Crítica: Anomalisa

ANOMALISA

Que una película como Anomalisa exista es un milagro. Y también un síntoma de nuestros tiempos. Sus directores, Charlie Kaufman (la mente prodigiosa detrás de los guiones de Cómo ser John MalkovichAdaptation. Eternal Sunshine of the Spotless Mind) y el animador Duke Johnson, recurrieron a la plataforma Kickstarter para semi-financiar el proyecto. El mecenazgo de los fans hizo posible que Anomalisa saliera adelante, y que las distribuidoras se fijasen en ella. La jugada les salió bien teniendo en cuenta la gran acogida de la película en festivales, las excelentes críticas que ha cosechado, y su presencia en los Oscar 2016 como una de las candidatas a Mejor Película de Animación. El crowdfunding suele resultar en decepción en muchas ocasiones (sobre todo en el ámbito audiovisual), pero esta vez ha facilitado la materialización de un proyecto sobresaliente que de otra manera quizá no habríamos podido ver.

Anomalisa es un film improbable, un drama cómico (o una comedia dramática, al caso es lo mismo) para adultos realizado en animación stop-motion. Basada en una obra de teatro escrita por Kaufman y el compositor Carter Burwell (que por supuesto también firma la hermosa partitura del largo), la película nos deja hurgar en la vida y la mente de Michael Stone, exitoso autor de libros sobre atención al cliente que viaja a Cincinnati para dar una conferencia. Encerrado en su habitación de hotel, Stone atraviesa una crisis existencial (o depresión de mediana edad), atormentado por los errores del pasado, una familia que no le llena lo suficiente y una rutina laboral que lo aplasta. A esto se suma su incapacidad para conectar con los demás, lo que le lleva a ver a todo el mundo con la misma cara y escuchar a todas las personas con la misma voz (trastorno similar a un desorden neuropsiquiátrico real que lleva por nombre Síndrome de Frégoli, que es también como se llama el hotel donde se hospeda). Todo empieza a cambiar con la imprevista irrupción en su vida de Lisa, una “anomalía” que hace creer a Michael que es posible salir de su estancamiento.

nullAl principio, Anomalisa es una película desconcertante, una propuesta bizarra a la que puede costar un poco pillar el punto. Las “marionetas”, fabricadas usando la tecnología de impresión en 3D, tienen un aspecto muy realista que puede resultar algo desorientador (incluso por momentos perturbador), y aunque la idea de que un solo actor (estupendo Tom Noonan) doble a todos los personajes que no son Michael (David Thewlis) o Lisa (Jennifer Jason Leigh) es brillante, y por supuesto esencial para desarrollar la premisa, no deja de descolocar. Pero todo esto forma parte de la experiencia de Kaufman y Johnson proponen, un sueño extraño y surrealista en el que todo acaba teniendo su razón de ser. Poco a poco, Anomalisa se va descubriendo como una historia romántica extraordinaria en su costumbrismo intimista, un retrato profundamente triste y precioso que, al igual que her hace un par de años, se adentra en el enigma de las relaciones, las interacciones sociales y lo que nos hace humanos, para presentárnoslo de la forma más reveladora.

La elección del stop-motion es de todo menos casual, claro. Kaufman utiliza los muñecos para desmontar, literalmente, a su protagonista, y mostrarnos así el engranaje de su mente. Si la película se hubiera hecho con actores de carne y hueso no habría surtido el mismo efecto, no habría resultado tan conmovedora. Hay algo en el hecho de observar a estas marionetas existir, interactuar o hacer el amor en un supuesto tan mundano (y tan automatizado) que hace más fácil, y más gratificante, mirar directamente en su interior en busca de la esencia que los (nos) hace humanos. Y por supuesto, no podemos obviar el increíble trabajo de David Thewlis y Jennifer Jason Leigh dando vida con sus voces a Michael y Lisa, convirtiéndolos en dos personajes tan reales, tan plenos y excepcionales, y haciendo que su historia de amor sea tan inolvidable y en última instancia devastadora.

El único problema de Anomalisa es que su metraje acaba resultando demasiado escaso, lo que hace que el desenlace se produzca de manera precipitada (puede tener que ver el hecho de que fuera concebida inicialmente como un mediometraje de 40 minutos y extendida debido al éxito de la campaña de Kickstarter). Dejando esto a un lado, Anomalisa es algo único, una anomalía del cine reciente (la especialidad del esquivo Kaufman) cuya particular voz resalta entre todas las demás, una historia que afecta, hace pensar, y se queda con nosotros más allá de los créditos finales.

Valoración: ★★★★

Crítica: Carol

Rooney Mara Therese

Todd Haynes se ha especializado en historias sobre mujeres en la Norteamérica de la primera mitad del siglo XX. En Lejos del cielo nos contó cómo la vida y el matrimonio de un ama de casa de los 50, Cathy Whitaker (Julianne Moore), se desmoronaba a su alrededor, en un entorno de crecientes tensiones sociales, y en la magnífica miniserie de HBO Mildred Pierce siguió las vicisitudes de una mujer divorciada (Kate Winslet) que trataba de abrirse camino por sí sola en el negocio de la restauración. Con su nuevo film, Carol, Haynes regresa a la década de los 50, la que le ha proporcionado tanto material para dar rienda suelta a su formidable sensibilidad como autor. En esta ocasión se centra en la relación de dos mujeres muy distintas, Therese Belivet (Rooney Mara), una muchacha de veinte años que trabaja en unos grandes almacenes, y Carol Aird (Cate Blanchett), una elegante y adinerada mujer que desea escapar de un matrimonio que ella dio por terminado hace tiempo (no así su marido). Carol incide en algunos de los temas que Haynes ha tratado en obras anteriores (principalmente la liberación de la mujer del yugo del hombre y la sociedad), pero es, por encima de todo, una preciosa historia de amor.

Un amor imposible entre dos mujeres que derriba barreras y sortea innumerables obstáculos para seguir adelante. Haynes relata con suma exquisitez los avatares de Carol y Therese, obligadas en primer lugar a ocultar su relación en una época en la que apenas se concebía algo así, y más tarde, cuando esta sale a la luz, a enfrentarse a las represalias en forma de diagnósticos de perversión o luchas por la custodia del hijo de Carol (cuya capacidad como madre es puesta en entredicho desde que se descubre una infidelidad con su mejor amiga Abby – Sarah Paulson). Ambas mujeres tratan de escapar de sus vidas, apoyándose la una en la otra, plantando cara a la ignorancia y el carácter posesivo de los hombres, particularmente los dos (excelentemente interpretados por Kyle ChandlerJake Lacy) que se niegan a aflojar la correa, porque sus dañados egos masculinos les impiden ver que una mujer no quiera llevar la vida supuestamente perfecta que la sociedad le ha impuesto. La lucha de Carol y Therese es una de dolor y sacrificio, pero también de pasión y refugio, una aventura de la que sacamos en claro la idea de que el amor es la decisión más importante en la vida de una persona, y que no renunciar a la naturaleza propia y aceptarlo, venga en la forma que venga, es la clave para ser libres.

Cate Blanchett Carol

Nada de esto tendría el peso tan grande que tiene en la película de no ser por las arrebatadoras interpretaciones de Blanchett y Mara. La primera mitad de Carol se centra en el inicio de su romance, y lo hace de forma pausada, con una sutilidad quebradiza, haciendo cómplices a los espectadores de esa emocionante primera etapa de descubrimiento, excitación y nudos en el estómago, sensaciones magnificadas por el carácter furtivo del enamoramiento. El trabajo de estas dos actrices es simplemente fascinante, sublime, un auténtico recital de miradas y gestos de pasmosa elocuencia e intensidad que se mantiene hasta el final, cuando la relación ya ha avanzado e, inevitablemente, debe atravesar su gran prueba de fuego. El amor entre Carol y Therese es real, se puede ver, como también se puede sentir el poderoso deseo que hay entre ellas, desde el primer momento en el que cada una posa su mirada en la otra. Blanchett da vida a una mujer sofisticada y muy versada en lo social, una criatura bellísima, de imponente presencia, profundamente sensual y seductora. Su magnética interpretación es más afectada que la de Mara, que aquí incluso se pone por encima de la infalible Blanchett, construyendo un personaje irresistible que fluctúa entre la inocencia más encantadora y la temeridad aventurera, la de una adolescente que dice “sí a todo” y desea amar sin importarle nada ni nadie más. Juntas encienden la pantalla, entregándose por completo a la relación (con tintes maternales por parte de Carol, por cierto) y llevando a cabo un virtuoso trabajo de matices que nos invita a buscarlas en cada ademán, caricia y lágrima contenida o derramada.

Carol es una obra de un tremendo detallismo, tanto a la hora de observar y caracterizar a sus protagonistas (a las que llegamos a conocer a fondo, a pesar de que ni ellas mismas se conocen), como en la puesta en escena. Haynes retrata a sus actrices a través de cristales, encuadra su tristeza y anhelo dentro de ventanas y puertas que resaltan la melancolía que envuelve a la película. A su alrededor, la década de los 50 y el Hollywood dorado cobran vida con una labor de diseño y atrezo impecable: los diners, los moteles, los muebles, el vestuario, los automóviles, los tocadiscos… todo está dispuesto escrupulosamente para evocar el pasado y cubrirlo en un aire etéreo de lirismo y misterio. La fotografía de Edward Lachman (que es demasiado oscura y a veces dificulta la tarea de adentrarse en la película, todo hay que decirlo), y la hermosa partitura del infravalorado Carter Burwell, contribuyen a acrecentar esa sensación de intriga y nos recuerdan que esto es una historia de Patricia Highsmith, en cuya novela homónima se basa la película.

A pesar de que las protagonistas son dos mujeres, el de Carol no dista mucho de otros grandes relatos románticos del cine. Y esto es lo que hace que la película sea tan excepcional. Como Ang Lee con Brokeback Mountain antes que él, y más recientemente Tom Hooper con La chica danesa, Haynes ha usado la plataforma mayoritaria que proporciona Hollywood (los Weinstein concretamente) para contar una historia que avanza la causa LGTBQ. Y lo ha hecho realizando una película de una enorme fuerza y belleza, una obra íntima y erótica, que navega constantemente en la tristeza para dejarnos con un mensaje de esperanza y autoafirmación, y que responde, por encima de todo, al modelo clásico del gran romance cinematográfico americano. El que no busca un público concreto, sino que está hecho para todos.

Valoración: ★★★★½