Crítica: Los Hollar

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A John Krasinski lo conocemos principalmente por dar vida a Jim Halpert durante las nueve temporadas de The Office. Después del final de la comedia de NBC, el actor se ha centrado el cine (donde trabaja principalmente su mujer, Emily Blunt), no solo delante de las cámaras (Aloha13 horas: Los soldados secretos de Bengasi), sino también detrás. Su ópera prima como director, Brief Interviews with Hideous Men (2009), pasó sin pena ni gloria, y ahora, justo antes de volver a la televisión para protagonizar el reboot de Jack Ryan, Krasinski presenta su segunda película como realizadorLos Hollar (The Hollars), dramedia indie que él mismo protagoniza junto a un reparto de excepción.

Los Hollar nos lleva una vez más hacia uno de los lugares comunes más explorados del cine independiente norteamericano: el regreso a casa; contextualizado y magnificado por la actual situación económica y laboral que encuentra a muchos treinta y cuarentañeros sin rumbo. Krasinski da vida a John Hollar, un dibujante de novelas gráficas en horas bajas que se ve obligado a marcharse de Nueva York para volver a su ciudad natal, al enterarse de que su madre padece de cáncer. Para ello, John tiene que dejar en Manhattan a su novia (Anna Kendrick), que está a punto de dar a luz al primer hijo de la pareja. Perdido y sin futuro profesional en Nueva York, este se ve obligado a regresar a la vida que se esforzó por dejar atrás, reencontrándose con su disfuncional familia, su ex novia y el marido de esta, que no es otro que su rival del instituto. Una vez allí, John reconectará con todos ellos y hará balance de su vida para recordar de dónde viene y averiguar hacia dónde se dirige.

Otra cosa no, pero Los Hollar es una prueba fehaciente de que Krasinski sabe lo que hace. Su sensibilidad como director no es precisamente novedosa u original, pero sí consistente. Estamos ante un crowd-pleaser de manual, una (de muchas) comedias con tintes dramáticos que tanto gustan en Sundance (en muchas ocasiones solo allí) y que los yanquis hacen como churros. Krasinski controla los mecanismos narrativos y las argucias sentimentales propias del género, explorando con confianza, melancolía y sensibilidad las ideas de las que se suele nutrir este tipo de cine (se nota que hay mucho de autobiográfico en la historia). Ahora bien, que Los Hollar sea el trabajo de alguien que tiene las ideas claras o un ejemplo paradigmático de su género no lo convierte en un film excepcional. De hecho, es todo lo contrario, una película que hemos visto en infinidad de ocasiones, y que nos ofrece exactamente las mismas reflexiones y conclusiones sobre la vida, la familia y el paso del tiempo que tantas otras.

Los Hollar acumula clichés hasta quedarse sin espacio para más (“adorable” y “espontáneo” momento musical incluido), pero su calidez y sus buenas intenciones compensan que todo sea tan predecible y hacen más llevadero el déjà vu. Eso sí, lo que salva la película de caer en las redes del hastío no es eso, sino su excelente reparto, del que destacan los veteranos Margo Martindale (siempre magnífica) y Richard Jenkins (no hay papel que este brillante actor no pueda elevar), y que también cuenta con un notable Sharlto Copley (habitualmente oculto bajo capas de CGI, como en Distrito 9Chappie), Anna Kendrick, Mary Elizabeth Winstead, Josh Groban, Randall Park y Charlie Day, la mayoría protagonistas de subtramas que recuerdan a las de una sitcom (lo que es en el fondo la película).

A pesar de los numerosos tópicos que la componen -y que la despojan de cierta naturalidad-, y de lo forzado de algunos de los momentos más emotivos (la música subraya a base de bien), la película resulta entrañable la mayor parte del tiempo, y en ocasiones realmente divertida, en especial gracias a un acertado elenco que parece muy cómodo a las órdenes de Krasinski. Los Hollar no descubre América,  desde luego, pero la vuelve a presentar como ese lugar reconfortante al que a algunos nos gusta regresar de vez en cuando, aunque sea para vivir un par de horas agradables y olvidarlas nada más terminar.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Vacaciones

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En España, la saga National Lampoon’s Vacation no goza de la popularidad que sí tiene en Estados Unidos, donde desde su lanzamiento en 1983 ha generado numerosas secuelas que se han extendido hasta la actualidad. La comedia escrita por John Hughes y dirigida por Harold Ramis se tituló en nuestro país Las vacaciones de una chiflada familia americana (quizá ahí está la razón de que no se instalase en nuestro imaginario colectivo como sí lo hicieron otras comedias de los 80), y fue uno de los trabajos que lanzó al estrellato a Chevy Chase, que participó en todas las entregas posteriores menos una TV movie a modo de spin-off en 2003. Después de su turbulento paso por Community y su desprecio público hacia la ficción televisiva, Chase regresa al cine por todo lo alto (no) para entregar el relevo de la franquicia Lampoon a Ed Helms en su nueva secuela, titulada simplemente Vacaciones (Vacation).

Helms se está labrando una carrera en el cine como uno de los rostros más reconocibles de la comedia Rated R, y en Vacaciones continúa explotando el personaje que inició en la serie The Office y presentó al gran público en la saga Resacón. El actor interpreta siempre al mismo tipo pardillo y pusilánime con buenas intenciones que se mete a sí mismo y a aquellos a su alrededor en situaciones embarazosas, para deleite y/o sufrimiento del respetable. En Vacaciones le acompañan Christina Applegate (la Jennifer Aniston de saldo) y dos niños muy graciosos, Skyler Gisondo y Steele Stebbins, que roban protagonismo a los adultos en numerosas escenas. Los cuatro forman la nueva generación de los Griswold y juntos intentan trasladar el espíritu de la saga Lampoon a la actualidad, donde, según Helms advierte en uno de los momentos más meta de la película: “es continuación de Vacation, pero funciona como una película independiente“. Efectivamente, la intervención de Chevy Chase y Beverly D’Angelo como la pareja original Clark y Ellen Griswold se reduce a una breve escena cerca del final de la película. El resto del metraje funciona como reboot de la saga. Vamos, que Helms tiene razón, no hace falta ver las seis películas anteriores para ver esta (de ahí que se haya eliminado lo de “National Lampoon” del título).

vacaciones posterDespués de muchos años visitando la misma aburrida cabaña en el lago, los Griswold emprenden un viaje en coche (importado de Albania) a través del país para visitar el parque temático Walley World, el mismo al que el padre de Rusty (Helms, Anthony Michael Hall en la original) llevaba a su familia en la primera película. Lo que el pater familias planea ilusionado como un remedio contra la rutina se le va de las manos al convertirse en una salvaje aventura en la que los incidentes, a cada cual más disparatado, se encadenan para resultar en el viaje más desastroso, y en consecuencia memorable, de sus vidas. Vacation es la aproximación más formulaica posible a la road movie cómica, un film de enredos que nos conduce por la misma ruta cinematográfica que ya hemos recorrido en incontables ocasiones y nos bombardea con déjà vus en todas sus escenas. El humor zafio y gamberro de Vacaciones nos recuerda a la mencionada saga Resacón en Las Vegas, y también a Horrible Bosses o la reciente Somos los Miller. No es coincidencia, claro, todas ellas comparten equipos, actores y hogar en Hollywood (Warner Bros.). Y como en todas ellas, aquí también hay un amago de emotividad al final (en forma de moraleja sobre la familia) para compensar la avalancha de pringue que nos ha echado encima, pero es tan poco genuino como la comedia que le precede.

Más que un largometraje, Vacaciones es una (desigual) sucesión de sketches o segmentos que se recrean insistentemente en el humor verde y escatológico (esta película incluye una de las escenas más asquerosas que he visto en mucho tiempo; involucra una bañera, setas y vello púbico, y no diré más). Su única intención es despertar la risa fácil con chistes de caca-culo-pedo-pis, pero llevándolos al extremo, con situaciones de lo más bestia, y recreándose en la incorrección política (incesto, pedofilia, vómitos, violencia contra animales y heces por doquier). Lo malo es que todo esto ya lo hemos visto en los títulos citados en el párrafo anterior (esta y Somos los Millers son básicamente la misma película), y ya no resulta irreverente o provocador, sino que evidencia una ausencia de ideas en un trabajo que hace suya la ley del mínimo esfuerzo. Dicho esto, sería hipócrita si no reconociera que Vacaciones tiene sus puntazos y que algunos gags son realmente buenos (yo aprecio el humor incómodo y extraño, y aquí hay un par de momentos muy buenos en ese sentido, sobre todo los protagonizados por los hermanos). Además, los cameos (Charlie Day, Kaitlin Olson, Norman Reedus…), la divertida (y caldeante) presencia de Chris Hemsworth (con su pene-dildo), y la duración, que apenas supera la hora y media, hacen que la película se digiera fácilmente (es un decir, porque a más de uno y de una puede que le revuelva el estómago). Es decir, que sirve para un rato tonto (para ser justos, es a lo que aspira), pero más allá de eso, no hay más.

Vacaciones es una alocada y deslenguada comedia de poca monta que se propone traer una saga de los 80 al presente y lo que hace es convertirla en un producto ya anticuado de serie, otra película clonada de usar y tirar con poca fecha de caducidad.

Valoración: ★★½

Dos comedias alternativas (pero de verdad)

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Llevamos diciéndolo varios años. Las mejores comedias televisivas están un poco escondidas. Mientras las sitcoms de network dan sus últimos coletazos y las televisiones en abierto sudan cada vez que estrenan una comedia, las cadenas de pago, de cable y VOD bullen con nuevas ideas, conceptos originales y transgresores y propuestas con mucho riesgo y descaro.

CBS aguanta con sus comedias enlatadas de usar y tirar para todos los públicos. NBC, antaño referente en cuanto a comedias de éxito, se ha cargado por fin todas esas neo-sitcoms de culto que sí, le proporcionaban cierto prestigio y el amor incondicional de cuatro gatos (tú, yo, y un par más), pero sólo de prestigio y amor no se vive. Con 30 RockParks and Recreation Community fuera de su parrilla, la cadena del pavo busca nuevos caminos que le lleven a un público más mayoritario (de ahí que rechazasen finalmente esa joya 30rockiana que es Unbreakable Kimmy Schmidt, de la que hablaré pronto). Aunque los éxitos de este tipo le duran una temporada, o menos (About a Boy, Marry Me). Mientras, Fox sigue produciendo alguna serie de calidad que, oh, milagro, no es exactamente iguales a las demás (pronto hablaremos también de The Last Man on Earth, que más que de Fox, parece de FX, aunque se entiende, porque ambas viven bajo el mismo techo), pero la audiencia la ha abandonado y nadie ve sus sitcoms (The Mindy Project, New Girl, Brooklyn Nine-Nine aguantan porque el baremo de la cadena está por los suelos).

Por eso, ante este panorama de inestabilidad, cadenas como IFC, FXX o Comedy Central avanzan y se imponen como referentes del género con proyectos que se alejan de una forma u otra de la norma imperante (reseño una de las mejores, Broad City, aquí). Mientras Louie y You’re the Worst regresan, ¿qué os parece si le echamos un vistazo a otras dos “comedias alternativas” de FXX que se desmarcan de todas las mencionadas anteriormente? Una longeva que aún tiene cuerda y un nuevo estreno. Veamos qué tal le ha ido este año a It’s Always Sunny in Philadelphia y Man Seeking Woman, que terminaron sus respectivas temporadas la semana pasada.

 

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It’s Always Sunny in Philadelphia (Décima Temporada)

Sí, habéis leído bien el paréntesis: Décima Temporada. Diez años. Se dice rápido, pero pensadlo, diez años haciendo una serie es MUCHO. Que vale, que It’s Always Sunny in Philadelphia (en España Colgados en Filadelfia) no es la comedia más longeva de la televisión y hace “trampa” porque sus temporadas son cortas, pero “el tiempo es el que es”, y si sigue sin intención de terminar pronto se acabará subiendo al podio. Y bueno, lo más importante de todo: Always Sunny lleva una década dando guerra y en su temporada más reciente no solo ha eliminado los síntomas de agotamiento que ya mostraba el año anterior, sino que ha dejado claro que si se lo propone, tiene cuerda para mucho rato (la serie está renovada para dos temporadas más como mínimo).

Salvando las distancias, Always Sunny es un caso parecido al de Los Simpson: Empezó sin una forma muy definida, alcanzó su cénit creativo hacia las temporadas 4-6, y siguió adelante sin pensar en una meta al final del recorrido. Claro que la de Matt Groening entró oficialmente en declive en su décima temporada, mientras que Always Sunny, como decía, se ha revitalizado con la misma temporada.

Para quien no lo sepa, ASIP (que estuvo a punto de titularse Jerks), va sobre un grupo de despojos humanos que regentan un bar de mala muerte en Filadelfia. De carácter altamente episódico, Always Sunny es en esencia una sitcom de las de toda la vida, una de esas series de las que puedes ver un episodio suelto sin perderte, y cuya continuidad solo es importante para entender los guiños y reconocer a los personajes recurrentes que regresan al Paddy’s Pub de vez en cuando. ¿Qué es lo que hace entonces que una comedia técnicamente tradicional sea tan alternativa? Pues si os tenéis que preguntar esto, es claramente porque no la habéis visto: la pandilla de Paddy’s está jodidamente loca, completamente trastornada de la cabeza. Cada episodio de Always Sunny presenta una trama a cada cual más pasada de rosca, en la que vemos a Dee, Dennis, Mac, Charlie y Frank (Danny DeVito) organizando algún fraude, llevando a cabo un plan absurdo para ganar dinero, para conquistar a alguien, para derrotar a un enemigo que no existe, para lo que se tercie. Todo bajo los efectos del alcohol y el pegamento y con tan solo 3 neuronas funcionando entre los cinco. El resultado es una comedia corrosiva, mordaz, y MUY cafre, una serie que sigue contribuyendo a redefinir la incorrección política en televisión.

La décima temporada de Always Sunny ha supuesto en cierto modo un regreso a la forma. La serie no se había descuidado demasiado (el año pasado fue capaz de darnos cosas sublimes como el episodio 100), pero se empezaba a percibir algo de cansancio. Sin embargo, los 10 episodios de este año, con excepción de un par (concretamente el primero y el último), han sido geniales. Especialmente “The Gang Spies Like U.S.” (10.05), en el que Dee se infiltra en una fábrica de pescado para desentramar el plan de los chinos contra su negocio; “The Gang Misses the Boat” (10.06), uno de los mejores ejercicios meta que hemos visto últimamente en la tele, donde se demuestra (aunque no sea necesario) que detrás de Always Sunny no solo hay mentes perturbadas, sino también muy inteligentes; y sobre todo esa absoluta maravilla que es “Charlie Work” (10.04), una virguería técnica que parodia True DetectiveBirdman con increíbles planos secuencia en los que un sorprendente Charlie Day realiza un tour de force (sí, yo también aborrezco la expresión, pero en este caso está más que justificada) y con la que Always Sunny demuestra que después de diez años sigue siendo capaz de ofrecernos cosas nuevas, emocionantes y sobre todo, que aún puede hacernos reír tan fuerte como gritan sus personajes. Por mí, que dure más que Los Simpson.

 

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Man Seeking Woman (Primera Temporada)

De la resaca de You’re the Worst, una de las revelaciones de la temporada pasada, surge Man Seeking Woman, creada por el jovencísimo Simon Rich (nació en 1984, pero mirad su foto de IMDb, parece que tiene 16 años), con la ayuda en la producción ejecutiva del mismísimo Lorne Michaels (creador de Saturday Night Live). Man Seeking Woman también parte de una premisa poco original: se trata de la crónica del fracaso de una generación, a través de un joven veinteañero, Josh (Jay Baruchel), que subsiste a duras penas con un trabajo de mierda y está desesperado por encontrar a una mujer que le saque de su agonía después de que su novia le deje tirado.

De nuevo, suena a lo que estamos viendo en todas las comedias millennial de los últimos cinco años, y en cierto modo lo es. Pero aquí está la diferencia: Rich se aproxima a los tópicos del género usando el humor surrealista, es más, llevándolo un paso más allá. Man Seeking Woman es básicamente una serie de sketches (lo que delata la mano de Michaels) en los que de una idea simple o un lugar común (la primera conversación con una chica, el primer SMS, la prueba de fuego de presentar a tu novia a tus padres, encajar en una dinner party de adultos, conocer al novio de tu ex novia, una cita a ciegas) se convierte en una aventura absurda en la que todo puede ocurrir: invasiones alienígenas, trolls, viajes al infierno (literalmente) para asistir a una boda o una fiesta con Hitler. La idea es utilizar las metáforas fantásticas más rocambolescas para llegar a las mismas conclusiones que otras comedias generacionales.

Claro que la serie de Rich se distancia de estas comedias en algo más que en su humor alejado de la realidad. Man Seeking Woman es lo que podríamos llamar una comedia romántica de dudes. Es decir, el punto de vista masculino heterosexual de lo que nos están contando Girls Broad City. Y aquí es donde encontramos uno de los puntos flacos de la serie: que no siempre sabe dónde está el límite entre la exploración de los géneros y el simple y llano machismo. En Man Seeking Woman, hay autocrítica masculina (Josh y su amigo Mike son lo peor y la serie se recrea en ello), pero de nada sirve cuando la mujer nunca es real, desempeña un papel satírico o de villano, es ese enigma indescifrable (las mujeres son de Venus, ya sabéis), un trozo de carne con agujeros, o un objeto que conseguir a toda costa (atención al horrible personaje de Minka Kelly). Puede que esa sea precisamente la intención, pero resulta todo demasiado primitivo. Afortunadamente, Man Seeking Woman se redime en este sentido con el noveno episodio, que sitúa a la hermana de Josh (una estupenda Britt Lower canalizando a Liz Lemon) en el centro de la historia, dándonos la perspectiva femenina de los mismos problemas románticos y existenciales. Es quizás el episodio más lúcido de toda la serie, lo que no hace sino reafirmar la idea de que hay algo que no funciona en ella.

Pero más allá del tema de los géneros, lo que menos funciona en Man Seeking Woman es precisamente lo más importante: el humor. Con un aire inconfundible a comedia gamberra de Seth Rogen y James Franco (más de un episodio parece un spin-off de This Is the End), el surrealismo de MSK simplemente no computa. Le falta chispa, garra, y sobre todo, audacia. Al final, por muchos extraterrestres con 100 penes y Apocalipsis que haya, si el trasfondo de la broma es tan simplista, tópico y pueril (como un pedo o un chiste de tetas o de maricones), la inventiva y la originalidad no sirven para nada. Además, el hecho de que prácticamente la totalidad de la serie transcurra alejada de la realidad acaba cansando muy pronto y elimina las posibilidades de evolución. En teoría, Man Seeking Woman tiene buenas ideas, pero a la práctica, no sabe llevarlas a cabo y la comedia se queda a medias (solo el último capítulo da con el tono). Una pena, porque no estaría mal tener una rom-com “masculina” (o debería decir “falocéntrica”) que fuera capaz de hablarnos de los mismos temas sin la necesidad de decirnos en cada escena: “Así somos los tíos, tío, con nuestra mala higiene, nuestros callos pajilleros, nuestra obsesión cegadora por mojar el churro y nuestra incapacidad para ver a la mujer como un ser con más de una dimensión. PENE”.

 

It’s Always Sunny in Philadelphia: Demented Forever

Hay un pequeño rincón en televisión en el que siempre sale el sol, los pajaritos cantan y la vida te sonríe cada vez que pones un pie en la calle. Es Filadelfia, más común y cariñosamente conocida como Philly, el paraíso de Liz Lemon. Cultura, arte, historia, tardes en el parque, deporte y oportunidades. Pero el hogar de Benjamin Franklin es también la casa de Frank, Dee y Dennis Reynolds, Charlie Kelly y Mac (cuyo nombre completo no osaré desvelar). Ellos viven a su manera la experiencia Philly. Rara vez ven salir el sol porque se pasan las horas muertas en Paddy’s, el bar irlandés que regentan, o en las alcantarillas, o debajo de los puentes (el paraíso particular de Frank y Charlie). Para ellos no hay pajaritos que valgan, más bien una desgarbada y asquerosa pájara, Sweet Dee, y por supuesto las palomas de Charlie, manjares exquisitos (¿por qué gastarse el dinero en faisán si la calle está llena de palomas perfectamente comestibles?) La única historia que ellos conocen es la que se han inventado para promover su bar como lugar de interés histórico nacional y su relación con el arte se limita a un cuadro pintado por Hitler, de la colección personal del abuelo Reynolds, un nazi moribundo. A esta pandilla no les sonríe la vida, sino los vagabundos sin dientes, y el deporte nunca es para ellos una actividad saludable o un pasatiempo, sino una oportunidad para conseguir dinero fácil (que al final nunca consiguen, claro). Frank, Dee, Dennis, Charlie y Mac son el paradigma de la basura blanca, o peor aun, su hipérbole. Son la mayor escoria que os encontraréis en televisión. Apenas poseen cualidades redentoras, y a pesar de esto, es tremendamente difícil no adorarlos. Quizás sea porque en el fondo no son más que cinco niños aburridos buscando desesperadamente un juego con el que ocupar el día.

It’s Always Sunny in Philadelphia (en España “conocida” como Colgados en Filadelfia) se iba a llamar muy apropiadamente Jerks. La serie se ajusta tanto a las normas de la sitcom tradicional como las transgrede. No hay nada parecido en televisión, si acaso series de animación para adultos como South Park. Always Sunny lleva ya ocho temporadas involucrando a sus protagonistas en las aventuras más atroces y aberrantes. La corrección política es el demonio y no hay tema, por escabroso o delicado que sea, que se libre de tener su capítulo especial. Racismo, aborto, cáncer, armas, drogas: eso no es más que el principio. La cantera de ideas es inagotable, porque el ser humano es un gran contenedor de miserias. La serie no flirteó con lo serial hasta su sexta temporada, en la que el misterio sobre el embarazo de Dee dio para alargar las tramas y experimentar con el formato. Sin embargo, Always Sunny es esencialmente episódica, como los cartoons o las comedias de los noventa, y sutilmente formulaica: cada semana, los cinco urden un plan para matar el tiempo, mejorar su economía o demostrar al mundo que no son la chusma que todos saben que son. Ni que decir tiene que el éxito se les resiste en todas sus empresas. Por regla general, no importa si uno se encuentra un capítulo al azar, se podrá ver y disfrutar como una pieza independiente del resto. Solo una cosa: evitar la serie si se está comiendo. Por si acaso.

A pesar de esto, Always Sunny contiene caracterizaciones muy consistentes, gags recurrentes, estupendos secundarios y un gran componente autorreferencial (después de todo es una comedia del siglo XXI), que evidencian un magnífico trabajo por parte de sus guionistas (casi siempre los propios actores). Huelga decir que estamos ante una serie que maneja la estupidez con suma inteligencia. Jackass meets 30 Rock. Y así lleva ocho temporadas, sin perder un ápice de su frescura, haciendo que nos riamos de lo más deplorable del género humano. Es más, mejorando año tras año, y llegando a generar auténticas maravillas en sus temporadas más tardías, en las que el resto de comedias ya se han quedado secas: “The Gang Buys a Boat”, “Who Got Dee Pregnant” (probablemente el mejor episodio de toda la serie), “The Gang Gets Stranded in the Woods”, “The Gang Goes to the Jersey Shore”, “How Mac Got Fat”, “Thunder Gun Express” (probablemente el segundo mejor capítulo), o “The Gang Gets Analyzed”. Todos estos episodios forman parte de las temporadas más recientes, que han mostrado un claro interés por experimentar narrativamente y jugar con la -muy sólida- mitología de la serie. De una película de zombis (la familia McPoyle, paletos que solo se reproducen entre sí) a una sesión de terapia a la pandilla, Rob McElhenney (creador de la serie) y sus locos se las han arreglado para evolucionar sin perder su esencia y mantenerse en forma ininterrumpidamente a lo largo de los años.

El excelente -y exigente- ejercicio interpretativo de McElhenney, Charlie Day, Glenn Howerton, Kaitlin Olson y Danny DeVito (que se incorpora a la serie en su segunda temporada) combina un meticuloso trabajo de diálogo con una alta dosis de improvisación: histriónicos y geniales, insoportables y mocosos, no hablan, gritan hasta dejar los tímpanos del espectador destrozados y la cabeza a punto de estallar (mucho después de ver un episodio, seguimos oyendo el eco de sus voces), y se funden terroríficamente con sus personajes -Charlie y Mac se llaman como los actores que los interpretan, el resto prefirió poner una distancia prudencial entre ellos y sus personajes, quizás para mantener la cordura. It’s Always Sunny in Philadelphia es una de las propuestas más osadas de la televisión de la última década. Refugio para el buen mal gusto y joya trash en la que hemos visto con horror y fascinación cosas como al inconmensurable Danny DeVito emerger desnudo y empapado en sudor de un sofá de polipiel. Una serie que es toda una -temeraria- declaración de amor y compromiso y también un potente negocio familiar (Mac y Dee, y Charlie y la Camarera, son matrimonios en la vida real). Alcemos nuestras cervezas (o nuestra sopa podrida, o nuestro tubo de pegamento) y brindemos por que salga el sol en Filadelfia muchos años más.