Expediente X – “My Struggle II”: Así que esto era el futuro

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Lo dicen las noticias: Chris Carter es el nuevo George Lucas. Supongo que esta afirmación se explica por sí sola, pero por si acaso, voy a aclararlo. Carter ha cogido su creación más querida, ha atendido las plegarias de los miles de fans que pedían más, y la ha resucitado en una nueva etapa que ha resultado no ser tan buena como se esperaba, demostrando que quizá ya no sea la persona más indicada para asumir esa responsabilidad. Podemos culpar a las altas expectativas que teníamos, o achacarlo al hecho de que, por mucho que lo deseemos, el experimento de la nostalgia no funciona (algo que ya hemos debatido largo y tendido en otras entradas), y las series y películas más queridas regresan para acabar siendo inevitables decepciones. Pero yo personalmente prefiero echarle la bronca a Carter, por haber hecho lo mismo que Lucas con las precuelas de Star Wars, devolver un universo a la vida para despojarlo de ella y confundirse a la hora de adaptar el material a la realidad actual. Y no es que no le haya puesto corazón, es que no le ha puesto cabeza. Me duele decirlo, pero para la undécima temporada de Expediente X (que Carter ya ha dicho que existirá “casi con toda seguridad”) sueño con que vuelva a seguir los pasos de Lucas y se retire para dejar que otros guionistas y directores más aptos se encarguen de seguir contando la serie (Carter, go home, you’re drunk).

El revival de Expediente X ha tenido un par de episodios memorables y suficientes momentos aislados como para disfrutarlo a pesar de todo (en su mayoría gracias al fan service), pero si lo analizamos en su totalidad, no ha cumplido las expectativas, y ha sido principalmente por culpa de los episodios centrados en la mitología de la serie, es decir, el fan fiction que ha hecho Carter con las dos partes de “My Struggle“. Si el primero a muchos ya nos pareció precipitado y aleatorio, lo de “My Struggle II” roza el paroxismo. Carter retoma la historia por donde la dejó al final del primer capítulo (aparcándola inexplicablemente durante los cuatro que hay en medio) y sigue desarrollando a marchas forzadas la nueva conspiración global (o eso tenemos que imaginarnos, porque la cosa se queda bastante en lo local) que va a llevar a la extinción de la raza humana. En “My Struggle II” vemos tomar forma de manera atropellada al Apocalipsis que se empezó a gestar en 2012 (un detalle para barrer el pasado bajo la alfombra con el que al menos atamos cabos), con El Fumador manejando los hilos entre bambalinas, como si fuera el Fantasma de la Ópera (nada casual la elección de esa máscara para ocultar su demoníaco rostro). Mulder va en busca de su enemigo mientras Scully trata de detener el fin por todos los medios, pero puede ser demasiado tarde. El virus que llevará a la humanidad a su final forma parte del ADN de todas las personas, y la cuenta atrás ha llegado a su fin.

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Los agentes Miller y Einstein (Robbie Amell y Lauren Ambrose), aquí ya despojados de su naturaleza paródica y decididos a demostrar su valía como protagonistas relevo de Duchovny y Anderson, ayudan a Mulder y Scully en su empresa. Para ello, Carter se encarga de desarrollar los acontecimientos de la forma más torpe y apresurada posible, como en el primer capítulo, pero peor, porque esto es un final (“This Is the End”), o eso se supone. Lo peor empieza cuando Scully y Einstein se enfrascan en el desarrollo de una vacuna para el virus a partir del ADN alienígena que hay en Dana. La cosa ya va a trompicones desde el principio, pero a partir de ahí es cuando el capítulo se vuelve loco: por si los diálogos híper-obvios y sobre-explicativos más propios de una parodia no fueran ya dolorosos (Scully: “Podemos hacer una vacuna a partir de mi ADN” Einstein: “¡Eso no me llevará mucho tiempo!” *Traducción: ¡Tragáoslo, hemos justificado que vaya todo tan rápido con una sola frase!*), Carter intenta calzar a la fuerza tantos acontecimientos en 45 minutos que el tiro le sale por la culata y el episodio acaba zambulléndose en el absurdo para resolver el embrollo cuanto antes y como sea.

Los acontecimientos se desarrollan demasiado rápido, los personajes llegan de un lado a otro como si viajaran a través de portales de espacio-tiempo, los deus ex machina se acumulan (cuánta revelación y giro argumental por combustión espontánea), da la sensación de que faltan escenas, y en consecuencia, no da tiempo a procesar la información, que avanza desesperada y frenéticamente (tanta explicación para dejarse en el tintero tantas cosas). En definitiva, no recuerdo un Apocalipsis hecho con más prisa, peor planteado y “resuelto” (esa Scully avanzando a golpe de suerte y parando ella solita los disturbios callejeros). Carter ha intentado abarcar demasiado, ha forzado las nuevas tramas de la mitología, pensadas más bien para una temporada completa de las antiguas, en dos episodios que como mínimo deberían haber sido dobles. Y como consecuencia, nos ha dejado a muchos a medias y con mal sabor de boca. Afortunadamente, podemos intentar quitárnoslo pensando en esos pequeños momentos “de personajes” que tanto nos gustan y que al menos Carter no se olvida de regalarnos.

Mulder y Scully están separados durante todo el capítulo, hasta que se reúnen en la última escena, pero a la vez se encuentran tan unidos como en los momentos más difíciles de su relación (Scully explica a Einstein cómo ha llegado a creer en la causa de Mulder, en un precioso acto de deferencia hacia su compañero), luchando, enfrentándose a la muerte,  y anteponiendo todo el uno por el otro (Duchovny y Anderson acaban la miniserie a punto de encontrar por fin en sí mismos a Mulder y Scully, una pena que hayan tardado tanto y haya tan poco tiempo). Sin embargo, la interacción que yo rescato, con la que me planteo perdonar a Carter, es la de Mulder con El Fumador. En ese diálogo, donde vemos a C.G.B. Spender ya caracterizado al completo como un villano megalómano propio de una película de superhéroes (“Musings of a mad man”, dice Mulder en otro de los muchos guiños al pasado), Carter condensa con acierto la relación de estos dos personajes: “Has hecho que mi vida merezca realmente la pena“, le dice El Fumador a Mulder (que por cierto, viene de tener su propia escena de lucha sacada de una peli de superhéroes; ¿Desde cuándo Fox sabe kung fu y ha desarrollado esa fuerza sobrehumana? Menudas patadas voladoras). Esa es la frase que corona una de las escenas dramáticas más conseguidas de la temporada, y más importantes de toda la serie.

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Por lo demás, no hay mucho más que podamos salvar. La aparición de la agente Monica Reyes resulta desconcertante, incluso dolorosa, y tan postiza como lo demás (qué pena que solo haya faltado Doggett, aunque visto lo visto, pa qué), y el personaje de Joel McHale sigue siendo un grano en el culo, una excusa más para dar rienda suelta a la tan burda exposición de acontecimientos que ha tenido lugar esta temporada. Así que, sin más dilación, y para concluir, hablemos de ese cliffhanger. OMFG. Alguien sabía que este no era el final (por mucho que en el rótulo de fin de temporada de los créditos de inicio se nos diga lo contrario). O en su defecto, alguien sabía cómo acabar la miniserie para que los fans, contentos o descontentos, no tuviéramos más remedio que seguir pidiendo más (ya hemos dicho que Fox está con nosotros). En cualquier caso, este final tan abrupto, mucho más abierto de lo que esperábamos, nos deja con una sensación decepcionante de coitus interruptus (muchos espectadores pensaron que faltaba un trozo de capítulo), más acentuada aun por el hecho de que no sabemos si o cuándo vamos a saber cómo se resuelve. Pero a la vez nos plantea una nueva temporada de forma que no podemos decirle que no: si sobreviven a la presencia del OVNI (que vimos hacer saltar por los aires a Sveta justo después de posarse sobre ella y marcarla con el haz de luz de idéntica manera), la vida de Mulder y el futuro de la humanidad dependen de encontrar al hijo de Dana y Fox, William. Buena jugada, Carter.

Después de ver estos seis episodios, aun no tengo claro si fue buena idea resucitar la serie. La expresión “cualquier tiempo pasado fue mejor” me suele parecer cínica y conservadora, pero en este caso está más que justificada. Claro que quizá sea aconsejable ir haciéndose a la idea de que la historia de Mulder y Scully no ha terminado. De que probablemente no terminará nunca. Y a ver quién es el guapo o la guapa que no quiere saber qué pasa después en ese puente, y en las vidas de nuestros agentes del FBI favoritos.

Expediente X: Mulder y Scully y Miller y Einstein

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Expediente X se está empleando a fondo para aprovechar los (escasísimos) seis episodios de la miniserie y ofrecernos la experiencia X-Files más completa posible. Ya hemos tenido el obligatorio primer capítulo sobre la conspiración alienígena, un episodio autoparódico y un “Monster of the Week”. Ya solo faltaba un episodio malo. Y teniendo en cuenta que ya solo queda uno, nos tenía que tocar esta semana. Todas las temporadas de Expediente X tienen altibajos, capítulos mayores y menores, y alguno que sobresale por encima de los demás no precisamente por su calidad. En la décima temporada, esta función la desempeña “Babylon” (10.05), con diferencia el peor capítulo de lo que llevamos de miniserie.

La secuencia de apertura de “Babylon” muestra a dos jóvenes musulmanes perpetrando un ataque suicida en una galería de arte en Dallas. Uno de los dos sobrevive a la explosión, pero se mantiene a duras penas con vida, mutilado y en coma en el hospital. Mulder y Scully exploran las posibilidades para comunicarse con el terrorista, con la intención de hallar el origen de la bomba y prevenir ataques futuros. Mientras Scully investiga cómo sería posible ponerse en contacto con él usando la neurociencia, Mulder está convencido de que hay una manera alternativa de “conectar”, concretamente a través de una droga alucinógena que le proporcione una línea de comunicación con el terrorista en un plano místico al margen de la realidad. Mientras, dos jóvenes agentes del FBI, Miller (Robbie Amell) y Einstein (Lauren Ambrose) se unen a Mulder y Scully para trabajar en el caso.

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Lo que más llama la atención de “Babylon” es el desbarajuste tan grande que hay en el tono del capítulo. No sabemos muy bien cuál era la intención de Chris Carter, pero me da en la nariz que ni él mismo lo tenía claro. ¿Es una sátira exagerada en la línea de los capítulos de Darin Morgan o un drama de denuncia? ¿Se puede ser ambas cosas a la vez? Seguramente sí, pero hay que saber navegar ese espacio angosto que hay entre la comedia y el drama, y Carter simplemente no ha podido y se ha hundido. “Babylon” está repleto de diálogos muy pobremente escritos que hacen gala de una demagogia barata solo justificable si estuviéramos hablando de una redacción de primaria. Situaciones y frases maniqueas con las que Carter pretende retratar el racismo y la intolerancia de la sociedad ante los inmigrantes musulmanes. La intención es buena, la manera de hacerlo no podía ser más sensacionalista y simplona.

Pero lo que hace que “Babylon” sea un capítulo tan desafortunado es sobre todo la manera en la que mezcla el humor más estúpido con un asunto tan serio y de tanta relevancia en la actualidad. Si examinamos las escenas más locas del capítulo descontextualizándolas de la trama principal, no solo no hay problema, sino que destacan como grandes momentos en la línea de la Expediente X más absurda y autorreferencial. No vamos a negar que enfrentar a Mulder y Scully a sus versiones más jóvenes es una propuesta muy divertida (si bien algo desaprovechada), y desde luego muy propia de la serie. Tampoco vamos a menoscabar la suma importancia que tiene haber visto a Mulder bailando el “Achy Breaky Heart” de Billy Ray Cyrus con la camisa entreabierta y sombrero de cowboy durante su viaje lisérgico. Pero estos momentos, por muy simpáticos que resulten, no hacen sino mermar el mensaje del capítulo y frivolizar alrededor de un tema demasiado grave y delicado.

Actualmente, el nivel de la ficción televisiva, concretamente el de las series dramáticas, está muy alto. En su emisión original, Expediente X no lo tenía difícil para destacar como una serie inteligente y gratificante, pero las cosas han cambiado y aquí es donde Carter debe adaptarse más a los tiempos. Aceptamos que esto sea un viaje nostálgico para fans y no la medimos con el mismo rasero de antes (o de otros dramas de calidad actuales), pero una cosa es esto y otra muy distinta permitírselo todo por ser la serie que es. Lo que hace 15 años podía resultar provocador o estimulante ahora suena desvencijado y demasiado obvio, y Carter debería haber tenido esto en cuenta para apretarse las tuercas antes de escribir un guion tan amateur.

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Afortunadamente, como decía antes, hay suficientes momentos como para salvar el capítulo del completo desastre. Las interacciones de Mulder y Scully con Miller y Einstein son uno de sus aciertos (Ambrose está muy bien, Amell no hace demasiado, además de ser el encargado de decir el obligado “I want to believe” en este capítulo), y aunque descartamos el spin-off centrado en los dos nuevos agentes como buena idea (ya que no habría manera de que no fuera una parodia o una copia de la serie original y sus conflictos), nos encantaría ver de nuevo a estos personajes sacando de quicio a Dana y Fox, obligándoles a seguir autoanalizándose para nosotros (“Los menos buscados del FBI. Llevaba 23 años esperando para decir eso”). Por otro lado, nos alegra ver de nuevo a “Los pistoleros solitarios“, aunque su cameo visto y no visto sea algo decepcionante, o a Skinner (cuya presencia en esta temporada es más bien testimonial) y El Fumador (que protagoniza una de las imágenes más potentes de la visión de Mulder). También tranquiliza ver que Duchovny por fin parece reaccionar a una trama esta temporada. Había que ponerlo a bailar country para que despertase.

Por último, la escena final de “Babylon” nos deja con buen sabor de boca a pesar del patinazo del resto del episodio. Aunque nos lo den todo bien mascado, las reflexiones de Mulder y Scully (que nos ablandan el corazón cogidos de la mano y mirándose de aquella manera) vienen muy a cuento para continuar explorando los eternos dilemas de la serie (la ciencia contra la fe, también más cogidas de la mano que nunca en este capítulo; la belleza del lado misterioso e inexplicable de la vida; “¿Cómo reconciliamos el amor más fuerte con el odio más extremo?”) a la vez que seguimos desentramando la naturaleza de ambos personajes, algo en lo que el revival ha insistido hasta ahora. Una pena que para llegar a esas conclusiones hayamos tenido que asistir primero a un retrato tan estereotipado e ignorante de la inmigración y el terrorismo yihadista. No sabemos qué píldora se habrá tomado (o habrá dejado de tomarse) Carter, pero le ha llevado a realizar uno de los episodios más desequilibrados y fallidos de la serie. Teniendo en cuenta que este y “My Struggle” (otro guion que dejó bastante que desear) están escritos y dirigidos por él en solitario, cabe preguntarse si sería mejor que se limitase a producir y dejara a otros contar la historia.

Expediente X: “Scully, we’re home”

Mulder y Scully Home Again

El cuarto capítulo de la miniserie de Expediente X es en realidad el segundo en orden de producción, y se nota. “Home Again” (10.04) sirve como introducción al tema del hijo dado en adopción de Mulder y Scully, un conflicto interno del que Fox aun no forma parte en este capítulo, y que encontraba algo parecido a un clímax o una resolución en “Founder’s Mutation” (10.02). No es que sea difícil de entender, pero sí resulta algo incoherente con el arco de personajes de la mini-temporada. En “Home Again” (que, contrario a lo que muchos pensábamos, no es una secuela de “Home”, aunque comparten guionista), Scully recibe una llamada del hospital informándole de que su madre (Sheila Larken retomando el personaje) está muy enferma y le queda poco tiempo, lo que la lleva a abandonar la presente investigación junto a Mulder para estar con ella. Su visita al hospital destapa viejas heridas, en concreto la de William, el hijo de Mulder y Scully.

Este capítulo proporciona a Gillian Anderson una oportunidad para salir del adormecimiento con el que se estaba aproximando a su personaje en esta nueva temporada. El recuerdo de William, que la atormenta en forma de visiones, le hace plantearse si ella y Mulder hicieron bien en “abandonar” a su hijo. En uno de muchos guiños al episodio clásico “Beyond the Sea” (1.13), Mulder aparece en el hospital para apoyar a Scully en su sufrimiento. Esto resulta en una escena catártica en la que Anderson descarga todo su arsenal interpretativo (mientras Duchovny sigue bastante impasible, todo hay que decirlo), derrumbándose abrazada a Mulder. Esta escena incluye un detalle precioso que los seguidores de la serie recibimos con especial emoción: una mirada de Anderson a cámara, leve ruptura de la cuarta pared con la que el personaje busca refugio más allá de los brazos de su compañero, concretamente en los de la audiencia, que también conoce su trayectoria personal y ha formado parte de su dolor en el capítulo. Y es que Scully sabe que, como Mulder, nosotros también estaremos siempre ahí cuando haga falta.

“Home Again” es otro episodio cargado de guiños al pasado, concretamente a otros capítulos escritos y/o dirigidos por quien se encarga de él, Glen Morgan. Al igual que con su hermano pequeño Darin Morgan en “Mulder & Scully Meet the Were-Monster“, Chris Carter cede las riendas a uno de los guionistas más importantes de la serie para que este continúe tejiendo su propia narrativa dentro de la macro-historia de la serie. Morgan vuelve a introducir los motivos clásicos de la serie, como el “I want to believe“, pronunciado esta vez por Scully en un contexto alejado de la conspiración extraterrestre, y a punto de ser desvirtuado (si no lo está ya) por la insistencia de la serie en recordánoslo en todos los capítulos (en serio, basta ya, está perdiendo su gracia y su significado de tanto repetirlo), pero sobre todo se encarga de trazar una serie de paralelismos (visuales y temáticos) entre este y otros capítulos de su cosecha. Ya hemos mencionado “Beyond the Sea”, con el que “Home Again” establece un diálogo en forma de planos reconstruidos casi al milímetro: Cuando Mulder acaricia el rostro de Scully al llegar al hospital, la preciosa frase “Necesito trabajar” que Dana pronuncia esta vez destrozada, el conmovedor abrazo a Mulder, el plano en el que Scully se aleja de espaldas y Mulder la observa o la preciosa conversación al final, que aquí tiene lugar de forma muy significativa junto al mar (para ver las comparativas entre planos visitad los siguientes enlaces: 1, 2, 3).

Mulder Scully Home Again

Este capítulo también establece un puente hacia uno de los episodios más míticos (y polémicos) de la serie, “Home” (4.02), que dejó traumatizados a la mitad de los niños (y gran parte de los adultos) de los 90 -y del que este capítulo no es una secuela oficial, como hemos dicho, pero sí una continuación en espíritu. Sin llegar a sus niveles de oscuridad y truculencia, “Home Again” recupera el gusto de Expediente X por lo macabro y, directamente, lo asqueroso. En esta ocasión nos enfrentamos al Hombre de la Tirita, una creación repulsiva a base de carne putrefacta rodeada de moscas (diría que hasta se puede oler a través de la pantalla) y sí, una repugnante tirita en la nariz que deja tirada en sus escenas del crimen. Con la historia de esta nueva criatura sobrenatural, Morgan realiza el capítulo más clásico de todos los que hemos visto del revival, una regresión completa a la época dorada de Expediente X. “Home Again” devuelve el terror a la serie, con uno de esos “Monster of the Week” por antonomasia que incluye un caso episódico con bien de sangre (aquí incluso más gore que en la serie original) y espacios oscuros iluminados por las linternas de Mulder y Scully (que por supuesto se cruzan en un plano para formar una “X” para nuestro deleite), lo que nos hace sentir una vez más como si estuviéramos viendo la tele en 1996.

En “Home Again” Morgan también replica planos y momentos icónicos de “Home”, de los que destaca otra escena de violencia en la oscuridad al ritmo de una canción alegre. Como antaño, el contraste entre la imaginería grotesca y la música optimista (en esta ocasión “Downtown” de Petula Clark) proporcionan un momento de humor negro muy Expediente X. Con todos estos paralelismos y homenajes, “Home Again” continúa la tarea del revival de traernos el pasado al presente, haciendo que sus personajes se planteen cómo han cambiado en este tiempo (si es que lo han hecho; no en vano Scully se enorgullece de ser “old school”, como la propia serie). Lo dice el propio Mulder, linterna en mano, en uno de los momentos más meta del capítulo: “Scully, ‘back in the day’ is now“. Efectivamente, ver estos nuevos capítulos de Expediente X es lo más parecido a estar suspendido en el tiempo durante 45 minutos hace 20 años. Es una sensación a ratos reconfortante, cálida, a veces melancólica, pero sobre todo desorientadora y extraña. Es decir, todo lo que Expediente X debe ser.

“Mulder & Scully Meet the Were-Monster” es el episodio de Expediente X que esperábamos

Mulder Kim Manners

Hablar del tercer capítulo del revival de Expediente X en una simple entrada de blog no es tarea fácil. “Mulder & Scully Meet the Were-Monster” (bravo por el título) es la quintaesencia de la serie de Chris Carter, un homenaje retrospectivo con tantos guiñoseaster eggs, gags y diálogos memorables, que simplemente no sé por dónde empezar. Así que lo mejor será que nos remontemos de nuevo a los 90 y comencemos por un nombre, uno de los más importantes y decisivos en la historia de Expediente X: Darin Morgan.

¿Que quién es Darin Morgan? Pues uno de los guionistas que dio a Expediente X la forma con la que ingresó en el panteón de la cultura popular. Morgan solo escribió cinco episodios de la serie original, pero su estilo inconfundible sirvió para que esta alcanzase un nuevo nivel, mientras estrechaba sus vínculos con la audiencia a un nivel aun más profundo. Morgan empezó a trabajar en Expediente X como actor, interpretando al mítico Flukeman en “The Host”, pero poco a poco se fue haciendo hueco en la sala de guionistas, donde se estrenó con “Blood” (Morgan aparece como uno de los responsables del argumento). Su primer guion en solitario sería “Humbug“, el que es sin duda uno de los episodios más memorables de las primeras temporadas (el del freak show). A continuación firmó tres clásicos más: “War of the Coprophages” (el de las cucarachas), y dos obras maestras incontestables de la televisión de los 90: “Clyde Bruckman’s Final Repose” y “José Chung’s From Outer Space’“. Ahí es nada.

Mulder Scully

Como decía, la aportación de Morgan a la serie fue fundamental. Con estos episodios, el guionista fue capaz de hallar una riquísima fuente de comedia en la serie, llevando la relación de Mulder y Scully a otro nivel, concretamente hacia el terreno de la sátira, a la vez que profundizaba en la dinámica de los agentes de tal forma que nos transportaba a los espectadores al núcleo emocional de su relación. Con sus capítulos, Morgan se propuso deconstruir (según Duchovny, “destruir”) la serie, creando una suerte de universo alternativo donde el humor y la metanarración cobraban una importancia capitalExpediente X hallaba así su otra cara al margen del drama conspirativo o el suspense, la de la paranoia tomando forma en lo grotesco y lo ridículo, con una gran dosis de surrealismo, absurdo, un punto de melancolía, y sin límites a la imaginación o a lo que se podía mostrar. A partir de Morgan, cualquier cosa era posible en Expediente X (sin él, esa maravilla titulada “Bad Blood”, escrito por Vince Gilligan, probablemente no habría existido) y el espectador era invitado a base de constantes guiños a formar parte de la serie.

En los guiones de Morgan solían tener mucha importancia una o varias figuras que narraban, ya fueran Mulder y Scully, el autor José Chung o el vidente Clyde Bruckman, lo que le daba la oportunidad de establecer un brillante juego autorreflexivo con el que la serie se auto-analizaba, se reía de sí misma y dejaba sus recursos al descubierto para someterse a nuestro escrutinio (o el de otros productos audiovisuales, como vimos en la mítica parodia de Los Simpson): la dialéctica entre el crédulo y la escéptica, la necesidad de Mulder de buscar monstruos y realidades que no tienen por qué ajustarse a nuestra ceñida y científica visión del mundo, incluso la propia condición de iconos de estos dos personajes. Esto nos lleva a “Mulder & Scully Meet the Were-Monster”, donde todos estos temas vuelven a primer plano. Este episodio escrito y dirigido por Morgan es el que los seguidores de Expediente X esperábamos con más expectación del revival. Un capítulo que prometía llevarnos de nuevo a ese universo X alternativo de locura y complicidad autoparódica, y que nos ha proporcionado, ahora sí, el emocionante viaje al pasado que buscábamos.

Mulder meets the weremonster

En mi análisis de “My Struggle” me quejaba de un exceso de fan service en el estreno de la décima temporada, aunque más que nada, mi reproche se centraba en la manera en la que se llevó a cabo. “My Struggle” estaba hecho para cualquiera que supiera qué es Expediente X y estuviera mínimamente familiarizado con sus lemas y sus lugares comunes, mientras que “Mulder & Scully Meet the Were-Monster” está hecho exclusivamente para sus fans. Lo que muchos percibimos como guiños facilones y vacíos adquieren mayor significado en este episodio, que está hecho con auténtico amor por la serie y sus fans. Mulder dice por enésima vez aquello de “Quiero creer“, pero esta vez Duchovny suena convencido, haciendo que uno de los lemas de la serie sirva para mostrarnos una nueva crisis de fe (y de mediana edad) del agente. Para explorar el breakdown de Mulder, Morgan introduce a otro personaje narrador, en este caso Guy Mann (otra proyección de sí mismo en el relato), que interpreta el hilarante Rhys Darby, conocido por Flight of the Conchords y por hacer precisamente de hombre lobo en la genial What We Do in the Shadows.

En la magnífica escena del cementerio, Mann narra a Mulder su (muy kafkiana) historia: él era un hombre-lagarto (¿a alguien más le recordó al Angel vampiro de Pylea?) que vivía una plácida existencia en el bosque hasta que un día un hombre (Kumal Nanjiani) le mordió y se transformó en humano, adquiriendo deseos y necesidades que se escapaban a su entendimiento animal, como vestirse y ponerse absurdas corbatas, buscar vivienda y trabajo, proporcionarse orgasmos o plantearse metas inalcanzables en la vida (“Si no he escrito mi novela ya, no la voy a escribir nunca”). Mulder encuentra en la crisis existencial de Mann una conexión con la suya propia. Como el agente, el hombre-lagarto está buscando el sentido de la vida, luchando por cumplir las exigencias y expectativas que otros, o que él mismo se ha impuesto. La sátira de la historia de Mann es tontorrona  pero afilada (marca de autor de Morgan), y el leitmotiv no es muy complicado: el monstruo somos nosotros. Aunque el episodio es íntegramente cómico y lleva a sus personajes al terreno de lo ridículo, de lo esperpéntico (Mulder, su nueva app para hacer fotos con el móvil y su histérico encuentro con el monstruo), plantea cuestiones muy interesantes y profundas, inherentes a los arcos de personajes (concretamente el de Mulder) y la mitología de la serie. Esta sí es la Expediente X que recordamos y amamos.

Rhys Darby X Files

Y hablando de recordar. “Mulder & Scully Meet the Were-Monster” es toda una prueba a la lealtad y la memoria de los fans de Expediente X. Como adelantaba al principio, el episodio está lleno de guiños al pasado de la serie. Algunos son evidentes, otros más ocultos, otros muy desvergonzados, y la mayoría provocan en nosotros una sonrisa, ya sea divertida o atribulada (una que se queda en la cara más allá de los créditos finales). Por enumerar unos cuantos: Mulder lanzando lápices al póster de “I Want to Believe” (en la emisión original lo hacía disparando al techo), la lápida con el nombre de Kim Manners, que dirigió más de 50 episodios de la serie y murió en 2009 (a ver qué fan de la serie no se ha emocionado profundamente con esto; cuando Duchovny toca la lápida, lo hace siendo él mismo y se nota), los esnifadores de pintura (Tyler Labine y Nicole Parker), que aparecieron en el episodio “War of the Coprophages”, la sintonía de la serie como el tono de móvil de Mulder (este entra en la categoría de “desvergonzados”, incluso “excesivos”), y el más bonito de todos: Scully diciéndole a Mulder “Recuerda, soy inmortal“, referencia a “Clyde Bruckman’s Final Response”, donde Scully pregunta a Bruckman cómo va a morir, a lo que él responde sonriendo: “No lo harás”.  (Para descubrir todos los easter eggs del episodio, algunos imperceptibles a simple vista, os recomiendo este artículo).

Como buenos cachondos que son, David Duchovny y Gillian Anderson están mucho más entregados haciendo el tonto que en los dos anteriores capítulos. Morgan les da una plataforma para que se lo pasen bien en su trabajo, y ellos la utilizan, para gozo de todos los espectadores. Dos ejemplos.

ESTO:

Y ESTO:

Que por si no lo habíais pillado (que lo dudo), hace referencia a este icónico momento de la serie.

Esta nueva-vieja Expediente X sigue en su proceso de adaptación al presente sin renunciar al pasado. Básicamente es la misma serie de siempre, pero por momentos parece la típica persona mayor que trata de ponerse al día con la vida moderna, con los homosexuales y todas esas cosas que ahora se llevan, y la verdad es que no siempre acierta (la conversación con y sobre el personaje transgénero, en la que se bromea sobre que antes fue un hombre *sic*). Aun así, lo está intentando, y se agradece. “Mulder & Scully Meet the Were-Monster” no solo es el mejor episodio de lo que llevamos de mini-temporada, sino que consigue ponerse a la altura de la mejor Expediente X,  haciendo que este experimento nostálgico alcance su máxima expresión y potencial.

Yeah, this is how I like my Mulder & Scully.

Expediente X: Nunca fuiste “solo” una serie para nosotros

My Struggle 1

Mi relación con Expediente X es la misma que la de muchos otros miles de seguidores de la serie de Chris Carter. Siempre he estado seguro de ser el mayor fan y me pondré a la defensiva con cualquiera que crea lo mismo, pienso que sé más que nadie sobre ella (soy consciente del autoengaño, porque de hecho conozco a la persona que realmente sabe más de ella), que es mía. A veces una conversación sobre el pasado se convierte en una competición, en la que yo enumero mi colección de figuras de Sideshow Toys, insisto en que yo me compré las primeras temporadas en DVD cuando costaban ¡120€ cada una! o cuento que aun conservo como oro en paño los números de Teleindiscreta o Semanal TV con Mulder y Scully en portada (incluso aquella mítica Vale con los desnudos de David Duchovny en sus supuestas películas eróticas pre-X-Files).

En efecto, Expediente X definió en gran medida mis primeros años de formación como cinéfilo y seriéfilo, y también como persona. Cuando empezó a emitirse en España, se puede decir que yo aun era un niño. Como muchos de vosotros. La apasionante historia de Mulder y Scully, sus conspiraciones alienígenas, sus monstruos de la semana, la dialéctica crédulo-escéptica, y esa inigualable tensión sexual no resuelta me tenían completamente obsesionado. No había nada más estimulante que la conversación del día después en el patio del colegio (en la que siempre me hacía el mayor, a pesar de que muchas veces dejaba de ver el capítulo por miedo). Si hablamos de historia de la televisión, Expediente X definió junto a Twin Peaks una etapa crucial para el medio, caracterizada entre otras cosas por la “appointment television” (todo el mundo veía Expediente X), pero si hablamos a un nivel más personal, Expediente X me definió a mí: mis terrores nocturnos incorporaban imágenes de la legendaria cabecera de la serie (yo cerraba los ojos cuando aparecía la cara que se estiraba grotescamente), mi amor por la ciencia ficción aumentaba exponencialmente con cada episodio, la serie me hacía empezar a entender las posibilidades de Internet (en casa de mi mejor amiga, donde nos íbamos a merendar mientras esperábamos a que se cargase una foto de los agentes), mis gustos empezaban a ser más maduros y sofisticados (o eso creía yo) y, por último, pero no por ello menos importante, Expediente X potenciaba mi despertar sexual.

My Struggle 2

Me consta que, por mucho que quiera hacer de esta experiencia algo único e intransferible, lo mío con Expediente X es lo de mucha gente con Expediente X. Con el paso del tiempo, y como ha ocurrido con otras ficciones de los 90, Expediente X se asentó en la cultura popular como mucho más que una serie. Es parte de nosotros, y como tal, se ha negado a desvanecerse por completo. Por eso, el regreso de Mulder y Scully a la televisión después de 14 años (ignoremos la segunda película, aunque yo no creo que fuera tan mala para nada), ha sido recibido por (casi) todos nosotros como un regalo personal, entregado en mano por los propios Duchovny, Anderson y Carter. No pasaba año sin que rogáramos que los agentes especiales del FBI volvieran, porque había asuntos pendientes y sentíamos que su historia no había acabado. Expediente X no llegó a tiempo a su cita de 2012, pero al menos fijó una nueva para 2016, en plena eclosión del reboot y la nostalgia. La expectación era enorme, la campaña publicitaria omnipresente (que ni una de Marvel, vamos), y la espera insoportable. Entonces llegó el momento y el futuro se convirtió en pasado en un abrir y cerrar de ojos. Expediente X había vuelto. De verdad. Y la sensación al ver comenzar el primer episodio del revival era emocionante, exaltada, pero también extraña, agridulce. ¿Ha cambiado Expediente X? ¿Hemos cambiado nosotros? ¿Ha cambiado la televisión y es imposible reproducir lo que fue esta serie hace veinte años? A grandes rasgos, la respuesta a todas estas preguntas es “sí”.

My Struggle” (10.01) no ha sido recibido con el fervor que se esperaba. Crítica y gran parte del fandom lo han puesto de vuelta y media. Y con razón. Es cierto que la sensación de ver de nuevo el opening de la serie intacto, rodeados de nuestra vida y nuestros aparatos tecnológicos de 2016, es indescriptible, mágica, seguramente lo más parecido a viajar en el tiempo. Pero más allá de la cabecera, la cosa cambia. El primer episodio de la nueva Expediente X hace aguas por todos los lados, y no se debe solo a un problema de expectativas o de contacto con la realidad después de embriagarse de nostalgia, sino simplemente a un guion que deja mucho que desear. Quizá pensando en las nuevas generaciones de espectadores que se iban a enganchar porque era el acontecimiento seriéfilo del año, “My Struggle” intenta condensar nueve temporadas de historia en 45 minutos, e inevitablemente fracasa. Para enmendar el error de X-Files: Creer es la clave, el episodio empieza resumiendo (y respetando) la continuidad y la mitología de la serie, para después pulverizarla con una nueva premisa salida de la nada. La nueva teoría conspiranoica de Mulder pasa de puntillas por “lo de 2012” y reiventa la historia a modo de retcon, con la posibilidad de que el gobierno haya estado siempre detrás de las abducciones y las fecundaciones alienígenas. No fueron los extraterrestres los que embarazaron a Scully y a tantas otras mujeres, fueron los hombres trajeados del presidente. Interesante (?).

Founder's Mutation

Veamos, es una idea arriesgada que, a pesar de todo, puede funcionar, y además supone regresar de algún modo al arco central de la serie, a la vez que lo renueva para adaptar su potente imaginario a la era de la paranoia post-11S. Pero la manera en la que está presentada es torpe, forzada y apresurada, como la propia reapertura de los expedientes X. “My Struggle” está repleto de pobres diálogos sobre-explicativos que solo tienen la función de servir como recaps (exposición narrativa por un tubo), exceso de información (repetitiva y atropellada), una tendencia a mostrar demasiado (aunque vimos muchos alienígenas, monstruos y platillos volantes en la serie original, Expediente X se caracterizaba más por lo que ocultaba que por lo que enseñaba, y en “My Struggle” todo esto se lo pasa por el forro), aburridos nuevos personajes (sobre todo el de Joel McHale), incluso simplonas proclamas políticas (a Carter le debe haber encantado Mr. Robot). Y lo peor de todo es que para compensar sus carencias abusa del fan service (sí, soy consciente de la ironía del fan que, después de recibir lo que lleva años pidiendo, se queja porque es demasiado; la culpa es nuestra, por ser tan intensos con la serie). Expediente X siempre ha incluido a sus espectadores en el relato (alguna vez literalmente), y los guiños a las nueve temporadas anteriores eran obligados, pero seguro que había una manera menos tosca y evidente de hacerlos que repetir una y otra vez variaciones de las frases más famosas de la serie (“I want to believe” o “The truth is out there“) hasta que estas pierden su significado o devolvernos al Fumador (otra vez) de entre los muertos. Nos conformábamos con poco, el público fan es fácil, hasta que se le da por sentado y se cree que con un par de cucamonas basta.

Y luego están los actores. Bueno, en realidad no están ahí. Todavía no. Vale que el tiempo ha pasado por los agentes, que David Duchovny y Gillian Anderson nunca destacaron por realizar grandes aspavientos dramáticos (de vez en cuando estallaban, pero solían mantener la calma), y que sus personajes siempre tuvieron ese aire desapasionado e intelectual, pero en “My Struggle”, los actores simplemente no se han reencontrado con Mulder y Scully, no están en sus personajes, y se nota. Ambos deambulan por el episodio como carcasas vacías, apáticos, con miradas que antes lo decían todo y ahora parecen perdidas. Él pronunciando sus diálogos como si los estuviera leyendo en un teleprompter, y ella todavía metida en sus papeles de Hannibal The Fall, con una afectación somnolienta y hablando tan bajito y vocalizando tan poco que hay que subir el volumen de la tele (Bedelia du Maurier, ¡sal de Scully!). Un ejemplo perfecto de lo poco entregados que están sería la escena final en el porche, un momento que podría haber sido muy bonito (aquí al menos las alusiones a la tormentosa pero preciosa relación de los personajes/actores están mejor encajadas y son algo más emocionantes), pero que los actores desaprovechan con su interpretación desganada. Ojalá David y Gillian hubieran puesto el mismo afán en los episodios que en su tour promocional por las televisiones. Ahí sí parecen entusiasmados por volver a ser Mulder y Scully, y sobre todo por volver a estar juntos (pillines), no como en la serie, donde han perdido parte de la química que tienen fuera y han dejado de estar tan vivos como antes.

Founder's Mutation X Files

Afortunadamente, todo esto cambia en el segundo episodio “Founder’s Mutation“, un caso clásico y paradigmático de “Monster of the Week” con interesantes pinceladas de arco de personajes (concretamente sobre el hijo de Mulder y Scully, William). Esto ya sí es la Expediente X que conocíamos. El argumento episódico (confuso y retorcido, como los de antaño) evoca a las primeras temporadas de la serie, en las que no sabíamos muy bien qué estaba pasando pero nos daba igual porque nos encantaba, los guiños cómicos y meta son más acertados (“Soy pre-Google”, la significativa conversación sobre el monolito de 2001), y Duchovny y Anderson están algo más metidos en sus personajes (aunque siguen medio adormecidos, sobre todo Anderson, hierática de más hasta para Scully). Pero atención, porque Fox (la cadena) está emitiendo los capítulos de caso de la semana desordenados (las malas costumbres nunca mueren), y “Founder’s Mutation” es en realidad el quinto episodio en orden de producción. Es decir, el penúltimo de la temporada. Esto quiere decir dos cosas: que después de todo Expediente X sigue siendo Expediente X y podemos ver estos episodios desordenados (aunque ver a Mulder con traje de repente y a los dos en full mode “agentes del FBI” dé la sensación de que nos hemos saltado algo), y que quizá sea recomendable no esperar demasiado de Duchovny y Anderson, porque simplemente no hay tiempo. Crucemos los dedos para que se hayan quedado con buen sabor de boca a pesar de todo, y las desorbitadas cifras de audiencia de los nuevos episodios les animen a hacer más, y hacerlo mejor, en cuanto se queden libres.

Porque sí, a pesar de las quejas, quiero (queremos) más. Sabéis perfectamente que podríamos seguir a Mulder y Scully hasta el geriátrico y más allá. Forman parte de nuestras vidas, y nos negamos a renunciar a ellos, aunque el sentido común nos diga que es mejor dejarlos donde estaban y no remover el pasado (nostalgia mala). Pero es que Expediente X “nunca fue solo” una serie para nosotros, nunca fue un “solo” nada. Nuestra relación con ella es más especial de lo normal. Y al final el mero hecho de volver a este universo y reencontrarnos con estos personajes compensa todo lo demás. Quiero pensar que todo volverá a su sitio y habrá merecido la pena molestar a Mulder y Scully en su apacible retiro. Quiero que esta entrada me haya servido para desquitarme, para ajustar mis expectativas y a partir de ahora hacer la vista gorda a los errores y centrarme únicamente en lo que hace de Expediente X una serie tan importante para mí, para poder así volver a disfrutarla de verdad (aunque sé que no depende solo de mí). En definitiva, quiero creer. (¿Ves, Carter? Yo también sé hacer guiños facilones).