Crítica: Cuerpo de élite

Tres hombres, un catalán, un vasco y un madrileño, se pierden en la selva y son capturados por unos caníbales… Un madrileño entra en un bar en Barcelona y pide una caña… Esto va un andaluz y le pregunta a su amigo catalán… Murcia. Los chistes regionales han existido desde el principio de los tiempos y nunca nos abandonarán. Su éxito popular se basa en una ¿acertada? mezcla de tópicos racistas, machistas, homófobos y en su corta duración. Esa pequeña dilatación en el tiempo y la rapidez a la hora de contarlo son dos aspectos clave para que el chiste regional funcione. De esa manera, se podrán despertar los instintos primarios (de australopithecus ni más ni menos) del receptor, impidiendo que este analice la gracieta de manera objetiva y/o civilizada. Son golpes humorísticos que subrayan las supuestas diferencias de filosofía y comportamiento entre los múltiples territorios autonómicos y marcan de manera taxativa la visión exterior de sus oriundos en el resto del territorio.

Estos chistes regionales han protagonizado grandes momentos en reuniones familiares y/o escolares, y aunque el arte de contar un chiste haya pasado un poco de moda (este tipo de humoristas ya no tiene cabida en televisión y la edad de oro del monólogo terminó de una vez por todas) ha sabido reconvertirse en un subgénero cómico en sí mismo. De un par de frases que se jactaban de la tozudez vasca y el gracejo andaluz, hemos pasado a una saga de películas taquilleras que tienen como base ese tipo de chistes. La fórmula funcionó tan bien que se ha convertido en la moda actual de la ficción española. Tanto en televisión como en cine, se explota ese aspecto tan español que es el humor basado en tópicos con cierto toque caca, culo, pedo, pis. Mientras nos mantenemos a la espera de la tercera parte de la saga Ocho apellidos vascos, llega a nuestras pantallas Cuerpo de élite, la comedia regional de la temporada, ideada por Adolfo Valor y Cristóbal Garrido (guionistas de Promoción fantasma y El club de los incomprendidos).

Partiendo de una premisa similar a la de Amanda Waller, este equipo intenta reunir lo mejorcito de las fuerzas y cuerpos de seguridad para hacer frente a una supuesta amenaza terrorista. Un excelente punto de partida para realizar la comedia regional definitiva. Un ertzaintza aburrido entre papeles tras el cese de hostilidades de ETA, un mosso de esquadra especialista en negociaciones, una guardia civil andaluza religiosa, un legionario ecuatoriano más español que la cabra de la susodicha fuerza militar y un agente de movilidad madrileño tan íntegro en su trabajo como machista en sus quehaceres diarios. En esta andadura, les acompañan una científica murciana gangosa, un técnico gallego indeciso y dos políticos. Ya tenemos los jugadores, ahora la aventura. Tras la creación de este grupo de especialistas, empezamos a entrever que algo huele a podrido en el gobierno estatal. Comienza entonces un juego de dobles caras, grandes giros, sorpresas, personajes resucitados y un final explosivo. ¿Estamos entonces ante la gran película de gags regionales? No, rotundo.

El guión del tándem Valor-Garrido es una sucesión de chistes alargados y sin gracia. Únicamente algún que otro momento destacable se cuela a lo largo de la cinta, especialmente la recreación del momento en que Esperanza Aguirre arrolló la moto de un agente de movilidad o algún que otro momento políticamente incorrecto relacionado con ETA. Este humor acartonado lastra (y se alimenta de) el ritmo de la película. Joaquín Mazón (Con el culo al aire, Allí abajo) no logra que su película fluya en ningún momento, dando la sensación de avanzar a bandazos, mediante una concatenación de momentos de relleno para que el ‘one punch line’ de turno llegue. El verdadero drama viene cuando ese chiste no tiene ninguna gracia.

Pero el mayor crimen de Cuerpo de élite es desperdiciar al ‘dream team’ del humor televisivo en España de las últimas dos décadas: Joaquín Reyes y Carlos Areces de La hora chanante y Muchachada nui, Silvia Abril de Homo Zapping y Andoni Agirregomezkorta de Vaya semanita. Verdaderos iconos del humor absurdo, injustamente desaprovechados (una vez más) en la gran pantalla. Completan la terna de cómicos malgastados Jordi Sánchez (La que se avecina, Plats bruts), Vicente Romero (Con el culo al aire), César Sarachu (Camera Café), Miki Esparbé (Divendres) y Pepa Aniorte (Los Serrano). Una vez más, Areces vuelve a ser de lo más salvable como Ministro del Interior, aunque sea repitiendo su registro de malvado que tan bien le funcionó en Anacleto. Agente secreto. Pero si hay alguien que destaca especialmente esa es María León. Ganadora de un Goya por hacernos llorar de lo lindo en La voz dormida, ratifica su título de mejor actriz cómica del año (realmente ya lleva unos cuantos siéndolo) y se especializa en brillar en películas fallidas (como ya hizo en Rey gitano). León es la única que sabe coger el punto al tópico que le corresponde. Su guardia civil andaluza, muy religiosa y visceral tiene algún que otro momento gracioso, aunque su personaje termine reducido a lo que justamente critican en varios momentos de la película.

A pesar de contar con todos los ingredientes, este Escuadrón Suicida patrio no logra salvar la papeleta, ni mucho menos dignificar la comedia española actual. Otra oportunidad perdida.

David Lastra

Nota: ★★

Crítica: Mi gran noche

Blanca, Santiago y sus ayudantes

La idea era cojonuda. Una comedia negra que transcurre a lo largo de una sola noche durante la grabación de un especial de Nochevieja para televisión en pleno agosto, mientras el mundo exterior se viene abajo por los disturbios provocados ante los inminentes despidos de la cadena en plena crisis. Esa es a grandes rasgos la premisa de lo nuevo de nuestro enfant ya no tan terrible Álex de la IglesiaMi gran nochecon la que el director traza un puente directo hacia su película de 1999 Muertos de risa. Insisto, la idea era magnífica. El resultado, no tanto.

Mi gran noche es una oda pasada de rosca a la vertiente más casposa de la televisión española, los programas especiales made in José Luis Moreno, un género en sí mismo que simboliza mejor que ningún otro la decadencia y el embuste de nuestra querida caja tonta. De la Iglesia nos prepara un desquiciado recorrido entre bambalinas para conocer los entresijos de una producción de estas características, cargando escopetas ideológicas y desmitificadoras (aunque en este caso no haya mucho mito que desmontar) como si fuera Aaron Sorkin o Tina Fey, pero para acabar disparándolas de verdad y armar la de Dios, como bien mandan los cánones de su cine. La crítica al absurdo y la manipulación tras los focos no está de más, pero aquí hemos venido a ver cómo se va todo a tomar por culo.

Cuando Jose (Pepón Nieto) se adentra en el pabellón industrial donde se graba el programa para sustituir a un figurante que acaba de ser aplastado por una grúa de grabación, no tiene ni idea de lo que le espera ahí dentro. Cientos de personas llevan encerradas allí una semana y media fingiendo celebrar el fin de año con copas de champán de atrezo, obligados a sonreír y aplaudir sin descanso. La desesperación aumenta, la locura se desata, es como estar celebrando el Día de la Marmota una y otra vez metidos en el Metropol de Demons, pero sin marmotas ni zombies (exceptuando a Raphael, claro, pero vayamos por partes), que es lo único que falta. Claro que con la fauna que puebla el film, tampoco se echan de menos.

De una pareja de presentadores a lo Ramón García y Anne Igartiburu en plena guerra de los Rose (Hugo Silva y Carolina Bang) a un cantante de electro latino falto de neuronas llamado Adanne (Mario Casas parodiando a Bisbal) al que una pilingui engaña y fela para llevarse su semen con idea de extorsionarlo, pasando por un desquiciado fan fatal que planea asesinar a su ídolo en falso directo al más puro estilo Mark David Chapman (Jaime Ordóñez) o una figurante gafe (Blanca Suárez) azote (despampanante) de sus compañeros de fatigas festejos (Ana Polvorosa, Luis Fernández, Antonio Velázquez), que rehúyen de ella como de la peste, por miedo a acabar también debajo de la grúa.

Mi gran nochePero sin duda, el mayor reclamo de Mi gran noche (con permiso de la gran Terele Pávez) es ver al cantante Raphael autoparodiándose como Alphonso, proyección aumentada (o no, que a mí me han contado realidades de primera mano que superan con creces a la ficción) de la personalidad pública del artista, que con la edad se ha labrado una importante reputación como persona excéntrica, exigente y tirana. Lo cierto es que ver a Raphael riéndose de sí mismo de aquella manera tan excesiva y esperpéntica es una de las mejores bazas de Mi gran noche, pero como ocurre con todas las demás, la idea no alcanza su verdadero potencial (a pesar del buen hacer de Carlos Areces dándole la réplica). Que Raphael se preste a esto es genial, pero ni es actor ni es gracioso, por lo que al final la broma se queda solo en eso, en un gag imposible de estirar para convertir en una película. De la Iglesia y su co-guionista Jorge Guerricaechevarría manejan una cantidad ingente de hallazgos y ocurrencias, brillan ocasionalmente con un par de golpes contundentes de comedia corrosiva, pero en última instancia no son capaces de dar forma a la historia ni de llevarla a buen puerto (De la Iglesia no sabe cómo terminar la película, algo que le lleva ocurriendo ya bastante tiempo).

Lo que tenemos aquí es a un Álex de la Iglesia moviéndose por inercia. El bilbaíno dirige con la solvencia y el brío que lo caracteriza (las secuencias musicales y de acción son excelentes, claro), pero narra con el piloto automático, dando justo lo que se espera de él, cuando lo que hace falta ya es un poco más que eso (que eres el director de La comunidad, por el amor de Carmen Maura). Mi gran noche era una oportunidad perfecta para hacer la gran comedia española (españolísima) del año (antes de que cierta secuela venga para reclamar este título probablemente sin merecerlo), pero ha sido malgastada en un film con dos o tres puntazos que pasará sin pena ni gloria.

Valoración: ★★½

Crítica: Pos eso

fotograma 04 Damian

Pos eso supone el debut en la dirección de largos del cortometrajista conocido como Sam (Encarna, El ataque de los Kriters asesinosVicenta), un ambicioso proyecto animado cuyo desarrollo ha llevado cinco años de duro trabajo y multitud de obstáculos, todos superados con la ilusión y el esfuerzo que se puede respirar en el acabado final.

La técnica escogida para esta historia de tintes demoníacos es el stop-motion, más concretamente la modalidad de claymation, moldeado y animación realizada con muñecos de plastilina. Este proceso lleva tanto tiempo que en el transcurso de la producción nos han dejado dos de las voces de su estelar reparto, Mariví Bilbao y Álex Angulo (recordemos que en animación se suelen grabar antes los diálogos). Completan el elenco Anabel Alonso, Santiago Segura, Carlos Areces, José María Íñigo, Esperanza Elipa y Concha Goyanes.

Orientada al público adulto aficionado a los géneros fantásticos, Pos eso nos cuenta la historia de La Trini, una famosa bailaora que se baja de los tablaos después de que su marido, el célebre matador de toros Gregorio, fallezca en un desafortunado accidente doméstico. Sumida en una depresión, la folclórica se dedica a cuidar a su hijo de 8 años, Damián, que de un tiempo a esta parte comienza a mostrar síntomas de rebeldía demasiado macabros para ser una simple cuestión de pubertad. Esto lleva a La Trini a contactar con el Padre Lenin, cura vasco en plena crisis de fe que acude a la familia para practicar un exorcismo al pequeño.

Pos eso es una comedia de terror repleta de gore, acción y tetas de plastilina, un trabajo caracterizado por el cachondeo y espíritu gamberro. Sam compone un pastiche de los títulos de terror más icónicos del cine, plagando su película de evidentes guiños a La profecíaEl exorcista. Tanto es así, que su argumento no es más que un corta/pega de los films mencionados, un relato muy mecánico y predecible, hecho a base de retales de otras cintas de miedo que recorre todos los lugares comunes del género de las posesiones demoníacas. Solo que con una diferencia: Pos eso es 100% cañí, una españolada orgullosa de serlo. En definitiva, una aventura loca, bizarra y deliberadamente casposa que solo podría hacerse en nuestro país.

fotograma 02 contra los tentaculos

Sam nos invita a un festival de referencias al cine -no solo el terror americano, sino también al destape y los clásicos populares españoles de los 60 y 70, con homenajes a Gracita Morales o la Tonta del Bote, y la presencia vintage de José María Íñigo. Pero también hay abundancia de guiños a la cultura popular -llegamos a ver en una escena a Apu de los Simpson-, y sobre todo a la telebasura patria y los frikis catódicosPos eso es en el fondo una sátira a base de sal gruesa de la cultura del amarillismo en nuestro país, una crítica salvaje a los programas del corazón que ofrece al espectador la morbosa satisfacción de ver a Mariñas, Karmele o Belén Esteban como víctimas de una masacre en directo.

Pero sobre todo, la ópera prima de Sam es un film divertido, libre de pretensiones, y aún así realizado con gran atención al detalle -la animación es muy fluida y tanto las miniaturas como el diseño de producción son excelentes (solo chirría la integración de las criaturas digitales, que resulta pobre y resta empaque al acabado visual). Pos eso es la película que sueñan con hacer tus compañeros de Comunicación Audiovisual que leen El Jueves, son fans de Álex de la Iglesia, y solo tocan teta si la hacen de plastilina. Su humor es infantil y vulgar, pero ahí está la gracia. Sam nos propone un rato desenfadado y distraído, y lo hace con pasión por los géneros que homenajea, dejando patente en todo momento el empeño y la dedicación que hay detrás del proyecto.

Valoración: ★★★

Crítica: Sexo fácil, películas tristes

Sexo fácil

Sexo fácil, películas tristes es una historia a caballo entre España y Argentina, entre la ficción y la realidad, entre el drama y la comedia. El segundo largometraje de Alejo Flah (Taxi), co-producción hispano-argentina con reparto internacional, cuenta dos historias que son en realidad la misma.

En Madrid, Marina (Marta Etura) y Víctor (Quim Gutiérrez) están hechos el uno para el otro, y aunque ella es reacia al principio, acaban dando una oportunidad a la vida en común que parecen destinados a compartir, a pesar de que las circunstancias se empeñen en hacerles la contraria. En Buenos Aires, Pablo (Ernesto Alterio), un reputado escritor y profesor de universidad que atraviesa una crisis sentimental con su pareja de muchos años, recibe el encargo de escribir el guión de una comedia romántica. Marina y Víctor no existen, son dos personajes de ficción creados por Pablo, los protagonistas de la película que tiene que escribir. Ellos funcionan como válvula de escape y auto-terapia del autor, que acepta el reto de escribir una historia de amor convencional justo cuando ha perdido la fe en él.

Sexo fácil películas tristesA lo largo de la película, Pablo (es decir, Flah) se dedica a deconstruir los lugares comunes de la comedia romántica, desglosando la relación de Marta y Víctor mientras estos pasan por las distintas fases de su historia de amor. El “meet cute” (adorable primer encuentro de la pareja), las dudas y los consejos de los respectivos mejores amigos (Carlos Areces y Bárbara Santa-Cruz), la primera crisis, y finalmente, el último reto antes del happy ending o la separación definitiva. De esta manera, el director opone el idealismo de la ficción (donde todo se detiene en ese final feliz y los siguientes capítulos, mucho más amargos, no existen) a la mucho más cruda realidad, en la que Pablo se enfrenta a sus problemas sin la ayuda divina del autor que maneja los hilos, valiéndose únicamente de su propio sentido común.

Sexo fácil, películas tristes contiene reflexiones atinadas si bien algo simplistas sobre las relaciones heterosexuales modernas y consigue funcionar como drama y comedia sobre todo gracias a su excelente reparto y unos diálogos más naturales de lo habitual en nuestro cine (Ernesto Alterio y Julieta Cardinali están fantásticos, y Gutiérrez y Etura enamoran con su frescura). Por otro lado, el vaivén entre España y Argentina, lejos de perjudicar el ritmo de la película, saca el máximo partido a su naturaleza meta-narrativa. Flah contrasta el Buenos Aires gris de Pablo con el idílico paisaje urbano de Madrid (la librería 8 y medio, el Retiro), capturando a la perfección el espíritu de Malasaña al convertir sus calles en un escenario nocturno casi mágico donde nace y vive el amor de sus personajes.

Sin embargo, a la propuesta le falta mucho gancho y resulta demasiado predecible, convirtiéndose en lo que en teoría critica. Al final, la película se revela como una comedia romántica mucho más convencional y conservadora de lo que se nos quiere hacer creer (aunque algo velada, ofrece una anquilosada crítica a los estilos de vida no tradicionales en defensa de la monogamia). Absténgase aquellos que se encuentran en medio de una crisis de pareja o los que creen que la única meta en la vida es encontrar el amor y no lo han hecho aún. Según esta película, un final feliz solo es posible en pareja y en la ficción.

Valoración: ★★★

Crítica: Los amantes pasajeros

Cherish: We can fuck now?
Cecil: From here to Timbuktu!
(Cecil B. Demente, 2000) 

Se habla de Los amantes pasajeros como el gran regreso de Pedro Almodóvar a la comedia. Si bien es cierto que desde Kika (1993), el realizador manchego no había hecho una cinta eminentemente cómica, todos sus melodramas, tragedias y giallos (…) de las dos últimas décadas no se entenderían sin su particular sentido del humor. O en su defecto, sin la enorme presencia de Chus Lampreave, almodovariano alivio cómico por excelencia -que desgraciadamente no aparece en esta película. De la misma manera, sus comedias nunca prescinden del poso trágico, en especial a la hora de elaborar las historias de fondo de los personajes, y lo comprobamos en este último trabajo una vez más. Comedia, tragedia, tragicomedia, qué más da. Almodóvar y punto.

Los amantes pasajeros será publicitada hasta la saciedad -como todo lo que hace Almodóvar- como el regreso a los orígenes de su director, la vuelta del humor de Mujeres al borde de un ataque de nervios. Pero, aunque todo desprenda un halo a underground manufacturado, esto es solo cierto a medias. Los amantes pasajeros no es solo un trabajo de retrospección o recuperación, es sobre todo otro paso más en la evolución de su cine. Uno hacia la libertad total, a través del despojo absoluto de prejuicios y preocupaciones por la crítica -siempre dividida y tan visceral o más que su cine. En este sentido, Almodóvar está más John Waters que nunca. Pero claro, es un Waters tardío. La extrema libertad de Pink Flamingos (1972) no es la misma que la de Los sexoadictos (A Dirty Shame, 2004), de la misma manera que el punk cerdo de Pepi, Luci y Bom (1980) no tiene nada que ver con el caos carnal de Los amantes pasajeros. La declaración de principios se descarga de afectación y el guerrillerismo desaparece. Aparentemente, la única causa que persigue Almodóvar con Los amantes pasajeros es la risa del espectador, y para lograr el éxito, se deshace de toda restricción y yugo creativo, propio y ajeno, dando rienda suelta a una celebración por todo lo alto de la pluma sin concesiones y sin remordimientos. Y es que, ¿por qué habría de tenerlos? El resultado es una obra decididamente ligera que nos devuelve a un Almodóvar que, una vez más, ha hecho la película que quería hacer.

Ahora bien, la locura en Los amantes pasajeros tarda un poco en desatarse. La primera hora de la película fluctúa entre lo patético de unas interpretaciones acartonadas -marca de la casa- y unos diálogos desinspirados que siembran el pánico. ¿Nos han enseñado en el tráiler lo único verdaderamente gracioso de Los amantes pasajeros? Tranquilos, no es el caso. Los amantes pasajeros se toma su tiempo para despegar -aunque Almodóvar es de la opinión de que las comedias no deben durar más de 90 minutos, así que en qué estaba pensando. Pero cuando lo hace, no pone el piloto automático en ningún momento. El peso cómico de Los amantes pasajeros recae principalmente en el trío de azafatos que ejercen de anfitriones de este loco camarote volador de los hermanos Marx. Unos inconmensurables Javier Cámara, Carlos Areces y Raúl Arévalo nos invitan a soltarnos la melena (o sacudir el flequillo a lo Whip My Hair), entregándose en cuerpo y alma, culo y lengua, cadera y muñeca, al libérrimo exceso de sus personajes. Llega un momento en Los amantes pasajeros en el que es imposible no abanderar el “I’m so excited, and I just can’t hide it. I’m about to lose control and I think I like it. I LIKE IT”.

Por supuesto, no es casual -como nada en el cine de Almodóvar- que el hit de The Pointer Sisters sea la única canción con protagonismo de la película (menos mal). “I’m So Excited” se convierte en himno, declaración de intenciones, biblia y mantra, y en último lugar, catalizador del irrefrenable deseo del espectador por entregarse a la vorágine de liberación y guarrería que está observando en la pantalla. Estoy a punto de perder el control y creo que me gusta. Definitivamente, ¡me gusta! Es hacia el tramo final de Los amantes pasajeros cuando más salta a la vista la influencia de Waters en Almodóvar, sobre todo durante ese apoteósico y catártico clímax erótico que remite directamente a la secuencia final de la imprescindible Cecil B. Demente (Cecil B. Demented, 2000) o, como ya he mencionado, a Los sexoadictos en su totalidad.

Los amantes pasajeros solo se encuentra con turbulencias cuando insiste en profundizar en las vidas de los pasajeros del vuelo. El gran recurso cómico que resulta ser la avería del teléfono que permite a todo el pasaje oír al interlocutor se ve truncado cuando, a través de él, el relato se desplaza a tierra firme. Sobra la subtrama de Willy Toledo y Blanca Suárez. Como también desentona ligeramente la crítica social que Almodóvar lleva a cabo a través del banquero corrupto. Sin embargo, la verdadera denuncia no es sino el mero hecho de la existencia de esta película, que una vez más pasa por encima de la empalizada del cine en este país, y del gobierno que lo financia. Los amantes pasajeros es muy en el fondo un retrato, astutamente revestido de comedia, de la situación de precariedad en la que nos encontramos actualmente -el pasaje turista dormido al completo, el avión que sobrevuela España sin poder aterrizar en ella-, pero es sobre todo un corte de mangas a todo el que pone cortapisas a la creatividad de una industria en crisis permanente. “Soy Almodóvar, y aquí tenéis mi película. Hay semen en la comisura de los labios, mescalina con olor a ano y zafios chistes sobre la afición del rey a las prostitutas. ¿Y qué?”

“Tonight’s the night we’re gonna make it happen / Tonight we’ll put all other things aside / Give in this time and show me some affection / We’re going for those pleasures in the night”. En Los amantes pasajeros, todos los personajes se entregan a esos placeres trasnochados, y lo hacen en un tiempo y espacio literalmente suspendido, con la posibilidad de la muerte inminente guardada en el compartimento del equipaje. Y esta es la moraleja definitiva y cósmica de esta película. Si eres gay, sé gay. Si quieres follar, folla. Si quieres bailar, baila. España, y el mundo, se precipita hacia el vacío. No nos queda otra que entregarnos a nuestros deseos y pulsiones más primarias. Tal y como, una vez más, Almodóvar ha hecho con su cine.