American Gods – Primera Temporada [Reseña y sorteo]

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Cuando Starz, la cadena de OutlanderAsh vs. Evil Dead entre otras, anunció que estaba preparando una adaptación del best-seller internacional American Gods con Bryan Fuller (Hannibal) al frente del proyecto, el júbilo se apoderó de los fans de Neil Gaiman y los aficionados al género fantástico en general, que está atravesando un momento muy fértil. La idea de una serie basada en una de las novelas más celebradas del popular autor británico, producida por uno de los productores televisivos más creativos y visualmente estimulantes del momento, era demasiado atractiva como para no dejarse invadir por el entusiasmo.

El pasado mes de abril, Starz estrenó American Gods (en España la ofrece en exclusiva Amazon Prime Video), rodeada de una gran expectación y precedida de varias promos que vaticinaban una de las series más sorprendentes e impactantes de los últimos años. Y lo cierto es que, a pesar de un comienzo algo confuso y titubeante (lógico por otra parte teniendo en cuenta el material en el que se basa y el estilo de su autor), no decepcionó, confirmándose a lo largo de 8 episodios como una ficción osada y completamente diferente a cualquier otra cosa que hay ahora mismo en televisión.

American Gods relata la lucha encarnizada entre los dioses antiguos y los nuevos, una contienda que tiene lugar en varios frentes y viene a reflejar la dualidad de la sociedad norteamericana, así como la dicotomía entre tradición y tecnología, la realidad física y la virtual, en un mundo en el que las fronteras entre el bien y el mal están más difusas que nunca.

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La historia sigue los pasos de Shadow Moon (Ricky Whittle), quien tras cumplir tres años de condena por robar un casino, es puesto en libertad el día que recibe la noticia de que su esposa, Laura (Emily Browning), ha muerto en un accidente de coche en pleno acto sexual con otro hombre. De camino al funeral, Shadow se encuentra con el misterioso Mr. Wednesday (Ian McShane), un peculiar y enigmático individuo que lo sabe todo sobre su vida. Shadow acepta el puesto de “guardaespaldas” de Mr. Wednesday, embarcándose así con él en un impredecible viaje a través de Norteamérica en el que descubrirá un mundo oculto donde la magia es real, una realidad adyacente a la de los mortales donde se está fraguando un conflicto fatal entre dioses, en el que Shadow tendrá un papel más importante del que cree.

Bryan Fuller es uno de los productores más personales e imaginativos que hay actualmente en televisión. Su ojo prodigioso para la estética, su preciosismo macabro y el respeto que siente por el género fantástico lo convertían en el candidato idóneo para acometer este loco proyecto. Claro que, por otro lado, Fuller se suele mover peligrosamente en la línea que separa lo sublime de lo pretencioso, cayendo a veces en el error del estilo sobre la sustancia. Afortunadamente, en American Gods esto no pasa, a pesar de que en ocasiones lo parezca. Lo mejor de la serie es que, además de sacar los ojos de las órbitas con sus imágenes, de una plasticidad y una belleza inigualables, cuenta una historia fascinante con unos personajes que enamoran.

De todos ellos es precisamente el protagonista, Shadow, el menos interesante, quizá porque la interpretación de Whittle carece de los matices y el carisma que requiere el personaje (aunque tiempo al tiempo, que el viaje personal de Shadow acaba de empezar y él sigue tan confundido como nosotros). Le hacen sombra (pun intended) Ian McShane, que brilla con una interpretación deliciosamente excéntrica, y la infravalorada Emily Browning, cuyo personaje conocemos en profundidad en el que es el mejor episodio de la temporada, “Git Gone”, un standalone hermoso y melancólico que compone una de las horas más redondas que se han visto en televisión este año.

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Y por supuesto, mención aparte merecen los demás dioses y criaturas fantásticas, en especial un desatado Pablo Schreiber como el divertido leprechaun Mad Sweeney, la siempre genial Kristin Chenoweth como la diosa de la Pascua y por encima de todos, ahí arriba, en lo más alto del Olimpo de American Gods, Gillian Anderson como Media, la diosa de la comunicación, un personaje que permite a la venerada actriz de Expediente X demostrar su versatilidad al convertirse en diferentes iconos de la cultura popular, como David Bowie, Marilyn Monroe o Lucille Ball, y que se revela como un golpe maestro de casting (una diosa real de la cultura pop encarnando a la diosa de los mass media en la ficción, más perfecto imposible). Solo por sus breves pero cegadoras apariciones, la serie merece la pena.

American Gods es una serie insólita, asombrosa, extraña, y sobre todo muy atrevida. Que forme parte de Starz, la única cadena que hace sombra de verdad a HBO en cuanto a violencia gráfica y contenido sexual, permite a Fuller dar rienda suelta a sus pulsiones más oscuras y sensuales, con escenas que se quedan para siempre en la retina, como la presentación de Bilquis (Yetide Badaki), que se traga al hombre con la vagina después del coito, o el encuentro sexual entre Salim (Omid Abtahi) y el Genio (Mousa Kraish), una secuencia de sexo gay de lo más explícito que se ha visto jamás en televisión.

Con su brutal apartado visual, sus seductores personajes y su compromiso con el delirio, American Gods es todo un regalo para los sentidos, una serie apasionante que no ha hecho más que empezar. No me quiero ni imaginar cuando llegue la verdadera guerra entre dioses.

american-gods-blu-rayLa primera temporada de American Gods ya está a la venta en España de la mano de Sony Pictures Home Entertainment. La serie se ha puesto a la venta en Blu-ray y DVD.

Ambas ediciones cuentan con contenidos adicionales perfectos para hacer más llevadera la espera de la segunda temporada:

• Entrevistas del reparto con Ian McShane, Ricky Whittle, Emily Browning y Bruce Langley

• Corto: “Antiguos dioses, Dioses modernos, Libro vd Show, Qué es American Gods”

• El origen de American Gods con Neil Gaiman

• Entrevistas en la Comic-Con de San Diego

¡CONCURSO! Si queréis ganar una copia en Blu-ray de la primera temporada de American Gods cortesía de Sony Pictures Home Entertainment, solo tenéis que dejar un comentario en esta entrada. Entre todos los que escribáis sortearemos el pack al azar, y el ganador o ganadora la recibirá en su casa gratis. Concurso solo válido para España. Finaliza el miércoles 6 de diciembre de 2017 a las 23:59h. ¡Suerte! [Este sorteo ha finalizado. Estad atentos a la página de Facebook de FNVLT para más concursos]

Mi verano de serie (Segunda parte)

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Aquí estoy de nuevo, listo para seguir hablando de mi verano seriéfilo, que ha dado tanto de sí que tuve que dividir este artículo en dos partes para que no se me fuera de las manos. La primera mitad de mis aventuras estivales tumbado en el sofá la podéis leer aquí. ¿La habéis leído ya? Bien, a continuación tenéis la esperada secuela.

Empiezo con una historia de la que ya he hablado en profundidad en el blog, y que he recomendado por activa y por pasiva en mis redes sociales, Man in an Orange Shirt. Se trata de una miniserie de BBC escrita por Patrick Gale, sobre el apasionado romance furtivo entre dos soldados británicos de la Segunda Guerra Mundial (Oliver Jackson-Cohen y James McArdle), y el efecto que causa su relación en la mujer del primero (Vanessa Redgrave). Man in an Orange Shirt está dividida en dos partes, la primera ambientada en el pasado, y la segunda en el Londres actual, donde conocemos al nieto de uno de los soldados (Julian Morris), un joven gay incapaz de abrir su corazón a los demás, que se refugia en el sexo con desconocidos. Como ya me he deshecho en elogios hacia la miniserie, no me quiero repetir, así que os remito a la crítica que escribí recientemente. Solo una cosa: si tenéis la oportunidad de verla, aprovechadla. Tengo la teoría de que cuanta más gente la vea, mejor será el mundo.

Hablando de miniseries de temática LGBTQ que son de interés universal (como debería ser siempre), también he visto When We Rise, ambiciosa ficción de ABC en ocho partes que sigue la estela de American Crime llevando a la cadena del alfabeto por el camino del drama de prestigioWhen We Rise tiene detrás un par de nombres de pedigrí. La serie está producida por los responsables de Mi nombre es Harvey MilkDustin Lance Black y Gus Van Sant (El indomable Will Hunting, Elephant), que además también dirige el primer episodio. When We Rise es una apasionada crónica sobre la lucha por los derechos de la comunidad LGBTQ que abarca más de cuatro décadas. Ahora bien, aunque su temática sea importante y su valor indudable, la serie peca de fría, reconstruyendo notablemente los acontecimientos pero fallando a la hora de conectar emocionalmente, quizá por culpa de un reparto que no parece del todo ubicado (sobre todo Guy Pearce, pero en general todos los actores más conocidos, poco creíbles como las versiones adultas del mucho más eficaz reparto joven). Recomendable para informarse sobre las injusticias vividas y los logros conseguidos por la comunidad, pero poco destacable como pieza dramática.

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La que sí he vivido a todos los niveles es Rectify, una de las mejores series de los últimos años que casi nadie ha visto, y que apenas ha formado parte de la conversación seriéfila, muy injustamente. Este drama de la cadena Sundance nos cuenta la historia de un hombre erróneamente acusado de violar y asesinar a una joven, que tras 17 años encarcelado, regresa a su pueblo, donde ya no se le mira con los mismos ojos. La serie es un soberbio estudio sobre el espíritu humano y la vida en una pequeña comunidad que nos habla de la culpa, el perdón y la búsqueda de la felicidad, y que está a la altura de los mejores dramas televisivos de la historia. Una serie que me arrebató por completo, tanto por sus portentosas interpretaciones (iba a empezar a nombrar a los actores, pero es que todos están increíbles) como por la delicadeza con la que cuenta la historia. Conmovedora, demoledora, tan triste como luminosa, y sobre todo, altamente recomendable.

También he aprovechado este verano para continuar series que empecé no hace mucho, pero dejé aparcadas por falta de tiempo, o porque otros estrenos acapararon mi atención y acabaron desplazándolas. Estoy hablando por ejemplo de American Gods, la adaptación de la novela de Neil Gaiman por parte de Bryan Fuller (Pushing DaisiesHannibal) que emite Starz (en España la tiene Amazon Prime). Terminé hace poco la primera temporada, y aunque cuando la empecé me temí lo peor (Fuller es un gran esteta, pero a veces me parece excesivamente pedante y superficial), me acabó conquistando por completo. Sobre todo a raíz del episodio 4, “Git Gone” (el que cuenta la historia de Laura –Emily Browning), una de las horas más preciosas que he visto este año en televisión. Ese capítulo en concreto es una maravilla, pero el resto de la serie no desmerece. Ambiciosa, provocadora, sensual, loquísima, de imaginación desbordante, de factura impresionante, con Gillian Anderson haciendo de Marilyn, Bowie o Lucille Ball, y sin olvidar a Ian McShane, que está enorme. No se puede pedir más. Ardo en deseos de ver la segunda temporada.

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Otras dos series que empecé cuando se estrenaron, pero dejé en la recámara hasta no hace mucho son The Exorcist TabooSobre la primera ya hablé en su día, después de ver su piloto. No esperaba que un reboot televisivo de una película tan irrepetible (y que tanta huella dejó en mi vida) como El exorcista fuera a satisfacerme tanto. Elegante, bien contada, bien interpretada (Alfonso Herrera es mejor actor de lo que se lo reconocemos, y esta serie es la prueba), y más terrorífica que la mayoría de series (supuestamente) de miedo (la soporífera Outcast, de temática similar, palidece en comparación). Y lo mejor, hacia la mitad de la temporada hay un brillante giro sorpresa en la historia que le da la vuelta a la serie y la convierte en algo distinto a lo que creíamos.

Sobre Taboo, el carísimo drama místico de Tom Hardy, que supuso pérdidas económicas para el actor, solo puedo decir que entra muy bien por los ojos, que está muy bien hecha, pero que, habiendo terminado la primera temporada, no sabría muy bien decir de qué va. Y apuesto lo que sea a que los responsables de la serie tampoco lo tenían muy claro. Confusa, embarullada, poco accesible, pero lo suficientemente hipnótica y atractiva como para haberme quedado hasta el final. Ya veremos si me apunto también a la segunda temporada. Aunque claro, Hardy es mucho Hardy, y va a ser difícil resistirse a sus estúpidamente sensuales gruñidos primitivos.

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Cambiamos de tercio para hablar de tres comedias. Las tres de Netflix. Imagino que os pasará lo mismo, la plataforma ha cogido tal ritmo con los estrenos de sus series originales que es imposible estar al día. “Pero no hay por qué verlas todas”, me diréis algunos. Ya lo sé, creedme que lo sé. Pero eso decídselo a mi yo completista, o a mi yo sin filtro, que por una cosa u otra, casi todas las series de Netflix me atraen (menos Narcos, hasta ahí no llego). A lo que iba. Este verano he seguido con una de mis comedias recientes favoritas, Love, y la segunda temporada me ha parecido incluso mejor que la primera, tan agridulce como la anterior, pero más centrada, más inspirada. He vivido la relación de Gus y Mickey al máximo, casi en primera persona, los buenos momentos (y hay muchos, porque cuando Judd Apatow se pone tierno, optimista y romántico, no hay quien le gane), los malos (Apatow tampoco tiene rival boicoteando la felicidad de sus personajes) y los insoportablemente frustrantes (para los que echamos de menos Girls, esto es droga de la buena). Love merece más reconocimiento del que tiene, y Gillian Jacobs y Paul Rust deberían estar entre los nominados al Emmy este año. Ah, y Bertie es un tesoro, quiero demasiado a Bertie.

Para que no me pase como con Love (y Master of None, cuya segunda temporada aun tengo en la recámara), decidí ver Descolocados (Disjointed) y Atípico (Atypical) nada más estrenarse. La primera tenía un claro (y único) reclamo para mí: Kathy Bates. Pero ni siquiera ella es capaz de hacer que merezca la pena invertir mi (no tan preciado) tiempo en la serie. Descolocados no es más que otra sitcom de la factoría Chuck Lorre, una comedia de risas enlatadas propia de CBS, casposa y sin gracia, que, al estar en Netflix, puede desmarcarse diciendo tacos y salirse con la suya haciendo que toda su historia gire alrededor de la marihuana. Además, tiene la particularidad de que incluye secuencias animadas e interludios en forma de vídeos de YouTube o anuncios televisivos (el product placement es nivel desayunos de Médico de familia) para rellenar su increíble vacío de ideas. Por su (ínfima) calidad, Descolocados es comparable a la lamentable The Ranch, con la diferencia de que en esta se está malgastando trágicamente el talento de Bates. Cada vez tengo más claro que lo de Mom es la excepción que confirma la regla.

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En cuanto a Atípico, voy a pecar de poco original y decir que es bastante… típica. Esta dramedia familiar que bien podría haberse emitido hace 8 años en Showtime o actualmente en ABC (con censura) es la película indie de Sundance que hemos visto en incontables ocasiones. Pero aun así, es difícil no sucumbir a sus muchos encantos. Empezando por su protagonista, Sam (magnífico Keir Gilchrist), un adolescente autista en busca del amor con el que se visibiliza este colectivo de personas poco representadas en televisión, siguiendo por su sentido del humor, entrañable pero nunca demasiado ñoño, y terminando por Jennifer Jason Leigh, que como productora de la serie, se reserva bastante protagonismo, y brilla con otro de sus papelones, una madre sobreprotectora en plena crisis de mediana edad (estará entre las nominadas al Emmy el año que viene con toda seguridad, y será bien merecido). Sin olvidar a los secundarios, un simpático plantel de personajes que complementan perfectamente al protagonista (Brigette Lundy-Paine, la hermana de Sam, es toda una revelación, y el personaje más interesante de la serie). Atípico no inventa nada, es la clásica historia coming-of-age que tanto le gusta contar a los norteamericanos, pero es tan cálida, tan bonita, tan divertida, que le perdono sus defectos (y tiene unos cuantos). Recomendable para los fans de aquella joya injustamente ignorada que fue United States of Tara o películas teen como Las ventajas de ser un marginado.

Sigo en Netflix, pero cambio de tercio para hablaros de una de mis mayores sorpresas del veranoAnne with an E (o simplemente Ana), la nueva adaptación de Ana de las Tejas Verdes, el clásico de Lucy Maud Montgomery. Os cuento, tenía curiosidad, pero tampoco me moría por verla. En mi semana de vacaciones a finales de julio me la puse para desayunar. Y pasó lo que tenía que pasar. De esto que te pones algo pensando que va a ser una serie de planchar (o de tener al fondo mientras comes), y acabas completamente metido, deseando que llegue el desayuno del día siguiente para ver el siguiente capítulo. Me zampé Anne with an E con café, zumo y galletas, y ya la asociaré para siempre a mis desayunos vacacionales. Qué serie más bonita, qué maravilla de casting, qué protagonista más perfecta (Amybeth McNulty es un portento, personifica a la perfección el melodramatismo exagerado, la energía y la ilusión del personaje), qué fresca, qué divertida, qué emotiva, qué bien retrata el paso de la infancia a la adultez… He leído muchas quejas sobre las licencias que se ha tomado con respecto a los libros, pero esto a mí me importa más bien poco. Sin compararla con el original o las versiones anteriores, Anne with an E aguanta muy bien el tipo como serie, y quiero más.

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Más cosas. Ha vuelto Halt and Catch Fire, y al igual que Rectify, se trata de una de las mejores series que no estás viendo. Claro que nunca es tarde si la serie es buena. Si no la veis, dadle una oportunidad. Al principio puede parecer otra copia de Mad Men, pero con el tiempo va afianzándose en su propia identidad para convertirse en uno de los dramas televisivos más satisfactorios del momento. Su cuarta temporada ha empezado subiendo mucho el listón, con los personajes más asentados que nunca, los actores más cómodos y la historia cogiendo un rumbo muy interesante. Otra nueva serie de época que acabo de empezar, esta de estreno más reciente, es The Last Tycoon, drama de Amazon protagonizado por Matt Bomer, Kelsey Grammer, Lily Collins y Rosemarie DeWitt que también se puede describir como otra Mad Men wannabe. Ambientada en el Hollywood de los años 30, The Last Tycoon nos muestra los entresijos de las majors de cine a través de la figura de un productor atribulado, que se queda a años luz de Don Draper, aunque Bomer lo haga realmente bien. Es una serie correcta, con estupendo diseño de producción y vestuario y buenas interpretaciones, pero no destaca especialmente entre tanta oferta de calidad.

Aguantad, que ya queda poco. No hace mucho retomé otra serie que empecé hace eones y dejé parada, pendiente de seguir cuando llegase el momento adecuado. Y ese momento llegó en una noche tonta y sofocante de agosto, cuando decidí que lo que pegaba era ver Spartacus. Concretamente Gods of the Arena, la miniserie precuela que sucedió a la primera temporada. Hacía mucho tiempo que no veía la serie, por eso me sorprendió darme cuenta de lo terrible que es. Un péplum que es pura pornografía, burda, gratuita, casposa, y lo peor, con ínfulas de drama de calidad. ¿La voy a seguir viendo? Claro, a todos nos gusta un poco de porno de vez en cuando.

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Termino con dos asuntos pendientes a los que por fin he hecho frente. A principios de verano empecé a ver RuPaul’s Drag Race, el popular talent show de drag queens que ocupa el 80% de mi timeline de Twitter y Tumblr. Me sentía completamente desplazado sin ver este programa, así que ya era hora de hacer algo al respecto. He visto las dos primeras temporadas, y aunque me queda mucho para estar al nivel de fanatismo de mis contactos (observé desde fuera la locura del Werq the World el otro día), ya siento que pertenezco un poquito más a mi comunidad (la de seriéfilos, la LGBTQ y la del Twitterverse). Y por si os interesa mi opinión: Bebe Sahara Benet me pareció una justa ganadora (aunque también me habría quedado satisfecho si hubiera ganado Nina Flowers) y no tengo favoritas de la segunda edición (no, no soy fan de Raven, lo siento, y Jujubee era la que mejor me caía, pero como drag no me decía nada). Todas unas bichas, como Taylor Swift.

Y me he dejado para el final el mayor asunto pendiente seriéfilo de mi vida: Dawson crece. La serie de Kevin Williamson marcó mi adolescencia, como la de tantos otros, pero dejé de verla en la quinta temporada, y desde entonces (hace 15 años, que se dice pronto) no me había atrevido a ver el final y cerrar ese ciclo de mi vida. Pues bien, la pasada primavera llegó el momento de encararme al pasado para mirar definitivamente al futuro. En lugar de ponerme directamente la sexta, decidí ver la serie entera desde el principio. Qué nostalgia más grande con las dos primeras temporadas (la primera sigue siendo un clásico adolescente con todas las de la ley), cuantísimo me influyó (yo era Dawson, y durante el revisionado me di cuenta de que también era insoportable, como Dawson). La tercera me pareció mucho mejor de lo que recordaba (Dawson descolgando sus pósters de Spielberg me parece uno de los momentos más dramáticos y uno de los puntos de inflexión en un personaje mejor escritos de la historia de la tele). En la cuarta, la serie empezó a decaer si remedio, y las dos últimas temporadas están universalmente consideradas como las peores de la serie.

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Dawson crece es el ejemplo paradigmático de por qué una serie de adolescentes no debería continuar en la universidad. Las temporadas 5 y 6 (en las que la serie debería haberse rebautizado Joey’s Creek) son desesperantes, aburridas, absurdas hasta el paroxismo (Pacey broker de bolsa, con eso lo digo todo), con tramas sin sentido, relaciones insípidas y nuevos personajes que no aportan absolutamente nada. La ausencia de Williamson se nota trágicamente, y por eso se agradece que se ocupe del final, dos capítulos que arreglan en la medida de lo posible el estropicio previo y despiden la serie con una nota muy emotiva, dando más protagonismo al mejor (y más maltratado) personaje de la serie, Jen. He de confesar que no lloré viendo el final (supongo que tragarme la serie en maratón me dejó insensibilizado), pero aun así me pareció un buen desenlace, coherente, lleno de amor hacia sus personajes, y deferencia a la audiencia que tanto tuvo que aguantar. Dawson crece termina como tenía que terminar (y Joey termina con quien tenía que terminar), así que al menos, aunque fuera durante 80 minutos, sentí que no había perdido del todo el tiempo. Lo dicho, ya no tengo asuntos pendientes, ya puedo morir tranquilo.

Y ya puedo dar la bienvenida oficial al otoño. Hasta aquí el repaso a mi verano de series. Como en la primera parte, os animo a que me contéis qué habéis visto vosotros estos últimos meses. Espero que esta vez me hagáis más caso.

Recordando… Wonderfalls

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Érase una vez una cadena de televisión huraña y antisocial que en lugar de escuchar a sus telespectadores, se paseaba por sus casas sibilina y amenazante, asiendo una guadaña y murmurando a sus oídos: “no te encariñes con esa serie, la vamos a cancelar”. Se llamaba Fox, aunque muchos empezaron a llamarla Axe. No porque oliera bien, sino por su adicción a blandir esa guadaña para decapitar a sus series sin darles tiempo para que pidieran misericordia. Estamos hablando de una remota época de la televisión norteamericana en la que un índice de audiencia considerado fracaso estrepitoso sería hoy en día un éxito incontestable. Una etapa de transición en Fox que nos dio varias series de culto que no pasaron de los 14 episodios. Firefly acapara toda la atención (por derecho propio, claro), pero hay otra serie foxiana cancelada prematuramente que merece todos los elogios del mundo: Wonderfalls.

Wonderfalls proviene de la inquieta mente de Bryan Fuller. Por aquel entonces este nombre no nos decía nada, pero una década después podemos asociarlo a varias series muy queridas por el público. Se encargó de Star Trek: Voyager, pero su primera ‘serie de autor‘ fue Tan muertos como yo (Dead Like Me), que se mantuvo tan solo dos temporadas en antena, ganándose un culto considerable (uno que se ha ido desvaneciendo, eso sí). A continuación llegó Wonderfalls, de la que hablaré a partir del siguiente párrafo. Más recientemente, Fuller ha conseguido labrarse un nombre propio en la televisión USA gracias a su inconfundible estilo visual, ya muy presente y definido en las series mencionadas. Con Pushing Daisies canalizó al Tim Burton más luminoso, encandilando a muchos espectadores (que por desgracia no fueron suficientes para que la serie pasase de su segunda temporada). Y con su serie actual, Hannibal (segunda temporada pendiente de estreno), vuelve a echar mano de los ingredientes que mejor maneja, iconoclastia, plasticidad y color, oscureciéndolos para explorar la vertiente macabra y pesadillesca de su estilo.

Además de Fuller, Wonderfalls también era obra de Tim Minear, conocido sobre todo por ser uno de los guionistas predilectos de Joss Whedon, showrunner de Angel y Firefly, y más recientemente productor ejecutivo de American Horror Story (si lo pensamos, AHS es bastante deudora del estilo Fuller). La premisa era tan original como arriesgada, puro Fuller: una joven recién salida de la universidad se conforma con vivir en una caravana y trabajar en una tienda de souvenirs de las cataratas del Niágara. Un día, los objetos inanimados con forma de animal empiezan a hablar con ella a base de mensajes crípticos que le hacen plantearse si está destinada a algo más grande en la vida. La excentricidad de la propuesta no terminó de calar con la audiencia, y tampoco con la Fox, que extendió la primera temporada a lo largo de 2004 (fue un estreno tardío de mid-season y continuó en otoño), contribuyendo así a que el impacto fuera aún menor. Quizás habría funcionado mejor con episodios de 20 minutos, en lugar de 40, pero eso nunca lo sabremos.

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Wonderfalls nació en una época de la televisión en abierto en la que aún quedaba espacio para la creatividad y las series no se clonaban siguiendo un patrón diseñado según estadísticas y cifras de audiencia. Buffy y Angel se acababan de despedir, cerrando una fructífera y estimulante era televisiva. Y Wonderfalls llegaba tarde. O visto ahora, puede que demasiado pronto. La serie de Fuller puso en práctica el formato que Expediente X y Buffy popularizaron e implantaron en televisión: una estructura altamente episódica con capítulos autoconclusivos (aquí no teníamos “monster of the week”, sino “objeto inanimado de la semana”) alternada con una gran trama general que cobraba importancia a medida que la temporada avanzaba. Pero la televisión estaba cambiando, y el espectador también. Wonderfalls era 90s en estado puro, y el público quería pasar página.

La extravagante historia de Jaye Tyler (Caroline Dhavernas) no terminó de encontrar su nicho de audiencia quizás porque era un producto en apariencia adolescente, uno que desentonaba fuera de la WB. O quizás porque sus protagonistas eran la antítesis del personaje televisivo por antonomasia. Jaye no era una heroína, sino más bien todo lo contrario. Holgazana, desmotivada, sin un sueño que perseguir. Una fracasada que no mostraba el más mínimo remordimiento por haberse plantado. Precisamente Wonderfalls exploraba cómo una persona así lidiaría con una responsabilidad cósmica, cómo reaccionaría ante la idea de ser una especie de Elegida. No había elemento fantástico propiamente dicho, pero Wonderfalls flirteaba constantemente con una fuerza superior que nunca llegó a desvelar. Las ‘grandes hazañas’ de Jaye eran muy de andar por casa (a pesar del ocasional allanamiento de zoológico, viaje astral navajo o caída en barril por las cataratas del Niágara). Ella luchaba constantemente contra aquello de “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Jaye no quería responsabilidades, no quería compromisos, ni siquiera tenía aspiraciones o metas. Un personaje así en televisión era tan refrescante e interesante como arriesgado. Y afortunadamente, Caroline Dhavernas (rescatada por Fuller para Hannibal) supo sacar el máximo provecho de Jaye, construyendo un personaje brillante y lleno de matices, y demostrando un enorme talento para la comedia física (¡qué prodigio de la expresividad!) Puede que nadie lo sepa, pero sí, Jaye Tyler es uno de los mejores personajes de la historia de la televisión.

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Claro que Jaye tenía a su alrededor un reparto excelente. Familia y amigos que proporcionaban estabilidad y locura a partes iguales. Personajes en un principio desdibujados que acaban adquiriendo gran entidad y ganándose con creces el cariño del espectador (mención especial a Sharon, la hermana lesbiana de Jaye). Y por supuesto, Wonderfalls también tenía historia de amor. El componente romántico no era especialmente apasionante, y el príncipe azul de Jaye, Eric (¿Tayron Leitso o el hermano pequeño de Matthew Fox?), era más bien soso, como el Eric de La Sirenita (o sea, que con esa cara daba igual cómo fuera). Pero como el resto de relaciones (amistosas, familiares, románticas) de la serie, la pareja central -y su TNR- estaba tratada con sumo cariño. Es imposible no involucrarse con ellos y desear que acaben juntos. Jaye+Eric 4ever.

Wonderfalls tan solo duró 13 episodios, pero es una de esas series que constituye una obra sólida a pesar de terminar mucho antes de tiempo y quedar interrumpida. En el poco tiempo que tuvo para florecer consiguió realizar episodios absolutamente antológicos e hilarantes (“Crime Dog” o “Cocktail Bunny” son de lo mejorcito que ha dado la tele). Pero son muchas las preguntas que quedan sin responder, principalmente las que tienen que ver con el misterio tras los objetos parlantes. ¿Está Jaye loca y Wonderfalls nos habla de una enfermedad mental o Dios se está comunicando con ella? Los creadores de la serie declararon posteriormente a su cancelación que la idea para la segunda temporada era mandar a Jaye a un manicomio. Lo cierto es que las posibilidades eran infinitas. Los personajes habían crecido mucho en 13 capítulos, los actores se habían hecho con ellos y empezaban a estar enormes, y había material de sobra para que crecieran mucho más (Lee Pace tardó demasiado en ser un personaje visible y pedía a gritos más tiempo en pantalla). Como ocurre con toda serie prematuramente cancelada, Wonderfalls, especialmente vista 10 años después, supone una experiencia tremendamente agridulce. Afortunadamente, la series finale nos proporciona el perfecto cierre sentimental que hace que la recordemos como una pequeña joya de la televisión, en lugar de una (¡otra!) serie incompleta.

Hannibal: A fuego lento

En mi análisis del piloto de Hannibal, no me mostré precisamente entusiasta con la serie, o con lo que esperaba (y vaticinaba) de ella. Resumiendo, me pareció un comienzo impactante en el aspecto técnico y visual, pero decepcionante en cuanto a personajes y forma de contar la historia. Envoltorio de lujo para una caja (más o menos) vacía. Aunque también es cierto que la propuesta de Bryan Fuller invitaba desde el principio a sentarse y saborear lentamente el menú, a ir descubriendo y apreciando cómo los ingredientes se iban fusionando en el paladar. Eso es lo que he hecho. He ido recibiendo los platos, cuidadosamente realizados y puestos en la mesa con una presentación inmejorable, y después de terminar los trece episodios de la primera temporada, puedo decir que Hannibal es un gusto adquirido. He aprendido a apreciarla, pero no me quedo con demasiadas ganas de probar más.

A Hannibal le ha pasado exactamente lo mismo que ocurrió con Dollhouse. Hasta la mitad de la temporada, y a pesar de que el piloto (el de Hannibal) parecía indicar lo contrario, ha habido un énfasis muy claro en el formato ‘caso de la semana‘. El episodio 7, “Sorbet” marca un evidente punto de inflexión en la serie. En él vemos por fin a Hannibal Lecter matando, y cocinando a sus víctimas. Así, su relación con los asesinatos investigados hasta ese momento se hace explícita para el espectador, que lógicamente lo sabía desde el inicio, y el relato fluye mejor. De esta manera, las tramas episódicas (aunque presentes hasta el final) dan lugar a una gran trama en la que lo visto hasta el momento juega un importante papel, tanto para las investigaciones como para el desarrollo de los protagonistas. Como intuíamos, Fuller ha dispuesto los elementos del relato con sumo cuidado, para hacerlos converger de manera natural, y en última instancia conducirnos junto a Will Graham en su descenso a los infiernos.

Sin embargo, a pesar de episodios como “Sorbet”, o el inmediatamente anterior, “Entrée”, Hannibal no se deshace del todo del lastre de lo formulaico y procedimental. Los trances empáticos de Will o las escenas a lo CSI con el equipo de forenses del FBI acercan la serie peligrosamente al aburrido y clónico universo de las series de investigación criminal. Salva Hannibal de caer del todo en lo convencional su exquisita ambientación y el enorme riesgo con el que se plantea la serie en el apartado visual. Estéticamente, la de Fuller es una de las series más bellas que se recuerdan en mucho tiempo. En el apartado sonoro es sencillamente apabullante. Hannibal ha conseguido llevar a un nuevo nivel la concepción de la muerte como obra de arte, con escenas del crimen dispuestas como hermosos tableaus (al igual que en la sexta temporada de Dexter) y una sorprendente ausencia de cortapisas que resulta en los planos más brutales, explícitos y sobrecogedores. Y con el mismo gusto y voluntad artística que se muestran los crímenes, y los viajes al subconsciente de Will, se plafinican las escenas en las que Hannibal prepara sus platos y los presenta a sus comensales, secuencias fascinantes que despiertan nuestro apetito más salvaje.

Entonces, ¿por qué no me termina de convencer Hannibal? Aparte del soporífrero elemento procedimental, mi principal problema con ella son sus personajes. Y como sabéis, si en una serie no te convencen sus personajes… mal camino lleva. De acuerdo, Mads Mikkelsen está magnífico como Hannibal Lecter, personificando al mito a la perfección. Sin embargo, su contrapunto, Will Graham, no está a la altura. Quizás el problema sea que el personaje le viene muy grande a Hugh Dancy. El actor británico está sobreactuado y maniqueo, y su interpretación se le va completamente de las manos. Necesita más autocontrol para que dejemos de pensar constantemente en el actor y empecemos a pensar en el personaje roto e inestable que interpreta. El elenco que rodea a Mikkelsen y Dancy no aporta demasiado. Lawrence Fishburne resulta antipático e irritante, y no posee cualidades redentoras en este sentido, Caroline Dhavernas está casi invisible, el personaje de Kacey Rohl (Abigail Hobbs) podría dar mucho de sí, pero resulta plomizo. Solo Freddie Lounds, la periodista sin escrúpulos (alivio cómico ¿voluntario?), me resulta mínimamente interesante. Por último, aunque me duela mucho decirlo, la interpretación de Gillian Anderson es plana, y algo caricaturesca. Fuller tiene una temporada más (gracias quizás a esos fans que han salido de debajo de las piedras e idealizan su objeto de culto en Tumblr, donde todo parece mucho mejor de lo que es), una segunda oportunidad para sacar mayor provecho de estos personajes que, si se les dedica el mismo esfuerzo que se emplea en el apartado estético de la serie, podrían hacer de Hannibal una propuesta mucho más completa.