El bar: Descenso a los infiernos de Madrid

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No cabe duda de que Álex de la Iglesia es uno de los cineastas con más personalidad del panorama nacional. Con El día de la bestia y la que es su gran obra maestra, La comunidad, el director bilbaíno asentó las bases de su cine y se afirmó como una de las grandes esperanzas del fantástico en España. Aquellos días quedan ya lejos, pero no se puede negar el efecto que las primeras películas de Álex de la Iglesia ejercieron en el mercado autóctono (y parte del extranjero), más dispuesto a arriesgar y dar carta blanca a nuevos realizadores de fantaterror que han seguido sus pasos. Que directores como De la Iglesia o Nacho Vigalondo tengan libertad para seguir experimentando y llevando las ideas más demenciales a nuestras pantallas es ya motivo de celebración. Ahora bien, no lo es todo.

Trabajos más recientes de De la Iglesia como Balada triste de trompetaLas brujas de Zugarramurdi Mi gran noche, han permanecido fieles a su visión, pero se han quedado a medias en muchos sentidos, con una cosa muy evidente en común: potencial malgastado. Con su nuevo film, El Bar, el prolífico director sigue ese mismo camino, planteando una premisa genial y llena de posibilidades que nos divierte y nos ilusiona hasta que se va todo al traste y llega el inevitable bajón. Esta es ya la tónica (Schweppes) del director, por lo que es aconsejable hacerse a la idea y disfrutar de todo lo que la película tiene que ofrecer, que, a pesar de la decepción, es mucho.

El bar es un thriller coral en clave de comedia ambientado en el centro de Madrid. Como las últimas obras de Vigalondo (Open Windows) o Eugenio Mira (Grand Piano), la película parte de una idea sencilla para desarrollar un adictivo entramado de misterio que se apoya en los mecanismos narrativos del cine de Hitchcock y el whodunit clásico para luego dinamitarlo a base de acción, paranoia y giros sorprendentes. Son las 9 de la mañana, y un heterogéneo grupo de desconocidos desayunan en una cafetería de toda la vida, regentada por una señora de toda la vida (una de las musas de De la Iglesia, Terele Pávez) y su casi-hijo (Secun de la Rosa): entre otros, una pija que se desvía de su camino a una cita (Blanca Suárez), un hipster barbudo (Mario Casas), un ama de casa con afición por las tragaperras (Carmen Machi) y un vagabundo con los cables cruzados y tendencias proféticas (Jaime Ordóñez). Uno de los clientes se marcha a toda prisa, y al salir por la puerta, recibe un disparo en la cabeza y es tumbado frente al bar. A continuación, las calles se quedan desiertas, y los demás no se atreven a salir, temiendo lo peor. En las noticias hablan de un incendio en el centro de Madrid, pero ellos saben que solo es una tapadera para encubrir la verdad. A partir de ahí y sin moverse del local, todos harán lo posible por descubrirla y sobrevivir.

El bar plantea una situación límite para reflexionar sobre hasta dónde estamos dispuestos a llegar para salvar el pellejo. Un experimento que pone a prueba a un grupo de personajes de procedencias y personalidades muy diversas en un contexto de crisis económica, desinformación y forcejeo entre pasado y presente, en el que no hay enemigos claros, donde el monstruo al que se enfrentan es el miedo y la ignorancia. Ese es el mayor acierto de El bar, que durante sus ágil primera mitad propone un puzle que transcurre a base de diálogos ingeniosos, punzantes y a menudo hilarantes que nos hablan de los prejuicios y la desconfianza que condicionan a la sociedad actual, mientras que, a su vez, se desarrolla como un thriller fantástico en el que todo es posible. Un virus, una invasión extraterrestre, una epidemia zombie… Cualquier opción es tan loca como plausible en El bar, y lo que no sabemos es lo que da forma al misterio. Sin embargo, el whodunit no tarda en resolverse, y lo que sigue a continuación es una lucha de poder entre unos desconocidos convertidos en salvajes por las circunstancias. Asistir al derrumbe emocional de los personajes, a las revelaciones sobre sus personas, a su transformación en bestias, es lo que hace que El bar sea tan eficaz y divertida. Hasta que deja de serlo.

El mejor Álex de la Iglesia parece haber vuelto en la primera mitad de El bar, pero es solo un espejismo. El tercer acto hace que la película se le vaya completamente de las manos. Si la mayoría de sus films culminan en las alturas, el clímax de El bar tiene lugar en las profundidades, concretamente en las alcantarillas de Madrid, donde los supervivientes viven, literalmente, su descenso a los infiernos infestados de ratas y cucarachas. Una oportunidad de oro que De la Iglesia aprovecha para llevar un paso más allá el elogio a la asquerosidad, el feísmo y la mugre que suele caracterizar a su cine y que en esta película se convierte en una sinfonía de fluidos, primeros planos de bocas podridas disparando saliva, colillas y mierda flotante que parece vivirse en 3D y Odorama (para taparse los ojos como en el terror más traicionero). Pero a lo que iba, en este desenlace alargado hasta la extenuación, De la Iglesia favorece la acción por la acción (como de costumbre), con 20 minutos de persecución pesada y repetitiva que dejan algo muy claro: si hay una película que debería haber durado 80 minutos es esta.

No obstante, hasta que la acción se traslada a las alcantarillas, El bar nos da bastantes alegrías. Los que admiramos el cine de De la Iglesia nos encontramos en ella con todo aquello que nos gusta de él, tan excesivoanimal y lleno de mala leche como siempre: su pericia filmando las escenas de acción, una puesta en escena impecable (es un decir, que se regodee tanto en la suciedad no hace sino convertir la experiencia en algo más incómodo, violento y visceral, que es la idea), un manejo de la cámara y un montaje que transmiten a la perfección la tensión, la claustrofobia y la ansiedad de la historia (aunque también se usen para ejecutar una repugnante escena sexista de explotación desde todos los ángulos posibles del físico de Blanca Suárez), un reparto de excepción que pone de manifiesto la buena dirección de actores que siempre lleva a cabo (todos están fantásticos, en especial Pávez, De la Rosa y Machi). Y hasta que se atrofia, un ritmo muy solvente que invita a dejarse llevar y disfrutar.

El bar está lejos de ser un descalabro (su primera parte es brutal y en general supone una mejora considerable con respecto a Mi gran noche), pero no es la gran película que podría haber sido. Por culpa de un guion sin pulir (escrito como de costumbre junto a Jorge Guerricaechevarría) y la falta de autocontrol de De la Iglesia, esta supone otra oportunidad desaprovechada.

Pedro J. García

el-bar-blu-rayEl Bar ya está a la venta en España en formatos Blu-ray y DVD de la mano de Sony Pictures Home Entertainment.

La edición incluye los siguientes contenidos adicionales:

  • Tráiler

  • Fotos exclusivas del rodaje

  • Vídeo comentario del director Álex de la Iglesia y del guionista Jorge Guerricaechevarría

  • Guion de script de El bar

  • Cómo se hizo. Documental dividido en cuatro partes: El Vermut (Localizando El bar); Unas aceitunas (Personajes y director); Un café (Dentro de El Bar); Copa y puro: Making of.

Crítica: El bar

No cabe duda de que Álex de la Iglesia es uno de los cineastas con más personalidad del panorama nacional. Con El día de la bestia y la que es su gran obra maestra, La comunidad, el director bilbaíno asentó las bases de su cine y se afirmó como una de las grandes esperanzas del fantástico en España. Aquellos días quedan ya lejos, pero no se puede negar el efecto que las primeras películas de Álex de la Iglesia ejercieron en el mercado autóctono (y parte del extranjero), más dispuesto a arriesgar y dar carta blanca a nuevos realizadores de fantaterror que han seguido sus pasos. Que directores como De la Iglesia o Nacho Vigalondo tengan libertad para seguir experimentando y llevando las ideas más demenciales a nuestras pantallas es ya motivo de celebración. Ahora bien, no lo es todo.

Trabajos más recientes de De la Iglesia como Balada triste de trompetaLas brujas de Zugarramurdi Mi gran noche, han permanecido fieles a su visión, pero se han quedado a medias en muchos sentidos, con una cosa muy evidente en común: potencial malgastado. Con su nuevo film, El Bar, el prolífico director sigue ese mismo camino, planteando una premisa genial y llena de posibilidades que nos divierte y nos ilusiona hasta que se va todo al traste y llega el inevitable bajón. Esta es ya la tónica (Schweppes) del director, por lo que es aconsejable hacerse a la idea y disfrutar de todo lo que la película tiene que ofrecer, que, a pesar de la decepción, es mucho.

El bar es un thriller coral en clave de comedia ambientado en el centro de Madrid. Como las últimas obras de Vigalondo (Open Windows) o Eugenio Mira (Grand Piano), la película parte de una idea sencilla para desarrollar un adictivo entramado de misterio que se apoya en los mecanismos narrativos del cine de Hitchcock y el whodunit clásico para luego dinamitarlo a base de acción, paranoia y giros sorprendentes. Son las 9 de la mañana, y un heterogéneo grupo de desconocidos desayunan en una cafetería de toda la vida, regentada por una señora de toda la vida (una de las musas de De la Iglesia, Terele Pávez) y su casi-hijo (Secun de la Rosa): entre otros, una pija que se desvía de su camino a una cita (Blanca Suárez), un hipster barbudo (Mario Casas), un ama de casa con afición por las tragaperras (Carmen Machi) y un vagabundo con los cables cruzados y tendencias proféticas (Jaime Ordóñez). Uno de los clientes se marcha a toda prisa, y al salir por la puerta, recibe un disparo en la cabeza y es tumbado frente al bar. A continuación, las calles se quedan desiertas, y los demás no se atreven a salir, temiendo lo peor. En las noticias hablan de un incendio en el centro de Madrid, pero ellos saben que solo es una tapadera para encubrir la verdad. A partir de ahí y sin moverse del local, todos harán lo posible por descubrirla y sobrevivir.

El bar plantea una situación límite para reflexionar sobre hasta dónde estamos dispuestos a llegar para salvar el pellejo. Un experimento que pone a prueba a un grupo de personajes de procedencias y personalidades muy diversas en un contexto de crisis económica, desinformación y forcejeo entre pasado y presente, en el que no hay enemigos claros, donde el monstruo al que se enfrentan es el miedo y la ignorancia. Ese es el mayor acierto de El bar, que durante sus ágil primera mitad propone un puzle que transcurre a base de diálogos ingeniosos, punzantes y a menudo hilarantes que nos hablan de los prejuicios y la desconfianza que condicionan a la sociedad actual, mientras que, a su vez, se desarrolla como un thriller fantástico en el que todo es posible. Un virus, una invasión extraterrestre, una epidemia zombie… Cualquier opción es tan loca como plausible en El bar, y lo que no sabemos es lo que da forma al misterio. Sin embargo, el whodunit no tarda en resolverse, y lo que sigue a continuación es una lucha de poder entre unos desconocidos convertidos en salvajes por las circunstancias. Asistir al derrumbe emocional de los personajes, a las revelaciones sobre sus personas, a su transformación en bestias, es lo que hace que El bar sea tan eficaz y divertida. Hasta que deja de serlo.

El mejor Álex de la Iglesia parece haber vuelto en la primera mitad de El bar, pero es solo un espejismo. El tercer acto hace que la película se le vaya completamente de las manos. Si la mayoría de sus films culminan en las alturas, el clímax de El bar tiene lugar en las profundidades, concretamente en las alcantarillas de Madrid, donde los supervivientes viven, literalmente, su descenso a los infiernos infestados de ratas y cucarachas. Una oportunidad de oro que De la Iglesia aprovecha para llevar un paso más allá el elogio a la asquerosidad, el feísmo y la mugre que suele caracterizar a su cine y que en esta película se convierte en una sinfonía de fluidos, primeros planos de bocas podridas disparando saliva, colillas y mierda flotante que parece vivirse en 3D y Odorama (para taparse los ojos como en el terror más traicionero). Pero a lo que iba, en este desenlace alargado hasta la extenuación, De la Iglesia favorece la acción por la acción (como de costumbre), con 20 minutos de persecución pesada y repetitiva que dejan algo muy claro: si hay una película que debería haber durado 80 minutos es esta.

No obstante, hasta que la acción se traslada a las alcantarillas, El bar nos da bastantes alegrías. Los que admiramos el cine de De la Iglesia nos encontramos en ella con todo aquello que nos gusta de él, tan excesivoanimal y lleno de mala leche como siempre: su pericia filmando las escenas de acción, una puesta en escena impecable (es un decir, que se regodee tanto en la suciedad no hace sino convertir la experiencia en algo más incómodo, violento y visceral, que es la idea), un manejo de la cámara y un montaje que transmiten a la perfección la tensión, la claustrofobia y la ansiedad de la historia (aunque también se usen para ejecutar una repugnante escena sexista de explotación desde todos los ángulos posibles del físico de Blanca Suárez), un reparto de excepción que pone de manifiesto la buena dirección de actores que siempre lleva a cabo (todos están fantásticos, en especial Pávez, De la Rosa y Machi). Y hasta que se atrofia, un ritmo muy solvente que invita a dejarse llevar y disfrutar.

El bar está lejos de ser un descalabro (su primera parte es brutal y en general supone una mejora considerable con respecto a Mi gran noche), pero no es la gran película que podría haber sido. Por culpa de un guion sin pulir (escrito como de costumbre junto a Jorge Guerricaechevarría) y la falta de autocontrol de De la Iglesia, esta supone otra oportunidad desaprovechada.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Ocho apellidos catalanes

Ocho apellidos catalanes

Es el cuento de siempre. Una película se convierte en éxito sorpresa y hay que sacar adelante una secuela en tiempo récord para aprovechar el tirón mientras dure. Ocho apellidos vascos fue uno de los mayores fenómenos mediáticos del pasado año en nuestro país, un taquillazo tremendo que permaneció meses y meses en cartelera, ganándose el título de película española más taquillera de la historia. La secuela estaba cantada, y no había tiempo que perder. Apenas un año después llega a nuestras pantallas de cine Ocho apellidos catalanes, una segunda parte que, en lugar de aprender de los errores de la primera y aprovechar para pulir la fórmula, se limita a repetir la jugada, pero con más desgana y descuido. Una chapuza nacional que, más que un estreno cinematográfico, parece un episodio extendido de una serie de Tele 5 hecho en dos días y medio.

Lo más triste de todo es que, aun contando con un margen presupuestal mucho más amplio y sabiendo que la película será vista por millones de espectadores, se ha optado por abrazar la ley del mínimo esfuerzo (ese sentimiento tan español). Quizá porque saben (o creen) que el público ya está en el bolsillo y por tanto no hace falta elevar el listón. ¿Para qué esmerarse si la gente se la va a tragar igualmente, no? Con hacer lo mismo otra vez será suficiente, debieron pensar. Y bueno, si fuera solo eso, a lo mejor hasta tendría un pase, pero es que no solo es la misma “historia” (muy entre comillas, porque tampoco hay mucha que digamos) basada en topicazos trillados y clichés regionalistas, los mismos chistes manidos, los mismos gags otra vez… es que además es la misma película, pero peor hecha.

Dani Rovira Clara Lago

Si la primera entrega ya era facilona y tenía ese regusto a caspa telecinquera (no hace falta que os recuerde que la infame cadena está en la producción, ¿verdad?), Ocho apellidos catalanes es todavía más cutre. Repite Emilio Martínez-Lázaro en la silla del realizador, pero aquí se le olvida dirigir. La película está muy mal rodada, y peor montada (el raccord se lo pasan por el forro, con dos cojones). La recalcona música de Roque Baños parece sacada de un banco de sonido online. Hay primeros planos desenfocados, planos generales pixelados (¡No hay tiempo para renderizar, vamos!), caras borrosas entre las multitudes, y un acabado digital lamentable (esos planos aéreos del AVE que parecen un vídeo de YouTube con el HD quitado). Un despropósito que podría colar si fuera una serie (y ni eso, que ya hay muchas ficciones televisivas actuales que tienen mejor factura), pero que defrauda como sucesora del mayor taquillazo español de la historia. Que sabíamos que la película se había hecho deprisa y corriendo, pero no habría estado mal disimularlo o al menos intentar estar a la altura de las circunstancias.

Y sobre el guion, en el que repiten Borja Cobeaga y Diego San José, pues tres cuartos de lo mismo. Rutinario a más no poder, parece escrito sobre la marcha, y no saca provecho al tema tan jugoso que trata, el de la identidad cultural. No pretendemos que una comedia ligera como esta se ponga existencialista o políticamente incendiaria, pero no estaría mal ir más allá del chascarrillo obvio y las observaciones inofensivas y faltas de garra. Ocho apellidos… podría/debería ser la celebración de nuestra riqueza cultural, de las muchas Españas, y también la crónica de la tensión que se vive en nuestro país. Y aunque en teoría parece que quiere serlo, no tarda en achantarse y quedarse en su zona segura para no meterse en demasiados fregaos. Así, esta secuela no es más que una comedia romántica formulaica, que parte de la premisa (rápidamente agotada) de la boda que el ex novio debe detener a toda costa. Pero en realidad no hay una estructura narrativa definida, no hay coherencia ni finalidad, es solo una acumulación de chistes, frases graciosas, gags y situaciones típicas de vodevil sin orden ni concierto. Estaría mintiendo si dijera que no tiene momentos divertidos. Los hay, y bastantes (o suficientes), golpes ocurrentes y momentos de lucidez cómica que ayudan a sobrellevar el resto de la película, aunque en última instancia hagan pensar en lo que esta podría haber sido si el guion se hubiera trabajado un poco más.

Carmen Machi Karra Elejalde

Pero como en la primera entrega, son los actores los que salvan el día, concretamente los veteranos: Carmen Machi demostrando de nuevo su impecable timing cómico, y un (otra vez) divertidísimo y entrañable Karra Elejalde, seguramente el responsable de la mayoría de las carcajadas que se llevará la cinta. Por otro lado, Dani Rovira y Clara Lago han sufrido una involución como personajes (por llamarlos de alguna manera). Rovira se limita a repetir las mismas gracietas, esta vez haciéndose pasar por catalán en lugar de vasco (no llegamos a saber muy bien por qué), soltando palabras inventadas a diestro y siniestro (hasta que pierde la gracia) y navegando entre el encanto y la vergüenza ajena sin atracar en ninguno de los dos puertos. Por su parte, Clara Lago pierde entidad y presencia, funcionando casi exclusivamente como herramienta para desarrollar la historia. Es decir, Amaia aporta la premisa (la boda) y pasa a segundo plano, del que sale un par de veces para protagonizar alguna escena empalagosa con Rovira o para que alguien haga un chiste sobre su flequillo. Y precisamente uno de esos chistes lo deja caer, con la insolencia que la caracteriza, la gran Rosa María Sardá, cuya mera presencia ya eleva la película de categoría. La actriz catalana es uno de los fichajes estrella de Ocho apellidos catalanes, sumándose al reparto junto a Belén Cuesta, a la que deberían haber aprovechado más (quizá se la estén reservando para Ocho apellidos gallegos), y el popular Berto Romero, que contentará a sus muchos fans con un personaje similar al que interpretó en 3 bodas de más, un moderno de mierda que convierte la película en una sátira sobre los hipsters cada vez que aparece en pantalla.

Como hemos visto, Ocho apellidos catalanes no está exenta de sus buenos momentos. Un par de puntazos por escena mantienen en pie una película que sin embargo se desmorona por todos los lados. No es que nos sorprenda el descaro con el que se ha llevado a cabo (insisto, es la “marca España”), pero ¿y lo bien que habría estado que nos hubieran callado la boca con algo digno? En su lugar, hemos de aceptar la realidad: Ocho apellidos catalanes es un producto evidentemente apresurado, de aspecto inacabado, únicamente hecho para volver a llenar salas. Y eso es lo que hay.

Valoración: ★★½

Crítica: Murieron por encima de sus posibilidades

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De todos es sabido que el arte es un fiel reflejo de la realidad social del país en el que se desarrolla. La obra realizada es el producto directo de una serie de correspondencias entre las experiencias vitales del artista y el entorno en el que habita. Unas situaciones externas que dejan huella en la vida del mismo y que, lógicamente, se ven reflejadas en su obra. De ahí que la crisis financiera que nos atenaza desde 2008, haya dejado mella en los cineastas actuales. Además de destrozarnos los bolsillos, convertir el mileurismo en una utopía y de dejar a más de un familiar en la calle, la crisis nos ha regalado una serie de películas que han intentado, con mayor o menor suerte, reflejar la coyuntura económica y social actual. Margin Call, El capitalMalas noticias, Film socialism(e) o los documentales Inside Job El espíritu del 45, son algunos de los más destacados del mercado internacional. Como no podía ser de otra manera, el cine español también ha mostrado esta situación crítica con films como Hermosa juventud5 metros cuadradosEdificio España o la patochada Ayer no termina nunca. Pero la película definitiva sobre la crisis estaba por llegar y esa parecía ser Murieron por encima de sus posibilidades, la comedia coral dirigida por Isaki Lacuesta, con Raúl Arévalo, Julián Villagrán, Imanol AriasEduard FernándezAriadna GilEmma SuárezCarmen MachiSergi López, José CoronadoLuis Tosar y la madre que los parió, que no es una referencia a Ángela Molina, aunque ella también aparezca en los créditos, sino al maremágnum que conforma el reparto del film.

Una sugerente sinopsis (una serie de freaks cuyos destinos se unen de la manera más macabra posible, que deciden no perder más el tiempo y poner en marcha una revolución que deja en paños menores a los de Podemos), un valor seguro a la dirección (Lacuesta viene de dirigir Los pasos dobles, con la que ganó la Concha de Oro, y años antes sorprendió a más de uno con su mockumentary Cravan vs. Cravan), un reparto de lujo que reúne a lo más granado del pasado, presente y futuro del cine español (sus nombres atesoran 13 premios Goya y sobrepasan las cincuenta candidaturas entre todos), un tema que nos toca a todos (no tener ni un duro y estar cansados de ello) y la promesa de no dejar títere sin cabeza a base de humor socarrón y gamberro. Resultado: experimento fallido. Murieron por encima de sus posibilidades se desmonta ya desde la primera escena: el símil “recortar (literalmente) a un ministro hasta que sea viable” no es tan divertido e inteligente como nos quieren mostrar, sino más bien una niñatada que se ve severamente perjudicada por unas interpretaciones flojísimas.

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El susto inicial se ve apaciguado por la aparición del tema Hay un hombre en España que lo hace todo, el profético himno que Astrud parió años antes de la crisis, y unos títulos de crédito que recuerdan a esas “grandes películas españolas con repartos interminables” que tanto nos divertían hace años… pero el espejismo se diluye y las situaciones que rozan (y en más de un momento, superan) el horrendo sentimiento de la vergüenza ajena no dejan de aparecer en pantalla. A destacar (por malos) el intenso discurso del personaje de José Sacristán en la barra de un bar, la desbaratada SPOILER muerte de Ariadna Gil y la actuación de juzgado de guardia de la nueva chica Almodóvar y estandarte de parte del cine noventero español, Emma Suárez. Lo más cercano a una sonrisa viene de la mano de Ángela Molina, que repite el papel de prostituta gritona que ya hizo en Carne de neón (otro truño), y no gracias a su interpretación, sino al pelucón que le han endiñado.

El sufrimiento continúa y los cameos parecen no tener film, como si de un Torrente XXXL se tratase y nadie parece poder remediar el desaguisado. El estrambótico dúo formado por Àlex Brendemühl Bárbara Lennie maquillan el tramo final gracias a su aparición… pero ya no hay tiempo para la redención. Habemus failMurieron por encima de sus posibilidades no se acerca ni de lejos al gamberrismo costumbrista de las cintas de Guy Ritchie (ni siquiera al Guy Ritchie de Madonna), ni mucho menos a la mala leche de BerlangaÁlex de la Iglesia, realmente no sirve ni para episodio de relleno de la vigésimo quinta temporada de La que se avecina.

Hablar de fracaso sería cometer un error gigantesco, Lacuesta ha conseguido lo que quería: una película de amiguetes, el problema es que solo les va a hacer gracia a ellos y que su propuesta es un horror vacui cuyas conclusiones filosóficas compiten con profundidad con las de Isabel Coixet. Una verdadera pena.

Valoración: 0

Críticas: Dead Man Down, Maternity Blues, La Estrella

Dead Man Down: La venganza del hombre muerto (Niels Arden Oplev, 2013)

Del director de Los hombres que no amaban a las mujeresla primera entrega de la saga Millenium, nos llega Dead Man Down, el debut norteamericano de Niels Arden Oplev, con un reparto internacional encabezado por el irlandés Colin Farrell y la sueca Noomi Rapace. La venganza del hombre muerto -el subtítulo que se le ha añadido en España- es una clásica historia de venganza sobre un hombre, Victor, infiltrado en una banda de asesinos y traficantes, responsables de la muerte de su mujer y su hija años atrás. Beatrice, la vecina de enfrente (que también vive atrapada por su pasado) echa el ojo a Victor y acaba involucrada en la turbia trama criminal.

Dead Man Down recurre a todos los tópicos del género, pero es incapaz de combinarlos de manera que no sintamos que estamos viendo la misma película de siempre. Así, la sensación de déjà vu es inevitable. Oplev se mueve constantemente en la delgada línea que separa el thriller serio de la película de acción desmadrada y su cinta acaba sumiéndose irremediablemente en la indiferencia, y en última instancia en la inverosimilitud y el absurdo. El reparto hace lo que puede para destacar por encima de la endeble historia, pero ni Farrell ni Rapace tienen el talento suficiente para desviar la atención hacia ellos. La presencia de Isabelle Huppert solo sirve para descolocar y desorientar aun más, pero el alivio cómico que proporciona la actriz francesa es quizás lo mejor de la película.

Dead Man Down supone el reencuentro del director de la primera Millenium con la Lisibeth Salander original. Sin duda el reclamo más interesante para acudir al cine a ver este thriller de sobremesa.

Maternity Blues (Fabrizio Cattani, 2011)

Drama italiano que explora el lado más oscuro de la maternidad. Maternity Blues es la historia de Clara (la húngara Andrea Osvárt), una mujer que ingresa en un hospital psiquiátrico tras una temporada en la cárcel por haber matado a sus dos hijos. Allí conoce a un variopinto grupo de mujeres que han llevado a cabo el mismo crimen.

Fabrizio Cattani adapta la obra de teatro From Medea, con la colaboración de su autora, Grazia Verasani, para sumergirnos en la psique de unas mujeres completamente perdidas en sí mismas después de cometer el acto más atroz que puede concebirse. Sin grandes aspavientos, Cattani nos muestra cómo una mujer puede alcanzar tal estado de depresión y desesperación como para cometer infanticidio, y ofrece a sus personajes un camino hacia la redención, sobre todo gracias a la amistad que se forja entre ellas.

Sin embargo, la arriesgada premisa de Maternity Blues se diluye en una acumulación de tópicos y caracterizaciones poco trabajadas que impiden que establezcamos la conexión necesaria para comprender y perdonar a estas mujeres, aunque ellas sean conscientes de que no hay perdón alguno para ellas. Lo que salva Maternity Blue es su cualidad de ‘película de manicomio’, una Maternity, Interrupted en la que las alianzas y amistades inesperadas -es un decir, porque todo en Maternity Blues es predecible- constituyen el mayor atractivo de la propuesta. Lo peor, una escena musical que hará que nos olvidemos de los crímenes de Clara y sus compañeras para concentrar nuestra ira juiciosa en Cattani.

La Estrella (Alberto Aranda, 2013)

Estrella es una joven limpiadora que trabaja en un cementerio de Santa Coloma. Vive con su novio, Salva (Marc Clotet), en un piso de los padres de ella. Cuando él consigue un puesto de trabajo importante, la distancia entre ambos se hace más grande, y mientras ella mantiene su carácter alegre y optimista, él se endurece y empieza a mostrar síntomas del peor machismo. Por otro lado, Trini, una amiga del trabajo de Estrella, es víctima de malos tratos por parte de su marido. La joven se vuelca con ella y la ayuda a regañadientes de su novio. Todo esto ocurre además en un panorama caracterizado por la reconfiguración urbana y el racismo vecinal del municipio barcelonés.

Drama social. Con eso tenéis suficiente, ¿no? Pues eso no es nada. La Estrella hace aguas por todos los lados, y nos obliga a preguntarnos por qué esto, y por qué ahora. Dos estrellas emergentes del cine español de los 90 (Ingrid Rubio y Fele Martínez) demostrando que nunca debieron emerger. Costumbrismo artificioso, naturalidad impostada, diálogos de auténtica vergüenza ajena, y el abuso más flagrante de todos los tópicos del género (imaginaos, una limpiadora andaluza en Barcelona). Un desastre del que solo se salva una correcta Carmen Machi, que destaca porque lo que tiene alrededor se lo pone fácil. Más que “duende”, esta película tiene “troll”. La Estrellá. Así nos va…