales (reliquias del primer parque, una estampida de gallimimus, el célebre plano del espejo retrovisor o la bengala por solo nombrar unas pocas) o diálogos réplica (el obligado “No hemos reparado en gastos” o el icónico “¡Corre!” de Laura Dern), sino que Jurassic World repite tal cual el esquema narrativo de la primera, calca algunas de sus secuencias más célebres (el ataque del Rex a los niños en el coche, el clímax en el Centro de Visitantes) e incide en los mismos temas sin apenas variación: el hombre jugando a ser Dios, el instinto de protección maternal (paternal en PJ), la evolución de las especies, la imposibilidad de controlar la naturaleza… Ya sabéis, “la vida se abre camino“. Pero aun con su constante reiteración, Trevorrow logra que la película se mantenga fresca y sea algo más que un remedo de la original, rejuveneciendo por completo la franquicia. Y lo hace dotándola de grandes dosis de autoconsciencia. Que para eso es 2015.

La premisa de Jurassic World es sencilla: la visión de John Hammond (que también tiene su homenaje) ha sobrevivido a pesar de las tragedias acontecidas en Las Cinco Muertes (el archipiélago donde se desarrolla la saga), y el parque ha conseguido abrir sus puertas al público. Jurassic World funciona bien durante diez años, pero las visitas empiezan a caer en picado. “Los dinosaurios ya no sorprenden a nadie“, así que los científicos del parque se ven obligados a crear una nueva atracción para volver a captar la atención del público: un terrorífico dinosaurio híbrido, el Indominus Rex. Sin embargo, el plan no sale según lo esperado y evidentemente desemboca en desastre. No hace falta prestar mucha atención para pillar la idea. Jurassic World se apunta a la tendencia meta del cine actual, equiparando la experiencia de los visitantes al parque con la de los espectadores de la película, dirigiéndose a ellos para comentarles lo que está haciendo: “Sabemos que estáis de vueltas de todo y los dinosaurios ya no son guays, pero vamos a encontrar la manera de que os lo paséis genial igualmente”. No es como ver Parque Jurásico por primera vez, pero su espíritu y sentido de la maravilla están ahí, y podemos notarlo.

Jurassic World 4

Jurassic World es un blockbuster del siglo XXI, y así es como hay que verlo, evaluando el tipo y grado de diversión que proporciona, más que su originalidad o trascendencia, algo que desde un principio se asegura en advertirnos que no es su propósito. Exceptuando algún diálogo aburrido (aunque suponemos necesario) sobre los inversores del parque o la trama de InGen, la película mantiene un ritmo trepidante hasta el final y consigue que no queramos quitar ojo de la pantalla en ningún momento (solo el muy agresivo product placement está a punto de estropearlo todo). A pesar de su escasa experiencia, Trevorrow es un director ágil, y maneja muy bien la tensión, enlazando además fantásticas escenas de acción con los dinosaurios en las que, oh milagro, distinguimos lo que está ocurriendo (apoteósico el último ataque del Indominus). Pero además, hace un uso excelente del humor, sin rastro de cinismo y con geniales pinceladas de comedia en los sitios adecuados, logrando con todo ello que la película esté viva y en constante movimiento.

Aunque los actores de carne y hueso son lo menos importante de Jurassic World y los personajes son más bien arquetipos andantes, el reparto cumple de sobra. La protagonista y reina de la película es sin duda Bryce Dallas Howard (aka Not Jessica Chastain), que da vida a Claire, gélida y estricta jefa de operaciones del parque que hará frente a la dino-crisis entrando en acción y sin quitarse los tacones en ningún momento (brava). Luego está el omnipresente Chris Pratt, que afortunadamente no hace por tercera vez consecutiva de Andy Dwyer/Peter Quill/Chris Pratt, sino que interpreta (con bastante gracia también) al “macho alfa” de Jurassic World, “domador” de velociraptors y de mujeres (no miento). Los niños de la película, Ty Simpkins y Nick Robinson son otro acierto de casting, en especial el pequeño, reencarnación (muchísimo menos repipi) de Tim ‘He vomitado’ Murphy. Del irrelevante plantel de personajes secundarios destacan Jake Johnson (meta-voz de la película y estupendo alivio cómico) y Lauren Lapkus, dúo que protagoniza una de las escenas más hilarantes del film. Por último, Vincent D’Onofrio encarna al villano de la película, el aspecto más descuidado del guion, un personaje desdibujado cuyo plan malvado y motivaciones resultan confusos, además de poco o nada interesantes.

Jurassic World 2

Siguiendo con el tema de los personajes, después de ver Jurassic World hay que reconocer que Joss Whedon no iba desencaminado en su crítica al sexismo en la película (aunque él valorara una sola escena y luego su Viuda Negra lo dejara en evidencia). La cinta de Trevorrow tiene cierto aire conservador y recurre a unos cuantos estereotipos rancios que empañan ligeramente el resultado, sobre todo en lo que respecta a Claire, personaje configurado a base de tópicos atribuidos tradicionalmente a la mujer en el cine (la maternidad como vía para alcanzar la plenitud personal o la importancia del romance) y a cómo está dibujada su relación con Owen (Pratt), fundamentada en la dependencia y la subordinación. No obstante, este problema no llega a estropear la diversión (a menos que seas Alison Bechdel), gracias a que Howard y Pratt abordan sus personajes despertando simpatía en todo momento.

Dejando esa cuestión a un lado, Jurassic World es todo un triunfo del cine palomitero, la experiencia “parque temático” completa (para esta tampoco han reparado en gastos y se nota). No es una película excesivamente profunda en ningún sentido (ni pretende serlo), pero sí es inteligente cuando tiene que demostrarlo, y también ridícula cuando tiene que serlo (la trama de los velociraptors adiestrados es tan rocambolesca como esperábamos). Trevorrow ha orquestado un espectáculo de primera calidad que admira y respeta la visión original de Spielberg y a la vez la renueva, hablando el idioma de las superproducciones actuales. Jurassic World es la mejor entrega de la saga desde Parque Jurásico (no era difícil), un producto que se dirige con claridad a varias generaciones usando una sola voz, y que, ya que no puede reproducir lo que supuso la película original, se asegura al menos de que todos lo pasemos como niños viéndola. Solo le falta que los dinosaurios parezcan estar ahí de verdad, como el T-Rex de 1993. Pero supongo que eso ya era pedir demasiado.

Valoración: ★★★★

Cómo Parks and Recreation nos ha hecho ser mejores

Parks and Recreation

Parks and Recreation dio comienzo en 2009 como un reemplazo tardío de midseason, y se postuló con tan solo 6 episodios (al más puro estilo British) como la nueva The Office. Las comparaciones eran lógicas e inevitables: se trataba de una workplace comedy sobre la vida oficinil de los empleados del departamento de parques y tiempo libre de una pequeña ciudad de Indiana, Pawnee; estaba rodada al estilo falso documental y su humor se basaba en gran medida en la observación del comportamiento humano, con extrañas interacciones sociales y momentos de “tierra trágame” (aunque nunca tan incómodos como los que tenían lugar en Scranton); por si eso fuera poco, su protagonista, Leslie Knope (la incomensurable Amy Poehler) era una especie de Michael Scott en versión mujer, una jefa bienintencionada y entusiasta que solía ponerse a sí misma en situaciones ridículas todo el tiempo. Ah, una cosa más, el creador de Parks and Recreation es Greg Daniels (junto a Michael Schur), que también produjo The Office. Qué casualidad, ¿no? Sin embargo, en el transcurso de las siguientes temporadas, Parks and Recreation salió progresivamente de la sombra de su “hermana” de NBC para encontrar su propia identidad y dar con su fiel audiencia, convirtiéndose en una de las series más queridas de los últimos años.

Como suele ocurrir con las mejores series, si Parks and Rec se convirtió en una de las comedias favoritas de la audiencia fue sobre todo gracias a sus personajes, uno de los repartos corales mejor compenetrados de la televisión. Y sobre todo gracias a su entrañable e hiperactiva protagonista, Leslie, icono catódico y modelo a seguir que nos ha proporcionado un pulso moral y ha marcado el camino para muchos y muchas a lo largo de 7 temporadas (tanto dentro como fuera de la serie). Pero tampoco podemos olvidar al resto de ciudadanos, funcionarios y “profesionales” de Pawnee, que han conformado un impresionante plantel de personajes recurrentes y han contribuido a que la ficticia ciudad de Pawnee (la mejor ciudad del mundo) pase a la historia de la televisión junto a Cicely, Stars Hollow o Springfield. Por eso, como no podía ser de otra manera, el final de Parks and Rec, “One Final Ride” (7.012-13), es un homenaje a los habitantes de Pawnee y la “familia” de Leslie Knope, una emotiva despedida en la que nuestra heroína (y aquí me estoy refiriendo tanto a Knope como a Poehler) se toma la molestia de decir adiós a todos, uno a uno, con lágrimas en los ojos; un “hasta pronto” lleno de abrazos y caricias que nos ha provocado un enorme nudo en el estómago.

Parks and Recreation

“One Final Ride” es prácticamente un “clip show” en forma y fondo, solo que los clips están formados por flash-forwards. Al más puro estilo Six Feet Under (salvando las distancias), el final de Parks and Rec nos conduce de la mano hacia el futuro de sus personajes, los principales y los secundarios más importantes, para desvelarnos el destino que les aguarda a todos. Este emocionante viaje nos lleva más lejos de lo que esperábamos y nos depara muchas sorpresas: April y Andy se convierten en papás (brillante gag el del parto de April maquillada para Halloween), Ann y Chris regresan con buenas noticias, Ron halla su trabajo ideal como solitario guarda del parque natural de Pawnee gracias a Leslie, Garry (¡Girgich!) es elegido alcalde de Pawnee hasta el final de sus días, Tom se convierte en orador motivacional y escritor de éxito, y mención aparte merece Craig -que estuvo a punto de cargarse la serie el año pasado, y ha sido reenfocado con éxito gracias a su terapia para controlar la ira. A lo que iba, Craig se casa con Typhoon, junto al que pasa el resto de su vida. No sé si sabíamos que era gay, pero lo dábamos por sentado. Y el hecho de que los personajes no se lo hayan cuestionado abiertamente ni se haya hecho referencia explícita al tema, para pasar directamente a su historia de amor con el peluquero de Ron, es uno de los detalles más fáciles de pasar por alto (porque se ha hecho bien, de forma totalmente natural), y por tanto más encomiables de la serie.

Esta series finale es sin duda el broche de oro perfecto para una historia que nos ha dado momentos inolvidables, lecciones de vida y reaction gifs para parar el mundo. “One Final Ride” está repleto de guiños (“I’m ready”), cameos (Joe Biden, el borracho del tobogán del piloto) y “huevos de pascua” (¡Star-Lord!), referencias ocultas y no tan ocultas a la trayectoria de la serie y el universo que ésta ha creado (Treat Yo Self, Gryzzl), que conforman un elaborado agradecimiento a sus seguidores y con el que se cierra ciclo tras una temporada que se ha dedicado casi exclusivamente a despedirse. Y es que la séptima no ha llevado el sobrenombre de “Farewell Season” a la ligera. Siguiendo el espíritu de Leslie Knope, Parks and Rec ha organizado los 13 episodios de la última temporada con “binders” e itinerarios estudiados minuciosamente, para llevarnos, con la excusa de una última misión del equipo de Parks, en un recorrido final por Pawnee en el que hemos podido ver por última vez al concejal Jamm, Joan Callamezzo, Jean-Ralphio y Mona-Lisa, Jennifer Barkley, Brandi Maxxxx, Shauna Malwae-Tweep, Perd Hapley, Ethel Beavers, etc; sin olvidar a Johnny KarateBurt Macklin Janet Snakehole.

Parks and Recreation

Lo cierto es que Parks and Rec se ha preocupado tanto este año de sellar el destino de sus personajes y no dejar ningún cabo suelto que le ha quedado una temporada algo deslavazada y distraída desde el punto de vista narrativo (muchas ideas y golpes geniales como siempre, pero poca forma en las historias), a lo que no ha ayudado que NBC la haya despachado en un abrir y cerrar de ojos, a razón de dos episodios por semana. El (brillante) final de la sexta temporada daba un salto hacia el futuro, y la séptima ha transcurrido principalmente en el año 2017 (geniales las perlas sobre el futuro de nuestra tecnología y cultura), una decisión arriesgada que no ha terminado de dar los frutos que se esperaba. Lo más curioso es que entre una temporada y otra, parece que también han pasado 3 años en la vida real. Sobre todo en los primeros episodios, en los que da la sensación de que Parks se está esforzando demasiado en ser Parks (como le ocurrió a Community sin Dan Harmon), o, en sus peores momentos, que regresa para una temporada de gracia después de ser cancelada hace tiempo (como Arrested Development). 2014 fue un año muy importante para varios actores de la serie, sobre todo para Poehler y en especial para Chris Pratt, que ha saltado al estrellato mundial gracias a Guardianes de la Galaxia. Tanto ha pasado fuera de Pawnee en un año, que a Parks se le ha olvidado un poco cómo ser Parks y a Pratt cómo ser Andy Dwyer. Afortunadamente, la temporada va recuperando poco a poco la magia (el precioso “Leslie and Ron”, 7.04, empieza a corregir la trayectoria), para despedirse de nuevo desde lo más alto, impidiendo que la serie acabe desvirtuándose, como le ocurrió a la propia The Office y tantas otras series.

Entre otras cosas, Parks nos ha hablado durante siete temporadas sobre la realización personal a través del trabajo, y las conclusiones principales del desenlace tienen que ver directamente con esto. Uno de los objetivos de la temporada final ha sido situar a todos sus personajes en el camino profesional adecuado. Y para ello, April, Andy o Ron se han puesto en manos de su/nuestra gurú, Leslie Knope. Ojalá todos tuviéramos una Leslie que nos dijera por dónde tenemos que ir para cumplir nuestros sueños y encontrarnos a nosotros mismos en el trabajo que realizamos. Si lo pensamos bien, esto es un arma de doble filo. El ambicioso mensaje aspiracional de Parks and Rec es muy valioso, pero también se puede malinterpretar en ocasiones: si no llegáis a lo más alto, no sois nadie. Afortunadamente, la serie nos sugiere diversos modos de triunfo a distintas etapas de la vida, y nos viene a decir que nunca es tarde para reencauzar nuestra carrera. Y lo hace además sin moralina, dejando que sus personajes resuelvan sus destinos por iniciativa propia -o eso es lo que ellos creen, Leslie maneja los hijos y los lleva a todos donde ella cree que tienen que ir, que, por supuesto, es siempre la decisión correcta.

Parks and Recreation

Porque todos pondríamos nuestro futuro en manos de Leslie Knope, una de las mujeres más fascinantes de la historia de la televisión. Como decía al principio de este texto, Leslie pasó de pazguata hiper-entusiasta que nadie se tomaba demasiado en serio a infalible modelo de comportamiento, una heroína moral que nos ha proporcionado ideales de conducta y ejemplo a seguir en todos los aspectos de nuestra vida, incluida la alimentación (todos sabemos que los gofres son la base alimenticia más imprescindible y las ensaladas son el mal). Como dicen, “Sé la Leslie Knope de todo lo que hagas“. Gracias a la trayectoria ascendente de Leslie (a pesar de los absurdos obstáculos y ridículos obstructores que trataban de achicarla), Parks and Rec se convirtió una de las series más feministas de la televisión, pero esto no ha impedido que sus lecciones vitales se apliquen a todos y cada uno de nosotros. Lo más destacable del discurso de Parks es que la serie ha encontrado la manera de “educar” al espectador sin resultar sermoneadora o condescendiente en ningún momento. No hay “agenda política” en su mensaje liberal, solo una propuesta: enriquecer nuestra sociedad fomentando la igualdad, el entendimiento y la colaboración, y apostando por encima de todo por la senda del bien: Parks no es la victoria de la mujer trabajadora que puede tenerlo todo (porque eso se sobreentiende), es simplemente el triunfo de las buenas personas.

Por eso, nos encomendamos a la filosofía Parks and Rec para ser la mejor versión posible de nosotros mismos y abogar por un mundo más justo y equilibrado. Aunque suene exagerado, Parks nos ha regalado una guía para la vida y una baliza moral en la figura de Leslie Knope, empleémosla a partir de ahora. El final de Parks and Rec deja abierta una cuestión que nos llevamos planteando desde hace tiempo: ¿Llegará Leslie a ser presidenta de los Estados Unidos? La respuesta es ambigua (si lo fuera Ben, también estaría bien, puesto que el respaldo mutuo es esencial en el knopismo), pero nosotros sabemos a ciencia cierta que su destino no es otro que la Casa Blanca. Porque queremos pensar que un mundo gobernado por Leslie Knope es posible.

Crítica: Guardianes de la Galaxia

Guardians of the Galaxy Star Wars

No es un secreto que Marvel llevaba ya mucho tiempo apuntando hacia las estrellas. Con las dos partes de Thor, el Universo Cinematográfico de Marvel se trasladaba a los reinos de la mitología nórdica, y con Los Vengadores echábamos un vistazo interdimensional a los confines del espacio con la amenaza Chitauri y Thanos (aunque en ambos casos pasábamos más tiempo en la Tierra). Pero este año, la Casa de las Ideas se expande oficialmente hacia el cosmos, y lo hace con una aventura absoluta y extraordinariamente marciana, una entrega del UCM que, más que una de superhéroes, es una auténtica epopeya espacialGuardianes de la Galaxia (Guardians of the Galaxy. Con la película dirigida muy eficazmente por el cachondo James Gunn (Slither, Super), las posibilidades de esta macro-historia que comenzó en 2008 (y que no tiene final a la vista) se amplían de manera exponencial. Si una película con un mapache parlante y un extraterrestre-planta, basada además en un cómic desconocido por el gran público, se ha convertido en otro mastodóntico éxito de Marvel (hasta ahí llega la fidelidad de la audiencia), a partir de ahora todo es posible.

Aunque el cómic en el que se basa se remonta a finales de los 60, no cabe duda de que Guardianes de la Galaxia hunde sus raíces en la saga Star Wars, referente indiscutible tanto en lo que se refiere a su argumento como en su vibrante apartado visual. Pero también es fácil detectar en ella elementos de series sci-fi como Farscape o Firefly. De la primera sobre todo esa variopinta y colorida fauna extraterrestre, de las dos el hecho de que los protagonistas sean un ecléctico grupo de forajidos espaciales con pasados oscuros que unen sus fuerzas con un objetivo común. Pero si se trata de encontrar influencias, la más evidente no es otra que Los Vengadores, el éxito que proporcionó el patrón a seguir por el estudio, y que se repite una vez más con Guardianes. No falta nada: historia en tres actos, épica batalla final (con nave gigante desplomándose sobre la ciudad), énfasis en la coralidad del reparto y dosis elevadas de comedia. De hecho, Guardianes es la primera película de Marvel Studios que se puede catalogar abiertamente como “comedia de acción”.

Chris Pratt GotG

La primera parte del filme -tras el nostálgico y melodramático prólogo que nos transporta a los 80 de E.T.– resulta un tanto problemática y atropellada. La culpa la tiene un elevado número de personajes y localizaciones, entre los que la historia va saltando sin (aparente) orden ni concierto, solo cumpliendo la función de aportar los datos necesarios para cimentar la trama. Hay que decir que Gunn lo tenía más difícil que Joss Whedon. Las historias individuales de los Vengadores ya eran conocidas por todos. Las de los Guardianes no. Por eso, Gunn -y antes que él Nicole Perlman, que escribió el primer boceto del guión- tenía la complicada tarea de presentar a un puñado de personajes desde cero, desarrollarlos, enfrentarlos y finalmente convertirlos en un equipo cohesionado, sin la ventaja de contar con medio trabajo ya hecho. Teniendo esto en cuenta, y a pesar de la fragmentación que lastra el primer acto, Gunn ha salido más que airoso. Algo que sin duda se confirma al ver a los cinco héroes juntos en acción durante la segunda mitad del metraje, cuando el filme por fin coge el ritmo y no lo suelta.

Guardianes grupo

Una vez establecido el quién es quién de la galaxia y definido el macguffin de la historia (otra Gema del Infinito que no debe caer en las manos equivocadas), el relato empieza a tomar forma, y los Guardianes se apoderan de él. Lo más destacable de Guardianes de la Galaxia es que, a pesar de contar con un claro protagonista, el encantador sinvergüenza Peter Quill, no se descuida nunca al resto de personajes. Es más, en un momento u otro todos se las arreglan para eclipsar al achuchable Chris Pratt, que sí, es un Star-Lord ideal (porque básicamente es Andy Dwyer en el espacio, y eso nunca podría ser malo), pero no puede evitar que en ocasiones la superproducción le venga un poco grande. Nada que no se solvente con un buen plantel de personajes con el que complementarse:

Gamora -perfecta Zoe Saldana-, letal y robótica extraterrestre de piel verde (una Elphaba alienígena, vaya) que nos proporciona algunos de los instantes más emocionantes y entrañables de la película cuando se entrega a sus impulsos humanos (ella, Peter y Footloose); Drax, un gigante “destructor” que se ríe, literalmente (como todo lo que hace), en la cara del peligro -el luchador Dave Bautista es la verdadera revelación interpretativa de la película, con una precisión cómica sorprendentemente; Groot, adorable criatura árbol que se comunica exclusiva y muy elocuentemente usando únicamente la frase “Yo soy Groot”; y Rocket -doblado excelentemente por Bradley Cooper-, un mapache alterado genéticamente, cascarrabias y aficionado a gastar bromas pesadas, que, lejos de ser reducido a alivio cómico (que no haría falta además), está plenamente definido y tiene tanta o más entidad que sus colegas no realizados íntegramente por ordenador.

Rocket

En el apartado de villanos, Guardianes de la Galaxia no sale tan bien parada, a pesar de la divertida presencia de Michael Rooker como Yondu (que técnicamente no es un villano, solo un paleto amoral). El verdadero malo de la función es Ronan el AcusadorLee Pace le ha cogido el gusto al transformismo-, con Nebula en destacado segundo plano –Karen Gillan sobreactuada en un proyecto en el que no debería chirriar estar sobreactuado. Pero la película cuenta con más enemigos, tantos que es inevitable que estos parezcan desdibujados o desaprovechados, algo que también ocurre con la organización Nova Corps (Glenn Close, John C. Reilly). Esto, más que un problema interno, es un efecto de la acusada serialidad que caracteriza a las películas de Marvel. Estas funcionan cada vez más como una serie de televisión, y es habitual que no se nos presente a personajes “completos” y que se incluyan únicamente pequeñas píldoras de una historia que se desarrollará en posteriores capítulos. De ahí que Thanos aparezca apenas un minuto, o El Coleccionista (Benicio del Toro) protagonice una escena de transición y desaparezca sin más. Y de la misma manera, con Kevin Feige y Marvel actuando como showrunners del UCM, salta a la vista que el director, por mucha voz que haya tenido, ha debido ajustarse a una fórmula testada. Y esto es lo que más chirría de la película, que transcurre sobre seguro, repitiendo lo que ya les ha funcionado anteriormente y dejando poco espacio narrativo para la sorpresa. Aún con todo, Guardianes de la Galaxia es todo lo cerrada, uniforme e independiente que puede ser, sobre todo gracias a su fuerte personalidad y el increíblemente detallado universo que nos presenta.

Gamora y Star-Lord

Guardianes de la Galaxia es un continuo estallido lumínico y multicromático, una fantasía irresistible tanto para los fans de los cómics como para los espectadores más casuales. Conjuga con acierto el fan service propio del estudio (Howard el Pato, Cosmo, el cameo oculto de Nathan Fillion y otros tantos easter eggs) con la pleitesía al gran público, para dar como resultado una película de Marvel que es exactamente como las anteriores, y a la vez es totalmente distinta. Rebosante de descaro gamberro, carisma y socarronería, aderezada con temazos míticos de los 70 y 80 interpretados por Jackson 5, David Bowie, The Runaways…, y un altísimo contenido en one-liners y chistes bobos (algunos graciosos, otros simplemente graciosetes), Guardianes de la Galaxia se presenta como una obra exultantemente viva, musical, y sobre todo iconoclasta.

Para enmarcar planos como el de Peter y Gamora con el walkman y la galaxia como paisaje de fondo, Rocket acribillando a los malos con una metralleta a lomos de Groot, el paseo bailongo de Peter durante los créditos iniciales (y cada vez que alardea de “magia pélvica”), o una de las escenas finales, en la que la película se adentra en terreno sentimental y nos remite a una secuencia clave de Toy Story 3, con resultados igualmente efectivos (Marvel, más Disney que nunca, me vuelve a hacer derramar lágrimas de emoción). Además de todo esto, con el elogio de lo analógico y lo vintage que lleva a cabo (que no os extrañe que el cassette se ponga de moda),  Guardianes de la Galaxia nos devuelve en cierto modo a la infancia y nos recuerda lo que es ver una película de Spielberg por primera vez -no en vano, la primera secuencia en el espacio es un claro homenaje a Indiana Jones y el arca perdida. No estoy seguro de si las nuevas generaciones adoptarán Guardianes de la Galaxia como su Star Wars  (tal y como se ha empeñado la prensa en que ocurra), pero si así fuera, no seré yo quien se oponga.

Valoración: ★★★★½

Crítica: La LEGO® película

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En 2009 Phil Lord y Christopher Miller sorprendieron a muchos con Lluvia de albóndigas (Cloudy with a Chance of Meatballs), original cinta de animación cuyo espíritu alocado y ritmo sobrecafeinado volvemos a encontrar en La Lego película (The Lego Movie), el nuevo proyecto de este interesante tándem creativo. La primera incursión cinematográfica (después de muchos y muy buenos videojuegos) de estos populares juguetes de construcción es todo un alarde de energía, creatividad e imaginación, un homenaje a aquellos que se atreven a salirse de la norma y tirar las instrucciones a la basura para crear y construir sus propios mundos de plástico. Este es sin duda el espíritu que promueve la compañía de juguetes, que con el tiempo ha sido redefinida por su estrecha relación con la cultura popular y el entusiasmo de los fans adultos, a los que va especialmente dirigida la película.

Con La Lego película, Lord y Miller proponen un ejercicio altamente paródico, incluso de deconstrucción (nunca mejor dicho) del blockbuster veraniego. Se lo pasan en grande riéndose de los tópicos más habituales del cine de acción y aventuras, y concretamente del de súper héroes, haciendo alusión constante y jocosa a motivos narrativos ineludibles como son los de “el elegido” y “la profecía“. Al igual que James Bobin hizo con el Walter de Los Muppets en 2011 (un teleñeco normal y corriente sin características distintivas ni talento especial), Lord y Miller colocan en el centro del relato a una figura básica de Lego. El optimista Emmet Brickowoski (voz original de Chris Pratt) es una abeja obrera dentro de un mundo cuadriculado de normas, un don nadie que por azar se convierte en héroe y se embarca en una aventura para salvar el Universo Lego y demostrarnos que cualquiera puede ser especial si cree que puede serlo -“Sé que eso parece sacado de un póster de gatos, pero es cierto”, dice elocuentemente Vitruvio, interpretado por Morgan Freeman en la versión original.

La Lego Película Póster EspañolEs verdad que, a pesar de los constantes guiños al adulto y la autoconsciencia que se respira de principio a fin (léase: la genial cita del párrafo anterior), el desarrollo de La Lego película es al fin y al cabo tan convencional y previsible como el de cualquiera de las películas que homenajea, y como el del 99% del cine de animación comercial que se hace hoy en día. Claro que esto no llega a ser un problema muy grave, puesto que el bombardeo constante de chistes (brillantemente absurdos, inteligentemente bobalicones) y el desenfreno de la aventura no nos da un solo segundo de tregua. Además de ser una desternillante comedia de acción, La Lego película supone una experiencia visual anfetamínica para pequeños y mayores. Es imposible apartar la mirada, y es poco recomendable parpadear demasiado, puesto que se perdería de vista la increíble labor de detallismo que convierte cada fotograma en una verdadera obra de ingeniería. La animación por ordenador, que parece imitar la técnica stop-motion, reproduce con tal nivel de perfección la textura y las leyes físicas de las piezas de Lego que nos vemos obligados a creer que este universo existe, y que estos juguetes cobran vida cuando no se les mira, al más puro estilo Toy Story.

La Lego película es solo una “pequeña” muestra de las infinitas posibilidades que brinda el crisol de referentes pop del Universo Lego (esperad muchas secuelas). Esta demencial aventura incorpora iconos de varias franquicias, que se unen al grupo de personajes creados específicamente para la película. Así, entre otros cameos que no desvelaré para preservar el factor sorpresa (aviso: no esperéis nada de Marvel, obviamente), destaca la importante presencia del mismísimo caballero oscuro. Este Batman de Lego, una visión descacharrante e irreverente del solemnísimo héroe de DC, es uno de los mayores aciertos de la película, y el indicio más claro de que estamos ante una sátira muy bien diseñada (El hombre de acero no se queda lejos tampoco). En lugar de verse limitados por la restricción en el movimiento y el carácter prediseñado de los juguetes Lego, Lord y Miller aprovechan al máximo las posibilidades cómicas que estos ofrecen. Y siguiendo su propio consejo, descartan las instrucciones y levantan un espectacular mundo de fantasía a base de ingenio desbocado y pasión, tal y como lo haría un niño.

Valoración: ★★★★

Crítica: ¡Menudo fenómeno! (Delivery Man)

DELIVERY MAN

¡Menudo fenómeno! (Delivery Man) es el remake norteamericano casi plano por plano de la comedia canadiense de 2011 Starbuck, realizado por el director de la original, Ken Scott, y en esta ocasión protagonizada por Vince Vaughn. Con esas credenciales imposibles de empeorar, ¡Menudo fenómeno! (evitaré repetir el irritante título español en la medida de lo posible) parte con clara desventaja. Pero que se gane a pulso un puesto destacado en el concurso “Películas más innecesarias de la historia del cine” no quiere decir que no se pueda disfrutar de alguna manera. Se puede. Sobre todo si no se ha visto Starbuck, o su remake bollywoodiense, o el que se hizo en Francia el año pasado (va en serio). De hecho, la película no es mala opción para un domingo por la tarde, cuando nos encontramos más bajos de defensas y capacidad crítica.

La historia de ¡Menudo fenómeno! (¡mierda!) es bastante original y llamativa. O al menos lo era hace apenas dos años, cuando Scott la contó por primera vez. David Wozniak (Vaughn) es un despreocupado cuarentón neoyorquino de buen corazón que trabaja como repartidor en el negocio familiar, una carnicería. Su vida da un giro de 180 grados cuando descubre que es padre de 533 hijos, y que 142 de ellos se han agrupado para iniciar un pleito con la intención de conocer la identidad del padre biológico de la manada, Starbuck, pseudónimo que David usó para donar esperma veinte años antes. Asesorado por su abogado (Chris Pratt=Andy Dwyer), presionado por una deuda con la mafia y con su ex novia (Cobie Smulders) embarazada, David decide poner orden en su vida y probar que tiene madera de padre. No se le ocurre otra cosa que ir conociendo uno a uno a sus 142 hijos, y actuar como ángel de la guarda de todos sin desvelar su identidad.

Menudo fenómenoLa historia de David Wozniak historia funcionaría muy bien en una serie de televisión a largo plazo. Es extraño que antes de que alguna cadena se haya decidido a comprarla, se hayan hecho tres versiones cinematográficas distintas en dos años. Resulta imposible calzar en 100 minutos todas las ramificaciones de un relato tan propenso a la subtrama y a la dispersión. Por esta razón, la película está más agujereada que un gruyere, deja demasiados asuntos pendientes y millones de cabos sin atar. Para empezar, ¿por qué a ningún hijo se le pasa por la cabeza que ese señor mayor que ha aparecido de la nada para pasar tiempo con ellos justo ahora podría ser Starbuck? ¿Y por qué su novia no descubre el secreto de David a pesar de que el abogado de Starbuck es el mejor amigo de su novio? Con estas chapuzas, Scott se ahorra problemas para que la historia vaya hacia donde él quiere. Pero si no aprovecha las posibilidades que le brinda la historia y los personajes es porque no puede.

A pesar de abusar de recursos lacrimógenos y ser un ejercicio auto-publicitario por parte del odiado Vince Vaughn (“Todo el mundo quiere a David” parece un mensaje subliminal para convencernos de que todo el mundo quiere a Vince), ¡Menudo fenómeno! es una comedia modesta y bienintencionada con acertadas incursiones en el melodrama y ese aire de serie buenrollista ambientada en Manhattan (ahí está Robin Scherbatsky para corroborarlo). Si uno es capaz de ignorar los intentos desesperados por parte de Vaughn para que nos lo traguemos como grandullón entrañable, es posible encontrar más de una razón para disfrutar, aunque sea un poco, de esta simpática hipérbole de la paternidad.

Valoración: ★★½