Vengadores: Endgame: Un final “perfectamente equilibrado” [Crítica sin spoilers]

El cine tal y como lo conocíamos cambiaría en 2008 con el estreno de Iron Man. Por aquel entonces, poco podíamos imaginar lo que Marvel conseguiría a lo largo de la década posterior, pero el estudio tenía un plan, y este ha dado más frutos de lo que ni siquiera ellos mismos se imaginaron. Diez años y 21 películas después, llegamos al gran evento cinematográfico con el que se cierra una era, Vengadores: Endgame, el desenlace de una macrohistoria impecablemente diseñada y estructurada que ha amasado récords de taquilla, ha cambiado las reglas del blockbuster, y lo más importante, ha enganchado a cientos de millones de personas en todo el mundo.

Vengadores: Infinity War sacudió los cimientos del Universo Marvel con un final cliffhanger que alcanzó estatus icónico inmediato, y del que se seguirá hablando en el futuro. El chasquido de Thanos cambió el universo, eliminando a la mitad de los seres vivos que lo habitan, y generando una de las reacciones más viscerales entre los espectadores que se recuerdan en mucho tiempo. La devastación que provocó la derrota de los Vengadores, y el desvanecimiento de sus seres queridos y muchos de nuestros héroes favoritos, puso de manifiesto el gran logro de Marvel, la fidelización de la audiencia a través de sus personajes, y también sus mayores virtudes, la planificación narrativa a largo plazo y la paciencia. Si el chasquido nos afectó tanto (incluso sabiendo que sus trágicos efectos no serían permanentes), es porque sus personajes nos importaban. Y nos siguen importando.

En Marvel son maestros de la anticipación. Y esa anticipación nos ha llevado hasta aquí, hasta el “juego final”, el clímax de las primeras tres fases del UCM. Escribir una crítica de Endgame sin desvelar puntos claves de su argumento es una tarea complicada, por no decir imposible, pero lo intentaremos. El factor sorpresa es un elemento clave en la película de Joe y Anthony Russo. Es por ello que los trailers han jugado al despiste incluyendo imágenes en su mayoría pertenecientes a la primera media hora de metraje (o que no están en el montaje final) y ocultando la participación o el look de ciertos personajes. A pesar de haber desatado miles y miles de teorías, Endgame es la película más imprevisible del Universo Marvel. Por eso era de capital importancia no estropear ninguna de las innumerables sorpresas y giros argumentales del film, ya que su descubrimiento es esencial para vivir la mejor experiencia cinematográfica posible.

Endgame lidia con las consecuencias de la devastación provocada por Thanos en Infinity War, dando énfasis a los seis Vengadores originales, Iron Man, Capitán América, Viuda Negra, Ojo de Halcón, Thor y Hulk. Todos ellos unen fuerzas junto al resto de los héroes que sobrevivieron al chasquido para trazar un plan con el que derrotar definitivamente al Titán Loco y con suerte deshacer el desastre que ocasionó. El primer acto es con diferencia la hora más triste, madura y emocional de todo el Universo Marvel. Es entonces cuando Vengadores se convierte en The Leftovers, cuando los supervivientes deben enfrentarse a la vida sin sus compañeros de “trabajo”, sin sus seres queridos, sin su familia… mientras el mundo se adapta a su nueva realidad.

Y es ahí donde los hermanos Russo más se toman su tiempo. Endgame es la película más grandiosa y ambiciosa de Marvel, pero la duración de tres horas no se justifica (solo) por la necesidad de cerrar mil asuntos o incluir más batallas, sino por los momentos más pequeños; las escenas en las que se exploran los lazos entre los personajes, las que nos muestran a los superhéroes como seres humanos afrontando la pérdida y asumiendo la necesidad de pasar página. En esas interacciones, en esas miradas y esas lágrimas es donde Marvel esconde la esencia de lo que está contando, lo que hará que lo que pase a continuación nos afecte más profundamente. Porque en todos estos años, nos han estado contando una historia a la que no hemos prestado la atención suficiente porque siempre hemos tenido algo más explosivo o impactante que comentar: la de una familia. Más allá de los trajes, los superpoderes, las aventuras intergalácticas y la reflexión sobre lo que significa ser un superhéroe, Marvel ha construido una familia (o varias) a la que deseamos ver unida de nuevo, cueste lo que cueste.

Pero por supuesto, Endgame también es humor (Thor, Bruce y Scott protagonizan los momentos más divertidos y extraños, pero hay muchos más), es acción y espectáculo. Aunque el listón estaba alto después de Infinity War, los Russo consiguen superar en envergadura y alcance a la anterior entrega de los Vengadores. Y a todas las películas del Universo Marvel. Endgame incluye algunos de los planos más impresionantes y memorables de toda la saga, los mejores efectos visuales, combates que paran la respiración y la que es una de las batallas más épicas que se han visto jamás en una pantalla de cine.

Y lo mejor es que todo está medido para que nunca se pierda de vista el propósito de la historia, el objetivo final, para que todas las piezas encajen y la pirotecnia nunca eclipse a los personajes; un numerosísimo plantel de héroes que se dosifica de forma inteligente y mesurada (cualquier momento, por pequeño que sea, es importante, todos los regresos y apariciones sirven una función, y la incorporación de Capitana Marvel se realiza con coherencia y sin robar protagonismo a los que están ahí desde el principio). Es cierto que la trama abarca tanto y depende tanto de todo lo visto anteriormente, que por momentos puede apabullar o confundir, que hay alguna decisión difícil de digerir y que los agujeros de guion están a la vista de todos, pero teniendo en cuenta la titánica hazaña a la que se enfrentaba Marvel con tantísimos cabos que atar, y lo bien que la ha desempeñado, no dejan de ser detalles menores en un final enormemente satisfactorio.

Vengadores: Endgame es el gran acontecimiento que nos prometieron, una de esas películas que marcan generaciones. Sus tres horas resultan casi inabarcables, emocionalmente agotadoras (en especial su abrumador último acto y su conmovedor epílogo), pero no sobra ni un minuto. Todo cuanto acontece en ella responde a un meticuloso plan ejecutado a la perfección, y aun así se las arregla para sorprender y mantener alerta de principio a fin, para hacernos reír y llorar, para dejarnos clavados en la butaca y darnos una escena icónica detrás de otra. Pura catarsis.

Se trata de la culminación de diez años de extraordinario trabajo que se saldan con la película más emotiva de Marvel, la sublimación de su estilo narrativo y su equilibrada fusión de acción, épica, drama y comedia. También es la entrega en la que el reparto más se ha dejado la piel y el corazón, en la que más salta a la vista la importancia capital de los actores que hay tras los personajes. Y por último, es una gran celebración del Universo Marvel, un sentido autohomenaje repleto de guiños y un inmejorable regalo a los fans que han llevado al estudio a lo más alto con su fidelidad incondicional. En definitiva, un final redondo que está a la altura de las monumentales expectativas y hace que la espera haya merecido la pena.

Si Infinity War era el principio del fin, Endgame es el fin… y también un principio. De algo nuevo. Algo probablemente diferente. Indudablemente excitante. Cierre definitivo (y precioso) para algunos personajes, nuevo comienzo para otros, y un futuro lleno de posibilidades infinitas para los seguidores del estudio. La historia continúa expandiéndose y transformándose de forma imparable, y sea lo que sea lo que nos están preparando, Marvel se ha ganado nuestra entera confianza para los próximos diez años. Como mínimo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★★

‘Vengadores: Infinity War’: Un acontecimiento de proporciones titánicas

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Todo está conectado y todo ha conducido hasta aquí. El principio del fin. El final de un principio. Después de una década, tres fases y 18 películas, da comienzo la culminación del Universo Cinematográfico Marvel tal y como lo conocemos con Vengadores: Infinity WarAunque técnicamente sea la tercera entrega de Vengadores (la cuarta si contamos Capitán América: Civil War), esta vez es distinto, y se siente en cada fotograma. Se trata del clímax de todo un universo de ficción construido con admirable paciencia y planificación, un desenlace que promete sacudir fuertemente sus cimientos antes de iniciar la siguiente etapa.

Si La era de UltrónCivil War ya contaban con repartos multitudinarios, lo de Infinity War es la macro-reunión más impresionante que nos ha dado el cine de superhéroes hasta la fecha. Parecía imposible, pero Marvel lo ha conseguido. A Los Vengadores se suman los Guardianes de la Galaxia y otros muchos aliados para enfrentarse a la mayor amenaza de su historia, Thanos. El Titán Loco planea hacerse con las Gemas del Infinito para llevar a cabo su ambicioso plan de transformar y dominar el cosmos entero. Los héroes deberán proteger las Gemas de su familia de secuaces, la Orden Negra, para evitar que su enemigo se convierta en un ser todopoderoso y ponga fin al universo.

Un argumento relativamente sencillo para describir una historia que lleva desarrollándose a lo largo de tanto tiempo con múltiples frentes y ramificaciones. Los hermanos Russo, que dirigieron las dos anteriores entregas del Capitán América, El soldado de invierno y Civil War, se hacen cargo del reto más complicado de los diez años de Universo Marvel, unificar todo lo visto hasta ahora y hacer que confluya en dos horas y media de película. El resultado es sin duda satisfactorio, en especial para aquellos que hayan seguido devotamente el Universo Marvel (los espectadores casuales probablemente no se enterarán de nada). En recompensa a la fidelidad de los marvelitas, Infinity War les da todo lo que querían. Y después mucho más.

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Porque en realidad, más que una película, Infinity War es un evento. Uno orquestado para hacer que los fans de Marvel se queden pegados a su asiento y no pestañeen ni una vez, por miedo a perderse algo importante. Infinity War redefine el término “épico”. Es grande. Enorme. Tanto que puede ser difícil abarcar todo lo que pasa en ella y acabar siendo una experiencia abrumadora. Pero eso es justo lo que esperábamos, un acontecimiento como ninguno otro en el cine reciente, un aluvión de información y sensaciones, el crossover para acabar con todos los crossovers.

En Infinity War coinciden por primera vez (casi) todos los personajes principales de Marvel a los que hemos conocido en anteriores películas. Los Vengadores, los Guardianes, Spider-Man, Doctor Strange, Black Panther… La historia transcurre en multitud de emplazamientos, recorriendo toda la galaxia conocida para (re)introducir a los héroes, conducirlos los unos hacia los otros y formar varios grupos con ellos. A pesar de que esto causa la inevitable fragmentación y el amontonamiento que suele lastrar este tipo de reuniones superheroicas, los Russo consiguen que todo encaje, conservando los estilos individuales y las voces de los personajes, lo cual ayuda a unificar un todo disperso y muy bullicioso. Además, gran parte de la acción transcurre en el espacio o alejada de núcleos urbanos, dando a la película una dimensión cósmica aglutinadora y ya de paso evitando volver a caer en el hastiado recurso de la destrucción de una ciudad.

Por supuesto, tantos personajes y tramas entrelazadas provocan los consabidos problemas: unos héroes quedan irremediablemente desplazados por otros (sorprende el poco peso que tienen Capitán América y Viuda Negra, seguramente reservados para la próxima) y el constante ajetreo al viajar de un rincón a otro de la galaxia puede llegar a agotar. Además, algunas escenas de batalla, por muy espectaculares que sean (y lo son, mucho), son tan vertiginosas y abarrotadas que corren el riesgo de saturar al espectador -nada a lo que no estemos habituados, por otro lado.

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Aun así, hay que elogiar de nuevo a los Russo porque, pese a todo esto, logran mantener el interés de principio a fin y que la película no tenga bajones de ritmo. Lo hacen cumpliendo a rajatabla el decálogo de Marvel, combinando acción, humor, épica y emoción de forma infalible. En Infinity War no hay minutos desaprovechados ni pasos en falso. Acierta dosificando bien la comedia (aunque sobra el product placement de los diálogos), sacando partido de las interacciones (y choques) entre personajes para dejarnos chistes verdaderamente inspirados y momentos muy divertidos a pequeña escala que suponen un respiro en contraposición a la magnitud de la película, y siempre teniendo en cuenta los vínculos que los unen y los motivan. De hecho, los héroes tienen el poder de derrotar a Thanos, pero es la lealtad y el amor que se profesan lo que dificulta su tarea de acabar con el villano y salvar el universo. Y ese es quizá el mayor acierto del film. Y del Universo Marvel en general. Que nunca pierde de vista el corazón que lo bombea y la importancia de anclar la acción en los personajes y sus relaciones.

Otro aspecto en el que Infinity War se salda con éxito es en la construcción del villano. Llevábamos mucho tiempo esperando ver a Thanos en acción y lo cierto es que no defrauda. Josh Brolin (a quien se puede identificar claramente tras el CGI) crea un antagonista grandioso y carismático cuyas apariciones en pantalla transmiten la tensa amenaza e imprevisibilidad que caracteriza al gigante púrpura, magnificadas por el impactante realismo de su rostro, fruto de un excelente trabajo de efectos digitales. Aunque no deja de ser el clásico monstruo con ansias de poder y control, el guion asocia su comportamiento a la compleja relación familiar que tiene con Gamora, lo que hace que presente muchas más capas que otros malos de Marvel. No tanto su séquito, la Orden Negra, que con excepción de Ebony Maw, están desdibujados y parecen personajes de World of Warcraft que se han perdido y han ido a parar a los pies del villano.

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Volviendo a Gamora, es necesario destacar la interpretación de Zoe Saldana, que comparte con Brolin el peso de la trama central, dándole un enfoque inesperadamente conmovedor a su personaje. Aunque en general, el trabajo de todo el reparto es sólido, con cada actor y actriz repitiendo aquello que tan buenos resultados les dio en películas anteriores. El descaro de Robert Downey Jr., la inocencia entusiasta de Tom Holland, la nobleza de Chris Evans, la fuerza de Elizabeth Olsen y su conexión con Paul Bettany, la afabilidad cercana de Mark Ruffalo, la fusión de gracia tontorrona y dramatismo imponente de Chris Hemsworth, la chispa impredecible de Dave Bautista… El dominio que tienen sobre sus personajes y lo definidos que estos están confirma una vez más cuál es el gancho real de estas películas, haciendo que los momentos individuales sean mejores que la suma de las partes.

En definitiva, y aun con sus defectos, Infinity War supone otra victoria para la Casa de las Ideas, una experiencia intensa, emotiva, visceral, visualmente desbordante y llena de sorpresas, en la que, por primera vez en el Universo Marvel, tenemos la sensación de que puede ocurrir cualquier cosa (y cuando lo hace, golpea tan fuerte que cuesta recuperarse). Estaremos hablando durante mucho tiempo de su escalofriante final, un cliffhanger que deja la impresión de haber visto solo la primera mitad de algo, pero también dispara hacia las estrellas la expectación y el miedo por saber qué nos deparará la segunda.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: Guardianes de la Galaxia Vol. 2

“¿Starlord? ¿Quién?” Hasta hace no mucho solo los entendidos en cómic sabían quiénes eran los Guardianes de la Galaxia. Todo cambió en 2014, año en el que esta variopinta banda de forajidos e inadaptados espaciales irrumpió en el Universo Cinemático de Marvel para ponerlo todo patas arriba. Guardianes de la Galaxia fue la apuesta más arriesgada de Marvel Studios hasta ese momento, una aventura coral con personajes totalmente desconocidos por el gran público y sin apenas preparación previa, como sí tuvieron Los Vengadores. La jugada no les pudo salir mejor y el film se convirtió en uno de los más taquilleros del estudio, además de uno de los más queridos por el público. Tres años más tarde regresamos al cosmos marveliano para reencontrarnos con Starlord, Gamora, Drax, Rocket y Groot en Guardianes de la Galaxia Vol. 2, con la que James Gunn continúa por todo lo alto la franquicia con más personalidad de Marvel.

Al ritmo de la flamante Awesome Mix Vol. 2, la segunda parte de Guardianes de la Galaxia es otra epopeya intergaláctica al más puro estilo Marvel, con grandes dosis de acción, comedia, y un claro hilo conductor: la familia. El film nos devuelve a los personajes de los que nos enamoramos en la primera película, ya convertidos en un grupo asentado y leal (aunque disfuncional, por supuesto), explorando sus vínculos y hallando en ellos su razón de ser, mientras salvan la galaxia. Otra vez. La trama principal arranca con la aparición del padre de Starlord (Chris Pratt), el planeta viviente llamado Ego (Kurt Russell), que proporciona al héroe las tan ansiadas respuestas sobre su origen y sus poderes. Pero el motivo familiar se extiende hacia todos los personajes: Gamora (Zoe Saldana) y Nébula (Karen Gillan), hermanas que intentan resolver sus diferencias de manera poco ortodoxa, Rocket (Bradley Cooper) y Yondu (Michael Rooker), dos bandidos muy distintos entre sí pero con mucho más en común de lo que creían, Drax (Dave Bautista), que sigue de luto por la pérdida de su mujer e hija mientras conecta con Mantis (la revelación Pom Klementieff), y Groot (Vin Diesel), convertido en el benjamín del clan, un niño que no hace más que enredar y del que los Guardianes cuidan como si fuera el hijo de todos.

El quinteto original se amplía con antiguos conocidos y la llegada de nuevos personajes, aliados y enemigos. Los mencionados Nébula y Yondu (y su banda, otra familia a su manera) reciben una promoción y adquieren mayor protagonismo, mientras que los nuevos fichajes se incorporan de forma orgánica al universo de los Guardianes. Un carismático Kurt Russell encaja a la perfección como el padre de Peter Quill, entablando una simpática dinámica paternofilial con Chris Pratt (verlos recuperar el tiempo perdido jugando a la “pelota” es descacharrante a la vez que entrañable, puro Guardianes de la Galaxia). Elizabeth Debicki encarna a la distinguida Ayesha, villana que en esta ocasión recibe el tratamiento adecuado para que no ocurra lo de siempre: en esta entrega, la malvada se reserva a una trama secundaria, casi anecdótica (los Guardianes se encuentran huyendo permanentemente de su imperio después de una trastada de Cohete), mientras se le da una vuelta de tuerca al esquema habitual de Marvel para desarrollar su conflicto central. Y por último, pero no por ello menos importante, la aparición de Mantis llena aun más de luz la franquicia, gracias a la deliciosa interpretación de Pom Klementieff, que forma una gran pareja con Drax y construye a un personaje adorable y divertido del que se saca mucho partido.

Con tantos personajes y frentes abiertos, Guardianes de la Galaxia Vol. 2 corre el riesgo de irse por la borda, pero James Gunn logra no solo que esto no ocurra, sino que todas las tramas y arcos de personajes confluyan de manera natural y que todos los personajes principales tengan el tiempo en pantalla necesario. Nadie queda infrautilizado o explotado por encima de los demás, ni siquiera Baby Groot, indudable reclamo comercial que se maneja con mesura para conquistarnos sin llegar a saturar (no hay palabras suficientes para describir lo maravillosa que es la versión infantil del personaje). Y no solo eso, sino que de alguna manera, no me preguntéis cómo, Gunn se las arregla para ir a lo suyo y además cumplir con las normas del estudio con abundancia de easter eggs y gloriosos cameos (menos el de Nathan Fillion como Wonder Man, que tristemente tuvo que ser eliminado del montaje final).

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Una de las claves del éxito de Guardianes de la Galaxia, y en concreto de este segundo volumen, es el amor del director y guionista hacia sus personajes, que se traduce en una conexión muy evidente de los actores con el material. Gunn trata a los Guardianes y todos a su alrededor con sumo cariño, conociéndolos y ejerciendo un control sobre ellos que no siempre encontramos en el cine de superhéroes. Vol. 2 funciona tan bien porque son los personajes los que conducen la acción en todo momento (sus relaciones, sus deseos, objetivos, miedos y frustraciones bombean la historia), y también porque es mucho más que fórmula. Sí, es un crowdpleaser hecho según la receta infalible de Marvel, ya elevada a la categoría de ciencia, que repite las pulsaciones de la primera parte y nos da justo lo que esperamos. Pero también es una película de James Gunn, un proyecto muy personal y gamberro a pesar de su enorme envergadura. Y esto se nota en la voz y el estilo de la película, marcadamente distinto del resto de sus compañeras de universo, con una clara tendencia a la exageración cartoon en los planos y la acción, y cierto espíritu de serie B cercano al cine de Sam Raimi. Sin olvidar por supuesto que se sigue apoyando claramente en otras space operas como Star WarsStar Trek y la más modesta Farscape (serie que proporciona uno de los mejores cameos de la película, con el que esta se reafirma en sus influencias).

En el apartado técnico y visual, Guardianes de la Galaxia Vol. 2 no solo supera a su antecesora, sino que además sube considerablemente el listón de los efectos digitales del estudio (Cohete no puede no ser real), siendo junto a Doctor Strange la entrega más visualmente impresionante del Universo Marvel. El film es un continuo orgasmo sensorial. El sentido de la estética de Gunn vuelve a dar como resultado otra obra vibrante de luz y color, esta vez incluso más bella e iconoclasta si cabe, en la que la magnífica labor de maquillaje y las prótesis siguen teniendo una importancia capital. Y por supuesto, hay que destacar las escenas de acción, de los antológicos créditos iniciales al apoteósico clímax, pasando por Gamora disparando una metralleta galáctica gigante (!!!). En cuanto a la banda sonora, uno de los elementos más distintivos de Guardianes, no se puede negar que los nuevos temas clásicos escogidos por Gunn quedan de maravilla con las espectaculares batallas y persecuciones en el espacio (aderezadas muy socarronamente con efectos de sonidos de las maquinitas Arcade), pero puede que haya exceso de momentos musicales, con lo que se peca de repetir demasiado la jugada.

Claro que esto forma parte de la identidad del film, como ya hemos dicho, muy asentada. Ocurre algo parecido con el humor. Como en el Volumen 1, hay demasiados chistes y gags. Muchos son brillantes, otros no tanto. A veces el humor tontorrón da en la diana, a veces en la pared. Es el riesgo de tener tanta libertad para hacer el chorra (se nota que han dejado a Gunn a sus anchas). Eso sí, funcionen o no los chistes, Guardianes nunca pierde su encanto y carisma. Y esto es gracias sobre todo a un guion sólido, en el que la ramificada historia se estructura con eficiencia (insisto, muchos personajes e ideas en un todo uniformado), los diálogos dan en el clavo, los personajes nunca se pierden en favor de la acción y los acontecimientos se suceden de forma fluida y con gran sentido del ritmo, culminando en un tercer acto de órdago (quizá el mejor de Marvel hasta la fecha) y un final precioso. Y de generosa propina, hasta cinco escenas post-créditos (el secreto de Gunn: no tiene miedo a pasarse de la raya) que nos deparan unas cuantas sorpresas e indican por dónde podrían ir los tiros en el Vol. 3

Lejos de mostrar síntomas de agotamiento en el UCM, Guardianes de la Galaxia Vol. 2 supone un triunfo absoluto en todos los aspectos. Gunn nos regala otra odisea espacial ochentera con personajes inolvidables e imágenes alucinantes, rebosante de diversión (en serio, ¡¡Baby Groot!!), romance (Gamora ♥ Starlord), épica y emoción (como en la primera, su conmovedor clímax provocará más de una lágrima), con cameos para aplaudir (el de cierta estrella de los 80 se lleva la palma), respuestas satisfactorias que expanden su mitología, y por encima de todo, mucho, mucho corazón. En definitiva, otro clásico instantáneo de Marvel.

Pedro J. Gacía

Nota: ★★★★½

Crítica: Serena

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Para su nueva película, la oscarizada directora danesa Susanne Bier, se traslada a las montañas de Carolina del Norte a finales de la década de 1920 para contar la historia de amor de una pareja de recién casados en un pequeño pueblo de leñadores y cazadores de la América profunda. Serena es un drama de época ambientado en el umbral de la Gran Depresión norteamericana de comienzos de siglo, en el que el matrimonio formado por George y Serena Pemberton (Bradley Cooper y Jennifer Lawrence) tratan de levantar un imperio maderero contra viento y marea. Empresa dificultada por un secreto del pasado de George que amenaza con destruir su negocio y su matrimonio.

Por todos es conocida la accidentada historia comercial de Serena. La película fue rodada a comienzos de 2012, antes incluso de que Cooper y Lawrence volvieran a aparecer juntos en el cine con La gran estafa americana (American Hustle) y desde entonces ha permanecido en eterna post-producción (es decir, cogiendo polvo), esperando a que una distribuidora se interesase por ella. Esto no Poster_Serena_Spain_2ha hecho sino aumentar la desconfianza en el drama de Bier, que ha visto cómo pasaba de posible candidata a los Oscar a condenada al ostracismo de la taquilla. Su paso tardío por festivales y su estreno casi a escondidas en Europa tampoco era muy alentador. Y tras verla podemos confirmar lo que sospechábamos: Serena es un drama tremendamente fallido y anodino, sin ningún tipo de aliciente o interés más allá de su estupendo diseño de producción y su fotografía.

Bier trata de demostrar una vez más su versatilidad como directora, pero esta vez el tiro le sale por la culata con un melodrama de personajes en el que lo que más falla son precisamente ellos. La directora ha dicho entre dientes que Cooper y Lawrence fueron perdiendo interés en el proyecto a medida que se hacían más famosos y aclamados durante el rodaje (gracias a El lado bueno de las cosas). Y si bien es cierto que sus interpretaciones son muy irregulares (sobre todo la de Lawrence, desmedida y desorientada), sería injusto achacarles a ellos toda la culpa del fracaso artístico de Serena. Bier es incapaz de dotar de interés a un guión narcolépsico y caprichoso, y en un claro ejemplo de mala dirección de actores, no logra (quizá ni intenta) exprimir a sus intérpretes en busca de la fuerza dramática que los personajes requieren. Así, Serena se adentra en el terreno de la tragedia de forma abrupta, en un (supuestamente) intenso tramo final en el que confirmamos que ni la directora ni los perdidos actores han alcanzado a conocer o entender a sus personajes.

Valoración: ★★

Crítica: Guardianes de la Galaxia

Guardians of the Galaxy Star Wars

No es un secreto que Marvel llevaba ya mucho tiempo apuntando hacia las estrellas. Con las dos partes de Thor, el Universo Cinematográfico de Marvel se trasladaba a los reinos de la mitología nórdica, y con Los Vengadores echábamos un vistazo interdimensional a los confines del espacio con la amenaza Chitauri y Thanos (aunque en ambos casos pasábamos más tiempo en la Tierra). Pero este año, la Casa de las Ideas se expande oficialmente hacia el cosmos, y lo hace con una aventura absoluta y extraordinariamente marciana, una entrega del UCM que, más que una de superhéroes, es una auténtica epopeya espacialGuardianes de la Galaxia (Guardians of the Galaxy. Con la película dirigida muy eficazmente por el cachondo James Gunn (Slither, Super), las posibilidades de esta macro-historia que comenzó en 2008 (y que no tiene final a la vista) se amplían de manera exponencial. Si una película con un mapache parlante y un extraterrestre-planta, basada además en un cómic desconocido por el gran público, se ha convertido en otro mastodóntico éxito de Marvel (hasta ahí llega la fidelidad de la audiencia), a partir de ahora todo es posible.

Aunque el cómic en el que se basa se remonta a finales de los 60, no cabe duda de que Guardianes de la Galaxia hunde sus raíces en la saga Star Wars, referente indiscutible tanto en lo que se refiere a su argumento como en su vibrante apartado visual. Pero también es fácil detectar en ella elementos de series sci-fi como Farscape o Firefly. De la primera sobre todo esa variopinta y colorida fauna extraterrestre, de las dos el hecho de que los protagonistas sean un ecléctico grupo de forajidos espaciales con pasados oscuros que unen sus fuerzas con un objetivo común. Pero si se trata de encontrar influencias, la más evidente no es otra que Los Vengadores, el éxito que proporcionó el patrón a seguir por el estudio, y que se repite una vez más con Guardianes. No falta nada: historia en tres actos, épica batalla final (con nave gigante desplomándose sobre la ciudad), énfasis en la coralidad del reparto y dosis elevadas de comedia. De hecho, Guardianes es la primera película de Marvel Studios que se puede catalogar abiertamente como “comedia de acción”.

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La primera parte del filme -tras el nostálgico y melodramático prólogo que nos transporta a los 80 de E.T.– resulta un tanto problemática y atropellada. La culpa la tiene un elevado número de personajes y localizaciones, entre los que la historia va saltando sin (aparente) orden ni concierto, solo cumpliendo la función de aportar los datos necesarios para cimentar la trama. Hay que decir que Gunn lo tenía más difícil que Joss Whedon. Las historias individuales de los Vengadores ya eran conocidas por todos. Las de los Guardianes no. Por eso, Gunn -y antes que él Nicole Perlman, que escribió el primer boceto del guión- tenía la complicada tarea de presentar a un puñado de personajes desde cero, desarrollarlos, enfrentarlos y finalmente convertirlos en un equipo cohesionado, sin la ventaja de contar con medio trabajo ya hecho. Teniendo esto en cuenta, y a pesar de la fragmentación que lastra el primer acto, Gunn ha salido más que airoso. Algo que sin duda se confirma al ver a los cinco héroes juntos en acción durante la segunda mitad del metraje, cuando el filme por fin coge el ritmo y no lo suelta.

Guardianes grupo

Una vez establecido el quién es quién de la galaxia y definido el macguffin de la historia (otra Gema del Infinito que no debe caer en las manos equivocadas), el relato empieza a tomar forma, y los Guardianes se apoderan de él. Lo más destacable de Guardianes de la Galaxia es que, a pesar de contar con un claro protagonista, el encantador sinvergüenza Peter Quill, no se descuida nunca al resto de personajes. Es más, en un momento u otro todos se las arreglan para eclipsar al achuchable Chris Pratt, que sí, es un Star-Lord ideal (porque básicamente es Andy Dwyer en el espacio, y eso nunca podría ser malo), pero no puede evitar que en ocasiones la superproducción le venga un poco grande. Nada que no se solvente con un buen plantel de personajes con el que complementarse:

Gamora -perfecta Zoe Saldana-, letal y robótica extraterrestre de piel verde (una Elphaba alienígena, vaya) que nos proporciona algunos de los instantes más emocionantes y entrañables de la película cuando se entrega a sus impulsos humanos (ella, Peter y Footloose); Drax, un gigante “destructor” que se ríe, literalmente (como todo lo que hace), en la cara del peligro -el luchador Dave Bautista es la verdadera revelación interpretativa de la película, con una precisión cómica sorprendentemente; Groot, adorable criatura árbol que se comunica exclusiva y muy elocuentemente usando únicamente la frase “Yo soy Groot”; y Rocket -doblado excelentemente por Bradley Cooper-, un mapache alterado genéticamente, cascarrabias y aficionado a gastar bromas pesadas, que, lejos de ser reducido a alivio cómico (que no haría falta además), está plenamente definido y tiene tanta o más entidad que sus colegas no realizados íntegramente por ordenador.

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En el apartado de villanos, Guardianes de la Galaxia no sale tan bien parada, a pesar de la divertida presencia de Michael Rooker como Yondu (que técnicamente no es un villano, solo un paleto amoral). El verdadero malo de la función es Ronan el AcusadorLee Pace le ha cogido el gusto al transformismo-, con Nebula en destacado segundo plano –Karen Gillan sobreactuada en un proyecto en el que no debería chirriar estar sobreactuado. Pero la película cuenta con más enemigos, tantos que es inevitable que estos parezcan desdibujados o desaprovechados, algo que también ocurre con la organización Nova Corps (Glenn Close, John C. Reilly). Esto, más que un problema interno, es un efecto de la acusada serialidad que caracteriza a las películas de Marvel. Estas funcionan cada vez más como una serie de televisión, y es habitual que no se nos presente a personajes “completos” y que se incluyan únicamente pequeñas píldoras de una historia que se desarrollará en posteriores capítulos. De ahí que Thanos aparezca apenas un minuto, o El Coleccionista (Benicio del Toro) protagonice una escena de transición y desaparezca sin más. Y de la misma manera, con Kevin Feige y Marvel actuando como showrunners del UCM, salta a la vista que el director, por mucha voz que haya tenido, ha debido ajustarse a una fórmula testada. Y esto es lo que más chirría de la película, que transcurre sobre seguro, repitiendo lo que ya les ha funcionado anteriormente y dejando poco espacio narrativo para la sorpresa. Aún con todo, Guardianes de la Galaxia es todo lo cerrada, uniforme e independiente que puede ser, sobre todo gracias a su fuerte personalidad y el increíblemente detallado universo que nos presenta.

Gamora y Star-Lord

Guardianes de la Galaxia es un continuo estallido lumínico y multicromático, una fantasía irresistible tanto para los fans de los cómics como para los espectadores más casuales. Conjuga con acierto el fan service propio del estudio (Howard el Pato, Cosmo, el cameo oculto de Nathan Fillion y otros tantos easter eggs) con la pleitesía al gran público, para dar como resultado una película de Marvel que es exactamente como las anteriores, y a la vez es totalmente distinta. Rebosante de descaro gamberro, carisma y socarronería, aderezada con temazos míticos de los 70 y 80 interpretados por Jackson 5, David Bowie, The Runaways…, y un altísimo contenido en one-liners y chistes bobos (algunos graciosos, otros simplemente graciosetes), Guardianes de la Galaxia se presenta como una obra exultantemente viva, musical, y sobre todo iconoclasta.

Para enmarcar planos como el de Peter y Gamora con el walkman y la galaxia como paisaje de fondo, Rocket acribillando a los malos con una metralleta a lomos de Groot, el paseo bailongo de Peter durante los créditos iniciales (y cada vez que alardea de “magia pélvica”), o una de las escenas finales, en la que la película se adentra en terreno sentimental y nos remite a una secuencia clave de Toy Story 3, con resultados igualmente efectivos (Marvel, más Disney que nunca, me vuelve a hacer derramar lágrimas de emoción). Además de todo esto, con el elogio de lo analógico y lo vintage que lleva a cabo (que no os extrañe que el cassette se ponga de moda),  Guardianes de la Galaxia nos devuelve en cierto modo a la infancia y nos recuerda lo que es ver una película de Spielberg por primera vez -no en vano, la primera secuencia en el espacio es un claro homenaje a Indiana Jones y el arca perdida. No estoy seguro de si las nuevas generaciones adoptarán Guardianes de la Galaxia como su Star Wars  (tal y como se ha empeñado la prensa en que ocurra), pero si así fuera, no seré yo quien se oponga.

Valoración: ★★★★½

Crítica: La gran estafa americana (American Hustle)

Christian Bale;Amy Adams

Todo empieza con el mismo sueño: Convertirse en otra persona, y vivir otra vida. Esta es la idea que articula la nueva película de David O. Russell, La gran estafa americana (American Hustle), una explosiva extravagancia setentera poblada por personajes que fingen, timan y mienten para sobrevivir. La secuencia con la que Russell abre American Hustle es de una elocuencia imposible: Irving Rosenfeld (el personaje de Christian Bale) llevando a cabo el ritual diario para ocultar su calvicie bajo una aparatosa cortinilla. Nos lo dice claro en todo momento, y no podemos llevarle la contraria: Todos mentimos, en mayor o menor medida, para conseguir nuestros propósitos. Y todos soñamos en algún momento con la vida de otro. Nos define tanto lo que vendemos como lo que nos guardamos. Al fin y al cabo, Irving Rosenfeld se avergüenza de su calva, pero muestra su barrigón sin complejos y, como todos, no es capaz de dejar el pasado en el pasado.

La gran estafa americana American Hustle cartel español

David O. Russell lleva la trayectoria contraria a Paul Thomas Anderson, uno de sus contemporáneos con el que más se le compara. PTA empezó en el cine jugando a ser Scorsese y ha acabado hallando una senda artística muy personal. Russell ha pasado paulatinamente de hacer un tipo muy concreto de comedia indie con humor marciano (eufemismo de “gracioso para él y dos amigos suyos”), a hacer Casino, película con la que La gran estafa americana guarda más de una similitud. Con American Hustle, el director de El lado bueno de las cosas se apropia del estilo de Scorsese (más que el propio Scorsese de hecho) para realizar una obra aguda y ambiciosa (aunque no tan ambiciosa como las del amigo Martin) que busca por todos los medios convertirse en el próximo gran clásico norteamericano. Y quizás no lo haya conseguido (aunque en Hollywood se empeñen en dorarle la píldora a su director), pero el esfuerzo no ha sido precisamente en balde. American Hustle es sobre todo un triunfo de estilo y dirección de actores -sin duda las dos mayores virtudes como realizador de Russell-, una cinta irresistible y luminosa en la que se respira cine con mayúsculas.

La gran estafa americana se alarga en exceso, pero no deja de encandilar, ya sea por su magnífico apartado estético, por su prodigiosa producción musical -temazos brillantemente insertados en las secuencias, algún singalong a lo Magnolia y un fabuloso “Do the Hustle” entre otros grandes momentos-, o por los inspirados recitales interpretativos de casi todos sus actores. Tan reseñables son los vertiginosos escotes de Amy Adams (más que diseño, ingeniería de vestuario), el tupé de Jeremy Renner o los moños gaudianos de JLaw, como la perfecta ejecución que realizan de unos personajes ambiguos, tristes, oscuros y sociópatas. A destacar por encima de los correctos Bale y Adams unos fierísimos Bradley Cooper y Jennifer Lawrence en papeles más secundarios pero mucho más lucidos que sus protagonistas de El lado bueno de las cosas –este año sí se lo merecen todo, ella por darnos las escenas más descacharrantes, impredecibles y descarnadas de la película, él por llevar el bigudí como nadie. Con su historia sobre el éxito y la supervivencia en tiempos de discoAmerican Hustle engatusa y seduce, como los enlacados timadores que la protagonizan. Y aunque por momentos uno se pueda cansar del confuso juego de embustes y enredos que se traen, el incontestable magnetismo de sus actores nos acaba atrapando una y otra vez. Como el propio David O. Russell, sin duda el mayor embaucador de la película.

Valoración: ★★★★

¡Sorteo! Consigue un combo Blu-ray+DVD+copia digital de R3SACÓN

Este sorteo ya ha finalizado. Atentos a fuertecito no ve la tele para futuros sorteos.

Warner Bros se complace en anunciar el lanzamiento en España de R3SACÓN (The Hangover Part III), ya disponible en Blu-ray y DVD. Con motivo del lanzamiento de la película al mercado doméstico, y para agradeceros vuestra fidelidad, fuertecito no ve la tele y Warner Bros os dan la oportunidad de conseguir gratis un combo Blu-ray+DVD+copia digital de R3SACÓN.

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A continuación tenéis la Aplicación Blog Super Massive Movies, con nuevos contenidos exclusivos:

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Solo tenéis que completar el test SUPERFAN de R3SACÓN en la aplicación Super Massive Movies y publicar vuestros resultados en la sección de comentarios de esta entrada o bien en la página de Facebook de fuertecito no ve la tele.

De esta manera entraréis automáticamente en el sorteo. No os preocupéis si no obtenéis el mejor resultado en el test, cualquier resultado es válido para entrar en el sorteo.

No olvidéis incluir vuestra dirección de correo electrónico (solo si participáis en el blog, en Facebook no hace falta) para ponernos en contacto con el ganador (no os preocupéis, no será visible para el resto).

El sorteo comienza el jueves 17 de octubre de 2013 finalizará el próximo jueves 24 de octubre de 2013 a las 23:59. El ganador será escogido al azar y anunciado a lo largo del viernes 25 en nuestra página de Facebook (aseguraos de que sois seguidores para estar al tanto de todo).

Importantesorteo exclusivo para residentes en territorio español.

¡Mucha suerte!

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¡La manada ha vuelto!

R3SACÓN es la conclusión a la odisea de caos y malas, muy malas decisiones, por las que la manada formada por Phil, Stu y Alan debe finalizar lo que comenzó volviendo al origen. Vegas.

En la tercera entrega de la saga Resacón nos reencontramos una vez más con Bradley Cooper, Ed Helms, Zach Galifianakis, Ken Jeong, John Goodman y Heather Graham.

Crítica: Cruce de caminos (The Place Beyond the Pines)

PLACE BEYOND THE PINES

Con Blue Valentine (2010), Derek Ciafrance desafiaba las convenciones del drama romántico planteando una alternativa real y dolorosa a los formulaicos romances cinematográficos de Hollywood. Su segundo largometraje, Cruce de caminos (The Place Beyond the Pines, 2012), es la confirmación de ese espíritu inquieto y decididamente transgresor del realizador norteamericano. Una cinta arriesgada con la que Ciafrance se reafirma en la intensidad casi imperceptible de su forma de narrar y su compromiso sin cortapisas con la historia que nos quiere contar.

Con Cruce de caminos, Ciafrance no repara en las expectativas del espectador, es más, las hace trizas con un relato que discurre a lo largo de muchos años saltando entre largas elipsis, ignorando lo tradicional, obviando lo insustancial. Se trata de un retrato Cruce de caminos cartel españolmultigeneracional construido en tres actos que acerca la América profunda a la tragedia griega. Cruce de caminos comienza siguiendo, literalmente (a través de un traveling), a Luke, el personaje de Ryan Gosling. Sin embargo, la historia de su vida no es más que el punto de partida. La narración salta violentamente hacia Avery (Bradley Cooper) y en último lugar a su hijo, interpretado por una de las mayores promesas del cine norteamericano actual, Dane DeHaan. Con este tríptico masculino, Ciafrance elabora un interesante tratado sobre la culpa, el tiempo y la herencia emocional que los padres dejan en los hijos.

La fuerza de Cruce de caminos es contenida, velada, pero está siempre muy presente. Ejerce presión sobre nosotros casi sin que nos demos cuenta. Las interpretaciones son discretas, pero ahogadas en la melancolía y el hastío, en un profundo y palpitante dolor que solo un gran director de actores, un titiritero, puede imprimir en sus marionetas. Puede que cueste un poco entregarse al ritmo desapasionado de Ciafrance, o que sus atrevidos giros argumentales desorienten al hacer saltar la historia de un género a otro (drama familiar, thriller criminal). Pero al final, todo en los 140 minutos de metraje de la película encaja, y pasa factura. Se nos obliga a reajustar la mirada varias veces para abarcar el alcance completo de la historia. Se nos habla de legado, de heridas abiertas, y familias rotas, y por eso es necesario conducirnos hacia delante en el tiempo, aunque nos maree un poco. Para poder asistir a los momentos clave en las vidas de dos hombres atormentados por sus decisiones, sus errores, y dos hijos definidos por la carga de un pasado que nunca vivieron.

Crítica: R3sacón (The Hangover Part III)

Corría el lejano año 2009 cuando Todd Phillips, conocido por obras imprescindibles como Road Trip: Viaje de pirados o Starsky y Hutch, arrasaba la taquilla mundial con su nueva comedia, Resacón en Las Vegas (The Hangover), llevándose incluso un Globo de Oro a Mejor Comedia e iniciando una corriente de comedias Rated R manufacturadas para competir con los blockbusters estivales. La película seguía las extrañas peripecias de un trío de hombres afectados de síndrome de “crecimiento detenido” -algo parecido al de Peter Pan, pero con muchas más dosis de desviación sexual y retraso mental- después de despertarse con la mayor resaca de sus vidas, y sin acordarse de nada de lo que había acontencido la noche anterior. A partir de ahí, los tres debían reconstruir los acontecimientos a base de encuentros, reencuentros y desencuentros en la ciudad del neón.

La fórmula tuvo tantísimo éxito que en lugar de entonar el prudente “es la última vez en mi vida que bebo”, tanto público como estudio se quedaron con ganas de más. Así se engendró Resacón 2 ¡Ahora en Tailandia! (The Hangover Part II), que era exactamente la misma película– mismo guion, mismos conflictos, mismos chistes-, con la única variación del lugar donde transcurría la acción. Como bien explica el subtítulo español: Tailandia. Ver Resacón 2 era como cuando un niño pequeño hace una monería, los adultos le ríen la gracia y a continuación la repite exactamente igual. Por esto se hacía necesario dar un cierre algo más digno a una serie que había comenzado con tan buen pie.

R3sacón (The Hangover Part III), supuestamente la última parte de una trilogía cerrada, evita a toda costa reproducir paso a paso el esquema narrativo de las dos entregas anteriores. Tanto es así que no hay resacón propiamente dicho, sino que los personajes se enfrentan a las represalias de sus dos desventuras anteriores igual de imbéciles, pero completamente sobrios de principio a fin. La franquicia cómica da paso así a una cinta que se apoya mucho más en la acción desmadrada -tiroteos, persecuciones en coche, saltos al vacío-, perdiendo así el espíritu con el que se presentó.

La secuencia inicial, sin duda la más comentada y celebrada junto al epílogo -no os marchéis del cine en cuanto aparezcan los créditos- tira la casa por la ventana. O más bien la jirafa por la autopista. Como declaración de intenciones, esta escena que parece un fuck you a PETA funciona perfectamente, como gag no tanto. Y ese es el presagio de lo que va a ocurrir en las próximas dos horas. Como tantas y tantas secuelas nos han enseñado a lo largo de nuestra vida, más no es mejor. R3sacón es más políticamente incorrecta, más cerda, más explícita, más loca. Y paradójicamente, es la más emotiva y humana. Algo que a estas alturas ya no encaja. Hasta ahora habíamos detectado pocos atributos redentores en este grupo de personajes, sin embargo, en esta entrega se estrechan los lazos, la manada refuerza sus vínculos y el trío de amigotes se transforma en hermandad.

R3sacón busca marcharse con el beneplácito de un público que ya está hastiado después de tan solo dos entregas, y lo hace elevando el protagonismo de los dos personajes revelación de Resacón en Las Vegas, los de Zach Galifianakis y Ken Jeong. Estos robaescenas llevan todo el peso cómico de la cinta, reduciendo a Bradley Cooper y Ed Helms a meras presencias de figuración -y mejor así porque el primero es el personaje más antipático de la saga y el segundo no consigue deshacerse de sus irritantes mohínes. Sin embargo, ni ellos, ni el aburrido villano de turno (John Goodman), ni siquiera la participación de una omnipresente Melissa McCarthy salvan a la película de hundirse en la indiferencia.

Crítica: El lado bueno de las cosas (Silver Linings Playbook)

La comedia romántica es un género de convenciones y convicciones muy férreas. De vez en cuando aparece algún director con la intención de desmontarlas, o como mínimo hacerles un lavado de cara, aunque al final acabe jugando según las reglas de siempre. Esto es precisamente lo que ha hecho David O. Russell en su película más reciente, El lado bueno de las cosas (Silver Linings Playbook, 2012). Lo quiera o no -lo queramos o no-, Russell pertenece a una corriente de cineastas comedidamente inconformistas y decididamente extravagantes en la que podríamos incluir (con sus debidas anotaciones) a Wes Anderson o Paul Thomas Anderson. Realizadores que desde un prisma muy personal cuentan historias sobre seres humanos rotos -es decir, seres humanos normales- y la constante lucha que estos mantienen con la vida.

El lado bueno de las cosas da cuenta de la evolución de Russell hacia un cine más accesible, a pesar de no sacrificar en ningún momento el marcianismo que lo caracteriza, y siempre interponiendo una distancia (a veces excesiva) entre el relato y el espectador. El lado bueno de las cosas deja muy atrás el existencialismo impostado de Extrañas coincidencias (I Heart Huckabees, 2004) y se entrega de nuevo al naturalismo (también impostado) de su anterior filme, The Fighter (2010), con resultados más satisfactorios. El lado bueno de las cosas no cuenta demasiado, solo una historia de amor. Eso sí, una preciosa, aunque Russell no se entregue al lado romántico de las cosas hasta el tramo final -atención: si es posible, evitad el tráiler de la película antes de verla.

Bradley Cooper (al que los seriéfilos siempre recordaremos como el Will Tippin de Alias) es Pat, un hombre diagnosticado con trastorno bipolar que sale del hospital psiquiátrico en el que fue ingresado hace ocho meses, después de un episodio violento provocado por una infidelidad de su mujer. El lado bueno de las cosas es la encarnizada lucha personal de una persona contra sí misma. A base de mantras y con la ayuda de su familia, Pat trata de recomponer su vida tal y como era, con el objetivo de recuperar a su mujer. Le trastoca los planes la irrupción en su vida de Tiffany (Jennifer Lawrence), una mujer también psicológicamente dañada (viuda y de dudosa reputación), que no obstante será la que le mostrará un camino alternativo para dar con esos “silver linings” que busca tan desesperadamente. Tiffany y Pat mantienen una química explosiva e impredecible que se transforma en una relación tan atípica como conmovedora. De confraternizar gracias a su conocimiento acerca de antidepresivos a participar juntos en un concurso de baile, a regañadientes por parte de él. Pat y Tiffany nos recuerdan a Barry y Lena de Embriagado de amor (Punch-Drunk Love, Paul Thomas Anderson, 2002), película con la que El lado bueno de las cosas guarda bastantes similitudes. Dos seres únicos hechos el uno para el otro, que vienen a hablarnos de la delgada línea que separa la locura de la cordura. “Te quiero tanto que te daría un puñetazo en la cara”.

Después de ver El lado bueno de las cosas, a uno se le antoja algo excesivo el número de nominaciones a los Oscar con los que cuenta la película (8 en total). Las candidaturas de Robert De Niro y Jacki Weaver suenan más bien a un “gracias por participar”. Sin embargo, Cooper y Lawrence se ganan a pulso el reconocimiento, así como su estatus de estrellas emergentes en Hollywood. Sobre todo ella, cuya fuerza interpretativa es por sí sola reclamo suficiente para ver la película. Y junto al excepcional trabajo de sus protagonistas, es el singular no-romance de Pat y Tiffany la mayor baza de esta ‘convencionalmente alternativa’ rom-com, una película que será recordada sobre todo por su luminoso y optimista tramo final.