[Crítica] Matthias & Maxime: Son (mis) amigos

If this is communication, I disconnect La incomunicación lo destruye todo. Más que la distancia o el tiempo. Mucho más que una cena recalentada o una infidelidad. Con incomunicación no hablamos necesariamente de los injustamente temidos silencios, sino de la absurda manía del ser humano de cerrarse ante sus personas más cercanas. Ese maldito miedo a ser juzgado por los demás y llegar a sentir vergüenza hace que nos coartemos y no seamos justos con los demás, ni mucho menos con nosotros mismos. Esta incomunicación supone el fin de todas nuestras relaciones sociales y va mermando progresivamente nuestro, ya mermado de por sí, amor propio. La quintaesencia de la estupidez humana.

Aunque extremadamente tóxica, o precisamente por esa misma razón, la incomunicación es uno de los demonios que mejores resultados han tenido en la gran pantalla. Directores como Michelangelo Antonioni (especialmente en su trilogía formada por La aventuraLa noche y El eclipse y en esa bola extra que fue El desierto rojo) o Michael Haneke (acertadísima su reflexión sobre el tema en la injustamente olvidada Código desconocido) han construido su leyenda en base a tan complicado concepto. Esa espiral de soledad creada (y buscada, como si fuese un escudo protector cualquiera) conforma la atmósfera que respiran los dos personajes protagonistas de Matthias & Maximela octava película de Xavier Dolan (Mommy, Laurence Anyways) como director.

Ese fantasma de la incomunicación ya llevaba apareciéndose en la filmografía del canadiense desde sus comienzos, pero alcanzó una corporeidad y una presencia máxima en los protagonistas de Solo el fin del mundo y, especialmente, en la inédita por estos lares The Death and Life of John F. Donovan. Hombres que se encuentran completamente aislados de su entorno por muy acompañados que estén, ya en una reunión familiar después de años de ausencia o en la cresta de su carrera interpretativa. Sin llegar al nivel de un presumible trastorno psicológico como es el caso del personaje de Kit ‘Jon Nieve’ Harington en The Death and Life of John F. Donovan, Matthias y Maxime sufren en sus carnes este mal en mayor o menor medida.

Maxime (interpretado por el propio Dolan, con una marca de nacimiento en la cara a lo Oliver Stark9-1-1) ha decidido dar un giro radical en su vida y pretende dejar atrás su desestructurado hogar familiar con su madre (Anne Dorval, la madre Dolan por excelencia) y su empleo como camarero por una presumiblemente nada glamourosa vida en Australia. Por su parte, Matthias (acertadísimo el novel Gabriel D’Almeida Freitas) es el sueño americano hecho canadiense (con raíces portuguesas, como apunta su madre). Trabador de cuello blanco con promesas de ‘un despacho con vistas’, una mujer guapa y educada con un toque chic que queda bien en cualquier ámbito, y una relación sana con su madre (ese ser de luz encarnado por Anne-Marie CadieuxBuenos vecinos). A priori, Matthias sería el personaje anti-Dolan por excelencia, pero no nos confiemos en ningún momento.

En Matthias & Maxime, como es habitual en Dolan, tenemos madres gritonas, veinteañeros arrasados por su existencia como si tuviesen ya ochenta años, adolescentes que guardan silencio… Pero en esta ocasión, en ese ecosistema habitual, Dolan introduce un agente externo, extremadamente ajeno: la bro culture. Nuestros dos protagonistas son parte de un grupo de amigos compuesto por hombres con un diverso abanico de formaciones académicas y poco más en común que su adolescencia. Algún que otro fumeta, un profesor, un niño pijo que toca el piano y nuestros dos amigos. Aunque ya nada sea lo de siempre, los amigos siguen quedando de vez en cuando. En una de esas reuniones, Erika (Camille Felton), la hermana de uno de ellos logra (tras una apuesta entre bros) que Matthias y Maxime participen en su cortometraje. Resulta muy gracioso ver a esa Erika, una millennial listilla y muy bocazas que suelta anglicismos siempre que puede, ya que estamos ante el reflejo caricaturesco de todos los males que achacaban a Dolan sus primeras obras. ¡Si hasta su corto expresionista/impresionista es muy ‘elmodóvar’! Ella y su hermano Rivette (Pier-Luc FunkGénesis) suponen el escaso alivio cómico de esta sentida aventura.

La escena en cuestión es un beso. Dos chicos besándose. Nada más. Algo que no debería escandalizar a nadie. Ni siquiera entre los amigos, que como todo grupo de hombres heterosexuales no paran de rozarse, toquetearse y bromear. Realmente ellos son diferentes a todo el estereotipo bro, el grupo de machotes no cae en ningún cuñadismo a lo largo del metraje, lo cual no sabemos es si debemos achacar ese fenómeno a la inexperiencia del director en estos lares o es una muestra de esperanza para con los hombres heterosexuales. Son muy ruidosos, aunque no tanto como una madre dolaniana. La gran diferencia en este caso es que su jolgorio es un apoyo positivo, no el origen de frustración, ni mucho menos un posible amplificador de ese vacío comunicativo. Ese beso trastoca la existencia de ambos, especialmente la de Matthias. Esa disrupción se convierte en un calvario para la calculada agenda vital del hombre perfecto y marcará el futuro de ambos. 

Lejos del barroquismo de alguna de sus obras, Matthias & Maxime pertenece a la rama de las historias mínimas de Dolan, como Tom en la granja o Solo el fin del mundo. Cintas en las que el realizador ha preferido centrarse de manera inteligente más en el poder de los diálogos que en el artificio de un bonito encuadre o en confeccionar mixtapes imposibles. Con eso no queremos decir que esta película no sea visualmente bonita, todo lo contrario. Como todo trabajo de Xavier Dolan, Matthias & Maxime es una obra de factura bellísima y posee alguna de las escenas más arrebatadoras de la temporada (el citado beso, el encuentro en el cuarto de los trastos o el baño solitario de Matthias perfectamente acompasado por la música de Jean-Michel Blais)… así como algún que otro momento musical loco con clásicos pop contemporáneos, pero todo con mucha más mesura de lo habitual.

Matthias & Maxime es otra lúcida fábula del joven maestro Dolan sobre la orientación del deseo y las frustraciones que provoca intentar negar lo evidente. Preciosa y desgarradora, como todo lo que toca su autor.

David Lastra

Nota: 9 (★★½) 

El viernes 27 de marzo, Avalon preestrena de manera excepcional ‘Matthias & Maxime’ en la plataforma Filmin durante cuarenta y ocho horas. El estreno en cines se posterga hasta el fin del estado de alarma.

Crítica: The Square

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“¡a… u… aaah! Algo, has oído algo. Un grito casi ahogado por la imperfecta cancelación de ruido de tus nuevos auriculares. Click en el centro de la ruleta de tu iPod Classic. Parar ‘Caballo ganador’ debería estar penado, pero… “¡AYUDA!” Ahora sí, alto y claro, un grito de socorro. Alguien necesita ayuda, pero ayuda de quién y para qué. En pleno Primer Mundo, en el centro de la capital del reino, ¿alguien necesita auxilio? Eso es algo que necesita la gente que sale en las noticias de la tele o en los posts que comparten los cansinos en redes sociales. “¡AYUDA!” Oteo el horizonte e identifico el problema: un señor de cierta edad se ha derrumbado sobre sí mismo, como si de un rascacielos se tratase. Su compañera, simple coetánea o novieta recién echada, es la que implora un poco de caridad. “Ayúdeme, joven. Mi Carlos se ha caído y yo no puedo. Está ya muy torpe y no hace caso con lo del bastón”. Envalentonado y con cierta retórica médica que da años y años de visionados de Anatomía de Grey, me dispongo a identificar el problema, pero como ya ha dicho la buena de Cecilia ha sido una caída tonta por no hacer caso a los médicos. Nada más. Abuelete arriba, divinamente posado como si fuese una marioneta del infame Jose Luis en la jardinera que nos protege del miedo. Un poquito de aire y me despido de la pareja. Antes una fotito, no con ellos, ya que el protagonista somos yo y mi chupa de borreguito. Un pequeño texto explicándolo todo, subiendo y… ¡hostia, los hashtags! #obradeldia #nuestrosmayores #solidaridad #todossomosiguales #todosseremosmayores #foreveryoung #unbonitodia #ayuda #pequeñosgestos #salvandoelmundo #nofilter #instag…. ¡Joder! Voy a guardar el iPhone que ese homeless tiene muy mala pinta y seguro que intenta levantármelo y venderlo pa’ droga. ¡Qué asco de ciudad! Si es que uno no puede ir tranquilo por la puta calle…

Somos unos hipócritas. Despreciables seres que realizamos pequeños gestos de esos llamados humanitarios pero que la jodemos con las patitas de atrás obviando los grandes problemas y los verdaderos causantes de todo con tal de que todo siga tal y como está, como Dios manda, que diría alguno. Ruben Östlund (Fuerza mayor) se ha empeñado en demostrarnos lo falsos y extremadamente tontos que somos con The Square, una sátira sobre el mundo del Arte, fácilmente extrapolable a la sociedad occidental de hoy en día, cinta con la que se llevó una más que merecida Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes.

‘The Square’ es un simple cuadrado en el suelo que por obra y magia del arte, se convierte en un espacio donde todo el mundo debe ayudarse… siempre que se encuentren en los límites de ese cuadrado, claro está. Altruismo y valores al servicio del arte. Una pieza que promueve una sociedad justa e igualitaria… una creación expuesta en un macromuseo de arte postpostpostmoderno, un lugar por y para las clases altas y los burgueses culturetas. Aquellas que no tienen ni un mínimo de interés en hacer lo que promueve la dichosa obra y reventar la cada vez más amplia brecha que separa a los ricos de los pobres.

El prototipo de ese alto burgués con ínfulas de crear una sociedad equitativa es Christian (Claes Bang), mandamás del museo de marras y endiosado macho alfa que donde pone el ojo, pone la polla… y ellas dan palmas (o eso cree). Él es el monarca supremo y todo ocurre bajo su supervisión, realizando las gestiones de manera aséptica, elegante y perfecta. Él es el chico de póster perfecto. Todo cambia cuando un pequeño incidente en la calle le deja con el ego subido (por su gesta heroica) y sin la cartera, ni el móvil. Medio en broma, medio en serio, Christian decide actuar como todo un vigilante y recuperar su cartera con la asistencia de Michael (Christopher Læssø), uno de sus fieles lacayos del museo. Ellos, dos machotes acomodados que se ponen música de cuñaos vengadores en su cochazo eléctrico mientras se dirigen a la zona chunga de la ciudad para recuperar los bienes robados.

Östlund no se preocupa en desmontar la tontería de las clases acomodadas, sino que prefiere mostrarla sin más, ya que esta se deja en evidencia ella solita. Disfrazada de comedia satírica, The Square es una crítica contundente a la estupidez humana, una mirada para nada discreta a ese encanto de la burguesía del siglo XXI. Un grupo social que lejos de abandonar la dictadura de las apariencias sobre la que se venía estructurando en siglos pasados, la ha perfeccionado y fortalecido, engendrando la generación de estúpidos mejor preparada y desapegada de la historia. Un aspecto que parece ser, se irá perfeccionando con las descendencias de estos, ya que los dos personajes más despreciables del film no son otros que los dos millennials encargados de la promoción de la exposición.

The Square abruma por su poderío cinematográfico y por su capacidad de calar a posteriori en el espectador. Las carcajadas están aseguradas, ya que el humor físico y ridículo está ahí, pero el daño interno también. Östlund es uno de los pocos cineastas que ha intentado acercarse al maestro Buñuel y no han muerto en el intento. El humor satírico y socarrón de esta cinta bebe directamente de la alocada dupla de El discreto encanto de la burguesía y El fantasma de la libertad, atreviéndose a jugar también casi con la marciana fragmentación de La vía láctea y llegando a rememorar a la mismísima cena de El ángel exterminador en una de las escenas más potentes, desagradables y turbadoras de la década: la de la performance durante de la cena de gala. Su The Square supera con creces en barroquismo al ladrón de Sorrentino, en profundidad al Haneke amansado de los últimos tiempos y en bizarrismo al desacertado Léos Carax de Holy Motors.

Aunque los nombres de nuestra querida Elizabeth Moss (Mad Men, The Handmaid’s Tale) y Dominic West (The Wire, The Affair) ocupen un lugar destacado en el cartel, no se dejen engañar, ya que ambas participaciones son muy divertidas, pero meramente anecdóticas. Aquí el verdadero triunfador es Claes Bang. Forjado en el teatro, Bang realiza un recital interpretativo espectacular dando vida la deplorable Christian y como su personaje, Bang devora y eclipsa a todo y a todos. Destacable también es la hercúlea participación de Terry Notary, primate profesional (él es actor especialista en motion capture que ha participado en la última trilogía de El planeta de los simios) como un actor de perfomance un pelín pasado de rosca.

The Square es una de las obras más lúcidas y corrosivas de lo que llevamos de siglo. Östlund se ha propuesto ahogarnos entre las carcajadas y la congoja provocadas por el reflejo en la gran pantalla de nuestra gran culpa occidental.

David Lastra

Nota: ★★★★★

Crítica: El hijo de Saúl

El hijo de Saúl

Texto escrito por David Lastra

Tras el estreno de la Palma de Oro (este año ha sido la decepcionante Dheepan), he aquí la otra gran cita del cinéfilo de pro: la (futurible) ganadora del premio de la Academia a la película de habla no inglesa. En esta temporada fílmica, esa no es otra que El hijo de Saúl. La ópera prima del realizador húngaro László Nemes ha arrasado en la categoría de película extranjera tanto en los premios de la crítica como en los Globos de Oro. Esta situación dista de la dualidad más o menos equilibrada durante el año pasado entre Ida Leviatán, asemejándose más a la acontecida hace un par de ejercicios con la imparable La gran belleza, cinta de Paolo Sorrentino que terminó haciéndose con el máximo galardón cinematográfico. Si nos atenemos a esta orgía de galardones de la crítica, podemos afirmar sin miedo alguno que el nombre de Saul fia (título original del film) ya está colocado en la base de la estatuilla de este año. Pero, ¿es merecedora El hijo de Sául del aplauso unánime de la crítica y del aluvión de premios? ¿Es mejor que la ninguneada El club? ¿Qué pensábamos al mandar Loreak?  He aquí nuestro veredicto sobre la sensación de la temporada.

Sin introducción alguna posible, nos vemos inmersos en el día a día de un campo de concentración. No hay tiempo para aclimatarnos a esa nueva situación, ni mucho menos una charla de bienvenida o un discurso motivacional para calentar el ambiente. Con un endiablado ritmo, comprobamos el absurdo de la cotidianeidad del comando de la unidad de trabajo de la que forma parte Saúl: acondicimionamiento de las duchas, recepción de los recién llegados y acompañamiento de los mismos a las duchas, pillaje de relojes y cadenas, retirada de cadáveres desnudos y limpieza de las duchas… y vuelta a empezar. Un bucle sin fin que no deja espacio para las dudas existenciales. Cuando la condición humana se suprime, la bestia camina y piensa solo en la supervivencia. Son los estertores del dragón nazi. El exterminio debe ser absoluto y rápido, no sólo por su antisemitismo, sino para no dejar prueba alguna sobre la barbarie llevada a cabo.

Con estos ingredientes, El hijo de Saúl podría considerarse como el enésimo acercamiento al holocausto, otra pequeña historia, pero Nemes quería darnos algo más. Además de un buen guión (firmado por el propio director junto a Clara Royer) y una impecable (de sucia) factura de producción, el realizador húngaro compone una sinfonía extrema de fueras de campo y primeros planos (no necesariamente de rostros, las nucas abundan) mediante cámara en mano que nos coloca en el medio de la acción, creando una especie de experiencia 3D, que provoca no solo la angustia afín propia al estar recluído en un campo de concentración, sino la asfixia propia del protagonista al no saber cómo actuar ante situaciones extremas. En esas ocasiones, la cara de pánico de Saúl (notable interpretación del cuasi debutante Géza Röhrig) es la nuestra al visionar el film. Con tanto movimiento y desesperanza, Nemes triunfa al hastiar y enfermar al espectador, pero flojea durante el tramo final, al intentar culminar la historia con una situación demasiado hollywoodiense, abocando en demasía a los sentimientos del espectador. Una solución no muy acertada y poco coherente con lo visto hasta ese momento.

Además de ser un drama intimista pseudoexperimental de guerra, El hijo de Saúl cuenta con un elemento de género. Una sorpresa que viene introducida ya en el título del film. Hemos hablado de Saúl, nuestro protagonista, pero todavía no hemos hablado del hijo del mismo. ¿Quién es el hijo de Saúl? El hijo de Saúl es un chaval cualquiera que llega al campo de concentración y del que Saúl se encapricha. Un acto para nada enfermizo, es puro amor paterno-filial. El problema es que el chico es purgado y la historia no llega ni a empezar. Ante esa situación, Saúl secuestra el cadáver y comienza a tratarle como su vástago. Saúl se aferra a un cuerpo inerte para sentir el calor (frío) de su hijo desaparecido y decide hacer todo lo que haga falta para enterrarle según el rito religioso, siendo este el motor principal del film (aunque desaparezca en buena parte de la parte central del film). Lo que podría verse como un acto simbólico y ejemplar, de honra a su hijo, no es sino otra muestra de lo extrema que es la situación en el campo: no solo el cadáver no es su hijo, sino que ni siquiera está  seguro de tener un descendiente. El tiempo en el campo de concentración lo destruye todo, especialmente la memoria como construcción de la identidad. Esa es el arma más peligrosa de todo régimen totalitario.

El hijo de Saúl es una fábula moral sin apenas concesiones ambientada en un enclave amoral situado bajo uno de los regímenes más inmorales jamás sufridos… y sí, es la mejor de las películas seleccionadas para los Oscars de esta edición, por lo que el galardón será justo.

Valoración: ★★★½

Crítica: Dheepan

Dheepan

Texto escrito por David Lastra

El estreno de la Palma de Oro es uno de los pocos acontecimientos ineludibles de la temporada cinematográfica otoñal. Cuando llega el momento, nos acercamos religiosamente a las salas de cine a visionar con ojo crítico y ceño fruncido el largometraje que meses antes encumbró el jurado del festival de festivales. Durante los últimos años, nos hemos llevado gratas sorpresas (La clase, La vida de Adèle), tomaduras de pelo (El árbol de la vidaPulp Fiction), experiencias cinematográficas inolvidables (Bailar en la oscuridadLa cinta blanca) y hasta alguna que otra siesta (Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas). Este año es el turno de Dheepan de Jaques Audiard, título que pegó el campanazo al arrebatarle (eso dicen) el máximo galardón a Carol de Todd Haynes. Vamos a comprobar si la nueva cinta del realizador de De óxido y hueso está a la altura del selecto club de premiados en Cannes.

Dheepan nos acerca a la vida de una familia de pega. Un hombre, una mujer y una niña que han formado una unidad familiar por la única razón de que se parecen a las personas que figuran en los pasaportes que van a utilizar para salir del país. Esta suerte de fraude de identidad es la única opción que tienen para salir de Sri Lanka estos tres refugiados tamiles. Ese poderoso e interesante punto de partida, engancha al espectador, haciendo que nuestro apetito voyeurístico se dispare y quiera saber más sobre el futuro de este hogar de cartón piedra. Su éxodo les lleva a París, pero no a la bella ciudad de las postales, sino a los suburbios. Al mismísimo lugar donde viven los monstruos de la droga y el tráfico de armas. El peor ambiente posible para empezar una nueva vida de cero.

Dheepan

A pesar de volver a contar con un personaje masculino protagonista de empaque (en esta ocasión, un antiguo soldado sanguinario reconvertido a conserje), Audiard vuelve a caer en uno de sus errores más comunes de su obra (¿podemos hablar de marca de autor?): pausar la acción hasta la extenuación. La diletante sucesión de tiempos muertos vuelve a aparecer, la misma que ya hizo que perdiese interés por el pianista chanchullero de De latir mi corazón se ha parado o por su niño salvaje carcelario de Un profeta. En esta ocasión, la repetición de los quehaceres diarios de Dheepan y sus choques, tanto conyugales como con sus convecinos delincuentes, no son sino una mera excusa para rellenar hasta el tan cacareado y comentado final. Hasta ese momento, el hastío y, por qué no decirlo, el aburrimiento dominan al espectador. Es ese estallido tan violento y visceral como previsible y anunciado, el que hace que nos desperecemos de nuestras butacas por un momento. Un clímax que recuerda en demasía a las trazas y al modus operandi del cine de los Coen, justamente los dos hermanos que presidían el jurado que otorgó la Palma de Oro a esta película…

Dheepan es una obra 100% Audiard, pero no llega ni a un 50% de Palma de Oro.

Valoración: ★★½