Crítica: Valerian y la ciudad de los mil planetas

valerian-1

Atención al dato. El cómic franco-belga Valerian, agente espacio-temporal inspiró a George Lucas en su creación de Star Wars. Esto debería ser credencial suficiente para que el tebeo creado en los 50 por Pierre ChristinJean-Claude Mézières fuera más conocido entre el gran público, pero Valerian no goza del reconocimiento masivo que otras obras fundacionales del cómic moderno sí tienen. Por esto mismo, había que hacer algo al respecto. Había que dar a conocer el material sin el que Star Wars no habría sido igual, qué digo, sin el que el cine no habría sido el mismo. Y quién mejor para acometer esta ambiciosa empresa que Luc Besson.

Con Valerian y la ciudad de los mil planetas regresa el Besson de El quinto elemento, el más desmesurado, imaginativo y hortera. Y para llevar a la gran pantalla su nuevo delirio intergaláctico tuvo que encontrar el apoyo financiero fuera de los grandes estudios, asociando su EuropaCorp con una coalición de productoras independientes que elevaron el presupuesto del proyecto hasta los 180 millones de dólares (según los rumores podría ser más), convirtiéndola en la película europea y la película independiente más cara de la historia. Una jugada suicida se mire por donde se mire, pero que tiene su recompensa: Valerian es un espectáculo visual sumamente impresionante.

En la película, Valerian (Dane DeHaan) y Laureline (Cara Delevingne) son agentes especiales del gobierno de los territorios humanos a cargo de mantener el orden en el universo bajo la dirección de su comandante (Clive Owen). Estos dos policías espaciales son algo más que colegas de profesión, sin embargo, él quiere más de la relación que ella, y ella no está dispuesta a comprometerse hasta que él deje atrás sus prácticas donjuanescas y borre su agenda de contactos femeninos. Pero este tira y afloja romántico tendrá que pasar a segundo plano cuando Valerian y Laureline emprendan una misión en la ciudad de Alpha, un enorme crisol de razas y especies procedentes de todos los recovecos del universo, donde nuestros héroes deberán proteger el último resquicio de una poderosa civilización considerada extinta, destapando así una conspiración que pondrá en peligro a la especie humana.

valerian-2

Como decíamos, Valerian marca la vuelta de Besson a la ciencia ficción más barroca. El director ha orquestado una space opera reminiscente de El quinto elemento, repleta de hallazgos visuales y caracterizada por una imaginación desbordante. El film establece su tono abriendo con una fantástica secuencia unificadora al ritmo de “Space Oddity” de Bowie en la que Besson nos pone en contacto con la “rareza” y la variedad del universo que se despliega ante nuestros ojos. A partir de ahí, Valerian no cesa de sorprender con ocurrencias que sirven para crear las secuencias de acción más inventivas y divertidas que vamos a ver en mucho tiempo en una pantalla. La película es un constante bombardeo de ideas visuales y artilugios futuristas con los que es difícil no asombrarse, lo cual tiene su mérito teniendo en cuenta la edad del material en el que se basa.

El desorbitado presupuesto de Valerian salta a la vista en todo momento, pero muy especialmente durante las escenas que involucran a los habitantes del planeta Mül, humanoides creados mediante la técnica digital de la captura del movimiento que suponen el siguiente eslabón evolutivo en la revolución digital auspiciada por James Cameron en Avatar. De hecho, cuenta la leyenda que Besson estaba trabajando en Valerian desde antes de que Cameron anunciara su película, y debido a las similitudes en estilo y argumento entre ambas, tuvo que posponerla. Valerian llega cuando el espectador cree haberlo visto todo, cuando la audiencia parece haber perdido la capacidad de sorprenderse con lo que el cine es capaz de hacer en materia digital, pero Besson se las ha arreglado para crear algo con la capacidad de dejar boquiabierto al más reacio. Los colores que saltan de la pantalla, los efectos especiales, las secuencias íntegramente digitales, la integración de los elementos reales con el CGI, la fluidez y el realismo apabullante de las criaturas realizadas por ordenador, todo esto hace de Valerian una película digna de ver en la pantalla más grande posible.

Pero no todo es positivo. Valerian recurre tanto a la baza visual porque no puede sorprender en el departamento narrativo. Juega en su contra que tras los 50 años que han transcurrido desde la publicación del tebeo original, es prácticamente imposible que el público encuentre este tipo de historias novedosas. Es paradójico, pero Valerian no puede reclamar su lugar en la ciencia ficción moderna porque sus discípulas la han aventajado con creces. Es por eso que, por mucho entusiasmo y esfuerzo que se haya puesto en ella (y esto es indudable), puede verse como un producto del montón en lo que respecta a su historia.

valerian-3

Por otro lado, hay que reconocer que su reparto quizá no sea el más acertado. Obviemos a Ethan Hawke (pasadísimo de rosca), a Clive Owen (muy acartonado) o a Rihanna (que no hace mucho, aparte de interrumpir drásticamente el ritmo de la película con una escena musical análoga a la ópera de El quinto elemento), y centrémonos en la pareja protagonista. DeHaan y Delevingne dan la talla físicamente. Ambos tienen esa belleza extraña e hipnótica que hace que resulten perfectamente creíbles como humanos del futuro, o como extraterrestres descendientes de Bowie. Pero interpretativamente hablando, ninguno de los dos está a la altura de las circunstancias. Sorprendentemente, Delevingne se lleva la mejor parte, ya que la naturaleza descarada y la fuerza de su personaje no permite que se duerma en los laureles. Pero a DeHaan le viene demasiado grande el papel de granuja seductor, quedándose a años luz del carisma de Han Solo. Por esta razón, la dinámica romántica de Valerian y Laureline acaba siendo lo peor del film.

A pesar de estos inconvenientes, Valerian supone una experiencia desenfadada altamente recomendable para los amantes de la épica fantástica y la ciencia ficción más colorista. El hecho de que la película no se tome excesivamente en serio ayuda a que pasemos por alto sus traspiés narrativos (la trama arrastra al final y se resuelve de forma bastante confusa) y su sentido del humor algo infantiloide, y nos centremos en disfrutar de lo que Besson ha creado para el deleite de nuestras retinas, que no tiene desperdicio: acción híper-plástica, criaturas originales (llama la atención un trío de patos alienígenas que son claros precursores de Jar-Jar Binks), efectos digitales alucinantes, un diseño de producción para quitarse el sombrero, imágenes de belleza cegadora, y un vasto universo de ficción riquísimo en detalle.

Eso sí, hay que decir que, aunque Valerian anteponga lo visual a todo lo demás, la película no deja de ser un viaje divertido y trepidante, incluso entrañable (la ilusión depositada en ella es contagiosa), una acertada mezcla de clasicismo aventurero y creatividad visionaria que merecía más suerte de la que ha tenido. El público no la está acompañando, por lo que la expansión de su fascinante universo en forma de saga es una posibilidad cada vez más remota. A los que se nos han salido los ojos de las órbitas viéndola nos queda la esperanza de que, ya que no ha podido ser un blockbuster, al menos se convierta en la obra de culto que merece ser.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Escuadrón Suicida

Escuadron Suicida 1

Cuando con tus héroes no consigues conectar del todo con la audiencia, pide ayuda a tus villanos. Sobre el papel, Escuadrón Suicida (Suicide Squad) tenía todo lo necesario para ser la gran película de “superhéroes” que situaría a DC en el buen camino. Un cóctel explosivo de acción y humor gamberro con un buen cast y lo más granado de su villanía reunido para repartir mamporros a ritmo de rock’n’roll y hip hop. ¿Qué podía salir mal? Pues todo. O casi todo. Bajo la batuta de David Ayer (guionista de A todo gas y director de Fury), Warner/DC trata de corregir el curso de su Universo Extendido, pero cae en todos los errores posibles (y unos cuantos extra) haciendo que nos preguntemos varias cosas: ¿Cómo es posible estropear un material tan jugoso? ¿Qué es exactamente lo que pretende el estudio? Y, ¿cuándo se van a dar cuenta de que necesitan un cambio urgente de equipo creativo?

Escuadrón Suicida se postulaba como una alternativa corrosiva e irreverente a los superhéroes de DC ya presentados en cine, pero ni es tan graciosa como parecía (“publicidad engañosa” se queda corto), ni tan loca como se empeña en hacerte verni todo lo cafre que debería. Y es que es muy difícil dar rienda suelta a la locura y el sadismo de estos psicópatas cuando la película está restringida por una calificación por edades errónea (es bastante violenta, pero se nota que no todo lo que quería, y si hubiera obtenido la R, como Deadpool, habría sacado mucho más partido de su material). Pero este es solo uno de sus problemas, y ni siquiera es el más importante. Lo que hace que Escuadrón Suicida se desmorone completamente es su total y absoluta falta de coherencia, sentido y estructura. Simplemente no hay historia, solo un caos narrativo en el que se acumulan momentos, escenas, clichés y viñetas sin ton ni son, algo que pone de manifiesto sus fallos de base: esa dependencia de la iconoclastia vacía como herramienta para (no)narrar y una evidente carencia de visión general.

Escuadrón Suicida 2

Ayer, que además de dirigir escribe el “guion” (énfasis en las comillas), forcejea para dar forma a la película, algo que el montaje -y el obvio remontaje urgente– potencia incluso más: salta a la vista la desconexión entre cineasta y estudio, la mano negra de Warner, los retoques de última hora, y todo lo que hace que la película esté tan fragmentada y parezca un producto inacabado. Pero empecemos por el principio, que es justamente algo que la película no hace. Sin ningún tipo de contextualización o preámbulo, la agente del Servicio de Inteligencia Amanda Wallis (Viola Davis) presenta su plan para reunir al Task Force X, formado por los psicópatas, monstruos y asesinos más peligrosos del mundo, para… para nada en concreto, solo porque sí. ¿En qué consiste el plan exactamente? ¿Cuál es la razón para ponerlo en marcha? ¿Contra qué deben luchar? No lo sabemos. No se nos cuenta. Como mucho se justifica con un “por si acaso”. No existe una amenaza como tal, sino que se va creando sobre la marcha, de hecho, se inventa a mitad de la película. Es como una paradoja temporal. Primero se crea la solución a un problema inexistente (aun a sabiendas de que la cura puede ser peor que la enfermedad) y a partir de esa solución nace el problema. Solo que no parece que esté pensado así, sino que más bien da la sensación de ser el resultado de una planificación narrativa desastrosa.

Con el plan de Amanda llegan las presentaciones. Rótulos cuquis en la pantalla, y énfasis en varios personajes por encima de los demás, lo que desde el principio aporta un gran desequilibrio, que será la tónica del resto del film. Deadshot (Will Smith), Harley Quinn (Margot Robbie) y El Joker (Jared Leto) son los que más interesan (por el star-power de sus actores o por lo icónico de sus personajes), y a ellos sobre todo se dedican los primeros 20 minutos de caótica y repetitiva sobre-exposición. Si hay que presentar a Harley Quinn dos veces, o tres, se hace, aunque eso suponga que el resto de personajes tengan que ser introducidos con calzador en los lugares menos indicados y nunca lleguen a tener entidad: “Por cierto, esta es Katana, tiene una katana. Ah, y casi se me olvidaba, este es… (esperad que googlee, porque no me acuerdo de su nombre)… Slipknot. No os hace falta saber demasiado sobre él, es un mero recurso narrativo”. Así es el tratamiento de los personajes en Escuadrón Suicida. Unos aparecen y desaparecen aleatoriamente (Joker), otros son el colmo de lo unidimensional (Capitán Boomerang, Killer Croc, reducidos a un par de chistes), algunos se quedan a medias (la propia Amanda, verdadera villana del film, cuya personalidad queda sin explorar como se merecía) y la mitad son relleno. Una cosa es que sea difícil manejar un reparto numeroso (uno de los mayores obstáculos del cine de superhéroes) y que esto juegue en detrimento de la película, otra muy distinta este despropósito. Y entonces empieza la acción de verdad, pero no sabemos cómo, por qué, o hacia dónde exactamente se dirige la trama y sus personajes.

Escuadrón Suicida 3

Esto es lo que pasa cuando quieres empezar a construir la casa por el tejadoEscuadrón Suicida es una película que debería existir sobre un universo de ficción mucho más asentado y definido. Y a esto me refería con lo de “falta de visión general”. DC quiere construir un completo universo expandido en dos días, y para ello está forzando las conexiones entre entregas. Lo vimos en Batman v Superman, y lo volvemos a ver en Escuadrón Suicida, donde los cameos son incluso más gratuitos y peor encajados. Al final, más que una película, parece que estamos viendo un checklist de ingredientes imprescindibles del cine de superhéroes que hay que ir tachando. Una lista que empieza a tomar más items prestados de Marvel. Seguramente no andaríamos desencaminados si pensásemos que DC creía tener entre manos su propia Guardianes de la Galaxia. El planteamiento (“los peores héroes de la historia” forman equipo), el humor más desenfadado o el clímax forzadamente emotivo (en el que tenemos que creernos que los malotes tienen corazón y son una familia a su manera) así parecen indicarlo, pero en lugar de beneficiar a la película, lo que hace este extraño “tuning” es dejar constancia de su desdoble de personalidad y esquizofrenia tonal. De nuevo, esto podría haber sido intencionado, incluso conveniente (¡la película está protagonizada por un puñado de locos!), pero no es más que otro reflejo de la confusión que impera en DC.

Y ahora, detengámonos en uno de los aspectos más lamentables de la película, la guinda sobre el pastel: su flagrante machismo. Acepto sin problemas que la imagen explosiva e hipersexualizada de Harley Quinn sea inherente al personaje, pero eso no justifica el tratamiento tan denigrante y pueril que recibe, con el único objetivo de abastecer de material masturbatorio a los fanboys. Pero no es solo Harley Quinn y sus shorts metidos hasta el útero, o los doscientos planos de su culo. La película en general parece hecha por unos “machotes” que son incapaces de ver a la mujer como algo más que “esa cosa diferente a nosotros” que está ahí para ponernos cachondos o poseer (a menos que sea nuestra madre). Y esto salta a la vista por muchas cosas, que van de lo indignante a lo directamente repugnante: los continuos comentarios babosos a cualquier mujer que aparezca en pantalla (sea un personaje importante o una guarda de seguridad sin diálogo) sin que estas respondan; los incontables apelativos “cariñosos” con los que los personajes masculinos recuerdan constantemente a las mujeres que son solo eso, mujeres, mientras ellos pueden ser todo lo que les plazca, que para eso son los machos alfa; el hecho de que las tres “meta-humanas” de la película hayan de tener a la fuerza tramas románticas y sean definidas en gran medida por esto; o los vergonzosos diálogos tipo “No creas que no te pegaré porque seas mujer” o “¡Es tu mujer, ve a darle un palo en el culo y arregla esto!” (Deadshot animando a Flag a que dome a su hembra, que está a punto de acabar con el mundo), que van más allá de la caracterización disfuncional de los anti-héroes y son una base importante del humor de la cinta. Sencillamente inaceptable.

Escuadrón Suicida 4

Sin embargo, el reparto de Escuadrón Suicida está a punto de salvar la función. Entre todo lo malo, los actores son de lo poco que funciona, pero aun así tampoco cumplen las expectativas y no pueden compensar el hecho de que la mayoría de personajes, incluso los más carismáticos, sean tan planos. Contra todo pronóstico, Will Smith es quien hace mejor trabajo de todo el cast, mientras Jay Hernandez (Diablo) se podría catalogar como la sorpresa del grupo y Margot Robbie y Jared Leto no están a la altura del hype. Ella tiene momentos muy resultones (la mayoría ya se habían visto en la promoción), pero la forma en la que está planteado su personaje (ver párrafo anterior) no le deja apenas trascender la caricatura, y él también construye al Joker de forma muy superficial (quizá en parte por el poco tiempo en pantalla que tiene y lo mal usado que está), quedándose muy lejos de lo que vaticinaba tanta interpretación del método y demás sandeces que el actor hizo durante el rodaje para meterse en el personaje. O sea, mucho lirili, poco lerele, como la película en general. De los demás, cabe mencionar a la inexpresiva Cara Delevingne, que estropea un personaje potencialmente muy interesante, Encantadora, con una interpretación demasiado pobre, y Jai Courtney, que a pesar de su ubicuidad vuelve a demostrar que es un actor perfectamente intercambiable. El resto, bueno, no dan para comentar mucho más.

Afortunadamente, en el apartado visual Escuadrón Suicida cumple (en esto no nos engañan los tráilers). Aunque una vez más no se tenga claro que el cómic y el cine son medios distintos (qué bonitos son algunos planos-viñeta, pero qué poco aportan), la película tiene una estética muy atractiva, un sonido potente (obviemos lo irritante que puede ser la banda sonora), y está repleta de imágenes jugosas, estallidos de acción fardona y espectacular en un envoltorio que fusiona mugre y psicodelia, oscuridad y color, de forma acertada, con lo que al menos aporta dinamismo y evita el aburrimiento. Claro que de nada sirve tener componentes individuales de primera y ocasionales buenos momentos si van a formar parte de algo tan inconsistente, desordenado, arrítmico, confuso… y además tan poco original. Porque ese es uno de sus mayores delitos, actuar como si fuera distinta para acabar haciendo exactamente lo mismo que el resto de películas de superhéroes (con diálogos plantilla y el enésimo Apocalipsis y agujero gigante sobre una gran metrópolis, aunque parezca mentira), pero peor. Después de todo, sus promesas quedan en agua de borrajas y Escuadrón Suicida no es la película que esperábamos, sino la que temíamos. Es una pena que DC haya desaprovechado así esta oportunidad de oro. ¿Cuántas más le vamos a dar?

Pedro J. García

Nota: ★★

Crítica: Ciudades de papel

PAPER TOWNS

Todos hemos conocido a una Margo Roth Spiegelman. Muchos nos hemos enamorado de ella sin conocerla de verdad. Ocurre sobre todo durante la adolescencia, periodo vital caracterizado por una búsqueda constante y a ciegas, de uno mismo, de aquello que queremos ser y de ese ideal romántico que se fragua en nuestra mente. De esto sabe mucho John Green, autor del fenómeno young adult Bajo la misma estrella y otros éxitos de la literatura teen. En los últimos diez años, Green se ha forjado una carrera editorial como la voz de la generación Tumblr, apelando sobre todo al adolescente culturalmente inquieto con historias que captan con un estilo sencillo e inteligente la naturaleza de ese efímero capítulo de nuestras vidas. Después de la historia de Hazel y Augustus, le toca el turno a su tercera novela, Ciudades de papel (Paper Towns, 2008), adaptada al cine por Jake Schreier (cuya ópera prima es la muy reivindicable Un amigo para Frank). Al igual que entre las novelas de Green no hay mucha diferencia de estilo y contenido, Ciudades de papel no es muy distinta de Bajo la misma estrella. Es más, exceptuando el factor trágico de la enfermedad, en ocasiones parece que estamos viendo la misma película.

La historia de Ciudades de papel gira en torno a la figura de Margo (Cara Delevingne), una singular fuerza de la naturaleza, rebelde, impredecible y magnética, que despierta fascinación allá por donde pasa. Pero Margo no es la protagonista del relato, es más bien un símbolo, un macguffin, el catalizador de una historia sobre la búsqueda de la que hablaba antes, aquí contrapuesta a la del capitán Ahab en Moby Dick. El protagonista de la novela de Herman Melville se reencarna en el apocado Quentin (acertadísimo Nat Wolff), el vecino de al lado de Margo que vive obsesionado con ella desde la infancia. Ciudades de papel adquiere tintes existencialistas cuando borra a Margo del mapa, obligando a Quentin a iniciar su propia aventura para cazar a la ballena blanca. Dejando atrás una serie de pistas (al estilo “caza del tesoro”), Margo se desvanece, lo que magnifica el misterio de su personalidad. Las pesquisas de Quentin y sus dos mejores amigos (todos geeks de manual) para dar con ella dan forma a una película que, más que un romance adolescente al uso, es una divertida y reveladora odisea de crecimiento personal sobre la amistad y la importancia del viaje por encima del destino. La vida es lo que ocurre mientras estamos ocupados haciendo planes, o recorriendo la costa Este de Estados Unidos en busca de un constructo idealizado que no existe… y todo ese rollo.

Ciudades de papel_PósterAunque Delevingne no logra transmitir el carisma que define a Margo Roth Spiegelman, el enigma de su personaje se traslada a la pantalla con éxito gracias a un guion que sabe darle el peso que le corresponde. Margo es una joven caprichosa, manipuladora y egocéntrica no obstante definida exclusivamente por los demás, una persona sin identidad (“de papel”), perdida entre lo que ella quiere ser y lo que los demás quieren que sea. Es decir, Margo es un concepto casi imaginario y abstracto, una herramienta narrativa intencionadamente desdibujada, con la que Ciudades de papel juega para dibujar al resto de sus personajes y construir sus leitmotivs: “la realidad no es como pensabas” y “las cosas nunca pasan como creías que iban a pasar“. El emocionante road trip que tiene lugar en el tercer acto de la película (reminiscente por cierto de otro libro de Green, El teorema de Katherine) conduce hacia la humanización de Margo, y la consecuente epifanía de Quentin, que descubre que no hay ballena blanca, solo una chica perdida que no quiere que nadie la busque hasta que ella misma sea capaz de encontrarse. Ciudades de papel nos habla de la importancia de darse cuenta de esto a tiempo y centrarse en lo que de verdad merece la pena antes de dejar esa crucial etapa en el pasado, algo que, desafortunadamente, no suele ocurrir.

Porque la prosa naturalmente rebuscada de Green condensa con puntería lo que significa la etapa del instituto (en Estados Unidos) y la incertidumbre que supone su final (esto es universal), pero lo hace siempre desde la perspectiva del adulto que echa la vista atrás con la intención de romantizar este periodo, para contarnos la historia de la adolescencia americana que nunca tuvimos (y, con suerte, servir de guía para los que la están atravesando). Al igual que Bajo la misma estrella y el resto de la obra de Green, Ciudades de papel nos presenta una realidad excesivamente idílica y falseada, personificada en adolescentes imposiblemente elocuentes y perspicaces que hablan como escritores o guionistas y habitan una contracultura de mentira que mezcla rock oculto de los 60, indie electrónico de moda, Walt Whitman y Pokémon (a la que, para gozo de todos los usuarios de Tumblr, le dedican un genial homenaje). Sin embargo, bajo toda esta confección mercantilista (indudablemente atractiva y a años luz de cualquier producto del mismo género) podemos encontrar una verdad (muchos adolescentes se identifican con estos personajes y su forma de ver el mundo), así como unas ideas y valores que merece la pena resaltar. Ciudades de papel brilla especialmente en su ocurrente retrato de la amistad y acierta al situar en el núcleo de la historia a un encantador grupo de personajes en pleno proceso de descubrimiento (a destacar la revelación Austin Abrams). Como los miembros del Club de los Cinco, Quentin y sus amigos forjan relaciones inesperadas en el umbral del cambio y comprueban que son mucho más que la imagen que los demás proyectan de ellos. Para llegar a apreciar lo que nos estamos perdiendo solo hay que olvidarse por un momento de que, de una manera u otra, siempre estaremos buscando a Margo.

Valoración: ★★★½