Crítica: Rey Arturo – La leyenda de Excálibur

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Tenemos que hablar de Guy Ritchie. Hace casi dos décadas, el realizador británico se erigía como una de las grandes promesas del cine de acción, con un estilo propio muy marcado y una desbordante energía creativa que sabía plasmar muy bien en la pantalla. El tiempo pasó, y Ritchie se estancó. Sí, obtuvo un gran éxito con la relectura en clave de blockbuster de Sherlock Holmes y su incluso más taquillera secuela, y recuperó algo de su lustre con la infravalorada Operación UNCLE, aunque fuera un fracaso de taquilla, pero su cine se quedó en el pasado, donde aun era novedad.

Precisamente la gran acogida en todo el mundo de Sherlock Holmes es lo que llevó a Ritchie a realizar otra actualización de un mito de la literatura para llevarla al terreno de la superproducción épica, y lo que condujo a Warner Bros. a volver a jugársela con otra carísima reinvención después del batacazo de Pan: Viaje a Nunca Jamás y La leyenda de Tarzán. Su última película (previa al remake en acción real de Aladdin), Rey Arturo: La leyenda de Excálibur, toma el mito artúrico, lo tritura y lo pasa por el filtro de la fantasía de espada y brujería moderna para dar lugar a un híbrido entre El señor de los anillos y Juego de Tronos con aire a videojuego de última generación. Pero claro, no sería una película de Guy Ritchie si Guy Ritchie no te demostrase cada dos o tres escenas que Guy Ritchie está detrás de las cámaras.

Rey Arturo aúna todas las tendencias del cine de los grandes estudios en una sola película. El espectáculo ruidoso, confuso y sobrecargado digitalmente, la historia de orígenes propia de los superhéroes, la proyección de la historia como un primer capítulo dentro de una saga… Pero para diferenciarla (y ya de paso hacerla más extraña y chocante), Richie incorpora su espíritu gamberro y los ingredientes clásicos de su cine: los diálogos a velocidad de la luz, el acompañamiento rock’n-roll, la turbiedad callejera, las violentas peleas a mamporros, el cansino cameo de David Beckham, y esos montajes espídicos tan suyos, con los que aporta un tipo muy concreto de humor a la historia clásica de Arturo. El problema es que, en esta ocasión, en lugar de ser refrescante, resulta postizo, forzado, y lo único que hace es demostrar que nadie en esta película sabía exactamente qué quería hacer con ella, empezando por su director.

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Si bien es cierto que pocos han acertado trasladando el mito artúrico al ámbito audiovisual, Ritchie fracasa especialmente por querer abarcar demasiado. Su intención es claramente la de acercar la historia de Camelot a la audiencia joven, y para ello se recrea en las licencias creativas, obvia a personajes importantes y da énfasis a otros menos conocidos (creemos que) para evitar contar lo mismo de siempre, magnifica el factor fantástico, y lo más importante, presenta a un Arturo más moderno, rebelde, y atractivo. Este Arturo tiene la cara y el cincelado torso de Charlie Hunnam (Sons of Anarchy), un actor solvente que Hollywood se empeña en vender como leading man y que ha tenido poca fortuna eligiendo proyectos, a pesar de que no se puede negar que pone entusiasmo a su trabajo. Eso sí, por mucho que el actor británico se entregue en cuerpo y alma (sobre todo en cuerpo) al personaje, no es suficiente para que el resto de la propuesta cuaje. Y es que Rey Arturo es un pastiche adrenalínico sin pies ni cabeza que golpea y aturde con pirotecnia vacía, criaturas gigantes que no vienen a cuento (por momentos parece que estamos viendo una adaptación de God of War), o peleas superestilizadas a cámara lenta que hacen pensar que quizá Zack Snyder también metió mano a este proyecto de franquicia.

Inevitablemente, los personajes (sobre todo los olvidables secundarios) se pierden entre todo el frenesí digital, la fantasía abarrotada y la acción ensordecedora, y ni el Arturo de Hunnam, ni el estimable trabajo de Jude Law como su antagonista, Vortigern, pueden salvar la película, haciendo que el factor humano desaparezca en favor de los fuegos artificiales. Rey Arturo: La leyenda de Excálibur es reflejo y síntoma del estado actual del cine de los grandes estudios, un producto aquejado del mal de las franquicias y los universos compartidos que mezcla todo lo que en teoría funciona con la audiencia de hoy en día, pero que falla en su ambiciosa empresa actualizadora por culpa de una absoluta falta de visión e identidad propia.

Pedro J. García

Nota: ★★

Crítica: Z, la ciudad perdida

Tras su buena acogida en el Festival de Cine de Berlín llega Z, la ciudad perdida (The Lost City of Z) la nueva película del aclamado director James Gray (El sueño de Ellis, Two Lovers, La noche es nuestra), un poema de amor al cine clásico de aventuras con un estupendo reparto encabezado por la estrella en alza Charlie Hunnam (Sons of Anarchy), que comparte cartel junto a Sienna Miller, Robert Pattinson y Tom Holland.

Percy Fawcett (Hunnam) es un soldado deseoso de condecoración y reconocimiento que, a pesar de su buen hacer en el campo de batalla, se mantiene fuera del círculo cerrado de la alta sociedad debido a la categoría de su apellido. Desesperado por alcanzar la gloria y recibir validación por parte de sus colegas, accede a participar en una expedición topográfica de la Royal Society para cartografiar los lugares más remotos de la Amazonia boliviana, viaje en el que se embarca dejando atrás a su mujer (Miller), embarazada de su primer hijo (Holland). Una vez allí, Fawcett quedará fascinado por la peligrosa jungla, de la que escapará con vida a duras penas tras descubrir vestigios de antiguas civilizaciones perdidas. Así es como este encuentra un nuevo objetivo vital, una pasión que le llevará de vuelta a la selva, convencido de que allí se oculta una metrópolis secreta, la misteriosa ciudad de Z, y que le hará enfrentarse a la escéptica comunidad científica y distanciarse de su familia.

Basada en los hechos reales relatados en el libro de David Grann, Z, la ciudad perdida es la historia de una obsesión protagonizada por un hombre cegado por el deseo de honor e inmortalidad. La película se divide en tres segmentos que corresponden a cada una de las expediciones que Fawcett llevó a cabo a lo largo de dos décadas, y que dibujan un mapa de la evolución mental del personaje, de la desesperación a la convicción más absoluta. Gracias a sus hermosas imágenes, su inspirada banda sonora y su envolvente atmósfera, Gray nos hace partícipes de la empresa personal del protagonista, trazando un relato imbuido de romanticismo y poesía con el que se nos transporta por completo al pasado, concretamente a una época de tumulto e incertidumbre en la que se están produciendo cambios científicos que darán paso a una nueva era.

poster-z-la-ciudad-perdidaZ, la ciudad perdida es puro clasicismo contemporáneo. El film remite sobre todo al Hollywood de los 40 y los 50, enmarcándose en la tradición de películas de aventuras como Las minas del rey Salomón, mientras que ciertos pasajes recuerdan al lirismo de Terrence Malick. Todo envuelto en un impecable acabado visual, gracias a las preciosas imágenes filmadas en la naturaleza. Sin embargo, Z tiene varios problemas que hacen menos llevadero el viaje. Por un lado, el ritmo puede resultar exasperante (la estructura en tres partes hace que la acción se quede drásticamente interrumpida y que la sensación de vuelta a empezar lastre la historia), y por otro, Hunnam no está a la altura de la intensidad requerida para su personaje, ofreciendo una interpretación algo forzada (Miller y Holland están mucho mejor que él), problema que acentúan unos diálogos más bien acartonados y excesivamente explicativos. Esto hace que a Gray le cueste rasgar la superficie y profundizar de verdad en el conflicto interno de Fawcett.

Afortunadamente, su último tercio sirve para compensar todo esto. La tercera expedición de Fawcett no nos proporciona un clímax tradicional (quien espere un final satisfactorio a lo blockbuster que siga buscando, esta película no busca complacer y se le agredece), sino una catarsis emocional en forma de la reconciliación de un padre y un hijo que lleva hacia un precioso desenlace onírico con el que la película por fin alcanza el estado de trascendencia.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: La Cumbre Escarlata

Crimson Peak

Del Kaiju al romance gótico sin perder un ápice de su ambición creativa o su pasión por lo que hace. Así es Guillermo del Toro, un director comprometido con su oficio, inquieto, apasionado, un amante del arte cinematográfico que nos presenta su obra más reciente, La Cumbre Escarlata (Crimson Peak), cuento victoriano de fantasmas, o mejor dicho, “historia con fantasmas”, en la que el realizador mexicano, más Tim Burton que nunca, le da un bocado a Edgar Allan Poe y la Hammer para embrujar al espectador con una propuesta sacada de otro tiempo.

En La Cumbre Escarlata, la joven escritora norteamericana Edith Cushing (lánguida, frágil y perfecta Mia Wasikowska) se enamora de Thomas Sharpe (el ubicuo Tom Hiddleston), un apuesto y elegante caballero inglés que ha llegado al pueblo acompañado de su hermana, Lucille (la no menos omnipresente Jessica Chastain) en busca de financiación para sus negocios en Inglaterra. Tras la muerte en extrañas circunstancias del padre de Edith, Thomas pide a la joven que se marche a vivir con él y Lucille a Allerdalle Hall, la mansión familiar de los Sharpe, una imponente construcción oculta entre la niebla y los pantanos, aislada en los montes de Inglaterra. La mansión esconde un gran número de secretos que recorren sus pasillos y acechan entre sus paredes, desde el sótano hasta la buhardilla, misterios del pasado que acosan a Edith en forma de apariciones espectrales y enigmas por resolver.

Con La Cumbre Escarlata, Del Toro evoca a los clásicos de la literatura gótica, elaborando junto a Matthew Robbins (con el que vuelve a colaborar después de co-escribir juntos Mimic) un relato con fuertes ecos a La caída de la casa de Usher (una de las narraciones más conocidas de Poe) que amasa además influencias que van de Hitchcock a Corman, pasando por el terror italiano de los 60 y 70, y por supuesto, Cumbres borrascosas. La locura, el deseo, la enfermedad y el misterio se dan la mano en un cuento que, como advierte Edith, no es estrictamente de terror y fantasmas (la cinta no da miedo, ni es lo que pretende, que quede claro), sino uno en el que los espectros no son tanto una amenaza sino una “metáfora del pasado“. De eso trata La Cumbre Escarlata, de los secretos sepultados bajo la mansión encantada de Allerdalle Hall, de cómo estos reaparecen sin que se pueda hacer nada al respecto, al igual que la arcilla roja (de tonalidad Bava y Argento) que emana de la tierra en la que la ruinosa construcción se está hundiendo, para empujar a los vivos a convertirse en monstruos enfermos de amor.

La cumbre escarlata pósterEl reparto de la película es una de sus mejores bazas. Un trío magnífico de intérpretes entregados a la causa que creen en la visión de Del Toro (Wasikowska conmueve, Hiddleston seduce, pero al final es Chastain la que se lleva el gato al agua). Sin embargo, lo más destacable del film es sin duda su atmósfera mágica y etérea. Desde el momento en el que ponemos un pie (y la mirada) en Allerdalle Hall, caemos rendidos a su majestuosa arquitectura y decoración, al deterioro y la descomposición que la convierten en un escenario aun más suntuoso, más trágico y poderoso. Aunque sea un tópico sobreutilizado, la mansión es un personaje más de la película, tiene vida propia (los protagonistas se refieren a ella otorgándole atributos humanos y voluntad), y es ella la que lleva las riendas de la historia. Una historia muy inocente desde el punto de vista narrativo (simple y predecible, como dirigida a un público sin adulterar) y algo adormecida por momentos (aunque no fuera su objetivo principal, más terror habría beneficiado al ritmo de la película) que Del Toro se esfuerza en engalanar de poesía visual para que sus carencias no resulten tan importantes.

Porque en el fondo, con La Cumbre Escarlata ocurre lo mismo que con la mayor parte del cine del mexicano. Su universo está construido con máxima atención al detalle, con desbordante plasticidad y sentido de la estética, pero bajo sus preciosistas composiciones tampoco hay mucho fondo. La Cumbre Escarlata es un compendio de las pasiones del director, una obra que lleva su inconfundible sello autoral en la puesta en escena, en su tratamiento de la violencia (horrible y hermosa), en la elección del reparto secundario (Charlie Hunnam, Burn Gorman, su imprescindible Doug Jones) o en el muy particular diseño de sus criaturas (fantasmas deliciosamente macabros pero excesivamente digitales que parecen pertenecer a otra película). La teatral belleza de La Cumbre Escarlata está hecha para ser admirada, pero de alguna manera no se nos deja entrar del todo en ella, como si el director tuviera miedo de que fuéramos a romper algo y descubrir que detrás no hay nada. El día que Guillermo del Toro cuide sus guiones con tanto esmero como el apartado estético de su cine podrá realizar por fin su obra maestra.

Valoración: ★★★½

Crítica: La huida (Deadfall)

eric bana

Artículo escrito por David Lastra

La huida tenía toda las papeletas para ser la película entretenida de este otoño. Lo cual nunca reporta premios o galardones, pero sí cierto cariño en los corazones de los espectadores. Stefan Ruzowitzky (candidato al Oscar a mejor película de habla no inglesa por Los falsificadores y creador de Anatomía, esa suerte de Scream a la alemana) parte de una historia que todos nos sabemos pero que contada bien puede ser entretenida: bandidos cuya huída se tuerce y terminan inmiscuyéndose en el día a día de una familia de la América profunda que es de todo menos normal. Además, el austríaco contaba con un reparto lleno de caras conocidas: dos caras bonitas de moda (Charlie Hunnam y Olivia Wilde), dos leyendas vivas del celuloide y de las mesas de operaciones (Sissy Spacek y Kris Kristofferson), una estrella emergente (Kate Mara, la hermana sexy menos sexy de las Mara) y un olvidado  “the next big thing” (Eric Bana). Pero el problema es que entre tanto ajetreo de cuadrar agendas (las de Hunmam, Wilde y Mara, porque los demás no creo que tuviesen muchas obligaciones), se les olvidó contratar a un guionista. La huida es el primer guión para cine de Zach Dean y gracias a su trabajo en él, puede que sea el último.

La alumna aventajada de House y Hulk-cutre I son dos hermanos (que juguetean con el incesto y los besitos, dando más vergüenza que morbo o escándalo) que acaban de robar la recaudación de un casino indio, pero tienen un accidente de tráfico que trunca su HUIDA (claro, teníamos que tener un problema, si no no tendríamos película). En medio de una ventisca, deciden separarse, porque claro, todos sabemos que cuando te separas todo funciona mucho mejor. Pero sigamos, que de eso no se puede sacar mucha punta. Thirteen termina siendo recogida en la carretera por el motero Jax Teller (aquí no hay moto, sino camioneta), un exboxeador chanchullero que acaba de salir de la cárcel.

KIN Production Still

Como es normal, a la primera de cambio, ambos nos enseñarán sus cuerpos (él más que ella) porque para eso son guapos y han sido contratados en este vodevil. A los cinco minutos él ya está enamorado perdidamente de ella (atención a la escena de macho alfa ante un camionero. Razzie asegurado). Pero él no sabe que realmente lo que ella busca es seguir con su huida hacia Canadá (Oh, Canadá) y reencontrarse con su hermano en la casa del buen samaritano que le acaba de recoger. Sí, suena embarullado, tópico y estúpido… y así lo es. Pero antes de llegar a la Villa de las cirugías plásticas fallidas y armar la de Puerto Hurraco, tenemos al Hulk-cutre I salvando a una mujer de su marido maltrador y a Mara sufriendo la opresión sexista en el cuerpo de policía… ¡por parte de su propio padre! Posiblemente las dos subtramas más típicas, innecesarias y peor desarrolladas de la historia del cine.

El aspecto más positivo de La huida es su altísima capacidad para ser olvidada a los cinco minutos de abandonar la sala del cine. Nada en ella perdura, ni siquiera ninguno de los momentos sonrojantes tiene tanta fuerza como para ser rememorado con los amigos. Un verdadero horror.

Valoración: ★

Crítica: Pacific Rim

Gracias a Dios (Dios es un mecha gigante, que conste) por Guillermo del Toro. No es ni de lejos un gran realizador, y mucho menos un buen narrador, pero sí es un soñador empedernido, toda una rara avis en el negocio. Su mentalidad y visión es más próxima a la de los autores de cómics, con un pie en la realidad y otro en uno de los miles de mundos fantásticos erigidos en su mente, con un ojo abierto y otro cerrado, encontrando su material artístico entre sueño y vigilia, donde viven los monstruos, donde viven los niños. Es por eso que el director mexicano se ha labrado un seguimiento enfervorizado. La gente quiere a Del Toro, porque Del Toro quiere a su gente. Y su gente no es la que le paga la hipoteca o le ofrece los contratos, es la que comparte una pasión con él, de igual a igual, la que apoya el cine fantástico incondicionalmente, como él lleva años haciendo. Guillermo del Toro es uno de nosotros, y eso es lo que le convierte en un autor necesario.

Con Pacific Rim, Del Toro deja atrás el componente macabro y terrorífico que ha prevalecido en su visión del género, para idear una cinta que apela indiscutiblemente al niño interior, sabiendo que el geek lo tiene especialmente superdesarrollado. La nueva película de Del Toro es un homenaje confeso y evidente a los monstruos de Toho Studios, responsables de Godzilla entre muchos otros, así como a series como Power Rangers, y mangas y animes como Mazinger Z, Ultraman y Neon Genesis Evangelion quizás esta última con la que más similitudes guarda conceptualmente. Kaijus (“bestias extrañas” en japonés) contra Jaegers (“cazador” en alemán), esa es la idea básica que sustenta Pacific Rim, una propuesta que conecta a niveles estratosféricos con la “generación de la nostalgia”, aquellos que rondan o superan la treintena, y que, como Del Toro, necesitan echar la vista atrás cada tres pasos hacia delante.

El problema surge cuando al mimar al niño interior nos olvidamos del adulto que, queramos o no, lucha por sobrevivir. Pacific Rim es una aventura espectacular, con un apabullante apartado técnico, visual y sonoro, y unos efectos digitales que harán saltar los ojos de las órbitas. Una cinta que posee la preciada (y casi extinta) cualidad de sorprender, fascinar y dejar con la boca abierta como hace dos décadas hiciera Parque Jurásico. Sin embargo, lo que Del Toro tiene de Ray Harryhausen (a quien, por cierto, dedica la película) le falta de Spielberg. Llega un momento en el que la orgía de efectos digitales, la inagotable imaginación y el titánico esfuerzo (y presupuesto) se revelan insuficientes, porque bajo la lustrosa superficie no hay una historia mínimamente trabajada que lo sostenga todo. Podríamos justificar el encefalograma plano narrativo de la película argumentando que Pacific Rim es minimalista, que no se complica, y busca contar una historia sencilla que, de nuevo, nos haga sentir como niños la primera vez que van al cine. De acuerdo. Pero esto no es excusa para practicar la ley del mínimo esfuerzo y esperar que la nostalgia y la ilusión nos empujen a hacer la vista gorda e ignorar la realidad: Pacific Rim se escribió en una servilleta de papel.

Hablar de agujeros de guion en una película como Pacific Rim está de más. No le vamos a buscar los tres pies al kaiju. Una brecha en el fondo del océano Pacífico se abre interconectando el mundo de los kaijus con la Tierra. Estos monstruos gigantes visitan nuestro planeta periódicamente a través del portal para sembrar el caos y la destrucción. El mundo sabe que se acerca el Apocalipsis, pero se niega a quedarse de brazos cruzados, por lo que desarrolla el Programa Jaeger, que consiste en la creación de gigantes mecánicos controlados por dos pilotos neurológicamente coordinados para luchar contra los kaijus. Así de simple. Pacific Rim hace un gran trabajo cortejando al espectador con la promesa de una experiencia única, una sin adulterar, pero no puede evitar acabar ofreciendo escenas clónicas (las luchas kaiju vs. jaeger pierden rápidamente su capacidad para impactar, y además resultan confusas de seguir), progresión predecible y saturada de clichés mal manejados, diálogos vacuos y sobreactuados, personajes sustituibles por trozos de cartón, y una sección central de ¡una hora! en la que se desarrolla la “acción de cuartel” y estrategia más aburrida –acción interruptus que evidencia las graves carencias del guion. Y no hablemos ya del perezoso y desatinado sentido del humor del que hace gala la película. ¿Podemos empezar a comparar a Gottlieb (Burn Gorman) con Jar-Jar Binks?

Salta a la vista en todo momento que Pacific Rim es un trabajo de amor y pasión, una oda al género fantástico y a los efectos especiales, un manual del subgénero mecha. nos mostramos eternamente agradecidos a Guillermo del Toro por su compromiso, por auto imponerse la misión de salvar el espíritu del fantástico. Sin embargo, ni Del Toro ni Travis Beacham (co-guionista de la película) son capaces de ofrecer algo más allá del colosal espectáculo de destrucción (ríete tú del clímax de El hombre de acero) y los geniales monstruos y robots. Al fin y al cabo eso es lo único de lo que se preocuparon, y salta a la vista. Al igual que nos alegramos cuando una película para niños no trata a su público objetivo como si fueran seres estúpidos, nos gustaría que una película como Pacific Rim no subestimase al adulto pensando en él como un Peter Pan friki que tan solo con la premisa ya estará más que contento. El grado de entrega al que esté dispuesto a llegar el espectador es muy importante, pero no es la clave. La clave es hacer una buena película. Como ocurre en la animación, la tecnología más puntera no vale para nada si no está al servicio de una buena historia. Por mi parte, yo aun tengo que decidir si el problema es que no soy el público objetivo al que se dirige Del Toro (yo creía que sí), si el niño que yo llevo dentro no está ya tan presente como antes (yo juraría que sí), o si Pacific Rim no es la película que me prometieron.

Sons of Anarchy: secretos y mentiras

Bobby: Has tenido una oportunidad de ser diferente.
Jax: Quizás no sea tan diferente.

Se suele decir que la quinta temporada de una serie es la de mayor inflexión, en la que los defectos del producto se hacen más evidentes, el cansancio se apodera de la historia y la repetición se convierte en norma (¿cuántos montajes musicales al final de cada episodio puede uno aguantar?). Sons of Anarchy ha finalizado su quinta entrega mostrando estos preocupantes síntomas. Sin embargo, se las ha apañado para hacer lo que hace siempre: enganchar con una gran trama de mil y una ramificaciones que fluye sin dar tregua al espectador y escarba en todos sus recovecos narrativos pasados para no dejar ningún cabo suelto. Con todo, la serie de Kurt Sutter necesita revitalizarse. Sus personajes siguen siendo de los más interesantes del panorama catódico actual, pero sus circunstancias comienzan a clonarse, y en consecuencia, a cansar. “J’ai Obtenu Cette”, la season finale, debería haber reorientado la historia, pero en lugar de eso, la resetea una vez más, como si Charming fuera la mansión de El Ángel Exterminador y sus habitantes no pudieran escapar de ella. Para la sexta temporada esperad más de lo mismo.

Jax Teller ha sido el protagonista absoluto de esta temporada. En las cuatro entregas anteriores lo vimos crecer, convertirse en un hombre. Como diría Shirley Bassey, la historia se repite. Siempre. La de Jax Teller es la historia de John Teller. Una reescritura más o menos fiel por parte de su hijo, que después de seguir los pasos de papá e intentar sacar al club del tráfico de armas (y ya de paso del de drogas), se da cuenta de que tiene dos opciones: seguir siendo su padre y sufrir el mismo destino que él, o entregarse al lado oscuro y convertirse en Clay Morrow. Inicialmente, su idealismo parece llevar a SAMCRO hacia una edad dorada cimentada en los valores de John Teller: “Estoy harto de ser aplastado por el peso de hombres avariciosos que no creen en nada” / “Hoy voy a ser el hombre que mi padre intentó ser. Hoy os voy a hacer sentir orgullosos”. Sin embargo, Jax lo tiene difícil para cumplir su promesa. El asiento del presidente acaba corrompiéndolo. Jax se convierte en un personaje profundamente dual. No abandona del todo su empresa de redefinir los parámetros del club, pero se ve forzado a actuar de manera implacable, por el bien de los suyos y del club. Jax comienza a matar sin contemplaciones, cruel y vehemente, se lleva por delante a todo aquel que le estorba, a todo el que ponga en peligro a su familia, o sus planes. “Opie tenía razón, el mazo corrompe. No puedes sentarte en esta silla sin convertirte en un salvaje”, reconoce en “Darcy” (5.12) después de amenazar a la madre de su primer hijo, Wendy, y clavarle una jeringuilla. Antes de esta epifanía, lo habíamos visto en “Ablation” (5.08) asesinando a sangre fría a un chaval negro ante la mirada perpleja de sus compañeros moteros. Dos episodios más tarde, en “Crucifixed”, hacía lo mismo, pero en lugar de ser el verdugo, ordena a Chibs ejecutar a la víctima. “¿Quién coño eres tú?”, le preguntan.

‘¿Quién es Jax Teller?’ es efectivamente la cuestión que mejor resume esta temporada. En cierto modo podríamos decir que Charlie Hunnam es Jax Teller. El viaje del personaje es el viaje del actor. El joven intéprete de Newcastle ha declarado recientemente que las dos primeras temporadas de Sons of Anarchy fueron para él un campo de pruebas. La carga dramática y la tensión que desprende su personaje provenían principalmente de su preocupación por el acento. Charlie estaba incómodo y no fue hasta la tercera temporada cuando se convirtió realmente en Jax. A partir de entonces, hemos visto cómo el actor se ha mimetizado con el personaje al que da vida. Lo de Hunnam en la quinta temporada ha sido verdaderamente meritorio (y también ha dado algo de miedo). Hemos sido capaces de sentir el asco y el odio extremo que ha dominado al personaje, lo hemos visto en su mirada y en sus muecas. Era real. Y hemos compartido con él su lucha y la frustración que esta conlleva. Hunnam haría sentir muy orgulloso a Stanislavski.

Y no solo Jax ha alcanzado una fase definitiva e irreversible en su transformación. Tara ha evolucionado al compás. “I’m an old woman and I’m protecting my man” (5.09). Quizás de manera más evidente y forzada, la mujer de Jax se ha convertido en la mujer de John. Hemos visto a Tara coger el cigarro como lo hace Gemma. Por el amor de Dios, hasta se puso mechas en un episodio (discretas, pero mechas al fin y al cabo). Tara lleva varias temporadas mutando en old lady, sacrificando su personalidad, o más bien redefiniéndola, por adoptar el exigente papel que ha elegido. Como Jax, Tara roza la corrupción y pierde el control sobre sí misma: la vemos despertar a Thomas pisando el piano de juguete con una mirada fría, impasible, como si estuviera vacía, y más tarde asistimos a un episodio oscuro en su historia, cuando se masturba pensando en su encuentro con Otto Delaney en la cárcel, perfume de Luann mediante (con olor a semen y patchouli). Tara entra en contacto directo con su yo más terrorífico. Pero es el precio a pagar. Los gajes del oficio.

Sin embargo, lo de la nueva esposa de Jax Teller no es nada comparado con la espiral de autodestrucción en la que se sume Gemma esta temporada. “Creo que nuestra madre está un poco perdida” (Chibs, “Crucifixed). La reina de SAMCRO se entrega por completo a la mala vida sin ningún tipo de control (como el que, paradójicamente, le proporcionaba su marido y maltratador Clay). Drogas, sexo y rock’n’roll. Y un nuevo amor, interpretado por un adorable Jimmy Smits. A Jax no le hace gracia nada de esto, especialmente cuando pone en peligro a sus hijos. Es por ello que inicia una desagradable dinámica con su madre basada en la autoridad y la superioridad. El cachorro se convierte en el rey de la manada, y hasta su madre tiene que doblegarse y mostrarse mansa ante él. Jax la utiliza como herramienta contra Clay, obligándole a volver con él. Es el castigo que le impone desde su endiosada posición. “¿Y qué pasa si no puedo estar con él?”, le pregunta Gemma. A lo que él responde “Estarás con él, te acostarás con él”. Hace dos temporadas Gemma le habría cruzado la cara. Ahora es él quien manda.

Clay se ha mantenido al margen, viviendo su discreta y (siempre) falsa historia personal de redención. Hasta ha reforzado su relación con un miembro del club, el “inocente” Juice. Lo de estos dos esta temporada ha sido un romance en toda regla. Qué manera de acercarse el uno al otro. Cuánto amor. Pero como siempre, y como todos, Clay sigue mintiendo. Y esa es la verdadera protagonista de Sons of Anarchy. La mentira. Ocultar información, engaños y manipulaciones, dolorosos secretos, y el pasado que vuelve a moder a todos en el culo. Según Clay, la verdad no beneficia a “la mesa”. La solución no es destapar lo que se ha hecho ante el club, sino confesarlo a uno de sus miembros, compartir ese secreto con un colega, para reforzar un vínculo y crear una amistad más profunda, como la suya con Juice. Los secretos definen a estos personajes, sus interacciones y sus destinos. Todos ocultan algo a alguien, todos creen poder vivir con la verdad que solo ellos conocen, a pesar de que la experiencia les debería hacer pensar lo contrario. Pero Clay tiene razón en algo, compartirlos establece alianzas y genera lealtad, algo que el espectador aprecia porque permite conocer mejor a los personajes y estrecha su propio vínculo con ellos. No obstante, estos secretos complican todo, y por ello precisamente son la base de esta enrevesada historia. En una comunidad tan férrea y unida, en la que los “te quiero” salen sin esfuerzo (solo los machos lo dicen tantas veces), y se valora la honradez dentro de un “código“, todas las relaciones están lastradas por la mentira y la traición. En última instancia, los secretos sirven a Jax para elaborar su plan maestro y poner a Clay Morrow en el punto de mira por todos sus crímenes pasados. ¿Hay salvación para Jax Teller ahora que se ha deshecho de Clay o por el contrario acabará sustituyéndolo definitivamente? “No se trata de mí. Es esa silla”, que le habría dicho su padrastro.

La quinta temporada de Sons of Anarchy ha concluido dejando claras dos cosas: en primer lugar, que no pretende (o no puede) cambiar -terminamos con la vieja cantinela de Gemma “No te vas a llevar a mis niños a ninguna parte” y con otro personaje en la cárcel, esta vez Tara, que no pasará mucho tiempo en el trullo; y en segundo, que es una de las series más violentas de la televisión. Muertes cada vez más brutales y sangrientas (aquí nadie está a salvo, que se lo digan a Opie), planos diseñados meticulosamente para que el espectador vea todo de la manera más gráfica posible, sesos por todas partes, auto-mutilaciones (¡Otto, por Dios! ¿Qué haces?! ¡Mi lengua!). Y después de todo eso, los personajes se escandalizan al ver una pila de perros muertos después de un círculo de peleas clandestinas. “Esto está muy mal”, dice Tig conmocionado. Tiene su gracia, ¿no?