Glass (Cristal): La película perfecta para la era de los superhéroes

La trayectoria de M. Night Shyamalan es como una historia llena de altibajos y plot twists. Tras varios éxitos, el aclamado director de El sexto sentido (1999) fue perdiendo el favor del público y la crítica hasta tocar fondo con su vapuleada adaptación de Airbender (2010) y la que es con diferencia la peor película de su filmografía hasta la fecha, After Earth (2013). Aparentemente condenado al ostracismo tras una serie de fracasos comerciales, Shyamalan resurgió cual Ave Fénix con la ayuda de Jason Blum, que produjo su nuevo film, La visita (2015), por cuatro duros (como todas las películas de Blumhouse), revitalizándolo creativamente y catapultándolo de nuevo a lo más alto.

Conocido popularmente por los giros sorpresa al final de sus películas, Shyamalan nos dio el más impactante con su siguiente trabajo, estrenado solo un año después, Múltiple (2016). En un alarde de fan-service que no era sino la materialización de sus propios planes y deseos, Shyamalan incluyó a Bruce Willis en una escena post-créditos, uniendo así su nueva película y El protegido (2000) bajo el mismo universo de ficción. Sin ser conscientes de ello, estábamos viendo una secuela spin-off de El protegido, y esto no podía significar sino la existencia de una tercera parte, un crossover 18 años en desarrollo que llega a nuestras pantallas en 2019.

Glass (Cristal) es el acontecimiento que los fans de Shyamalan llevaban esperando con ansias desde que se descubrió el pastel. O incluso antes. La película en la que convergen las historias de David Dunn, Elijah Price y Kevin Wendell Crumb, un trío de personas con habilidades sobrehumanas que se unen para hacernos reflexionar sobre la naturaleza de los superhéroes y su impacto en la sociedad. Además de Willis, Samuel L. Jackson retoma su papel de El protegido y James McAvoy vuelve a ponerse en la piel del asesino en serie con personalidad múltiple, uniendo así las narrativas de estos tres extraordinarios y peligrosos seres, y aquellas personas que orbitan a su alrededor: el hijo de David, Joseph (Spencer Treat Clark), la madre de Price (Charlayne Woodard) y una de las víctimas de Kevin que sobrevivió a su cautiverio, Casey (Anya Taylor-Joy).

Sus caminos se cruzan gracias a la intervención de la Dra. Ellie Staple (Sarah Paulson), una psicóloga especializada en personas que creen ser superhéroes, y que logra atrapar a los tres y reunirlos bajo el mismo techo de una institución psiquiátrica; una decisión que, obviamente, desembocará en desastre. El trío maravillas posee fuerzas e intenciones muy distintas que chocan entre sí: Dunn es el justiciero moral que utiliza sus poderes para hacer el bien y castigar a los malhechores, David es el monstruo incapaz de controlar sus habilidades, y Price, también conocido como Mr. Glass, es la mente maestra que maneja los hilos. Juntos conforman el triángulo básico de todo cómic de superhéroes.

Porque tal y como esperábamos, Glass nos da al Shyamalan más meta de su carrera. El director realiza un homenaje-decontrucción al medio gráfico y el género de los superhéroes en una época en la que estos vuelven a ocupar el Olimpo de la cultura popular gracias al cine y la televisión. Con varias referencias a Marvel y DCGlass se presenta orgullosa como un decálogo de los superhéroes que trata de explicar por qué tienen tanto éxito y cómo reflejan nuestra realidad. Y lo hace con buenas dosis de suspense, acción y espectáculo, pero también con mucho humor autorreflexivo y referencial, con guiños y bromas que aluden a los cómics y a la propia carrera de Shyamalan (que en esta ocasión protagoniza el que quizá es su cameo más simpático y autoconsciente). Porque es fácil tomarse la película en serio y abrazar su lado más dramático, pero en el fondo Shyamalan se lo está pasando en grande dejándonos easter eggs y haciendo comentarios jocosos sobre los tebeos y su propia creación. Y se nota.

El gran problema al que se enfrenta Glass es el desmedido hype con el que nos adentramos en ella los fans de su director, y de las anteriores entregas. La decepción va a ser inevitable para muchos, pero una vez ajustadas las expectativas, es posible (y recomendable) apreciar lo que Shyamalan ha querido hacer con la película. Glass es una más que acertada culminación a la trilogía que nos cuenta todo lo que necesitábamos saber de sus tres protagonistas, uniendo las piezas de su puzle de manera impresionante (utiliza metraje de El protegido con suma inteligencia y habilidad) a la vez que cierra su relato. Pero también abre la puerta a la posibilidad de una continuación o la creación de un universo cinematográfico, lo cual, vayan adelante con ello o no, forma parte del ADN de los cómics que analiza la película.

Glass está repleta de momentos emocionantes y escenas impactantes, de giros narrativos que cuestionan constantemente las reglas del género y sacan a relucir el tejido meta de la película. Aunque sobre decirlo, la película es técnica y visualmente impecable. Las secuencias de acción están perfectamente ejecutadas, el uso de los colores es una pasada, los efectos digitales están muy bien empleados y la cámara de Shyamalan es, como siempre, intuitiva y nos cuenta mucho más de lo que parece a simple vista.

Pero por supuesto, el alma de la película son sus personajes, en especial David y sus personalidades múltiples. Un Willis desganado y con menos presencia de lo que esperábamos queda eclipsado por la perversamente divertida interpretación de Jackson y, sobre todo, el tour de force de McAvoy, que vuelve a darlo todo. Y más. El intérprete escocés hace reír, impone con su presencia y conmueve con su historia personal y su turbia relación con el personaje de Taylor-Joy. Una de las quejas más extendidas sobre Múltiple fue que nos mostraba muy poco de los 23 alter egos que viven en la cabeza de Kevin. En este caso (los he contado) desata hasta 20 personalidades a lo largo de la película. Y es increíble, un espectáculo en sí mismo. El trabajo interpretativo de McAvoy es tan rico, tan brutal, tan matizado y descarnado, y su transformación (transformaciones) física tan asombrosa, que a él también deberían llamarlo La Bestia.

Aunque peque de obvia y sobreexplicativa en sus conclusiones sobre los cómics y la creación de héroes y villanosGlass tiene muy claro lo que nos quiere contar, y esta claridad en su propósito hace que Shyamalan triunfe redondeando la historia. Una que comenzó hace casi dos décadas, y cuya conclusión llega en el momento exacto. A través de sorpresas, giros, secretos y conexiones personales, la película conecta y da sentido a su universo con astucia, equilibrado el humor, el drama y el terror psicológico mientras aumenta la acción. Su propuesta, y en concreto su desenlace, dividirá a la audiencia. Pero ¿no es eso lo que llevamos tiempo pidiendo? Queríamos una película de superhéroes que arriesgase, y eso es exactamente lo que nos da Glass. Etcétera.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Rock the Kasbah

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Rock the Kasbah es una de esas películas cuya existencia no puede ser razonada más allá de lo absurdo que puede llegar a ser Hollywood a la hora de decidir lo que llega a las pantallas de cine o lo que se queda en el limbo. Nos podemos imaginar la reunión para determinar si Rock the Kasbah recibía el visto bueno o era archivada, y es difícil entender por qué su premisa no disparó ninguna alarma: Un representante de rock en horas bajas, Richie Lanz (Bill Murray) decide apuntar a su única cliente, Ronnie (Zooey Deschanel), al tour de la USO (United Service Organizations) en Afganistánpara que actúe para las tropas estadounidenses. Pero Ronnie se echa para atrás en el último momento, y Lanz se queda tirado en Kabul, donde, tras vivir mil y una serie de “alocadas aventuras”, descubrirá a una joven pastuna con una voz extraordinaria, a la que decidirá presentar al concurso de talentos Afghan Star (la versión afgana de American Idol), a pesar de que va en contra de todas las normas de su tribu.

Efectivamente, además de estúpida, la idea es muy peliaguda, sobre todo si va a ser abordada desde la comedia (y no va a hacerla ni Sacha Baron Cohen ni Evan Goldberg), que es el caso. ¿Por qué salió adelante a pesar de que todo indicaba que no funcionaría? La clave es un nombre que ya hemos mencionado: Bill Murray. El mítico actor de Cazafantasmas y Lost in Translation es un gancho importante. No es un revienta-taquillas ni mucho menos, pero tiene una legión de fans que se acercan a ver cualquier cosa en la que salga, porque aceptémoslo, es el jodido Bill Murray. Su personalidad y carisma siempre llenan la pantalla, aunque sus interpretaciones no se distingan mucho unas de las otras, y a los que les gusta Murray, les gusta mucho. Pero claro, por mucha presencia que tenga, él solo no puede aguantar sobre sus hombros el peso de un proyecto, sobre todo cuando la película en cuestión es tan ofensiva y bochornosa como Rock the Kasbah, que nos sorprende que no haya sido subtitulada en España como Desmadre en Kabul.

nullCon guion de un viejo amigo de Murray, Mitch Glazer (que ha trabajado junto a él en Saturday Night LiveLos fantasmas atacan al jefe, y recientemente ha escrito A Very Murray Christmas), y dirigida por el veterano (y despistado) Barry Levinson (Rain Man, Toys, Sleeper), Rock the Kasbah es una “comedia” sin sentido del ritmo, que además adolece de una confusión de tonos espantosa. Sus escarceos con la comedia gamberra son lamentables, en particular las escenas pasadas de rosca con Danny McBride, Scott Caan y un Bruce Willis que cuando parece que no va a tocar más fondo, lo toca. Momentos con los que la película frivoliza peligrosamente con la guerra y la situación afgana sin verdadera voluntad crítica o satírica, y por supuesto sin gracia. Llama la atención en especial la secuencia en la que este grupo viaja en descapotable por las calles nocturnas de Kabul para encontrar un local de fiesta secreto, y como si de una película de James Franco y Seth Rogen se tratase, la noche se transforma en una aventura disparatada (¡Qué divertidas son las bombas y los tiroteos en Kabul!) en la que Lanz conoce a “la chica” de la película, una prostituta interpretada por Kate Hudson, con la que Murray forma probablemente la peor pareja que vamos a ver este año en el cine.

Como Slumdog Millionaire, pero sustituyendo la pornografía sentimental por el “buenrollismo” de una película feel-good, y el tema de la pobreza en la India con el de la situación de la mujer en Afganistán, Rock the Kasbah no tiene ni idea de qué quiere contar ni cuál es su propósito, más allá de subrayar la superioridad yanqui (¿un americano que va a Afganistán a cambiar la mentalidad de su pueblo? ¿En serio? ¿No se podía buscar una idea más engreída y fantasiosa?). Murray deambula sin rumbo, lost in Kabul, intentando seguir un guion que explota su personalidad hasta gastarla y está escrito con déficit de atención narrativo: la forma en la que Deschanel desaparece para no volverse a saber nada de ella, cómo pasa de puntillas por el tema de la opresión de la tribu pastuna y convierte su estancia en la aldea en una oportunidad para que Murray realice una “simpática” actuación musical (…), y cómo al final todo adquiere un tono dramático, incluso existencialista, que no se corresponde en absoluto con el resto del film y no nos ofrece verdaderas conclusiones sobre nada, ni la historia ni el protagonista. A pesar de intentarlo con la (falsa) catarsis con la que termina, Rock the Kasbah no es capaz de justificar su existencia. Una idea terrible que da como resultado una película aun peor.

Valoración: ★★

Crítica: Los Mercenarios 3

Stallone Los Mercenarios 3

La saga Los Mercenarios es el gran golpe maestro de Sylvester Stallone, una mina de oro que se sustenta principalmente en la nostalgia y en el simple placer de volver a ver una cara conocida, aunque esta cara esté totalmente cambiada por el cruel paso del tiempo y el todavía más cruel paso por el quirófano. La idea era reunir a lo más granado del cine de acción de los 80 y los 90 y poner a todos estos abueletes musculosos a pegar tiros como si no hubiera mañana. Tenía su gracia, y surtió efecto. Así, el elenco de míticos héroes del cine de acción y artes marciales se fue ampliando. Ninguno se quería perder la fiesta: Arnold Schwarzenegger, Bruce Willis, Jean-Claude Van Damme, incluso Chuck Norris. Con la presencia de estos actores en un par de escenas ya estaba todo hecho. Pero las ambiciones del jefe Stallone eran cada vez mayores, lo que le llevará a emular con Los Mercenarios 3 al Universo Cinematográfico de Marvel, y concretamente a Los Vengadores, confesa inspiración del padrino de la saga a la hora de desarrollar esta tercera parte.

Lo que mejor funcionaba de las primeras entregas de Los Merecenarios era su sentido del humor. Este era mucho más desenfadado y alocado en la segunda parte, que aparcaba el tono más serio de la primera para entregarse al chiste continuo, a la caspa sin complejos, y ponía a sus rudos protagonistas a hacer monerías que garantizaban la carcajada (sobre todo la del público objetivo). Los machotes Stallone, Jason Statham (principal representante del cine testosterónico actual), Dolph Lundgren (la desaprovechada gema oculta de la franquicia) o el histriónico Terry Crews se entregaban por completo a la autoparodia, y se reían de sí mismos en un meta-ejercicio de comedia que no era sino un guiño constante al espectador. Sin embargo, parece que la segunda parte agotó el arsenal de chistes (si hasta tenía a Chuck Norris interpretando a un meme de Chuck Norris), y en Los Mercenarios 3 se opta por una mayor sobriedad (tampoco demasiada, que conste), haciendo que las bromas y gags suenen agotados, reciclados, incluso más simples e infantiles que de costumbre.

Otro de los puntos fuertes de Los Mercenarios era la sensación de camaradería y lealtad, derivada de la celebración de la masculinidad militar, que estos actores trasladaban con acierto a la pantalla, algo que acercaba estas películas a los últimos capítulos de Fast & Furious. Esto se conserva en Los Mercenarios 3, donde lo más destacable sigue siendo la amistad que une a los protagonistas (que se quieren, pero no se abrazan, que eso es de maricas), y que además de ser el núcleo de la película, es lo que desencadena la historia de esta tercera parte. En ella, Barney Ross (Stallone) obliga a jubilarse a sus colegas, por miedo a que todos acaben muertos siguiéndolo a ciegas en sus suicidas misiones para salvar el mundo de malhechores, traficantes y megalómanos. Este punto de inflexión perjudica seriamente a la película, que al centrarse en los unidimensionales y aburridos nuevos Mercenarios pierde el ritmo, y sin Statham, Lundgren o Crews se vuelve insoportablemente plomiza y mecánica (sí, más que de costumbre).

Los Mercenarios 3

Además de renovar la franquicia y proyectarla hacia el futuro con la incorporación de jóvenes rostros como Kellan Lutz (no del todo desubicado, como ocurría en la infame Hércules), Glen Powell (que aporta sapiencia informática aumentando jocosamente la brecha entre generaciones) o la única mujer de la película, Ronda Rousey (a la que nunca se le permite hablar si no es para recordarnos que es una mujer), Los Mercenarios 3 sigue recurriendo a viejas glorias del cine, multiplicando el ya de por sí abarrotado reparto. En esta ocasión se apuntan Wesley Snipes (realmente divertido, aunque pase a segundo plano enseguida), Harrison Ford representando a la burocracia (sustituye a Bruce Willis tras un encontronazo con Stallone), un estupendo Mel Gibson como el villano de la función (el único que se toma en serio eso de actuar) y Antonio Banderas prestándose sin rechistar al papel más degradante, ridículo e insultante de la película, un antiguo legionario hiperactivo caracterizado por su incontinencia verbal y su desbordante entusiasmo, que en un momento de la película acaba entonando “El novio de la muerte“, seguramente para regocijo de muchos (a mi padre le va a encantar), y para espanto de tantos otros.

Pero en realidad Los Mercenarios 3 es básicamente la misma película que sus dos predecesoras. Stallone (junto a los guionistas Creighton Rothenberg y Katrin Benedikt) las clona para ofrecer los mismos ingredientes otra vez, solo que en esta ocasión todo se antoja más desganado y descafeinado: la violencia gráfica se rebaja unos cuantos enteros con respecto a la segunda parte (sigue habiendo saña y sadismo, pero hay menos sangre, para ajustarse a la absurda nueva calificación por edades PG-13), y como ya he señalado, el humor va a medio fuelle, con unos actores menos dispuestos a hacer el payaso. Lo que no cambia son los efectos dignos de una TV movie de SyFy (hay que pagar a todas esas estrellas y no queda dinero para la producción). Sin embargo, para los incondicionales del género, lejos de suponer un inconveniente, todo esto será un aliciente, una invitación a sentarse y disfrutar de los explosivos set pieces, de la fraternidad entre Stallone, Statham y compañía (los machos alfa también pueden ser sensibles, a su manera), y sobre todo del aroma añejo de los 90 y ese regreso a lo conocido del que hablaba. Al fin y al cabo, Los Mercenarios realmente funciona como Marvel en el fondo. Stallone sabe el valor que tienen todas estas leyendas del cine para el espectador, y es consciente de que su mera presencia desatará la euforia de otro tipo de fanboy, el padre de familia de 50 para arriba. Por eso, ni hace falta más, ni se molesta en darlo.

Valoración: ★★

Crítica: Red 2

En los tiempos que corren, la tendencia de toda película de acción que se precie es acabar convirtiéndose en Los mercenarios. Lo hemos comprobado con la saga Fast & Furious, o con el reboot de G.I. Joe, ambas estrenadas este año. Red 2, secuela del moderado éxito de 2010, no es una excepción. Sobre todo teniendo en cuenta que la premisa de la franquicia basada en los cómics de DC es la de un grupo de veteranos reuniéndose para luchar contra un enemigo común, y que Bruce Willis -imprescindible si queremos algo de notoriedad en el género- ya formaba parte del proyecto desde el principio. Como manda la ley de las segundas partes, Red 2 es más grande, más numerosa, más internacional y más ruidosa que Red. Sin embargo, esta también cumple a rajatabla la norma más difícil de seguir: Red 2 es mejor, mucho mejor que la primera parte.

La banda de sexagenarios ex agentes especiales que se niega a retirarse regresa al completo en esta segunda entrega. Willis haciendo de Willis por enésima vez, John Malkovich como Marvin el marciano, Helen Mirren, la glamurosamente letal Victoria, y la inconmensurable Mary-Louise Parker, como Sarah, una niña al lado de todos estos abueletes culo-inquieto. Sarah, ya pareja estable de Frank Moses (Willis), comparte el espíritu aventurero de los RED (Retired: Extremely Dangerous): se niega a convertirse en la esposa paciente que espera junto a la ventana a su marido mientras este se juega la vida. El primer gran acierto de Red 2 es doblar el reparto y que ningún personaje salga escaldado. Todos brillan con fuerza, viejos y nuevos, viejos y viejos. Se incorporan varios personajes que elevan las dosis de riesgo y humor. Byung-hun Lee, héroe de acción surcoreano que ejerce de archinemesis de Moses, Catherine Zeta-Jones, una viperina y peligrosa ex amante de Moses, y Anthony Hopkins como el doctor chiflado que esconde la clave para salvar el mundo. El resultado de este cóctel de talentos físicos y cómicos es uno de los elencos con mayor química que recordamos en mucho tiempo.

Desde los créditos iniciales nos damos cuenta de que Dean Parisot -que releva a Robert Schwentke en las labores de dirección- busca ampliar el radio de público objetivo. En esta ocasión, no se oculta el referente gráfico, y se nos recuerda constantemente que estamos ante la adaptación de un cómic. Es más, la acción se implementa teniendo en cuenta esto en todo momento. Muchos planos se construyen como viñetas (magnífico el tiroteo de Victoria en el coche), y la aventura pasa a ser bigger-than-life, con bomba atómica incluida. Claro que a pesar de la enrevesada (y a ratos confusa, todo hay que decirlo) trama, el humor es el principal motor de la historia, como ocurría en la primera película. Los chistes van de lo bobo a lo exquisito, pero no fallan ni una sola vez, demostrando un infalible timing para la comedia, y convirtiendo la película en una de las más divertidas de lo que llevamos de año.

La mayor virtud de Red 2 es saber no tomarse demasiado en serio, pero tampoco llegar en ningún momento a subestimar el género que se está trabajando o al público al que este va dirigido. Estos actores, con unos enormes Anthony Hopkins y Helen Mirren a la cabeza, dan lecciones de interpretación con la misma dedicación que dan los mamporros, y van a por el Oscar, aunque sepan de sobra que no optarían a él por algo como Red, ni en un millón de años. Pero esto es lo que hace que Red 2 sea tan disfrutable, tan loable. No hay nada más fresco y entrañable que ver a estos reputados actores enfundarse en los disfraces más ridículos, sabiendo reírse de sí mismos sin perder en ningún momento la dignidad, y sobre todo, poniendo el mismo esfuerzo en una cinta de acción como esta que en los dramas que los han convertido en leyendas del cine.

Estrenos de cine 27-03-13


G.I. Joe: La venganza
 (G.I. Joe: Retaliation, Jon M. Chu, 2013)

Más que una secuela de la primera G.I. Joe -una de las películas más casposas de los últimos años-, G.I. Joe: La venganza es un reboot de la franquicia que sigue indudablemente la estela de Transformers (otra propiedad de Hasbro, como la que nos ocupa) y que reformula completamente los elementos de la saga. Más trama militar, mejores escenas de acción (algunas como la de las montañas quitan el hipo), efectos digitales mucho más dignos y un sentido del humor más acorde con el tipo de público al que se dirige.

G.I. Joe: La venganza hace borrón y cuenta nueva y se olvida del enfoque camp y tontorrón de la primera entrega, convirtiéndose en una superproducción que sigue al pie de la letra las exigencias de un blockbuster veraniego (aunque se estrene en primavera). Además, cuenta con la presencia de dos héroes del cine de acción, un Bruce Willis algo desubicado pero dejando patente su estatus de eminencia testosterónica, y Dwayne ‘The Rock’ Johnson, que se confirma como uno de los actores-montaña-de-músculos más carismáticos. Ambos intérpretes evidencian la determinación de G.I. Joe por dejar atrás el fallido primer intento de poner en marcha la saga, replanteándola como una cinta al más puro estilo Michael Bay que además se permite incluir escenas cómicas por encima de la media en este tipo de películas: atención a la satírica secuencia de la reunión de los presidentes mundiales. Con todas sus fantasmadas y ridículos agujeros de guion -o precisamente por todo ello-, G.I. Joe acaba siendo más que recomendable para los aficionados al género, y compensará ligeramente la decepción que recientemente ha supuesto La jungla: un buen día para morir. A los que no les vaya mucho la acción explosiva y patriótica (yanqui, se entiende), que ni se molesten, claro.

 


Grandes esperanzas
(Great Expectations, Mike Newell, 2012)

No hay nada verdaderamente reprochable en esta película además del hecho de que nadie la pidió. Esta nueva adaptación de una de las bildungsromans por excelencia no aporta nada con respecto a sus predecesoras, y a pesar de tener un acabado más que aceptable, resulta básicamente innecesaria. Mike Newell (Cuatro bodas y un funeral, Harry Potter y el cáliz del fuego) se aproxima a la obra de Charles Dickens desde el más absoluto respeto. Y en el tiento y la preocupación por ser fiel al referente, Newell orquesta una película que lleva la sensación de déjà vu fílmico a otro nivel. El realizador británico hace un buen trabajo a la hora de identificar y disponer los puntos nodales de la historia, y el guionista David Nicholls controla a la perfección el relato original, sabiéndolo adaptar al lenguaje cinematográfico sin necesidad de hacer una película de tres horas. Sin embargo, la propuesta peca de ingenuidad al confiar en el apoyo del público -sobre todo un año después de la reciente miniserie para la televisión británica. En el apartado interpretativo ocurre lo mismo. Helena Bonham Carter nació para dar vida a la señorita Havisham -como nació para interpretar a cualquier personaje excéntrico y esperpéntico-, aunque no consigue deshacerse de la sombra de la gran Miss Dinsmoor de Anne Bancroft en la mucho más interesante adaptación de Alfonso Cuarón de 1998. Y el inexperto y cauteloso Jeremy Irvine (War Horse) es una acertada elección para un personaje como el de Pip. En definitiva, la película es tan correcta en todos los aspectos que resulta prácticamente olvidable. Eso sí, los aficionados a las adaptaciones de clásicos de la literatura, y al cine de época, encontrarán el mayor atractivo en una ambientación muy lograda y el suntuoso diseño de vestuario de Beatrix Aruna Pasztor.

 

La soledad de los números primos (La solitudine dei numeri primi, Saverino Costanzo, 2010)

Con nada más y nada menos que tres años de retraso nos llega a España la italiana La soledad de los números primos -ni que fuera de Ghibli. Pero en el caso de esta película, y a pesar de sus irregularidades, podemos decir bien alto lo de “más vale tarde que nunca”. El filme de Saverino Costanzo, basado en la exitosa novela homónima de Paolo Giordano, bien podría haberse titulado Los invonvenientes de ser un marginado, al menos hasta que nos adentramos en su último acto. La primera hora y media de la película transcurre a base de saltos en el tiempo (si no se ha leído la novela, es más que probable que la historia resulte confusa al principio y los personajes no se distingan con claridad) y frecuentes cambios de tono y ritmo. El relato nos muestra de manera alternada una cara más amable y otra mucho más cruda, optando por el camino más deprimente y pesadillesco en su última media hora. La soledad de los números primos es hasta ese momento un certero ejercicio de reflexión sobre la importancia de las experiencias vitales durante la infancia y la adolescencia y las decisiones de los padres en la formación y forja de identidad de una persona. Sin embargo, las valiosas conclusiones a las que llega se van al traste en un desenlace que, como si de un giallo se tratase -esto no es una apreciación gratuita, me entenderéis cuando veáis la película- se deshace de todo lo que se ha construido durante la película en busca del impacto y la controversia.

Crítica: La jungla: Un buen día para morir

John McClane ha vuelto, y me gustaría decir que el “abuelete” está más en forma que nunca, pero no es el caso. En La jungla: Un buen día para morir, quinta parte de la saga Die Hard, nos reecontramos una vez más con el mítico personaje de Bruce Willis, seis años después de su anterior aventura en La jungla 4.0. En esta ocasión, el agente McClane se ve envuelto de manera fortuita en una trama relacionada con el desastre nuclear de Chernóbil, en la que está involucrado su hijo Jack (Jai Courtney), agente encubierto de la CIA que lleva muchos años sin ver a su padre. Efectivamente, el argumento de Un buen día para morir es tan inverosímil, predecible y desfasado como suena. Pero ese no es el principal problema de La Jungla 5 -al fin y al cabo, sabemos a qué atenernos con este género. La total ausencia de carisma de todos los personajes y la fría química padre-hijo de Willis y Courtney es lo que distancia dramáticamente a esta secuela de todas sus predecesoras, cintas ejemplares a la hora de manufacturar cine-espectáculo con encanto y sentido del humor.

La Jungla 5 no es más que una incansable sucesión de set pieces en la que no hay apenas respiro alguno de la gigantesca vorágine de fuego y metralla. Ni dos minutos seguidos de la película transcurren sin tiroteos o explosiones. Literalmente. Desde la secuencia inicial, con una lluvia de vehículos sin precedentes (y un caso preocupante de product placement) hasta el desbordante final, Un buen día para morir no se muestra interesada en nada que no haga vibrar nuestra butaca y dejarnos sin tímpanos. No habría problema si no esperásemos un mínimo de interacción entre personajes, algún que otro villano memorable o dinámica de buddy film, que es exactamente lo que nos había ofrecido la franquicia hasta ahora. En su lugar, John Moore confía en la -supuestamente- baja exigencia del espectador objetivo de este tipo de cine, y se olvida por completo de los personajes en favor de un agotador despliegue de acción (con un trabajo de cámara vergonzoso) que contentará a los aficionados al género pero decepcionará a los admiradores de la saga.

En Un buen día para morir, los malos de la función son intercambiables, la chica de la película absolutamente prescindible, y se ignoran por completo todas las posibilidades que estos podrían brindar para construir al menos un par de relaciones interesantes. Que no se aproveche el extraño vínculo entre Komarov (Sebastian Koch) e Irina (Yuliya Snigir) no es tan grave como que no salte ni una sola chispa entre John y Jack McClane. Si bien Courtney tiene más papeletas para ser aceptado por el público como relevo generacional de Willis que en su día Shia LaBeouf como sucesor de Indiana Jones, Jack McClane no deja de ser un personaje de encefalograma plano, cuya única virtud reseñable es un físico idóneo para este tipo de cine (curioso el tráveling siguiendo al personaje a la altura del trasero). Sin embargo, toda la culpa no es del joven actor australiano. Hay que achacar gran parte de la falta de pasión generalizada que desprende la película a un Willis desganado que se mueve completamente por inercia y sobre todo a un no-guion que fuerza one-liners y un par de vacíos diálogos emotivos en los momentos menos oportunos.

Las películas que en las décadas de los 80 y 90 lograron elevar de categoría el cine de acción han acabado degenerando en mero cine-atracción de feria. La Jungla sigue resultando medianamente efectiva como respuesta descarada e insolente al cine bondiano, anteponiendo el gusto por lo bruto, el Monster Truck Crush y los bíceps a punto de estallar a los trajes de etiqueta y los martinis. Sin embargo, ha perdido la capacidad de conectar con el público cinéfilo que la convirtió en un icono. Si no fuera porque ya sabemos que habrá sexta parte, hoy sería un buen día para que la saga muriese.