Crítica: Capitán América – Civil War

Civil War 1

Queda poco para que el Universo Cinemático de Marvel cumpla sus primeros diez años de vida. En este tiempo, Marvel Studios se ha afianzado como uno de los valores más seguros de la taquilla y ha perfeccionado una fórmula hasta ahora infalible. Además de crear una narrativa serializada que ha resultado en la fidelización de millones de espectadores, Marvel ha dotado de identidad propia a las sagas individuales de sus superhéroes. Así, las películas de Iron Man son acción pura, las de Thor fantasía épica, Ant-Man se presentó en una película de robos, y Capitán América se consolidó como un thriller político de espías con su excelente segunda entrega. Rodeada de la fanfarria que suele acompañar a todo estreno de Marvel, llega la tercera parte de las aventuras de Steve Rogers (Chris Evans), Capitán América: Civil War, la cinta que inaugura la Fase 3 del UCM. Y esta vez Rogers viene acompañado de la mayoría de superhéroes que hemos ido conociendo a lo largo de estos años, formando el reparto más multitudinario de Marvel hasta la fecha. Los hermanos Anthony y Joe Russo se vuelven a poner tras las cámaras para continuar el fantástico trabajo que realizaron en El soldado de invierno y además hacer una mejor película de Los Vengadores que La era de Ultrón (que me perdone Whedon, que él ya se autoflagela lo suficiente).

Pero Civil War no solo ejerce como Vengadores 2.5, sino que también continúa la senda marcada por la anterior película del Capi, incidiendo en lo que hizo de ella una de las entregas más sobresalientes del UCM: intriga política, espionaje y un tipo de acción más física, más pegada a la tierra (figuradamente). Con la premisa de los Acuerdos de Sokovia, equivalente al Acta de Registro de Superhumanos del cómic en el que se basa la película, y la idea de abordar las verdaderas consecuencias de todo lo visto hasta ahora, Civil War se construye meticulosamente como la crónica del enfrentamiento entre dos facciones de superhéroes divididos por esta iniciativa, que propone que los individuos con poderes desvelen sus identidades secretas a las autoridades y trabajen para el Gobierno. La fricción que esto provoca entre las filas de los Vengadores da lugar a que salgan a la luz las tensiones, las inseguridades y también las afinidades personales entre los superhéroes. Para indagar en este interesante concepto y sus numerosas ramificaciones, los Russo trazan una historia abarrotada de elementos, con multitud de personajes, tramas entrelazadas y giros argumentales, a lo que se suma la presentación de nuevos superhéroes. Y a pesar del berenjenal, de alguna manera hacen que todo encaje, que todo funcione con la precisión y fluidez de una máquina bien engrasada, llevando a su vez el UCM hacia un terreno más serio y adulto.

Civil War puede resultar excesivamente larga (porque con 147 minutos técnicamente lo es) y es quizá la película de Marvel que más precisa de un conocimiento previo de la macro-historia que se ha desarrollado durante estos años (todo lo que hemos visto anteriormente converge en este capítulo), pero a la vez constituye una pieza individual íntegra y bien estructurada teniendo en cuenta las circunstancias, un Marvel de mayor madurez narrativa y coherencia temática y emocional. Sin abandonar el humor característico de la Casa de las Ideas, pero afinándolo y dosificándolo mejor que en UltrónCivil War halla el equilibrio adecuado entre drama, intriga, acción y desarrollo de personajes, para desgajar el conflicto moral que marca un antes y un después en este universo de ficción. Porque Civil War supone claramente un punto de inflexión (el que pedían tanto la historia como la audiencia), pero en lugar de esclavizarse al gran esquema de Marvel, pone la serialidad a su servicio, para narrar su propia historia a la vez que allana el terreno para una nueva etapa, una de mayor incertidumbre, caracterizada por la destrucción de lo ya establecido (a partir del clásico dilema comiquero “Superhéroes: ¿Salvación o amenaza?”) para dar paso a lo nuevo. Y lo nuevo en este caso viene personificado en dos flamantes superhumanos: Black Panther y Spider-Man.

Civil War 2

Pantera Negra supone una adición importante al equipo, presentando a Chadwick Boseman como un superhéroe diplomático y solemne, arraigado en la tradición y el folclore de su pueblo, y una fisicalidad felina muy vistosa, mientras que el Trepamuros se cuela para ejercer como alivio cómico (al igual que Scott Lang), protagonizando junto a Tony Stark (Robert Downey Jr.) un divertidísimo entreacto que hace que la historia, de una densidad considerable, respire justo cuando hace falta. A pesar de las dudas, la introducción de Tom Holland como Spider-Man no podría ser más exitosa. Aunque lo vemos poco tiempo en pantalla, podemos afirmar que el joven actor británico es un Peter Parker perfecto, y la juventud e inexperiencia del personaje, lejos de ser una traba, es un auténtico soplo de aire fresco. El juego que da con los adultos (atención al muy oportuno chiste a costa de Star Wars) respalda la decisión de Marvel de reencarnarlo en un adolescente (esta vez de verdad) y aumenta exponencialmente la expectación por ver Spider-Man: Homecoming, lo cual, teniendo en cuenta lo hastiado que había quedado el personaje después de su anterior reboot, tiene mucho mérito.

Aunque algunas intervenciones saben a poco, en general Civil War otorga el tiempo adecuado a cada personaje teniendo en cuenta su relevancia en la trama (esta sigue siendo una película de Capitán América, a pesar de Iron Man, y esta vez los villanos son secundarios porque tienen que serlo), lo próxima que está su siguiente entrega en solitario (Ant-Man por ejemplo sale poco, pero sus escenas son muy grandes, y los personajes nuevos solo suponen un aperitivo), o su afinidad con el estilo y la propuesta de los Russo (Visión y Bruja Escarlata vuelven a sobresalir, pero desde un segundo plano, seguramente para mantener la Marvel mágica separada de la más terrenal y realista de las películas del Capi, misma razón por la que faltan Hulk y Thor). Al igual que El soldado de inviernoCivil War destaca por sus impresionantes coreografías de acción, combates cuerpo a cuerpo de una fuerza brutal (donde la Viuda Negra y la Agente 13 tienen su oportunidad para brillar más), con los que se recurre lo menos posible a lo supernatural (incluso se prescinde bastante de los trajes de superhéroe), sobre todo hasta que llega el primer clímax, la batalla en el aeropuerto. La pieza estrella que involucra a todos los superhéroes, previa al emocionante showdown final entre Tony y Steve, es un enfrentamiento espectacular que da lo que se espera de Marvel y además lo hace sin apenas recurrir al destruction porn ni caer en la saturación visual (aunque el CGI canta demasiado en ocasiones y eso es inaceptable), apoyándose en las habilidades de sus personajes y cómo estas chocan para dejarnos una pelea clara, imaginativa y contundente.

Civil War 3

Pero más allá del espectáculo propio de un blockbuster ejemplar (que a estas alturas se puede dar por sentado), lo más importante de estas películas, y concretamente de la saga del Capitán América, siguen siendo los vínculos entre los personajes, ya bien definidos y asentados -gracias en gran medida a unos actores en perfecta sintonía con ellos, de los que hay que destacar aquí las sólidas interpretaciones de Evans y Downey Jr. Con pulso firme, los Russo evitan que Civil War se pierda en sus abundantes escenas de acción y su enrevesado argumento gracias a esos momentos entre personajes, con los que se nos deja claro que para narrar el conflicto y darle el peso que le corresponde es prioritario explorar los orígenes de cada uno, cómo encajan como grupo, lo que los une y los separa (Steve y Bucky están en el centro, pero no se reduce a ellos), quiénes son y cómo son percibidos por el resto del mundo, y en consecuencia definir sus motivaciones, es decir, lo que les llevará a elegir un bando u otro. En este sentido, Civil War no deja nada al azar, se cuida de que todo cuanto ocurre tenga una razón de ser y se compromete a no buscar la salida más fácil, lo que da como resultado un relato marveliano de madurez que inaugura triunfalmente y con firmeza esta nueva fase. El único pero en este sentido es que la cinta promete un UCM diferente, pero todavía no lo muestra (Marvel sigue teniendo miedo a la muerte, por ejemplo). Tiempo al tiempo, de momento los Russo han sabido capear el temporal para manejar de forma satisfactoria los muchísimos elementos que debían ensamblar, dando como resultado otra muy consistente entrega del Capitán América que invita al revisionado para abarcar todo lo que cuenta y que, sorprendentemente, deja con ganas de más. Una película diseñada no solo para contentar a los fans de Marvel, sino para legitimar el cine de superhéroes como algo más que un pasatiempo palomitero.

Nota: Capitán estrellas copia

Agents of S.H.I.E.L.D. – “Shadows” (2.01)

LUCY LAWLESS, NICK BLOOD, WILMER CALDERON, HENRY SIMMONS, CHLOE BENNET, PATTON OSWALT

Fuga de agentes

La recta final de la primera temporada de Marvel’s Agents of S.H.I.E.L.D. ponía patas arriba el universo de los agentes de la organización (no tan) secreta de Marvel, después de que los acontecimientos de Capitán América: El soldado de invierno afectasen directamente al devenir de la temporada. La toma de S.H.I.E.L.D. por parte de Hydra, y su consecuente disolución sucedía además convirtiendo a nuestros protagonistas, Phil Coulson y cía., en fugitivos de la ley. El arranque de la segunda temporada, “Shadows” (2×01), escrito por los showrunners Jed WhedonMaurissa Tancharoen, nos devuelve a los personajes convertidos en eso mismo, en sombras, en fantasmas que operan desde la clandestinidad, asumiendo misiones por iniciativa propia, y con la supervivencia y la destrucción de Hydra como objetivo final. Así, Agentes de S.H.I.E.L.D. lleva un paso más allá la premisa con la que comenzaba la serie el año pasado: ser la “Zepo” (Buffy) del Universo Marvel. Es decir, los agentes de S.H.I.E.L.D. actúan sin que nadie los vea, ahora ni siquiera aquellos que antes se encargaban de supervisarlos, salvando el mundo todas las semanas mientras los grandes superhéroes se llevan toda la gloria.

Aunque “Shadows” nos presenta una plantilla de agentes renovada y al core-6 desmantelado, lo que insufla cierto aire de novedad, Agentes de S.H.I.E.L.D. da el pistoletazo de salida a su segunda temporada echando mano de los mismos elementos que caracterizaron a casi todos los episodios del año pasado. De entre ellos destaca la presencia de un artefacto 0-8-4 que el equipo de Coulson debe extraer de unas instalaciones militares para evitar que caiga en las manos equivocadas y destruya el mundo (lo de siempre, vamos). En esta ocasión se trata del primer 0-8-4 de la historia, que se remonta a la Segunda Guerra Mundial. “Shadows” comienza con un prólogo en el que vemos a la agente Peggy Carter y a Dum Dum Dugan en un flashback a 1945, para a continuación regresar al futuro para dar la bienvenida a los nuevos agentes aliados de Coulson, capitaneados por Isabelle Hartley (Lucy Lawless) y, sorpresa, con personalidades considerablemente definidas y distintivas. A partir de ahí, el episodio adolece de saturación por la sobreexposición continua de los acontecimientos y la introducción de mil y un personajes nuevos. Pero también tenemos la sensación de que, como al final de la primera temporada, hay mucho más en juego, y la elevada dosis de acción e intriga es reflejo de ello.

“Shadows” es un episodio ajetreado y sobre todo, abarrotado. Además de Peggy Carter y Xena, y el regreso del coronel Glenn Talbot (Adrian Pasdar), tenemos la visita de un actor conocido del Whedonverso, Reed Diamond (Dollhouse, Mucho ruido y pocas nueces), que da vida al villano Daniel Whitehall, presentado en el flashback y que promete dar guerra durante la temporada al descubrirse al final del episodio que sigue vivo y no ha envejecido (buen cliffhanger). Asimismo, se incorpora una nueva amenaza con poderes sobrenaturales, Carl Creel aka El Hombre Absorbente (Brian Patrick Wade de Teen Wolf), y los mencionados aliados, los mercenarios Izzy, Idaho (Wilmer Calderon) y el británico Lance Hunter (Nick Blood). De entrada son personajes que resultan simpáticos y podrían dar mucho de sí, pero quienes nos importan a nosotros son los agentes del equipo de Coulson, los seis personajes que conocimos durante la primera temporada. Y lo cierto es que, por suerte, este aspecto es precisamente el más interesante del episodio.

agents_of_shield_ver9No tardamos mucho en conocer el paradero de Grant Ward, cuando Koenig (Patton Oswalt) le dice a Skye que debe hablar con él para sacarle información sobre Hydra en relación a Creel. Descubrimos así que el agente traidor se encuentra cautivo en las instalaciones underground de Koenig, y que la razón para conservarlo como rehén es aprovecharse de la información que este puede proporcionarles. Claro que en cuanto Skye (que es la única con la que accede a hablar) pisa ese sótano con celda transparente a lo El silencio de los corderos empieza el juego de la ambigüedad, y a nosotros nos asalta la duda: ¿Es Ward sincero y de verdad pretende ayudar a los agentes para obtener perdón y redención o, como su aviesa y contaminada mirada nos parece indicar, es un sociópata que sigue mintiendo para llevar a cabo el plan oculto de Hydra? Esta dualidad parece ser uno de los hilos principales de la temporada (como indica el flamante póster promocional), y lo cierto es que tiene mucho potencial, sobre todo teniendo en cuenta que Ward posee la información que podría desvelar por fin la identidad del padre de Skye, y por tanto, su misteriosa naturaleza.

El otro cambio más importante en el equipo es el que tiene que ver con Fitz-Simmons. Después de los acontecimientos de la season finale, Leo lidia con las secuelas de su autosacrificio para salvar a Jemma, daños cerebrales que se manifiestan en trastornos en el habla (pobrecito mío) y, atención, alucinaciones. Al final de “Shadows”, como si se tratase de una de Shyamalan o de El club de la lucha, descubrimos que Simmons, que ha estado todo el episodio al lado de Fitz, tendiéndole su mano y guiándole fuera de las sombras, no es más que un fragmento de su imaginación (ouch), ya que Jemma ha abandonado el equipo alegando que su presencia impediría que el joven científico mejorase (*sob*). Es sin duda un giro arriesgado, pero las consecuencias no pueden ser muy grandes ni prolongadas. Fitz se recuperará y Simmons regresará, es cuestión de tiempo. Esperemos.

Está claro que con “Shadows”, Agents of S.H.I.E.L.D. parece estar (in)augurando una temporada más oscura y compleja. Lo dice Coulson explícitamente durante el episodio: “go dark” (declaración de intenciones donde las haya). A pesar de que la serie vuelve a incurrir en los errores de siempre y sigue sin cuidar esos agujeros de guión que le restan consistencia (la facilidad con la que tropecientos agentes se infiltran en una base de operaciones que oculta artefactos secretos muy peligrosos; el hecho de que el Hombre Absorbente sea encerrado en una jaula de cristal y nadie pensase en que se haría transparente para escapar), Agents of S.H.I.E.L.D. vuelve más segura de sí misma, más dispuesta a arriesgar y, con suerte, a convertirse en adulta sin renunciar a ese aire “infantil” de comic book clásico. Que no hacía falta cargarse a Lucy Lawless tan pronto (¡han matado a Xena! ¡hijos de p—!), vale, pero al menos sabemos que se han dado cuenta de que no hay tiempo que perder.

Crítica: Capitán América – El soldado de invierno

Capitán América El soldado de invierno

Capitán América: El primer vengador era en forma y esencia toda una película de aventuras en la tradición de Indiana Jones. Tan solo tres años después de aquella primera entrega hay mucho más en juego. Al igual que “La batalla de Nueva York” lo cambió todo en el Universo Cinematográfico de Marvel, Los Vengadores supuso un gran punto de inflexión para estas películas. Capitán América: El soldado de invierno deja a un lado la aventura y se convierte en una explosiva y monumental cinta de acción, altamente influenciada por la de Joss Whedon.

Resulta paradójico que Thor: El mundo oscuro, que estaba dirigida por una sola persona (Alan Taylor), parecía un trabajo de poliautoría, la obra resultante de muchas voces participantes poniendo sus ideas en común, mientras El soldado de invierno, que cuenta con dos directores, Joe y Anthony Russo (productores de Community), es una película tremendamente centrada y excelentemente estructurada (también en tres actos), en la que ni una sola escena sobra o parece insertada a posteriori.

A pesar de que el núcleo del relato sea obviamente Steve Rogers (Chris Evans), la cinta de los Russo acentúa la coralidad del reparto, de manera que, a ratos, El soldado de invierno parece Los Vengadores pero con los miembros del equipo cambiados. Esto no la perjudica en ningún momento, todo lo contrario. Todos los personajes tienen peso en la historia, y todos brillan de manera que ninguno eclipsa a los demás, sin que por ello el filme deje de ser la segunda entrega de lo que ahora sabemos que va a ser una trilogía. Es decir, un nuevo capítulo en las aventuras por separado del Capi, tan independiente como supeditado a la apabullante macroestructura narrativa de Marvel.

Capitán América Mackie Evans

Los Vengadores dejó la historia de Rogers en la reserva, y en El soldado de invierno obtenemos lo que no pudimos ver en aquella. Sobre todo en lo que respecta a su proceso de adaptación al mundo actual, después de saltarse 60 años de historia. En la divertida secuencia que abre El soldado de invierno, el personaje de Evans explica a Sam Wilson (estupendo Anthony Mackie) que no lo lleva tan mal (“Internet es muy útil”), y le está cogiendo el gustillo a la era moderna; incluso lleva encima una libreta donde apunta las cosas importantes que se ha perdido desde los 50 (no reproduciré la lista, pero no tiene desperdicio).

Sin embargo, Rogers está comprobando que el mundo no ha cambiado tanto en algunos aspectos, que sigue habiendo dictadores y megalómanos, pero ahora se esconden mejor. Tras convertirse en “el mejor soldado del mundo“, y después de su servicio en La Batalla de Nueva York, Capitán América es un miembro más de S.H.I.E.L.D., un agente al servicio del Gran Hermano. Desde dentro de la organización -de la que descubrimos mucho más en dos horas que en más de media temporada de Agents of S.H.I.E.L.D.-, Rogers destapa sus alarmantes secretos, así como sus planes para “proteger” a la Tierra y establecer un nuevo orden (marcial). El soldado de invierno se permite hacer una reflexión bastante bien planteada sobre el estado de terror y la pantomima de la seguridad nacional en Estados Unidos, y en este sentido, la presencia de Robert Redford como Alexander Pierce es clave. De no ser por las piruetas sobrehumanas de Rogers, los hombres voladores o los ordenadores con consciencia, podríamos decir que El soldado de invierno es básicamente un thriller político de acción y espionaje. Y uno bastante emocionante, además.

Viuda Negra Capitán América

Los hermanos Russo (sin parentesco con Blossom) enhebran con pericia una trama en la que casi todos los personajes dudan en algún momento de la lealtad de los demás (“Trust No One”), resultando en un ejercicio conspiranoico de suspense del que emergen las verdaderas alianzas de la película. El Capitán cuenta con la inestimable ayuda de Natasha Romanoff (Scarlett Johansson), el mencionado Sam Wilson, alias Halcón, Nick Furia y Maria Hill (Cobie Smulders), que forman un equipo cohesionado y eficiente, como el explosivo acto final del film demuestra. Al contrario que en Los Vengadores, este súper grupo no se ve afectado por ningún choque de egos.

El soldado de invierno explora en mayor profundidad a la Viuda Negra, que se ha convertido en lo más parecido a una mejor amiga para Steve Rogers. Aunque existe cierta tensión sexual no resuelta, afortunadamente la película no convierte al personaje de Scarlett Johansson en un mero interés romántico para el protagonista -quizás porque el corazón de Rogers todavía pertenece a Peggy Carter. Romanoff sigue siendo una espía letal, sin escrúpulos, una asesina que acepta las misiones que nadie quiere, pero su química con Rogers y la bonita amistad que nace entre ellos contribuye a la humanización del personaje, del que Johansson se ha adueñado completamente.

Por otro lado, la incorporación de Anthony Mackie al Universo Marvel es uno de los mayores aciertos de El soldado de invierno. El Halcón desprende carisma por los cuatro costados, y se compenetra magníficamente con el resto de intérpretes, sobre todo con Evans, junto al que nos da algunas de las escenas más divertidas. Maria Hill es el miembro del equipo con menos peso en la trama, aunque ella también tiene su gran escena -de la Agente 13 no hablaremos, puesto que el personaje de Emily VanCamp sale tan poco como Lady Sif en El mundo oscuro. Y por último, después de aparecer en cinco películas y limitarse a su estático papel de autoridad, Nick Furia entra por fin en acción. Ya era hora de que Samuel L. Jackson protagonizara algún set piece, y El soldado de invierno cubre ese déficit en el Universo Marvel con una memorable persecución en carretera durante el primer acto.

Soldado de invierno

Por supuesto, huelga decir que Evans sigue siendo el perfecto Capitán América, porque es básicamente el americano ideal, el súper hombre por antonomasia, tan rubio y apolíneo, tan noble y leal. En esta entrega, el Capi se enfrenta a lo que los Russo han calificado como “el alter ego oscuro de Rogers“, El Soldado -cuya identidad no desvelaré, aunque es un secreto a voces que la película tarda demasiado en destapar. Sus encontronazos con este villano nos proporcionan las mejores batallas cuerpo a cuerpo que hemos visto en una película de Marvel. Y no solo ellos, Natasha Romanoff también protagoniza la acción más sofisticada e impresionante que nos ha dado el género en los últimos años.

Este componente físico da paso en el clímax a la imprescindible vorágine de destrucción, que esta vez se antoja excesiva por momentos (no llega al nivel de El hombre de acero pero en ocasiones lo roza). Eso sí, los Russo saben muy bien cómo armonizar todos los elementos marvelianos para no caer en el espectáculo pirotécnico descerebrado: los sorprendentes giros, los cameos, el desarrollo de los personajes (que cuando no están luchando, están teniendo diálogos siempre esenciales para su caracterización), y sobre todo ese fantástico sentido del humor, cada vez más inspirado y seguro de sí mismo. El soldado de invierno supone por tanto el perfeccionamiento de la fórmula Marvel, y junto a Los Vengadores, es sin lugar a dudas la mejor película del estudio hasta la fecha.

Valoración: Capitán estrellas copia

Crítica: Capitán América – El primer vengador

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Captain America: The First Avenger (Estados Unidos, 2011)
Director: Joe Johnston
Intérpretes: Chris Evans, Hayley Atwell, Sebastian Stan, Tommy Lee Jones, Hugo Weaving, Dominic Cooper, Stanley Tucci
Guión: Christopher Marcus, Stephen McFeely
Música: Alan Menken, Alan Silvestri
Montaje: Robert Dalva, Jeffrey Ford
Fotografía: Shelly Johnson
Duración: 124 minutos

 

Súper nostalgia

El gigante marveliano se vuelve más audaz con los años. Muy atrás quedan ya las peripecias camp del Spider-man de Raimi o el tono afectado del Hulk de Ang Lee. Afianzada como valor seguro para las taquillas a nivel global, la casa de Stan Lee apuesta con su más reciente superproducción por la sencillez argumental, el culto al arquetipo y la recuperación de la esencia pulp de muchos de sus títulos en papel. El apabullante éxito del relanzamiento de la franquicia de Batman, lejos de achantar a Marvel o empujarle a asimilar el estilo más serio de la competencia, ha reforzado su identidad. En la Casa de las Ideas saben bien lo que les funciona, y saben cómo explotarlo en su ambicioso proyecto de Universo Cinematográfico. El gusto por los súper héroes aspiracionales (ellos en el fondo son como nosotros), la acción más rimbombante y el humor amable definen la línea de acción de la casa, que no oculta su agenda más inmediata: The Avengers, uno de los eventos cinematográficos más esperados del próximo año.

Capitán América es en esencia un tratado de nostalgia cuya mayor virtud reside en la consciencia –y el aprovechamiento- de su naturaleza infantil. Una de las grandes bazas del estudio reside en la intemporalidad de sus nuevas propuestas, que bien podrían haber sido estrenadas hace diez o veinte años. En este sentido, Joe Johnston se revela como el realizador idóneo para una cinta de estas características. Con títulos como Rocketeer o Jumanji en su currículum, Johnston aporta su amplia experiencia en el cine familiar y de aventuras –recordemos también que fue director de arte de Indiana Jones en busca del arca perdida. Sin miedo a caer en el ridículo –y sin remordimientos después de hacerlo- el director nos ofrece una historia cuya premisa puede resultar incómoda a ojos no-yanquis, y que sin embargo es accesible gracias sobre todo a un tratamiento descargado de conciencia política y centrado en la aventura. Digamos que Capitán América: El primer vengador reproduce mejor el espíritu y el tono de Indiana Jones que la reciente El reino de la calavera de cristal.

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El mayor alarde de patriotismo de la película reside en la personalidad de Steve Rogers, cuya identidad, valerosa e inquebrantable, construye la metáfora de la nación amenazada por un enemigo exógeno. La pompa y la grandilocuencia se reservan para las escenas de acción –no muy bien ejecutadas, pero de encantador aire cartoon-, mientras que el discurso imperialista se simplifica bloqueando así cualquier tipo de acusación por adoctrinamiento. Los malos son malos porque sí, y los buenos son así intrínsecamente. Incluso la construcción de Rogers como icono nacionalista se lleva a cabo desde la jocosidad y la auto parodia, usando al Capitán, disfrazado con un atuendo ridículo, como reclamo para vender bonos. Más que un relato sobre la guerra y la propaganda  -para lo que fue creado el héroe a principios de los 40-, nos encontramos ante la historia de un individuo, un cuasi-disminuido físico y social, que acaba convirtiéndose en el símbolo de una sociedad que lo necesita tanto como él a ella.

La fábrica de testosterona andante Chris Evans repite como héroe marveliano después de dar vida a la Antorcha Humana en Los 4 fantásticos -decisión cuanto menos cuestionable, pero asumida, como el hecho de que Bruce Banner vaya por su tercera encarnación. Le acompañan un plantel de secundarios de los que destacan la eficaz Hayley Atwell, un divertido Tommy Lee Jones y Stanley Tucci repitiendo el mismo papel que lleva interpretando desde hace años. Sin embargo, y como no podía ser de otra manera, la carga interpretativa del filme es lo de menos. A Evans no se le exige mucho más allá de su impresionante exhibición muscular, y el resto de actores están al servicio de una historia que, sobre todo en su primera parte, depende de unos efectos digitales que no dan la talla –el Rogers ‘monigote’, lejos de suponer un avance en este campo, pone en evidencia sus carencias.

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Como cualquier historia iniciática de súper héroes, Capitán América narra el origen del mito, recurriendo a todos los lugares comunes imprescindibles en el género –el nacimiento paralelo de su némesis, la perezosa justificación científico-mística, la primera relación amorosa, el origen del traje. Se humaniza de esta manera al héroe durante la primera mitad del metraje para dar paso en la segunda a la consolidación del mito a través de la acción más pura. Cimentada en los grandes clásicos de aventuras, Capitán América nos brinda un destello de aquella diversión inadulterada que nos hacía ver una película una y otra vez cuando éramos niños, y que acaba provocando nuestros ataques nostálgicos ya de adultos.

Si bien Capitán América puede ser considerada una pieza -la última- del enorme engranaje de Los Vengadores, y por tanto un episodio más dentro de una macro-historia, esta posee la autonomía narrativa necesaria para que el entramado serial del que forma parte no se vuelva en su contra. A pesar de su clasicismo formal, Capitán América se erige como representante de las nuevas formas de consumir cine y de las estrategias para venderlo, basadas en la serialidad y la transmedialidad que la televisión ha contagiado a la industria. La nueva de Marvel no es solo un digno homenaje al cine de aventuras clásico y una firme réplica a los blockbusters “de autor”, es además baliza del cine de nuestros días, en el que las secuelas, precuelas, spin-offsremakes y reboots deben dejar de considerarse síntomas de agotamiento y comenzar a entenderse como señales de nuestro tiempo.

Pedro J. García