Rocketman: Bienvenidos al show de Taron Egerton

El biopic musical se ha convertido en uno de los géneros del moda gracias al impresionante éxito de Bohemian Rhapsody en 2018. La película sobre Queen despertó el interés del público (y el de Hollywood) por ver en el cine a las figuras más míticas de la industria musical y esto benefició enormemente a Rocketman, biopic sobre Elton John que llegó a los cines la pasada primavera, rodeado de expectación y justificada fanfarria.

La película, producida por el propio cantante, narra el fascinante viaje de un joven prodigio del piano llamado Reginald Dwight y su transformación en una de las mayores superestrellas internacionales del pop-rock. Taron Egerton (Kingsman) se pone en la piel (y el alma) del icono británico en una película realizada por Dexter Fletcher, que ya dirigió al joven actor en otro biopic, Eddie el Águila, y producida por Matthew Vaughn, con quien trabajó en Kingsman (todo queda en familia).

Rocketman recorre la vida de Elton John a través de sus canciones más conocidas en un espectáculo musical colorido, sexy, deliciosamente kitsch y muy gay que mezcla números teatrales con detalladas recreaciones de algunas de sus actuaciones más memorables. Alejándose del realismo de Bohemian RhapsodyRocketman se zambulle de cabeza en la fantasía (palabra que John eligió para describir la película), con secuencias musicales oníricas y números de Broadway que (aunque no siempre se vuelven todo lo grandes que deberían) reinterpretan el repertorio de Elton John de forma creativa y estrambótica. El resultado es un estallido glam de lentejuelas y purpurina que capta perfectamente el espíritu y la actitud del artista.

Uno de los mayores aciertos de Rocketman es su decisión de no blanquear en exceso la vida de su protagonista. John ha reconocido que la película es una interpretación libre y llena de licencias de su propia biografía, pero esto no quiere decir que se haya dejado fuera algunos de sus pasajes más oscuros, muy importantes en la construcción de su persona, como la complicada relación con sus padres, su mala gestión de la fama o sus problemas de adicción. La película (no recomendada para menores de 16 años) contiene lenguaje explícito y escenas de sexo (homosexual) y consumo de drogas que, si bien no llegan a escandalizar, ayudan a pintar un cuadro más honesto y atrevido de la vida del cantante, no solo de sus momentos más alegres, sino también de los más difíciles.

Rocketman cuenta con un estupendo reparto en el que destacan Bryce Dallas Howard como la odiosa madre de John, un excelente Jamie Bell como su inseparable letrista y amigo Bernie Taupin (su amistad es uno de los aspectos más conseguidos del film) y Richard Madden como su exmanager y expareja John Reid, el villano oficial de la función. Pero sin duda, la película tiene nombre propio, y ese es Taron Egerton, que se entrega por completo al personaje y a la leyenda. Además de cantar de maravilla, el actor evita la imitación burda con una interpretación enérgica, emotiva y muy humana con la que rinde sincero tributo al icono sin caer en la caricatura.

Aunque asume riesgos con los que otros no se atreven, Rocketman es en el fondo un biopic narrativamente tradicional. Uno muy eficaz, eso sí, divertido, emocionante y con buena factura (la puesta en escena y el vestuario sobresalen, por supuesto). Lo que hace que se eleve, que flote por encima de otras películas biográficas es la fuerza de canciones como I Want Love, Your SongCandle in the Wind, el sensacional trabajo de un actor que nació para cantarlas y la figura que homenajea: un chico de pueblo convertido en una de las estrellas más emblemáticas y extravagantes de la historia del pop.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Rocketman ya está a la venta en digital, 4K UHD, Blu-ray, DVD y edición limitada Blu-ray en caja metálica. Este es el contenido adicional de las ediciones que ha sacado Paramount Pictures en nuestro país:

DVD

-Va a ser una aventura salvaje: La visión creativa
-Música reimaginada: Las sesiones de estudio
-Versión Sing-Along: con temas seleccionados

BLU-RAY (incluye los extras del DVD y contenido exclusivo adicional):

-Sencuencias musicales extendidas
-Diez escenas eliminadas y extendidas
-Convirtiéndose en Elton John: La transformación de Taron
-Más extenso que la vida: Diseño de producción y vestuario

La edición 4K UHD + Blu-ray incluye un disco 4K UHD con la película en ultra alta definición y sonido Dolby Atmos en su pista en versión original, y el Blu-ray con todos sus extras.

La edición especial limitada en caja metálica incluye el Blu-ray con todos sus extras en un elegante steelbook para coleccionistas.

Crítica: Jurassic World – El reino caído

Jurassic World llegó en 2015 para revitalizar la saga creada por Steven Spielberg y sorprendió a todo el mundo convirtiéndose en una de las películas más taquilleras de la historia. El reboot dirigido por Colin Trevorrow y protagonizado por Bryce Dallas Howard y el omnipresente Chris Pratt dio comienzo a una nueva trilogía cuya segunda entrega llega este año a los cines. El español J.A. Bayona (El orfanato, Lo imposible, Un monstruo viene a verme) recoge el testigo de Trevorrow (que permanece en la franquicia como guionista y productor) para dirigir Jurassic World: El reino caídouna aventura jurásica más oscura que se mantiene fiel a la saga, pero a la vez la mueve hacia nuevos lugares.

Han pasado tres años desde los terribles acontecimientos que llevaron a la destrucción del nuevo parque temático y complejo turístico de Jurassic World. Isla Nublar ha sido abandonada por el hombre, y los dinosaurios sobreviven como pueden, mientras un volcán que se creía inactivo entra en erupción, amenazando con acabar con toda la vida en la isla. Ante una posible nueva extinción de los dinosaurios, las autoridades deciden no actuar y dejar que la naturaleza siga su curso.

Claire Dearing (Howard), ahora líder de un grupo de activistas defensores de los derechos de los animales, se embarca en un viaje de regreso a Isla Nublar junto a una doctora (Daniella Pineda) y un técnico informático (Justice Smith) para salvar a los dinosaurios. Para llevar a cabo su plan, tendrá que contar de nuevo con la ayuda de Owen Grady (Pratt), que sigue manteniendo un vínculo especial con Blue, el inteligente raptor al que crió en el parque, y que está desaparecido en la jungla. Cuando llegan a la isla, la expedición descubre una conspiración que podría poner en peligro el planeta entero.

La primera mitad de Jurassic World: El reino caído transcurre en Isla Nublar y nos conduce por itinerarios muy conocidos de la saga. Volvemos a la zona cero para encontrarnos las ruinas de Jurassic World amontonándose sobre los vestigios que quedan del antiguo Parque Jurásico. Es por tanto un doble ejercicio de regresión el que realiza Bayona, continuando la nueva historia que se presentó en 2015 a la vez que mantiene el espíritu del clásico original de Spielberg. Al igual que Tevorrow, Bayona deja patente su amor por la saga en cada plano, ya sea con las mil y una referencias al pasado, como mediante el tratamiento de la historia, en el que se nota mucho la mano orientadora de Spielberg.

La sensación de déjà vu es muy fuerte a lo largo de todo el metraje, con planos, situaciones y giros argumentales que nos remiten directamente a las dos primeras entregas de la saga (las que dirigió Spielberg). Aunque el guion se esfuerza en justificar el regreso a Isla Nublar, la película no puede evitar caer en múltiples agujeros narrativos y, sobre todo, en la repetición, ya que las posibilidades después de cuatro películas empiezan a ser muy limitadas. Por eso, la segunda mitad sirve para romper el molde. En una trama similar a la de El mundo perdido (con la que establece muchos paralelismos), la acción se traslada a Estados Unidos, concretamente a la enorme mansión de Benjamin Lockwood (James Cromwell), la persona que ideó Parque Jurásico junto a John Hammond. Allí, Jurassic World empieza a dejar atrás el pasado para mirar al futuro.

Lo que hay hasta llegar a ese intenso clímax es un trepidante y estruendoso espectáculo de acción a la altura de lo que se espera de ella. Bayona pone su pericia técnica y su excelente gusto para lo visual al servicio de una película llena de secuencias impresionantes y planos construidos con mucha atención al detalle (su manejo del espacio y la oscuridad para crear tensión es brillante). El reino caído incluye algunos de los set pieces de acción más ambiciosos de toda la saga (la huída de Isla Nublar deja clavado en la butaca) e imágenes para el recuerdo (el último plano en Isla Nublar es precioso y devastador), los efectos digitales han mejorado con respecto a la anterior -las criaturas son más realistas y esta vez se han usado más animatronics, lo cual se agradece-, y los dinosaurios dan más miedo que nunca (aunque se pasen buena parte del metraje sedados y en jaulas). De hecho, El reino caído es la entrega con más terror de la saga Jurassic.

Sin embargo, el espectáculo se ve ocasionalmente lastrado por un guion inconsistente y lleno de tópicos, villanos peores incluso que el de Jurassic World y un componente de thriller de conspiración con el que la película quizá se toma demasiado en serio a sí misma. En El reino caído no falta la diversión propia del cine de monstruos y catástrofes, pero el film aspira a ser algo más, y no siempre lo consigue. Se nota que Bayona está tras las cámaras, no solo por la mansión llena de secretos y la presencia de Geraldine Chaplin, sino también por cómo intenta insuflar emoción al terror y la fantasía. Lo hace recuperando los dilemas morales planteados por Ian Malcolm (Jeff Goldblum en un pequeño cameo), convirtiendo a los dinosaurios en personajes, explorando la conexión entre Owen y Blue o con el nuevo personaje infantil (Isabella Sermon). El problema es que las emociones no siempre resultan genuinas (quizá por su empeño en subrayarlas siempre tanto), como tampoco suficientes para cubrir las carencias del guion, a pesar de que el reparto hace un buen trabajo dotando de alma humana a una historia un tanto mecánica y falta de lógica. Especialmente Pratt, esta vez con el factor canalla rebajado, y Howard, heroína con agallas y corazón (y calzado más cómodo).

Aun con sus fallos, la película cumple de sobra su papel como entretenimiento escapista y blockbuster estival, y satisfará a los fans de Parque Jurásico, a los que recompensa con numerosos guiños cómplices. Al igual que con Jurassic World, es recomendable no buscarle los tres pies al Rex y dejarse llevar. El reino caído se disfruta más cuanto menos se piensa y más se siente. Si uno entra, el buen rato está garantizado.

Después de cuatro películas, el asombro que Spielberg creó con la primera Parque Jurásico ya es imposible de reproducir, por eso es un acierto que hayan buscado la manera de insuflar nueva vida a la franquicia, aunque antes de introducir el verdadero cambio hayan repetido el mismo esquema otra vez. El final de El reino caído abre todo un mundo de opciones, dejando entrever un futuro con implicaciones escalofriantes y muchas posibilidades para la saga, y sobre todo, abriendo la puerta para que esta sea libre y, por fin, evolucione.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Peter y el dragón

Peter y el dragón se basa en el clásico Disney de 1977 Pedro y el dragón Elliot, pero no es exactamente un remake, al menos no como lo ha sido recientemente El Libro de la Selva o lo será el año que viene La Bella y la Bestia. En lugar de “rehacer” fielmente la película original (que habría sido mala idea), un musical de tono ligero que combinaba acción real y animación tradicional, Disney ha optado por el camino de la relectura casi total, manteniendo a los dos personajes del título en español e ideas de la trama para relatar el cuento originalmente escrito por S.S. Field y Seton I. Miller de una forma completamente distinta. Para esta labor, el estudio del ratón Mickey escogió a un director cuanto menos sorprendente, David Lowery, conocido sobre todo por el drama indie En un lugar sin ley (Ain’t Them Body Saints). Lowery, que también co-escribe el guion, ha resultado ser una elección ideal, ya que se ajusta sin problemas al canon de Disney a la vez que conserva su estimulante personalidad fílmica, hallando una perfecta comunión de estilos que saca el máximo provecho de la historia y evita en todo momento que el cineasta se pierda en la fórmula del estudio.

Es decir, Peter y el dragón es una película Disney, pero también es una película de David Lowery. Y a la vez, sin dejar de ser homogénea y consistente en ningún momento, es muchas otras películas. Es un drama familiar con cierto aire a Sundance (no en vano, ahí está Robert Redford, aportando clase como secundario y cuentacuentos), un relato muy arraigado en la Norteamérica de los pueblos pequeños (a pesar de estar filmada en Nueva Zelanda), acogedor, cálido y entrañable (refuerza esta sensación la banda sonora de inclinación country, que sustituye a las canciones de la original), y también una aventura clásica que sigue el patrón de las películas con niño y amigo extraordinario de origen no humano. En ella encontramos trazas inconfundibles de títulos como E.T. El extraterrestreEl gigante de hierroDonde viven los monstruos Cómo entrenar a tu dragón. Sobre todo de las dos primeras repite numerosos lugares comunes y un esquema que hemos visto en muchas otras fábulas cinematográficas. Pero lejos de utilizar los referentes más arraigados en la memoria colectiva para realizar un pastiche nostálgico, Lowery extrae de ellos la esencia y la utiliza para crear una película intemporal, una que retrotrae a la infancia y recuerda al cine familiar de hace varias décadas sin recurrir en ningún momento al guiño específico.

De una manera u otra, todas las películas mencionadas manejan el concepto del amigo imaginario, que en Peter y el dragón es descrito en un momento dado como “alguien que te inventas para tener con quien hablar y evita que te sientas solo”. Esa es una de las ideas que bombea el (enorme) corazón de esta película, y que a la vez da paso a uno de sus temas centrales: la magia existe siempre y cuando nos permitamos a nosotros mismos verla. Elliot no es imaginario (como tampoco lo es E.T. o el Gigante de Hierro), es real como la vida misma, pero que solo Peter lo vea durante gran parte de la historia (el dragón se camufla haciéndose invisible), sirve a Lowery para hablarnos entre otras cosas de la niñez, la fe, la ignorancia (el gran villano de la película, como bien dice la cantante St. Vincent en su acertadísima mini-crítica en Twitter y con permiso de un más bien acartonado Karl Urban) y la necesidad de tener a alguien con quien compartir la soledad.

Porque Peter y el dragón es una aventura con una gran carga de emotividad, momentos luminosos y significativas dosis de optimismo e idealismo, pero también está construida enteramente sobre un poso de tristeza y melancolía (tono que se establece desde el magnífico prólogo, escena de gran impacto emocional similar al magistral inicio de Buscando a Nemo). Los instantes más simpáticos los aporta Elliot, una criatura digital absolutamente impresionante (no os dejéis engañar por los tráilers) que está ahí de verdad y se puede sentir (su aliento, su peso, su esponjosidad), lo que añade empaque visual al film y hace que su mensaje sea aun más efectivo (Elliot es real y todos lo queremos como amigo). Si en Cómo entrenar a tu dragón Desdentao estaba hecho a imagen y semejanza de un gato, Elliot es un perro verde gigante. El dragón, que en lugar de escamas tiene una deslumbrante y suave capa de pelo que lo convierte en un compañero de siestas perfecto, se mueve, actúa, reacciona y se comunica exactamente como un can, uno extra adorable, majestuoso, y volador, claro (un poco como Fujur de La historia interminable, que viene a la mente cuando vemos a Peter volar a lomos de él). Y si bien la preciosa relación entre Elliot y Peter es la principal atracción de la película, quizá los momentos más conmovedores se dan entre el niño y el personaje de Bryce Dallas Howard, Grace, la guardabosques que lo encuentra y lo acoge en su casa. La actriz ofrece una interpretación muy sólida y afectiva en plena sintonía con el no menos fantástico Oakes Fegley, que borda a este nuevo Peter con parte de Mowgli y parte de Jack de La habitación. Al final, Peter y el dragón no es solo una historia sobre la amistad, sino también el relato de la creación y unión de una familia (tradicional y nuclear, todo hay que decirlo), formada por diferentes miembros que han perdido o andan buscando ese sustituto del amigo imaginario para dejar de sentirse solos.

En este sentido, la película cae por momentos en el exceso de almíbar, pero su naturaleza es tan sincera y exenta de ironía o manipulación, que es fácil perdonarle los deslices sentimentaloides. Ante todo, estamos ante un trabajo de un equilibrio absoluto, un film sencillo, bien contado y excelentemente dirigido. La labor de Lowery nos confirma a un director de considerable talento para narrar visualmente, un cineasta con temple y visión que ha sabido conjugar con suma elegancia la sensibilidad del blockbuster actual (es su primer película “de estudio”) con el intimismo de un cine más “pequeño”, dando tanta importancia a la dirección de actores como al espectáculo. Todo sin dejar de cumplir con la etiqueta disneyana de “cine para toda la familia”. Efectivamente, Peter y el dragón es una película hecha para el disfrute de grandes y pequeños, hecha para ahora y para durar en el tiempo, una de esas aventuras clásicas (en el mejor sentido cinematográfico de la palabra) que captan el asombro y la magia de la infancia, tal y como nos la mostró el mejor cine familiar de los 80 y los 90.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Jurassic World

Jurassic World 1

Todo el mundo recuerda perfectamente lo que sintió la primera vez que vio Parque Jurásico. Asombro, fascinación, miedo, euforia. Son emociones muy concretas a las que la generación de treinta y cuarentañeros se aferra con fuerza hoy en día, algo que la industria del cine sabe. El negocio de la nostalgia está en auge, y Hollywood no hace más que rendir pleitesía a esta generación (la que, en teoría, se gasta el dinero intentando no perder para siempre esa niñez que tanto valora). De ahí que este sea el momento idóneo para abrir de nuevo las puertas del parque. Jurassic World supone el regreso a la Isla Nublar después de 22 años, y las cosas han cambiado mucho por allí desde entonces.

El espectador ya lo ha visto todo y sorprenderlo es más difícil que nunca. Colin Trevorrow, director de la muy estimable Seguridad no garantizada y adolescente de 17 años cuando se estrenó Parque Jurásico, parte con esta desventaja a la hora de ponerse al frente del reboot jurásico. Trevorrow sabe que es completamente imposible repetir lo que supuso el clásico de 1993 para toda una generación (es decir, lo que supuso para él), así que se centra sobre todo en realizar un blockbuster veraniego con el principal objetivo de hacer pasar un buen rato en el cine. Y lo cierto es que, a pesar de pequeños fallos en el sistema, la operación ha sido todo un éxito. Por eso, después de pensarlo bien, he decidido avalar el parque.

Jurassic World 3

Jurassic World es un continuo homenaje a Parque Jurásico, pero juega muy bien la carta de la nostalgia, evitando en todo momento ser fagocitada por ella. Los guiños a la película original son muy abundantes. No solo nos encontramos innumerables referencias visuales (reliquias del primer parque, una estampida de gallimimus, el célebre plano del espejo retrovisor o la bengala por solo nombrar unas pocas) o diálogos réplica (el obligado “No hemos reparado en gastos” o el icónico “¡Corre!” de Laura Dern), sino que Jurassic World repite tal cual el esquema narrativo de la primera, calca algunas de sus secuencias más célebres (el ataque del Rex a los niños en el coche, el clímax en el Centro de Visitantes) e incide en los mismos temas sin apenas variación: el hombre jugando a ser Dios, el instinto de protección maternal (paternal en PJ), la evolución de las especies, la imposibilidad de controlar la naturaleza… Ya sabéis, “la vida se abre camino“. Pero aun con su constante reiteración, Trevorrow logra que la película se mantenga fresca y sea algo más que un remedo de la original, rejuveneciendo por completo la franquicia. Y lo hace dotándola de grandes dosis de autoconsciencia. Que para eso es 2015.

La premisa de Jurassic World es sencilla: la visión de John Hammond (que también tiene su homenaje) ha sobrevivido a pesar de las tragedias acontecidas en Las Cinco Muertes (el archipiélago donde se desarrolla la saga), y el parque ha conseguido abrir sus puertas al público. Jurassic World funciona bien durante diez años, pero las visitas empiezan a caer en picado. “Los dinosaurios ya no sorprenden a nadie“, así que los científicos del parque se ven obligados a crear una nueva atracción para volver a captar la atención del público: un terrorífico dinosaurio híbrido, el Indominus Rex. Sin embargo, el plan no sale según lo esperado y evidentemente desemboca en desastre. No hace falta prestar mucha atención para pillar la idea. Jurassic World se apunta a la tendencia meta del cine actual, equiparando la experiencia de los visitantes al parque con la de los espectadores de la película, dirigiéndose a ellos para comentarles lo que está haciendo: “Sabemos que estáis de vueltas de todo y los dinosaurios ya no son guays, pero vamos a encontrar la manera de que os lo paséis genial igualmente”. No es como ver Parque Jurásico por primera vez, pero su espíritu y sentido de la maravilla están ahí, y podemos notarlo.

Jurassic World 4

Jurassic World es un blockbuster del siglo XXI, y así es como hay que verlo, evaluando el tipo y grado de diversión que proporciona, más que su originalidad o trascendencia, algo que desde un principio se asegura en advertirnos que no es su propósito. Exceptuando algún diálogo aburrido (aunque suponemos necesario) sobre los inversores del parque o la trama de InGen, la película mantiene un ritmo trepidante hasta el final y consigue que no queramos quitar ojo de la pantalla en ningún momento (solo el muy agresivo product placement está a punto de estropearlo todo). A pesar de su escasa experiencia, Trevorrow es un director ágil, y maneja muy bien la tensión, enlazando además fantásticas escenas de acción con los dinosaurios en las que, oh milagro, distinguimos lo que está ocurriendo (apoteósico el último ataque del Indominus). Pero además, hace un uso excelente del humor, sin rastro de cinismo y con geniales pinceladas de comedia en los sitios adecuados, logrando con todo ello que la película esté viva y en constante movimiento.

Aunque los actores de carne y hueso son lo menos importante de Jurassic World y los personajes son más bien arquetipos andantes, el reparto cumple de sobra. La protagonista y reina de la película es sin duda Bryce Dallas Howard (aka Not Jessica Chastain), que da vida a Claire, gélida y estricta jefa de operaciones del parque que hará frente a la dino-crisis entrando en acción y sin quitarse los tacones en ningún momento (brava). Luego está el omnipresente Chris Pratt, que afortunadamente no hace por tercera vez consecutiva de Andy Dwyer/Peter Quill/Chris Pratt, sino que interpreta (con bastante gracia también) al “macho alfa” de Jurassic World, “domador” de velociraptors y de mujeres (no miento). Los niños de la película, Ty Simpkins y Nick Robinson son otro acierto de casting, en especial el pequeño, reencarnación (muchísimo menos repipi) de Tim ‘He vomitado’ Murphy. Del irrelevante plantel de personajes secundarios destacan Jake Johnson (meta-voz de la película y estupendo alivio cómico) y Lauren Lapkus, dúo que protagoniza una de las escenas más hilarantes del film. Por último, Vincent D’Onofrio encarna al villano de la película, el aspecto más descuidado del guion, un personaje desdibujado cuyo plan malvado y motivaciones resultan confusos, además de poco o nada interesantes.

Jurassic World 2

Siguiendo con el tema de los personajes, después de ver Jurassic World hay que reconocer que Joss Whedon no iba desencaminado en su crítica al sexismo en la película (aunque él valorara una sola escena y luego su Viuda Negra lo dejara en evidencia). La cinta de Trevorrow tiene cierto aire conservador y recurre a unos cuantos estereotipos rancios que empañan ligeramente el resultado, sobre todo en lo que respecta a Claire, personaje configurado a base de tópicos atribuidos tradicionalmente a la mujer en el cine (la maternidad como vía para alcanzar la plenitud personal o la importancia del romance) y a cómo está dibujada su relación con Owen (Pratt), fundamentada en la dependencia y la subordinación. No obstante, este problema no llega a estropear la diversión (a menos que seas Alison Bechdel), gracias a que Howard y Pratt abordan sus personajes despertando simpatía en todo momento.

Dejando esa cuestión a un lado, Jurassic World es todo un triunfo del cine palomitero, la experiencia “parque temático” completa (para esta tampoco han reparado en gastos y se nota). No es una película excesivamente profunda en ningún sentido (ni pretende serlo), pero sí es inteligente cuando tiene que demostrarlo, y también ridícula cuando tiene que serlo (la trama de los velociraptors adiestrados es tan rocambolesca como esperábamos). Trevorrow ha orquestado un espectáculo de primera calidad que admira y respeta la visión original de Spielberg y a la vez la renueva, hablando el idioma de las superproducciones actuales. Jurassic World es la mejor entrega de la saga desde Parque Jurásico (no era difícil), un producto que se dirige con claridad a varias generaciones usando una sola voz, y que, ya que no puede reproducir lo que supuso la película original, se asegura al menos de que todos lo pasemos como niños viéndola. Solo le falta que los dinosaurios parezcan estar ahí de verdad, como el T-Rex de 1993. Pero supongo que eso ya era pedir demasiado.

Valoración: ★★★★