Vengadores: Endgame: Un final “perfectamente equilibrado” [Crítica sin spoilers]

El cine tal y como lo conocíamos cambiaría en 2008 con el estreno de Iron Man. Por aquel entonces, poco podíamos imaginar lo que Marvel conseguiría a lo largo de la década posterior, pero el estudio tenía un plan, y este ha dado más frutos de lo que ni siquiera ellos mismos se imaginaron. Diez años y 21 películas después, llegamos al gran evento cinematográfico con el que se cierra una era, Vengadores: Endgame, el desenlace de una macrohistoria impecablemente diseñada y estructurada que ha amasado récords de taquilla, ha cambiado las reglas del blockbuster, y lo más importante, ha enganchado a cientos de millones de personas en todo el mundo.

Vengadores: Infinity War sacudió los cimientos del Universo Marvel con un final cliffhanger que alcanzó estatus icónico inmediato, y del que se seguirá hablando en el futuro. El chasquido de Thanos cambió el universo, eliminando a la mitad de los seres vivos que lo habitan, y generando una de las reacciones más viscerales entre los espectadores que se recuerdan en mucho tiempo. La devastación que provocó la derrota de los Vengadores, y el desvanecimiento de sus seres queridos y muchos de nuestros héroes favoritos, puso de manifiesto el gran logro de Marvel, la fidelización de la audiencia a través de sus personajes, y también sus mayores virtudes, la planificación narrativa a largo plazo y la paciencia. Si el chasquido nos afectó tanto (incluso sabiendo que sus trágicos efectos no serían permanentes), es porque sus personajes nos importaban. Y nos siguen importando.

En Marvel son maestros de la anticipación. Y esa anticipación nos ha llevado hasta aquí, hasta el “juego final”, el clímax de las primeras tres fases del UCM. Escribir una crítica de Endgame sin desvelar puntos claves de su argumento es una tarea complicada, por no decir imposible, pero lo intentaremos. El factor sorpresa es un elemento clave en la película de Joe y Anthony Russo. Es por ello que los trailers han jugado al despiste incluyendo imágenes en su mayoría pertenecientes a la primera media hora de metraje (o que no están en el montaje final) y ocultando la participación o el look de ciertos personajes. A pesar de haber desatado miles y miles de teorías, Endgame es la película más imprevisible del Universo Marvel. Por eso era de capital importancia no estropear ninguna de las innumerables sorpresas y giros argumentales del film, ya que su descubrimiento es esencial para vivir la mejor experiencia cinematográfica posible.

Endgame lidia con las consecuencias de la devastación provocada por Thanos en Infinity War, dando énfasis a los seis Vengadores originales, Iron Man, Capitán América, Viuda Negra, Ojo de Halcón, Thor y Hulk. Todos ellos unen fuerzas junto al resto de los héroes que sobrevivieron al chasquido para trazar un plan con el que derrotar definitivamente al Titán Loco y con suerte deshacer el desastre que ocasionó. El primer acto es con diferencia la hora más triste, madura y emocional de todo el Universo Marvel. Es entonces cuando Vengadores se convierte en The Leftovers, cuando los supervivientes deben enfrentarse a la vida sin sus compañeros de “trabajo”, sin sus seres queridos, sin su familia… mientras el mundo se adapta a su nueva realidad.

Y es ahí donde los hermanos Russo más se toman su tiempo. Endgame es la película más grandiosa y ambiciosa de Marvel, pero la duración de tres horas no se justifica (solo) por la necesidad de cerrar mil asuntos o incluir más batallas, sino por los momentos más pequeños; las escenas en las que se exploran los lazos entre los personajes, las que nos muestran a los superhéroes como seres humanos afrontando la pérdida y asumiendo la necesidad de pasar página. En esas interacciones, en esas miradas y esas lágrimas es donde Marvel esconde la esencia de lo que está contando, lo que hará que lo que pase a continuación nos afecte más profundamente. Porque en todos estos años, nos han estado contando una historia a la que no hemos prestado la atención suficiente porque siempre hemos tenido algo más explosivo o impactante que comentar: la de una familia. Más allá de los trajes, los superpoderes, las aventuras intergalácticas y la reflexión sobre lo que significa ser un superhéroe, Marvel ha construido una familia (o varias) a la que deseamos ver unida de nuevo, cueste lo que cueste.

Pero por supuesto, Endgame también es humor (Thor, Bruce y Scott protagonizan los momentos más divertidos y extraños, pero hay muchos más), es acción y espectáculo. Aunque el listón estaba alto después de Infinity War, los Russo consiguen superar en envergadura y alcance a la anterior entrega de los Vengadores. Y a todas las películas del Universo Marvel. Endgame incluye algunos de los planos más impresionantes y memorables de toda la saga, los mejores efectos visuales, combates que paran la respiración y la que es una de las batallas más épicas que se han visto jamás en una pantalla de cine.

Y lo mejor es que todo está medido para que nunca se pierda de vista el propósito de la historia, el objetivo final, para que todas las piezas encajen y la pirotecnia nunca eclipse a los personajes; un numerosísimo plantel de héroes que se dosifica de forma inteligente y mesurada (cualquier momento, por pequeño que sea, es importante, todos los regresos y apariciones sirven una función, y la incorporación de Capitana Marvel se realiza con coherencia y sin robar protagonismo a los que están ahí desde el principio). Es cierto que la trama abarca tanto y depende tanto de todo lo visto anteriormente, que por momentos puede apabullar o confundir, que hay alguna decisión difícil de digerir y que los agujeros de guion están a la vista de todos, pero teniendo en cuenta la titánica hazaña a la que se enfrentaba Marvel con tantísimos cabos que atar, y lo bien que la ha desempeñado, no dejan de ser detalles menores en un final enormemente satisfactorio.

Vengadores: Endgame es el gran acontecimiento que nos prometieron, una de esas películas que marcan generaciones. Sus tres horas resultan casi inabarcables, emocionalmente agotadoras (en especial su abrumador último acto y su conmovedor epílogo), pero no sobra ni un minuto. Todo cuanto acontece en ella responde a un meticuloso plan ejecutado a la perfección, y aun así se las arregla para sorprender y mantener alerta de principio a fin, para hacernos reír y llorar, para dejarnos clavados en la butaca y darnos una escena icónica detrás de otra. Pura catarsis.

Se trata de la culminación de diez años de extraordinario trabajo que se saldan con la película más emotiva de Marvel, la sublimación de su estilo narrativo y su equilibrada fusión de acción, épica, drama y comedia. También es la entrega en la que el reparto más se ha dejado la piel y el corazón, en la que más salta a la vista la importancia capital de los actores que hay tras los personajes. Y por último, es una gran celebración del Universo Marvel, un sentido autohomenaje repleto de guiños y un inmejorable regalo a los fans que han llevado al estudio a lo más alto con su fidelidad incondicional. En definitiva, un final redondo que está a la altura de las monumentales expectativas y hace que la espera haya merecido la pena.

Si Infinity War era el principio del fin, Endgame es el fin… y también un principio. De algo nuevo. Algo probablemente diferente. Indudablemente excitante. Cierre definitivo (y precioso) para algunos personajes, nuevo comienzo para otros, y un futuro lleno de posibilidades infinitas para los seguidores del estudio. La historia continúa expandiéndose y transformándose de forma imparable, y sea lo que sea lo que nos están preparando, Marvel se ha ganado nuestra entera confianza para los próximos diez años. Como mínimo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★★

Crónica: 16ª Muestra SYFY de cine fantástico (2019)

Dieciséis años, y contando. La Muestra SYFY de cine fantástico de Madrid ha celebrado este año su “sweet sixteen”, y lo ha hecho por todo lo alto, con una de sus mejores programaciones hasta la fecha. Del 7 al 11 de marzo, los asistentes a la Muestra hemos podido disfrutar de una cuidada selección de cine fantástico y de ciencia ficción organizada por la cadena SYFY España, que como suele ser habitual, ha compilado una selección de títulos de lo más variopinto y extravagante.

La Muestra 2019 marcaba también la reaparición de Leticia Dolera como anfitriona, después de la polémica de su serie para Movistar+. La actriz, escritora y directora aprovechó la ocasión para volver a la normalidad, y a las redes sociales, después de tres meses de ausencia (casi) total. Su trabajo fue el de siempre, presentaciones divertidas, espontáneas y sí, feministas. Coincidiendo la Muestra con el Día de la Mujer, no podía ser de otra manera.

Controversias aparte, centrémonos en lo que nos importa de la Muestra. El cine, y la experiencia de verlo acompañado de aficionados al género fantástico. El público de la Muestra es de los más entusiastas que se conocen. Es por ello que se ha convertido en tradición desde hace años comentar las películas y hacer chistes en voz alta durante las proyecciones. Esto forma parte de la experiencia, pero afortunadamente, desde hace poco, la organización ha duplicado (o triplicado) las sesiones para diferenciar entre “Sala Mandanga” y “Sala del Silencio”. En la primera, el público es libre de armar todo el jaleo que quiera, en la otra se va a ver las películas en silencio.

Y sin más dilación, paso a comentaros las películas que he visto este año en la Muestra SYFY. Desafortunadamente no me ha sido posible verlas todas como otros años, pero de lo que he visto, me llevo un par de peliculones para la posteridad. Y alguno de ellos se estrena en salas comerciales pronto, así que tomad nota.

Capitana Marvel (Anna Boden, Ryan Fleck, 2019) – Inauguración

La Muestra SYFY comenzó el jueves con la premiere de Capitana Marvel en Madrid, película de apertura con la que empezamos esta edición “más alto, más lejos, más rápido”. La primera entrega de Marvel protagonizada enteramente por una mujer llegaba ensombrecida por una campaña de odio en Internet y un boicot por parte de los trolls que no les salió como esperaban: 455 millones de dólares recaudados en su primer fin de semana, convirtiéndola en el estreno mundial más taquillero protagonizado por una mujer y el segundo de superhéroes detrás de Vengadores: Infinity War. El público de la Muestra se entregó por completo a la historia de origen de Carol Danvers (estupenda Brie Larson), una película con todas las señas de identidad de Marvel y muchas conexiones con el resto de su Universo, concretamente con Vengadores: Endgame. La película se ha confirmado como un nuevo triunfo para el estudio, y así se sintió en la premiere. Risas, emoción con el cameo de Stan Lee, aplausos al final y un gran revuelo generalizado con las escenas post-créditos. Ah, y como era de esperar, la gata Goose conquistó a todo el mundo. Chupaos esa, troll. Si queréis saber más, os cuento mis impresiones sobre la película (que disfruté mucho más la segunda vez, conociendo de antemano los giros del argumento) aquí.

Elizabeth Harvest (Sebastián Gutiérrez, 2018)

La primera jornada propiamente dicha arrancaba para mí con Elizabeth Harvest, fábula de ciencia ficción dirigida por el venezolano Sebastián Gutiérrez. A medio camino entre Cincuenta sombras de Grey y un capítulo de La dimensión desconocidaElizabeth Harvest se desarrolla como una historia de clones con (sospechosos) ecos a Ex Machina (tienen muchos elementos en común y el final es calcado) y mucha comedia involuntaria. Protagonizan Abbey Lee (Mad Max: Furia en la carretera), Ciarán Hinds (que no sabemos cómo ha ido a parar ahí) y Carla Gugino, que le hace un favor al director (su marido) agraciando la película con su presencia. Pero ninguno de ellos (ni Dylan Baker, que también se pasa por ahí) es capaz de salvar la película. Su historia promete, pero una trama enrevesada y llena de pseudociencia acaba haciéndola cada vez más tediosa, confusa y absurda. Cuesta mucho tomársela en serio, pero claro, para eso estamos en la Muestra, cuyo público se encarga de que ninguna película aburra.

Upgrade (Leigh Whannell, 2018)

Primera gran sorpresa de la Muestra. Incomprensiblemente, esta curiosa cinta de ciencia ficción de la factoría Blumhouse no ha llegado a estrenarse en cines españoles, por lo que agradecemos a SYFY que la haya recuperado para el disfrute de su público objetivo. Leigh Whannell (guionista de Saw Insidious, y director de Insidious 3) se pasa al sci-fi con un oscuro thriller futurista a medio camino entre el policíaco, el noir y la acción pura que tiene mimbres de película de culto. En ella, un hombre tetrapléjico vuelve a andar gracias a la implantación de un chip llamado Stem, que toma el mando de sus funciones motoras y lo lleva al límite de sus capacidades, tras lo cual irá en busca de los hombres que mataron a su mujer, aprovechando sus nuevas habilidades. Logan Marshall-Green (el Tom Hardy de Hacendado) realiza una fantástica interpretación física en una película que casualmente también va de un hombre que habla con una voz en su cabeza que controla su cuerpo. Aunque recuerda a muchas películas anteriores (Minority ReportHerCrank, Lucy, Venom), Upgrade logra ser original. Engancha, tiene escenas de acción brutales y madera para saga. Muy disfrutable.

Gintama (Yûichi Fukuda, 2017)

Incorporación de última hora, Gintama se proyectaba en la Muestra a la vez que El año de la plaga, para gozo de fans del anime y el cine fantástico japonés. Se trata del largometraje en acción real del popular manga de Hideaki Sorachi, que ya ha tenido múltiples adaptaciones en diferentes formatos, incluida una longeva serie de animación. La película opta por la adaptación literal, conservando el estilo anime con un aspecto visual colorista, ritmo frenético, un “argumento” en el que todo vale e hilarantes efectos digitales de tercera. Lo mejor de la película son los chistes meta y las referencias a otros títulos de la cultura pop japonesa (el cameo de Nausicaä es genial), pero más allá de eso, cualquiera que no esté acostumbrado a este tipo de productos, puede salir completamente espantado por su estridencia y su absurdo sin fin. Sin ir más lejos, a mí me dejó el cerebro frito y mató las pocas neuronas que me quedaban. No apta para todos los públicos.

Prospect (Christopher Caldwell, Zeek Earl, 2018)

Christopher Caldwell y Zeek Earl dirigen esta personal propuesta de ciencia ficción que comienza como un drama paternofilial ambientado en el espacio (con el referente indie Jay Duplass) y acaba convirtiéndose en un competente thriller de supervivencia que se vuelve más y más extraño e intenso conforme avanza. Con un simple escenario principal (un bosque) y mediante diálogos que dan mucha información sin sobreexplicar demasiado, la película da forma a un detallado universo ficticio, demostrando que no hace falta un gran despliegue de efectos para crear mundos fantásticos creíbles en el cine. En el centro de la historia, una relación muy interesante y muy bien interpretada por la prometedora Sophie Thatcher y un genial Pedro Pascal. Una de las sorpresas más gratas de este año.

Dragged Across Concrete (S. Craig Zahler, 2018)

El sábado nos encontrábamos con un viejo conocido, S. Craig Zahler. Sus dos películas anteriores, Bone TomahawkBrawl in Cell Block 99 se habían proyectado en la Muestra con gran éxito de público, por lo que su tercer largo como director no podía faltar en la programación de este año. Para su nuevo trabajo ha vuelto a contar con Vince Vaughn, que esta vez está acompañado nada más y nada menos que de Mel Gibson, con el que lidera un gran reparto. Dragged Across Concrete (qué gran título) es un thriller policíaco sórdido y ultraviolento en la tradición de Zahler, que sigue insistiendo en hacer un tipo de cine que recuerda inevitablemente al de Tarantino. Con leves pero constantes pinceladas de humor y dos horas y media de duración, el director casa el exceso de sus imágenes con una narración y una realización muy calculadas que, afortunadamente, no aburre a pesar de su metraje gracias a su buen pulso. Lo malo es que en su tercera película ya se le empiezan a ver las costuras. Zahler peca de pretencioso, repite esquemas y su discurso atufa a rancio, con personajes femeninos que son el paradigma del sexismo en el cine y Gibson interpretando a un personaje a su medida: un poli corrupto anticuado, racista, machista y homófobo. Dragged Across Concrete es de esas películas que te hace simpatizar tanto con ese tipo de personajes que te acabas preguntando si es solo el personaje o la película también defiende esas ideas tan primitivas.

Nación Salvaje (Sam Levinson, 2018)

Y tras la saturación machirula de Dragged Across Concrete llegaba un film diametralmente opuesto, Assassination Nation, incendiaria sátira feminista sobre cuatro chicas adolescentes que se convierten en el blanco de la ira de su instituto y una pequeña comunidad idílicamente suburbana que ha sido víctima de un escandaloso hackeo masivo. Una reflexión hiperbólica pero afiladísima sobre el papel de Internet en nuestras vidas, el linchamiento social, la hipocresía y la doble moral, y el juicio de una comunidad conservadora ante la liberación de la mujer y la expresión de su sexualidad (es de todo menos casual que transcurra en Salem). Es decir, una historia completamente actual y oportuna que se propone provocar y lo consigue. Es como si Sofia Coppola, David Robert Mitchell y Harmony Korine se hubieran unido para hacer una película. Moderna, pop, autoconsciente, violenta, visual y estéticamente gloriosa, y con una recta final demencial, Assassination Nation es una de esas propuestas radicales que dividen fuertemente a la audiencia. Los varios egos masculinos que salieron heridos de la proyección demostraron que la película logra su propósito de remover conciencias e incomodar a aquellos que se sienten amenazados por el feminismo y el poder de la mujer.

Escape Room (Adam Robitel, 2019) – Clausura

La Muestra SYFY concluía el domingo con Escape Room, película de clausura que esta semana llega a las salas comerciales de toda España. Adam Robitel (The Taking of Deborah LoganInsidious. La última llave) dirige la nueva vuelta de tuerca de las sagas de terror juvenil que ya se ha convertido en todo un éxito en Estados Unidos. Escape Room es como una fusión entre Cube, Saw La cabaña en el bosque, un juego retorcido en el que seis desconocidos se enfrentan a una escape room de la que deberán salir con vida usando su ingenio. Aunque no es original y requiere suspender la incredulidad considerablemente, es una película muy efectiva en lo que se propone, además de tremendamente entretenida. Destaca por su creatividad a la hora de diseñar los puzles y por lo bien que maneja la tensión. Una nota positiva para terminar la Muestra y dejarnos con ganas de más el año que viene.

Capitana Marvel: El eslabón perdido de Marvel

Ha tardado diez años, pero por fin ha llegado. Marvel presenta su primera película protagonizada por una mujer (después de que la Avispa compartiese cartel con el Hombre Hormiga en Ant-Man y la Avispa). Capitana Marvel es la penúltima entrega de la Fase 3 del Universo Cinematográfico Marvel, un acontecimiento muy esperado que promete sacudir los cimientos de este universo de ficción. Anna Boden y Ryan Fleck dirigen la primera película en solitario del divisivo personaje de Marvel Comics, adoptando su encarnación más reciente, Carol Danvers. La oscarizada Brie Larson se pone en la piel de la heroína de poderes cósmicos en una película que ejerce como presentación oficial del personaje y también como precuela del Universo Marvel y la Iniciativa Vengadores, es decir, un entreacto para rellenar los huecos entre Vengadores: Infinity War Endgame.

Como viene siendo habitual en las películas del estudio, Capitana Marvel toma elementos icónicos de la historia de Marvel Comics y los transforma y adapta a sus necesidades. La película se construye como una historia de orígenes, pero no es exactamente la que nos encontramos en las viñetas, sino que han decidido alterar el orden de los factores para tratar de darle un giro refrescante. La de Carol Danvers es una historia de autodescubrimiento clásica, pero en lugar de utilizar el ABC del decálogo superheroico, cambia el esquema por un BCA, resultando en una origin story ligeramente diferente, si bien algo confusa e irregularmente desarrollada, sobre todo durante su primer acto.

Capitana Marvel transcurre en los 90, y se asemeja a una película de acción y ciencia ficción de invasiones extraterrestres propia de esta década, una aventura intergaláctica que nos presenta el Universo Marvel tal y como era antes de que lo conociéramos. Después de estrellarse en la Tierra durante una misión, en la época en la que todavía se usaban las cabinas telefónicas y existían los videoclubs, la guerrera Kree Vers (Larson) trata de ponerse en contacto con su equipo, liderado por su mentor, Yon-Rogg (Jude Law), mientras investiga la infiltración en nuestro mundo de la raza alienígena de los Skrulls, con la que los Kree libran una guerra a través del espacio. Durante su estancia en la Tierra, Vers empieza a ver flashes de una vida anterior, lo que le lleva a descubrir la impactante verdad sobre su pasado, su identidad y el origen de sus poderes.

Larson está acompañada la mayor parte del tiempo por Samuel L. Jackson, que retoma su papel como Nick Furia cuando aun era un simple agente de S.H.I.E.L.D, gracias a la tecnología digital rejuvenecedora a la que tanto partido le está sacando el estudio (y con éxito, porque el “lifting” de Furia es impecable y no distrae en ningún momento). Ambos llevan el timón, junto a la robaescenas oficial de la película, la gata Goose, de una divertida buddy film dentro del espectáculo sci-fi al que nos tiene acostumbrados Marvel, protagonizando los momentos más cómicos en una película que sabe dosificar el humor para no saturar con demasiados chistes. El reparto es uno de los puntos fuertes del film, con Jackson como una de las atracciones principales, y un grupo de aclamados intérpretes secundando a los protagonistas. Los personajes de Jude Law, Ben Mendelsohn y Annette Bening están correctamente caracterizados e interpretados, nos deparan bastantes sorpresas (Talos la más grata), y los actores parecen estar pasándoselo bien, algo que no siempre ocurre con este tipo de fichajes de renombre en el cine de superhéroes.

Pero por supuesto, Larson es el centro de atención. La actriz, blanco de polémicas externas por su empeño en aumentar la diversidad en la crítica y la cobertura de prensa de la película, se ha tenido que enfrentar a un injusto escrutinio por parte de un sector del público. Afortunadamente, la actriz demuestra con su estupendo trabajo en la película que fue una elección más que acertada para el papel. Su Carol es una superheroína definida, una mujer inteligente, decidida y carismática que Larson construye encontrando el equilibrio adecuado entre el temple y la capacidad analítica de un soldado, la fuerza extraordinaria de un superhéroe y la humanidad de una persona que está tratando de descubrir quién es en realidad.

Capitana Marvel es una oportunidad para visitar otro rincón pasado del Universo Marvel y reencontrarse con viejos conocidos. La presencia de Furia, Ronan (Lee Pace), Korath (Djimon Hounsou) o Phil Coulson (Clark Gregg) establece conexiones con las vertientes terrenales y cósmicas del UCM, ayudando a completar sus historias mientras trazan líneas directas con Los Vengadores (algunas inesperadas) que nos preparan para el enfrentamiento final con Thanos en Endgame. Pero estos nexos están debidamente entrelazados en la historia de Carol de modo que nunca hacen que el foco se distancie demasiado de ella y que, por tanto, la película se mantenga contenida en sí misma.

Aunque no sobresale especialmente por su aspecto visual o su dirección, más bien convencional (sobre todo si lo comparamos con otras entregas de la Fase 3 mucho más estimulantes como Doctor StrangeThor: Ragnarok Black Panther), Capitana Marvel saca provecho de su ambientación noventera con detalles nostálgicos muy simpáticos (de los que, afortunadamente, no abusa) y sobre todo una banda sonora de temazos de los 90 (Garbage, Hole, No Doubt, TLC, Nirvana, REM…) que harán vibrar a cualquiera que creció durante esta década. Las canciones suelen acompañar escenas de acción electrizante y combates excelentemente ejecutados (memorable un explosivo una contra todos al ritmo de ‘Just a Girl’ de No Doubt), en los que Larson destaca por su agilidad y contundencia, haciendo honor a la reputación de su personaje como el más poderoso del Universo Marvel (aunque eso aun está por ver).

Capitana Marvel es la historia de empoderamiento femenino que el eminentemente masculino Universo Marvel necesitaba. Carol Danvers no solo se enfrenta a villanos del espacio exterior, sino también al sexismo de cada día en la Tierra (en una escena le llegan a pedir que sonría, evocando así a la absurda polémica en Internet porque el personaje no aparece sonriendo en el material promocional de la película), respondiendo siempre con entereza y dignidad, dándole a lo trolls la justa atención que merecen y levantándose cada vez que se cae para demostrar su valía en un mundo de hombres que no creen que haya lugar para ella. También hay que señalar que no hay historia de amor en la película, sino una bonita amistad entre Carol y su excompañera de vuelo y mejor amiga Maria Rambeau (la revelación Lashana Lynch), con la que protagoniza las escenas más emotivas. Pero su mensaje feminista viene también acompañado de un (quizá no muy sutil) mensaje anti-bélico y una reflexión en torno a los refugiados alienígenas que sirve como reflejo de nuestra realidad y ayuda a dar un mayor empaque emocional y trascendencia a la historia.

Evidentemente, Marvel sabe exactamente lo que tiene que dar a su público, y eso es justo lo que hace en Capitana MarvelQue es formulaica es más que obvio. Aunque, como ya he dicho, trata de darle una vuelta de tuerca a esa fórmula para contar una historia de orígenes desde otro punto de vista, al final no deja de ser una película de Marvel en todos los aspectos, para bien y para mal. Ofrece las dosis de acción y espectáculo que esperamos de Marvel (con efectos digitales mejorables, desgraciadamente también como siempre), la fusión de drama y comedia, las conexiones con el UCM, la fijación con las relaciones paterno-filiales, la definición de qué hace al héroe y su lucha moral, los giros argumentales que dan la vuelta a lo que creíamos saber, el marveliano juego de la anticipación que da lugar a un tercer acto que eleva la película… Todo está aquí, y todo funciona tan bien como siempre. Porque si algo no está roto, ¿por qué vas a arreglarlo?

Capitana Marvel es un disfrutable estallido galáctico de nostalgia noventera, una bienvenida incorporación al Universo Marvel que cumple su cometido presentando a su heroína y dejándonos con ganas de volver a verla. No es una película perfecta, pero es que sería injusto pedirle que lo fuera. El hecho de que sea la primera película de Marvel centrada en una mujer ha hecho que le exijamos más que a sus predecesoras, cuando lo cierto es que Marvel ha hecho con ella lo que debía: darle el mismo tratamiento que a sus héroes masculinos. Su primera incursión en Marvel es un eslabón imprescindible para todo fan del estudio, una inspiradora historia que sirve para encajar las piezas que faltaban y calentar motores para el gran acontecimiento de Vengadores: Endgame, en el que volveremos a ver a Carol, ya unida a los Héroes Más Poderosos de la Tierra.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Free Fire

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¡BANG! Boston no está situado en la costa oeste, pero el lema de su estado no tiene nada que envidiar a ninguna de las máximas pos las que se regía el lejano oeste: “con la espada buscamos la paz bajo la libertad”. ¡BANG! Tampoco estamos en el siglo XIX, sino a finales de los setenta, pero mal que nos pese, algunos siguen pensando que las diferencias se arreglan a palos en vez de dialogando. ¡BANG! Después de hacer que nos devanásemos la sesera con su polémica High-Rise, Ben Wheatley (Turistas) desenfunda para dispararnos a bocajarro una bala de adrenalina y despiporre que tiene grabada nuestro nombre. ¡BA…! (la bala se encasquilla) Bienvenido al lejano oeste bostoniano y setentero de Free Fire! ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!

De todos es sabido que un almacén abandonado es el lugar más idóneo para llevar a cabo los trapicheos más chungos. Aunque si algo nos ha enseñado el cine sobre este tipo de encuentros noctámbulos es que, a pesar de las condiciones favorables del emplazamiento (privacidad, oscuridad, silencio absoluto…), los planes siempre suelen salir mal. Sino que se lo digan a los pintorescos señores de Reservoir Dogs, cinta con la que esta Free Fire se encuentra hermanada. Pero a pesar de que no rueden orejas, la explosión de violencia de Free Fire supera con creces a la de la ópera prima de Quentin Tarantino, tanto en términos de duración, como de volumen y veracidad.

free-fire-posterCasi sin querer, Wheatley monta un O.K. Corral entre una banda de terroristas irlandeses (en ningún momento se nombra la organización a la que pertenecen, pero presumiblemente estamos ante miembros del actualmente extinto IRA) y los traficantes de armas con los que se han citado. Tras una media hora de tensa calma y humor cafre que exuda testosterona, da comienzo el tiroteo. Durante su hora de duración, este intercambio de balas es una lección magistral de cómo entretener al respetable haciendo que este no pierda la atención ni un solo segundo. Wheatley completa las líneas de diálogo de sus personajes con balas, teniendo éstas tanto valor o más que las propias palabras que salen de sus bocas.

Estas balas divierten, pero también agobian. Desde Green Room, no se sentía un agobio tan puro viendo la película. Pero mientras que el nerviosismo provocado por la obra de Jeremy Saulnier nos provocaba miedo y asco (en el buen sentido), la congoja de la de Wheatley nos provoca carcajadas y cierto interés por ver quién es el próximo en palmarla. Todo lo contrario de lo que sentíamos con cada muerte de Green Room, que dolían y mucho.

Nuestros padrinos principales en el duelo son dos pistoleros que nunca decepcionan: Brie Larson (La habitación) y Cillian Murphy (Peaky Blinders), pero que en esta ocasión se dejan ganar la partida interpretativa por un bellísimo y socarrón Armie Hammer (Operación UNCLE) y un bocazas e insoportable Sharlto Copley, el chico Blomkamp por excelencia. Otras destacables caras conocidas que se dejan disparar son la de Sam Riley (Control) y la del futuro novio de Hollywood Jack Reynor (Sing Street).

Free Fire ni carga, ni apunta, solo dispara… dispara, dispara y dispara hasta que no queda nadie sin una bala entre pecho y espalda.

David Lastra

Nota: ★★★½

Crítica: Kong – La Isla Calavera

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Warner Bros. tiene las películas de DC Comics, pero el estudio está interesado en construir otros universos compartidos a base de blockbusters interconectados. Con esto en mente estrenó en 2014 la nueva versión de Godzilla, a la que sucede ahora la reinvención de King Kong en Kong: La Isla Calavera (Kong: Skull Island), una superproducción de escala gigantesca con la que se allana el terreno para la secuela de Godzilla en 2019, y el colosal encuentro de ambos monstruos en el crossover de 2020. Si Godzilla servía como introducción a este Universo Cinematográfico Monstruoso, Kong: La Isla Calavera amplía considerablemente sus fronteras, descubriéndonos un mundo poblado por criaturas míticas anteriores al hombre que se seguirá explorando en las siguientes entregas. Los cimientos ya están asentados, ahora solo queda que los monstruos los destruyan para nuestro deleite.

Kong: La Isla Calavera recoge la sensibilidad del cine clásico de aventuras del que procede, rindiendo tributo a la King Kong de 1933, a la vez que la moderniza ajustándose a los cánones del blockbuster actual, componiendo un espectáculo de acción y efectos visuales que tiene mucho en común con Parque Jurásico y otras películas de expediciones que acaban en desastre (cuyo principal referente es precisamente la King Kong original). En Kong acompañamos a una fotógrafa (Brie Larson) y un rastreador (Tom Hiddleston), que junto a un equipo de científicos y militares, se adentran a mediados de los 70 (recién terminada la Guerra de Vietnam) en la Isla Calavera, una formación en medio del Océano Pacífico que no se encuentra en los mapas y permanece oculta al mundo por una permanente borrasca tormentosa, ejerciendo así como una suerte de Triángulo de las Bermudas. Lo que se inicia como una expedición cartográfica es en realidad una misión personal con la que un miembro de la organización Monarch (John Goodman) pretende demostrar que no está loco y tanto Kong como otras criaturas monstruosas desconocidas existen. Esto llevará al equipo a adentrarse en la isla, ignorante de los horribles peligros que los esperan. No solo el que supone su Rey, Kong, sino también otras especies de animales prehistóricos de grandes dimensiones a los que deberán enfrentarse para intentar escapar de allí con vida.

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Aunque no sea el colmo de la profundidad o la película más inteligente del mundo (nadie espera que lo sea), Kong: La Isla Calavera es una buena, a ratos muy buena, película de monstruos, una aventura épica que sabe exactamente lo que tiene que dar al espectador. Grandes dosis de acción, peligro, sobresaltos y bichos enormes para dejar con la boca abierta. La película no solo cumple de sobra con estos requisitos, sino que además cuenta con un sentido del humor más acertado de lo que cabía esperar (este tipo de películas suelen fallar en los chistes, pero en Kong, la mayoría de los momentos cómicos dan en la diana) y, lo más importante, no descuida el factor humano. Sí, el impresionante despliegue visual y los monstruos son la atracción principal, pero todos sabemos que hace falta algo más para que un blockbuster se sostenga en pie, y Kong lo tiene. Personajes con motivaciones, personalidades marcadas, arcos de transformación y relaciones que vertebran el argumento mientras Kong y los habitantes de la isla lo ponen todo patas arriba. No son especialmente complejos, pero sí lo suficientemente definidos y diferenciados como para que nos importen más que los habituales personajes humanos unidimensionales e intercambiables de este tipo de cine (como los de Godzilla, sin ir más lejos).

Pero como decía, lo más importante sigue siendo el espectáculo, y en este sentido, Kong: La Isla Calavera sabe cómo distinguirse. Siguiendo los pasos de Gareth Edwards, Jordan Vogt-Roberts dirige una película muy cuidada en lo estético y visual que nos deja planos de auténtica belleza. Casi todas las apariciones de Kong, una creación digital absolutamente imponente, son particularmente destacables, sobre todo cuando Vogt-Roberts contrapone al titán peludo al atardecer, dando lugar a un film de tonos cromáticos ocres y anaranjados que sirven como homenaje a Apocalypse Now -una conexión nada casual, ya que Kong también es un alegato antibelicista con mensaje ecológico. A esto se suma lo bien coreografiadas que están las secuencias de acción, con persecuciones impresionantes y batallas estruendosas que hacen vibrar la butaca: los helicopteros atravesando la tormenta para entrar a la isla, la apocalíptica primera aparición de Kong (y todas las siguientes, porque nunca deja de ser un acontecimiento), la emboscada del cementerio… la película está llena de momentos adrenalínicos que mantienen la atención en todo momento y la convierten en una aventura vertiginosa y consistentemente entretenida.

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Claro que, por muy infalible que sea como película de aventuras, Kong: La Isla Calavera tiene sus problemas. Por un lado, un reparto de estrellas empequeñecidas por las circunstancias: Hiddleston está más bien plano, por no decir inerte, Larson no hace demasiado, y Samuel L. Jackson está ahí únicamente para ser Samuel L. Jackson y dejar caer sus icónicas expresiones malsonantes, lo que hace que sean los secundarios los que sobresalgan, como John C. Reilly (de lo mejor de la película), Shea Whigham y Thomas Mann (el prota de Yo, él y Raquel), responsables de los mejores momentos cómicos de la cinta, y de que esta no se tome excesivamente en serio. Y por otro, un tercer acto en el que la película está a punto de desbordarse por situaciones que rozan el absurdo y una tendencia progresivamente fardona en la acción, anteponiendo así lo estético a la lógica narrativa. En cualquier caso, nada que estropee la experiencia, ya que es habitual que este tipo de cosas ocurran en todo blockbuster con el mismo ADN. Por lo demás, Kong: La Isla Calavera es una película de aventuras más que digna. Va al grano y no da tregua (afortunadamente, tampoco comete el error de retrasar el gran momento de ver a Kong y nos lo muestra enseguida), divierte de principio a fin, acaricia los sentidos con imágenes de gran preciosismo y los aturde con acción contundente y bien realizada. En definitiva, cine evasión que indica el camino correcto a seguir para una saga que, a juzgar por la marveliana escena post-créditos, nos tiene preparadas gigantes sorpresas.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: La habitación (Room)

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Texto escrito por David Lastra

(Esta entrada contiene spoilers de la película)

No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente…

… pero sí que lograrás con ello mi deterioro físico y terminarás por romperme. Mi universo quedará reducido a unos pocos metros cuadrados entre estas paredes. Haré mis necesidades a medio metro donde mal coma. Uno no puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no ha comido bien. Contaré cada paseo del Sol por la claraboya y terminaré hablando sola por matar el tiempo antes de que termine matándome a mí. Cada noche llegará el tiempo de la violación, que no es sino otra vejación más de las que sufro cada minuto de esta libertad arrebatada. La primera falta es terrorífica. La segunda más. Uno no puede traer hijos a un mundo como este; uno no se puede plantear perpetuar el sufrimiento, ni aumentar la raza de estos lujurioso animales que no poseen emociones duraderas, sino solo caprichos y banalidades que ahora te llevan hacia un lado y mañana hacia otro. Pero finalmente, me lo quedo. El niño es mío. El niño es yo, no es Él. Solo el cielo sabe por qué lo amo tanto. Los años pasan y seguimos encerrados. El niño que soy yo y yo. Él sigue visitándome cada noche. El infierno somos nosotros. Él y yo, no el niño que soy yo. El niño que soy yo solo conoce estas cuatro paredes. Su mejor amigo es un ratón y la televisión una caja mágica. Para el niño que soy yo, el universo somos los dos y Él, nuestro abusador, un mago creador. El universo es una mierda. La mierda es esta habitación…

La habitación es la peor de las pesadillas. Es la muerte en vida de una mujer secuestrada y su hijo nacido en cautividad. Una premisa peligrosa que en manos equivocadas podría haberse convertido en un melodrama lacrimógeno. La habitación hace llorar, pero no recurre a ningún recurso de la pornografía sentimental propio de la parrilla televisiva de los fines de semana a la hora de la siesta. Ante la opresión del espacio cerrado, Emma Donoghue (autora tanto de la novela en que se basa el film como de esta adaptación) opta por la vía de la esperanza, revestida de ingenuidad. La historia se estructura y se experimenta a través de los ojos de Jack, el niño que soy yo. Esa confrontación entre la realidad (la habitación, el secuestro, los abusos, Ma) y el mundo creado (los regalos de domingo, la gimnasia, la serpiente de cáscaras de huevo), ahoga al espectador provocando una sensación de congoja máxima, lágrimas y algún que otro sofoco por falta de oxígeno. Son esas escenas, en las que Jack no sabe realmente lo que está ocurriendo y juega a morir bajo las indicaciones de su madre, las que desquician al espectador provocando el tan difícil sentimiento de angustia.

Si La habitación hubiese sido una película de secuestros más, estaríamos hablando del mejor film de ese subgénero en las últimas décadas, destronando a la muy entretenida Prisioneros de Denis Villeneuve, en base a su contención dramática y su alto nivel tanto interpretativo como imaginativo… pero la película de Abrahamson/Donoghue va más allá y realiza un acto tremendamente valiente: mostrarnos el día después de la liberación. La segunda parte de La habitación es la vida después del infierno. La mierda sigue estando allí, ya que la libertad de la mente ha sido corrompida durante tantos años de cautiverio. Ma está acongojada ante la obligación de ser feliz. Jack podrá no saber que los perros son reales, pero Ma ya no sabe cómo ser feliz. El despertar es lo que nos mata.

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El año pasado, Abrahamson nos regaló en Frank la mejor interpretación hasta la fecha de Michael Fassbender, casi sin mostrarnos el bello rostro del actor. Este año nos trae la actuación más grandiosa de Brie Larson (Infiltrados en clase, Community) encerrándola en una mera caseta de jardín. El realizador demuestra que es un perfecto director de actores. En esta ocasión, consigue de Larson un descomunal trabajo contenido, repleto de matices casi imperceptibles para el espectador menos avezado y una serie de explosiones violentas de excepción. En La habitación, la Envy Adams de celuloide da un paso más allá de lo demostrado hace un par de ejercicios en Las vidas de Grace, confirmándose como una de las actrices más solventes del momento (se confirma para el gran público, que aquí hace bastante tiempo que se la adora).

Pero el torbellino más devastador de La habitación no es otro que Jacob Tremblay. El calificativo de niño prodigio se le queda corto. De igual manera sería injusto nominarle como portento, ya que el que fuera Blue Winslow en Los Pitufos 2 es más bien una fuerza de la naturaleza. Si el equipo de producción y promoción no hubiesen sido tan conservadores a la hora de los FYC (For Your Consideration, la elección de en qué categoría va a concursar cada intérprete, si protagonista o secundario) y hubiesen sido más valientes (y persistentes en la campaña), ahora estaríamos hablando de un flamante candidato al Oscar a mejor actor protagonista y posible ganador, ya que suya es la mejor interpretación masculina del año (seguro que Leo ha tenido algo que ver en la ausencia de Tremblay en la terna final).

Lejos de ser la bonita interpretación infantil que suele deslumbrarnos cada temporada, la labor de Tremblay es el sumun de la inocencia y la complejidad de registros, recordando a la labor de Max Records en Donde viven los monstruos. No es un niño haciendo de niño, sino un actor haciendo de el niño que soy yo. Cada una de sus frases absurdas y tremendamente inocentes, desmontan al espectador casi tanto como a su Ma. Sus repetitivos saludos a las cosas animadas, su infinita serpiente de cáscaras de huevo (lo más bonito del mundo), su amor a la televisión y su madre sobre todas las cosas (como cualquier niño normal). El niño que soy yo es la inocencia dentro de la mierda. Es la única razón por la que yo (Ma) voy a sobrevivir.

El instante en que Jack logra desenrollarse de la alfombra, conoce por primera vez el cielo sin una claraboya de por medio y su mirada refleja el infinito es uno de los grandes momentos cinematográficos del año. Toda una explosión de oxígeno y libertad que sirve como culminación tras la que es seguramente la secuencia más agotadora y enervante de la historia: su muerte fingida.

Amar nos separa de los demás. Amar a otro nos separa de la mierda. Eso es lo que nos hace sobrevivir de nuestros habitaciones creadas.

 Valoración: ★★★★½

Crítica: Y de repente tú (Trainwreck)

Y de repente tú

La comedia USA de los últimos años llega con aires renovadores y desplazando el foco de atención hacia las mujeres (que, como te dirían muchas cómicas sarcásticamente “también pueden ser graciosas”). Este nuevo enfoque está afectando especialmente a un género tradicionalmente asociado con el público femenino, la comedia romántica, o como se denomina peyorativamente en inglés, “chick flick”. Recientemente, el cine y la televisión nos está proponiendo otro tipo de rom-com, uno que desafía los estereotipos y no relega a la mujer al papel de flor delicada que debe ser conquistada por un príncipe azul. Bridesmaids o las series televisivas Girls y You’re the Worst creen en otra manera de contar un romance. No rechazándolo sino dándole la vuelta a sus convenciones para instalarlo definitivamente en el siglo XXI. Y ahí es donde entra Amy Schumer.

Con su serie de televisión, Inside Amy Schumer, la cómica de Nueva York (de dónde si no) ha sido catapultada este año a la cima de la popularidad en Estados Unidos. Su humor cáustico y auto-crítico se ha ganado las comparaciones con el de Louis C.K., pero Schumer es mucho más bestia y políticamente incorrecta. Su estilo se caracteriza por la mordacidad de sus parodias, la mayoría críticas salvajes al sexismo que denuncian los dobles estándares con los que la sociedad juzga a las mujeres. Schumer no tiene miedo a exponer y explotar sus defectos (o los de su personaje público, porque no sabemos dónde empieza una Amy y acaba la otra) para derribar las ideas preconcebidas acerca de su género, pero también para contar verdades sobre el mismo que otras no se atreven a destapar (quizá por miedo a que sean utilizadas como arma contra el feminismo). Y esto es justo lo que sigue haciendo en su primera película como protagonista, dirigida por Judd Apatow y guionizada por ella misma, Y de repente tú (Trainwreck), en la que Schumer continúa reivindicando el derecho de la mujer a ser lo peor.

La escuela Apatow lleva ya un tiempo desarrollando estas ideas, especialmente importantes en los trabajos de Lena Dunham y Paul Feig (todo queda en familia), que han convertido este reformador discurso feminista (impulsado hace ya quince años por Sexo en Nueva York) en uno de los núcleos temáticos de sus obras. Por eso el humor de Schumer encaja tan bien en el estilo del director de Knocked Up, siempre interesado en mostrar el lado más incómodo y autodestructivo del treinta y cuarentañero con personajes que se niegan a crecer y sentar cabeza. Para mostrarnos la variante femenina de este paradigma, Apatow emplea la voz millennial de gente como Dunham y Schumer, colaboradoras que, paradójicamente, están ayudando a definir su etapa más madura.

Como el título de la película en inglés (Trainwreck) sugiere, Y de repente tú nos habla de un desastre humano, Amy Townsend, redactora de una revista de moda que se sale el molde que la sociedad ha creado para ella y cuyos esquemas se hacen añicos cuando se enamora inesperadamente. Amy es un personaje 100% Apatow en tanto en cuanto se trata de una protagonista estancada a las puertas de la madurez, pero Schumer hace suyo el arquetipo para presentarnos a la anti-Meg Ryan, una mujer con miedo al compromiso, que vive el sexo con libertad y temeraria despreocupación (Amy es toda una “hombreriega”), no cree en la monogamia y tiene fobia a compartir su intimidad con otra persona (no pretendas pasar la noche con ella después de follar, ni le menciones hacer la cuchara). De la misma manera, el imprevisto interés amoroso de Amy, interpretado por Bill Hader, será un hombre sensible y emocionalmente dependiente que busca consejo sentimental en su mejor amigo (el jugador de la NBA LeBron James). Esta inversión de los roles de la comedia romántica, en la que a la mujer no se le suele permitir el comportamiento que Schumer defiende, sirve para desmontar tabúes y desmitificar el ideal femenino (físico y conductual) impuesto por los medios o las películas de Nicholas Sparks.

TrainwreckPero Schumer, al igual que Apatow, no niega a su personaje la posibilidad de hallar la felicidad en un cambio de actitud y comportamiento (el “todo lo que necesitas es amor” es universal y puede acabar con todo rastro de cinismo en cualquier historia). Como decía al principio, la comedia romántica que cultivan estos autores no pretende boicotear el género, sino modernizarlo, mostrarnos un camino alternativo hacia ese dulzón final feliz en el que suele concluir todo relato amoroso que se precie. Por eso Y de repente tú acaba discurriendo por los habituales derroteros del género, culminando en un tercer acto que confirma su naturaleza formulaica, sin por ello anular lo que Schumer ha conseguido con su personaje a lo largo de la película: ella es la que realiza el gran gesto romántico para ganarse el perdón de él y obtener su happy ending.

No cabe duda de que Y de repente tú es una comedia Apatow. Le delatan la excesiva duración del metraje (a todas sus películas le sobran 20 minutos) y las subtramas innecesarias (Tilda Swinton está gloriosa, Brie Larson es un primor y Vanessa Bayer está loquísima, pero a veces no hacen más que retrasar el avance del argumento). Claro que por el lado bueno, también reconocemos al autor por esa calibrada fusión de toilet humor e introspección que no falta en ninguna de sus obras. El cine de Apatow siempre posee un trasfondo mucho más reflexivo y revelador de lo que parece a simple vista, evidenciando a un director constantemente preocupado por entender el comportamiento humano y las relaciones interpersonales en los ámbitos de la familia, el trabajo y el amor. En este sentido, Schumer también se adapta perfectamente a la sensibilidad del director, aportando además un punto de melancolía y sorprendiendo con un registro dramático con el que sigue añadiendo capas a su repertorio. Sin embargo, el guion de Schumer es algo irregular y a ratos le falta un punto de cocción a la comedia. Algunos gags funcionan muy bien, otros se alargan hasta perder la gracia (como el encuentro sexual con el desubicado Ezra Miller), por no hablar de que la cómica repite chistes de su serie (reciclar es bueno en otros campos, no en la comedia). Dejando esto a un lado, por lo general Schumer lleva a cabo un buen trabajo de transición entre el sketch y el largometraje, rebajando las cotas de histrionismo y parodia de su serie para practicar un humor más contenido, más discreto y decididamente más awkward (el chiste a veces culmina en off o en voz baja), que le ayuda a pasar con holgura su primer gran reto artístico e insufla nueva vida a la carrera de Apatow después del bache de la infravalorada This Is 40.

Apatow y Schumer saben exactamente cómo ser corrosivos y escatológicos sin por ello sacrificar la emoción y la inteligencia, cualidades principales que acaban definiendo la película. A base de atrevidas escenas de cama, paseos de la vergüenza y situaciones embarazosas, Y de repente tú se erige como una comedia romántica clásica que a su vez actualiza el género riéndose de sus lugares comunes y situando en el centro a una protagonista que no tiene miedo a ser juzgada por sus actos. Amy Schumer sabe que su personaje puede caer mal y su comportamiento será tachado de errático, pero ahí está el quid de la cuestión, en que entendamos de una vez por todas que esa mujer existe, y que es mucho más real que la mayoría de personajes femeninos que vemos en la ficción.

Valoración: ★★★½

Crítica: Las vidas de Grace (Short Term 12)

Brie Larson Las vidas de Grace

Muchos seriéfilos ya lo sabíamos gracias a su papel en la malograda (e infravalorada) serie de Showtime United States of Tara, pero fue la película Las vidas de Grace (Short Term 12) la que abrió los ojos al resto del mundo: Brie Larson es toda una revelación. De hecho, muchos se sorprendieron al no verla entre la lista de candidatas a Mejor Actriz en la pasada edición de los Oscars. Larson da vida a la Grace del título, una joven que trabaja como supervisora en un centro de acogida para adolescentes problemáticos y desfavorecidos, y que debe compaginar su duro y absorbente trabajo con su vida en pareja. La aparición de una nueva “visitante” al centro de acogida obligará a Grace a entrar en contacto consigo misma y a enfrentarse a sus traumas del pasado antes de dar un paso importante en su vida.

Las vidas de Grace es una de esas películas pequeñas por definición, que se convierten en “pequeñas grandes películas” con el boca-oreja. El filme de Destin Daniel Cretton es tan discreto, tan tranquilo y delicado que es muy fácil pasarlo por alto, pero hacerlo sería un error. Se respira un increíble halo de naturalidad a lo largo de todo el metraje, y su relato discurre sin grandes aspavientos, dando al espectador un lugar donde refugiarse, donde sentirse resguardado y atendido, nunca sobreprotegido o subestimado. Cretton encuentra el balance perfecto entre drama y comedia sin caer en las estrategias sentimentales artificiosas del mal llamado indie USA, manteniendo en todo momento la capa de realismo que hace que nos involucremos al cien por cien con Grace y los adolescentes a su cuidado. A través de las historias independientes, que van tomando forma pausada pero firmemente, Cretton nos incluye en el viaje emocional de sus personajes, revelando un dominio del drama y una velada ambición autorial que contrasta con la factura y el tono tan modesto de la propuesta.

Las vidas de Grace cartel españolLa de Grace es una historia de superación, de entendimiento y comunicación, y también de amor, un amor profundamente anclado en la realidad de la situación de ella y su pareja, Mason -también fantástico John Gallagher Jr.-, que nos presenta una relación franca, condicionada tanto por el trabajo de ambos como por el pasado de Grace. Cretton construye a su protagonista como a una persona dañada, pero nunca tóxica o destructiva, una mujer que aplaca su tristeza y su miedo ayudando a los demás, y que solo se descarga ante la persona que duerme a su lado. Esa es la definición del amor para Cretton, un amor que a veces es un ejercicio de resistencia, un amor que únicamente se materializa y puede sobrevivir si se comparte el dolor, y si se conserva la esperanza.

La atmósfera de naturalismo que envuelve la película nos permite fijarnos en esos pequeños instantes que definen a los personajes, y que marcan el pulso de una historia profundamente conmovedora que, no obstante, rara vez se rinde a los dictados del melodrama. En lugar de eso, se deja que la luminosidad, el optimismo y el buen humor se apoderen del filme -algo que por otro lado hace que sus golpes duelan más. Cretton levanta una película audaz, valiente ya no solo por la crítica social y los dilemas morales que plantea, o por abordar de frente el tema de los niños olvidados y el abusos a menores, sino por la soltura y accesibilidad con la que lo hace.

Pero como decía, Las vidas de Grace es sobre todo Brie Larson, el corazón del relato, y una promesa cumplida gracias a este agradecido personaje. Ella es la personificación de las mejores cualidades de la película, esa inspiradora mezcla de fortaleza y fragilidad, y una inteligencia y sensibilidad convertidas en las mejores armas profesionales. Grace es toda una heroína cotidiana, una mujer real, y una fuente de motivación, al igual que todos aquellos héroes invisibles que, como ella, anteponen el bienestar de los demás al suyo propio, y que nos desvelan una realidad de la que no nos percatamos lo suficiente. Por todo ello, Las vidas de Grace se suma a La clase de Laurent Cantet como una de las mejores películas sobre educadores y trabajadores sociales que nos ha dado el cine reciente.

Valoración: ★★★★

United States of Tara, 3ª temporada

“Life is so fucking fragile”

Puede que United States of Tara no sea la serie de televisión más realista, pero probablemente sí sea la más real de las que hay actualmente en emisión. A pesar del ocasional artificio melodramático y el naturalismo forzado que se desprende de muchos diálogos (sobre todo los más ‘casuales’), la serie de Showtime esconde un corazón que bombea a base de experiencia y observación. Es en ese departamento donde debemos loar la labor de Diablo Cody (la creadora de ese aborto cinematográfico que es Juno), que encuentra en el televisivo el medio idóneo para desarrollar su talento. No podemos negar que Cody lleva tres años desempeñando un trabajo de guión que, obviando las concesiones a su personalidad repelente (deja de venderte como embajadora de lo alternativo y lo moderno, ni lo eres, ni lo sabes hacer), destaca por haber desengranado con tino, elegancia y un exquisito sentido del humor la esencia de una familia (“It’s laugh or cry time. I choose to laugh”). Y lo ha hecho sin necesidad de recurrir a soliloquios en off, rozando en ocasiones el virtuosismo a la hora de articular emociones enormemente abstractas en diálogos de andar por casa.

I wish we were the sort of people who could just get upset about one thing. When something happens, everything else should go away. One terrible, horrible thing a day. […] I always say I’m gonna get out of here tomorrow, and I even get on a plane every day. And I’m still here (Kate Gregson).

United States of Tara dejó hace mucho tiempo de ser ‘la serie sobre una mujer con trastorno de identidad disociativo’ para revelar su verdadera naturaleza como serie sobre una familia, y en última instancia, sobre la familia. De esta manera, la tercera temporada se construye haciendo hincapié en los dos puntos de vista de la historia: el de la enferma y el de la familia que ¿debe? cuidar de ella. Incluso se nos sugiere que “esta no es la historia de una mujer enferma, sino de la persona que está enamorada de de ella”. Esta preciosa idea se viene explorando desde el principio, pero no es del todo cierta. A pesar de que se profundiza en el progresivo deterioro (y paralelamente, la inquebrantable fortaleza) de Max Gregson, así como en el papel de los hijos y la hermana de Tara en la debacle familiar, es la enferma la que sigue copando toda la atención narrativa. Aunque no es ella la que esconde todo el significado de la serie.

En la tercera temporada de la serie, Tara regresa a la universidad. Esto la transforma en un personaje más optimista y enérgico. La arregla temporalmente, a pesar de convertirla en un personaje que roza lo insoportable (la Tara feliz es la que pone en evidencia las carencias interpretativas de la excesiva Toni Collette). La temporada comienza con un pacto entre la protagonista y sus personalidades alternativas, que si bien supone un cambio importante en la mecánica de la serie, se ve empañado por la innecesaria presencia de un personaje-catalizador, el doctor Hattaras. Tara se convierte en investigadora y objeto de estudio a la vez, lo que provoca el surgimiento de un nuevo alter, Bryce Craine, el hermanastro de Tara y Charmaine que violó a la primera cuando era pequeña. El monstruo policéfalo de Tara amenaza con destruir por completo a la familia, esta vez para siempre (“Building barricades. I did not see this one coming”), mientras en su interior Bryce lleva a cabo una matanza de alters. Hattaras se marcha (¡menos mal!) con el rabo entre las piernas después de un ataque del alter homicida y comienza la excelente recta final de una temporada irregular hasta ese momento. Es entonces cuando Cody brilla especialmente, al llevar a cabo un precioso y descorazonador retrato familiar a base de brutal sinceridad.

“I wanna make my own problems, that’s my right as a fucking human being” (Kate Gregson).

No es necesario haber crecido en una familia disfuncional con una figura paterna que padece trastornos psicológicos para sentirse identificado con las palabras de la hija mayor de Tara. Aunque ayuda. Formar parte de una familia es en ocasiones estar atrapado en un bucle espacio-temporal del que es imposible salir (“You can’t keep doing the same thing, hoping for a different result”). El complejo proceso de maduración de los hijos conlleva un no menos difícil esfuerzo por parte de los padres. ¿En qué momento dejan de ser los problemas de los progenitores también responsabilidad de los hijos? La tercera temporada de Tara concluye explorando esta dolorosa idea que al fin y al cabo engloba el significado de la familia, lo que la define, y a la larga, la consolida o la destruye.

La emancipación esconde un acto intrínseco de egoísmo por parte del hijo que se revela necesario en la adolescencia (Marshall decide marcharse), pero que se puede acabar asimilando en la personalidad como una pulsión controlada a medida que se madura (Kate quiere marcharse, pero decide quedarse a cuidar de su familia y el propio Marshall regresa en cuanto estalla otra crisis familiar). No podemos escapar de nuestra familia, no sin hacer pedazos los vínculos que la mantienen viva y ahogarnos en un océano de culpabilidad (ahí está la madre de Max recordándonoslo; eso, y que todos estamos locos o acabaremos estándolo algún día). Sin embargo existe la posibilidad de un trueque que en realidad es un acto de fe: Max y Tara dejan marchar a sus hijos, porque es su responsabilidad como padres (para ello claudican ante el egoísmo que también los caracteriza a ellos), manteniendo sin embargo la esperanza de que regresen por decisión propia. Ojalá todos los días fueran Navidad… Ojalá la Navidad no existiese.

Marshall: Do you think you’ll come home for holidays? I mean, if you marry Evan and all? […]
When you really, really leave, will you ever come home?
Kate: Will you?

En el devastador silencio por parte de los dos hermanos tras esta pregunta se esconde el verdadero sentido de la tercera temporada de la serie. Es cuando uno se da cuenta. United States of Tara duele. Como la vida misma.

Showtime y las mujeres II: United States of Tara

Cuando me enteré de que Diablo Cody preparaba una serie de televisión para Showtime cargué las escopetas al instante. No me equivocaba en mis prejuicios hacia esta señorita después de ver unos cuantos episodios de United States of Tara: artificiosidad, referencias culturales metidas con calzador y un discurso altamente autoindulgente. Me costó poco reconocer a la guionista de Juno en los diálogos de US of Tara, y por tanto, suponer que la serie no tenía mucho que ofrecerme. Pocas veces me he alegrado de estar equivocado. Si bien la primera temporada continuó ofreciendo lo peor de la autocomplaciente Cody, fue fácil obviarlo en favor de una química excelente entre los personajes y una historia cada vez más emotiva y absorbente. La segunda temporada, a pesar de no empezar con buen pie, ha consolidado la serie como una de las mejores comedias de la televisión actual.

El secreto de US of Tara radica en su completo dominio de las emociones y en haber encontrado un equilibrio perfecto entre las situaciones más excéntricas y los momentos de cotidianeidad más mundanos y costumbristas -un punto en común con Nurse Jackie. Eso, y el hecho de que cada episodio garantice alguna que otra carcajada, hacen de US of Tara una comedia exquisita que no solo asegura media hora de ‘sana’ diversión a la semana, sino que además ofrece un precioso discurso sobre la familia y las relaciones. Se trata de la nueva comedia televisiva, que viene gestándose desde hace unos años. La era de las risas enlatadas dio paso a un tipo de comedias que además de ganar en calidad técnica, bebían de los dramas televisivos, hibridando géneros y encontrando la mayor complicidad con el espectador, haciéndonos reír de las desgracias y llorar con momentos en apariencia cómicos. US of Tara podría considerarse epítome de este tipo de dramedia, invitando a la reflexión sobre la naturaleza humana, haciendo que nos riamos de la vida, y de nosotros mismos.

La segunda temporada de US of Tara ha afianzado a los miembros de la familia Gregson como algunos de los mejores personajes de la temporada televisiva. Empezando por Tara, se agradece que en esta temporada sus otras personalidades no hayan tenido tanta presencia escénica -a mí Toni Colette me satura, la verdad. La vida de la familia sigue girando en torno a la enfermedad de Tara, pero es interesante comprobar cómo es posible explorarla sin necesidad de decicar capítulos completos a un alter. Si la primera temporada sirvió para dar a conocer a todos sus estados unidos, esta se ha centrado en explorar en mayor medida la identidad de Tara. Hemos visto aflorar con más fuerza una personalidad que en la temporada pasada quedaba eclipsada e inexplorada por la presencia de los alters. Lo más curioso es que la búsqueda de Tara para encontrar un origen a su problema ha resultado en la aparición de otras dos personalidades -Shoshanna y Chicken-, y aún así, la superpoblación de alters no ha afectado negativamente a la historia. Al contrario.

Al igual que en Nurse Jackie, la importancia de un buen plantel de secundarios en US of Tara es capital. Si en la serie de la enfermera encontramos secundarios antológicos como Zoey, O’Hara o Akalitus, US of Tara no presenta déficit de personajes geniales para acompañar a la protagonista. Destacan Kate y Charmaine. La primera se ha ganado el beneplácito de muchos espectadores que la ignoraron en la anterior temporada. La hija mayor de Tara y Max ha protagonizado este año las tramas más marcianas, pero gracias a ellas, hemos asistido a un -original- proceso de maduración que nos ha hecho reflexionar sobre el importante -y a veces exclusivo- papel de los demás en la formación de nuestra identidad. En una escena del episodio 2.11, Tara aconseja a su hija que no se olvide de ser ella misma, a lo que Kate contesta “ja, ja, y ja”. Es difícil ser uno mismo cuando aún no se es realmente nadie, y cuando la figura de referencia más cercana es una mujer con trastorno de personalidad múltiple. La poderosa unión de esta familia se pone de manifiesto en las relaciones domésticas. US of Tara logra retratar a la perfección esos momentos en los que el amor al prójimo se hace evidente a pesar de no manifestarse explícitamente. Lo hace cada vez que Marshall se sienta en la cama de su hermana, cada vez que Kate llama Moosh Moosh o cualquier otro apodo a su hermano, o con una sonrisa de una madre enferma a sus hijos en la cocina, tras un día sin saber nada de ellos. Y también cada vez que la increíble Charmaine entra en escena -lluvia de premios para Rosemarie DeWitt, por favor. Su descorazonador deseo de normalidad se ve truncado por la gran influencia -y dependencia- de la familia de su hermana en su vida. Charmaine representa sin embargo la absoluta naturalidad y la resignación en una situación tan complicada como la de los Gregson, una familia que no viene sino a representar de manera hiperbólica las disfuncionalidades de todas las familias.

Partiendo de la supuesta recuperación de Tara al principio de la temporada, hemos asistido a una progresiva degeneración, excelentemente expuesta, del personaje. Se ha explorado en mayor medida la figura del marido perfecto, Max, que se ha convertido en algo más que un consorte/enfermero de Tara. Ya comprobamos en la primera temporada cómo la enfermedad de Tara afecta a su marido, pero ha sido en esta cuando hemos asistido verdaderamente a las consecuencias de una vida como la suya. Max ha conocido el límite de su resistencia, ha dudado de la identidad de su mujer -me pareció genial que Max no estuviera seguro de si Tara era Tara o un nuevo alter– y ha cometido un gran error. Después de presenciar y arbitrar los momentos más difíciles de su mujer -recordemos el increíble episodio “Torando”, en el que Tara se convierte en un medley de sus personalidades o la presencia de Chicken en la boda de Charmaine-, Max llega a una conmovedora conclusión:

“I wish it’d been us getting married today. I’d stand up in front of all these people and I’d say “I love this woman!” Then I’d look in your eyes and I’d say, “if you’re Tara, I’ll be Max. But if you’re Gimme, I’ll be gotcha. And if you’re Buck, I’ll be your bike. If you’re Alice, I’ll be your astronaut. And I’d carry Chicken to the car, even though I knew she was pretending to be asleep”

US of Tara nos invita a pasar de la carcajada al puchero, y lo hace como si no le costase nada. Encontrar el equilibrio perfecto entre comedia y drama parece ser algo fácil si tenemos en cuenta la cada vez más habitual tendencia a hibridar ambas en la televisión norteamericana, pero pocas series consiguen una armonía tan perfecta como US of Tara, sin duda, la mejor serie de Showtime hasta la fecha.