Crítica: The Imitation Game

THE IMITATION GAME

The Imitation Game (Descifrando Enigma) es la historia de Alan Turing (Benedict Cumberbatch), el matemático británico conocido por descifrar el código imposible de Enigma, la máquina que los alemanes usaban para enviar mensajes en clave con sus estrategias y avances durante la Segunda Guerra Mundial. El gobierno británico puso a Turing al mando de un grupo de académicos, lingüistas, oficiales de inteligencia y expertos en juegos de ingenio matemático (interpretados por Mathew Goode, Allen Leech, Matthew Beard y Keira Knightley) para desentrañar el funcionamiento de Enigma y poder así adelantarse a los movimientos del enemigo y salvar miles de vidas. A pesar de las fricciones en el grupo (según la película provocadas por el carácter áspero y la inestabilidad mental de Turing) y las constantes interferencias de las autoridades, que desconfiaban de lo que este mad mathematician estaba haciendo, la operación tuvo éxito y la Liga de Hombres (y Mujer) Extraordinarios de Turing logró resolver el misterio, acortando así la guerra considerablemente.

Sin embargo, poco después de esta hazaña, Turing fue arrestado por “indecencia grave” debido a su homosexualidad, lo que le llevó a cumplir una condena que ensombrecería sus logros históricos. Hoy en día, Turing es considerado una de las figuras clave del siglo XX, el genio pionero de la informática actual que para resolver Enigma diseñó la máquina que se convertiría en la precursora del primer ordenador; una inteligencia artificial creada para funcionar lo más fielmente posible como el cerebro humano, y que además poseía alma propia, la del primer amor de Turing. The Imitation Game transcurre en tres tiempos narrativos diferenciados: la operación Enigma (de 1939 a 1942), el sombrío “futuro” de Turing a comienzos de los 50 (donde lo vemos solo y mentalmente deteriorado) y sus años como colegial en una academia para chicos (Alex Lawther brilla con luz propia como el Turing pubescente), donde conoció a Christopher (Jack Bannon), su único amigo hasta el inicio de la guerra. Alan, a menudo víctima de acoso en la academia por ser “diferente”, se enamora de Christopher, la única persona capaz de mirar más allá de su trastorno obsesivo compulsivo y su comportamiento alejado de la norma, y ver a Alan de verdad: “A veces son las personas de las que no imaginas nada las que hacen las cosas que nadie podría imaginar”.

The Imitation Game póster españolTuring es retratado en The Imitation Game como un prodigio con indicios de síndrome de Asperger’s (una de las muchas licencias dramáticas para hacer más comercial el biopic), lo que ha provocado las inevitables (y justificadas) comparaciones con el Sherlock de Cumberbatch. No es de extrañar, el solicitado actor británico lleva a cabo una interpretación que pone énfasis en los tics del personaje, dibujando a Turing como un ser excéntrico a base de mohínes. A Cumberbatch le cuesta un poco hacerse con el personaje, rozando la sobreactuación y la caricatura sobre todo en la primera mitad de la película, para finalmente dominarlo y ofrecernos un muy emotivo desenlace junto a Keira Knightley (que cumple de sobra, precisamente porque ella sí rebaja su habitual histrionismo). En definitiva un trabajo dramático irregular que, a pesar de los laureles, no es ni de lejos el más destacado de un actor por otro lado de talento incontestable.

The Imitation Game es un biopic de manual, y esto salta a la vista en todo momento. Su director, Morten Tyldum, sigue al pie de la letra los dictados del género para acomodar la visión de la Weinstein Company en su empeño anual por tener presencia destacada los premios de la Academia. Estamos ante una de esas películas que hacen ruido en la carrera de los Oscars pero no poseen lo necesario para perdurar en el imaginario colectivo más allá de la ceremonia (¿Recordáis Una mente maravillosa?). El problema en parte es esa visión encorsetada y hollywoodiense del biopic, lo que provoca por ejemplo que la homosexualidad de Turing solo se aborde de soslayo (es cierto que nos da una historia de amor preciosa con la analogía entre Christopher y la máquina de Turing, pero siempre entre líneas) y evite explorar la carnalidad del personaje escudándose en su carácter y en la mentalidad del momento con respecto al tema. Pero este no es el principal problema de The Imitation Game -que al menos no sucumbe al drama almibarado y grandilocuente propio de este tipo de cine-, sino la monotonía que conlleva su naturaleza de película diseñada matemáticamente para los premios. The Imitation Game es un film inteligente y correcto pero demasiado frío y calculado, un trabajo “académico” bien presentado, pero al que le falta compromiso, pasión, y, sobre todo, alma.

Valoración: ★★★

Crítica: La teoría del todo

theory of everything

Basada en el libro de memorias de Jane Hawking, titulado Hacia el infinitoLa teoría del todo (The Theory of Everything) es un recorrido por la vida del célebre astrofísico Stephen Hawking. La historia parte de la década de los 60, cuando Stephen y su entonces futura mujer, Jane Wilde, se conocieron y enamoraron en la Universidad de Cambridge, donde ambos estudiaban (él Cosmología, ella Arte). El brillante futuro de Stephen se tornaba oscuro cuando a los 21 años se le diagnosticaba esclerosis lateral amiotrófica (ELA, el mal de Lou Gehrig), enfermedad degenerativa que le haría perder paulatinamente su control neuromuscular. A pesar de que los médicos le dieron apenas un par de años de vida, Stephen sobrevivió, y gracias al apoyo incondicional de su mujer, continuó desarrollando su tesis en física para Cambridge, el punto de partida de un influyente cuerpo teórico que le llevó a ser proclamado el sucesor de Einstein.

Claro que los logros de Hawking en el campo de la astrofísica son por todos conocidos. Si bien el film nos muestra el proceso de pensamiento de Hawking mientras desarrollaba su teoría unificadora (una hipotética ecuación única que diese respuesta a todas las preguntas fundamentales del universo), La teoría del todo no profundiza excesivamente en ello, sino que hace sobre todo hincapié en la historia de amor del matrimonio, así como en la labor de la gran mujer detrás del gran hombre. Jane permanece junto a Stephen en cada paso de su lucha contra/vida con la enfermedad, La teoría del todo pósterrelegando a segundo plano su propia investigación doctoral (en poesía medieval española) para hacerse cargo de él y formar una familia con tres niños. Lo que sí hace el guión de Anthony McCarten es aunar las sensibilidades científica y artística del matrimonio, hallando la poesía en la ciencia y viceversa, en busca de una propia teoría unificadora que llega, aunque no de manera tan explícita, a la misma conclusión que la reciente Interstellar: la respuesta a la ecuación es el amor. Claro que en esta ocasión no se trata de un amor metafísico, sino de uno más poderoso y real, casi cuantificable, un amor puesto a prueba y abatido por las caprichosas adversidades de la vida y el universo.

La teoría del todo no pasa de puntillas por los episodios sentimentales más farragosos de los Hawking, sino que los explora con franqueza para que entendamos en todo momento a ambos personajes y aceptemos lo que ocurre entre ellos en la etapa final de su relación. Y lo más loable es que lo hace evitando en todo momento el amarillismo, con suma elegancia y respeto. La película de James Marsh halla un equilibrio perfecto, casi matemático, entre lo cerebral y lo emotivo, indagando en la intimidad de la pareja sin caer en ningún momento en las redes del telefilm a las que se exponen los biopics de este tipo. Todos los aspectos del film contribuyen a ese equilibrio, especialmente la preciosa música de Jóhann Jóhansson, que como la película en sí, se las arregla para conmover sin ser nunca manipuladora o sentimentaloide. Pero sin lugar a dudas, lo que hace que La teoría del todo sobresalga por encima de cualquier película biográfica es la prodigiosa interpretación de sus dos protagonistas. Eddie Redmayne nos deja impresionados no solo por su capacidad de mímesis y resistencia, sino por haber logrado que su apabullante transformación física no entierre los matices más sutiles de su trabajo. Y Felicity Jones deslumbra mientras aguanta estoicamente el peso de la historia durante gran parte del metraje, demostrando su poder para desvelar la respuesta a todas las preguntas de la película en la mirada.

Valoración: ★★★★

Crítica: Big Eyes

BIG EYES

Cuando nos enteramos de que Tim Burton se iba a ocupar del biopic de Margaret y Walter Keane, Big Eyes, sonaron campanas de esperanza para los fans del director de Eduardo manostijeras. ¿Será posible que Burton vaya a volver a sus días de Ed Wood? ¿Se ha dado cuenta por fin de que tanta pantalla verde estaba matando su creatividad? ¿Detendrá con esta película su imparable caída en la autoparodia? Poco después, cuando confirmamos que ni Johnny Depp ni Helena Bonham Carter formarían parte del elenco de Big Eyes, clamamos Aleluya al cielo. La cosa pintaba bastante bien, y el proyecto auguraba una vuelta a la forma que tanto el director como sus fieles seguidores necesitaban.

Pues bien, después de ver Big Eyes, podemos decir que Burton no ha recuperado el lustre de antaño (quizás ni esté interesado ni el siglo XXI se lo va a permitir), pero al menos ha realizado su film más centrado en años, un trabajo des-burtonizado y descargado de florituras innecesarias (y de ridículos bailes de celebración anticlimática) que desvía la atención hacia lo importante: el excelente trabajo interpretativo de Amy Adams como la amantísima y achantadísima ama de casa de los 50 Margaret Kane.

Big EyesBig Eyes cuenta la fascinante historia de esta artista obligada a pintar cuadros en la sombra mientras su marido se llevaba la gloria por su trabajo. Así, nos adentramos en la psique de Margaret para descubrir la motivación tras los famosos óleos de niños con los ojos enormes que incitaron el debate en los 60 sobre la validez del arte pop y la (re)producción en cadena de las obras de arte (muy bien aderezado con la cómica presencia de Jason Schwartzman como el galerista Ruben). Burton rasca y encuentra, sin embargo no logra profundizar todo lo que pedía una historia con tanto potencial como esta –queríamos sobresaliente drama de autor y nos conformamos con notable peli de sobremesa. El director establece un claro paralelismo entre la obra de Keane y el matrimonio de Margaret y Walter, ese monstruo despiadado con disfraz de caballero salva-divorciadas-en-peligro que interpreta el ubicuo (eufemismo de pesado) Christoph Waltz. De ambos extrae una suerte de reflexión sobre las apariencias y la falsedad/falsificación que resulta atinada, pero que se diluye en las formas de biopic tradicional que Burton adopta.

Al final, Big Eyes es eso, una oportunidad perdida, un film al que poco se le puede reprochar (la también des-elfmanizada partitura de Danny Elfman, la puesta en escena, el diseño de producción, el estilismo, todo más que adecuado), pero al que nos vemos obligados a cantar las alabanzas con la boca pequeña. Para bien, el sutilmente virtuoso trabajo de Adams, que personifica a la perfección el paradigma de la mujer en la época de transición de los 60 y muestra en sus expresivos y acuosos ojos todo lo que Burton no nos cuenta sobre el personaje. Para mal, el de Waltz, que a pesar de regalarnos la escena del juicio (un acto final que divierte pero nada más), se deja en evidencia con una (otra) interpretación histriónica, clonada de las anteriores, y cargada de mohínes que, al menos, nos sirve para celebrar con mayor entusiasmo la catarsis del triunfo y liberación de Margaret Kane.

Valoración: ★★★½

Crítica: Matar al mensajero

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Basada en hechos reales, Matar al mensajero (Kill the Messenger) cuenta la historia de Gary Webb, periodista estadounidense que obtuvo notoriedad en los 90 por su polémica investigación para el diario San José Mercury News, en la que vinculaba a la CIA con la red de narcotráfico sudamericana que había resultado en la epidemia del crack de los 80. Webb publicó el reportaje “Dark Alliance” -más tarde editado como libro-, donde condensaba las entrevistas que había realizado, poniendo en peligro su vida, a narcotraficantes, cabezas de turco, y otros implicados en esta operación a gran escala. Webb destapaba, gracias a un chivatazo (en la película se encarga de dárselo Paz Vega como estereotipada femme fatale/mujer florero latina), la conspiración de la Agencia Central de Inteligencia, que había estado permitiendo el paso de cocaína a Estados Unidos, destinando los beneficios a financiar la Contra nicaragüense, y contribuyendo así a que sus barrios negros se vieran destruidos por la droga.

MatarMensajero_2FMichael Cuesta, productor y director de Homeland entre otras series, recrea estos acontecimientos en Matar al mensajero aplicando la experiencia que ha acumulado trabajando en la serie de Showtime. Con una realización sobria y precisa, y escapando de demagogias o discursos facilones, Cuesta nos relata los acontecimientos desde la distancia que el tiempo ha permitido, y reivindica la figura y los hallazgos de Webb (la película no es sino un homenaje a su figura), silenciados por la cúpula del poder, eclipsados por otros acontecimientos mundiales y prácticamente enterrados desde entonces. Matar al mensajero es un thriller modélico, quizás demasiado correcto y prudente, que realiza sus proclamas y ataques contra el sistema evitando excesivas polémicas, adentrándose en los grises morales (como en Homeland), pero sin apenas hacer ruido, que es quizás lo que la ocasión requería.

Uno de los aspectos más interesantes de la película es el retrato que ésta lleva a cabo del periodismo de investigación, que tal y como podemos ver en otra serie actual, House of Cards, vive como rehén del gobierno. En Matar al mensajero acompañamos a Webb en su intenso viaje, partiendo de la ingenuidad (y compartiéndola desde nuestra cualidad de ciudadanos de a pie) y el idealismo del trabajador de un pequeño periódico local para darnos de bruces con una realidad muy distinta, una verdad protegida e intocable que nos pondrá en peligro de muerte a nosotros y a nuestra familia. En este sentido, la mayor baza de Matar al mensajero es el impecable trabajo interpretativo su protagonista, un fantástico Jeremy Renner, que se implica hasta la médula con su personaje, convirtiéndose completamente en Webb y adoptando con compromiso la causa del periodista. Sosteniéndose en la desaprovechada Rosemary DeWitt (cuyo enorme talento está siendo desperdiciado en papeles de “mujer de…”), Renner compone a un hombre íntegro y real abatido por la injusticia, y lleva el peso de esta intriga con garra y ademanes de leading man mundano, demostrando una vez más que es uno de los mejores actores del panorama cinematográfico actual.

Valoración: ★★★½

Crítica: Escobar – Paraíso perdido

Josh Hutcherson Escobar

Un pequeño pueblo costero de Colombia, una playa de ensueño, arenas blancas, mar cristalino y olas perfectas, el lugar ideal para alguien como Nick (Josh Hutcherson), surfero canadiense que viaja con su hermano y su cuñada a este paraíso que parece a todas luces aún virgen. Allí, Nick conoce a María (Claudia Traisac), chica autóctona de sonrisa irresistible y encanto natural. Es amor a primera vista para Nick, y para ella también, aunque tarda un poco más en darse cuenta. Ambos inician una bonita relación, lo que lleva a Nick a entrar a formar parte de la familia de María y conocer a su tío, el líder popular Pablo Escobar (Benicio del Toro). Todo marcha bien hasta que Nick descubre los trapicheos de Escobar y se adentra en su red de narcotráfico sin saber hasta qué punto llegan los crímenes de su tío político. El paraíso colombiano en el que Nick se enamora se transforma en un infierno del que parece no poder escapar.

Escobar Paraíso perdido cartelEscobar: Paraíso perdido es la ópera prima del actor italiano Andrea Di Stefano, un trabajo de sorprendente temple narrativo e introspección que escapa hábilmente de las garras del biopic común. Escobar no está concebida como una biografía cinematográfica al uso, sino como un thriller con elementos de romance protagonizado por otra persona, en este caso el muy solvente Josh Hutcherson. El mayor acierto de Escobar es por tanto haber relegado al capo de la mafia colombiana a un segundo plano, en lugar de ponerlo en el diván del psicoanalista para humanizarlo y darle sentido a su salvaje comportamiento (tendencia habitual de este tipo de películas). Así, el personaje interpretado con precisión mimética por Benicio del Toro se convierte en una amenaza en la sombra, el hombre detrás del telón, lo que aumenta la sensación de desasosiego y temor hacia él. Escobar opera a través de sicarios mientras él no se mancha de sangre y se dedica a cultivar su imagen pública como político del pueblo y para el pueblo y hombre de familia, lo que brinda una oportunidad de oro para cultivar el suspense en la película.

Situándonos en todo momento en el punto de vista de Nick, Di Stefano logra transmitir el terror de la incertidumbre y la desesperación tras descubrir por fin quién es en realidad Pablo Escobar Gaviria. Después de una primera mitad de exposición e idilio romántico, Escobar estalla en una serie de escenas en las que El Patrón nunca está de cuerpo presente, pero se siente en cada uno de los planos de la película, como si fuera el mismísimo diablo (a destacar la visita a la mina en la que el protagonista recibe un encargo imposible). A medida que Nick trata de salir de las fauces del lobo, su implicación en el Cartel de Medellín es aún mayor, sin que él pueda hacer nada por evitarlo. Esto resulta en un intenso e impactante tramo final en el que Josh Hutcherson hace un gran trabajo luchando para salir de la pesadilla y nosotros deseamos salir con él.

Valoración: ★★★½

Crítica: Frank

Frank Fassbender Domhall

Texto escrito por David Lastra

First things first, esta no es una simple película de Michael Fassbender. Todo aquel o aquella que se acerque a Frank por ver a su querido por el simple amor a sus infinitos dientes quedará enormemente afectad@ por una simple razón: Fassy aparece oculto durante (casi) todo el film por una cabeza ojiplática y sonriente de gigantescas proporciones, teniéndose que contentar únicamente con la voz (que no es poco) del actor germano-irlandés. Habiendo hecho este aviso para navegantes, déjense llevar por la inigualable locura (no pun intended) del icónico Frank en uno de los films del año.

Si tuviésemos que catalogar Frank rápidamente, podríamos afirmar que es un marciano biopic del cantante / actor / presentador / superhéroe mancuniano Frank Sidebottom, pero nos quedaríamos cortos y no haríamos más que confundir al personal. El director Lenny Abrahamson, en compañía de Jon Ronson al guión (escritor de Los hombres que miraban fijamente a las cabras y teclista de una de las bandas del Frank original), prefiere acercarse al mockumentary más que a las estrategias del biopic musical común para narrar esta historia. Realmente, lo importante en esta película es la disertación sobre la enfermedad mental en la música, Frank es solo la excusa.

Frank Sidebottom es el punto de partida del film. El alter-ego de Chris Sievey, trascendió a  finales de los ochenta tras unas cuantas apariciones humorísticas en la televisión británica, llegando a sacar un par de discos al mercado y protagonizando su propia (y muy recomendable) serie, Frank Sidebottom’s Fantastic Shed Show. El éxito del personaje se basaba en su histrionismo musical basado en la magia del absurdo y, por qué no decirlo, su gigantesca cabeza falsa. Pero como hemos dicho, Frank no es simplemente la recreación de la historia de Frank (que daría para más de un par de largos), sino una sensibilización fílmica sobre la enfermedad mental en el mundo de la música. No obstante, el Frank de la gran pantalla comparte la fragilidad ante el miedo al rechazo y al éxito de Daniel Johnston, la visión de The Shaggs a la hora de crear y se comporta de manera dictatorial con sus músicos, aunque no tan férrea y violenta, como Captain Beefheart. Realmente, una sobreinterpretación sobre el personaje podría hacernos desembocar en la teoría de que Frank no es sino Jesucristo resucitado. No obstante, le vemos obrar más de un acto milagroso durante el metraje.

Frank 2014

Sin ser producto de la mente de un fanboy cualquiera, la interpretación de Fassbender es de un magnetismo sin igual. Es imposible no caer rendido ante su Frank y seguir a pies juntillas sus directrices musicales y hasta cacarear. Es impensable una candidatura al Oscar, pero estaría mucho más merecida que la que consiguió por 12 años de esclavitud. Aunque también en mis sueños, The Sorondprfbs volverían a juntarse para interpretar en directo I Love You All en la ceremonia de los premios de la Academia en 2015 con motivo de su candidatura. Destacan en el reparto, el omnipresente Domhnall Gleeson, en un papel muy diferente al de Una cuestión de tiempo; la turbia Maggie Gyllenhaal, muy cercana a su Raven de Cecil B. Demente; y Carla Azar (miembro de la banda Autolux y batería oficial de Jack White en sus dos discos en solitario).

El glamour de la locura es pasajero y es al mostrar ese aspecto en el que “Frank” funciona mejor y destapa su maestría, sabiendo jugar con la seriedad del tema sin perder de vista el humor en ningún momento, convirtiéndose en una suerte The Devil and Daniel Johnston meets Cecil B. Demente, si es que tuviésemos que formular una de esas grandes frases para poner en la contraportada de un DVD.

Valoración: ★★★★★

Crítica: Jersey Boys

JERSEY BOYS

Aunque no es su faceta más conocida, la carrera cinematográfica de Clint Eastwood siempre ha estado estrechamente ligada a la música. Durante los años más álgidos de su recorrido como actor demostró en varias ocasiones que tenía madera de estrella del country (véase La gran pelea  Aventurero de medianoche), y a finales de los 80 se ganó su gran reputación como director con el biopic Bird. A partir de entonces, Eastwood ha desarrollado varios proyectos con los que ha evidenciado su interés personal en el jazz y el blues, géneros a los que se ha aproximado siempre desde la perspectiva historicista (Thelonious Monk: Straight, No Chaser, un episodio de la serie de documentales The Blues). Por eso no es de extrañar que su primer gran musical para el cine (y su 33ª película como realizador) sea Jersey Boys, la historia verdadera del grupo The Four Seasons, basada en la exitosa obra de Broadway. Y por eso también es inexplicable que un “proyecto de pasión” como este haya dado como resultado una obra tan inconsistente, desafinada y poco apasionante.

A partir del material creado por Marshall Brickman y Rick Elice, Jersey Boys narra el ascenso al estrellato de Frankie Valli, Bob Gaudio, Tommy DeVito y Nick Massi, los cuatro jóvenes de Nueva Jersey que formaron el grupo The Four Seasons y triunfaron en la década de los 60 gracias a temas como “Sherry“, “Big Girls Don’t Cry” o “Walk Like a Man“, hasta que sus diferencias y algún que otro problema con la mafia acabó separándolos. A caballo entre el cine de mafiosos y el musical, Eastwood compone un filme toscamente estereotipado en el que los clichés pertenecientes a ambos géneros se acumulan para dar como resultado una película que parece realizada por un recién llegado (no puede ser que alguien tan curtido como Eastwood abuse tanto y tan mal de la ruptura de la cuarta pared). Por eso, más que un clásico, que es probablemente a lo que aspiraba su director, Jersey Boys cae en terreno TV movie, e incluso en ocasiones da la sensación de estar concebida como una parodia.

Póster_jersey-boysLa culpa de que Jersey Boys sea un traspiés artístico no es solo de su deslucida y arrítmica dirección, sino también del fallido reparto. La película está repleta de personajes desagradables sin cualidades redentoras, interpretados por actores mal dirigidos. Christopher Walken se lo pasa bien (quizás demasiado) haciendo de capo de la mafia, pero ni él ni Eastwood se toman al personaje en serio en ningún momento. Y luego está Mike Doyle, reduciendo al productor Bob Crewe a una vergonzante caricatura afeminada y extravagante que ni las películas de Esteso y Pajares (aquí está el verdadero Crewe). De los jóvenes que dan vida al cuarteto protagonista destaca Vicent Piazza, que a pesar de realizar un trabajo técnicamente notable como Tommy DeVito -o quizás por eso mismo- resulta sencillamente insoportable (hay veces que disfrutamos más admirando al villano de la función, pero esta no es una de esas ocasiones). Erich Bergen y Michael Lomeda equilibran la balanza tanto en la banda como en la película, aportando un agradable toque de humor y calidez que ayuda a sobrellevar el tedio.

Sin embargo, el mayor error de Jersey Boys es haber contado con el protagonista original de la obra de Broadway, John Lloyd Young, para que se pusiera en el papel de Valli también para el cine. El actor, que ganó el Tony por este personaje en 2006, demuestra que tener muchas tablas en el escenario no se traduce necesariamente en una buena interpretación delante de las cámaras de cine. Young es uno de los principales responsables de que Jersey Boys parezca a ratos un sketch de Saturday Night Live. Todo en su caracterización resulta forzado y artificial: sus manierismos, su aspecto, y sobre todo su voz. Para emular el característico falsetto del verdadero Valli, Young parece haberse inspirado más bien en un gato apareándose, lo que hace que nos parezca totalmente implausible cada vez que alguien queda sobrecogido por su voz sus alaridos o lo compara con un ángel (puede que esto sea cosa mía, que no soy un entendido en el tema).

Y los actores no son los únicos que desafinan. Todo en Jersey Boys parece hecho con desgana. Los valores de producción están sorprendentemente descuidados (el pobre uso de la animación por ordenador para completar los decorados y añadir extras, el bigote postizo de Gaudio siempre con el pegamento a la vista) y el pulso narrativo brilla por su ausencia: Eastwood pierde el norte en incontables ocasiones a lo largo del metraje y por completo durante la interminable recta final, cuando se encaja con calzador el conflicto de la hija de Valli. Solo parece haber algo de pasión (elemento indispensable en todo musical que se precie) durante la secuencia de los créditos finales, lo que hace plantearnos si quizás hubiera sido mejor confiar la adaptación a otro director. Uno menos interesado en las tribulaciones de la industria discográfica y en la (francamente poco interesante) biografía de estos personajes, y más en insuflar algo de vida y de espíritu musical a la película.

Valoración: ★★

Crítica: The Invisible Woman

The Invisible Woman

Después de su debut en la dirección con Coriolano (2011), desapercibida adaptación de la obra de William Shakespeare, Ralph Fiennes se vuelve a sentar en la silla del director para filmar otra película relacionada con otro de los grandes autores de la literatura universal, Charles Dickens. Sin embargo, The Invisible Woman no adapta una obra del novelista inglés, sino la biografía homónima escrita por Claire Tomalin en 1990 sobre Ellen Ternan, la mujer que pasó junto a Dickens los últimos años de la vida del escritor, en secreto.

The Invisible Woman podría catalogarse como biopic, aunque su carga poética, y el hecho de que el peso del relato recaiga sobre la otra mujer, la acercan más bien al drama íntimo, y la distancian (afortunadamente) de la corriente actual de biografías sobre grandes personalidades de la historia. Además de dirigir el film, Fiennes se reserva el papel de Dickens, apenas dos años después de haber dado vida a uno de sus personajes, Magwitch, en la enésima adaptación de Grandes esperanzas (Mike Newell, 2012). Con su vívida y carismática interpretación de autor británico, recuperamos al gran actor que conocimos en los 90, el mismo año que lo hemos visto revitalizando su carrera con otra gran actuación en El gran hotel Budapest (Wes Anderson).

The_Invisible_Woman_-_Cartel_final_Sin embargo, en The Invisible Woman, el Fiennes director se impone al Fiennes actor, con un trabajo de enorme sutilidad y buen gusto que evidencian a un notable cineasta. Pero como decíamos, este romance victoriano de erotismo contenido y belleza intemporal no nos cuenta exactamente la historia de Dickens, sino la de la mujer invisible (un acierto no haber traducido el título para su estreno en España) que se enamoró perdidamente de él y con la que vivió una aventura (en el sentido más completo de la palabra) en el cénit de su carrera, y de su vida. En este sentido, la exquisita Felicity Jones supone un gran acierto de casting. La joven actriz contrarresta la gelidez de su aspecto con un encanto inocente, casi infantil, y un aura de inteligencia y tormento con el que caracteriza brillantemente a esta mujer enferma de amor y de soledad, demostrándonos el gran talento que se percibía en papeles anteriores.

A pesar de estar directamente inmerso en la historia como protagonista, Fiennes compartimentaliza hábilmente sus facetas como actor y como director y cuenta la historia en The Invisible Woman desde una distancia prudencial que, si bien puede dar la impresión de frialdad o desapasionamiento, desvela a un director metódico, preciso y meticuloso, un narrador que penetra en la piel del espectador casi sin que este se dé cuentaThe Invisible Woman nos ofrece un irresistible y certero retrato del novelista más importante de la historia en la cumbre de su popularidad, pero nos atrapa con la devastadora historia de la mujer a la sombra, afectándonos en última instancia con la terrorífica idea del duelo en secreto por el gran amor de una vida. Un triunfo en la carrera de Fiennes.

Valoración: ★★★½

Crítica: Grace de Mónaco

Nicole Kidman Grace de Mónaco

El francés Olivier Dahan, realizador de La vida en rosa (Edith Piaf), era a priori un candidato ideal para llevar a la gran pantalla la glamourosa historia de Grace Kelly, la icónica belleza de Hollywood que renunció a su carrera en el cine en los años 50 para convertirse en la Princesa de Mónaco. Sin embargo, la experiencia de Dahan en la biografía de Piaf ha resultado ser insuficiente para levantar Grace de Mónaco, un proyecto condenado desde el principio por la elección de su actriz protagonista, Nicole Kidman (en un cuestionable movimiento publicitario parecido al de su amiga Naomi Watts en Diana), y por la mala reputación que arrastra el género del biopic, sobre todo cuando se centra en figuras de la alta sociedad como la que nos ocupa.

Grace de Mónaco no abarca la biografía completa del personaje, sino que, al igual que la mencionada Diana o la reciente Hitchcock de Sacha Gervasi, acota su cronología de manera que asistimos únicamente a una etapa de su vida -en un sorprendentemente corto metraje de apenas hora y media. En el caso de Grace, se trata de la que transcurre a comienzos de la década de los 60, seis años después de la boda con el príncipe Rainiero III de Mónaco (interpretado en la película por un Tim Roth venido a menos), y abarca hasta la gala benéfica de la Cruz Roja, celebrada en 1962. Poco más de un año en la vida de la princesa, que explora los acontecimientos alrededor del punto de inflexión más importante en su historia, cuando Alfred Hitchcock le ofrece volver a Hollywood para interpretar a su Marnie, la ladrona. Dahan utiliza esta disyuntiva para retratar a un personaje dividido entre dos mundos, una mujer que aún siente la llamada del arte pero está comprendiendo la responsabilidad que conlleva ser la esposa de un mandatario y la imagen de un estado, y establece un acertado paralelismo entre su labor interpretativa en el cine y como consorte del líder monegasco: “Este es el papel de tu vida“.

Grace de Mónaco cartel españolDesde el comienzo de Grace de Mónaco, con un aviso que aclara que estamos ante un relato de ficción basado en hechos reales, y a lo largo de todo el metraje (de la manera más machacona y repetitiva), se insiste en la idea de la vida de Su Alteza Serenísima como la de una princesa de cuento de hadas. Y así se refleja tanto en el etéreo y preciosista acabado del filme como en el excelente diseño de vestuario, peluquería y escenografía. Dahan trabaja para reforzar esta percepción de la historia, pero a la vez trata de acercarnos a la realidad del personaje en un periodo de tumulto, durante el conflicto por el intento de asimilación de Mónaco por parte de Francia. Pero por muchos intentos de dotar a la historia de enjundia y trascendencia, el realizador no consigue traspasar su enlustrada superficie. Y mira que lo intenta. A través de unos intrusivos (casi pornográficos) primerísimos primeros planos al rostro de Kidman, Dahan busca (desesperadamente) reflejar el tormento interior de Grace. El resultado es efectista, un capricho estético más -como esas ocasionales secuencias al más puro estilo hitchcockiano– en una obra que destaca casi exclusivamente por su cuidadísimo envoltorio.

Efectivamente, Grace de Mónaco no es más que una bella y lujosa farsa repleta de malas imitaciones (atención a Paz Vega o a cualquier político o personaje histórico que aparece en la película), pero nos sirve al menos para constatar de nuevo el (cada vez más infravalorado) talento de Nicole Kidman. La mencionada escena en la que Dahan nos pone literalmente en la piel de Grace, mostrándonos muy de cerca los ojos más hermosamente tristes del cine, siempre lacrimosos y agotados de estar abiertos, como también el clímax en la gala de la Cruz Roja (con diferencia la mejor secuencia del filme), nos permiten disfrutar de la Nicole más vulnerable y delicada, una actriz sumamente conmovedora. Es una pena que en ningún momento seamos capaces de ver en su rostro o de oír en su voz a alguien que no sea la propia Kidman, y mucho menos a la Princesa de Mónaco.

Valoración: ★½

 

 

Crítica: Mandela – Del mito al hombre

Mandela Idris Elba Naomie Harris

En su versión original, el biopic de Nelson Mandela dirigido por Justin Chadwick (Las hermanas Bolena) conserva el título de la autobiografía en la que se basa, Mandela: Long Walk to Freedom. En España se ha optado por un título algo menos poético y más descriptivo: Del mito al hombre. No es para nada desacertado, ya que explicita correctamente las aspiraciones de la película. Otra cosa es que esta consiga su propósito, que es acercar al público el ser humano, el hombre, el padre, el hijo detrás del premio Nobel de la Paz. En lugar de eso, Mandela: Del mito al hombre se conforma con reproducir la página de Wikipedia del ex presidente surafricano.

Hay dos formas de hacer un biopic: centrarse en una época concreta de la biografía del protagonista y a partir de ahí trazar un retrato vital de su persona, o hacer un recorrido exhaustivo por su cronología, de principio a fin. En el caso de Mandela, la única manera de acometer la tarea de trasladar su vida a la gran pantalla era usando la segunda opción. Así, Del mito al hombre lleva a cabo la nada desdeñable labor de condensar en 141 minutos las cuatro tumultuosas décadas entre su juventud temprana como abogado y su ascensión al poder. Como trabajo de síntesis merece un sobresaliente, como cine (y a pesar de sus excelentes valores de producción) es insuficiente.

1515001_799470526746549_211807971_nLo más destacable de Mandela: Del mito al hombre quizás sea la franqueza con la que se retrata la primera etapa de su vida política en Sudáfrica. Antes que el Mandela pacifista, el Mandela baliza del pueblo, fue el Mandela cabeza de la organización violenta contra el Apartheid, y responsable primero de múltiples atentados y asesinatos. Como el origen del “mito” es de sobra conocido, William Nicholson (guionista de Gladiator) no se molesta en suavizar este aspecto de su biografía. Sin embargo, la mayor parte del metraje se dedica a los 27 años que Madiba pasó encarcelado en la isla prisión de Robben, donde se convirtió en un símbolo para el pueblo negro de Sudáfrica. Es decir, que quizás habría sido más adecuado titular la película “Del hombre al mito”.

Mandela es una película tremendamente correcta, y creo que estaréis de acuerdo conmigo en que no hay nada más aburrido que un biopic correcto. El film está claramente hecho pensando en todo momento en los Oscars, pero no ha sido posible colársela a los académicos esta vez (Mandela: Long Walk to the Oscars). Sin embargo, no habría sido nada extraño encontrarse entre los nominados de este año a Lol Crawley por su fotografía, y sobre todo a su descomunal protagonista, Idris Elba. El actor de Luther es un intérprete gigante en todos los sentidos. Su trabajo de mímesis y la pasión absoluta con la que interpreta a Mandela hace que nos olvidemos del poco parecido físico con este, o que pasemos por alto el inconsistente maquillaje con el que se envejece o se rejuvenece sin ton ni son a los personajes. Pero Elba no es la única fiera interpretativa de la película. Naomie Harris es toda una sorpresa como la segunda mujer de Nelson Mandela, Winnie Mandela, la mujer del mito, y un mito en sí misma. El acertado enfoque con el que Elba y Harris dan vida a estas figuras públicas eleva de categoría uno de esos films que de no ser por ellos simplemente sería “una película con una bonita fotografía”. Y ya sabéis lo que quiere decir esa frase.

Valoración: ★★½

Crítica: Jobs

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Jobs es el biopic de uno de los visionarios de la era moderna, el fundador de Apple, Steve Jobs. Pero es mucho más que eso, es la película que los anti-Mac utilizarán en años venideros como prueba fehaciente de lo que ellos perciben como el carácter sectario de la compañía y la obsesión desmedida por sus productos. Joshua Michael Stern y Matt Whiteley hacen todo lo contrario que David Fincher hizo hace unos años con Mark Zuckerberg y el nacimiento de Facebook. Es decir, toman la figura de uno de los hombres que más han contribuido a transformar y definir la sociedad actual y la convierten en una historia sin interés, casi amateur, que desaprovecha todas las posibilidades que brinda el personaje.

En su primera mitad, la película explora la juventud de Jobs y los primeros pasos de su compañía en el garaje de sus padres. A medida que el metraje avanza, Jobs se va transformando en una tediosa crónica de la guerra ejecutiva que tiene lugar en los despachos de Apple. Stern y Whiteley se aproximan a la figura de Jobs reparando (muy de soslayo) en el reverso tenebroso de su personalidad, pero sobre todo centrándose en los logros que lo convierten en una figura mesiánica de nuestra sociedad. Así, Jobs es una oda desmesurada al Advenimiento de Steve Jobs (“¿Jesús?” “No, solo Steve”), a la creación de un líder de masas que en el fondo es un artista descalzo y bohemio, un Buda al que llegamos a ver bajo un árbol impartiendo lecciones vitales a sus discípulos. Literalmente.

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Sería injusto achacar todo el fracaso artístico que supone Jobs a su actor protagonista, Ashton Kutcher, puesto que la incompetencia de todos los aspectos de la producción es equiparable a la de su trabajo interpretativo. La elección del poco respetado Kutcher para el papel responde clara y únicamente a una necesidad estética. El actor de Dos hombres y medio se da más que un aire al joven Steve Jobs, lo que facilita la tarea de caracterización. Sin embargo, a nadie sorprenderá que Kutcher no sea capaz de soportar la carga dramática del personaje. El actor no logra en ningún momento mimetizarse de verdad con él. En su lugar, lleva a cabo una mera imitación física que se limita a reproducir la manera de andar y los gestos con las manos de Jobs, y que desaparece por completo con la mínima exigencia dramática del guion. Más que Steve Jobs, Kutcher es Michael Kelso, su personaje de Aquellos maravillosos 70, intentando desesperadamente (y en vano) que se le tome en serio.

Jobs es un anémico trabajo de documentación que ignora casi por completo los aspectos más polémicos de la historia de Steve Jobs y su compañía. Echa balones fuera en cuanto al elevado precio de sus productos y toca de pasada sus problemas familiares, así como su tormentosa amistad con Steve Wozniak (interpretado por el insoportable Josh Gad). En su lugar, Stern y Whiteley trazan un magnánimo y superficial panfleto que recoge la filosofía Apple (“Sé simple y te sorprenderá lo poco complicada que puede ser la vida”), personificada en un Picasso moderno, un genio capaz de hallar “el poder en la belleza”, un orador motivacional que nos enseña una vez más la lección vital disneyana por excelencia: “No te rindas, persigue tu sueño“. Este mensaje aspiracional (muy válido, claro) podría surtir efecto si el vehículo que nos lo hace llegar se hubiera contagiado un poco de la pasión del personaje que retrata.