Crítica: Toy Story 4

Entonces, Andy regaló todos sus juguetes a Bonnie, marcando así el final de una era, tanto para él, que se marchaba a la universidad dispuesto a empezar su vida como adulto, como para los espectadores, que habíamos crecido con él. “Adiós, vaquero”. Así se despedía su muñeco favorito, Woody, con quien había compartido los recuerdos más dichosos de su infancia. Había llegado el momento de pasar página y hacer feliz a otro niño. Fin.

O no.

Para todo el mundo, Toy Story 3 era el final definitivo de la exitosa e influyente saga animada de Pixar. La tercera entrega cerraba la historia de manera tan emotiva y transcendental, que los espectadores nos quedamos satisfechos si, como Andy, esa era la última vez que veríamos a Woody, Buzz y compañía. Pero en Disney decidieron que quedaba (al menos) una historia que contar con estos personajes. Por eso, nueve años después de deshidratarnos con la escena del incinerador y el final de Toy Story 3, llega Toy Story 4. No la pedimos, pero está aquí, así que saquemos lo mejor de ella.

Tras el cierre de la trilogía original, quedaba una gran incógnita por resolver: ¿Qué fue de Bo Peep? La pastorcita no estuvo presente en la tercera película, y Woody nos dio a entender que se había extraviado. En Toy Story 4 descubrimos la verdad sobre su paradero. Pero la historia no comienza con ella, sino con Forky, el nuevo juguete de Bonnie, creado por ella misma con un tenedor-cuchara, un alambre, un poco de plastilina y unos ojos de pegatina. Cuando Forky cobra vida, este está convencido de ser basura, y corresponde a Woody y los demás enseñarle que en realidad es un juguete. Y no solo eso, sino que es el más importante para Bonnie en un difícil momento de cambio para ella: el inicio de la escuela. Un viaje en carretera los llevará a una nueva aventura en la que tanto Forky como Woody aprenderán cuál es su lugar en el mundo.

Era un reto muy complicado continuar la saga después de un broche de oro como Toy Story 3 y hacerle justicia, pero Pixar lo ha vuelto a hacer. No había motivos para dudar de ellos. Toy Story 4 es una secuela digna, si bien algo diferente a la trilogía original, incluso más extraña y atrevida. Josh Cooley (¿La primera cita de Riley?) dirige esta nueva odisea de acción en la que Woody cobra casi absoluto protagonismo, llevando las riendas (pun intended) de una historia que nos lleva hasta una feria y una tienda de antigüedades, dos nuevas localizaciones rebosantes de posibilidades para la franquicia. Allí es donde conocemos a los nuevos personajes de la saga, un variopinto plantel de juguetes que incluye a la villana Gabby Gabby (una muñeca antigua con defecto de fábrica a la que pone voz Christina Hendricks) y sus marionetas de ventrílocuo, los peluches de tómbola Bunny y Ducky (Jordan Peele y Keegan-Michael Key), y el desastroso motorista, y para muchos robaescenas, Duke Caboom (Keanu Reeves).

Estos fichajes insuflan nueva vida a la saga, eso sí, a costa de desplazar a un segundo plano a casi todos los juguetes de Bonnie, incluido Buzz Lightyear. Todos ellos desempeñan una función instrumental en la película, pero el guion se centra en Woody, Bo, Forky y los nuevos personajes. La sensación es rara, pero necesaria. Como adelantaba, Toy Story 4 es algo distinto, no es una continuación, sino un epílogo, una aventura en mundo abierto que, utilizando las mismas herramientas, explora nuevo terreno y pone a prueba hasta dónde puede llegar la saga y sus protagonistas. Como las anteriores películas, Toy Story 4 no tiene miedo de abrazar por completo las emociones, incluido el miedo (la película tiene un par de pasajes bastante siniestros), y tomar decisiones sorprendentes, y eso es lo que hace que merezca la pena.

La parte central de Toy Story 4, que se desarrolla como un tour de force de enredos y acción, recuerda demasiado a la tercera parte, y también al esquema del rescate disparatado de Buscando a Dory, con momentos muy divertidos y una Bo Peep modernizada que es de lo mejor de la película. Pero salvando eso, en general tiene un nudo poco memorable. Son el primer y el último acto los que hacen que la cinta se eleve hasta el infinito y más allá. El primero, contra todo pronóstico, por la trama de Forky, un personaje mucho más interesante de lo que anticipábamos, que enfatiza el corazón y el componente existencialista que siempre ha caracterizado a esta historia. El segundo porque nos deja otro clímax de desbordante emotividad y una resolución impactante y muy valiente que se asegura un lugar privilegiado en nuestra memoria.

Pixar se supera técnicamente con cada película, y Toy Story 4, no es excepción. Su factura visual y sonora es asombrosa (impresionantes las texturas y la iluminación, y magnífica una vez más la música de Randy Newman, con nuevas canciones y un uso excelente del score), pero lo mejor sigue siendo el dominio que tiene de la historia que está contando y la madurez que ha alcanzado con ella. Toy Story nos habla de la constante búsqueda de propósito, la lealtad y la necesidad de arriesgar para encontrar nuestro sitio en la vida. ¿Quién nos iba a decir que una saga sobre juguetes nos iba a enseñar tanto sobre nosotros mismos?

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Cars 3

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Desde que cambiara para siempre el cine de animación con Toy Story en 1995, Pixar ha tenido muy pocos baches comerciales (se podría decir que El viaje de Arlo es lo más parecido a un fracaso en taquilla para la compañía, y aun así recaudó 332 millones de dólares en todo el mundo), pero sí podemos distinguir unos cuantos bajones creativos a lo largo de sus 20 años de trayectoria. Casi todos coinciden con la llegada de una secuela de uno de sus grandes éxitos originales, continuaciones que, con la excepción de Toy Story 3, palidecen comparadas con sus predecesoras, y se distancian considerablemente de la originalidad y creatividad de películas como Up, WALL-E o Del revés (títulos todavía si secuela).

La saga Cars es sin lugar a dudas la mayor representante de esta faceta más comodona de Pixar. Aunque para muchos supone romper con la idea romántica que se tiene del estudio, lo cierto es que no podemos culparles de seguir exprimiendo la franquicia de los coches parlantes, ya que es enormemente lucrativa, sobre todo gracias a las ventas de juguetes. Lo que sí podemos reprocharles es haber bajado tanto el listón para su primera secuela. Cars 2 sigue siendo lo más bajo que ha caído Pixar, su peor título con diferencia. Por eso, el anuncio de Cars 3 se encontró con la lógica desconfianza del público adulto (los niños encantados, y estas películas son sobre todo para ellos, así que callaos un poco, y dejadlos disfrutar), y por tanto, la necesidad de hacer algo para que esta vez no se notase tanto que la película es un mero vehículo para seguir vendiendo juguetes. Es decir, esta vez había que encontrar una buena historia que contar, y afortunadamente, lo hicieron.

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Cars 3, dirigida por Brian Fee, supone un regreso al estilo y el espíritu de la primera entrega, y por tanto un distanciamiento del concepto con el que se reinventó la saga en su segunda parte. Olvidaos de las tramas de espías y la acción bondiana a escala internacional. Volvemos a Radiador Springs (aunque sea para dejarla pronto atrás), volvemos a las carreras de siempre, volvemos al pasado para preguntarnos qué nos depara el futuro. Esa es la idea que vertebra la muy nostálgica Cars 3, un viaje divertido, pero también melancólico, en el que Rayo McQueen se enfrenta a su peor enemigo: la obsolescencia. El famoso bólido de carreras sigue triunfando en los mejores circuitos, pero un día se ve sorprendido por una nueva generación de corredores, más jóvenes y mucho más rápidos que él. Cuando un aparatoso accidente en la pista (la escena más impactante del film) lo obliga a retirarse temporalmente, el número 95 trazará un plan para volver a las carreras a tiempo para probar su valía en la Copa Pistón y superar en velocidad a los nuevos coches. Para ello requerirá los servicios de Cruz Ramírez (Cristela Alonzo), una joven mecánica de carreras que se dedica a entrenar a los competidores empleando las técnicas más modernas, después de haber abandonado su sueño de convertirse en corredora.

No era difícil superar a la segunda parte, pero Cars 3 no solo lo hace, sino que consigue que la carrocería de la saga vuelva a brillar como en la película original, una de las cintas más infravaloradas del estudio. Lo mejor de Cars 3 es que podemos encontrar en ella un sentido del propósito, un rumbo fijado, uno que nos lleva de vuelta hasta el principio para cerrar ciclo. Como Toy Story 3Cars 3 nos habla del paso del tiempo, de la necesidad de hacer hueco a las nuevas generaciones mientras celebramos nuestros triunfos, nuestro legado. Esta es la idea que recorre toda la película, un homenaje a la historia original, en el que volvemos a ver a Doc Hudson -y a escuchar a Paul Newman en la versión original (por arte y magia digital)-, mentor y modelo a seguir de Rayo McQueen, así como su inspiración para convertirse en una leyenda como él.

Cars 3 no deja de ser Pixar en horas bajas y con el piloto automático (lo siento, era necesario), pero hay que reconocer que, a pesar del agotamiento, esta vez han puesto empeño y corazón en la historia, que es justo lo que faltaba en la anterior película, y lo que en esta ayuda a amortiguar la secuelitis. Además (y esto es quizá lo más importante), en esta ocasión han relegado a Mate a un papel muy secundario, así que los que no soportan al Jar Jar Binks de Cars (como yo) están de enhorabuena. Los nuevos vehículos que ocupan su lugar aportan frescura a la saga, como el villanesco Jackson Storm (Armie Hammer), la salvaje Miss Fritter (Lea DeLaria) y especialmente Cruz, la nueva estrella y verdadera protagonista de la película, con permiso de McQueen. Ya era hora de que un personaje femenino desempeñara un rol destacado en esta franquicia tan eminentemente masculina.

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Para ser una película infantil, Cars 3 lleva a cabo reflexiones bastante adultas (básicamente trata sobre hacerse viejo), pero no abandona nunca su estupendo sentido del espectáculo, ni su deber para con los más pequeños de la casa. La película se ve beneficiada por el lavado de cara (o sea, un considerable upgrade técnico) que apuesta por el hiperrealismo de los entornos, hace que los personajes luzcan aun más radiantes y le da una apariencia más estilizada y sofisticada. Por la misma razón, las escenas de acción, las carreras (sobre todo la que tiene lugar en el barro), los muy diversos escenarios naturales y el humor físico resultan más contundentes en el apartado visual, el mayor punto fuerte del film.

Contra todo pronóstico, y aun estando por debajo de la media de Pixar, Cars 3 no solo no es una mala continuación, sino que es la entrega más madura de la saga, una película entrañable, acogedora y divertida que compensa el horroroso traspiés de su predecesora y supone un cierre muy apropiado a la historia de Rayo McQueen, una digna última vuelta (no se descarta que sigan estirando la propiedad, claro, pero a nivel narrativo, se ha completado el circuito). En resumen, para ser la secuela que nadie pidió de la saga peor considerada de Pixar, Cars 3 llega victoriosa a la meta.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Zootrópolis

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No cabe duda de que Buscando a Dory será un gran taquillazo y una secuela de calidad (o eso esperamos), pero Pixar lo va a tener difícil este año para superar a su compañera de oficina, Disney. La compañía de Mickey Mouse, precisamente bajo la supervisión del propio John Lasseter, parece haber encontrado por fin su mojo, y después de los éxitos de FrozenBig Hero 6, nos trae la que será sin duda una de las mejores cintas animadas de 2016, Zootrópolis (Zootopia), un estallido de energía, color e imaginación lleno de grandes personajes con el que Disney eleva considerablemente el listón del cine de animación por ordenador.

La premisa y argumento de Zootrópolis no son necesariamente originales: Judy Hopps (Ginnifer Goodwin) es una chica de campo que tiene un sueño, ser policía en la gran ciudad. Con tesón y mucho trabajo, Judy se convierte en la primera coneja del cuerpo de policía de Zootrópolis, una imponente urbe donde los mamíferos (depredadores y “presas”, carnívoros y herbívoros) han evolucionado y viven en (caótica y estresante) armonía, organizados en cuatro barrios según su hábitat (Sahara Square o Tundratown, por ejemplo). Sin embargo, Judy se encuentra con mil y un obstáculos para demostrar que es algo más que una “conejita tonta” y que puede ser una gran agente a pesar de su tamaño. Con ese objetivo en mente, se autoadjudica un misterioso caso que su distrito no es capaz de resolver: una serie de desapariciones en Zootrópolis que parecen esconder una conspiración relacionada con los depredadores de la ciudad. Para llevar a cabo su misión, Judy se alía con Nick Wilde (Jason Bateman), un zorro granuja que se gana la vida cometiendo fraudes en la calle, y que también se enfrenta a sus propios obstáculos en la vida: en Zootrópolis, nadie se fía de un zorro, por el mero hecho de serlo.

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Como decía, la idea es más bien convencional, una historia clásica de superación con buenas dosis de espíritu motivacional y la lección disneyana por excelencia: “con esfuerzo, cualquier sueño se puede hacer realidad”, o su variación “puedes ser cualquier cosa que te propongas”. Pero lo que hace de Zootrópolis una película extraordinaria a pesar de su carácter formulaico es su inagotable ingenio, que toma forma en un guion inteligente repleto de hallazgos y ocurrencias gracias al que no deja de sorprender ni un solo minutoZootrópolis es una aventura de ritmo endiablado (no decae en ningún momento), un misterio absorbente, y ante todo, una comedia excelente. Su mayor acierto es haber traducido las idiosincrasias particulares a cada especie animal al lenguaje moderno de la gran ciudad, respetando detalles como las escalas de tamaño (aquí los animales son atropomorfos, pero los ratones son minúsculos y viven en su propia mini-ciudad, y las jirafas saludan desde dos pisos de altura) o usando (pero nunca abusando de) las nuevas tecnologías, con gran presencia de los móviles (bien empleados más allá de la típica gracieta, dándole un aire más cercano y contemporáneo a la historia). Esta yuxtaposición (versión para todos los públicos de lo que está haciendo BoJack Horseman en televisión) ayuda a darle la vuelta a los tópicos y genera una fuente inagotable de gags físicos y chistes geniales, de los que sin duda destaca el encuentro con los perezosos, que aquí, evidentemente, son funcionarios de Tráfico. Sencillamente una de las mejores secuencias cómicas que vamos a ver este año.

Con Zootrópolis, las carcajadas están aseguradas durante todo el metraje (y no solo gracias a los perezosos, ojo, que aparecen solo en un par de escenas). Pero la película es mucho más que eso. Zootrópolis es una historia con muchas capas, una película familiar que se experimenta a varios niveles, y que los niños y los adultos pueden disfrutar por motivos distintos, como suele ocurrir con los títulos de Pixar. No llega a ser tan compleja como Inside Out, pero sí se encarga de apelar al adulto en todo momento, con escenas que podrían ser consideradas muy atrevidas para los estándares de Disney (por ejemplo, la del balneario nudista regentado por un yak “fumado”), secuencias de acción más violentas y oscuras de lo habitual (peleas muy viscerales, o “animales”, heridas visibles, incluso algún susto) y (algo más que) guiños a cosas tan adultas como El PadrinoBreaking Bad, que hacen referencia a temas escabrosos como la mafia o las drogas, y que, evidentemente, solo podrán entender los más mayores (que gozarán de lo lindo, claro). Pero sin duda, el valor más importante de Zootrópolis, tanto para niños como para adultos, es su poderoso mensaje feminista y de denuncia contra los prejuicios raciales y culturales. Esto es lo que hace de la película un producto de nuestro tiempo, una auténtica lección de valores que hace partícipes a los niños de la lucha moderna contra el sexismo y el racismo. Como debe ser.

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Zootrópolis está hecha con un detallismo apabullante y una entrega absoluta en todos los departamentos. A nivel narrativo, puede ser imprevisible, desbordantemente creativa, buenrollista pero mordaz, y cuenta con un guion maduro, con elementos de misterio, crimen, y giros sorprendentes que mantienen la historia siempre viva y en constante movimiento, a pesar de dividirse en actos siguiendo la fórmula establecida. También hay que destacar el trabajo de doblaje (en versión original), con notables interpretaciones por parte de Idris Elba, J.K. Simmons, Bonnie Hunt, Don Lake, Octavia SpencerAlan Tudyk (en la que es su cuarta colaboración consecutiva con Disney) o Jenny Slate. Y por supuesto, hay que elogiar especialmente a Goodwin y Bateman, que aportan a sus personajes una gran naturalidad y emociones reales (no hay más que ver el llanto de Judy en su precioso reencuentro al final), lo que resulta en una gran química entre ellos. Por último, aunque no haga falta decirlo, Zootrópolis es un triunfo técnico absoluto, una película muy física y de una gran fuerza visual. La animación es brutal (¡qué expresividad corporal y facial!), los diseños de personajes -homenaje en clave moderna a Robin Hood– son una delicia (un sueño para el fandom furry), las texturas se pueden sentir en la yema de los dedos, la acción es vertiginosa y los muy diversos ambientes y escenarios que conforman la metrópolis dejan sin aliento.

Claro que, como ya hemos señalado, este film también supone un salto considerable en la trayectoria moderna de Disney al llevar un paso más allá su mensaje, convirtiendo una fábula modélica de crecimiento personal protagonizada por una chica que se eleva por encima de sus circunstancias y sus opresores en un manifiesto en contra de los prejuicios sociales y la estereotipación, un proyecto de futuro que propone un mundo (una utopía) donde nadie sea juzgado o dado por sentado debido a su especie (raza/condición/sexo). Zootrópolis no es solo un regalo para la vista, una bonita historia de amistad y una irresistible aventura cómica, también es una valiosa obra de ficción que, de convertirse en clásico, contribuirá a dar forma a las próximas generaciones de adultos de la mejor manera posible.

Valoración: ★★★★½