Crítica: Déjame salir (Get Out)

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No cabe duda de que vivimos buenos tiempos para el terror. El cine de miedo es oficialmente el más rentable en la taquilla y en los últimos años está demostrando que además goza de muy buena salud creativa, ya sea con producciones más grandes (el universo compartido de Expediente Warren o el remake de It, la película de terror más taquillera de la historia) o con películas más modestas y experimentales que están ampliando sus fronteras y dando mayor cabida a la hibridación con otros géneros.

La productora Blumhouse está a la cabeza de esta interesante ola de terror moderno, encadenando taquillazos como si no les costara nada (porque de hecho les cuesta muy poco), con un margen de fracaso mínimo, ya que manejan presupuestos muy bajos y por lo general no trabajan con grandes estrellas. El estudio responsable de sagas como InsidiousParanormal ActivityThe Purge y hogar del renacimiento de M. Night Shyalaman (La visita, Múltiple) lleva unos cuantos años apostando por las ideas originales y la visión de autor. Y en ese contexto es donde se enmarca una de las mejores películas que han hecho, si no la mejor, Déjame salir (Get Out).

La mente detrás de Déjame salir es la del cómico Jordan Peele, que se ha convertido con la que es su primera película en el primer guionista y director afroamericano en superar los 100 millones de taquilla en Estados Unidos, pasando a ser uno de los mayores talentos en alza de un Hollywood muy necesitado de voces que renueven los géneros desde perspectivas diferentes (de género, etnia u orientación sexual). Con esta fábula perversa y oscura que ha calado hondo en la audiencia norteamericana, Peele ha querido hacer una afiladísima crítica social en torno al racismo contando una historia inquietante y sorprendente que bien podría ser un capítulo de una versión moderna de La dimensión desconocida.

Déjame salir parte de una situación muy familiar: el temido momento en el que tenemos que conocer a los padres de nuestra pareja. Chris (Daniel Kaluuya) se dispone a pasar un fin de semana en el campo con su novia, Rose (Allison Williams), y sus suegros (Catherine Keener y Bradley Whitford). El comportamiento de los padres de Rose desata las alarmas de Chris, que cree que su excesiva complacencia es reflejo de la tensión creada por el hecho de que su hija esté en una relación interracial (Rose es blanca, Chris negro). Pronto, sus sospechas se verán confirmadas cuando empiece a hacer descubrimientos cada vez más extraños en la propiedad, que le llevarán a destapar un espeluznante secreto.

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Aunque no faltan los sustos, Déjame salir es sobre todo un thriller y una comedia (muy) negra (de hecho, competirá en los Globos de Oro como comedia, muy convenientemente). Peele está más interesado en remover conciencias que estómagos, en provocar el escalofrío destapando el racismo históricamente arraigado en la sociedad norteamericana, haciendo más uso de la tensión psicológica que de los habituales trucos para sobresaltar al espectador. Pero el director no solo recurre al suspense más enervante, sino también al humor, creando situaciones deliciosamente perversas y retorcidas y diálogos de una acidez muy satírica que no funcionarían tan bien sin el excelente trabajo del reparto (especialmente de Kaluuya y Williams), y que dan lugar a una película más divertida de lo esperado.

Por último, Déjame salir también nos depara fuertes estallidos de violencia y locos giros argumentales que sumen a la película en la paranoia, sobre todo durante su reveladora recta final -por otra parte algo decepcionante, como suele ocurrir cuando una historia que juega tanto con la mente del espectador acaba descubriendo el pastel y dando más detalles explicativos de los que hacen falta. Aun así, con su ingeniosa opera prima, Peele ha conseguido realizar una película audaz, provocadora y fascinante, un trabajo inteligente y entretenido que además de poner de los nervios, se mete en la cabeza, convirtiendo la realidad más terrorífica en pesadilla cinematográfica.

Nota: ★★★★

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Déjame salir ya está a la venta en España, disponible en varias ediciones: DVD, Blu-ray, 4K Ultra HD y Blu-ray edición especial en caja metálica para coleccionistas.

Las ediciones en DVD y Blu-ray cuentan con los siguientes contenidos adicionales:

• Final alternativo
• Escenas inéditas
• “Revelando el terror en Déjame salir
• Entrevista con Jordan Peele y el reparto
• Comentarios con el director/guionista Jordan Peele

La edición 4K UHD incluye la película en resolución 4K y el Blu-ray estándar con todos sus extras. La edición especial en caja metálica, disponible en todos los puntos de venta hasta fin de existencias, nos ofrece la película en Blu-ray y todos sus extras en un steelbook de elegante diseño.

Por qué ‘Jem and the Holograms’ merece ser película de culto

Jem & The Holograms

La burbuja de la nostalgia está a punto de explotar. De acuerdo, en los últimos años hemos tenido sorpresas como It Follows o The Guest, que han sabido jugar bien la carta del homenaje al pasado, o hemos regresado entusiasmados a los universos de Mad Max Star Wars, que se han saldado con éxitos de crítica y público. Pero esta no es la tónica general. Por el contrario, el público empieza a cansarse de que la industria del cine recurra tanto al pasado (en muchos casos, reciente) para dar forma a su futuro. Y en este sentido, la década de los 80 es protegida con especial recelo por la generación de treintañeros que se niegan a ver cómo sus series y películas favoritas pasan por el quirófano para dar lugar al enésimo reboot en Hollywood.

Jem and the Holograms fue una serie de dibujos animados creada a mediados de los 80 para vender una nueva línea de muñecas de Hasbro. La serie tuvo un gran éxito al principio, pero duró tan solo tres años en antena. Con su combinación de glam rock, moda juvenil, romance y aventuras, Jem se convirtió en un icono para una generación, pero el paso del tiempo hizo que quedara relegada a un pie de página en la historia de la cultura popular. Hasta que hace un par de años, Jon M. Chu (director de clásicos modernos como Step Up 3D, G.I. JoeLa venganza y dos documentales sobre Justin Bieber) anunció que estaba preparando junto a Jason Blum (fundador de la exitosa productora de terror Blumhouse Productions) un remake en acción real de la serie. Entonces los fans de Jem salieron de debajo de las piedras para demostrar su desconfianza ante la película.

Jem and the Holograms era un proyecto muy personal para Chu, uno en el que llevaba trabajando casi diez años. Y había dos maneras de sacarlo adelante: respetar el material original y hacer un homenaje 100% ochentero que solo apelase a los fans nostálgicos o intentar llevar la “leyenda” de Jem al presente y buscar a un público nuevo. Como es lógico, Chu y Blum optaron por lo segundo. Y así, la nueva Jem y los Hologramas se planteaba como una reinvención, una especie de origin story al estilo de las películas de superhéroes (según el propio Chu), confeccionada para atraer a las nuevas generaciones. Cuando se empezó a desvelar el aspecto de sus protagonistas y surgieron datos de la historia, se pensó que, a pesar de claros guiños en la estética, la nueva Jem and the Holograms poco tenía que ver con la Jem de los 80 (prácticamente lo único que parecía conservarse de la original eran los nombres y un par de detalles, como los pendientes de estrella), lo que hizo que los fans de Jem montaran en cólera. Indignación, pataleta, insultos al director, amenazas de muerte por mail…

Y entonces llegó la película. Y nadie la vio. Casi literalmente. El estreno de Jem and the Holograms en Estados Unidos se convirtió en el menos taquillero de una película distribuida por un gran estudio en más de 2.000 salas. En su primer fin de semana apenas superó un millón de dólares de recaudación, y fue retirada de la cartelera a la siguiente, con un desastroso total recaudado de dos millones. Esto no iba a suponer la ruina para Universal o Blumhouse, ya que costó tan solo cinco millones de dólares (ni Universal se gastó mucho en la campaña de marketing, ni Blumhouse iba a notar el fracaso en su cartera después de tantos exitazos de bajo presupuesto), pero aun así, el batacazo fue épico.

Jem y los Hologramas cartel¿Se merecía Jem and the Holograms esta suerte? Si preguntáis a cualquier fan de la serie original os dirá que sí, aunque no haya visto la película. Si me preguntáis a mí, que recuerdo con cariño los dibujos pero no considero un sacrilegio que se haya hecho un remake ni que se haya cambiado la original (me sorprende tanto esta vena protectora tan apasionada… ni que Jem fuera Blade Runner), os diré que no. Jem and the Holograms es una película muy tonta, pero también muy inofensiva en el mejor de los sentidos y sobre todo, simpática y bienintencionada. Además, si lo pensamos bien, Chu ha hecho lo posible por conservar el espíritu original de la serie, a pesar de las (necesarias) modificaciones que ha experimentado (hacer un calco habría sido más arriesgado e innecesario aun). Definitivamente, Jem no es el desastre fílmico que tanto crítica como público (en total, cuatro gatos) dicen. Es más, me atrevería a decir que, si no fuera por el mal de ojo que le ha caído, podría haberse convertido en una película querida por niños y adolescentes. Eso es lo que seguramente pretendía Chu, pero el experimento no le salió como esperaba. El público adulto le dio la espalda y el joven no se interesó ni lo más mínimo.

Sin embargo, Jem and the Holograms tiene madera de película de culto (no, no he fumado nada). Quizá el haberse convertido en el mayor fracaso de la historia cree con el tiempo una leyenda a su alrededor como ha ocurrido con otros films malogrados. O puede que directamente sea olvidada por completo y sea como si nunca hubiera existido. Pase lo que pase, os animo a descubrirla y juzgar por vosotros mismos. Abstenerse cínicos y puristas de los 80. Esto no es para vosotros. Los demás, no seáis rancios y dejaos llevar, si se le da una oportunidad y se mira con otros ojos, Jem and the Holograms tiene muchas virtudes que la convierten en un clásico semi-trash en potencia (y va con un poco de ironía, pero sobre todo totalmente en serio):

El acabado de la película

Como adelantaba antes, Jem and the Holograms costó cinco millones de dólares, un presupuesto ridículo que, sin embargo, Blumhouse suele convertir en ganancias desorbitadas en taquilla con sus títulos de terror (Paranormal ActivityInsidious). Teniendo en cuenta lo barata que fue, nos llama la atención el acabado tan pulido que tiene. Chu no es precisamente el colmo de la consistencia como director, pero aquí ha logrado una estética muy uniforme y atractiva, mezclando imágenes de grabaciones caseras con escenas de auténtica sensibilidad teen y ágiles actuaciones sobre el escenario que llenan la película de luz de neón (rosa y violeta) y nos dejan imágenes mucho más bonitas (y más 80s) de lo que cabía esperar. Es decir, Jem no es un trabajo visualmente cutre o de aspecto inacabado, y eso es todo un logro. Mención aparte merece el robot Synergy, que a pesar de su simpleza, también destaca por ser una creación CGI muy bien ejecutada.

Jem

Las canciones

Olvidaos de escuchar cualquier tema ochentero en la película. El glam rock de las Jem y los Hologramas originales da paso al sonido del pop prefabricado del presente. Las Holograms se visten según la moda de los 80 (saneada para los 2010s), pero las nuevas canciones recogen las tendencias actuales de la música popular. Selección musical con gente como Serebro o Hailee Steinfeld, y temas originales compuestos para la ocasión, que recuerdan inconfundiblemente a Taylor Swift, Icona Pop, Sia o Kesha. Si sois de los que apreciáis la ciencia de un buen temazo pop de radiofórmula, la banda sonora de Jem and the Holograms os satisfará enormemente. Las canciones son pegadizas, están bien producidas, y Aubrey Peeples (Jerrica/Jem), conocida por su participación en Nashville, y sus chicas las cantan muy bien. En general, el sonido es homogéneo y temas como la pegajosa pieza central “Youngblood” o el emocionante número final “I’m Still Here” son grandes hits que nunca llegarán a serlo.

La historia

Las cosas claras desde el principio. Jem and the Holograms es una película muy ligera, con un argumento y un desarrollo bastante risibles. A los personajes les falta sangre (Peeples es adorable, pero tanto ella como sus Hologramas son completamente unidimensionales), la premisa es absurda y el guion tiene más agujeros que un gruyer (Jem se convierte en estrella de la noche a la mañana con un solo vídeo de YouTube, todo lo que tiene que ver con la discográfica y su gestión de Jem es ridículo…)  ¿Por qué destaco entonces la historia como una de sus virtudes? Porque aquí es donde Chu ha realizado el mayor homenaje a los 80, construyendo un argumento directamente sacado de una cinta de aventuras de esa década. De hecho, Jem tiene más en común con Los Goonies (la escena del puerto de Santa Mónica es análoga a la prueba final de Andy en el órgano) que con la propia serie original o con Hannah Montana (con la que ha sido comparada comprensiblemente). Búsqueda del tesoro en pandilla, amor adolescente, ¡y un robot mascota! A pesar de hablarnos de la generación YouTube y darle mucha importancia a Internet y los dispositivos móviles (que las chicas no sueltan ni un segundo), en esencia, resulta que Jem and the Holograms  es una película completamente ochentera después de todo.

Juliette Lewis

Juliette Lewis

La “princesa” de los 80, Molly Ringwald, tiene un papel secundario, como la tía de Jem y sus “hermanas”, pero su presencia no va más allá del guiño cómplice a los 80, ya que su personaje no tiene realmente un arco argumental. Ella aporta el punto de partida del conflicto -necesita dinero para no perder su casa, en la que se han criado las niñas (mira, como en Los Goonies)- y se retira hasta el final, cediendo el foco a Juliette Lewis, que da vida a la mala de la película, Erica Raymond, presidenta de la discográfica de Jem. Lewis no tiene miedo a hacer el ridículo e interpreta al personaje como a una villana over-the-top de cine infantil, lo que da lugar a momentos muy divertidos en los que uno no sabe si la actriz está haciéndolo tan mal sin querer o a propósito. Sea como fuere, Lewis está muy graciosa como caricatura y es todo un aliciente para ver y disfrutar la película. Ella y su “minion” Zipper (Nathan Moore). Jem no destaca por su sentido del humor (ni para bien ni para mal, su comedia es inofensiva y nunca llega a provocar vergüenza ajena), pero Zipper es un crack. Zipper merecía más escenas.

La escena de los créditos finales

Y así llegamos al final. ¿Os acordáis de la adaptación al cine de Super Mario Bros que se hizo en los 90? ¿Recordáis su escena post-créditos? Pues en Jem and the Holograms hay algo parecido. (Spoiler a partir de aquí). Después de ser destituida de su papel como CEO por su propio hijo (el galán romántico para Jem y eye-candy para todos Ryan Guzman), Erica acude sedienta de venganza a la guarida de ¡las Misfits! y les pide que vuelvan para acabar con Jem y su banda. Chu decidió guardarse ese as en la manga para el final, y dejó a la banda rival de Jem fuera del argumento para darles protagonismo en una supuesta secuela. Así, de entre las sombras vemos aparecer a los miembros del grupo: Hanna Mae Lee (Pitch Perfect) como Roxy, Katie Findlay (The Carrie Diaries) como Stormer, y, atención, la cantante Kesha como la líder de la banda, Pizazz. Es una secuencia breve, pero es enorme, y nos hace soñar con la gran secuela que nunca veremos.

Jem & The Holograms

Actualmente, Jem y los Hologramas es prácticamente invisible. Su repercusión ha sido inexistente, y la poca que ha tenido ha sido para ponerla a caldo. Es comprensible que su argumento, que Chu ha extraído evidentemente de su experiencia con Justin Bieber, eche para atrás a más de uno. Pero si logramos pasar por alto todo el tema de la romantización de la fama (instantánea) como vía para la autorrealización y la obsesión por la imagen proyectada en las redes sociales (temas que se manejan muy a la ligera y quedan desaprovechados, pero al menos no llegan a resultar nocivos), nos queda un mensaje muy bonito de aceptación y celebración de la diferencia… ¡y la peluca! (el film está recorrido por muchos vídeos de fans reales hablando de cómo Jem les ha proporcionado una voz para decir al mundo que están orgullosos de cómo son y de lo que les gusta). Chu tenía una tarea muy complicada a la hora de trasladar el universo de Jem a la acción real y al presente, y teniendo esto en cuenta, ha salido más bien airoso, reinventando a Jem en una aventura autoconsciente y referencial que contagia con estupendas canciones, brochazos de purpurina y maquillaje rosa, luces de neón y buenas intenciones. Me da igual que se rían de mí o dejen de tomarme en serio, soy fan de la nueva Jem and the Holograms y para mí ya es una película de culto.

Crítica: La visita

La visita

Érase una vez hace muchos años un director de cine hechizó al público con una historia sobre un niño que veía gente muerta. Se llamaba M. Night Shyamalan, y no tardó en convertirse en uno de los nombres propios más importantes del cine de Hollywood. Shyamalan siguió haciendo películas, pero el público respondía cada vez más desfavorablemente a sus propuestas, sintiéndose frecuentemente engañado y traicionado por él. El agotamiento de su fórmula y dos incursiones estrepitosas en el blockbuster de aventuras y ciencia ficción se saldaron con lo que parecía un billete de ida al ostracismo cinematográfico. El cuento de Shyamalan lo conocemos todos. Muchos dieron por finalizada su carrera después del batacazo de After Earth, pero el realizador de Filadelfia se ha negado a aceptar la derrota, escribiendo este año un nuevo capítulo en su historia. Y lo hace precisamente con uno (otro) de sus cuentos familiares, La visita (The Visit), una suerte de Hansel y Gretel retorcida que supone su sensacional regreso a la forma.

Para volver a encontrarse a sí mismo y llevar a cabo este comeback, Shyamalan ha tenido que sacrificar parte de su identidad artística (obviemos que ya se anuló a sí mismo con sus dos anteriores trabajos) y amoldarse a la nueva corriente comercial de terror norteamericano. La visita es una cinta de bajo presupuesto (seguramente no había otra opción para él) y reparto semi-desconocido con la que Shyamalan se aproxima al hastiado género del found-footage, asociándose con Blumhouse, la productora detrás de éxitos como Insidious o Paranormal Activity. Sin embargo, lejos de ser fagocitado por el formato, Shyamalan ha encontrado en él un vehículo idóneo para orquestar su retorno. Y es que La visita puede parecer a simple vista otra película más en la línea de los títulos mencionados (con sus sobresaltos, crujidos en la noche y visitas al sótano), pero no hay más que fijarse un poco para comprobar que en realidad lleva el sello personal de Shyamalan estampado en sus planos.

Al director de El bosque no solo le gusta contar historias, sino que también le gusta contar cómo cuenta esas historias. Con La visita, Shyamalan da rienda suelta a su predilección por la meta-narración, convirtiendo la película en un documental filmado cámara en mano por dos niños, una cineasta en ciernes, Becca (Olivia DeJonge), y su hermano pequeño, Tyler (Ed Oxenbould). De esta manera, Shyamalan esquiva atolladeros del tipo “¿por qué no dejan de grabar?” o “¿por qué encuadran tan bien mientras huyen de la muerte?”. Es una forma ingeniosa y práctica de darle la vuelta al “metraje encontrado” para poder dirigir y planificar a su antojo (con dos cámaras además), sin tener que marear al espectador por obligación. Becca quiere hacer una película, y Shyamalan se pone en su piel para ayudarle a sacarla adelante, pase lo que pase. Esta comunión entre personaje y director, en la que la protagonista se convierte en el demiurgo que explica su creación, da como resultado un trabajo muy interesante en el apartado visual que nos habla constantemente de cómo el cine da forma a la realidad utilizando las herramientas de la ficción. Y esa es una de las ideas que Shyamalan emplea para caracterizar y transformar a sus pequeños protagonistas, personajes con enjundia y trayectoria, interpretados por dos jóvenes actores fantásticos (Oxenbould ya apuntó maneras en Alexander y el día terrible…), que se distancian considerablemente de los arquetipos del found-footage.

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Sobre el argumento de La visita es mejor no profundizar demasiado. La premisa es simple pero muy solvente: Becca y Tyler viajan a Pensilvania para conocer a sus abuelos, que viven en una remota granja sin saber nada de su hija desde que un fatídico día se marchó de casa. Los hermanos se disponen a pasar una semana con ellos, pero durante la estancia empiezan a observar un comportamiento inquietante en los ancianos, especialmente en Nana, que actúa de forma particularmente extraña al caer la noche… Y bueno, el resto es mejor descubrirlo sobre la marcha, al compás de los hermanos. Porque La visita será mejor cuanto menos se sepa de ella. Y ya no únicamente por su giro final (importante y necesario en cualquier relato de suspense, no solo en el cine del autor en cuestión), sino por las retorcidas y espeluznantes sorpresas que nos esperan en el camino.

La visita es un cuento de miedo, pero también es una comedia negra. Se podría decir que ambas cosas por igual. Afortunadamente, Shyamalan tiene muy claro que la clave de los dos géneros reside en la sorpresa, y se ha empleado a fondo para tratar de desconcertar en todo momento tanto con los sustos (muy buenos y sin abusar) como con el humor, intentando no subordinar una cosa a otra. En ocasiones, el film recuerda al terror de Sam Raimi, cachondo, exagerado, sin temor a volverse un poco (o bastante) loco. Pero a diferencia del director de Arrástrame al infierno, Shyamalan evita adentrarse del todo en la senda de la parodia empleando abundantes dosis de mal rollo y terror psicológicoLa visita puede llegar a ser una experiencia muy enervante y aterradora gracias al excelente trabajo de cámara de Shyamalan (el mejor ejemplo es la secuencia del escondite), pero sobre todo por la espectral figura de Nana, interpretada por una espectacular Deanna Dunagan (sin desmerecer a Pop Pop, magnífico y turbador Peter McRobbie). La “adorable” abuelita de la casa de dulces promete acecharnos en nuestros subconscientes de ahora en adelante (yo ya he sufrido mi primera noche después de conocerla) tras protagonizar algunas de las escenas más escalofriantes del cine reciente.

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Aunque La visita supone el regreso de Shyamalan al terror, no es exactamente una vuelta a los orígenes. Lo que nos encontramos aquí es a un realizador de Hollywood acostumbrado a trabajar con presupuestos elevados y grandes estrellas convertido en un “director de género” realizando una pequeña (que no modesta) y extraña película de festival de cine fantástico. Esta transformación nos deja una obra inspirada y creativa, un film oscuro, divertido y sorprendentemente macabro con el que Shyamalan se reafirma en su cine, utilizando muchos de sus instrumentos habituales para edificar en un terreno diferente: el fuera de campo, el cuidado minimalismo visual, el manejo de las expectativas y el misterio, su detallismo en la puesta en escena y el guion (en ocasiones excesivo, como en la recta final, donde el afán por atar cabos y conectar guiños y bromas juega en su contra), y la repetición de algunos de sus temas recurrentes, como el aislamiento, la familia rota o la importancia de la figura del niño como agente del cambio en el adulto. Si La visita funciona tan bien es porque está contada a través de los ojos de dos niños (que por suerte no resultan insoportables), y saca partido de una idea muy potente, llevándola a un contexto de fábula enloquecida: lo que ocurre en el mundo de los adultos al anochecer, mientras los más pequeños están en la cama, y lo que estos podrían encontrarse si decidieran abrir la puerta de su habitación.

Valoración: ★★★★