Crítica: La casa del reloj en la pared

Eli Roth es conocido por dirigir películas como Cabin Fever, Hostel 1 y 2 o El infierno verde, así como por sus apariciones como actor en Death Proof y Malditos bastardos, de Quentin Tarantino. ¿Qué tienen en común estas películas? Que todas son para mayores de 18 años y están repletas de violencia explícita y gore. Por eso resulta chocante que su nuevo trabajo como realizador sea algo como La casa del reloj en la pared (The House with a Clock in Its Walls), una película fantástica para toda la familia.

O quizá no debería sorprendernos tanto. Robert Rodríguez ya realizó un salto parecido hace unos años con la saga infantil Spy Kids, donde aparcaba la vertiente ultraviolenta de Abierto hasta el amanecer, Sin City o Planet Terror para desarrollar una franquicia de aventuras para los más pequeños. Con La casa del reloj en la pared, Roth también encuentra la manera de poner su conocimiento y gusto por el cine de género y la serie B al servicio de un producto orientado al público pre-adolescente que se salda con muy buenos resultados.

Basada en el libro homónimo de John Bellairs, La casa del reloj en la pared cuenta la historia de Lewis (Owen Vaccaro), un inteligente y peculiar niño de 10 años que, tras quedar huérfano, se muda con su tío (Jack Black) a una enorme mansión llena de secretos asombrosos y rincones ocultos caracterizada por un tic tac que se esconde tras las paredes. Tratando de adaptarse a su nueva vida, Lewis descubre el mundo de la magia y, con la ayuda de su tío y su vecina (Cate Blanchett), decide estudiar para ser mago. Esto le llevará a descubrir un gran poder en su interior, pero también a tomar el camino prohibido de la magia: despertar a los muertos y reavivar la llama de una antigua y espeluznante rivalidad.

Hacer una película de terror para niños no es una tarea fácil. Tiene que resultar lo suficientemente terrorífica y amenazante como para no aburrir a los mayores, pero también saber dónde está el límite para no crear traumas de por vida. Roth logra hallar este equilibrio, y lo hace gracias al guion de Eric Kripke (Sobrenatural) y la ayuda de Steven Spielberg, cuya productora Amblin Entertainment se encuentra detrás del proyecto. La casa del reloj en la pared reproduce con tino el espíritu del cine fantástico de los 80, cuando las películas para todos los públicos se atrevían a ser oscuras y asustar de verdad a los niños y, así, creaban experiencias memorables que alimentan la nostalgia que hoy en día tanto vende.

La casa del reloj en la pared recuerda asimismo a otras sagas (posteriores) con origen literario como Harry Potter (hasta tiene a su propio Voldemort en un estupendo Kyle MacLachlan) o Una serie de catastróficas desdichas, así como a la muy ochentera cinta de animación Monster House (donde, como aquí, la casa también era un personaje) y el reciente reboot cinematográfico de Pesadillas de R.L. Stine, también protagonizado por Jack Black. Con este cóctel de referentes (algunos de ellos presentes en el film en forma de guiño), es fácil imaginarse qué nos depara tras las puertas de la mansión de Jonathan Barnavelt, que cobra vida a través de un fastuoso diseño de producción y un evidente amor por el género.

Aunque tarda en encontrar su tono y a la acción le cuesta arrancar, cuando lo hace, La casa del reloj en la pared no cesa en su extravagante despliegue de magia, acción, suspense y humor con un toque retorcido (Jack Black de bebé os perseguirá en vuestras peores pesadillas). Su mayor punto débil es quizá un protagonista infantil poco carismático, pero lo compensa con creces el divertido dúo formado por Black y una maravillosa Cate Blanchett (y su no menos fabuloso vestuario), que por otro lado sabe a poco (las pullas que se lanzan son lo mejor de la película). La historia de Lewis Barnavelt presenta mimbres para convertirse en una de las sagas favoritas del público infantil y su buena recaudación en la taquilla estadounidense garantiza una continuación. Solo pedimos una cosa: que Blanchett repita.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Ocean’s 8

En 2001, Steven Soderbergh dirigió a un reparto estelar encabezado por George Clooney y Brad Pitt en Ocean’s Eleven, basada en el clásico de los 60 La cuadrilla de los once. El éxito de la película dio lugar a dos secuelas que reproducían la eficaz fórmula de la primera entrega y aumentaban el ya de por sí multitudinario reparto de superestrellas de Hollywood, incorporando en sus filas a intérpretes como Julia Roberts o Catherine Zeta-Jones. Pero aun con su presencia, la saga Ocean’s siempre se ha caracterizado por ser un club de nabos, es decir, por tener repartos principal y eminentemente masculinos.

La franquicia da un giro de 180º en este aspecto con Ocean’s 8, la nueva película con la que plantea un reinicio con un reparto completamente nuevo, en esta ocasión, además, íntegramente femenino y multicultural. Afortunadamente, la mala acogida del reboot femenino de Cazafantasmas no ha achantado a Warner, que ha depositado toda su confianza en un impresionante elenco de actrices liderado por Sandra Bullock, Cate Blanchett y Anne Hathaway, y redondeado por gente tan dispar como Mindy Kaling, Sarah Paulson, Helena Bonham Carter, Rihanna y Awkwafina. Dirigidas por Gary Ross (Seabiscuit, Los juegos del hambre), esta fantástica troupe protagoniza un nuevo golpe al más puro estilo Ocean’s, pero con un toque de brillante.

Ocean’s 8 nos presenta a Debbie Ocean (Bullock), la hermana de Danny (el personaje interpretado por Clooney), que lleva casi seis años cumpliendo condena. Durante su temporada en la cárcel, Debbie ha planeado el mayor robo de su vida hasta el último detalle, y para llevarlo a cabo necesita un equipo de estafadoras a la altura del complicado reto. Una vez en el exterior, Debbie retoma el contacto con su amiga y compinche de toda la vida Lou Miller (Blanchett), con la que recluta a otras cinco especialistas: la joyera Amita (Kaling), la timadora callejera Costanza (Awkwafina), la perista Tammy (Paulson), la hacker Nine Ball (Rihanna) y la diseñadora de moda en horas bajas Rose (Bonham Carter). Su  objetivo: el legendario collar de diamantes valorado en 150 millones de dólares que colgará del cuello de la superestrella Daphne Kluger (Hathaway) durante el evento benéfico más exclusivo del año, la Gala del Met.

A pesar de ser la cuarta película de una saga, lo cierto es que Ocean’s 8 mantiene su autonomía la mayor parte del tiempo. En ella descubrimos qué ha sido de Danny Ocean y nos reencontramos con algún que otro viejo conocido, pero los guiños al pasado no impiden que los espectadores casuales disfruten de la película, sino todo lo contrario. Ocean’s 8 repite el esquema de las anteriores entregas (y de cualquier película de golpes que se precie, claro), pero no se encierra en su propia continuidad, sino que reinventa la marca Ocean’s con idea de captar nuevas audiencias y prolongar su vida comercial a partir de esta renovada banda.

Con este objetivo en mente, Ocean’s 8 no podría haber acertado más a la hora de elegir a sus actrices. Si por algo destaca sobre todo el film es por la presencia e indudable carisma de sus estrellas, principalmente Blanchett, que es puro magnetismo (capta la mirada con solo aparecer en pantalla y no nos suelta), y Hathaway, que realiza la mejor interpretación de la película. Técnicamente, Bullock es la protagonista, la líder de la banda, pero en esta ocasión, la siempre estupenda actriz no parece estar al 100%, siendo eclipsada por las demás. En cuanto al resto del cast, Bonham Carter destaca por hacer de ella misma otra vez (y se lo agradecemos, porque está tronchante), Rihanna cumple (no le dan mucho que hacer, por si acaso), y Paulson, Kaling y Awkwafina quedan algo desaprovechadas, pero se entiende, por lo amplio del reparto. Eso sí, todas van vestidas para la posteridad.

Pero más allá de su estilazo y el atractivo de sus actrices, ¿qué nos ofrece la película? Pues bien, la banda de Debbie Ocean es precisamente como un diamante, brilla, encandila y nos distrae de la realidad: la trama no está tan trabajada como debería y le falta cohesión entre las partes, el plan está lleno de fisuras que se traducen en agujeros narrativos (lo común en este género, pero con un extra de descuido) y en general, la película no es todo lo explosiva que podría haber sido con la materia prima con la que contaba.

Claro que el diamante brilla mucho. Muchísimo. A pesar de no aprovechar todo su potencial, Ocean’s 8 es una película muy divertida, un pasatiempo ligero y elegante, en el que se pueden pasar por alto sus defectos si nos centramos en sus aciertos, resumidos en su irresistible plantel de actrices, y en especial Hathaway, el arma (no tan) secreta de la película. Ocean’s 8 son ellas, y ellas hacen que todo lo demás sea secundario.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Thor Ragnarok

A pesar de la fuerza y grandiosidad que caracteriza al personaje, Thor siempre ha sido uno de los eslabones más débiles del Universo Cinemático Marvel. El personaje interpretado por Chris Hemsworth ha brillado junto a Los Vengadores, pero sus entregas en solitario, Thor (2011) y Thor: El mundo oscuro (2013), no han tenido tan buena acogida por parte de público y crítica como las de otros héroes de este cosmos de ficción. Seguramente por esta razón, Marvel ha decidido que a la tercera va la vencida y le ha dado a la franquicia del Dios del Trueno un significativo lavado de cara con Thor: Ragnarok.

La película número 17 de Marvel es en cierto modo un reboot de Thor (muy metafórico corte de pelo incluido), un volantazo con el que Kevin Feige se aleja del tono serio y grandilocuente implantado por Kenneth Branagh en la primera entrega y emprende un nuevo rumbo, sin por ello sacrificar la épica intrínseca de la historia del hijo de Odín. Como se pudo ver en sus adelantos promocionales y como se confirma al ver el film, el modelo a seguir para realizar este reset ha sido Guardianes de la Galaxia. Adoptando el patrón de la franquicia de James Gunn, la nueva Thor tiene más comedia, más acción estrambótica y sobre todo, más color. La psicodelia, los sintetizadores, los láseres y la paleta cromática más chillona y cegadora se apoderan de los Nueve Reinos para darnos una aventura más ligera y completamente imbuida del espíritu de los 80 (el de Golpe en la pequeña China Flash Gordon), hermanando así a Thor con Starlord y su banda de forajidos intergalácticos.

Tras las cámaras se encuentra Taika Waititi (director de joyas como Lo que hacemos en las sombrasHunt for the Wilderpeople), una elección a priori chocante por parte de Marvel, que sin embargo se revela completamente acertada, además de coherente con la nueva estrategia creativa de Feige. La peculiar personalidad y el humor excéntrico de Waititi se pueden detectar a lo largo de toda la película, pero más allá de dejar su sello inconfundible, el realizador neozelandés ha sabido adaptar el idiosincrásico estilo de su cine al esquema general de Marvel. Es decir, Thor: Ragnarok es clara e inequívocamente un trabajo de Taika Waititi (como atestiguan entre otras cosas los cameos y secundarios interpretados por los habituales de su cine, como Rachel House, Sam Neill o él mismo), pero también es una película de Marvel. Esta vez, director y estudio han hallado el equilibrio y entendimiento adecuados para que la visión de uno no ahogue la del otro, como ha pasado ya en varias ocasiones (Ant-ManVengadores: La era de Ultrón), y que la voz individual del cineasta le dé una nueva capa de barniz a la franquicia sin que esta quede irreconocible (algo que, por otra parte, Feige no permitiría).

Siguiendo asimismo la estela de las más recientes secuelas de Marvel, Thor: Ragnarok es una película repleta de ideas, sorpresas, easter eggs y cameos (incluido el Doctor Strange en una aparición un poco metida con calzador), con numerosas tramas entrelazadas que conectan la historia con el pasado y el futuro del UCM. El film arranca con Thor preso al otro lado del universo, intentando escapar para evitar que la profecía del Ragnarok se cumpla y destruya su planeta natal, suponiendo el fin de la civilización asgardiana. Allí, Loki (Tom Hiddleston) continúa haciendo de las suyas, mientras Heimdall (Idris Elba) está desaparecido y los Tres Guerreros custodian las puertas del reino. Asgard entra en crisis con la aparición de Hela (Cate Blanchett), una poderosa nueva amenaza que busca hacerse con el control del universo. Tras su primer enfrentamiento con ella, Thor va a parar a Sakaar, un recóndito planeta en el que deberá sobrevivir a una competición letal de gladiadores, donde tendrá que luchar contra su “amigo del trabajo”, el Increíble Hulk, con quien protagoniza el reencuentro más esperado por los fans de Marvel. Junto a él y su nueva aliada, Valquiria (Tessa Thompson), Thor intentará huir de las garras del Gran Maestro (Jeff Goldblum) y regresar a Asgard para acabar con Hela.

Ese es el argumento muy a grandes rasgos de Thor: Ragnarok. Si creéis que he desvelado algo importante, no os preocupéis, no lo he hecho. Como decía, la película está llena de giros, y descubrirlos es uno de sus mayores alicientes (siempre que Marvel no los estropee todos antes de tiempo). Aunque también es cierto que su ajetreada y ramificada trama puede llegar a jugar en su contra. A Thor: Ragnarok le ocurre como a otras entregas marvelianas, pasan tantas cosas y hay tantos frentes abiertos que esto provoca por momentos falta de cohesión narrativa y una fragmentación que afecta al ritmo, a lo que contribuye además un metraje quizá excesivamente largo. Si una película de Marvel pedía una aventura de hora y media, como Waititi había bromeado (“90 minutos de película y 40 de créditos”), era esta. Esa habría sido su mayor osadía.

Y ese es el mayor problema de una película que, no obstante, funciona con la eficacia probada de casi todas las entregas de Marvel. Thor: Ragnarok da lo que se espera de la Casa de las Ideas, pero también es su película más alocada y marciana hasta la fecha. Desde las impresionantes batallas y escenas de acción (hay planos épicos para enmarcar, además de mucha comedia física), al hilarante humor (80% improvisado, según Waititi, y lleno de golpes geniales), pasando por la electrizante banda sonora de Mark Mothersbaugh (el primer score realmente memorable de Marvel, aunque no sea nada que no hayamos escuchado en Stranger Things Turbo Kid) y su estrafalario diseño de producción, maquillaje y peluquería, la película se zambulle en lo retro de forma más desenfadada si cabe que Guardianes de la Galaxia y, a su manera, también más arriesgada.

Otro de los puntos fuertes de Thor: Ragnarok es su fabuloso reparto. Hemsworth lleva a cabo su interpretación más afinada como Thor, gracias sobre todo al impulso de Waititi para que dé rienda suelta a su fantástica vis cómica y haga el ganso con Ruffalo y Hiddleston, que también se prestan a pasarlo en grande. Así, Thor, Hulk y Loki nos dan dos divertidas buddy films por el precio de una, con la novedad de que en esta ocasión el Gigante Esmeralda habla, lo que Waititi utiliza para hacer reír mientras explora la dualidad del personaje.

Por otro lado, las nuevas incorporaciones son inmejorables. De hecho, aquí no hay un robaescenas como suele ser habitual, sino un reparto formado por robaescenas. Tessa Thompson es una de las grandes revelaciones de la película, dejándonos una Valquiria inesperada pero muy carismática. Jeff Goldblum brilla interpretando a un chiflado divertidísimo que hará las delicias de sus admiradores, ya que se limita a ser él mismo (y no hay nadie más guay que Goldblum). El propio Waititi da vida a un secundario hecho para conquistar al público (sobre todo a su publico), Korg, un adorable (sí, adorable) guerrero extraterrestre que bien podría ser un personaje de una hipotética versión alenígena de Lo que hacemos en las sombras. Y por último, Cate Blanchett, ante la que es imposible cerrar la boca cada vez que aparece en pantalla. Después de su madrastra de Cenicienta, la actriz australiana vuelve a explotar su registro más exagerado con una malvada de presencia, sensualidad y elegancia arrebatadoras y una vertiente burlesca muy desarrollada. Sin embargo, la película no escapa de la maldición de los villanos desaprovechados, dejándonos con la sensación de que podía haber hecho mucho más con ella.

Thor: Ragnarok tiene sus problemas, como todas las de Marvel (el citado exceso de tramas, un abarrotado tercer acto, un CGI algo inconsistente en las cortas distancias) y esta heterodoxa e hipercómica reinvención del Dios el Trueno no casará con muchos fans (por no hablar de los detractores de Marvel), pero hay que felicitar al estudio por atreverse a salirse del molde y dejar que el director lleve realmente las riendas del proyecto. Visualmente, el film es una absoluta gozada (la espectacular fotografía corre a cargo de nuestro Javier Aguirresarobe, por cierto) y nos da el infalible cóctel de acción, humor y emoción que ha encumbrado a Marvel a lo más alto, pero gracias a ese enfoque tan personal de Waititi y a que no se toma tan en serio como sus predecesoras, Ragnarok deja mucho margen para la sorpresa, convirtiéndose así no solo en la mejor y más divertida entrega de Thor, sino también en la película más extraña y diferente de Marvel.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Carol

Rooney Mara Therese

Todd Haynes se ha especializado en historias sobre mujeres en la Norteamérica de la primera mitad del siglo XX. En Lejos del cielo nos contó cómo la vida y el matrimonio de un ama de casa de los 50, Cathy Whitaker (Julianne Moore), se desmoronaba a su alrededor, en un entorno de crecientes tensiones sociales, y en la magnífica miniserie de HBO Mildred Pierce siguió las vicisitudes de una mujer divorciada (Kate Winslet) que trataba de abrirse camino por sí sola en el negocio de la restauración. Con su nuevo film, Carol, Haynes regresa a la década de los 50, la que le ha proporcionado tanto material para dar rienda suelta a su formidable sensibilidad como autor. En esta ocasión se centra en la relación de dos mujeres muy distintas, Therese Belivet (Rooney Mara), una muchacha de veinte años que trabaja en unos grandes almacenes, y Carol Aird (Cate Blanchett), una elegante y adinerada mujer que desea escapar de un matrimonio que ella dio por terminado hace tiempo (no así su marido). Carol incide en algunos de los temas que Haynes ha tratado en obras anteriores (principalmente la liberación de la mujer del yugo del hombre y la sociedad), pero es, por encima de todo, una preciosa historia de amor.

Un amor imposible entre dos mujeres que derriba barreras y sortea innumerables obstáculos para seguir adelante. Haynes relata con suma exquisitez los avatares de Carol y Therese, obligadas en primer lugar a ocultar su relación en una época en la que apenas se concebía algo así, y más tarde, cuando esta sale a la luz, a enfrentarse a las represalias en forma de diagnósticos de perversión o luchas por la custodia del hijo de Carol (cuya capacidad como madre es puesta en entredicho desde que se descubre una infidelidad con su mejor amiga Abby – Sarah Paulson). Ambas mujeres tratan de escapar de sus vidas, apoyándose la una en la otra, plantando cara a la ignorancia y el carácter posesivo de los hombres, particularmente los dos (excelentemente interpretados por Kyle ChandlerJake Lacy) que se niegan a aflojar la correa, porque sus dañados egos masculinos les impiden ver que una mujer no quiera llevar la vida supuestamente perfecta que la sociedad le ha impuesto. La lucha de Carol y Therese es una de dolor y sacrificio, pero también de pasión y refugio, una aventura de la que sacamos en claro la idea de que el amor es la decisión más importante en la vida de una persona, y que no renunciar a la naturaleza propia y aceptarlo, venga en la forma que venga, es la clave para ser libres.

Cate Blanchett Carol

Nada de esto tendría el peso tan grande que tiene en la película de no ser por las arrebatadoras interpretaciones de Blanchett y Mara. La primera mitad de Carol se centra en el inicio de su romance, y lo hace de forma pausada, con una sutilidad quebradiza, haciendo cómplices a los espectadores de esa emocionante primera etapa de descubrimiento, excitación y nudos en el estómago, sensaciones magnificadas por el carácter furtivo del enamoramiento. El trabajo de estas dos actrices es simplemente fascinante, sublime, un auténtico recital de miradas y gestos de pasmosa elocuencia e intensidad que se mantiene hasta el final, cuando la relación ya ha avanzado e, inevitablemente, debe atravesar su gran prueba de fuego. El amor entre Carol y Therese es real, se puede ver, como también se puede sentir el poderoso deseo que hay entre ellas, desde el primer momento en el que cada una posa su mirada en la otra. Blanchett da vida a una mujer sofisticada y muy versada en lo social, una criatura bellísima, de imponente presencia, profundamente sensual y seductora. Su magnética interpretación es más afectada que la de Mara, que aquí incluso se pone por encima de la infalible Blanchett, construyendo un personaje irresistible que fluctúa entre la inocencia más encantadora y la temeridad aventurera, la de una adolescente que dice “sí a todo” y desea amar sin importarle nada ni nadie más. Juntas encienden la pantalla, entregándose por completo a la relación (con tintes maternales por parte de Carol, por cierto) y llevando a cabo un virtuoso trabajo de matices que nos invita a buscarlas en cada ademán, caricia y lágrima contenida o derramada.

Carol es una obra de un tremendo detallismo, tanto a la hora de observar y caracterizar a sus protagonistas (a las que llegamos a conocer a fondo, a pesar de que ni ellas mismas se conocen), como en la puesta en escena. Haynes retrata a sus actrices a través de cristales, encuadra su tristeza y anhelo dentro de ventanas y puertas que resaltan la melancolía que envuelve a la película. A su alrededor, la década de los 50 y el Hollywood dorado cobran vida con una labor de diseño y atrezo impecable: los diners, los moteles, los muebles, el vestuario, los automóviles, los tocadiscos… todo está dispuesto escrupulosamente para evocar el pasado y cubrirlo en un aire etéreo de lirismo y misterio. La fotografía de Edward Lachman (que es demasiado oscura y a veces dificulta la tarea de adentrarse en la película, todo hay que decirlo), y la hermosa partitura del infravalorado Carter Burwell, contribuyen a acrecentar esa sensación de intriga y nos recuerdan que esto es una historia de Patricia Highsmith, en cuya novela homónima se basa la película.

A pesar de que las protagonistas son dos mujeres, el de Carol no dista mucho de otros grandes relatos románticos del cine. Y esto es lo que hace que la película sea tan excepcional. Como Ang Lee con Brokeback Mountain antes que él, y más recientemente Tom Hooper con La chica danesa, Haynes ha usado la plataforma mayoritaria que proporciona Hollywood (los Weinstein concretamente) para contar una historia que avanza la causa LGTBQ. Y lo ha hecho realizando una película de una enorme fuerza y belleza, una obra íntima y erótica, que navega constantemente en la tristeza para dejarnos con un mensaje de esperanza y autoafirmación, y que responde, por encima de todo, al modelo clásico del gran romance cinematográfico americano. El que no busca un público concreto, sino que está hecho para todos.

Valoración: ★★★★½

Crítica: La verdad (Truth)

Truth

Cuidado, que Cate Blanchett quiere su tercer Oscar, y a ver quién se lo niega cuando sigue encadenando trabajos tan sobresalientes como el que realiza en La verdad (Truth). Basándose en el polémico libro Truth and Duty: The Press, The President and The Privilege of Power, James Vanderbilt, guionista de películas como Zodiac, Asalto al poderThe Amazing Spider-Man se sienta en la silla del director por primera vez para llevar a cabo una reconstrucción dramática de los hechos reales ocurridos en 2004, durante la campaña electoral de George W. Bush, el conocido caso “Rathergate“. Blanchett da vida a Mary Mapes, la periodista que encontró unos documentos que cuestionaban el historial militar de Bush, y que dieron lugar a un controvertido programa de investigación con múltiples ramificaciones y consecuencias para todos los involucrados en él.

La ópera prima de Vanderbilt (que también escribe el guion, claro), nos traslada a una reciente etapa de tumulto sociopolítico en Estados Unidos y en el mundo, un panorama post-11-S en el que la todopoderosa nación se encuentra inmersa en la guerra contra Iraq y Afganistán y George W. Bush se enfrenta a su posible segundo mandato como presidente. Bajo la producción de Mapes, una de las periodistas más destacadas de la televisión norteamericana, y el aval del famoso presentador Dan Rathers (intachable Robert Redford), el programa de CBS 60 Minutes emitía un especial que revelaba las irregularidades del servicio militar de Bush en la guerra de Vietnam, acusando al presidente de no haber terminado el servicio y haber recibido trato de favor por parte de sus superiores para evitar la guerra. Convencida de la legitimidad de las pruebas, Mapes saca la información a la luz, pero al no ser capaz de demostrar la autenticidad de los documentos, se desata un huracán que avanza en el ojo público.

A través de la historia de Mapes y Rather, Vanderbilt nos habla de lo que se esconde detrás de la verdad, de los entresijos de un informativo antes y después de emitir una exclusiva importante que promete (y para muchos parece estar confeccionada para) poner patas arriba la campaña electoral y difamar al candidato aventajado. Aunque en ningún momento se alude a la expresión “caza de brujas“, Vanderbilt nos está narrando entre líneas la conspiración que se pone en marcha contra Mapes y Rather La verdad(convertidos en cabezas de turco y heroicos mártires del liberalismo), una trama ambigua y oscura en la que entran en juego intereses políticos y económicos: como dice Rathers, “Antes las noticias no daban dinero a la cadena, se hacían porque era nuestro deber”, ahora las grandes corporaciones y los partidos políticos cortan el bacalao ideológico de la tele americana. El dúo de periodistas (a los que une un vínculo más fuerte que el profesional) luchan por demostrar la veracidad de su noticia y defender los ideales del periodismo de investigación, pero las fuerzas en juego son demasiado poderosas.

La verdad es una historia que bien podía haber sido escrita por Aaron Sorkin, en el buen y en el mal sentido. Vanderbilt sigue los pasos del creador de El ala oeste de la Casa BlancaThe Newsroom con una historia ágil, de diálogos punzantes e intensidad prolongada que nos recuerda a los mejores momentos de las mencionadas series y encajaría perfectamente en la programación de HBO. Pero como Sorkin, Vanderbilt no puede evitar incurrir en cierta demagogia ideológica a la hora de dar forma a su discurso. Para ser un film sobre la objetividad en los medios, La verdad resulta excesivamente manipuladora y maniquea. Sobre todo en lo que se refiere a su revestimiento dramático, un velo de grandilocuencia hollywoodiense que, a través de una emocionalmente agresiva banda sonora y momentos hiperficcionalizados, no deja apenas espacio para que el espectador piense por sí mismo.

Y aun así, La verdad resulta vibrante en todo momento, principalmente porque trata un tema sin duda apasionante. La clave para disfrutar de ella es ser consciente de que uno está siendo manipulado y hasta cierto punto adoctrinado. Si esto se tiene claro, la película se revela como el entretenimiento hollywoodiense perfecto, una historia robusta, emocionante, sin un minuto de desperdicio, y con impecables interpretaciones protagonistas (como hemos dicho ya, Blanchett está arrebatadora y se ha ganado una nueva nominación al Oscar) y secundarias (destacan Dennis Quaid, Topher Grace y sobre todo Stacy Keach, mientras que Elisabeth Moss queda totalmente desaprovechada). Por último, aunque sea empleando métodos cuestionables, La verdad ha servido para reavivar un debate muy importante sobre la relación entre los medios y el poder político en Estados Unidos que nos incumbe a todos. Supongo que en este caso, el fin justifica los medios.

Valoración: ★★★

Crítica: Cenicienta

CINDERELLA

Con las adaptaciones en acción real de sus clásicos animados, Disney ha encontrado su nueva gallina de los huevos de oro, y a pesar de que hace un año parecía que el género empezaba a recular, asumámoslo, tenemos cuentos de hadas para rato. Tras los más recientes taquillazos de la casa de Mickey Mouse, el panorama hollywoodiense de los próximos cinco años se presenta gobernado por los superhéroes y las princesas. La originalidad brilla por su ausencia, las películas no solo son adaptaciones de historias hiper-conocidas, sino que se parecen cada vez más entre sí, pero las cifras de taquilla indican que esto es lo que quiere el público, y lo que dice el público va a misa. Al menos hasta que el público se canse (o hasta que el tiempo demuestre que no se trata de modas pasajeras, sino del nuevo estado del cine comercial moderno; lo que ocurra antes).

Después de la decepcionante Maléfica, Disney recurre a uno de sus clásicos más insípidos para insuflarle nueva vida y color, Cenicienta. La principal diferencia de ésta con la película protagonizada por Angelina Jolie es que Cenicienta es una adaptación considerablemente fiel del cuento original, tal y como lo presentó Walt Disney en 1950. Hay cambios, algunos más sustanciales que otros -el más importante es que en esta ocasión el relato se inicia en la infancia de Cenicienta, por lo que el espectador conoce a Ella, es testigo de su tragedia personal, y asiste a su transformación en “Cinder-Ella”- pero más allá de eso, estamos ante la misma historia de siempre (ratones incluidos). Y esto, paradójicamente, supone cierta transgresión. Me explico.

Disney (y el resto de compañías que producen cine “para toda la familia”) se ha dedicado en los últimos años a derribar o reconfigurar estereotipos, entre otras cosas presentando personajes femeninos más fuertes, mujeres capaces de alcanzar la felicidad sin depender de un hombre. Así, en este mundo de princesas Disney contemporáneas se hace especialmente raro que la nueva Cenicienta no sea tan “nueva”, que no se enfunde una armadura como la Alicia de Burton o deje a un lado el amor romántico como Merida o Elsa. Pero que esto no nos engañe, la Ella de Kenneth Branagh (director) y Chris Weitz (guionista) no es una princesa pasiva que solo existe en relación a su príncipe. A base de detalles muy sutiles, Cenicienta es un personaje más resuelto y perseverante, toma decisiones propias, y a pesar de sus circunstancias, logra mantener cierto control sobre su vida y su destino.

CINDERELLA

Todo sin sacrificar su delicadeza, su gracilidad o su idealismo romántico, es más convirtiendo estos atributos en síntomas de entereza y humanidad en lugar de fragilidad. Porque la princesa no empuñe una espada, no quiere decir que estemos ante una película anti-feminista, todo lo contrario. Con esta nueva Cenicienta se nos presenta otro tipo de heroína feminista: la que decide luchar contra las adversidades con optimismo, bondad y perdón, virtudes propias de una persona valiente, tal y como el machacón lema de la película nos recuerda en todo momento. La que se enamora y anhela el “…y vivieron felices y comieron felices” con su príncipe azul (porque no tiene nada de malo querer encontrar el amor), sabiendo que no es lo más importante, ni la única manera de hallar la felicidad. Es decir, una princesa de las de siempre convertida en un personaje moderno sin apenas alterar su esencia.

El otro gran cambio de la cinta de Branagh con respecto al clásico del 50 es que ahora la película tiene personalidad, tal y como demuestran sus personajes. Desde Cenicienta, interpretada con encanto y afinación absoluta por Lily James, hasta el príncipe (Richard Madden aportando humanidad y humor a un personaje tradicionalmente plano), pasando por el Hada Madrina (Helena Bonham Carter, al contrario que Johnny Depp, sigue explotando con gracia su marcianismo) y sobre todo la madrastra, a la que da vida una Cate Blanchett dispuesta a pasárselo bomba con su personaje. La doblemente oscarizada actriz sobreactúa hasta derrapar, y el personaje está algo desaprovechado, pero cuando Blanchett da con la nota adecuada, resulta divertidísima.

Cenicienta es una película prácticamente irreprochable en todos los sentidos, un espectáculo de magia y color en el que esta vez Branagh evita que su gusto por la pompa y la teatralidad se interpongan en la narración, dando como resultado una ostentosa obra de sensibilidad pictórica y aire a Hollywood dorado que no obstante es algo más que un bonito (y sobrecargado) envoltorio. Teniendo en cuenta la dificultad con la que se parte al contar una historia que el público conoce de principio a fin, Cenicienta se las arregla para divertir y encandilar con los mismos ingredientes de siempre, pero con más brío (atención a las excelentes secuencias de la calabaza/carroza), personajes más definidos, y sin olvidar el extra de almíbar (porque si Cenicienta no fuera así de cursi, no tendría gracia), haciendo que aceptemos, aunque sea por un momento, que los cuentos de hadas están hechos para ser contados una y otra vez.

Valoración: ★★★★

Crítica: Cómo entrenar a tu dragón 2

Hipo Desdentao Dragones 2

El título de la franquicia dragona de Dreamworks permanece igual, a pesar de que el entrenamiento propiamente dicho terminó hace ya tiempo. De hecho, han pasado cinco años entre la primera Cómo entrenar a tu dragón y su secuela, y sus protagonistas adolescentes se han convertido en expertos jinetes veinteañeros. Por otro lado, Berk (o Isla Mema en castellano) también es distinta, como pudimos ver en el final de la primera película (y en la serie de televisión). Sus habitantes han aprendido a entender a los dragones, y atienden a sus necesidades obteniendo a cambio compañía, amistad y lealtad. No es habitual que en una saga de animación de éxito asistamos a cambios tan sustanciales en historia y personajes (viene a la mente Toy Story). Lo normal es que en las secuelas varíen las circunstancias (la localización de la aventura, las caras de los villanos), pero los héroes se mantienen esencialmente inalterados y el tiempo apenas es un factor. No es el caso de HTTYD, cuya mayor virtud entre un sinfín de aciertos es el crecimiento personal que ha experimentado a lo largo de los años Hipo, uno de los personajes animados de mayor entidad del cine reciente.

Claro que no sería posible trasladar a la pantalla las idiosincrasias y el complejo carácter del protagonista, ni del resto de personajes, si no fuera por la técnica puntera con la que se ha realizado HTTYD2. La secuencia de apertura de la película es una auténtica montaña rusa de acción, diversión y adrenalina, confeccionada sin duda para su disfrute en 3D. Sin embargo, es la escena que le sucede, una simple conversación entre Hipo y Astrid sentados en el césped, la verdadera prueba de que HTTYD2 ha alcanzado un nuevo nivel de perfeccionamiento en la animación por ordenador. La expresividad de ambos personajes, el realismo de sus movimientos y sus gestos, nos presentan un trabajo de artesanía CGI que resalta el naturalismo sin convertir a sus personajes en simples rotoscopías. Pero esto es solo un aspecto del apabullante espectáculo que es la película. Las incesantes escenas de acción excelentemente coreografiadas, la (de nuevo) exultante partitura de John Powell, los instantes más íntimos, iluminados prodigiosamente, las impresionantes texturas, y los hermosos nuevos parajes del universo de Dragones, conforman un trabajo de empaque visual y sonoro inigualable y elevan exponencialmente el factor épico de la saga.

Cómo entrenar a tu Dragón 2_PósterY lo mejor de todo es que, al igual que en la primera entrega, la técnica está al servicio de la historia, no al revés, como sucede en la mayoría de superproducciones animadas. Si bien Como entrenar a tu dragón 2 se centra mucho más (quizás demasiado) en la acción que la primera parte -uno de los pocos síntomas de secuelitis que presenta la película-, no se olvida en ningún momento de los conflictos familiares y los valores que mueven y unen a sus personajes. En el corazón de la película se encuentra la profunda amistad que une a Hipo y Desdentao (Toothless más descaradamente felino que nunca, por cierto). Con el tiempo, estos dos han desarrollado  una compatibilidad casi extrasensorial, reforzada sin duda por su condición de héroes con taras físicas, algo que no les ha impedido brotar y convertirse en el orgullo de Berk -es más, ¡ahora Hipo también vuela! En este sentido, HTTY2 emplea el sorprendentemente valiente giro final de la anterior entrega (dejar cojo a Hipo) para seguir levantando el discurso sobre la diferencia y la aceptación en el que se sustenta esta saga. Lo que se acentúa cuando, inesperadamente, un personaje sale del armario (ya había ocurrido años antes, y de manera más directa, en ParaNorman, eso sí), demostrando que estamos ante un producto cuyas ambiciones son mucho mayores de lo que parece. Definitivamente, Cómo entrenar a tu dragón se ha propuesto cambiar el cine de animación “para niños”. Y por ahora no podría ir en mejor camino.

Cumpliendo con las normas de las secuelas, Chris Sanders y Dean DeBlois llevan a cabo la misión de expandir las fronteras del relato y ampliar su mitología, de manera que el espectador descubra un mundo mucho más vasto de lo que creía en un principio. Así, se incorporan nuevos personajes (ninguno excesivamente interesante), se exploran territorios recónditos de las tierras escandinavas, y se profundiza en la naturaleza, la biología y la jerarquía de los dragones (añadiendo la figura del Alfa y configurándolos más que nunca como aves). Y esto se hace precisamente ampliando también la familia de Hipo, que descubre que su madre no está muerta, sino que lo abandonó cuando era un bebé. Valka (que supone la adición a la franquicia de Cate Blanchett) descubre facetas inéditas de la anatomía y la psique de los dragones (aquí es donde lo de “cómo entrenar” vuelve a tener sentido), revelándose como una especie de ecologista primigenia (como Noé). Pero también representa el aspecto más crudo y menos complaciente de la película. Cómo entrenar a tu dragón 2 no tiene reparos en golpear a su audiencia con la realidad (Valka es consciente en todo momento de lo que hizo), y nos da escenas de brutal impacto emocional (una en concreto será recordada como uno de los momentos más dolorosos del cine de animación reciente), aunque siempre contrapesadas por entrañables instantes de humor y emotividad, así como por el optimismo, la comprensión y la aceptación de la que hablaba antes. Porque si Hipo es un gran héroe no es tanto por su osadía, su habilidad e inteligencia estratégica o su temeridad, es por su inmensa capacidad para entender y perdonar.

Valoración: ★★★★½

Crítica: Monuments Men

George Clooney;Matt Damon;John Goodman;Bob Balaban

Con su quinto largometraje como realizador, Monuments MenGeorge Clooney propone un viaje de regresión al Hollywood clásico de los años 40 y 50, con una cinta bélica que evoca al cine de Billy Wilder o Howard Hawks. En Monuments Men, Clooney cuenta la historia real de unos héroes de guerra menos celebrados a lo largo de la historia, la liga de los hombres extra-ordinarios a cargo de recuperar antes de su destrucción las obras de arte robadas por Adolf Hitler y escondidas a lo largo y ancho de Alemania hacia el final de la Segunda Guerra Mundial. El film, basado en la crónica literaria de Robert M. Edsel The Monuments Men: Allied Heroes, Nazi Thieves and the Greatest Treasure Hunt in History, pretende ser una oda a aquellos que arriesgaron su vida por el arte, y por la preservación del testamento de los logros del ser humano a lo largo de los siglos.

Hitler da sus últimos coletazos y la guerra está tocando a su fin, pero el campo de batalla sigue siendo hostil. Reclutados por el teniente Frank Stokes (Clooney) bajo el programa Monuments, Fine Arts and Archives, este equipo de siete profesionales vinculados al arte Monuments Men_Póster(restauradores, historiadores y directores de museo) se embarcan en la aventura de sus vidas, compensando su escasa preparación militar con coraje y determinación. Monuments Men cuenta con un amplio reparto coral de estrellas (o reunión de amiguetes, según se mire) que dan vida a estos héroes ligeramente basados en los verdaderos miembros del programa. Matt DamonBill MurrayJean DujardinCate BlanchettJohn GoodmanHugh Bonneville y Bob Balaban elevan el caché de una película que, desafortunadamente, no consigue estar a la altura de sus credenciales.

Monuments Men es un film bienintencionado, decididamente blanco, con una carga de idealismo e ingenuidad romántica que, junto a ese toque de picardía y el doble filo propio de las comedias de los 50, reproduce hábilmente el estilo de la edad de oro de Hollywood. Además, el estupendo reparto hace un buen trabajo capturando este espíritu clásico y contribuyendo al aire de sofisticación que desprende la película. Sin embargo, Clooney no logra conectar del todo con su público, sobre todo en cuanto al humor (amable pero fallido), y fracasa a la hora de trasladar a la historia la importancia de su mensaje (sus pomposos discursos sobre morir por el arte se antojan artificiales). Monuments Men plantea una historia muy interesante, pero su desarrollo resulta descentrado, tibio, a ratos tedioso, y excesivamente cursi y remilgado cuando explicita las lecciones que nos quiere dar. Para ser una película que habla de la importancia del arte en la historia del ser humano, Clooney ha realizado un trabajo bastante intrascendente.

Valoración: ★★★

Crítica: El Hobbit – La desolación de Smaug

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Después de ver El Hobbit: La desolación de Smaug podemos confirmar (una vez más) que Peter Jackson no hace cine para todos los públicos, hace cine para fans. Y es curioso, aún así ha conseguido llevarse de calle a la masa cinéfila, primero con El señor de los anillos, y ahora con su nueva trilogía basada en la obra de J.R.R. TolkienEl Hobbit. La labor de Jackson a la hora de acercar al público mayoritario a un género tradicionalmente de minorías como el fantástico es encomiable. Claro que no todos cuentan con una piedra fundacional del género en la que basarse y todo el despliegue económico a su servicio. Después del tibio recibimiento de El Hobbit: Un viaje inesperado (2012), Jackson despliega la artillería pesada para subsanar los errores de la primera parte y hacer las delicias de los fanboys con el capítulo de transición de la trilogía, La desolación de Smaug.

Una de las quejas más sonoras sobre Un viaje inesperado era el exceso de humor (infantiloide, porque no puede ser de otra manera), que desentonaba con la anterior trilogía. La desolación de Smaug contiene pequeñas píldoras de comedia bien dosificadas, pero el tono es eminentemente grave y sombríoEl Hobbit se deshace así de ese aire de aventura ligera y colorista con la que arrancó el año pasado (he de confesar que a mí me pareció un cambio refrescante) y recupera el tremendismo épico y la seriedad pomposa de El señor de los anillos, algo que devuelve la saga a sus raíces, para gozo de los más puristas. Además, La desolación de Smaug da la bienvenida a varios personajes de la trilogía original (como ya sabéis, el elfo Legolas, y hasta ahí puedo leer), unificando el macrorrelato que comenzó a narrarse en 2001 con La comunidad del anillo.

Gandalf el hobbit

La desolación de Smaug conserva la narración episódica de Un viaje inesperado: sucesión de escenas de acción vertiginosa y avance por fases en las que los protagonistas se van enfrentando a amenazas una detrás de otra (me quedo con el escalofriante episodio de las arañas de Mirkwood). Sin embargo, esta parte desprende un mayor sentido del propósito y la finalidadLa desolación de Smaug es una película más centrada, a pesar de que la separación del grupo (Gandalf, ese culo inquieto que no puede estar dos horas en el mismo sitio) acabe ramificando la historia en exceso y se pierda varias veces en su segunda mitad. Es a partir de ahí cuando somos más conscientes del brutal estiramiento que está sufriendo la novela. Acostumbrado a salirse con la suya con metrajes de 3 horas por película, Jackson vuelve a alargar las secuencias hasta la extenuación, mostrándolo todo sin pasársele por la cabeza una elipsis (aunque sea una breve), prolongando los diálogos de tal manera que sus personajes parecen necesitar media hora para expresar una idea que otros formulan en un minuto. Pero claro, no es algo que nos pille de nuevas. Si la fórmula ha funcionado hasta ahora, ¿para qué cambiarla aunque el relato se resienta tanto? (Se me ocurren muchas respuestas, pero dejémoslo en pregunta retórica).

En La desolación de Smaug se nota mucho más la mano de Guillermo del Toro (está acreditado como guionista en las tres películas). Del Toro es un niño grande como Jackson, pero su visión de la fantasía es mucho más oscura y macabra, y parece apoderarse en mayor medida de esta entrega de la saga. Este oscurecimiento de la Tierra Media coincide con el deterioro de Bilbo Bolsón (divertido pero desaprovechado Martin Freeman) por culpa del anillo. Y de la misma manera, notamos mayor dualidad y ambigüedad moral en el resto de personajes, sobre todo en Thorin (Richard Armitage), que lleva un camino similar al de Bilbo, pero sin la influencia del anillo; o en el atormentado Bardo (Luke Evans recogiendo el testigo de Viggo Mortensen), con el que se juega al despiste cuando lo conocemos (¿será bueno o malo?). Sin embargo, hay espacio para la luz en La desolación de Smaug. La de las estrellas para ser más exactos. La incorporación de la elfa Tauriel (Evangeline Lilly) es un soplo de aire fresco a la nueva trilogía, aunque a ratos parezca que el único personaje femenino de la película (sin contar a Galadriel, cuya participación se pierde con un parpadeo) está ahí para cubrir la cuota de romance.

La desolación de Smaug Bilbo

Si en Un viaje inesperado no escaseaban las impresionantes secuencias de acción, el factor espectacular se dispara en La desolación de Smaug, en la que los set pieces son más grandes que nunca (y los efectos digitales cantan mucho más, todo hay que decirlo). Al final, lo que más nos importa de una película de aventuras de esta envergadura es precisamente eso, la aventura. Y en ese sentido, La desolación de Smaug proporciona una completa experiencia de parque temático (evitad el 3D si queréis ver bien estas agitadísimas y confusas secuencias), con varios momentos de auténtico vértigo y una atracción estrella: el dragón Smaug. Con la portentosa voz de Benedict Cumberbatch, Smaug inaugura el prolongado clímax de la película, donde encontramos las escenas más colosales, que tienen lugar en la Montaña Solitaria. Sin embargo, la estremecedora aparición de Smaug, una de las mejores criaturas CGI de la historia, da paso a un desenlace eterno. Smaug pasa rápidamente de provocar asombro y terror a aburrirnos con su plomiza dialéctica durante más de media hora, una evidente táctica de distracción para seguir retrasando la acción. Cuando Smaug decide callarse, Jackson introduce el inevitable filmus interruptus, un corte abrupto que no tiene otra justificación más que rellenar otra película para completar la trilogía. Está claro, lo más importante no es contar la historia, sino venderla.

Valoración: ★★★

Crítica: Blue Jasmine

Blue Jasmine Cate Blanchett

Abordar en el cine una enfermedad mental con cierta profundidad y sin caer en tremendismos o afectaciones es una tarea complicada. Convertir el trastorno psicológico en un recurso cómico efectivo sin ofender o traspasar la delgada línea entre el buen gusto y lo políticamente incorrecto requiere aún más maña. Blue Jasmine es extraordinaria porque su director y guionista, Woody Allen, hace todo eso y más. A base de diálogos punzantes (como de costumbre), matices muy sutiles y brutal perspicacia antropológica (como cuando es el mejor Woody Allen que puede ser), el director levanta una complejamente sencilla historia con un claro epicentro: la arrebatadora interpretación de Cate Blanchett.

La Jasmine French de Allen es un personaje inolvidable, antológico ya desde su primera escena. Con las dosis exactas de patetismo, caricatura y compasión, Blanchett da vida a una mujer rota que intenta volver a juntar sus piezas sin que los demás se den cuenta de que se precipita hacia el abismo. Allen salta continuamente del pasado al presente -basándose inconfesamente en Blue Jasmine póster españolel argumento de Un tranvía llamado deseo– para ir añadiendo capas a su relato y aristas al retrato psicológico de Jasmine. A través de esta yuxtaposición de tiempos, conocemos los acontecimientos que culminan en su primera crisis nerviosa y asistimos al intento de borrón y cuenta nueva junto a su hermanastra pobre Ginger -la no menos fantástica Sally Hawkins. Todo a la vez, poco a poco. No cabe duda de que el resultado no habría sido tan brillante si la historia hubiera sido contada de manera lineal.

Allen tiene una habilidad natural para sacar de sus actores las interpretaciones más completas. Propiedad intransferible del actor y valioso vehículo de lucimiento, pero siempre al servicio de los intereses observacionales del director. En Blue Jasmine obtenemos la versión más avezada del autor neoyorquino: esa agudeza con la que estudia las diferencias de clase que caracterizó una de sus mejores obras recientes, Match Point; la puntería con la que diagnostica las relaciones entre hombres y mujeres que ha cimentado su obra; y las dinámicas fraternales que definieron parte de su etapa ochentera. El Woody Allen más inspirado del siglo XXI obtiene de su protagonista una de las interpretaciones más cautivadoras y desarmantes del cine reciente. Blanchett divierte, fascina, y acaba pillando desprevenido con reveladores instantes ahogados en auténtico dolor que nos dejan emocionalmente K.O. Como ese prodigioso plano final que, junto al de Tom Hanks en Capitán Phillips, entra desde ya en la historia del cine.

Valoración: ★★★★