Joyas de autor: ‘Purasangre’, ‘Las horas pasadas’ y ‘No dejes rastro’

Para empezar el año con una buena dosis de cine llegan tres nuevos estrenos que Sony Pictures y Universal Pictures añaden a su catálogo doméstico. Tres títulos inéditos en cines o que tuvieron un paso limitado por salas comerciales y ven la luz en formato DVD, sumándose a su creciente colección de joyas de autor modernas. Se trata de la aclamada comedia negra Purasangre, y los dramas familiares Las horas pasadas y No dejes rastro, filmes que pasaron injustamente desapercibidos el año pasado y merece la pena recuperar, ya que ofrecen propuestas refrescantes con puntos de vista muy personales e interesantes.

Purasangre (Thoroughbreds)

Purasangre es la opera prima de Cory Finley, una perversa comedia negra adolescente que le ha granjeado críticas muy positivas y lo ha situado como uno de los cineastas recién llegados más prometedores de Estados Unidos.

La película está protagonizada por dos jóvenes portentos, Olivia Cooke (Yo, él y RaquelReady Player One) y Anya Taylor- Joy (La bruja, Múltiple), que dan vida a Amanda y Lily, dos chicas de clase alta que recuperan su amistad de la infancia después de años de distanciamiento, encontrando la conexión en sus tendencias más sociópatas y su odio hacia el padrastro de la segunda. Finley ofrece una versión retorcida de la comedia adolescente en la que las protagonistas se ven envueltas en un plan criminal tan macabro como divertido, lo que ha despertado las inevitables comparaciones con el clásico generacional Escuela de jóvenes asesinos.

Con irresistible malicia, gran sentido de la estética y buen gusto para el encuadre, Finley narra la curiosa y disfuncional amistad de dos almas perdidas que encuentran la conexión en su aversión a la normalidad. Junto al tristemente fallecido Anton Yelchin, en uno de sus últimos papeles, Cooke y Taylor-Joy dan forma a una comedia irreverente, descarada y con mucha personalidad. Aunque sus diálogos puedan pecar de artificiales, delatan a un autor astuto y seguro de su visión, lo que da lugar a uno de los debuts más estimulantes que nos ha dejado el indie norteamericano recientemente. La película fue nominada a mejor guion en los Independent Spirit Awards, y no es para menos.

Las horas pasadas (The Keeping Hours)

La exitosa productora Blumhouse, responsable de sagas de terror como Insidious La noche de las bestias y la última entrega de La noche de Halloween, lleva unos años intentando expandir horizontes con ideas originales y nuevos enfoques para el género fantástico. En este sentido, dieron en la diana con Déjame salir, una de las grandes sorpresas de 2017, y esta tendencia continúa con sus siguientes estrenos, incluyendo Las horas pasadas, con la que el estudio de Jason Blum se decanta por el drama.

Diez años después de la muerte de su hijo, una pareja divorciada se reúne tras un suceso sobrenatural que les brinda una segunda oportunidad: el regreso del niño en forma de fantasma. Karen Moncrieff dirige este drama fantástico con tintes de terror que da un giro de 180º al subgénero de casas encantadas. Lee Pace (Halt and Catch Fire) y la omnipresente y siempre excelente Carrie Coon (The Leftovers) elevan la película con sendas interpretaciones profundamente emotivas e inspiradas.

Ganadora del premio del público en el festival de cine de Los Ángeles, Las horas pasadas no ha tenido un recorrido comercial a la altura de lo que merecía. Salpicada de momentos de tensión y algún que otro sobresalto que evidencia a la productora que hay detrás, la película sobresale más bien por su acertada aproximación al drama psicológico, erigiéndose como un melancólico y conmovedor relato sobre el perdón, protagonizado por dos personas rotas en busca de la conexión perdida y un nuevo comienzo.

No dejes rastro (Leave No Trace)

Debra Granik se dio a conocer en 2010 con Winter’s Bone, la película por la que Jennifer Lawrence obtuvo su primera nominación al Oscar (de cuatro en total que se llevó el film). A continuación, la realizadora se volcó en el documental, y años después regresa con su segundo largometraje de ficción, No dejes rastro, drama familiar en el que su tendencia a la no-ficción se vuelve a hacer más que evidente.

La película narra la relación entre un padre (Ben Foster) y una hija (Thomasin McKenzie) que viven escondidos en Forest Park, una gran reserva natural situada cerca de Portland. Tras varios años sobreviviendo en el bosque con recursos limitados, un pequeño error desvela su situación y pone sus vidas patas arriba. La niña pasa entonces a manos de los servicios sociales, y padre e hija se ven obligados a reajustar sus costumbres para adaptarse a la vida en sociedad, lo que provocará el distanciamiento entre ellos.

Sin caer en la sensiblería o el dramatismo facilón, Granik compone una historia cruda pero sentimental que no ofrece soluciones fáciles. Sencilla en apariencia, pero enormemente compleja en la dinámica paternofilial que retrata y el dilema que plantea (reminiscente de películas como Hacia rutas salvajes Captain Fantastic), No dejes rastro destaca por su tacto y sutilidad, mientras que las interpretaciones de Foster y McKenzie la dotan de rebosante humanidad, sobre todo durante su triste recta final.

Crítica: Perdida (Gone Girl)

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¿Leer el libro antes de ver la película o ver la película virgen? He ahí la cuestión. En el caso de Perdida, la adaptación al cine de la célebre novela de Gillian Flynn Gone Girl, la cosa es más difícil, porque estamos ante una de esas historias que descansan hasta cierto punto en el factor sorpresa, en no saber qué nos espera tras cada giro -y aviso para navegantes, Gone Girl es un viaje loco, loco, loco del que es mejor no saber nada de antemano. Claro que si digo “hasta cierto punto” es porque tanto el libro de Flynn como el film de Fincher poseen alicientes de sobra para funcionar también como “segundo viaje”. Por eso, al final se reduce al medio que el usuario considere predilecto para experimentar la historia por primera vez. Yo elegí hacerlo en la oscuridad de la sala de cine. Por eso, las palabras que a continuación escribo se refieren a mi primer viaje dentro del fascinante mundo de Amazing Amy.

Pocas veces se da una sinergia tan absoluta y fructífera como la que tenemos en Gone Girl. El material de Flynn se adapta como anillo al dedo a la sensibilidad artística de Fincher, provocando una perfecta comunión creativa que salta a la vista en todo momento y que da como resultado una obra vibrante, contundente e inspirada. Gone Girl empieza como un thriller más o menos convencional, el misterio de la desaparición de Amy Dunne (Rosamund Pike), la investigación policial que se lleva a cabo y el circo mediático que se forma a su alrededor (en cierto modo, este film bebe bastante del episodio de la Venus de Milo de gominola de Los Simpson), y que señala a su marido, Nick (Ben Affleck), como el principal sospechoso del crimen. Pero Gone Girl no es lo que parece. ¿O sí?

No cabe duda de que estamos ante una película de Fincher. Así lo atestigua el impecable trabajo de sus colaboradores habituales, Jeff Cronenweth al cargo de esa gélida y oscura fotografía que nos hace sentir como en casa o Trent Reznor y Atticus Ross, que firman otro score electrónico para el recuerdo (invasivo y enervante en su primera mitad, funcional y catártico en la segunda). Sin embargo, hay algo raro en el ambiente durante la primera sección de la película, un desconcertante aire de farsa (en especial durante las incómodamente almibaradas escenas románticas, narradas por Amy desde su diario), de tramoya cuidadosamente dispuesta por un tándem director-guionista que esconde un secreto y prepara una función inolvidable. Efectivamente, Flynn y Fincher se dedican a plantar las semillas de una historia que, hacia la mitad, da un violento giro de 180 grados y se convierte en algo completamente distinto a lo que era. Este punto de inflexión reconfigura la película para invitarnos a fisgar en los vericuetos más oscuros y macabros de los Dunne, convirtiéndose así en un hiperbólico y desquiciado retrato del progresivo declive del matrimonio. El mago (o los magos) desvela su truco, y lejos de desvanecerse la magia, comienza de verdad el espectáculo.

Perdida_PosterY ese espectáculo tiene nombre propio: Rosamund Pike. Si bien es cierto que cuesta un poco ajustar la mirada después de que Gone Girl decida adentrarse abruptamente en terreno Brian de Palma (aclaración: esta es la película de De Palma que De Palma nunca supo hacer), la actriz londinense -cuyo talento era conocido por muchos pero aún tenía que encontrar el proyecto para demostrarlo al gran público- se adueña del relato de tal manera que no queda más remedio que entregarse ciegamente a los brazos de la “Increíble Amy” para que haga con nosotros lo que quiera. Además de ella, Gone Girl cuenta con uno de los repartos mejor escogidos y más aprovechados del cine reciente. Desde un Ben Affleck más que adecuado en el papel de marido “impecable” y verdugo pasivo (lo que en parte ha empujado a muchos a catalogar la película como misógina) hasta los perfectos secundarios, sobre todo un osado Neil Patrick Harris y las especialmente soberbias Carrie Coon y Kim Dickens. Sin embargo, es Pike la que merece todos los laureles por llevar a cabo una inolvidable interpretación, siempre al servicio de un apasionante estudio psicológico del complejo personaje que es Amy Elliott Dunne.

Volviendo al giro, y con el rostro de Pike imborrable en la retina, Gone Girl se va transformando a partir de ahí en una bomba de relojería fílmica, una experiencia demencial y perversa en la que los espectadores somos atados de pies y manos y sometidos a los más retorcidos juegos mentales (en La guerra de los Dunne nosotros somos las verdaderas víctimas). Para cuando los créditos finales de esta Vértigo moderna comienzan, después de 149 minutos que parecen 90, es difícil sacudirse los nervios, es imposible no reír para liberar tensión. Gone Girl no da tregua desafiando constante y deliberadamente la suspensión de la incredulidad, asumiendo riesgos a cada paso, sin miedo alguno a la exageración y la teatralidad (véase la presentadora y la vecina), retorciéndose lo imposible en su recta final. Precisamente por eso, el film de Fincher va más allá que cualquier thriller de Hollywood. Gone Girl es sorprendente, endiabladamente divertida e inteligente (Fincher también es un maestro haciendo comedia), rebosante de planos magistrales, escenas icónicas (esa sacudida de pelo “post-coital”), detalles visuales para el recuerdo (un “beso”, o dos) y diálogos brillantes, una película llamada a ingresar automáticamente  y por derecho propio en el imaginario popular del cine moderno.

Valoración: ★★★★½