Crítica: La suerte de los Logan

¿Recordáis cuando en 2013 Steven Soderbergh dijo que se retiraba de la dirección de largometrajes? Su última película como director antes de hacer el anuncio fue la TV movie de HBO Behind the Candelabra, ganadora de 11 Emmys ese año. Desde entonces, Soderbergh ha dirigido la soberbia e injustamente ignorada The Knick, ha producido otras series, la igualmente sublime The Girlfriend Experience y Red Oaksha hecho la fotografía de Magic Mike XXL bajo un pseudónimo y ha sido productor ejecutivo del documental Citizenfour entre otras cosas. Por tanto, a la hora de hablar del “regreso” de Soderbergh al cine, hay que decirlo con la boca pequeña, ya que aunque técnicamente La suerte de los Logan (Logan Lucky) sea su comeback oficial a la dirección cinematográfica, no se había ido a ninguna parte en este tiempo.

Después de experimentar con la ficción serial, Soderbergh vuelve a la silla del director para encabezar un proyecto que se podría considerar lo opuesto a experimentalLa suerte de los Logan nos devuelve al Soderbergh más comercial con una premisa diseñada para atraer y agradar a un público más amplio que sus proyectos inmediatamente anteriores. La película cuenta la historia de Jimmy (Channing Tatum) y Clyde Logan (Adam Driver), dos hermanos que, para salir de la precaria situación económica en la que se encuentran y romper la maldición familiar que generación tras generación los ha convertido en los gafes del pueblo, llevan a cabo un golpe durante la legendaria carrera Coca-Cola 600 de la NASCAR.

Las comparaciones con Ocean’s Eleven son inevitables. De hecho, el propio director no esconde sus intenciones, pero se apresura a diferenciar ambos films definiendo La suerte de los Logan como “la versión inversa” o “anti-glamour” de su mayor éxito. En un momento muy simpático de la película, uno de los personajes se refiere a la banda de los Logan como “Ocean’s 7-Eleven”, un detalle autoconsciente con el que Soderbergh guiña el ojo a su audiencia. Efectivamente, La suerte de los Logan es Ocean’s Eleven con paletos yanquis. “Nadie viste bien, nadie tiene cosas bonitas. No tienen dinero, ni tecnología”, ha explicado el director, que repite la fórmula de las películas de atracos cambiando los componentes y el escenario de la acción.

Pero como decíamos, el hecho de que La suerte de los Logan sea la anti-Ocean’s Eleven no quiere decir que Soderbergh no apunte alto con ella. Al final, el objetivo es el mismo: entretener y divertir al respetable. Para ello, el director cuenta con un reparto de lo más atractivo, encabezado por el novio de América, Channing Tatum, y uno de los mayores valores en alza de Hollywood, Adam Driver (GirlsStar Wars), y aderezado por la magnética presencia de Daniel Craig en su papel reciente más memorable al margen de Bond, la siempre exquisita Riley Keough, una breve pero hilarante participación de Seth MacFarlane, y las rescatadas del olvido Katie Holmes y Hilary Swank en pequeños papeles secundarios. Todos están estupendos, pero hay que destacar especialmente al robaescenas de Craig, y sobre todo a Tatum, que demuestra que cuando se lo propone es capaz de dar la talla interpretativamente sin explotar su físico, con un protagonista muy cercano y humano que llega incluso a dejar mal parado al siempre eficiente Adam Driver, que aquí forcejea demasiado con su personaje (y su acento redneck), resultando poco natural.

La suerte de los Logan juega a menudo con la suspensión de la incredulidad del espectador. La trama resulta demasiado rocambolesca e inverosímil, sobre todo a medida que avanza el golpe y uno se pregunta cómo y cuándo se ha podido idear un plan tan rebuscado (la gracia es que los Logan no son tan tontos como todos creen, pero también es imposible que sean tan listos). Los giros se suceden hasta desembocar en uno de esos finales en los que la historia ha dado tantas vueltas que uno no sabe quién estaba al tanto de qué y quién está compinchado con quién. Pero no importa, esa confusión, ese rizar el rizo forma parte del juego. Y ante todo, La suerte de los Logan es un juego muy divertido, ingenioso y desenfadado, un producto mainstream con sensibilidad auteur que tiene descaro y encanto para repartir, brillantes golpes de comedia y un repartazo que por sí solo ya hace que la entrada quede amortizada. ¿Lo peor? Una trama romántica algo forzada con Katherine Waterson y un final que deja la puerta abierta para una secuela que seguramente no ocurrirá.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Kingsman – El círculo de oro

kingsman-el-circulo-de-oro-1

El éxito de Kingsman: Servicio secreto en 2015 fue todo un soplo de aire fresco en una cartelera monopolizada por las propiedades archiconocidas y las ideas recicladas. Siguiendo la estela de Kick-Ass, Matthew Vaughn presentaba un cóctel de acción exagerada, violencia extrema y humor irreverente que le daba una vuelta de tuerca a James Bond y el cine de espías para lanzar una nueva franquicia original. La idea de Vaughn era la de crear una nueva saga de cómics y películas, y con la secuela, que llega tan solo dos años después de la primera entrega, confirma sus planes. Kingsman: El círculo de oro (Kingsman: The Golden Circle) es continuación, pero también es, a su manera, es un nuevo comienzo.

Nos reencontramos con Eggsy Unwin (Taron Egerton), el irresistible cani inglés convertido en agente especial del servicio secreto de los Kingsman, que ahora ocupa el lugar de su fallecido mentor, Harry Hart (Colin Firth). Eggsy y el especialista tecnológico Merlin (Mark Strong) se enfrentan a una enorme pérdida cuando la base de los Kingsman en el Reino Unido sufre un devastador ataque, lo que les lleva a viajar hasta Kentucky, donde descubrirán otra organización de élite secreta similar a la suya, los Statesman. Los Kingsman deberán aliarse con ellos para enfrentarse a un enemigo común, Poppy (Julianne Moore), la reina global del narcotráfico, una CEO mitad Martha Stewart mitad asesina en serie desquiciada que maneja los hilos de la droga desde su remota guarida, Poppyland. Eggsy, Merlin y sus nuevos socios tratarán de detener el ambicioso plan de la villana, que amenaza con acabar con la vida de millones de personas alrededor del mundo.

kingsman-el-circulo-de-oro-3

Como dictan las normas de las secuelas, Kingsman: El círculo de oro aumenta la espectacularidad de la acción, extiende su universo de ficción con una nueva rama de espías (y la posibilidad de muchas otras más) y salta de lo local a lo internacional con una aventura que abarca varios continentes. La secuela nos lleva a la Norteamérica de los sombreros de cowboy (satirizada por un Channing Tatum con acento de paleto yanqui) y culmina en un diner de los 50 en medio de la jungla, con paradas en el festival de Glastonbury y en la nieve. Pero como suele ocurrir también con las segundas partes, El círculo de oro se queda muy lejos de su predecesora.

El problema principal de El círculo de oro es la desaparición del factor sorpresa. Si la primera Kingsman funcionaba tan bien era porque no nos la esperábamos, porque no sabíamos hasta qué punto llegaba el exceso de la propuesta de Vaughn. Para la secuela, la novedad se ha desvanecido. Pero no solo eso. En El círculo de oro parece que no se ha puesto tanto esfuerzo e ilusión como en Servicio secreto. En esta nueva entrega, la trama es muy (demasiado) similar a la de la primera (hay escenas calcadas, concebidas como autorreferencias, pero que en realidad solo sirven para provocar déjà vu), el humor no está tan conseguido y el ritmo es atropellado, lo que hace que las 2 horas y 20 minutos que dura la película acaben pasando factura. Vaughn apuesta por la cantidad por encima de la calidad, por el espectáculo por encima del desarrollo de personajes, y se conforma con repetir la jugada, solo que con menos gracia y menos creatividad, resultando en una película sobrecargada que no siempre da con la nota.

_D4S1585.NEF

Claro que El círculo de oro posee alicientes de sobra como para, al menos, intentar pasar por alto sus defectos y dejarse llevar una vez más por la propuesta alocada de Vaughn. En primer lugar, la acción. Las peleas cuerpo a cuerpo de la película son impresionantes, desde el primer enfrentamiento entre Eggsy y Charlie (Edward Holcroft) en el asiento trasero de un coche hasta el explosivo clímax. Haciendo un uso adecuado de los efectos digitales, Vaughn orquesta vertiginosos combates de inclinación cartoon que parecen las páginas de un cómic cobrando vida en la pantalla (solo faltan las onomatopeyas a lo Batman). Por otro lado, como adelantaba, hay que elogiar una vez más el compromiso del director por la locura más insolente, aunque esta vez parezca cortarse un poco. El círculo de oro no supera en chifladura a la primera película (con esa polémica masacre en la iglesia y ese clímax con cabezas explotando era imposible), pero tiene escenas, giros argumentales y set pieces pasados de rosca para repartir. Y por último, pero no por ello menos importante, su atractivo reparto logra compensar las carencias de la película. De hecho, es posible que sean sus estrellas (y la debilidad que nosotros podamos sentir por ellas) las responsables de que seamos más indulgentes con ella de lo que se merece.

Taron Egerton está incluso mejor que en la primera parte. Su Eggsy tiene más experiencia y ostenta una posición de mayor responsabilidad en la organización, y con él, Egerton se afianza como protagonista, demostrando que es más que capaz de llevar las riendas de una saga como esta -solo falla en su historia de amor con la princesa Tilde (Hanna Alström), pero no es su culpa, sino del guion, que no consigue que esa vertiente de la película funcione. Dejando esto a un lado, el joven actor está muy bien acompañado. Mark Strong adquiere mayor protagonismo para convertirse en uno de los puntos más fuertes de la secuela y Colin Firth regresa “por sorpresa” para aportar la elegancia y el saber estar que lo caracteriza, aunque esta vez parece un poco más desganado que la primera.

kingsman-el-circulo-de-oro-4

El reparto aumenta con los norteamericanos Channing Tatum, Halle Berry y Jeff Bridges, fichajes que animan el cotarro, pero que son sobre todo cebo para la audiencia estadounidense. El omnipresente Pedro Pascal es la excepción, con un personaje de mayor peso y un arma especial que da mucho juego en el apartado visual, un lazo de cowboy eléctrico. Pero aquí la que se lleva el gato al agua es Julianne Moore. Su Poppy es la verdadera estrella de la película, una irresistible y divertidísima stepford wife psicópata que nos regala los mejores momentos del film. La actriz lo borda (como casi siempre), está absolutamente genial y solo por ella ya merece la pena ver El círculo de oro. Por ella y por Elton John. Pero sobre su papel en la película es mejor no saber nada, porque es demencial.

Kingsman: El círculo de oro es muy inferior a la primera entrega. Falta riesgo, es más sosa, menos graciosa y su trama está menos trabajada. Además, si en la película original ya chirriaban algunos momentos machistas, la secuela no hace por corregir el curso, sino que lo empeora: más sexualización, clichés tipo “¿No pegarás a una mujer?” o “Eso no es propio de una dama”, más personajes masculinos (Kingsman es un club de nabos, no hay ni una mujer participando en las escenas de acción y a una indignantemente desaprovechada Halle Berry le hacen el favor de invitarla al club, pero cuando ya ha terminado todo), y por último, hay una lamentable secuencia en la que Eggsy tiene que plantarle un dispositivo rastreador a una chica… dentro de la vagina. En fin.

kingsman-el-circulo-de-oro-5

Afortunadamente, hay disparate y distracción de sobra para, al menos, intentar pasar todo eso por alto y dejarse llevar por su sentido del humor: al fin y al cabo, Vaughn no se toma en serio en ningún momento, y nos pide que nosotros tampoco lo hagamos. Y para ello, vuelve a jugar las cartas que mejor funcionaron la primera vez: acción elegante, violencia hiperestilizada, provocadora sátira política (la guerra contra la droga del presidente de los Estados Unidos es uno de los puntazos más inteligentes del film) y la excentricidad desvergonzada que tanto nos gustó de la original. La película termina con una advertencia: esto es solo el principioEl círculo secreto cumple el propósito de ampliar el universo Kingsman y poner los cimientos para una saga que podría durar hasta que la audiencia se canse. El problema es que los síntomas de agotamiento ya son más que visibles y eso que solo estamos en la segunda parte, así que más les vale ponerle más empeño a la tercera entrega.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Batman La LEGO Película

batman-lego-1

Parece mentira, pero La LEGO Película acabó siendo una de las mejores cintas de animación de 2014, y en general una de las más gratas sorpresas cinematográficas de ese año. Mientras esperamos la “LEGO secuela”, el mismo equipo detrás de aquella alocada aventura ambientada en el mundo de las famosas piezas de construcción, nos trae Batman la LEGO Película, spin-off dirigido por Chris McKay y producido por Phil Lord y Christopher Miller, que nos da la bienvenida al universo superheroico de DC Comics en su versión más autoparódica y, paradójicamente, menos cuadriculada. Los superhumanos de DC ya formaron parte de la primera LEGO Película, así que es lógico que Batman, el Joker y los demás icónicos héroes y villanos de la editorial pasen a primer plano para protagonizar su propia historia. Pero como es obvio, los de esta película nada tienen que ver con las encarnaciones en acción real que hemos visto hasta ahora en el serio y oscuro Universo Extendido de DC.

Batman (doblado en su versión original por Will Arnett) fue el gran robaescenas de La LEGO Película. Ahora, esta versión exagerada y cómica del Hombre Murciélago vive su propio viaje personal, en el que profundizamos en la identidad del personaje (“un héroe con nombre y máscara de villano”) más de lo que cabía esperar. Claro que este Batman es muy diferente al que han llevado a la gran pantalla Michael Keaton, Christian Bale y Ben Affleck, una proyección aumentada y extremadamente autoconsciente, un Batman egocéntrico y narcisista hasta el paroxismo, y con inclinación a expresarse rapeando hard rock (no le deis más vueltas, claro que tiene sentido). A pesar de esto, Batman La LEGO Película se las arregla para llevar a cabo una exploración de este icono de los cómics más interesante, con más aristas y más lógica interna que la que nos encontramos en Batman v Superman (algo que no era muy difícil, pero que merece mención), respetando el material de DC y entendiendo mejor al personaje.

En Batman La LEGO Películael millonario Bruce Wayne disfruta de una vida de lujo y exceso, aderezada por la gloria que le supone ser en secreto el superhéroe más famoso de Gotham. Sin embargo, cuando la hija del comisario Gordon releva a su padre como jefe de la policía, esta desvelará una gran verdad que sacudirá sus cimientos: Batman nunca acaba con sus enemigos definitivamente, todos vuelven, y por tanto, el nivel de criminalidad de la ciudad nunca baja. Este jocoso detalle autorreferencial es el punto de partida para una aventura en la que Batman tendrá que enfrentarse al Joker y su retorcido plan para liberar a los villanos más peligrosos que se encuentran encerrados la Zona Fantasma, personajes malvados de otras sagas (la mayoría propiedad de Warner Bros.) que dejan a los de Gotham en evidencia y hacen que la película alcance niveles de crossover capaces de hacer cortocircuitar a fanboys y fangirls de cualquier edad ([Posible spoiler] Harry Potter, Godzilla, Matrix, Doctor Who, King Kong, El Mago de Oz, Gremlins y DC, todos mezclados en la misma historia = NERDGASM [Fin del posible spoiler]).

batman-lego-2

Batman La LEGO Película hace gala del mismo ritmo espídico y tono hiperactivo y tontorrón de su predecesora. Los chistes y gags visuales se suceden con tal velocidad que 1) es muy fácil perderse muchos la primera vez, y 2) puede llegar a saturar y hacer que el humor acabe resultando repetitivo. Dejando esto a un lado, Batman LEGO es un gran triunfo a todos los niveles: es una comedia divertidísima, una cinta de acción espectacular, una parodia muy inteligente, una película de superhéroes ejemplar, y la mejor entrega de Batman y DC desde El Caballero Oscuro (que de nuevo, no es decir mucho, pero hay que decirlo).

Pero sobre todo, y como adelantaba antes, se trata de una exploración del mito de DC mucho más completa de lo que cabía esperar de una película hecha a base de ladrillos de juguete. El conflicto central de Batman LEGO es la superación de la propia personalidad solitaria e independiente del Hombre Murciélago, que le ha llevado a convertirse en un individuo frío y recogido en sí mismo, un hombre egoísta que no necesita a nadie más para llevar a cabo su cometido. Ni siquiera a su archinémesis, el Joker, que herido en el corazón por la indiferencia de su enemigo hacia sus fechorías decide poner en marcha su maquinación para conquistar Gotham (y reconquistar a su enemigo). Este es uno de los aspectos más hilarantes de la película, la dinámica Batman distante-Joker despechado, abordada cómicamente (pero nunca de manera ofensiva) como si se tratara de una relación romántica. Pero serán los viejos amigos (Alfred) y los nuevos aliados (Barbara Gordon y Robin) los que le ayuden a darse cuenta de lo importante que es aprender a trabajar con los demás, idea con la que la película enarbola un emotivo mensaje de celebración de la familia elegida (es decir, los amigos), especialmente importante para Batman y Robin, que tienen en común haber crecido sin la biológica.

batman-lego-3

Por supuesto, todo está envuelto en un aire de guasa que invita a no tomarnos demasiado en serio la película, pero que esto no nos haga obviar algo importante: un guion y una construcción de personajes que ya quisieran para ellos Zack Snyder o David Ayer. Y es que además de hacer reír y asombrar/marear como el mejor de los blockbusters y el cine familiar más infalible, Batman LEGO realiza una muy oportuna e irreverente metarreflexión sobre el género con la que se ríe de forma cómplice de las convenciones del cine de superhéroes y en concreto de la historia audiovisual de Batman (algo parecido a lo que hizo recientemente Deadpool, con “audiocomentario” desgranando el proceso de creación de una película, pero en su versión para todos los públicos) mientras divierte con una ametralladora de referencias, guiños (alguno disparado a la competencia) y cameos que harán las delicias de los fans de DC, y del cine y los cómics en general.

Aunque no llega (por poco) al nivel de La LEGO Películaesta nueva entrega de Batman ha resultado ser mucho más que un subproducto. Tan cuidada en el aspecto visual como la primera (esas increíblemente realistas texturas de plástico, esa gloriosa animación que simula la técnica del stop-motion sin fisuras, ese diseño de producción que nos deja una Gotham y una Batcueva para babear), y con el mismo tipo de humor desenfadado, absurdos momentos musicales y una tendencia más progresista reflejo de la evolución del cine mainstream (Batman celebra ante la audiencia que su relación con Batgirl es solo amistosa), Batman La LEGO Película supone un irresistible delirio pop que nos deja con ganas de otras aventuras LEGO/DC. En especial una centrada en ese cretino de Superman, doblado en su versión original por Channing Tatum (se da por sentada), y sobre todo otra para seguir disfrutando del mejor personaje de la película: Robin.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: ¡Ave, César!

Hail, Caesar!

Cuando me enteré de la existencia del nuevo proyecto de Joel & Ethan Coen, este se convirtió inmediatamente en uno de mis estrenos más esperados de 2016. Una comedia ambientada en el mundo del cine a principios de los 50 con números musicales y un reparto fulgurante de estrellas formado entre otros por Josh Brolin, Scarlett Johansson, Tilda Swinton, George Clooney, Frances McDormand y Channing Tatum. Lo siento si esto pone mi criterio en tela de juicio, pero ya había visto y oído todo lo que necesitaba para saber que ¡Ave, César! (Hail, Caesar!) sería una de mis películas favoritas de esta temporada. Con estos ingredientes, los Hermanos Coen no tenían que hacer demasiado para conquistarme, pero haciendo honor a su reputación, los directores no se han dormido en los laureles y les han sacado todo el partido para realizar una de las comedias más divertidas e inspiradas que vamos a ver este año.

En ¡Ave César! los Coen realizan un homenaje en clave de sátira al cine clásico de los grandes estudios, colándose entre bambalinas de varias de las producciones en desarrollo de Capitol Pictures, la misma major ficticia que utilizaron en Barton Fink (1991). La película sigue al jefe de producción del estudio, Eddie Mannix (Brolin), mientras lidia con los problemas habituales de su trabajo y se enfrenta a una crisis de proporciones mayúsculas: los comunistas han raptado a Baird Whitlock (Clooney), la gran estrella del péplum “¡Ave, César!”, y piden una recompensa para liberarlo a tiempo para terminar la película. Mannix debe hacer lo posible por ocultar el secreto a la prensa sensacionalista y recuperar al actor, mientras hace malabares para mantener a flote las demás producciones de Capitol y proteger a sus estrellas del escándalo: una adaptación de Broadway que corre el riesgo de hundirse al contratar como protagonista a un inepto actor de westerns con voz de pito, Hobie Doyle (Alden Ehrenreich), o un embarazo fuera del matrimonio de una de las estrellas más queridas de Hollywood, DeeAnna Moran (Johansson). Todos hemos oído historias turbias sobre las leyendas de Hollywood, pero preferimos quedarnos con la imagen glamurosa que nos ofrece el cine. Sin embargo, los Coen quieren que miremos más allá del glamour y nos riamos de lo que vemos.

De esta manera, la película toma forma en una serie de viñetas que nos muestran los entresijos del studio system para desmitificar con un gran sentido del humor el Hollywood dorado de la posguerra, con la amenaza “roja” y la caza de brujas como telón de fondo. ¡Ave César! nos prepara un tour en el que saltamos de plató en plató para presenciar la caótica realización de varias películas durante esta época de cambio para el cine, salpicando así el film de interludios en forma de números musicales con los que los Coen dan rienda suelta a su pericia técnica y su exquisito gusto para filmar. La estética de las películas de los 50 es reproducida con sumo detallismo y elegancia para transportar al espectador a esta década mediante secuencias espectaculares, como el prodigioso número de claqué (con connotaciones gays) protagonizado por Channing Tatum en homenaje a Gene Kelly (tan bien ejecutado que uno buscará en vano dónde está el truco digital) o la preciosa coreografía acuática liderada por la no menos hermosa sirena Scarlett Johansson (que evoca a la de Esther Williams en Millon Dollar Mermaid). Todo para luego desmontar la magia del cine mostrándonos su verdadero rostro. Pero los Coen no se regodean en el lado más grotesco de la industria, sino que optan por la parodia amable con los toques surrealistas propios de su cine para reflexionar sobre la mentira de la fábrica de sueños (y por extensión, de la vida y la realidad) y hablarnos de la crisis existencial de un hombre atrapado en ella. Es decir, ¡Ave César! es una comedia ligera, pero no necesariamente trivial.

Hail, Casar!

Brolin personifica a la perfección esta dualidad de la película, fluctuando entre la serenidad y el caos que hay siempre en el cine de los Coen. Su magnética presencia y su talento para la comedia “seria” lo convierten en un gran protagonista (es comprensible que los Coen le saquen tantos primeros planos), pero el actor está rodeado de estrellas que también se encuentran en perfecta sintonía con los directores y forman un reparto redondo. Como de costumbre, Clooney derrocha simpatía y carisma, luciéndose especialmente en la escena final del péplum, un broche de oro que si no fuera por la presencia del actor, parecería directamente sacado de una superproducción real de los 50; Ralph Fiennes vuelve a desplegar su fantástica vis cómica después de El gran hotel Budapest; Frances McDormand sale en una sola escena pero es suficiente para desatar las carcajadas; Swinton aporta la nota más absurda con un extravagante personaje doble, dos gemelas directoras de sendos tabloides cinematográficos; Tatum y Johansson apenas tienen un par de secuencias cada uno, pero se bastan para dejar huella en la película con dos sorprendentes personajes caricatura (ambos son muy inteligentes eligiendo sus proyectos y saben explotar sus talentos como nadie, y aquí están inmejorables). Y por último, la verdadera estrella de ¡Ave César! es el semi-desconocido Alden Ehrenreich, un auténtico robaescenas que clava al ídolo paleto (con un aire a James Dean) y nos deja las escenas más hilarantes de la película.

¡Ave César! es una comedia deliciosamente excéntrica, una obra de energía contagiosa con la que las risas están garantizadas de principio a fin, especialmente para cualquier cinéfilo que presuma de conocer el mundo que retrata y las tensiones políticas de las que se mofa. Con un sentido del humor afilado y una puesta en escena impecable (el número de Tatum por sí solo ya amortiza la entrada), los Coen vuelven a demostrar que son unos maestros haciendo comedias inteligentes que se hacen la tonta, así como unos expertos recorriendo esa delgada línea que existe entre lo sublime y lo ridículo.

Valoración: ★★★★

Magic Mike XXL es mucho mejor de lo que parece (en serio)

Magic Mike XXL Channing Tatum Matt Bomer

En 2012 vi Magic Mike (¡en el cine!), motivado por la curiosidad y sobre todo por la entrepierna. A juzgar por la picante campaña promocional, la película prometía un espectáculo de striptease masculino orientado sobre todo a pandillas de mujeres con ganas de fiesta y cachondeo. Pero su director, Steven Soderbergh, no concibió la película como una despedida de soltera cinematográfica, sino que sus intenciones eran algo más serias. Bajo la apariencia de producto ligero para una noche loca de verano, Magic Mike escondía voluntad de melodrama social de personajes. Y ahí es donde Soderbergh cometió el primer errorUna película de estas características pedía menos drama, menos intensidad, y más diversión, y el inconsistente acabado final lo confirmaba. Afortunadamente, esto sirvió para reajustar el tono de la imprevisible secuela (donde Soderbergh delega la dirección en uno de sus productores y guionistas habituales Gregory Jacobs) y hacer reset con la intención de ofrecer, esta vez sí, lo que la primera película había prometido sin cumplir.

Por eso, Magic Mike XXL constituye una muy grata sorpresa, una película que mejora la fórmula considerablemente, deshaciéndose del desubicado aire de autoimportancia y drama independiente de autor de la primera entrega para convertirse en una simple comedia de colegas con un único objetivo: divertir al respetable. Sin un solo minuto de aburrimiento, Magic Mike XXL se estructura como una road movie a lo Little Miss Sunshine o Priscilla, reina del desierto, en la que Mike (Channing Tatum), retirado desde hace tres años del mundo del baile, reúne a los Reyes de Tampa (su grupo de strippers, o mejor dicho, “male entertainers”, que es el término menos ofensivo) para una última performance en Myrtle Beach. En un principio dispuestos a tirar la toalla, el grupo de amigos (menos Matthew McConaughey, que se desentendió del proyecto, y Alex Pettyfer, que tuvo un encontronazo con Tatum y no repite) acaba subiéndose a bordo de la autocaravana con Mike, para jubilarse con un último espectáculo legendario en la mayor de las convenciones de strippers. En el camino, los chicos de Mike hacen paradas en varios lugares, donde se reencontrarán con viejas amistades, forjarán nuevas relaciones y examinarán sus frustraciones personales y sueños de futuro más allá del mundo del baile erótico.

10.22_ 2977.tiff

Como decía, sin más pretensión que la de hacer reír y propagar buen rollo, Magic Mike XXL es una fiesta continua, una celebración a la que es imposible resistirse. Su aire relajado y desenfadado es contagioso, e invita a emular a sus intérpretes y dejarse llevar. Los actores se lo están pasando bien y se nota, no hay drama en el ambiente y no hay mucho en juego, de ahí que la película acabe resultando tan fresca y natural. Pero es que además, Magic Mike XXL puede presumir de otros aciertos: principalmente el mensaje de positividad del cuerpo que recorre todo el film, de respeto y compañerismo (sin moñadas), una mayor integración y diversidad (más mujeres con un espectro mayor de edades, razas y físicos, una escena en un club gay), y la práctica ausencia de sexismo o mal gusto. Teniendo en cuenta el tipo de película que es, tiene más mérito todavía.

Ni que decir tiene que, a pesar de todas estas virtudes, lo que el público va a ver principalmente en esta película es a los actores meneando trasero y delantera, y contorsionando sus cuerpazos depilados ante los gritos extasiados de hordas de damas desatadas. Y en ese sentido, Magic Mike XXL tampoco decepciona, claro está. Imposible hacerlo cuando vuelve a contar con las mismas “armas” que ya fueron infalibles en la primera parte (con excepción de los dos desertores mencionados, que tampoco se echan de menos). Nos alegra ver nuevas incorporaciones como la de Donald Glover (en su fase de autobúsqueda artística, dando vida a un DJ/cantante/animador/stripper?), nos divierten las escenas en las que aparecen Andy McDowell (hilarante encuentro entre generaciones) y Jada Pinkett Smith (no por ella, que es muy mala actriz, sino porque sus escenas en el club de Rome son de una exuberancia embriagadora), y nos gusta ver a la omnipresente Elizabeth Banks y a la cada vez más destacable Amber Heard, que por suerte sustituye a aquel palo de una sola expresión que era Cody Horn. Pero aquí el centro del escenario lo sigue ocupando muy merecidamente Channing Tatum, que desprende su habitual carisma de andar por casa y sigue moviendo el cuerpo como nadie (lo suyo es hipnótico). Tatum inaugura la película por todo lo alto, protagonizando una cómplice secuencia de baile espontáneo en su taller que destaca por lo exquisitamente ridícula y autoconsciente que es. Al igual que la (larguísima) traca final, un agotador espectáculo camp que de nuevo, hace que nos preguntemos en qué estaban pensando para no estrenar la película en 3D.

JoeManganielloMagicMikeXXL3

Mención aparte merece el robaescenas oficial del film, Joe Manganiello, cuya imponente presencia da para momentos de impresión con los que se lleva la película de calle, especialmente la descacharrante secuencia que tiene lugar en la gasolinera a ritmo de los Backstreet Boys, sin duda la más divertida y memorable de la película. De hecho, cuando la vi en el cine, esta escena provocó aplausos y risas como nunca había oído en una sala, y lo mismo ocurrió con otros momentos de humor, que fueron celebrados con carcajadas y vítores. Y ojo, creo que no eran solo las hormonas desatadas del público (con el pavo) al ver los cuerpazos en movimiento o el primer plano de Tatum que abre la película (que desató un suspiro colectivo con el que aun me estoy riendo, por cierto), sino también un sentimiento genuino de diversión, generado por un tipo de comedia muy simple pero efectiva, y una acertada camaradería entre personajes que resulta muy orgánica (con la excepción quizá del personaje de Matt Bomer, arruinado al ser convertido en algo completamente irritante y caricaturesco, tanto que no queda más remedio que acabar riéndose).

Magic Mike XXL es un pasatiempo estupendo, hace gracia, rebosa encanto y, lo mejor de todo, tiene corazón. No es tan fácil hacer una comedia para adultos así (mirad si no el 90% de las que se estrenan al año), y es injusto que su impopularidad default o su naturaleza de producto ligero le reste mérito. Os recomiendo liberaros de prejuicios y darle una oportunidad. Da igual si sois hombre o mujer, o cuál es vuestra orientación sexual. El buen rato está garantizado. Y por si acaso quedaba alguna duda: sí, estoy hablando en serio en todo momento.

Valoración: ★★★★

Crítica: Los Odiosos Ocho

THE HATEFUL EIGHT

Hay pocos directores de cine tan seguros de sí mismos y con el control de su estilo y sus universos de ficción como Quentin Tarantino. Lo ha demostrado una y otra vez, elevando el pastiche y el homenaje (o imitación) a un arte cinematográfico que pocos dominan. Tarantino no se sale de su zona de confort, porque ahí dentro es un maestro. Por eso con su octava película, Los Odiosos Ocho (The Hateful Eight), va sobre seguro. Un reparto de actores fetiche para el realizador de Tennessee, diálogos marca de la casa, violencia pasada de rosca, reverencia a uno de sus géneros predilectos, el western (rodado además en nostálgico 70mm), y ese sentido del humor tan particular. Nada de esto falla en Los Odiosos Ocho, sin duda un “lugar feliz” para los incondicionales del director, en el que la novedad más destacable es que el título de la película está formado por tres palabras, en lugar de dos.

Los Odiosos Ocho nos traslada a la época inmediatamente posterior a la Guerra de Secesión en Estados Unidos, al mundo de la Frontera, con sus “Se Busca Vivo o Muerto”, sus forajidos y sus diligencias. Con una variación: estamos ante un western nevado de interiores con espíritu de obra de teatro. El paisaje invernal de Wyoming es el escenario donde se sitúa la acción, concretamente dentro de la Mercería de Minnie, una parada para diligencias en un puerto de montaña, durante un feroz temporal de nieve. Uno de esos coches de caballos arriba en la Mercería llevando cuatro pasajeros, que son recibidos por cuatro hombres. Cuatro y cuatro, ocho (más algún acoplado que no sabe dónde se ha metido). Como siempre, Tarantino cuida al máximo la caracterización y las historias de sus personajes, con el objetivo de convertirlos en iconos desde el primer minuto. Y estos ocho personajes (unos más que otros) son decididamente memorables.

El cazarrecompensas John Ruth (Kurt Russell) lleva a su fugitiva, Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh), al pueblo de Red Rock, donde Ruth, más conocido como “el Verdugo”, debe llevar a la delincuente a la justicia. Por el camino se encuentran con dos desconocidos: el mayor Marquis Warren (Samuel L. Jackson), otro cazarrecompensas antiguo soldado negro de la Unión, y el nuevo sheriff de Red Rock, Chris Mannix (Walton Goggins), sureño con pocas luces que se dirige al mismo lugar para ocupar su nuevo puesto. En la Mercería, estos cuatro sospechosos personajes conocen a Bob (Demian Bichir), mexicano a cargo del local mientras Minnie se encuentra ausente, el sofisticado británico Oswaldo Mobray (Tim Roth), el vaquero de voz rasgada y pocas palabras Joe Gage (Michael Madsen) y el general confederado Stanford Smithers (Bruce Dern).

Hateful EightComo si de un “episodio botella” de una serie se tratase, Los Odiosos Ocho transcurre casi íntegramente en el mismo lugar, impulsada por una dialéctica constante entre estos ocho personajes, en la que se van destapando heridas abiertas y el pasado se va apoderando del relato, hasta que lo conquista. Los diálogos tarantinianos son lo que mueve la acción durante una primera hora y media que, no obstante, puede resultar algo pesada, en la que el director no consigue brillar en su escritura como de costumbre. En esta ocasión, las casi tres horas de metraje que dura la película no están justificadas, y lo que se cuenta en la primera sección del film podría haberse reducido a la mitad sin problemas. Pero ya sabemos cómo es Tarantino. My way or the highway. Su cine suele funcionar de esta manera, se va calentando a fuego lento, a su ritmo (por capítulos), sin prisa, y va yendo a más, para culminar en un acto final en el que la sangre llega al río, y lo desbordaLos Odiosos Ocho no es una excepción. Como dice un personaje durante la película, “El nombre del juego es ‘paciencia'”. Efectivamente, si uno escucha atentamente y aguanta con calma la primera parte, le aguarda una gran recompensa en la segunda. Una última hora divertidísima, en la que el humor estalla después de ir a medio fuelle casi todo el tiempo, y donde el juego de misterio que es su historia nos reserva un par de giros y triquiñuelas narrativas que ponen el resto de la película en perspectiva.

Aun con todo, a ratos da la sensación de que el director se mueve por inercia, confiando demasiado en que bastará con desplegar los mismos trucos de siempre, porque tiene a su público en el bolsillo. Por eso en esta película son los demás los que se llevan verdaderamente el gato al agua. Concretamente el legendario Ennio Morricone, que firma una banda sonora que se eleva por encima de la cinta (la música durante los créditos iniciales pone los vellos de punta), el director de fotografía, Robert Richardson (que hace maravillas tanto en interiores como cuando se nos deja ver el impresionante paisaje nevado que sitia a los personajes), y por supuesto el reparto, consistentemente excelente (a excepción quizá de Tim Roth, en un papel sin duda escrito para Christoph Waltz, en el que el británico imita… a Christoph Waltz, y Channing Tatum, que menos mal que sale poco, porque no consigue hacerse con el tono de su personaje). Russell está especialmente inspirado, y si Leigh se ha llevado muchos laureles por su (sobre)interpretación demente y desquiciada, quien está en estado de gracia es Samuel L. Jackson, que merece una nueva nominación al Oscar ya solo por su sádico flashback narrado, uno de los momentos que más serán recordados de la película.

 Los Odiosos Ocho no es el mejor Tarantino, pero es puro Tarantino, lo que debería ser bastante.

Valoración: ★★★½

Crítica: El destino de Júpiter (Jupiter Ascending)

Jupiter Ascending

A Andy y Lana Wachowski ya les da exactamente igual todo, y la prueba definitiva es esa hipnótica y fascinante debacle que es El destino de Júpiter (Jupiter Ascending). Haciendo balance de su carrera, no cabe duda de que con Matrix (1999) tocaron techo. Tras aquella lección de ciencia ficción y cine palomitero de calidad, bien podrían haberse retirado (muchos desearían que así hubiera sido), pero insistieron en quedarse, no porque tuvieran muchas historias que contar, sino porque sus cabezas acabarían estallando sin un lugar donde plasmar los universos que las abarrotan. Y es que como atestigua su filmografía posterior (las decepcionantes secuelas de Matrix, la insípida Speed Racer o la desbordante El atlas de las nubes), lo que a Andy y Lana les interesa hoy por hoy es edificar mundos de fantasía y diseñar las reglas que los ponen en funcionamiento y los derrumban (la lógica es lo de menos). Ellos ya no son narradores, son arquitectos, alquimistas, amos del calabozo. Y El destino de Júpiter no es más que el siguiente paso natural en su carrera, una epopeya espacial a medio camino entre Dune y El quinto elemento con la que “The Wachowski Brothers” nos piden hacer la vista gorda a lo risible de su argumento para poder disfrutar del festín visual y el fastuoso espectáculo que nos han preparado, en todo su esplendor camp.

Es la única manera de apreciar una película en la que una joven llamada Júpiter Jones (Mila Kunis), que trabaja limpiando retretes de gente adinerada (seguramente limpie más cosas, pero los Wachowski se empeñan en poner a Kunis de rodillas a frotar inodoros como si no hubiera mañana), resulta ser la reencarnación genética de la fallecida emperatriz del planeta Abraxas, donde sus herederos al trono luchan por el control de la Tierra, que ha sido utilizada desde la era de los dinosaurios como “granja” para producir un suero de juventud eterna para los alienígenas (un momento que retome la respiración), y cuyo destino depende de Júpiter, que con la ayuda de Caine Wise (Channing Tatum) -un guerrero humanoide medio albino con “más en común con un perro que con un humano” y adorables orejas de elfo que vuela y hace parkour con botas-cohete y se pasa la mitad de la película sin camiseta porque sí gracias-, viaja a través del espacio para detener al heredero Balem (estrepitoso Eddie Redmayne pidiendo el Razzie para hacer compañía a su Oscar), una melodramática diva carraspeante con mommy issues, y así salvar a la Tierra (aspiro y acabo con el oxígeno de la habitación). Eso es, muy a grandes rasgos, la trama de El destino de Júpiter, y me he dejado cosas tan importantes como la milicia de lagartos, los extraterrestres con caras de animales de peluche (salidos de Lilo & Stitch), las abejas dotadas biológicamente para detectar la realeza (!!!) y Sean Bean viviendo para contarlo, si es que es capaz.

JUPITER ASCENDING

Vamos, que El destino de Júpiter es demasiado fuerte para ser real; una space opera romántica con aires de cuento de hadas en la que la coherencia interna (y de cualquier tipo) brilla por su ausencia y todo giro y acontecimiento responde a una máxima: ¿¡Y por qué no!? Si Mila Kunis no se pregunta en ningún momento qué cojones está ocurriendo a su alrededor y se zambulle en la locura asimilando sin rechistar la información con la que la bombardean los personajes que se va encontrando (porque la embelesan con los vestidos más bonitos del universo, literalmente), ¿quiénes somos nosotros para hacer lo contrario? Sobre todo cuando se nos arrastra hacia una rocambolesca vorágine de acción diseñada para desorientarnos (prueba superada especialmente con las adrenalínicas secuencias de vuelo) y distraernos así de los escandalosos agujeros narrativos y la confusa mitología que no deja de (sobre)explicarse en ningún momento. Es una pena que las locas estas no sean capaces de (o no quieran) aprovechar las buenas ideas y conceptos que amasan (“el tiempo es el recurso más valioso del universo”) para contar una historia con un discurso más satisfactorio, pero es que los Wachowski nos lanzan tantas cosas brillantes y bonitas a la cara (¡esa arquitectura, ese vestuario con más de 1.3 millones de cristales Swarovski, esos colores, las pecas de Channing Tatum!) que lo demás nos acaba dando exactamente igual, como a ellos.

Jupiter Jones

Para gozo del niño o la niña de 13 años que llevamos dentro, El destino de Júpiter es en esencia una de esas fantasías épicas de los 80, un cuento exquisita y ridículamente kitsch protagonizado por una princesa en peligro (además de limpiando váteres, Kunis se pasa la película cayendo al vacío) y su aguerrido caballero, diamante en bruto de procedencia humilde y gran corazón, como Westley, o Aladdin (porque Júpiter también tiene algo de clásico noventero de Disney), donde no importa tanto lo que se cuenta, sino lo que se muestra. Una película que, como decíamos al principio, se esfuerza en crear un universo nuevo desde cero, pero lo hace abasteciéndose de mundos ya inventados por otros. Además de la mencionada Dune (evidente fuente de inspiración), El destino de Júpiter aglomera referentes y estilos para dar y regalar: un poco de cyberpunk, una pizca de tecno-anime, un toque de LegendLa princesa prometida (y no me digáis que ese “Your Majesty” no es el “As You Wish” de esta película), Blade Runner, Star Wars, y por supuesto, Brazil y el imaginario de Terry Gilliam (cuyo oportuno cameo en el film ya amortiza la entrada).

Lógicamente, el resultado es un batiburrillo caótico y sobrecargado, pero también una película viva y en constante movimiento, una que ha venido a divertirse y se divierte, como demuestra su tendencia a abandonarse sin vergüenza al humor bizarro (el flirteo zoofílico entre Kunis y Tatum es de ver para creer). Por eso, por todo lo citado anteriormente, y especialmente por Balem Abraxas (uno simplemente no supera a Balem Abraxas), El destino de Júpiter tiene todas las papeletas para convertirse con el tiempo en una de nuestras películas de culto favoritas, un estrepitoso fracaso comercial que el universo acabará poniendo en su sitio, junto a la realeza camp del cine. Y si no me creéis, preguntad a las abejas, porque no lo olvidéis nunca: Bees don’t lie.

Valoración: ★★★½

Crítica: Foxcatcher

FOXCATCHER

En The Office, Michael Scott era un hombre alejado de la realidad, con una percepción de sí mismo muy distinta a la que los demás tenían de él y una tendencia a ponerse en situaciones ridículas con el propósito de demostrar su valía como líder y como persona. En Foxcatcher, John du Pont es un cincuentón rico que se ha construido (pagado) una imagen como patrón y gurú, y dedica su tiempo y energía a convencer al mundo de lo mismo que él ya se ha convencido. Lo que a simple vista ambos personajes tienen en común es al tremendo Steve Carell. Lo que los separa, a pesar de sus muchas similitudes, es que mientras el trastorno psicológico de Michael Scott provenía de una bondad intrínseca y el deseo de ser querido, el de John du Pont es simple y llanamente una psicopatía.

La historia de Foxcatcher, basada en hechos reales, da comienzo cuando Du Pont invita al ex-campeón olímpico de lucha libre Mark Schultz (Channing Tatum) a su finca, donde el ocioso ricachón pretende entrenarlo junto a otros jóvenes luchadores, de cara a los Juegos Olímpicos de Seúl de 1988. Mark, que vive solo, arruinado, y siempre a la sombra de su hermano David (Mark Ruffalo), también medallista olímpico que ahora se dedica a entrenar en su ciudad natal, acepta la oferta de Du Pont para escapar del vacío existencial en el que está sumido. Schultz se convierte así en el nuevo juguete (figura de acción sería más apropiado teniendo en cuenta el imponente físico de Tatum) de Du Pont, su nuevo amigo comprado por catálogo sin el permiso ni la aprobación de su madre (Vanessa Redgrave), con la que todavía vive muy a pesar de ella. Schultz entra en el juego de Du Pont, no porque éste sepa esconder su verdadero rostro, sino porque el pobre muchacho no tiene ni dos dedos de frente. Confinado en la granja “Foxcatcher”, donde se somete a un sonrojante entrenamiento de mentira, Schultz verá cómo la extraña amistad que el caudillo Du Pont ha confeccionado para ellos se va transformando en una grotesca pesadilla de la que es muy difícil escapar.

FOXCATCHER

Con Foxcacther, Bennett Miller (Truman CapoteMoneyball) realiza un potente retrato de la América más patética, un fresco empapado de tristeza sobre la idiotez más profunda, lleno de personajes que, lejos de poseer cualidades redentoras o psicologías verdaderamente complejas, son o bien rematadamente tontos, o directamente trastornados. Pero Miller no está especialmente interesado en mostrar a sus personajes como típicos antihéroes cinematográficos. Incluso cuando estos se desnudan emocionalmente (véase la potente escena en la que Tatum rompe el espejo con la cabeza), no dejan de ser en ningún momento seres extremadamente idiotas y pusilánimes, lo que quizás resulte en una película difícil de digerir. Lo que el realizador quiere es que sus impedidos intelectos queden al descubierto en todo momento, que no haya verdugos y víctimas, sino distintas representaciones del paleto yanqui, algo que la película logra con creces gracias a las soberbias interpretaciones de sus actores -en especial la de Carell, que se come la cámara con su inquietante presencia. Mark es un tarugo con cerebro de mosquito (Tatum está excelente, dicen que porque el papel está hecho a su medida), David es el paradigma de la simpleza suburbana (Ruffalo cumple, pero su nominación al Oscar es excesivo) y Du Pont, probablemente el más cateto de los tres, se cree cualificado para ejercer de guía espiritual de estos brutos, desechos del sueño americano. Todo un cuadro.

Foxcatcher es un film apasionante en su empeño por destapar las miserias de estas personas aburridas e insignificantes, un trabajo de dirección preciso e impecable que recoge con maestría el espíritu oscuro y decadente del relato, así como esa sensación de “tierra, trágame” de la que aquí uno no se puede liberar riendo como en The Office. Mediante un ritmo pausado y contemplativo en el que la tensión se va acumulando hasta su explosivo final y una ambientación opresiva y enfermiza (potenciada por el tenso score de Rob Simonsen y la imponente fotografía de Greig Fraser), Foxcatcher nos va introduciendo, y encerrando, en el embuste de Du Pont, y la pesadilla de Schultz, hasta que un ensordecedor disparo nos despierta y nos permite escapar hacia una realidad que, aunque parezca mentira, no dista demasiado de lo que acabamos de ver.

Valoración: ★★★★½

Crítica: Asalto al poder (White House Down)

1183878 - WHITE HOUSE DOWN

El cine de Roland Emmerich, como el de Michael Bay, puede resumirse en dos palabras: “Norteamérica” y “explosiones”. No nos hace falta más para identificar una obra como perteneciente a uno de estos dos autores. En efecto, autores, porque ambos presentan férreos estilemas fácilmente identificables y achacables a sus nombres, y porque sus filmografías, por muchos vapuleos (justificados) que hayan acumulado, son coherentes como pocas y cumplen con solvencia una clara función: divertir explotando el aspecto más espectacular y escapista del cine. Con su nueva película, Asalto al poder (White House Down), Emmerich regresa a la fórmula de Independence Day: invasión + humor, elementos que, combinados con el americanismo más sonrojante y edificios (o en este caso, edificio) volando por los aires, componen la definición del placer culpable, del blockbuster veraniego por excelencia (aunque a nosotros nos llegue en el ocaso estival).

El argumento es prácticamente clónico al de Objetivo: La Casa Blanca, que vimos en mayo de este año. Aunque tanto su director como sus protagonistas, Jamie Foxx y Channing Tatum, niegan haber conocido la existencia del proyecto antes de embarcarse en el suyo, e incluso confiesan que todavía no han visto la película. La casa más segura de Norteamérica sufre un ataque poniendo en jaque al país, y por consiguiente, al mundo entero. En este caso, la amenaza proviene del interior (“Estoy llamando desde dentro de la casa”), lo que supone un distanciamiento sustancial de otras propuestas similares que se basan en el terror provocado por el extranjero, o directamente en el terror a lo exógeno. Como suele ocurrir también en este tipo de películas, será un hombre normal y corriente, John Cale -Tatum y su acartonado rostro canalizando muy evidentemente a John McClane-, un héroe de andar por casa, el que salve al mundo de ser destruido por un dedo índice (sí, aquí también tenemos botón rojo con el que una sola persona puede desatar la Tercera Guerra Mundial) y nos devuelva la paz mundial, para que sigamos tomándonos nuestros pancakes tranquilos.

1183878 - WHITE HOUSE DOWN

Sin embargo, este everyman yanqui, padre soltero que se pierde el recital de su hija (versión femenina del partido de béisbol según Emmerich), tiene un compañero de faenas: el mismísimo presidente de los Estados Unidos, interpretado por Foxx. El Presidente Sawyer no es un súper hombre (a pesar de estar confesamente basado en el marveliano presidente actual, Barack Obama), al menos no en el sentido más comiquero de la palabra. No es un ex militar condecorado, y por tanto no tiene experiencia de ninguna clase en el campo de batalla. Sawyer es, como Cale, un hombre normal y corriente, que valora sus Jordans por encima de muchas cosas. De hecho, el Presidente Sawyer es todo un geek, miope y a ratos bobalicón, que no tiene reparos en aparecer en el videoblog de la hija de Cale (fantástica Joey King pisando los talones de Chloë Moretz) y que se pone las gafas antes de apuntar con su arma. Y eso es lo que lo hace extraordinario. Por esta razón, Asalto al poder, más que una película de acción, es una buddy movie. Tatum y Foxx forman un tándem resultón que parece habérselo pasado genial rodando la película.

Porque los niveles de comedia en Asalto al poder son más bien elevados. Emmerich no parece tener demasiada vergüenza y no repara en pequeñeces como la verosimilitud o el sentido común, porque este no es ese tipo de película. Asalto al poder está hecha para divertir, nada más, y nada menos. Que se banalice la muerte (de víctimas y verdugos), que se haga malabares con ideologías y cuestiones morales, que se ponga a una niña un arma en la sien, no debería distraer de los chistes, porque hay muchos, y algunos hasta son medio buenos, o de la acción, que una vez empieza no da tregua. Emmerich no oculta en ningún momento la naturaleza (casi) paródica de la película, con sus villanos de dibujos animados (“No toquéis mis juguetes”, dice Jimmi Simpson, poco antes de intentar bombardear Apple por su descontento con su política musical) y sus chascarrillos entre terrorista muerto y sección de la Casa Blanca destruida.

..

Asalto al poder es una gran broma, un jocoso homenaje al libérrimo cine de acción pre-11S según las nuevas reglas del blockbuster post-11S, que agota por completo todos los tópicos del género. Sin embargo, Emmerich es incapaz de contenerse, como es habitual en su cine, y el metraje se le va de las manos excesivamente, provocando que el incesante metralleo de incongruencias, agujeros y absurdos acabe agotando, algo que ni que el inolvidable Donnie el Guía es capaz de evitar. Para la media hora final de Asalto al poder ya no nos quedan fuerzas para reírnos de lo increíblemente ridículo que es todo. Solo echamos de menos a los extraterrestres. Aunque tampoco nos hacen falta para experimentar (e incluso disfrutar) Asalto al poder como la desvergonzada fantasía de ciencia ficción que es.

Estrenos de cine destacados – Viernes 05/04/13

El estreno de la semana: EVIL DEAD

 

Un amor entre dos mundos (Upside Down, Juan Solanas, 2012)

En esta película todo está, literalmente, del revés, incluyendo la coherencia y la lógica interna. Desde los créditos con la voz en off del protagonista -un Jim Sturgess al que ya se le ha pasado el arroz interpretativo-, ahorrándonos el trabajo de sacar conclusiones sobre la película, hasta un final abrupto que cierra de la manera más torpe y chapucera todos los frentes abiertos, Un amor entre dos mundos hace gala de una ineptitud absoluta a la hora de introducir -y conservar- al espectador en el interesante mundo que plantea.

No hay suspensión de la incredulidad que valga. Estamos ante una película que crea dos mundos enteros desde cero y no es capaz de aportar un sólido decálogo que los sostenga. Solanas sobreexplica lo innecesario, lo más nimio, lo que el espectador ve con sus propios ojos, y se escaquea de dar cualquier tipo de respuesta a las grandes cuestiones de la película. Veremos al protagonista agarrar una caja que le lanza otro personaje al aire y decir dos veces “la he cogido”, pero el avance científico que cambiará para siempre la humanidad se explicará con un “me han dicho que tú lo entenderás” -así que no me molesto en dar detalles. La cantidad de deus ex machina que conforman esta película es incalculable. No hay un solo giro de guion o acontecimiento en la historia que no esté introducido a la fuerza para tapar agujeros y hacerla avanzar en la dirección que Solanas se empeña en tomar, a oídos sordos de lo que su sentido común le dice. Da igual que la historia de amor entre Adam (Sturgess) y Eden (Kirsten Dunst) sea, en teoría, más grande que el universo. Ni siquiera eso es capaz de evitar que este se desmorone por completo.

El director argentino se mete en mil y un berenjenales, del más cósmico al más microscópico, y no es capaz de encontrar maneras naturales y fluidas de salir de ellos. Antepone las buenas ideas visuales a la coherencia narrativa y sacrifica cualquier posibilidad de construir un discurso satisfactorio y un relato que atrape de verdad. “Pero esto no tiene sentido, señor Solanas”, “Da igual, pero, ¿y lo bonito que queda?” Un amor entre dos mundos resulta infantil y amateur. La cantidad de potencial malgastado es desoladora.

Efectos secundarios (Side Effects, Steven Soderbergh, 2013)

Con este thriller farmacológico -como se empeñan en denominarlo en todas partes-, Steven Soderbergh construye una (otra) película sólida y disfrutable que fluye como si hubiera sido realizada sin excesivo esfuerzo, y con mucho oficio. No en vano, es su quinta película como realizador en apenas dos años -sin contar la TV Movie Behind the Candelabra, aun por estrenar. Pero la inquietud e hiperactividad -o prisa, porque el director ha anunciado que se retira indefinidamente de la dirección- no desluce el resultado, ni de este el que quizás sea su último filme -aunque no nos lo creemos demasiado-, ni de los que le han precedido, las nada desdeñables Contagio o Magic Mike.

Efectos secundarios es una interesante y muy hollywoodiense aproximación al mundo de los fármacos contra la depresión. Una aguda reflexión vestida de absorbente cinta de suspense que nos adentra -no sin la pertinente dosis de demagogia y factor espectacular- en una realidad muy afín a la sociedad norteamericana, que desde el otro lado del charco contemplamos con una mezcla de fascinación y horror. Como el doctor Jonathan BanksJude Law en su mejor papel en muchos años- afirma, en Europa, ir al psicólogo es síntoma de problema, en Estados Unidos significa que el problema se está curando.

Un asesinato pone en marcha un relato de engaños, apariencias y conspiraciones que se las arregla para inquietar y despertar la duda razonable del espectador en todo momento, gracias sobre todo al buen hacer del reparto -en especial Rooney Mara y una fantástica Catherine Zeta-Jones. Sin embargo, a Soderbergh, y a Scott Z. Burns -guionista de la película-, se les va la mano a la hora de atar cabos, en un aturullado y confuso desenlace que se empeña en no dejar absolutamente nada a la imaginación del espectador -como Magic Mike, pero de otra manera. Por culpa de la búsqueda hitchcockiana del crimen perfecto, la historia se acaba resintiendo irremediablemente. Eso sí, a Soderbergh hay que reconocerle el mérito: el hombre sabe cómo hacer películas. Si de verdad se retira de la profesión, puede estar tranquilo, lo hace después de firmar una notable trilogía.

Posesión infernal: Evil Dead (Evil Dead, Fede Álvarez, 2013)

-Insertar párrafo sobre remakes, reboots, la falta de originalidad de la industria cinematográfica de Hollywood, la crisis creativa del cine, y todo eso-

Y ahora al grano: Me da exactamente igual si esta nueva Evil Dead era necesaria o no -¿cuándo son los remakes necesarios?-, lo que tengo claro es que esta es una película que yo sí quería ver. Y que después de hacerlo, puedo afirmar con toda convicción que estamos ante uno de los mejores reboots que se han hecho en los últimos años -y el número total es inabarcable. Absolutamente enervante y desquiciante, burra y demencialPosesión Infernal 2013 no se anda con remilgos, y hace un esfuerzo sobrehumano por estremecer completamente al personal a base de imágenes impactantes que harán girar la cabeza -360 grados- a más de uno.

Con el equipo de productores original –Raimi, Tapert y el gran Bruce Campbell– y bajo la mirada de un director novel, la película se mantiene más o menos fiel a su referente, pero se adapta a las sensibilidades de la muy experimentada y suspicaz audiencia. Debemos tener en cuenta un factor muy importante a la hora de adentrarnos en Evil Dead, y sobre todo al imaginarnos el proceso de escritura de la película -desempeñado por Álvarez en colaboración con la mismísima Diablo Cody-, y este no es otro que la existencia de una pequeña película con la que seguro que ya estáis más que familiarizados: The Cabin in the Woods. La cinta de Drew Goddard y Joss Whedon deconstruyó Evil Dead -y todas las sagas slasher que le sucedieron- en un ejercicio metanarrativo que marcaba un antes y un después en el cine de terror moderno. ¿Cómo acometer la empresa de hacer una nueva Evil Dead cuando es, oficialmente, la tercera versión de la historia, y sobre todo, cuando ya se han explicitado y desmitificado todos sus mecanismos narrativos? Muy sencillo: yendo más allá que todas ellas juntas.

Al final no es tan importante y decisivo que se haya intentado dar lógica y trasfondo a la historia -gran trabajo de Álvarez y Cody anticipándose a las repelentes preguntas del espectador más descreído- porque lo más -lo único- importante es remover estómagos y conseguir que el espectador clave las uñas en el muslo de la persona con la que ha ido al cine. No estoy seguro de si Posesión infernal: Evil Dead será para vosotros “la experiencia más aterradora que vais a vivir”, pero desde luego no defraudará a los que vayan buscando emociones fuertes.

Para terminar, tres consejos: que los aprensivos se mantengan alejados de la sala, que los que vayan a verla no vean el tráiler -que incluyo aquí debajo solo para no desequilibrar la entrada-, y que os quedéis a ver los créditos finales.