Crítica: Gorrión Rojo

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Aunque ya había recibido su primera nominación al Oscar (de cuatro), Jennifer Lawrence fue catapultada a la fama mundial por la saga juvenil Los Juegos del Hambre, convirtiéndose gracias a ella en una de las mayores estrellas de Hollywood de los últimos años. Pero contrario a lo que le ocurrió a Kristen Stewart o Robert Pattinson, que salieron por patas y sin mirar atrás de Crepúsculo, Lawrence no parece tener intención de renegar de su Sinsajo. A lo largo de tres entregas, la actriz desarrolló un estrecho vínculo amistoso y profesional con su director, Francis Lawrence (sin parentesco), con el que vuelve a trabajar en su nueva película, Gorrión Rojo (Red Sparrow), basada en la novela homónima de Jason Matthews. Lawrence (actriz) debe confiar mucho en él, porque hacen falta agallas para protagonizar un film como este.

Gorrión Rojo es una atrevida cinta de espías en la que Lawrence interpreta a una prodigiosa bailarina rusa, Dominika Egorova, que, tras un grave accidente ve truncada su carrera y debe retirarse de los escenarios. Su tío, interpretado por Matthias Schoenaerts, aprovecha esta oportunidad para reclutarla como nuevo miembro de la Academia de Gorriones, servicio secreto de la inteligencia rusa dedicado a entrenar agentes especiales donde se verá obligada a usar su cuerpo y el sexo como arma. Una vez convertida en Gorrión, Dominika recibirá su primera misión, seguir de cerca a un agente de la CIA (Joel Edgerton) para obtener información y descubrir al topo que se encuentra entre los rusos. La misión se complica poniendo en peligro su vida y la seguridad de ambos países.

Lawrence (director) ya demostró en Los Juegos del Hambre una vena sádica y violenta que en Gorrión Rojo desata por completo. La primera hora de la película es simplemente una de las cosas más provocadoras y sórdidas que hemos visto en el cine reciente de Hollywood. El arrojo del realizador da como resultado una cinta extraña e incómoda que entre otras cosas condena la explotación y cosificación femenina, pero acaba incurriendo en lo mismo que critica al no saber articular un mensaje claro. Gorrión Rojo sufre cierta crisis de identidad y no funciona en su totalidad, pero aun así, hay un magnetismo en ella que impide que apartemos la mirada.

Y esa fuerza emana casi enteramente de Jennifer Lawrence, una actriz a la que hemos visto dar vida a personajes límite, excéntricos y excesivos, pero a quien nunca habíamos visto como en esta película, en la que, mediante una interpretación soberbia, construye a un personaje tan difícil como fascinante de descifrar. Tras la horrible violación a su intimidad que sufrió en 2014, Lawrence ha decidido recuperar el control de su cuerpo y utilizarlo bajo sus propios términos. Este ejercicio de empoderamiento queda algo empañado por la naturaleza exploit de la película, como hemos dicho, pero nos muestra a una estrella dispuesta a salirse de su zona de confort y demostrar que es capaz de cualquier cosa. Después de protagonizar madre!, una de las películas más subversivas del Hollywood reciente, Lawrence continúa arriesgando a la hora de escoger papeles, elevándose el listón a sí misma y asumiendo retos que pocas actrices en su posición aceptarían. A pesar de que Gorrión Rojo no termina de cuajar, debemos aplaudir a Lawrence por su valentía.

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Tras su oscurísimo primer acto (algo así como la típica fase de pruebas/entrenamiento de una novela young adult fusionado con una película erótica de los 70), Gorrión Rojo pasa a ser un thriller de espionaje común, en el que tienen cabida todos los clichés del género. La trama llega a complicarse en exceso, con un desarrollo farragoso, giros mareantes y un desenlace de esos que se retuercen tanto que la confusión es inevitable. Todo lo que cabe esperar de una película de espías, vaya. Por otro lado, un aspecto llamativo de Gorrión Rojo es que apenas hay acción. Es decir, no hay persecuciones trepidantes, no hay grandes set pieces o combates acrobáticos cuerpo a cuerpo (eso la distancia de Atomic Blonde, con la que es fácil compararla), sino que Lawrence opta por otra vía para hallar la tensión y el suspense, prescindiendo de la pirotecnia propia de las superproducciones o el cine de acción para adultos.

Gorrión Rojo tiene tantos fallos como virtudes. La violencia y crueldad de la que hace gala, su ritmo pausado y los incómodos temas que toca la convierten en una experiencia desconcertante y algo difícil, en otras palabras, la antítesis del crowd-pleaser. Pero a su vez ofrece alicientes de sobra para al menos intentar seducirnos. Es un trabajo elegantemente burdo (sobresalen la cuidada estética y la banda sonora de James Newton Howard), tiene un reparto de excepción (al trío ya mencionado hay que añadir a unos acertados Charlotte Rampling, Jeremy Irons y Mary-Louise Parker) y su perversidad la aleja de los blockbusters de acción de consumo fácil. Gorrión Rojo no es Misión imposible, de hecho es un proyecto al que Tom Cruise no se acercaría en un millón de años. Y ese riesgo, esa falta de miedo, tanto por parte de su director como de su protagonista, es lo que hace de ella una interesante película fallida.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Assassin’s Creed

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Con un director reputado, Justin Kurzel (Macbeth), sujetando la batuta, y un reparto de lujo encabezado por Michael Fassbender, Marion Cotillard y Jeremy IronsAssassin’s Creed se postulaba como la cura a la maldición de las películas basadas en videojuegos. Tras el batacazo que se dio Warcraft con la crítica y el público (amortiguado por su taquilla asiática), nuestras esperanzas quedaron depositadas en el film de Ubisoft, avalado por un equipo que a priori parecía sinónimo de calidad. Sin embargo, ni los talentos más prestigiosos del momento son capaces de salvar Assassin’s Creed, un producto que no solo arrastra los habituales problemas narrativos de toda adaptación de un videojuego, sino también los de un inicio de saga mal planteado.

Para tranquilidad de los jugadores de Assassin’s Creed, la película se mantiene fiel al espíritu del exitoso videojuego, aunque esta lleva a cabo la obligatoria condensación narrativa y las necesarias modificaciones para intentar convertir su extensa e interactiva trama al lenguaje cinematográfico. La película entrelaza presente y pasado para contarnos la historia de Cal Lynch (Fassbender), un hombre condenado a la pena de muerte que logra una segunda oportunidad gracias a la misteriosa intervención de la empresa Abstergo Industries. Encerrado en sus punteras instalaciones, Cal viaja hacia la España del siglo XV mediante una revolucionaria tecnología que accede a los recuerdos genéticos de su ADN. Conectado al Animus, una máquina de “realidad virtual” que le otorga movilidad total (este es uno de los cambios con respecto a los videojuegos, y todo un acierto que añade dinamismo a las escenas del presente), Cal revive las experiencias de su antepasado Aguilar de Nerja, miembro de la sociedad secreta conocida como los Assassins, protectores del libre albedrío que los caballeros templarios pretenden erradicar. A medida que Cal va adquiriendo el conocimiento y las destrezas de sus ancestros, este se prepara para luchar contra la organización de los templarios que sobrevive en la actualidad y busca el Fruto del Edén, artefacto que les dará el poder contra los Assasins.

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Como veis, el argumento no se aleja de la premisa de los videojuegos, pero precisamente por eso plantea un reto imposible: encajar en 100 minutos un universo de ficción que se desarrolla durante muchas horas a lo largo de varios videojuegos y que satisfaga tanto a los que lo conocen de antemano como a los espectadores casuales. A lo que se añade el requisito de que la película sirva como introducción a una saga. Assassin’s Creed falla en ambos departamentos. Por un lado, el metraje se antoja escaso (solemos quejarnos de la excesiva duración de algunos blockbusters, pero a este en concreto le faltan minutos), y la historia se desarrolla de forma farragosa y confusa, de manera que los neófitos corren el riesgo de perderse en su mitología mal explicada y su información a medias (hay demasiados vacíos que rellenar, especialmente con respecto a la Manzana, cuya función nunca llega estar clara del todo). Parece mentira, pero Assassin’s Creed consigue ser simplona e innecesariamente complicada a la vez. Y eso se debe en parte al segundo error principal de la película, que está completamente supeditada a la posibilidad de próximas secuelas (hay planeada una trilogía). Salta a la vista que no se está pensando en contar una buena historia ahora, sino en la visión general y el potencial comercial de la saga, resultando en un producto que parece inacabado. Por eso, Assassin’s Creed no es tanto una película, sino un preludio, un capítulo sin final que se guarda información y pospone acontecimientos de forma frustrante (aunque a su favor se puede decir que han creado con éxito la necesidad de una secuela).

Sin embargo, el film escapa por los pelos del desastre por varias razones. En primer lugar, su apartado técnico y visual, en especial las secuencias de acción, donde Kurzel despliega su fantástico sentido de la estética, la composición y el movimiento, y la película rompe la monontonía oscura de las escenas en Abstergo (la fotografía apagada apenas nos deja ver bien las caras, incluso en los primeros planos). Por otro lado, el intenso score compuesto por Jed Kurzel (hermano del director) sirve de perfecto acompañamiento a las imágenes cargadas de épica que componen la película. También hay que destacar por supuesto su espléndido diseño de producción y vestuario, que recrea con detallismo la España de la Edad Media. Y por último, y no por ello menos importante, Fassbender es el mayor acierto del film. Su castellano se tambalea (no se le puede pedir más, bastante bien lo hace comparado con otras películas y series donde ni se molestan en trabajar mínimamente la pronunciación), pero salta a la vista que está entregado a la causa. Ya sea en las escenas dramáticas o en las de acción, el actor alemán borda el papel, y la película se beneficia enormemente de su presencia.

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No se puede decir lo mismo del resto del reparto. Los Assassins y los reclusos de Abstergo son meros extras de videojuego, personajes intercambiables que no aportan nada más allá de rellenar espacio en las escenas de combate grupal. Y los “villanos” de la función, interpretados de forma inerte por Marion Cotillard y Jeremy Irons, son desesperantemente planos y aburridos. De nuevo, esto se debe a un guion que no se preocupa de lo que está contando, sino de lo que piensa contar más adelante, haciendo que la película destaque más por lo que le falta que por lo que tiene. Por si esto fuera poco, Assassin’s Creed se toma demasiado en serio a sí misma. No es que su historia pida comedia, no estamos pidiendo una marvelización de todas las superproducciones, pero no le habría venido del todo mal rebajar el tono solemne y grandilocuente. Sin embargo, parece que Kurzel no es el tipo de director que haga algo así. Él prefiere abordar el blockbuster de acción con la misma severidad que Shakespeare, sin dejar espacio para la diversión.

Podríamos decir que Assassin’s Creed escapa por los pelos de la maldición con un producto digno, una película de videojuegos por encima de la media, pero sería como no decir nada, ya que la media está muy baja. Confiábamos en que la visión de autor de Kurzel fuera la más adecuada para este proyecto, pero se ha vuelto a confundir seriedad con profundidadAssassin’s Creed puede ser muy plomiza, supone una experiencia inconclusa y sus personajes están huecos. Podría haber sido mucho peor (podría haber sido tan mala como Warcraft), pero desde luego este no es el Santo Grial de las adaptaciones de videojuegos que buscábamos. Quizá deberíamos asumir que estos simplemente no se pueden traducir al cine.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Crítica: 45 años

Charlotte Rampling 45 años

Andrew Haigh nos relató una historia de amor plena a lo largo de un fin de semana en la aclamada Weekend, donde lo efímero se volvía trascendental y el presente era el único futuro que existía. En su nueva película, el director británico vuelve a contener un relato digno de varias décadas, esta vez literalmente, en un corto periodo de tiempo. 45 años en una semana. Cuarenta y cinco años de historia, de amor y convivencia, puestos en la cuerda floja por un pasado escondido en la buhardilla.

Kate y Geoff Mercer están inmersos en los preparativos para celebrar su 45º aniversario de boda. Sus amigos se preguntan por qué conmemorar ese número, y ellos lo explican: una enfermedad les impidió celebrar los 40, y no quieren esperar hasta los 50. La convivencia del matrimonio es apacible y el cariño prevalece después de todos estos años, pero es como si supieran que una nube se ha posado sobre su casa y podría estallar en tormenta en cualquier momento. Todo cambia cuando Geoff recibe una carta en la que se le comunica que han descubierto el cuerpo de su primer amor congelado en un glaciar de los Alpes suizos.

Entonces Geoff se encierra en sí mismo, en la melancolía y la tristeza del “y si…”, rememorando a la que iba a ser la mujer de su vida, sin reparar demasiado en la mujer que (en teoría) acabó 45 añossiéndolo. Kate continúa con los preparativos de la fiesta mientras observa cómo su marido se va distanciando de ella, cómo se escabulle en mitad de la noche para visitar ese pasado truncado que lleva oculto en el desván esos 45 años sin que ella lo supiera. Los celos se empiezan a apoderar de ella, celos de una mujer que murió hace más de cuatro décadas, pero que Geoff había mantenido con vida a espaldas de su esposa. La fiesta sigue adelante, pero Kate ya no sabe si hay algo que celebrar.

Escrita por el propio Haigh basándose en un relato de David Constantine titulado In Another Country45 años es uno de esos dramas de intensidad contenida que afectan profundamente casi sin que uno se dé cuenta. Una película que araña la piel lenta y suavemente, dejando una herida abierta de la que uno empieza a ser consciente cuando todo ha acabado. Haigh evita la afectación y opta por una calma tensa que domina todo el film, permitiendo que el profundo dramatismo de la historia se desenvuelva en los pequeños detalles, los silencios y las miradas. Esto es posible gracias al portentoso trabajo de Tom Courtenay y, especialmente, Charlotte Rampling, que ofrece un conmovedor recital interpretativo en el que transmite con maestría la profunda vulnerabilidad, desconfianza y soledad de su personaje. Será difícil olvidar la sobrecogedora mirada final de la actriz, un plano que lo dice todo y se queda con nosotros mucho tiempo después de que la película haya terminado.

La sutilidad narrativa con la que el director indaga en las relaciones longevas y nos cuenta cómo esos 45 años se derrumban sobre Kate y Geoff es digna de elogio, un trabajo reflexivo de suma elegancia con el que Haigh se confirma como uno de los cineastas británicos más destacados de la actualidad.

Valoración: ★★★★