La viuda: A Greta le pasa algo

Pensaste que podías entrar en mi vida y trastornarla sin pensar en nadie más que en ti. El dolor que sentía Alex Forrest en su corazón era real, tanto como su trastorno límite de la personalidad y el machismo en los ojos de los espectadores que la conocieron en la gran pantalla a finales de los ochenta. Años en los que Adrian Lyne, Paul Verhoeven y Brian de Palma reinaban en taquilla con sus thrillers eróticos. Unas obras tremendamente excesivas, repletas de giros, más o menos bien escritas y en las que casi todo su interés residía en la maldad e inteligencia de sus mujeres protagonistas. No se confundan, no hablamos de la creación de iconos feministas por parte de unos hombres valientes, sino de una actualización del arquetipo negativo de las brujas. La citada Alex de Atracción fatal no es sino una bruja malvada rompehogares, de igual manera que Catherine Trammell en Instinto básico era una hechicera capaz de encandilar a cualquiera con su juego de piernas. Institucionalizado como un subgénero con todas las de la ley, llegaría el turno de las mucho más bastas Meredith Johnson de Acoso o la Peyton Flanders de La mano que mece la cuna. Con el final de los noventa, David Fincher mataría este tipo de películas con Seven, haciendo que el gran público y la crítica pasase a interesarse por otro tipo de thrillers psicológicos, supuestamente más intrincados.

Llevamos ya casi una década sin Claude Chabrol, Brian De Palma hace mucho que perdió el norte, Adrian Lyne sigue sin salir de su residencia francesa y nadie se atreve a resucitar a las brujas. Si acaso ese bonito homenaje (y dignificación) a esas femme fatales que realizó el propio Fincher con la icónica Amy Dunne en Perdida o de manera tangencial las diabólicas protagonistas de Purasangre. Todo eso ha cambiado radicalmente con el estreno de La viuda (Greta). ¿Quién ha sido el osado de invocar a las brujas? Otro mastodonte de los noventa, el oscarizado Neil Jordan (Juego de lágrimas). El mismo que hace unos cuantos años nos trajo la bonita e infravalorada Byzantium y otros tantos más obsesionó a toda una generación con los chupasangres en la homoerótica Entrevista con el vampiro.

Frances (Chloë Grace Moretz) no es una chica de ciudad. Puede que viva en pleno Manhattan con una amiga extremadamente cool, pero sus costumbres son provincianas. Se disculpa, sonríe a los desconocidos y seguro que hasta saluda en su portal. Por lo que no debería extrañarnos que cuando se encuentra con un bolso en el metro, ella haga todo lo posible por devolvérselo a su dueña. Esa es Greta (Isabelle Huppert), una frágil mujer que vive en una casita de cuento a unas cuantas manzanas de Frances. Su marido hace años que murió y su hija está cursando sus estudios en París. Como buena pueblerina, Frances confiará en la bondad de los desconocidos y se convertirán en mejores amigas. De primeras, la viuda parece un interesante y estiloso modelo de conducta para la joven, pero a Greta le pasa algo.

La viuda sigue el canon noventero de esos thrillers de brujas malvadas, pero aparcando la alta carga erótica y omitiendo de manera radical e inteligente el rol de víctima justiciera del macho que proyectaban esos filmes. Realmente, la presencia de personajes masculinos queda casi reducida a un par de escenas del chico Jordan por excelencia, Stephen Rea (Juego de lágrimas). Greta y Frances son las dueñas absolutas de La viuda. Chloë Grace Moretz (Kick-Ass) vuelve a encadenar otra notable interpretación tras La (des)educación de Cameron Post y su robaescenas de Suspiria, confirmando que cuanto más arriesga en sus proyectos, mejores son sus resultados. Regla que se cumple a la perfección también con Maika Monroe (It Follows), que interpreta a la muy neoyorquina compañera de piso de Frances.

Caso aparte es el de Isabelle Huppert. Su Greta entra por la puerta grande al olimpo de esas malvadas brujas noventeras y se convierte en otra superheroína dentro del Universo Cinematográfico Huppert. Esta malvada bruja de la casita de jengibre es la prima lejana de su Erika Kohut de La pianista, o posiblemente el tipo de mujer en la que terminó convirtiéndose su Michèle de Elle, o como si su Helene de Mi madre se dejase de incestos o su Augustine de 8 mujeres se quedase sin tabaco.

En La viuda, Huppert no se corta (bueno, literalmente un poquito) y se entrega completamente al carácter extremo de su personaje. No hay tiempo para medias tintas en la cinta de Jordan. Ni rastro de la contención de la que hace gala en sus personajes para Michael Haneke, ni mucho menos de las buenas obras de los seres de luz que ha creado junto a Mia Hansen-Løve o Claire Denis. En La viuda, Isabelle va a tope. Es un verdadero placer ver a Huppert perseguir por las calles a Maika Monroe (fantástico guiño a la legendaria It Follows) o cómo le hierve el conejo a Chloë Grace Moretz en la desquiciante escena del restaurante. Este tipo de decisión interpretativa podría haber destrozado el film, pero con Huppert al mando, no hace sino engrandecerlo y hacer que La viuda no se pierda en la tan común desmemoria cinematográfica.

La viuda es un brillante, divertidísimo y autoparódico ejercicio cinematográfico de huppertxploitation sin ningún tipo de complejos, ni complicaciones. Una joya para amantes de la Huppert más Huppert.

David Lastra

Nota: ★★★★½

Crítica: La quinta ola

Chloe Grace Moretz; Nick Robinson

Hemos perdido la cuenta de los intentos fallidos de encontrar la siguiente gran saga cinematográfica para adolescentes, y aun así, Hollywood no escarmienta y los estudios no cejan en su empeño. La búsqueda de la siguiente Harry Potter o Crepúsculo ha dado paso a la de la próxima Los Juegos del Hambre. Pero todos estos años de ensayo y (sobre todo) error se han saldado con incontables fracasos de taquilla, primeros capítulos que se han quedado en eso, en meros principios, historias frustradas que no han podido ir más allá de su planteamiento, porque el público no ha respondido como se esperaba. En este panorama de hastío hacia el género aparece la enésima propuesta young adult basada en una serie de libros para adolescentes, La quinta ola (The 5th Wave), sin duda una de las historias menos originales que van a llegar a las pantallas este año.

Basada en el primer libro de la trilogía de ciencia ficción distópica escrita por Rick YanceyLa quinta ola es un déjà vu constante que nos recuerda a demasiados otros títulos. Sin ningún tipo de reparos, la historia “toma prestados” elementos de AlienIndependence DayEl juego de EnderLa carretera, referentes que son mezclados en un argumento de supervivencia y rebelión adolescente con heroína protagonista que está cortado según el patrón de la saga de Katniss Everdeen. Aquí se nos narra una invasión alienígena a la Tierra, organizada en cuatro oleadas sucesivas de ataques, a cada cual más devastador, que dejan gran parte del planeta diezmado. Ante la inevitabilidad de una quinta ofensiva que acabe con la raza humana definitivamente, el Ejército (estadounidense, claro está) entrena a niños y adolescentes para la guerra contra los invasores. Cassie Sullivan (Chloë Grace Moretz) intenta sobrevivir a los ataques mientras busca a su hermano pequeño, que casualmente se encuentra junto al cuelgue del instituto de la chica, Ben Parish (Nick Robinson). Cuando todo parece perdido, un misterioso campesino, Evan Walker (Alex Roe), aparece de la nada para ayudarla, pero Cassie cree tener motivos para no confiar en el muchacho.

CartelCine LaQuintaOla 68x98.inddLa primera media hora de La quinta ola no está mal del todo, gracias sobre todo a las imágenes apocalípticas de las cuatro primeras olas, que nos dejan notables secuencias de acción y destrucción, y al tono acertado en la narración. Sin embargo, a partir de la irrupción de los militares, el film se precipita cuesta abajo y sin frenos, hasta estrellarse en su recta final, en la que un (supuestamente) sorprendente giro de guion acaba condenándolo al mayor de los ridículos. Es increíble la cantidad de topicazos, sinsentidos y agujeros de guion que caben en una misma película (no nos sorprende ver a Akiva Goldsman en la lista de guionistas, por cierto), pero nada es comparable al bochorno que provoca el triángulo amoroso, forzada trama exenta de química que hace flaco favor al ya de por sí lamentable trabajo de Chloë Grace Moretz.

Moretz es la perfecta metáfora young adult: Hollywood se empeña en venderla, pero no hay nada que vender. La chica no tiene el talento que se esperaba de ella, y en La quinta ola está muy desubicada, demostrando que no es capaz de llevar el peso de una película sobre sus hombros. Su director, J Blakeson (sí, ese es su nombre artístico), no es consciente de ello o no le importa, y la/nos tortura con primeros planos en los que la actriz se deja en evidencia por su ineptitud dramática (por más que lo intenta, no derrama una sola lágrima). Pero Moretz no está sola. Los otros dos miembros del triángulo son incluso más insulsos que ella (Roe sobre todo duerme a las ovejas), Maika Monroe es una mala copia de Jena Malone (Johanna Mason) en Hunger Games, el niño Zackary Arthur es de lo más incompetente e irritante, y de los adultos resultan especialmente patéticos Liev Schreiber y, sobre todo, Maria Bello, en un papel que provoca auténtica vergüenza ajena. Claro que sería injusto echarles la culpa de todo a ellos. Cuando el material es tan estéril, poco se puede hacer para sacar algo bueno de él.

Ocasionalmente, La quinta ola es un producto de entretenimiento eficaz, pero no tarda mucho en desmoronarse por culpa de su guion. Nada tiene sentido en su incoherente y sobre explicativo argumento, todo cuanto ocurre en ella responde a la necesidad de ajustarse a la fórmula del género como sea, y cuanto más en serio se toma a sí misma (que es mucho), más se hunde en el absurdo y más risible resulta. Hasta el punto de convertirse en una de las comedias involuntarias del año. Un epic fail absoluto.

Valoración: ★★

Crítica: Dark Places

Dark-Places-Movie-2015

Gilles Paquet-Brenner (La llave de Sarah) nos invita a adentrarnos una vez más en ese macabro escenario cinematográfico que puede ser la América profunda con Dark Places, adaptación de la novela homónima de Gillian Flynn, la autora responsable de Gone Girl

Libby Day (Charlize Theron) es la única superviviente de la masacre que acabó con la vida de su madre y sus hermanos en una pequeña localidad del estado de Kansas. La niña tenía 8 años cuando ocurrió la tragedia y, presionada por la prensa, acabó testificando en contra de su hermano Ben (Corey Stoll), adolescente problemático ligado en su día al culto satánico que cuando da comienzo la historia sigue cumpliendo condena en prisión.

El caso de Libby Day se convirtió en uno de los crímenes más conocidos de Norteamérica, y la huérfana recibió la ayuda económica de cientos de desconocidos que se solidarizaron con ella. Treinta años más tarde, cuando la “popularidad” de su historia se ha desvanecido, Libby es una mujer que sobrevive a duras penas, rascando dinero de donde puede, sin carrera, sin familia o amigos. Sin embargo, el caso de la familia Day sigue interesando a unos pocos. Concretamente, al “Kill Club“, sociedad secreta encabezada por Lyle Wirth (Nicholas Hoult), un joven aficionado a la criminología que se dedica en su tiempo libre a resolver misteriosos asesinatos junto a otros fans de lo macabro.

Desesperada por su situación económica, Libby acepta acudir al Kill Club como invitada de honor a cambio de un poco de calderilla (tal y como asistiría una vieja gloria televisiva a una convención de fans de segunda), y allí descubre que Lyle y su grupo están interesados en desenterrar las contradicctorias pruebas del caso para ajusticiar a su hermano, el cual creen que es inocente. De esta manera (mediante una narración salpicada de flashbacks), Libby revivirá los días cercanos al fatídico día, se enfrentará a sus fantasmas y reconstruirá el misterio para encontrarse a sí misma en las “zonas oscuras” de su pasado y descubrir la horrible verdad sobre su familia.

Esta truculenta historia en clave de thriller whodunit contiene los ingredientes que cabe esperar de un misterio ideado por la autora de Perdida, sin embargo, Paquet-Brenner se queda muy lejos de lo que David Fincher consiguió hacer con su material, introduciéndose de lleno en el terreno TV movie de sobremesa que siempre suelen rondar este tipo de historias. Dark Places no es lo suficientemente oscura y no termina de sacar provecho del elemento tétrico que recorre el relato, como si le diera miedo a ponerse demasiado desagradable o excesiva (algo que está claro que no preocupó a Fincher).

Dark Places pósterNo obstante, la falta de riesgo y visión se ve compensada por la relativa buena mano del director para ir desgajando el relato y medir con acierto los momentos en los que se presentan al espectador las revelaciones que irán dando forma a la película. Los enigmas que difuminan el pasado de Libby Day conforman una trama que capta el interés hasta que el sorprendente (o no) giro final da paso al intenso clímax en el sótano que es el subconsciente de Libby. Pero es el estupendo reparto lo que acaban salvando la función, aunque en el fondo no sea más que un telefilm con estrellas en el que las circunstancias no están a su altura. Sin obviar a los eficaces Nicholas Hoult (qué bien está evolucionando su carrera), Tye Sheridan (una de las mayores promesas actuales de Hollywood) y Corey Stoll (de los actores más ubicuos del momento), son las mujeres las que sostienen la película.

Charlize Theron compone un personaje que puede resultar excesivamente antipático y huraño, pero la actriz lo aborda desde la perspectiva adecuada, con una intensidad contenida que encaja perfectamente con la psicología y la traumática historia de Libby (ella sigue siendo una niña, una niña perdida). Y desde los flashbacks al pasado refuerzan el film las intensas interpretaciones de Christina Hendricks, que da vida a otra madre coraje ahogada en deudas muy en la línea de su personaje en Lost River, y Chloë Grace Moretz, más convincente que de costumbre en un papel poco complaciente que le permite explorar otros registros interpretativos. Este trío de ases es sin duda lo mejor de Dark Places, un film que extraña no ver en la cartelera de cine aprovechando el tirón de la exitosa Perdida.

Por último, un consejo: ya que Dark Places se estrena en vídeo en Internet, haceos el favor de verla en V.O.S., porque su terrible doblaje en castellano puede enterrar su mayor (quizá único) punto fuerte, las interpretaciones.

Crítica: The Equalizer (El protector)

Denzel Washington;Chloe Grace Moretz

The Equalizer (El protector) supone el reencuentro del director Antoine Fuqua y el leading man por excelencia Denzel Washington, 13 años después de aquel Training Day, que le valió al actor su segundo Oscar. Y en The Equalizer nosotros nos encontramos con un Washington más maduro en todos los sentidos, un hombre visiblemente mayor que sin embargo, en lugar de renunciar a los papeles de acción, decide ponerse en la piel de Robert McCall, un justiciero vengador que es algo así como una fusión de un ninja, MacGyver y Rain Man.

Claro que, lejos de ser un héroe de acción al estilo de los interpretados recientemente por Jason Statham o Liam Neeson, McCall es un hombre misterioso, sigiloso, que mata a los malos sin que estos se lo vean venir, lo que permite a Washington seguir pateando culos como el más chulo del cine, sin hacer excesivo esfuerzo físico. McCall vive una vida tranquila trabajando en unos grandes almacenes de bricolaje. Su día a día es rutinario, pero su destreza y su forma de actuar, entre lo impecable y el TOC, desvelan una mente prodigiosa y un pasado secreto. Desde el momento en el que lo conocemos, sabemos que McCall es un defensor por naturaleza, un hombre tranquilo que parece al margen de todo, cuando en realidad está observando y calculando (literalmente) el tiempo exacto y los movimientos que harían falta para acabar con el enemigo y salvar a la víctima.

CartelCineDEF TheEqualizer.aiY el enemigo en ese caso puede ser un policía corrupto, un ladrón de tres al cuarto, o la mafia rusa. McCall se ve obligado a abandonar su retiro después de conocer a Teri (Chloë Grace Moretz), una joven prostituta que coincide todas las noches con él en un diner de la ciudad -Moretz y Washington llevan a cabo un Taxi Driver Reloaded, aunque ella es visiblemente más adulta que Jodie Foster. Teri es víctima de una paliza casi mortal a manos del gángster que ejerce de su proxeneta (un imponente Marton Csokas), lo que lleva a McCall a enfrentarse a la mafia él solo. Es el inicio de una guerra, la de The Equalizer contra los malos, a los que va aniquilando uno a uno con sus propias manos, y valiéndose de cualquier objeto que tenga cerca. La mente prodigiosa de McCall solo es equiparable a su velocidad de reflejos y sus cualidades de “manitas”, lo que le convierte sin duda en un superhéroe “real”, un superhombre de andar por casa (y reformarla si hace falta).

En su tramo final, The Equalizer ya se ha convertido en una película de venganza en toda regla, y el (excesivamente alargado) clímax consiste en McCall despachando a los malos uno a uno. La violencia es más gráfica y brutal de lo que cabía esperar, pero para entonces, el humor ya ha hecho acto de presencia, lo que nos permite disfrutar en mayor medida de una película que no se toma tan en serio como parece, un espectáculo de sangre y mamporros en la tradición de Tarantino (salvando mucho las distancias). The Equalizer es por tanto una cinta de acción clásica sin demasiadas pretensiones, una fantasmada autonconsciente y divertida, idónea para los fans de Washington.

Valoración: ★★★

Crítica: Carrie (2013)

Chloe Moretz

Los que me han leído más de una vez ya sabrán de qué pie cojeo. Tengo una confesa debilidad por el cine teen norteamericano, y cuando se me presenta una película de este género que está por encima de la media, me deshago el elogios hacia ella. Vaya, que hasta salvo la primera entrega de la Saga Crepúsculo, la más teen por definición (eso sí, lo hago con argumentos, nos vemos un día al salir de clase y os los cuento). Por eso yo no fui uno de los que puso el grito en el cielo cuando Sony Pictures anunció que estaba preparando una nueva Carrie. Es más, estaba ansioso por comprobar qué había hecho Kimberly Peirce (directora de Boys Don’t Cry) con la célebre novela de Stephen King, una valiosa fuente de ideas que, adaptadas a los tiempos que corren, podría hacer de Carrie un interesante producto de nuestros días. Desafortunadamente, Peirce no ha sabido sacar provecho del material con el que contaba, y cree que es suficiente con un par de recursos facilones (smartphones, YouTube y Vampire Weekend) y obvias reflexiones para conectar con la audiencia. Carrie es una película fallida en todos los sentidos, una que bien podría haber sido lanzada directamente a vídeo.

El primer error de Carrie es precisamente haber sido reconfigurada como un producto para adolescentes del siglo XXI. En esencia, la versión de Peirce es prácticamente idéntica a la de Brian De Palma (algunos dicen que es casi un remake plano a plano). Sin embargo, la ambientación, la realización y los valores de producción las distancian considerablemente. La de De Palma poseía un aire turbio y pesadillesco (eran los 70, no podía ser de otra manera) que resaltaba el componente más inquietante de la historia. La de Peirce es un producto de acabado plástico, cosmético, reflejo de la imposibilidad de la directora a la hora de ir más allá de la superficie del relato y sus personajes. Pero la nueva Carrie no sale perdiendo únicamente por el Carrie_-_Cartel_Finalagravio comparativo (de hecho, nunca creí que la de De Palma fuera para tanto), sino que hace aguas sin ayuda de nadie. Carrie 2013 fracasa a la hora de trasladar a la pantalla las potentes (y muy literales) metáforas sobre el despertar sexual y la metamorfosis del adolescente que brinda la novela de King, sirviéndose de ellas únicamente para llevar a cabo una película de “terror” palomitero más. El desmadrado clímax en el baile lo confirma: más que Carrie, esto parece Destino final.

Sin embargo, el acabado semi-camp de la película no desentona con las sobreactuadas Chloë Moretz y Julianne Moore, haciendo que Carrie sea consistente en una cosa al menos. A lo de Moore estamos más que acostumbrados. De vez en cuando nos regala una de esas interpretaciones por las que tenemos que seguir rendiéndole pleitesía (en la reciente Don Jon por ejemplo), pero parece que cada vez le cuesta más contener sus excesos y vicios como actriz. Margaret White, la santísima madre de Carrie, está caracterizada por la psicosis y la desesperación, y Moore la interpreta cuatro notas por encima de lo que debería. Pero ella no es lo peor de la película. Lo peor es la elección de Chloë Moretz como Carrie White. La jovencísima actriz rebosa talento por los cuatro costados (como ha vuelto a demostrar este año en Kick-Ass 2), pero no estaba llamada a ser Carrie.

Moretz carece de esa cualidad demente y fantasmal que poseía Sissy Spacek, y es imposible suspender la incredulidad cuando todos sabemos que es la chica más guapa y con mejor tipo de todo el instituto (en la novela es descrita como una “joven poco agraciada y con sobrepeso”). El problema más grave de Carrie es por tanto uno de raíz. Moretz nos da destellos de la gran actriz que puede ser, pero en general está muy forzada y le cuesta horrores resultar creíble en el papel. Tampoco ayuda que esté rodeada de un grupo de personajes a cada cual más plano, villanos adolescentes unidimensionales que se comportan desafiando toda lógica, contribuyendo a que la recta final esté completamente dominada por el absurdo y el exceso sin fundamento. En este sentido, lo mejor de la película son esos segundos justo antes de que el infierno se desate, ese breve instante en el que Carrie se da cuenta de lo que le ha caído encima, y podemos sentir de verdad el dolor y la desesperación de la víctima de bullying. Desgraciadamente, la impresión que nos deja esta nueva Carrie dura tan poco como ese momento.

Valoración: ★★

Crítica: Kick-Ass 2

Kick Ass 2

Kick-Ass fue una de las mayores sorpresas de la cartelera de 2010. La película dirigida por Matthew Vaughn (Stardust), basada en el polémico cómic de Mark Millar y John Romita Jr., no tardó en convertirse en cinta de culto, obteniendo una recepción muy positiva por parte de la crítica y amasando una taquilla que, sin ser desorbitada, fue suficiente como como para ser considerada un éxito y garantizar una secuela. Tres años después, Universal toma las riendas de distribución de la franquicia, y presenta Kick-Ass 2 (en España subtitulada incomprensiblemente Con un par). Las cosas han cambiado mucho en tres años, y bajo la batuta de un nuevo realizador, Jeff Wadlow, y el amparo de un gran estudioesta nueva película no logra escandalizar y remover conciencias como lo hizo la primera entrega. Sin embargo, esto no quiere decir que Kick-Ass 2 no sea una secuela digna.

La fórmula es la misma, y aunque ya no funcione con la misma efectividad que la primera vez, sigue resultando endiabladamente divertida. Regresan los súper héroes de andar por casa Kick-Ass y Hit Girl, dispuestos no solo a patear culos, sino a cortar miembros, agujerear torsos y matar a los malos con su propio dedo índice. La combinación de violencia extrema, mensaje anarcopunk y colorismo ultra-pop de la primera entrega sigue intacta en Kick-Ass 2. La diferencia más sustancial es que Dave Lizewski, y sobre todo Mindy Macready, ya no son tan niños. Había algo perturbador y contundente en ver a una niña de 11 años matando a diestro y siniestro, y diciendo más palabrotas que Samuel L. Jackson en todas sus películas juntas. Algo decididamente provocativo, agitador y moralmente ambiguo que nos llamaba la atención sobre el absurdo de la violencia y la necesidad de establecer una clara diferencia entre realidad y ficción.

Mindy Macready

En Kick-Ass 2, Hit Girl ya es una adolescente de 15 años. Para más inri, Chloë Grace Moretz aparenta ser mayor de lo que en realidad es (acaba de cumplir los 16, así que su Hit Girl siempre ha tenido la misma edad que ella). En esta película, Mindy no solo se enfrenta a los malos de turno, sino también a las mean girls del instituto, que desatan la Carrie que hay en ella y convierten durante un rato a Kick-Ass 2 en una extraña comedia teen de los 80. Por otro lado, Aaron Taylor-Johnson también se ha hecho mayor y ya no le resulta tan fácil hacerse pasar por pringado poca-cosa, sobre todo gastando esos pectorales de súper héroe marveliano. Esto provoca que el impacto del mensaje y de las imágenes se reduzca levemente.

Es más, en esta ocasión, existe una mayor frivolización de la violencia. Se potencia su aspecto más espectacular y (terror) se hace más accesible, más comerciable. Al salir de su refugio underground, Kick-Ass pierde gran parte de su esencia. No en vano, la secuela se empeña en recordarnos constantemente que “esto no es un cómic”, sino la vida real, para advertirnos en todo momento de las implicaciones que conllevaría tratar de emular a los protagonistas del filme. Pero paralelamente se promociona buscando la identificación del espectador y promoviendo el sueño de convertirse en un héroe como los de la película.

Toda esta paradoja y confusión se contrarresta sin embargo con magníficas dosis de humor y acción que, a pesar de no aportar la sátira necesaria, nos distraen lo suficiente como para no pensar en ello demasiado. Los one-liners están a la altura de la primera parte, Chris D’Amicco (Christopher Mintz-Plasse) está inconmensurable como el Hijoputa (The Motherfucker), y el personaje de Jim Carrey -aunque muy desaprovechado- es todo un acierto (más de uno verá con nuevos ojos la rabieta que tuvo el actor hace poco cuando conozca al Coronel Barras y Estrellas). Y por supuesto, no hay suficientes palabras para elogiar a Moretz, que está igual de sensacional que en la primera película.

Hit Girl

Kick-Ass 2 es indudablemente una secuela de Hollywood. Todo es más grande y explosivo, pero también algo más vacuo e intrascendente. Sin embargo, entre las divertidísimas y sangrientísimas secuencias de acción y las burradas salidas de madre (que por sí solas se bastan para garantizar un buen rato) se cuela algún que otro momento de reflexión que eleva de categoría el resultado final. Kick-Ass 2 nos habla sobre todo de las consecuencias de la violencia, de las implicaciones de tomarse la justicia por la propia mano. Pero también del sentimiento de pertenencia y lealtad. La creación del súper grupo de héroes al que se une Kick-Ass (y el análogo de villanos que organiza El Hijoputa) no es más que una reflexión sobre la importancia para muchos (¿el público objetivo?) de encontrar una comunidad a la que pertenecer, una en la que desarrollarse como individuos al amparo de un interés común -de ahí la relevancia que se le da en la película a las redes sociales. Más que de luchar contra los malos, se trata de hallar una congregación de iguales junto a los que cubrirse las espaldas contra jocks y matones, dentro y fuera de las aulas. Y así, convertirse en los verdaderos héroes del día a día.

A pesar de algún que otro paso en falso y del tono general de secuelitis que planea sobre ella, Kick-Ass 2 logra cerrar la historia con inteligencia y sensibilidad. La taquilla le ha ido tan mal en Estados Unidos que es más que probable que esta sea la última película que veamos de la saga. Pero no importa, Kick-Ass 2 aporta el final más redondo y satisfactorio posible. De ser este el punto y final de la franquicia, la única tragedia insuperable será no volver a ver a Hit Girl, esa adorable y letal robaescenas que no necesita ayuda de nadie, ni pertenecer a ninguna comunidad, para saber quién es, y quién ha sido siempre: la verdadera protagonista y estrella de Kick-Ass.

Dark Shadows: cuéntame un cuento

Tim Burton es una víctima de los tiempos que corren. Cierto es que su obra ha mostrado evidentes síntomas de agotamiento en los últimos años: Sweeney Todd supuso otro esfuerzo técnicamente brillante pero carente de alma, y su Alicia dejó frío a todo el mundo. Sin embargo, no es del todo justo achacar únicamente al realizador la cada vez más generalizada corriente de desprestigio hacia su cine. El camino recorrido por el director de Batman y Eduardo Manostijeras entre otros clásicos del cine contemporáneo ha estado enormemente obstaculizado por su impacto en la cultura de masas. Su extravagante y extraordinaria visión, a su vez siempre cimentada en el clasicismo y lo institucional, ha atravesado dos claras etapas. De lo hip a lo demodé en una década -en medio identificamos un proceso de marketinización y apropiación de su imagen, decisivo para su declive comercial. Hace tiempo que el mundo superó a Burton, dejándolo en el pasado, como uno hizo con el acné y el grunge. En gran medida, lo que ha dañado su cine es no haberse adaptado al siglo XXI. Sus propuestas son intemporales en esencia, pero la audiencia no puede evitar situarlas en el pasado. Burton sigue insistiendo en su discurso estético y en su papel de cuentacuentos sin reparar en que su público ha madurado. Y esto, para mí, es algo absolutamente conmovedor.

Si no prestamos atención a la textura digital que envuelve todo su cine perteneciente al siglo XXI, la última propuesta de Burton, Dark Shadows, podría formar parte de su etapa noventera. Haciendo oídos sordos al hastío del público ante su empalagoso romance profesional con Johnny Depp, el director norteamericano se reafirma en sus preceptos estéticos y se limita a contarnos otro cuento protagonizado por el excesivo actor. Con Sombras tenebrosas, Burton busca la mirada sin adulterar de un público en el que sigue depositando toda su confianza (ciega). Su peterpanismo como realizador opone resistencia a las nuevas tendencias cinematográficas mainstream. Sí, se pone las gafas de sol, pero en el fondo sigue y seguirá siendo el mismo ser extrañado que trata de vivir en una época que no le corresponde (por muy impostado que pueda ser este papel). Y en eso consiste el romanticismo del autor, al que no importa que el espectador esté cada vez más educado en lo narrativo, y al que en ningún momento pretende sorprender.

Dark Shadows está basada en la serie de televisión del mismo nombre (Sombras en la oscuridad se tituló en España), un culebrón de emisión diaria en la cadena ABC que llegó a tener 1.225 episodios. Lo más curioso de la serie es que no incorporó el elemento sobrenatural hasta seis meses después de su estreno. A partir de la introducción del vampiro Barnabas Collins -él aparecería tras un año de emisión del programa-, Dark Shadows se pobló de toda clase de criaturas monstruosas, que convirtieron la serie en un clásico que ha dejado una importante huella camp en su país de origen. Confeso admirador de Sombras en la oscuridad, Burton acometió un proyecto que parecía hecho para él y nadie más. Fusionó convenientemente el componente soap con el ingrediente terrorífico, para elaborar una historia a caballo entre el relato de fantasmas -reminiscente de su Novia cadáver Beetlejuice– y el kitch y el pastiche que nos devuelven el espíritu de sus obras más coloristas, Eduardo manostijeras y la más reciente Charlie y la fábrica de chocolate. El resultado es un digno ejercicio de entretenimiento, por desgracia ya condenada al ostracismo.

Uno de los apartados más sobresalientes de Sombras tenebrosas es el interpretativo. Depp construye otro de los personajes cartoonescos que le han consagrado como transformista del cine, pero esta vez logra ejercer un mayor control sobre sus tics. Afortunadamente, el Barnabas Collins de Depp nos hace olvidar al desastroso Sombrerero Loco de Alicia en el País de las Maravillas, y si me lo permitís, trae a la memoria a su excelente Ed Wood.

Sin embargo, es un trío femenino de ases el que eleva considerablemente de categoría a Dark Shadows. Tres generaciones de actrices que brillan con luz propia. Michelle Pfeiffer continúa por la senda de Stardust, en otro papel de dama de gran presencia -es Pfeiffer, no es que tenga que esforzarse mucho-, una matriarca que se niega a sacrificar aquello que le hace fabulosa a pesar del paso del tiempo. De Catwoman a Cougarwoman. Por otro lado, lo de Eva Green debe ser obra de brujería. La chica es uno de los talentos más impresionantes de su generación, y que no haya conquistado Hollywood debe ser toda una maldición gitana. Quizás sea mala suerte, o cuestionables decisiones creativas, pero Green no ocupa el lugar que parecía reservado para ella desde su revelación en Los soñadores de Bertolucci. Sin embargo, la actriz francesa trabaja mejor que nunca bajo la batuta de Burton. Ajustándose perfectamente a las pelucas amarillo sucio marca de la casa, Green nos regala una villana antológica que tristemente, a causa de la pobre recepción de la película, no recibirá la atención que merece. Quizás no ocurra lo mismo con Chloë Grace Moretz, una de las jóvenes actrices con mayor proyección de futuro, desde sus loados trabajos en Kick-Ass y Hugo. Moretz da vida a la arquetípica adolescente sumida en un constante sufrimiento hormonal, una que sería fan de Burton si en lugar de en los 70 hubiera crecido en los 90. Estos tres personajes forman parte del clan que portagoniza Dark Shadows: los Collins, una ajada y marchita familia con tenebroso pasado que permite a Burton jugar con divertidos elementos telenovelescos que acaban ajustándose como un guante a su estilo.

Cada nuevo estreno de Tim Burton se examina con ojo receloso y descreído -y es lógico, teniendo en cuenta los tropiezos. A menudo se acusa al director de narrar historias demasiado predecibles, ignorando precisamente lo que hace que su cine siga presentando férreas convicciones artísticas: Burton se niega a abandonar la ingenuidad de su obra. Dark Shadows es una historia en la más pura tradición que elevó al director al firmamento del autor de cine de Hollywood en los 90. Y es precisamente todo esto lo que ha acabado provocando la indiferencia y el rechazo. Los 90 quedan ya muy atrás, y no importa que los cuentos sean eternos, Burton ha resultado no serlo.