12ª Muestra Syfy de Cine Fantástico de Madrid: Tercera jornada (Domingo)

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Los ojos escuecen, pero las ganas no se desvanecen. Ese podría ser uno de los lemas de La Muestra Syfy. Sobre todo aplicable al domingo, último día de proyecciones. Para el Día de la Mujer, La Muestra nos tenía reservada una interesante sesión doble final: A Girl Walks Home Alone At NightUnder the Skin, la primera dirigida por una mujer, Ana Lily Amirpour, y protagonizada por una vampira con hijab, y la segunda con Scarlett Johansson enseñándonos qué es eso de ser mujer en este incomprensible planeta. Ambas películas son de lo mejor que hemos visto este año y en cualquier edición del Syfy.

Pero antes nos esperaban otras dos cintas, una desconcertante y en última instancia chiflada comedia sueca, y un drama sobrenatural indie que parecía rescatado de las sobras de Sundance. Y también, cómo no, Huesitos. Porque como ya viene siendo tradición todos los años, Leticia Dolera se subió al escenario de los cines Callao para lanzarnos chocolatinas, una de las muchas actividades extra-oficiales de La Muestra que tanto irritan a algunos (Dolera se lo pasa genial leyendo para todos las críticas de los detractores de este tipo de distracciones entre películas). A cambio de los Huesitos, Dolera pidió que prometiéramos ver en el cine su primera película como directora, Requisitos para ser una persona normal. Y como ella es tan maja y tan cachonda, se ha ganado que le hagamos publicidad. La película se estrena en julio y se va a ver antes en el Festival de Málaga, y si refleja de alguna manera la personalidad de la actriz (que también escribe y protagoniza), no deberíamos perdérnosla.

Después de este mensaje de nuestros patrocinadores, paso a reseñaros las cuatro películas que vimos el último día en La 12ª Muestra Syfy. Inventores locos, fantasmas víctimas de bullying, vampiros iraníes y… bueno, Scarlett Johansson. Dejémoslo ahí.

 

LFO (Antonio Tublen, Suecia)

LFO_Poster27x40.inddCuando empieza LFO (acrónimo de Low Frequency Oscillation), sabes que estás ante una de esas películas que pueden acabar siendo cualquier cosa. Y por suerte, así es. El segundo film del sueco Antonio Tublen nos presenta a Robert (Patrik Karlson), un hombre que descubre la manera de hipnotizar a las personas utilizando bajas frecuencias del sonido. Con una máquina instalada en su casa empieza a hacer experimentos con sus vecinos, un matrimonio recién llegado al barrio. Al principio, Robert utiliza los tests para ganarse la confianza y la admiración de la pareja, y con la máquina corrige los errores que van resultando de los experimentos. Pero como no puede ser de otra manera, “la cosa” se le va de las manos y se le sube a la cabeza, abusando de su poder para cualquier situación y convirtiendo a los vecinos en marionetas a su merced. LFO posee una cualidad muy inquietante, con una primera parte caracterizada por la incertidumbre y la tensión contenida. Parece que vamos a presenciar un drama de ciencia ficción realista en la línea de Prime, pero Tublen acaba llevando la historia por otros derroteros, y LFO se convierte en una comedia satírica que cada vez se toma menos en serio. En su recta final, LFO se entrega por completo a la pantomima y culmina en un desenlace muy guasón con el que celebramos haber sido sometidos al experimento.

 

Jamie Marks Is Dead (Carter Smith, Estados Unidos)

Jamie Marks is Dead - Poster 01Programar Jamie Marks Is Dead en un festival de cine como la Muestra Syfy es pura provocación. La película de Carter Smith es el blanco perfecto para las mofas, una copia mala de Donnie Darko que se aproxima a temas muy serios como el bullying y sus consecuencias desde un prisma fantástico y con un desafortunado aire de auto-importancia made in Sundance. La historia arranca cuando el chico que da nombre a la película es encontrado muerto. Nadie se acuerda muy bien de Jamie Marks, más allá de su apodo, “Lunático Marks“. Era un chico introvertido, víctima del acoso de algunos de sus compañeros y totalmente invisible para el resto (a pesar de lucir un cuerpazo de atleta que debería ser suficiente para navegar con éxito los pasillos de una high school yanqui). El misterio de su muerte afecta particularmente a otro chaval socialmente inadaptado, Adam (nuestro Cameron Monaghan de Shameless), lo que le une a una chica tan súper-única-y-alernativa-y-especial que colecciona rocas (Morgan Saylor, superando en irritante a su detestada Dana Brody de Homeland), junto a la que ve al fantasma de su compañero muerto.

Jamie Marks Is Dead es una tosca alegoría de la diferencia y la dificultad para encajar de algunos adolescentes, y en concreto de la homosexualidad en el instituto, pero toda la trascendencia de estos temas se desvanece entre diálogos de una cursilería insoportable, una falsa capa de profundidad psicológica y una sarta de tópicos (el prota lee El guardián entre el centeno, por favor…) y metáforas dolorosamente obvias y predecibles. Al final, todo queda en bochornoso fan fiction gay de Harry Potter (por el innegable parecido del chico muerto con el mago de J.K. Rowling) con ínfulas de libro de autoayuda para teenagers.

 

A Girl Walks Home Alone At Night (Ana Lily Amirpour, Estados Unidos)

GIRL_POSTER_V9_outlined_0915La ópera prima de Ana Lily Amirpour después de su multipremiada trayectoria en el mundo del cortometraje es una de las sensaciones festivaleras de la pasada temporada. La directora estadounidense de origen iraní toma la arriesgada decisión de adentrarse en el sobre-explotado universo de los vampiros para demostrar que, a pesar de lo hastiado del género, aún quedan formas de innovar en él. A Girl Walks Home Alone At Night es un soberbio ejercicio de estilo y minimalismo narrativo en el que Amirpour demuestra una sensibilidad estética muy particular. Se trata de una historia clásica (chico conoce vampira) con ecos a Jim Jarmusch (que recientemente se aproximó al mismo género desde un prisma alternativo con Only Lovers Left Alive) y clara voluntad pop, en la que destacan la sensualidad e iconoclastia de sus imágenes (en esplendoroso blanco y negro) y la magnética presencia de sus protagonistas, una vampira hipster/skater con hijab (la revelación Sheila Vand, imposible no enamorarse de ella) y un joven narcotraficante con aires de James Dean, Marlon Brando y James Franco (todos reencarnados en Arash Marandi). A Girl está repleta de secuencias para el recuerdo (el primer encuentro de Arash, disfrazado de Drácula, con la Chica; su primera visita a la casa de ésta; cualquier aparición espectral de la Chica en las oscuras calles de Bad City), pero el film de Amirpour es mucho más que un festín visual para paladares modernosos, se trata además de una lección de economía narrativaA Girl nos cuenta mucho con poco, y logra pasar como si nada por los tópicos del género, contándonos con dos recursos visuales inteligentemente empleados y sin apenas palabras lo que otras cuentan con 60 minutos de exposición. Una auténtica maravilla.

 

Under the Skin (Jonathan Glazer, Reino Unido/EE.UU./Suiza)

Under the Skin - Poster 02Ya se ha escrito todo sobre Under the Skin, así que seré breve. La película de Jonathan Glazer fue una de las más aclamadas del año pasado, hasta el punto de que se llegó a pensar que tendría presencia en la última edición de los Oscar, a pesar de su carácter altamente experimental y arriesgado. No fue así (su increíble banda sonora, sin la que no se entendería la película, sí se llevó premios para llenar un estadio), pero mientras nos olvidamos de la mayoría de películas de 2014, Under the Skin tiene la capacidad para quedarse dentro y no salir de ahí nunca (no voy a hacer el juego de palabras con el título, porque ya no hace falta). Under the Skin no es una película propiamente dicha, es una experiencia, un trance visual y sonoro en el que nos sumimos desde su hipnótico comienzo hasta su desgarrador final, y del que cuesta despertar una vez empiezan los créditos finales. Pero al igual que con A Girl Walks Home Alone At Night, no podemos dejar que su impresionante factura estética y el arrebatador poder de sus imágenes nos distraiga de la maestría con la que se nos cuenta la historia de su protagonista. Porque es muy fácil pasar por alto el sutil trabajo de Glazer construyendo la minimalista trama o la desarmante interpretación de Scarlett Johansson completando sus huecos a base de delicados matices, pero no debería ser así. La actriz, cuyo 2014 será recordado como uno de los más importantes de su carrera, deslumbra y atrapa con uno de los personajes más fascinantes del cine reciente. Under the Skin fue el broche de oro para la Muestra, y desde aquí quiero dar personalmente las gracias a sus organizadores por darnos la oportunidad de ver esta obra de arte en pantalla de cine.

Shameless: Naturaleza irreverente

SHAMELESS (Season 4)

“When you grow up in this house, you think that nothing can shock you anymore. And then…” -Fiona Gallagher

Estas palabras sirven para describir a la perfección lo que es Shameless, adaptación estadounidense del drama homónimo británico de Channel 4. La casa de los Gallagher, en el barrio más pobre del sur de Chicago, es el mayor campo magnético para el desastre. Un padre alcohólico y vagabundo, una madre bipolar que ha abandonado el nido, y una muchacha de apenas 20 años, Fiona (inconmensurable Emmy Rossum), que tiene que ejercer de mater familias del clan, completado por cuatro hermanos y una hermana, más los constantes agregados, vecinos, novios, novias, y demás “okupas”, que no permiten que el silencio ponga un pie en casa ni un solo minuto. No importa lo disparatado y descabellado que sea, todo puede pasar bajo este techo en el que conviven en caótica armonía los sinvergüenzas más adorables del medio este norteamericano.

Los Gallagher son basura blanca y lo saben. Shameless se recrea en la inmundicia, la disfuncionalidad y la delincuencia que forma parte del día a día de estos personajes, y en la tradición más trash de la cadena en la que se emite, Showtime, no conoce límites ni censuras. Estamos quizás ante una de las series que ha ido más allá en cuanto a lo que se puede o no se puede enseñar en televisión. Shameless es la prueba de que cualquier aberración y anomalía que puedas imaginar es posible -especialmente aquellos tabúes relacionados con los menores, que en esta serie se convierten en el pan de cada día. Sin embargo, la casquería y sal gruesa de esta serie funciona porque su honestidad es conmovedora, y porque bajo toda la mugre, la capa de sudor de estar una semana sin ducharse y el olor a cenicero, late un corazón gigantesco. Shameless no es un drama que afecte emocionalmente, es mucho más, es una serie que golpea, que machaca, que destroza cuando se lo propone. Las tragedias cotidianas de los Gallagher nos calan como el invierno de Chicago en los huesos, pero su perturbado sentido del humor y su enorme poder para emocionar siempre prevalece, convirtiendo la serie en lo más parecido a una “dramedia pura” -no en vano, este año pasa a competir en la categoría de comedia en los Emmy, después de tres años optando a la de drama.

Shameless se caracteriza, y a su vez se diferencia de la mayoría de series actuales, por su capacidad temeraria para avanzar y evolucionar. Es cierto que los reveses que golpean a la familia tienen un evidente carácter cíclico, es decir, siempre se enfrentan a los mismos problemas: encontronazos con la ley, malabarismos para pagar las facturas y poner seis platos de comida en la mesa, constantes amenazas de los servicios sociales, etc. Ni que decir tiene que los Gallagher tienen buen fondo -todos menos Frank, el padre, interpretado a las mil maravillas por William H. Macy-, solo que el karma simplemente no se atreve a poner un pie en su barrio. Por eso, no importa que se porten bien con el mundo, su naturaleza les obliga a comportarse erráticamente de manera compulsiva y el destino simplemente no quiere que haya paz en su casa. La cuarta temporada, que acaba de tocar a su fin en Estados Unidos, ha ido más allá en este sentido. Ha puesto a los personajes al límite y ha trastocado la (des)estructura familiar para demostrarnos que no podemos dar nada por sentado en esta serie.

Mickey Lip Liam Shameless

Ese miedo a que cualquier cosa puede pasar, a que nadie está a salvo de caer de una manera u otra (como en Juego de Tronos pero sin decapitaciones, aunque tampoco desentonarían) es lo que hace que seguir Shameless suponga una experiencia tan satisfactoriamente tumultuosa y adictiva para el seriéfilo. No nos cuesta involucrarnos, porque queremos a estos personajes, y nos importan de verdad, porque nos preocupa de qué manera esquivarán la mala suerte o se enfrentarán a las consecuencias de sus actos. Y a pesar de que estábamos más que acostumbrados a verlos tropezar semana tras semana, a verlos inmersos en las desventuras más zafias y escandalosas, lo de esta temporada ha llevado las cosas a otro nivel -tanto que por fin parece que la serie comienza a recibir la atención que merece. Shameless ha decidido poner más patas arriba aún a los Gallagher, empezando por los dos miembros mayores de la familia: Frank, que ha estado toda la temporada entre la vida y la muerte, y Fiona, que esta vez no ha sido capaz de evitar la espiral de autodestrucción a la que estaba abocada desde el principio. El resultado ha sido la temporada más oscura de Shameless hasta la fecha.

Que Frank y Fiona hayan tocado fondo (y cuando digo tocar fondo refiriéndome a esta serie estoy hablando de tocar con las narices el fondo de un pozo kilométrico lleno de bichos, heces y demonios) ha afectado a la dinámica del hogar de los Gallagher. El hermano mayor, Lip (Jeremy Allen White, ese irresistible galán barriobajero y Bob Dylan moderno), ha sustituido a Fiona como el sustendador principal de la familia, el pegamento que la ha mantenido unida (a duras penas) durante la ausencia de su hermana. Claro que los Gallagher más pequeños están acostumbrados a valerse por sí solos desde la cuna. Por eso esta temporada también ha servido para que Debbie (Emma Kenney) y Carl (Ethan Cutkosky) pasen a primer término y tengan sus propias tramas de “madurez”, que, cómo no, han tenido que ver con el despertar sexual y los primeros pasos en el campo de batalla que es el amor en tiempos de acné. Estos dos personajes nos han dado quizás los momentos más tiernos de la temporada, aunque como no puede ser de otra manera hayan estado aderezados con el ocasional atraco a mano armada.

Episode 411

Sin embargo, la oscuridad ha tenido un reverso luminoso para casi todos los personajes. En especial para lan (Cameron Monaghan), el otro miembro de la familia que se ha llevado la peor parte este año, y cuya enfermedad seguramente copará la próxima temporada. Después de cuatro años en los que su relación con Mickey Milkovich (Noel Fisher) no terminaba de despegar (en la historia y a nivel narrativo parecía que no había interés en explorarla de verdad), lo suyo también ha adquirido relevancia en la serie, regalándonos momentos de auténtica emoción a flor de piel, y redimiendo por completo a un personaje como Mickey, que ha pasado de cretino a héroe romántico, de cliché a personaje enteramente desarrollado, en el transcurso de la temporada. Su salida del armario en el Alibi (el bar local), y todo lo que ello desencadena, compone una de las tramas más emocionantes y valiosas de lo que llevamos de serie. Shameless será muy cafre e inmoral, pero también es una de las ficciones que mejor labor desempeña promoviendo la tolerancia y la compasión.

Lo que no cambia, y a estas alturas parece claro que no cambiará nunca, es Frank. Si algo nos indica la última secuencia de esta temporada, brutalmente triste y agria, es que a) él es una cucaracha, y las cucarachas nunca mueren y b) un Gallagher siempre será un Gallagher. Shameless deja la historia en un punto en el que se hace difícil imaginarla yendo a mejor para sus protagonistas, aunque el regreso de Fiona reestablecerá el “orden” en casa -y a pesar de esa secuencia post-créditos, un game-changer en toda regla. Con Frank volviendo a las andadas y Ian sumiéndose en su enfermedad, podemos esperar con toda seguridad mucho más de este dolor de corazón que nos provoca constantemente esta serie. Pero también podemos contar con algo que no cambia nunca: ocurran las desgracias que ocurran, los Gallagher (y familia extendida) siguen siendo la alegría de la tele, y Shameless la mejor serie que no estáis viendo.