Rocketman: Bienvenidos al show de Taron Egerton

El biopic musical se ha convertido en uno de los géneros del moda gracias al impresionante éxito de Bohemian Rhapsody en 2018. La película sobre Queen despertó el interés del público (y el de Hollywood) por ver en el cine a las figuras más míticas de la industria musical y esto benefició enormemente a Rocketman, biopic sobre Elton John que llegó a los cines la pasada primavera, rodeado de expectación y justificada fanfarria.

La película, producida por el propio cantante, narra el fascinante viaje de un joven prodigio del piano llamado Reginald Dwight y su transformación en una de las mayores superestrellas internacionales del pop-rock. Taron Egerton (Kingsman) se pone en la piel (y el alma) del icono británico en una película realizada por Dexter Fletcher, que ya dirigió al joven actor en otro biopic, Eddie el Águila, y producida por Matthew Vaughn, con quien trabajó en Kingsman (todo queda en familia).

Rocketman recorre la vida de Elton John a través de sus canciones más conocidas en un espectáculo musical colorido, sexy, deliciosamente kitsch y muy gay que mezcla números teatrales con detalladas recreaciones de algunas de sus actuaciones más memorables. Alejándose del realismo de Bohemian RhapsodyRocketman se zambulle de cabeza en la fantasía (palabra que John eligió para describir la película), con secuencias musicales oníricas y números de Broadway que (aunque no siempre se vuelven todo lo grandes que deberían) reinterpretan el repertorio de Elton John de forma creativa y estrambótica. El resultado es un estallido glam de lentejuelas y purpurina que capta perfectamente el espíritu y la actitud del artista.

Uno de los mayores aciertos de Rocketman es su decisión de no blanquear en exceso la vida de su protagonista. John ha reconocido que la película es una interpretación libre y llena de licencias de su propia biografía, pero esto no quiere decir que se haya dejado fuera algunos de sus pasajes más oscuros, muy importantes en la construcción de su persona, como la complicada relación con sus padres, su mala gestión de la fama o sus problemas de adicción. La película (no recomendada para menores de 16 años) contiene lenguaje explícito y escenas de sexo (homosexual) y consumo de drogas que, si bien no llegan a escandalizar, ayudan a pintar un cuadro más honesto y atrevido de la vida del cantante, no solo de sus momentos más alegres, sino también de los más difíciles.

Rocketman cuenta con un estupendo reparto en el que destacan Bryce Dallas Howard como la odiosa madre de John, un excelente Jamie Bell como su inseparable letrista y amigo Bernie Taupin (su amistad es uno de los aspectos más conseguidos del film) y Richard Madden como su exmanager y expareja John Reid, el villano oficial de la función. Pero sin duda, la película tiene nombre propio, y ese es Taron Egerton, que se entrega por completo al personaje y a la leyenda. Además de cantar de maravilla, el actor evita la imitación burda con una interpretación enérgica, emotiva y muy humana con la que rinde sincero tributo al icono sin caer en la caricatura.

Aunque asume riesgos con los que otros no se atreven, Rocketman es en el fondo un biopic narrativamente tradicional. Uno muy eficaz, eso sí, divertido, emocionante y con buena factura (la puesta en escena y el vestuario sobresalen, por supuesto). Lo que hace que se eleve, que flote por encima de otras películas biográficas es la fuerza de canciones como I Want Love, Your SongCandle in the Wind, el sensacional trabajo de un actor que nació para cantarlas y la figura que homenajea: un chico de pueblo convertido en una de las estrellas más emblemáticas y extravagantes de la historia del pop.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Rocketman ya está a la venta en digital, 4K UHD, Blu-ray, DVD y edición limitada Blu-ray en caja metálica. Este es el contenido adicional de las ediciones que ha sacado Paramount Pictures en nuestro país:

DVD

-Va a ser una aventura salvaje: La visión creativa
-Música reimaginada: Las sesiones de estudio
-Versión Sing-Along: con temas seleccionados

BLU-RAY (incluye los extras del DVD y contenido exclusivo adicional):

-Sencuencias musicales extendidas
-Diez escenas eliminadas y extendidas
-Convirtiéndose en Elton John: La transformación de Taron
-Más extenso que la vida: Diseño de producción y vestuario

La edición 4K UHD + Blu-ray incluye un disco 4K UHD con la película en ultra alta definición y sonido Dolby Atmos en su pista en versión original, y el Blu-ray con todos sus extras.

La edición especial limitada en caja metálica incluye el Blu-ray con todos sus extras en un elegante steelbook para coleccionistas.

Crítica: Bohemian Rhapsody

Is this the real life?
Is this just fantasy?
Caught in a landslide
No escape from reality

Hay mitos demasiado grandes como para atreverse a tocarlos. El de la legendaria banda Queen y su carismático y revolucionario líder, Freddie Mercury, sería un claro ejemplo. Realizar un biopic sobre una figura tan icónica e importante para millones de personas es un acto de valentía que hay que acometer con meticuloso cuidado, porque será escrutado y desmenuzado con más exigencia que la mayoría de proyectos cinematográficos. Queen, sus componentes y su música son sagrados, y un paso en falso podría desatar la ira de las masas adoradoras del grupo británico.

Por eso, cuando el año pasado llegaron a nuestros oídos los rumores de problemas en el set de Bohemian Rhapsody, que culminaron en el despido de su director, Bryan Singer, a pocas semanas de finalizar el rodaje, se dispararon las alarmas. A lo que se sumó la preocupación por que la película obviase la sexualidad y los aspectos más oscuros de la vida de Mercury, y unas primeras críticas no demasiado alentadoras. ¿Estaremos ante un caso de biopic estrellado? ¿Habrán empañado su legado? Después de ver el film, puedo decir con convencimiento y alivio que la respuesta a ambas preguntas es “no”. Bohemian Rhapsody es un triunfo del cine biográfico y musical, una cinta que toca todas las notas correctas, y lo hace con pasión, convencimiento y, sí, respeto y devoción por las personas que retrata.

La película abarca desde la formación de la banda a comienzos de los 70 hasta su memorable actuación en Live Aid en 1985, considerado por muchos el mejor concierto rock de la historia. En el complejo y exigente papel de Freddie Mercury nos encontramos a Rami Malek (Mr. Robot), que se enfrenta al mayor reto interpretativo de su carrera y no solo sale airoso, sino que sería injusto que no estuviera nominado a todos los premios posibles. Como no podía ser de otra manera, Singer se centra en el líder de la banda, cuya historia comienza cuando aun era Farrokh Bulsara, un joven británico de origen parsi e indio con grandes sueños, enorme talento y una todavía mayor dentadura, y a lo largo de 134 vibrantes minutos nos muestra su evolución como artista, estrella y persona.

Para ello, Singer recorre la trayectoria de la banda como si de un “greatest hits” se tratara, marcando los puntos de inflexión de su ilustre historia para componer una celebración del espíritu inquieto e innovador de unos artistas en constante evolución, que se negaban a ser domados por la industria discográfica y encasillados en un solo sonido. La película trata de descifrar el secreto del éxito de Queen, y nos da una posible respuesta: Freddie Mercury, Brian May, Roger Taylor y John Deacon eran una familia en la que cada miembro era diferente y mantenía su personalidad individual dentro del grupo. Pero claro, Freddie era el pater familias, el rey, el animal escénico que copaba todas las miradas, la personalidad magnética, excéntrica y profundamente queer que atraía, y sigue atrayendo, a personas de toda clase.

El reparto de Bohemian Rhapsody es inmejorable. Ben Hardy está muy divertido como Roger Taylor, la principal oposición creativa de Mercury dentro de la banda, mientras que Joseph Mazzello (el repipi Timmy de Parque Jurásico) y Gwilym Lee aportan la serenidad y cordura necesaria para mantener su equilibrio interno. Por otro lado destaca una entrañable Lucy Boynton como Mary Austin, primer gran amor y posteriormente amiga hasta el final de Mercury, cuya preciosa relación ocupa el eje sentimental de la película. Pero no os alarméis, Bohemian Rhapsody no oculta la homosexualidad y amaneramiento del cantante, así como tampoco elude su diagnóstico de VIH, tratando todos estos temas de frente, sobre todo durante su recta final.

Como decía, los secundarios son fantásticos, y la química entre los miembros del grupo es uno de los puntos fuertes de la película, pero quien se merece todos los elogios, y más, es Malek. El actor estadounidense de origen egipcio está sencillamente impresionante. Su trabajo interpretativo es soberbio, ya sea en las escenas dramáticas, como en las cómicas, o sobre el escenario, donde se deja la piel y asombra con su completa transformación física y espiritual en Mercury. En resumen, Malek nos regala la interpretación de su vida. Es imposible apartar la mirada de él, y eso es justo lo que hace falta para dar vida a alguien como Mercury y no morir (y matar tu carrera) en el intento.

Si hay que señalar algún aspecto negativo sería el inevitable uso de los lugares comunes del cine biográfico y musical, y su final, en el que Singer se empeña en reproducir buena parte del concierto Live Aid. El mundo nunca se va a cansar de los temazos de Queen, pero poner cinco seguidos en una película resulta excesivo. Dejando esto a un lado, Bohemian Rhapsody es un crowd-pleaser de manual, una película tremendamente emocionante y complaciente, incluso para aquellos que no se consideren fans de la banda (como quien esto escribe). Gracias sobre todo al arrollador trabajo de Malek, pero también a un guion lleno de sentimiento, buenos diálogos, momentos muy divertidossecuencias musicales hábilmente ejecutadas y por supuesto, el infalible repertorio de Queen, Bohemian Rhapsody resulta en una experiencia cinematográfica de lo más pegadiza y electrizante. Larga vida a la Reina.

Pedro J. García

Nota:★★★★

Crítica: Yo, Tonya

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La Tonya Harding del cine se presenta a lo Yo, Claudio, como la emperadora del patinaje artístico y la América de los paletos en todo su esplendor trash. Yo, Tonya, asevera con firmeza, sin miedo, y dispuesta a ser ella misma en todo momento, negándose a claudicar ante las normas del buen comportamiento y la imagen impoluta del deporte para el que nació. La Tonya Harding del cine es Margot Robbie. Que es como cuando en una serie a un personaje le preguntan quién protagonizaría una película sobre su vida, y este responde nombrando a la estrella más guapa y de moda que le viene a la cabeza. Es ridículo, pero es parte de la broma.

Porque Yo, Tonya es un biopic que se toma en serio a sí mismo en la justa medida. La película, dirigida por Craig Gillespie (Lars y una chica de verdad), deja claro desde sus créditos iniciales que se trata de una reconstrucción libre de los hechos, basada en las declaraciones contradictorias y probablemente parciales de sus protagonistas. Este disclaimer asienta el tono de la película, donde reina la sorna y la irreverencia. Y es que Harding no es una figura pública que se preste a un biopic en serio. Para contar su historia hay que tener ganas de provocar y la cara muy dura. Afortunadamente, a Yo, Tonya no le falta nada de eso.

yo-tonya-posterLa película está narrada siguiendo las pautas del falso documental, intercalando escenas que reproducen los eventos con reconstrucciones de los certámenes deportivos, noticiarios y entrevistas a los sujetos de la historia. Desmejorándose en la medida de lo posible, Robbie se transforma en Harding para regalarnos su mejor interpretación hasta la fecha. La actriz australiana (nominada por primera vez al Oscar por este papel) está simplemente sensacional. Visceral, divertida, desgarradora, feroz… Un auténtico espectáculo. Lo suyo justifica que volvamos a utilizar la trillada expresión tour de force, porque es justo lo que hace. Pero no está sola, la acompaña un elenco secundario a la altura, del que destacan la todoterreno Allison Janney, magistral e hilarante (ella y su pájaro nos dejan algunos de los mejores momentos cómicos del año), y un sorprendente Sebastian Stan.

Aunque la película puede llegar a estirarse demasiado en su recta final y caer en la repetición (por no hablar de lo mucho que distraen los pobres efectos digitales con los que se superpone el rostro de Robbie en el cuerpo de su doble), la mayor parte del tiempo resulta divertidísima y fascinante, sobre todo teniendo en cuenta que lo que relata está basado en hechos reales, concretamente en uno de los episodios más extravagantes, vergonzosos y mediáticos del deporte estadounidense. Yo, Tonya es un homenaje semi-hagiográfico y muy gamberro al personaje público, a la villana incomprendida (la película insiste en exculpar a Harding y mostrar que no sabía nada de la brutal agresión a Nancy Kerrigan) en el que Gillespie y Robbie indagan en sus sueños y miserias personales para humanizar con éxito a la patinadora más odiada del deporte.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Wonder Women y el profesor Marston

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Todo el mundo conoce a Wonder Woman. El éxito e impacto cultural de la película de DC dirigida por Patty Jenkins y protagonizada por Gal Gadot es el principio de una nueva era para el cine de superhéroes, pero también la culminación de 75 años de historia y vanguardia. Diana de Temiscira, Diana Prince o La Mujer Maravilla, como queráis llamarla, es uno de los mayores iconos del tebeo y, sin duda, la superheroína más famosa de todos los tiempos, pero pocos conocen su sorprendente origen. Wonder Women y el profesor Marston llega para cubrir esa laguna.

La película, escrita y dirigida por Angela Robinson (The L WordTrue Blood) y protagonizada por un afinado trío de intérpretes, narra la historia del creador de la popular superheroína, el psicólogo de Harvard William Moulton Marston (interpretado por Luke Evans – La Bella y la Bestia), y las mujeres que le inspiraron a crearla, su esposa, Elizabeth (Rebecca Hall – Vicky Cristina Barcelona) y una de sus estudiantes, Olive (Bella Heathcote – The Neon Demon), con las que mantuvo en secreto una relación amorosa a tres y más tarde acabó formando una familia.

Wonder Women parte de la audiencia de Marston ante el tribunal de censura tras las críticas a su creación por su naturaleza abiertamente sexual y los elementos subversivos y escandalosos de sus páginas (principalmente, imágenes de bondage y matices homosexuales), y a partir de ahí nos lleva más atrás en el pasado para mostrarnos los antecedentes que en última instancia darán lugar a la creación del personaje y su revolucionario universo. Sus provocadoras investigaciones acerca de la sumisión y el poder de la mujer, y el desarrollo junto a su esposa del detector de mentiras, antes de perder su patente, contexto académico en el que el matrimonio conocerá a la joven que cambiará su vida.

Desde el comienzo, Robinson deja claro que el objeto principal de su película no es Diana, sino las personas que contribuyeron a que esta existiera y rompiera los moldes de la época. Su film es un estudio de las relaciones humanas centrado en tres sujetos adelantados a su tiempo, tres mentes brillantes que desafiaron las normas de la sociedad para expresar su amor y su sexualidad, para vivir tal y como les pedía el corazón y el cuerpo, a pesar de que el mundo no estaba (y sigue sin estar) preparado para aceptar algo tan controvertido, y para muchos inconcebible, como es el poliamor.

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De sus mentes abiertas y libres de prejuicios, de su visión utópica de un futuro más tolerante y respetuoso con las decisiones sentimentales y sexuales de los demás, de un mundo en el que la mujer tome el control y las riendas de su vida, nacía la figura feminista y liberada de Wonder Woman, revulsivo para el cómic en el que el autor depositaba sus ideales, pasiones y fetichismos, fusionando para ello las personalidades de las dos mujeres de su vida. Ver cómo el icono va tomando forma (de su filosofía radical a su emblemático y minimalista uniforme), antes incluso de que se presente como tal en la mente de Marston, es uno de los mayores atractivos de la cinta.

Pero el acto más transgresor que se lleva a cabo con Wonder Women y el profesor Marston es que su historia reciba el tratamiento tradicional del cine biográfico. Robinson podría haber optado por la vía del excentricismo, lo sórdido o lo experimental, pero en su lugar lleva a cabo una película caracterizada por el clasicismo de Hollywood, libre de ornamentos sensacionalistas. Es en última instancia el mejor homenaje que puede hacer a la historia que cuenta, retratarla con normalidad y desde el mismo prisma que se abordan biopics centrados en personas heterosexuales y monógamas, como Una mente maravillosa La teoría del todo.

Wonder Women y el profesor Marston es una obra imprescindible para cualquiera que esté interesado en la historia del noveno arte, pero también una película sensual, delicada y sincera que empuja a celebrar el amor libre y seguir luchando contra aquellos que pretenden silenciarlo.

Wonder Women y el profesor Marston ya está disponible en DVD a través de Sony Pictures Home Entertainment.

Crítica: Final Portrait (El arte de la amistad)

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París, 1964. El artista suizo Alberto Giacometti queda con el joven escritor y marchante de arte estadounidense James Lord en el emblemático café Les Deux Magots (punto de encuentro para artistas como Picasso, Hemingway o Simone de Beauvoir), donde le propone hacerle un retrato. Lord, fascinado por la personalidad y la obra de Giacometti, acepta halagado, dando lugar a uno de los cuadros más famosos del artista, Retrato de James Lord, así como un año después al libro Un retrato de Giacometti, escrito por Lord a partir de su experiencia posando para el pintor durante 18 interminables sesiones.

Ese es el punto de partida de Final Portrait, drama biográfico dirigido por el actor Stanley Tucci en el que podemos contemplar el intrigante y caótico proceso artístico de un genio creativamente caprichoso y continuamente asaltado por la duda, mientras se forja una bonita amistad entre el artista y el sujeto de su obra que dota de nueva dimensión a la estática y gris imagen del famoso cuadro en cuestión. Tucci hace gala de gran sensibilidad, mesura y delicadeza a la hora de componer el fresco de esa amistad, revistiendo la historia con un sentido del humor muy fino, dosificando el drama con inteligencia, y dejando que sus excelentes protagonistas hagan el resto.

A pesar de ser originario de la costa oeste y haberse criado en ambientes tropicales, Armie Hammer personifica a la perfección la figura del neoyorquino sofisticado y cultivado. Su James Lord es la viva imagen del “amigo americano”, un hombre atractivo, magnético y fuertemente carismático en su sencillez. Es decir, totalmente idóneo como objeto de admiración y musa (temporal) de un artista tan idiosincrásico como Giacometti, que en el actor de Call Me by Your Name encuentra un homólogo de carne y hueso de sus emblemáticos hombres de extremidades interminables.

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Pero es Geoffrey Rush quien realiza el trabajo más inspirado del film, mediante una brillante interpretación llena de vida y rebosante de matices con la que frustra, confunde y conmueve, humanizando así a un artista complicado (los de verdad), cuya vida bohemia y relaciones siempre han sido un enigma. Rush y Hammer forman una pareja artística muy interesante, pero también están secundados por los no menos fantásticos Sylvie Testud como la sufrida pero comprensiva mujer del artista, el infravalorado Tony Shalhoub como su hermano, y una efervescente Clémence Poésy como su amante prostituta. Un estupendo elenco dirigido con pulso firme por un cineasta que se muestra claro y seguro en lo que quiere sacar de la historia y de sus actores.

Salta a la vista que Final Portrait está hecha con cariño. La cinta desprende amor por el trabajo del artista, adentrándose en la atribulada mente de Giacometti desde el respeto y el interés humanista, sin realizar grandes aspavientos melodramáticos o caer en el sentimentalismo prefabricado y manipulador del biopic. Es decir, una película concisa (dura 90 minutos) y discreta en ambición, pero grande en resultados.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Mal genio (Le redoutable)

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Etnólogo, crítico de cine, albañil, cabeza visible de la Nouvelle vague, rebelde pasional (aunque no quiera admitirlo), maoísta confeso, vanguardista experimental, asesino de su propia obra, cineasta digital, aprendiz de 3D…hoy en día la figura de Jean-Luc Godard sigue siendo tan relevante, necesaria  y radical como el primer día. El oscarizado realizador Michel Hazanavicius (The Artist) se acerca a la figura de Godard a través de la mirada de la recientemente fallecida Anne Wiazemsky. Actriz de culto, escritora, nieta de Mauriac, chica Pasolini, amiga de los burros, chinoise vocacional y segunda mujer de Godard. Mal genio (Le redoutable) retrata la relación amorosa entre ambos, centrándose especialmente en los primeros años: el turbulento final de la década de los sesenta. Unos meses de amor y lucha revolucionaria en París.

Lejos de enaltecer la figura del realizador de Al final de la escapada (perdón, JLG), Hazanavicius prefiere mostrarnos al Jean-Luc cotidiano. Al genio frustrado, el que persigue la creación de un arte vivo, el abucheado por sus compañeros de revolución, el que es capaz de enamorar (y caer rendido ante) una jovencísima actriz que protagoniza su marcianada maoísta: La chinoise. Mal genio nos muestra la mala leche del genio: el malestar que le provoca ser rechazado por sus camaradas, el que siente por su naturaleza burguesa, condición intrínseca de todo cineasta (el cine, en sentido generalista, siempre será un arte burgués) y en, menor medida, su incapacidad para mantener una relación. Ese mal genio resiente la inocencia y empeño de Wiazemsky (y la del espectador) al ver que el Godard genial no esconde sino un Jean-Luc lleno de inseguridades y facturas de la óptica. Realmente resulta casi liberador ver que Godard no es un ente perfecto, sino un ser humano bastante torpe, física y emocionalmente.

Pero Mal genio no es un biopic al uso, Hazanavicius no cae en lugares comunes o en el temido olor alcanfor que suele acompañar este tipo de películas, sino que logra una obra tan extremadamente cuidada y vívida que parece metraje encontrado. Este éxito se debe en parte a la increíble paleta de poster_malgeniocolores de Guillaume Schiffman, que parece recién sacada de las películas de Godard de la época, y a la interpretación de la pareja protagonista. Louis Garrel (Soñadores) y Stacy Martin (Nymphomaniac). La transformación de ambos en  Jean-Luc y Anne es espectacular, y no solo gracias a una más que acertada caracterización. Es bonito comprobar una vez más que Louis Garrel no es solo una nariz pegada a un apellido, sino el presente (y el futuro) del cine francés.

El actor de Los amantes habituales compone a un Godard tan frágil como insoportable, rozando el histrionismo, pero quedándose en el arriesgado terreno del hombre blanco frustrado. Stacy Martin vuelve a demostrar lo bien que se le dan los roles difíciles. Su retrato de Wiazemsky está perfectamente medido, captando a la perfección la evolución de su mirada enamorada y el crecimiento de la Anne independiente ante la confrontación que vive entre los distintos egos del Godard artista y el Jean-Luc activista. Martin es capaz de robar todos y cada uno de los planos en los que aparece, creciéndose especialmente en los pequeños detalles, como en su increíble mutis durante el viaje en coche de Cannes a París.

Mal genio es una perita en dulce para todo amante del cine de Godard, de los meses en que París era una fiesta y una revolución y la enésima muestra de que de las relaciones tóxicas solo tienen un final posible.

David Lastra

Nota: ★★★★

Cine inédito en salas (septiembre 2017)

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Por una circunstancia u otra, cada año cientos de películas se quedan sin estreno en salas comerciales. No importa que estén dirigidas por realizadores de renombre o protagonizadas por grandes estrellas, la cartelera es un lugar muy competitivo y no todas consiguen llegar a figurar en la marquesina de tu parada de bus más cercana. Sony Pictures Home Entertainment sigue rescatando estos films que en muchos casos han cosechado buenas críticas a su paso por festivales o en estrenos limitados en su país, para seguir aumentando su interesante catálogo de títulos directos a DVD y Blu-ray.

Hoy toca repasar los estrenos inéditos en salas del mes de septiembre, y todos tienen una cosa en común: el drama. Cuatro cintas que, desde diferentes perspectivas, géneros y periodos históricos, nos hablan de las dificultades y las penurias del ser humano. Un drama histórico dirigido por el incombustible James Franco, la primera película como directora de Katie Holmes, una película de boxeo protagonizada por un Miles Teller recién salido de Whiplash y un thriller psicológico sobre la anorexia escrito por Troian Bellisario.

En lucha incierta (In Dubious Battle, James Franco)

en-lucha-inciertaActualmente, James Franco protagoniza la nueva serie de David Simon (The Wire) para HBO, The Deuce, en la que interpreta a gemelos por arte de magia digital. Aunque yo tengo la teoría de que en realidad no son efectos especiales, sino que realmente hay dos James Franco. Solo así se explica el volumen de trabajo que acomete el actor. Workaholic autoconfeso, toca todos los palos, actúa, dirige, produce, pinta, ha hecho comedia, drama, documentales… Uno siempre espera cierto nivel de excentricidad y riesgo en sus proyectos, por eso resulta especialmente sorprendente encontrarse con su nueva película como director, En lucha incierta, drama histórico de corte clásico basado en la novela de John Steinbeck sobre un grupo de trabajadores en la California de los años 30 que se subleva en contra de los ricos terratenientes para protestar contra sus injustas condiciones laborales.

En los últimos años, Franco se ha labrado una carrera caracterizada por la provocación y la subversión, pero con En lucha incierta se prueba los zapatos de Steven Spielberg y Ron Howard para llevar a cabo un trabajo academicista, una película clásica con reparto impresionante (Ed Harris, Vincent D’Onofrio, Robert Duvall, Bryan Cranston junto a los jóvenes Nat Wolff y Selena Gomez) en la que no hay ni una salida de tono. Si acaso la única el propio Franco como intérprete, que se reserva el papel protagonista, un sabio y valiente mentor que destapa la vena más narcisista de un actor que se esfuerza demasiado por convencer a la audiencia de que es un héroe. Por lo demás, En lucha incierta supone un trabajo más que correcto del que destacan su conseguida ambientación y su fantástico elenco.

Todo lo que teníamos (All We Had, Katie Holmes)

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Es curioso. En Dawson crece, era Dawson (James Van Der Beek) el que aspiraba a ser director de cine. En cambio, en la vida real, ha sido Joey, es decir, Katie Holmes, quien ha seguido por el camino de la realización. Después de años apareciendo más en la prensa del corazón que en la pantalla, Holmes se pone delante y detrás las cámaras para su opera prima como directoraTodo lo que teníamos, drama independiente que nos muestra un lado hasta ahora inédito de la actriz con un personaje complicado y completamente desprovisto de glamour, una madre que hará todo lo posible por proteger a su hija adolescente.

Rita Carmichael (Holmes) ha tenido una vida muy inestable, saltando de trabajo en trabajo y de hombre en hombre en busca de un hogar para su hija, Ruthie (Stefania Owen). Cuando su intento de afincarse en un nuevo pueblo se ve truncado, deberán luchar juntas por salir adelante, llegando a parar a un diner de poca monta en el que encontrarán nuevas amistades, y la oportunidad de salir a flote. Con Todo lo que teníamos, Holmes desvela una sensibilidad melancólica muy marcada como narradora con una familiar dramedia indie repleta de personajes peculiares que, si bien recurre a todos los clichés del género, destaca por estar hecha con evidente dedicación y, sobre todo, por el trabajo interpretativo de Holmes, que sale mejor parada como actriz que como directora, y de la joven Stefania Owen, un gran acierto de casting.

Eternamente hermanos (Feed, Tommy Bertelsen)

eternamente-hermanosTroian Bellisario es famosa por interpretar a una de las “mentirosas” de la serie Pretty Little Liars, pero más allá del éxito adolescente de la televisión norteamericana, la actriz tiene inquietudes artísticas y creativas que la han llevado a escribir y producir su primer largometraje, Feed, en el que se vuelca personalmente para hablar de un tema que le toca muy de cerca, los desórdenes alimenticios y, en concreto, la anorexia, enfermedad que ha padecido en la vida real.

La mala suerte ha querido que Eternamente hermanos (que es como se titula oficialmente el film en España) haya coincidido en el tiempo con otra cinta de temática similar, Hasta los huesos, película original de Netflix protagonizada por Lily Collins que se ha llevado mucha más prensa (buena y mala). La de Bellisario es, sin embargo, una propuesta diferente. Eternamente hermanos se aproxima a su complicada temática desde el prisma del thriller psicológico para dar forma al trastorno de su protagonista empleando los mecanismos del suspense, incluso del terror. Olivia (Bellisario) y Matthew Grey (Tom Felton – Harry Potter) son dos mellizos de 18 años criados que destacan en el instituto por su popularidad y logros académicos. Después de un trágico accidente, Olivia deberá aprender a vivir sin su otra mitad, lo que le llevará a desarrollar una enfermedad que pondrá en peligro su futuro.

Eternamente hermanos no es ninguna maravilla, pero hay que elogiar su honestidad y el hecho de que Bellisario, comprensiblemente, no glamouriza la anorexia en ningún momento, sino que da voz a un problema muy grave que no suele tratarse en profundidad en la cultura audiovisual.

Sacrificio de leyenda (Bleed for This, Ben Younger)

sacrificio-de-leyendaTras su paso por los festivales de Telluride, Toronto, Londres o Austin, y su premio a la Película del año en el Washington West Film Festival, Sacrificio de leyenda llega a Blu-ray y DVD en España (es la única película de esta entrada que, además de salir en DVD, ve la luz también en alta definición). Ben Younger (El informadorSecretos compartidos) dirige un biopic de boxeo producido por Martin Scorsese y protagonizado por un Miles Teller aun contagiado de la energía agotadora y el poderío físico de su excelente trabajo en Whiplash.

Teller da vida a Vinnie Pazienza, campeón del mundo de boxeo que, tras un accidente en coche queda gravemente lesionado. Negándose a que el accidente trunque su carrera, Pazienza se somete a un duro proceso de rehabilitación para volver a luchar, con la ayuda de los médicos, su familia y su entrenador Kevin Rooney (Aaron Eckhart). Contra todo pronóstico, el boxeador regresa al ring para demostrar la fuerza del espíritu humano e inspirar a toda una generación de deportistas y aficionados al boxeoSacrificio de leyenda sigue al pie de la letra el manual del cine deportivo y los biopics para ofrecer una experiencia que ya hemos visto muchas veces de una forma u otra (RockyMillion Dollar Baby, El luchador), pero que llega a buen puerto gracias a la encomiable labor interpretativa de su protagonista, un actor entregado en cuerpo y alma al personaje y a la película.

Crítica: Jackie

Con su quinta película, El club, el chileno Pablo Larraín se ganó la atención de todo el mundo. Con Neruda, el trabajo que la sucedió, se consolidó como uno de los cineastas más personales del panorama latinoamericano actual, algo que no podía pasar por alto Hollywood. La película sobre el poeta chileno nos presentaba un biopic atípico que escapaba de la rutina que en gran medida define (y constriñe) a este género. Y esa era justamente la aproximación que le hacía falta a un film como Jackie, con el que Larraín demuestra una vez más su enorme sensibilidad para la narración, la puesta en escena y la construcción psicológica de personajes.

Recurriendo al gastado tópico, Jackie trata sobre la gran mujer detrás del hombre, o en este caso, la gran mujer que sostuvo al hombre y vio cómo su vida se apagaba entre sus brazos durante uno de los acontecimientos más definitorios de la historia de Estados Unidos. Este elegante y delicado drama se centra en la figura de Jacqueline Kennedy, interpretada por Natalie Portman, durante los cuatro días siguientes al asesinato de su marido, el presidente de EEUU. Larraín y Portman nos dejan observar desde una esquina la vida de Jackie y el impacto que el trágico suceso causó en ella, mientras a su alrededor, el gobierno y la sociedad se sumen en el caos y el luto nacional. Todos los ojos están puestos en la Primera Dama, en su mirada perdida y su icónico Chanel rosa, salpicado de la sangre de su marido, mientras ella experimenta el momento más difícil de su vida.

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Larraín está interesado en indagar en ese proceso de pensamiento que Jackie atraviesa inmediatamente después del asesinato del presidente, en mostrarnos la faceta más humana y visceral del icono, y llevar a cabo un retrato psicológico de una mujer que a lo largo de la historia ha sido reducida a un vestido y una tragedia. Para humanizar la figura de Jackie (para la sociedad de los 60 un referente de moda, de estilo de vida, y en definitiva, un maniquí), Larraín pone a la Primera Dama frente a un reportero de investigación (Billy Crudup), reconstruye el famoso especial televisivo en el que la esposa del presidente hacía un tour por su Casa Blanca a los estadounidenses (escenas que sirven su cometido de enseñarnos la realidad desde el otro lado, pero que añaden demasiado falseamiento al film), e imagina un mundo interior que se exterioriza con imágenes cargadas de poesía visual -gracias a una fotografía preciosa, con planos de luz natural como suspendidos en el tiempo, un sublime acompañamiento musical compuesto por Mica Levi, y un diseño artístico impecable. Todo para servir a un drama construido a base de instantes esparcidos y reordenados para descifrar la personalidad de la Primera Dama.

Una mujer rota, pero fuerte. Destrozada, deambulando por las vastas estancias de su hogar sumida en su duelo y llena de incertidumbre, pero aun así con el control de su papel en la administración de su marido, preocupada por la imagen, y sobre todo protectora de su familia. Una dama con todas las letras encarnada por una portentosa Natalie Portman (encuadrada siempre en el centro, ocupando el punto de fuga, el lugar que le corresponde), que se mimetiza en Jackie, reproduciendo sus ademanes, su forma de andar, su dicción y su distinguida presencia para dibujar un personaje de un millón de matices, rebosante de emotividad e inteligencia. Larraín rasca la piel de Jackie hasta verla sangrar a ella también, para mostrarnos tanto su vulnerabilidad como su fortaleza. Pero Jackie no es solo un retrato de la Primera Dama, a su vez es uno del presidente visto a través de los ojos de su mujer, un biopic encubierto de JFK que nos habla de la breve pero ajetreada presidencia de Kennedy y el legado de su familia y su administración, “la de la gente bella”, los reyes de la tierra de Camelot.

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Con la historia de Jackie, Larraín reflexiona sobre la necesidad de líderes fuertes y perfectos, y de cómo, a pesar de tener que mantener en pie la fachada idealizada a través de la que el público los percibe, estos también son seres humanos que se plantean las grandes cuestiones. “Hay un momento en la vida de toda persona en el que se da cuenta de que no hay respuestas. Entonces lo asumes o te suicidas”. Jackie lo asume y sigue adelante (“Solo la gente vulgar se suicida”), nos recuerda cómo las personas afrontamos la pérdida, cómo debemos hacernos a la idea de vivir con ella. La clave nos la da, muy significativamente, el recientemente fallecido John Hurt, que interpreta al cura que asesora a la Primera Dama tras la tragedia: “Me acuesto todas las noches y miro a la oscuridad preguntándome ‘¿Esto es todo?’. Pero a la mañana siguiente te vuelves a despertar pensando en tomarte tu café”. Efectivamente, Jackie no es solo el retrato de Jackie Kennedy más allá del glamour, como tampoco se puede reducir simplemente a una gran interpretación, también se trata de un excelente ensayo sobre la pérdida y el legado, sobre la fuerza que nos empuja a vivir un día más. Uno que no nos ofrece respuestas definitivas (porque no las hay), pero sí nos da razones suficientes para entender la necesidad de seguir en pie, como Jackie, serena, preparada para todo, con las manos entrelazadas y mirando hacia delante.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

[Reseña DVD] ‘Born to Be Blue’ y ‘Equity’, agitando los géneros

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Sony Pictures Home Entertainment estrena en exclusiva dos películas que no hemos podido disfrutar en salas de cines, Born to Be Blue Equity, dos propuestas diferentes entre sí, pero igualmente interesantes que tienen algo en común: se salen considerablemente de los parámetros del tipo de cine en el que se inscriben, llevando sus respectivos géneros a nuevos territorios que merece la pena explorar.

En Born to Be Blue, el nominado al Oscar Ethan Hawke (Antes de amanecer, Boyhood, Bocados de realidad) se pone en la piel del mítico Chet Baker, la leyenda del jazz cuya tumultuosa vida recrea el director Robert Budreau. En los años 50, Baker era uno de los trompetistas más famosos del mundo, un icono de estilo y pionero de la escena jazzística de la Costa Oeste, pero a Budreau no le interesa tanto narrar la historia de su ascenso a los cielos del jazz, sino su descenso a los infiernos y posterior resurgir en la década de los 60.

Born to Be Blue nos muestra a un Chet Baker en horas bajas, destrozado por su adicción a las drogas y luchando por regresar a sus años de éxito, motivado por su deseo de seguir viviendo para compartir su arte, y por el apasionado romance con una actriz a la que da vida en la película Carmen Ejogo (SelmaAnimales fantásticos y dónde encontrarlos). De esta manera, Budreau escapa de las normas del biopic clásico para firmar una película en la que la realidad y la ficción se fusionan y sus personajes quedan liberados de reglas narrativas, tal y como si se tratase de una sesión de jazz fílmica.

Se podría decir que Born to Be Blue es un anti-biopic, una película biográfica que está más interesada en hacer sentir el espíritu de su protagonista y su arte que en informar sobre su vida. Y para ello, Hawke ofrece una interpretación visceral y entregada que fue elogiada a su paso por los festivales de cine del año pasado, y que nos recuerda por qué es uno de los intérpretes más versátiles y con más talento de su generación.

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Por otro lado nos llega también la primera visión 100% femenina de Wall Street en el cine, Equity, dirigida por Meera Menon. La ganadora al Emmy por Breaking Bad Anna Gunn protagoniza esta película hasta ahora inédita en España sobre una agresiva ejecutiva de banca de inversión que dirige la controvertida salida a bolsa de una compañía tecnológica justo tras la crisis financiera mundial. Este intenso thriller sobre Wall Street nos habla ofrece una perspectiva diferente a lo que el género nos tiene acostumbrados.

Michael Douglas o Leonardo DiCaprio nos invitaron a conocer las presiones y los excesos del mundo financiero en Nueva York, desde un prisma puramente masculino y sin escatimar en sexismo y misoginia. Equity, escrita, dirigida, producida y protagonizada por mujeres, nos presenta el punto de vista femenino de este despiadado y asfixiante mundo laboral que puede acabar con la cordura, incluso con la vida de más de uno, y lo hace con un claro mensaje feminista: “Las mujeres también podemos ser ambiciosas y no hay que avergonzarse de desear y disfrutar el éxito y el dinero”. Pero Equity no esquiva los problemas que suelen condicionar a la mujer en su entorno laboral, sobre todo en puestos de alta responsabilidad, mostrando su lucha para poder tener las mismas oportunidades que sus compañeros y denunciando el sexismo al que aun se enfrentan, incluso las que han superado (supuestamente) el techo de cristal, como el personaje de Gunn.

Así, Equity se construye como un drama con toques de suspense y thriller cibernético que sigue las normas de este tipo de cine, pero a su vez lo presenta desde un prisma innovador, rompiendo el monopolio masculino de las películas sobre Wall Street.

Born to Be Blue (DVD)

Duración: 97 minutos. Contenidos adicionales: Cómo se hizo

Equity (DVD)

Duración: 96 minutos. Contenidos adicionales: Líneas grises: Así se hizo Equity; Grupo de chicas: la equidad del poder; Rueda de prensa del Festival de Cine de Los Ángeles con Anna Gunn, Meera Menon, Alysia Reiner, Sarah Megan Thomas y Samuel Roukin

Crítica: Loving

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La carrera de Jeff Nichols ha estado hasta ahora caracterizada por cierto inconformismo tranquilo. El joven director originario de Arkansas ha evitado adherirse a la corriente, insistiendo en las historias peculiares, contadas desde un punto de vista muy personal que ha demostrado su talento para abordar géneros muy distintos sin salirse de sus parámetros como autor. Con Take Shelter, el cineasta se ganó el favor de la crítica y el público, manifestando una sensibilidad muy especial para la ciencia ficción. Aquella película, protagonizada por Michael Shannon y Jessica Chastain consolidaba desde bien temprano un estilo que podemos reconocer en sus siguientes trabajos, el cuento americano a lo Mark Twain Mud, la nostálgica revisión del cine sci-fi de los 70-80 Midnight Special, y este año, su primera incursión en el biopic, Loving.

El cine de Nichols se ha movido hasta ahora en la periferia del cine comercial, satisfaciendo a la crítica y a una pequeña porción de la audiencia, pero sin llegar a estallar en el mainstream como algunos de sus contemporáneos, Denis Villeneuve o Damien Chazelle, por nombrar un par de ellos. Loving es su ticket para entrar en los círculos más prestigiosos del cine de Hollywood. Una historia de corte más academicista que narra un hecho histórico en la lucha por los derechos civiles en Norteamérica, y con la que Nichols se coló al principio de la carrera de los Oscar. Con el paso de los meses y la llegada de competidores más fuertes, Loving ha pasado a segundo plano, pero eso no quiere decir que no siga siendo una de las cintas más destacables del año.

Basada en hechos reales e inspirada en el documental de HBO The Loving Story, la película nos cuenta la preciosa historia de amor de Mildred y Richard Loving (Ruth Negga y Joel Edgerton), una pareja interracial que se casó en Virginia en 1968. Poco después de comenzar su vida en común, el matrimonio es arrestado y encarcelado, ya que su relación es ilegal en el estado donde siempre han vivido, y donde sueñan con formar una familia. Las autoridades les dan un ultimátum, o se divorcian o se marchan del estado, teniendo prohibido volver en 25 años. Los Loving optan por el exilio y abandonan su hogar para mudarse a Washington D.C. Pero el anhelo de la vida en el campo y sus familias les llevan a luchar por su regreso a casa, para lo que inician un proceso legal con la intención de abolir la ley, que va en contra de los derechos humanos.

Comparada con su filmografía previa, Loving es el trabajo decididamente más convencional de Nichols. Aquí no hay pasajes de realismo mágico, ni ciencia ficción destilada en el drama, sino lo que cabe esperar de una película biográfica. Sin embargo, Loving posee una sinceridad y una inteligencia emocional que no encontramos en la mayoría de biopics de Hollywood. La historia de los Loving (no me detendré a hablar de lo convenientemente mágico de su apellido) está contada con la característica intensidad contenida de Nichols, situando a sus personajes al borde de la erupción, sin que estos lleguen nunca a estallar en grandes gestos melodramáticos. En este sentido, es necesario elogiar la soberbia labor interpretativa de sus protagonistas, Ruth Negga y Joel Edgerton, dos actores completamente entregados a sus papeles y a la causa de sus personajes. Negga borda la inocencia combatiente de Mildred, el dolor del amor que se puede ver reflejado en sus ojos, mientras Edgerton construye a un personaje silenciosamente apasionado y visceral de forma muy elocuente, a base de sutiles matices que nos dicen todo lo que está pensando, y demostrando así una vez más que es uno de los talentos más infravalorados del cine actual.

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Loving es una película de tenue belleza y gran delicadeza, sobria pero cálida, tan tranquila a la hora de hablar de temas tan tumultuosos que la fuerza que hay bajo su elegante fachada puede pasar desapercibida. Pero si intentamos ponernos en la piel de los Loving entenderemos que el objetivo no es realizar un gran drama hollywoodiense con fanfarrias y discursos motivadores para desatar la lágrima fácil, sino simplemente hacer llegar un mensaje que no necesita aditivos: Lo único que los Loving quieren es que les dejen amar y ser amados, y poder construir un futuro donde han vivido felices su pasado. Para ellos, cambiar el mundo es un (afortunado) hecho colateral que allana el camino para las causas que a día de hoy seguimos luchando. Y por eso Nichols nos lo presenta arropado en un manto de ternura, con mucho tacto y mesura, rindiendo tributo al amor entre los sujetos reales de la historia. Loving cuenta un hecho de suma importancia histórica desde una perspectiva muy humana, y ahí es donde encontramos al Nichols de siempre.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Figuras ocultas

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Hollywood: “El cine protagonizado por mujeres no vende”. También Hollywood: “El cine protagonizado por mujeres negras no le interesa a nadie”. Los medios: Figuras ocultas, película protagonizada por tres actrices afroamericanas, es un éxito con más de 20 millones de recaudación en su primer fin de semana en Estados Unidos. Hollywood: Esto…

Después del #OscarsSoWhite del año pasado, Hollywood se está poniendo las pilas para tratar de arreglar el problema de representación racial que hay en la industria del cine. En este panorama de cambio (intensificado en respuesta al temible cambio que a su vez está ocurriendo en el poder), llega oportunamente Figuras ocultas (Hidden Figures), drama dirigido por Theodore Melfi (St. Vincent) que nos narra un importante capítulo en la lucha por los derechos civiles de las mujeres y la población afroamericana en Estados Unidos, donde la segregación racial todavía era una realidad amparada por la ley.

Figuras ocultas cuenta la historia de un equipo de élite de mujeres negras que trabajaron en la década de los 60 como matemáticas en la NASA, las brillantes mentes en la sombra que ayudaron a Norteamérica a ganar la carrera espacial contra su mayor rival, la Unión Soviética, propulsando así un importante movimiento de igualdad de derechos. La película, basada en el libro de Margot Lee Shetterly, se centra en tres de estas mujeres en concreto, Kaherine G. Johnson (Taraji P. Henson), Dorothy Vaughan (Octavia Spencer) y Mary Jackson (Janelle Monáe), “figuras ocultas” de la NASA, tan importantes como los astronautas que recibieron la gloria, pero que no se enseñan en las clases de historia, a pesar de ejercer como los “ordenadores humanos” que hicieron posibles los viajes espaciales en el umbral de la nueva era informática.

A través de estos inspiradores personajes presenciamos el viaje a las estrellas de un grupo de mujeres pioneras en el contexto de una nación deseosa de superarse a sí misma y rebasar a las demás potencias. La lucha por los derechos civiles, la Guerra Fría y el avance tecnológico funciona como telón de fondo de un relato muy humano, lleno de emoción y humor, y confeccionado a medida según los parámetros del cine biográfico. Efectivamente, Figuras ocultas es todo lo que cabe esperar de un biopic histórico, tanto es así que es posible recitar los diálogos antes de que estos tengan lugar. Y ese es su mayor defecto, que se ajuste de manera tan convencional a las reglas del género, reproduciendo las mismas charlas motivadoras de siempre, los mismos clichés de superación y las mismas situaciones lacrimógenas que hemos visto en tantos otros films parecidos, y que la acercan peligrosamente a territorio telefilm.

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Sin embargo, esto no puede (o no debe) distraernos del gran valor de una película como esta, de su necesidad, por desgracia tan vigente. Aunque Figuras ocultas se las arregle en un par de ocasiones de convertir al hombre blanco en el héroe de esta historia (que el director y guionista sean blancos quizá tenga que ver, quizá no), son Dorothy, Mary y sobre todo Katherine, las que nos conmueven, cuyos triunfos celebramos con más entusiasmo. Es cierto que la emoción está tan matemáticamente calculada que se pueden ver los hilos desde lejos, pero es fácil dejarse llevar por la naturaleza de crowdpleaser de la película, por sus buenas intenciones y el clasicismo con el que está realizada (que a muchos recordará a Criadas y señoras, aunque no le llegue a la suela de los zapatos a aquella).

Secundadas por un reparto de lujo que incluye a Kevin Costner, Kirsten Dunst, Glen Powell, Jim Parsons y Mahersala Ali, las protagonistas elevan la película de categoría con loables interpretaciones, en especial Henson, que está sencillamente espectacular, desprendiendo ternura, espíritu luchador y fuerza por los cuatro costados. Tres mujeres negras, tres grandes talentos, tres estrellas que simbolizan una lucha del pasado que puede extrapolarse a nuestro resquebrajado presente, que nos dejan una historia que se tenía que contar precisamente en estos momentos, y que su protagonista real, la verdadera Katherine Johnson, ha vivido para verla en el cine a los 98 años. No importa que sepamos que nos están tocando las teclas más fáciles, es imposible no emocionarse.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: El editor de libros (Genius)

Michael Grandage, director artístico del prestigioso Teatro Donmar Warehouse de Londres y a quien muchos ya proclaman sucesor de Sam Mendes, debuta en la dirección de cine con El editor de libros (Genius), film basado en la biografía Max Perkins: El editor de libros, de A. Scott Berg. La ópera prima de Grandage nos cuenta la relación del famoso autor norteamericano Thomas Wolfe y su editor, Max Perkins, la persona que descubrió a otros importantes novelistas como F. Scott Fitzgerald, John Steinbeck o Ernest Hemingway.

Mostrándonos el trabajo de Perkins en la editorial neoyorquina Scribner y cómo este afecta a su vida privada, la película supone un apasionado recorrido por el arte de la creación literaria y el mundo editorial en la Norteamérica de los años 30. Colin Firth se pone en la piel del editor, un hombre sereno, intuitivo y analítico que ve cómo su mundo se tambalea con la irrupción de un torbellino creativo, Thomas Wolfe, interpretado por Jude Law (que está viviendo recientemente un resurgimiento profesional). Wolfe es un diamante en bruto, un artista de ingenio desbordante y tendencia al exceso que necesita ser pulido antes de presentarse al gran público. Ese es el trabajo de Perkins, y la labor del editor de libros, un profesional que debe gestionar la creatividad del autor para que la obra alcance la forma perfecta.

El editor de libros nos habla de una tumultuosa pero preciosa relación profesional convertida con el tiempo en amistosa y familiar, en la que el joven Wolfe desempeña hasta cierto punto el papel de hijo de Perkins (quien solo tuvo hijas). Colin Firth (Perkins) vuelve a dejar constancia de su enorme talento y presencia con una interpretación equilibrada, contenida y llena de matices (la película es suya, no cabe duda), mientras que Jude Law (Wolfe) es todo histrionismo, vehemencia y entusiasmo infantil, un trabajo entregado, pero también más irritante que carismático. Firth y Law son secundados por Laura Linney, que interpreta a la sufrida esposa de Perkins, y una magnética Nicole Kidman, cuyo personaje es esencial a la hora de dibujar el carácter impetuoso e irresistible de Wolfe, un hombre incapaz de corresponder la profunda dependencia emocional que genera.

Pero además de constituir un melancólico drama de promesas y decepciones, El editor de libros es una oda a la labor profesional del editor, pieza clave en la formación de muchos de los grandes genios literarios del siglo XX, que debe permanecer en la sombra mientras el autor se lleva la gloria y la fama (como Perkins reconoce en la película, dedicar un libro al editor está mal visto, pues este debe ser invisible).

Aunque El editor de libros no es más que otro biopic al uso que no será especialmente recordado, la excelente puesta en escenaambientación, así como el entusiasmo y la pasión con la que Grandage aborda el proceso creativo de Wolfe y su editor/ángel de la guarda, hacen que la película suponga un homenaje inspirado y convincente, además de especialmente idóneo, incluso imprescindible, para los amantes de la literatura, y en concreto de los grandes autores estadounidenses del siglo pasado.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Snowden

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“El libro es mejor que la película” es una frase hecha que desde hace décadas se usa como verdad categórica y universal, con contadas excepciones. En los últimos años podemos añadir la variante: “El documental es mejor que la película”. No es (necesariamente) una afirmación gafapasta, y no tiene por qué ser siempre así, por supuesto, pero es una manera de reconocer la poca falta que hace a veces una obra de ficción para hacer llegar una historia que una de no-ficción ya ha contado perfectamente, y además muy recientemente. Joseph Gordon-Levitt sabe mucho de esto, ya que hace poco protagonizó El desafío (The Walk), espectáculo cinemático en 3D que nos hablaba del funambulista Philippe Petit, el mismo sujeto del documental Man on Wire, y ahora encabeza el reparto de Snowden, biopic sobre la extraordinaria figura de Edward Snowden, que ya nos conmocionó en la también oscarizada CitizenFour.

Oliver Stone (Platoon, Asesinos natos) narra la impactante historia de Snowden, el hombre que desveló los documentos del programa de vigilancia mundial secreto de la NSA abrió los ojos del mundo, renunciando a su carrera, a su novia y a su patria, es decir, entregando a cambio la posibilidad de vivir una vida normal. Para ello, el veterano director dramatiza los hechos dándoles la forma de un thriller dramático accesible para el gran público, una aproximación tradicional y mainstream a un tema demasiado complejo como para que los meros mortales alcancemos a comprender todas las implicaciones a su alrededor. Stone parte precisamente de lo que vemos en CitizenFour, recreando las reuniones secretas en Hong Kong de Snowden con la documentalista Laura Poitras (Melissa Leo) y los reporteros que le ayudaron a hacer público el caso. A partir de ahí, Snowden reconstruye lo que en el documental solo se nos contaba de palabra, narrándonos los orígenes del personaje, su paso por el Ejército, por la CIA y la NSA, y haciendo especial hincapié en la relación de Edward con su novia, Lindsay Mills (Shailene Woodley).

De este modo, Snowden trata de distanciarse del documental con el que será inevitablemente comparada, recreando no solo los hechos, sino los conflictos emocionales que hay detrás, el drama humano que rodea al personaje, caracterizado como el gran héroe americano moderno. Sin embargo, este tratamiento convencional, por justificado que esté, hace precisamente que la película se quede en la superficie, que se conforme con ser un biopic sin apenas riesgo, sin la tensión, la paranoia o incluso el terror que en CitizenFour nos hacía ir corriendo a tapar nuestra webcamSnowden carece de esa cualidad trascendental, vigente y urgente, del poder de removernos por dentro y hacer que nos replanteemos todo. Paradójicamente, Stone ha realizado un film sobre un tema de gran actualidad, que nos sigue afectando, que ha cambiado la percepción de muchos sobre Internet y el mundo, pero que da la sensación de ser un thriller tecnológico anticuado, una película sobre algo que ocurrió en los 90.

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Afortunadamente, la cinta gana empaque gracias a un reparto estelar (Melissa Leo, Nicolas Cage, Tom Wilkinson, Zachary Quinto, Scott Eastwood, Rhys Ifans), encabezado por un inspirado Gordon-Levitt (en estos momentos, junto a Jake Gyllenhaal, el actor que más trabaja pensando en el Oscar), que lleva a cabo una estupenda labor de mímesis con el verdadero Edward Snowden, transformando su voz y gesticulación de manera que, aunque al principio no se pueda evitar la sensación de artificio o parodia, nos lo acabamos creyendo. Sin desmerecer a Shailene Woodley, que aporta el contrapunto dramático perfecto al personaje.

No obstante, esto no es suficiente para convertirla en una película memorable o pertinente. Y ese es su mayor fallo, contar algo tan sobrecogedor de manera tan poco provocadora, tan ordinaria. Snowden es un thriller correcto, distraído, bien realizado, pero quizá no era eso lo que la historia requería, sino algo más comprometido, algo que ahondase más en el “personaje” de Snowden, desprovisto aquí de cualidades que sí percibíamos en CitizenFour (como su narcisismo, el mismo que SPOILER le lleva a aparecer al final de la película FIN DEL SPOILER), para convertirlo en el simple protagonista del biopic hollywoodiense de turno.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Florence Foster Jenkins

Que Meryl Streep hace mejor todo lo que toca es un hecho. La laureada y venerada actriz de talento camaleónico sin límite se pone esta vez en la piel de la peor cantante de ópera de la historia en Florence Foster Jenkins. Stephen Frears, director de Alta fidelidad o las biográficas La reina Philomena, firma este encantador biopic sobre la heredera neoyorquina de la alta sociedad de los años 40 que persiguió su sueño de convertirse en una gran soprano, sin ser consciente de que en realidad cantaba como un gato al que le están pisando la cola.

La película, de ambientación exquisita y tono cómico con toques de drama en los momentos adecuados, nos introduce en el particular universo de Florence, una socialite neoyorquina de excéntrica pero afable personalidad a la que todo el mundo adora (porque es adorable, pero también porque es sinónimo de dinero e influencia). Florence se emplea a fondo por mantener su impecable imagen como anfitriona y mecenas de las artes escénicas en la Gran Manzana, mientras lucha contra una enfermedad y el agotamiento que esta conlleva. Para ello cuenta con el apoyo de su “marido” (énfasis en las comillas) y manager, St. Clair Bayfield (Hugh Grant), aristocrático actor inglés de poca monta que no solo la ayuda a sostener su lujosa fachada en pie, sino que la protege de su autoengaño, orquestando la gran mentira: una realidad confeccionada en la que Florence es un prodigio de la ópera y todos así lo creen.

Envuelta en la espiral de falsos elogios y mirando la realidad a través de un cristal deformado, Florence decide dar un concierto en el prestigioso Carnegie Hall, un recital abierto ya no solo a su círculo social, sino al público general que no forma parte del universo de ficción levantado alrededor de la “soprano”. En su viaje la acompaña, además de su marido, su pianista personal, un joven y talentoso músico contratado por St. Clair para asistirla en sus clases de canto, aunque a oídos de todos, y para asombro y diversión del muchacho, ella no necesita mejorar, porque ya es perfecta. Este juego de apariencias convierte a la película en un pasatiempo delicioso repleto de momentos divertidos y escenas entrañables en las que Frears se aproxima a lo patético de la historia y el personaje con ojo para la comedia, y grandes dosis de sensibilidad y corazón.

Eso es lo que hace que Florence Foster Jenkins destaque a pesar de su condición de biopic académico, la manera en la que se nos presenta a su protagonista, tratando al personaje con gran compasión y humanidad. Eso sí, como adelantaba al principio, el mérito es sobre todo de Meryl Streep, que personifica de forma prodigiosa la doble lectura de su personaje: por un lado (se) divierte y nos provoca la risa cantando horrorosamente mal, y por otro nos hace admirar su perseverancia y nos conmueve profundamente cuando el velo que le tapa los ojos cae ante ella durante el emocionante clímax. Claro que, aunque el film es casi enteramente de Streep, no podemos desmerecer a Simon Helberg (The Big Bang Theory), que en cierto modo ejerce como nuestro punto de vista, entendiendo poco a poco a la protagonista mientras va creciendo como personaje, y sobre todo a Hugh Grant, que sin esperarlo nos deja una de sus mejores interpretaciones, un trabajo en el que el actor británico deja constancia de que es mucho más versátil y tiene más talento de lo que muchos creíamos.

Es cierto que Florence Foster Jenkins es una película excesivamente formulaica y rutinaria para la figura tan poco convencional que retrata, pero la gran labor de su protagonista compensa el comodón tratamiento del director. Florence Foster Jenkins está hecha para agradar, sabe qué teclas tocar en todo momento, y aunque puede que técnicamente no sea nada del otro mundo, Streep, con su maravillosa gesticulación y perfecta sincronización cómica y dramática, hace que se convierta en una de las citas ineludibles de la temporada previa a los Oscar.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: El caso Fischer

La de Bobby Fischer es una de las figuras más fascinantes del siglo XX. El ajedrecista más famoso de la historia ha protagonizado varias películas, de las cuales la más conocida sería En busca de Bobby Fischer (1993), centrada en la infancia del personaje. Ahora Edward Zwick, director entre otras de Leyendas de pasión, El último samuráiDiamante de sangre, nos trae una nueva visión del héroe norteamericano caído y fenómeno mundial con El caso Fischer (Pawn Sacrifice), biopic que recorre la vida del maestro del ajedrez desde su infancia hasta su histórico enfrentamiento con Boris Spassky en 1972 en Reikiavik.

Ambientada principalmente en los 70 y con la Guerra Fría como telón de fondo, la película nos muestra el improbable ascenso de Fischer (Tobey Maguire) al estrellato global, e ilustra cómo su fama convirtió el ajedrez, un juego de inteligencia y estrategia que a priori no incluía el factor espectacular de otros juegos o deportes, en el pasatiempo favorito de una sociedad en jaque. Zwick indaga en la conflictiva y antipática personalidad de Fischer a medida que la arrogancia a raíz del éxito se apodera de él y su estado mental se va deteriorando a causa de la paranoia contra los soviéticos, lo que resultaría en su imparable declive y auto-exilio. El enfrentamiento contra Spassky (Liev Schreiber), calificado como la “Partida del Siglo” funciona como culmen de un relato sobre la auto-destrucción de un hombre en guerra consigo mismo y perfecta metáfora del enfrentamiento mundial que definió esta década.

Sin embargo, a pesar de tener en el guion a uno de los talentos más interesantes del cine y la televisión británica actual, Steven Knight (Promesas del este, Locke, Peaky Blinders), El caso Fischer no consigue alcanzar la trascendencia que pretende y se queda en la superficie, trazando un simplemente correcto retrato del personaje que contiene momentos aislados de lucidez e introspección, pero que en general resulta excesivamente superfluo y convencional. Gran parte de la culpa de que El caso Fischer no cause apenas impacto es de su protagonista, Tobey Maguire, un actor que sigue aproximándose a sus papeles con la técnica de un principiante. Su interpretación, aunque ocasionalmente acertada y decididamente comprometida e impetuosa, acaba siendo demasiado inconsistente, lo que desdibuja al personaje y pone una barrera insalvable entre él y el espectador (a su favor, Fischer es un personaje tremendamente difícil). Afortunadamente, el trabajo de Maguire queda bien complementado por los secundarios Peter Sarsgaard y, especialmente, Liev Schreiber. La (siempre) magnética presencia del actor de Spotlight y Ray Donovan refuerza considerablemente la interpretación de Maguire durante la recta final, lo que nos deja un enfrentamiento enervante y emocionante que eleva de nivel la película y al menos la concluye satisfactoriamente.

Pero si El caso Fischer no es un biopic especialmente memorable es sobre todo porque no es capaz de profundizar en la psicología de su protagonista. Zwick maneja bien el tono tragicómico de la historia, e incluso brilla cuanto más deja que el humor se apodere de ella (el film llega a ser bastante divertido por momentos), pero en definitiva se queda corto a la hora de transmitir la complejidad de una personalidad tan horrible y apasionante como la de Fischer.

Pedro J. García

Nota: ★★★

 

 

Crítica: The Program (El ídolo)

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A pesar de haber firmado buenos trabajos, la carrera de Stephen Frears ha estado caracterizada por la inconsistencia y la dificultad para alcanzar la grandeza. Recientemente, el director se ha acomodado en el terreno del biopic, donde está realizando filmes con poder para ingresar en la carrera de los premios cada año, pero sin verdadero impacto a largo plazo (La reinaPhilomenaFlorence Foster Jenkins). Su última incursión en el cine biográfico es The Program (El ídolo), basada en la vida del ex ciclista Lance Armstrong, que en 2012 fue acusado de dopaje, retirándosele sistemáticamente sus siete victorias consecutivas en el Tour de Francia. Un escándalo que sacudió el mundo del deporte y en el que Frears trata de adentrarse, sin demasiado éxito.

Más que una película narrativa, The Program es una serie de viñetas que nos muestran diferentes etapas de la vida y la carrera de Armstrong, haciendo hincapié en los acontecimientos que trascendieron a los medios de comunicación. Es decir, The Program no cuenta nada que no sepamos ya. Esto no sería un problema si la conocida historia del ciclista se hubiera utilizado para ofrecer una visión más inédita o reveladora del mismo, pero Frears no parece interesado en llevar a cabo un retrato psicológico (o no es capaz), sino que se conforma con reproducir momentos puntuales de la historia de Armstrong y ponerlos uno detrás de otro. Es decir, The Program carece de estructura narrativa, transcurre con ritmo atrofiado, sin sentido de la dirección, a base de elipsis mal empleadas que, en lugar de cumplir su función, entorpecen la narración. Y lo que es peor, el film se queda en la superficie de la historia de Armstrong, sin llegar a dejar muy claro quién es este personaje. Es decir, The Program es una película sin forma ni fondo.

The ProgramLo único positivo que podemos sacar de la cinta es su apartado interpretativo, en el que destacan Jesse Plemons (que se está labrando una carrera estupenda como secundario, con El puente de los espíasBlack Mass Fargo), y por supuesto Ben Foster. A pesar de que el protagonista roza la parodia exagerada en algunos momentos (los diálogos de sus escenas más dramáticas están tan mal escritos que no le queda más remedio), su trabajo es lo suficientemente potente como para ponerse por encima de las circunstancias (como curiosidad, llegó a doparse como Armstrong en un alarde de “método“, aunque, ¿para qué?). Pero si bien es cierto que en muchas ocasiones una buena interpretación puede salvar una mala película, no es ese el caso de The Program, que hace aguas por todos los lados y ni la fuerza y la presencia de Foster son suficientes para evitar que se hunda.

Con The Program, Frears desaprovecha un material rico en posibilidades para hacer una película anodina e insustancial, cuando podía haber sido empleado para llevar a cabo una aproximación interesante a la vida de un ídolo caído. Aunque hay escenas en las que parece que va a mostrarnos la verdadera cara de Armstrong, el film nunca llega a hacerlo, terminando sin conclusiones, dando la sensación de que en ningún momento se supo qué se quería contar con ella.

Pedro J. García

Nota: ★★

Crítica: Eddie el Águila

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Hay vidas que son dignas de contar en el cine porque se han dedicado a una causa que ha cambiado el mundo o han contribuido a algún avance histórico. Y después hay historias más sencillas que merece la pena conocer porque nos enseñan algo esencial sobre el espíritu humano, aunque no provenga necesariamente de un genio o un campeón. Este sería el caso de Eddie el Águila, biopic del tenaz saltador de esquí Eddie Edwards, que conquistó al mundo tras convertirse en el primer representante de Gran Bretaña en esta categoría durante los Juegos Olímpicos de Invierno de 1988. La particularidad de Edwards no era ser un atleta prodigioso, sino que se negó a rendirse a pesar de no tenerlas todas consigo, y halló la gloria en el triunfo personal en lugar de la excelencia deportiva.

Eddie, apodado ‘El Águila’ de forma irónica y cariñosa durante la competición en Canadá, era un underdog, es decir, un deportista muy por debajo de la media que no tenía ninguna posibilidad de ganar, pero aun así se presentó a los Juegos para cumplir su sueño de toda la vida y conseguir el récord de salto para su país. Todo un ejemplo de perseverancia y optimismo que ha inspirado una película altamente motivadora e irresistiblemente buenrollistaEddie el Águila está dirigida por Dexter Fletcher, actor visto en Kick-Ass, y producida por Matthew Vaughn, director de Kingsman. Pero que el curriculum de sus responsables no os engañe. Eddie el Águila no es la comedia que cabría esperar del productor de esas dos irreverentes películas, sino un amable biopic de manual.

La historia de Edwards es sin duda peculiar y extraordinaria, pero no se puede decir lo mismo sobre la película que la ha inspirado, ya que esta sigue las reglas del género biográfico al pie de la letra. Hasta el punto de resultar quizá excesivamente convencional y rutinaria. La excentricidad de Eddie no se traduce en una película excéntrica (como podría ser el caso de la reciente Foxcatcher), sino en un auténtico ‘crowd-pleaser’, es decir, una cinta diseñada para agradar y complacer al público (más cercana a la comedia británica reciente que a Hollywood). Para ello, Flecther echa mano de todos los lugares comunes del cine deportivo: los tiras y aflojas para llegar a la competición, los fracasos antes del triunfo, el mensaje sobre la importancia de participar por encima de ganar (un lema que engloba el espíritu de las Olimpiadas y que la Eddie El Águila_Posterpelícula celebra con contagioso convencimiento), sin olvidar por supuesto el obligado montaje musical de entrenamiento -la excelente banda sonora a base de sintetizadores ochenteros y temas rock brillantemente escogidos es uno de los puntos fuertes de la película. Todos estos elementos predecibles pueden hacer que el film resulte demasiado mecánico, pero afortunadamente sabe compensarlo con grandes dosis de encanto.

Y este encanto proviene principalmente de su pareja protagonista, Taron Egerton como Edwards, y Hugh Jackman interpretando a su entrenador, Bronson Peary, personaje ficticio creado para la película, que precisamente contribuye a que los tópicos del cine deportivo (y concretamente los de la relación entrenador-deportista) se multipliquen exponencialmente. Jackman ya ha demostrado en muchas ocasiones que es un actor de talento, y en Eddie el Águila es fácilmente el intérprete más destacado. Y es que, aunque Egerton esté entrañable y derroche simpatía a raudales, lo cierto es que compone una interpretación que se apoya demasiado en la caricatura y los mohínes (por otro lado comprensible, ya que no le queda más remedio que hacerlo para afearse y ser lo más fiel posible al Edwards verdadero). Por suerte, la fantástica química que hay entre los dos actores hace que esto acabe importando menos. Al final, no puedes sino rendirte a la irresistible energía de Egerton, de la misma manera que el público se entrega a Eddie en las Olimpiadas y acaba celebrando su discreta victoria como el gran logro personal y la gran lección de superación y humildad que supone. Eddie el Águila es una película ‘feel good’ libre de ambición (como su protagonista), una que no dejará huella en el tiempo, pero sí una sonrisa de oreja a oreja al verla.

Nota: ★★★

Crítica: Trumbo

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Texto escrito por David Lastra

Hay momentos para la lucha y momentos para el arte, pero a lo largo de la historia hemos comprobado con creces que esa diferenciación no es tan clara y que el arte ha sido utilizado como arma para la lucha política en infinidad de ocasiones. Uno de los mejores y más claros ejemplos de esa hibridación lo tenemos a unos pocos kilómetros (a un par de paradas de metro o un puente aéreo, dependiendo desde donde estés leyendo este texto), en el Museo Reina Sofía. El Guernica de Picasso no solo capta como ningún otro documento el horror de la Guerra Civil española, sino que debido a su fiereza descarnada hace que ese espanto sea fácilmente extrapolable a otros conflictos. Esa universalidad convierte al Guernica en la mejor definición gráfica de los horrores de la guerra y en el arma política de concienciación social definitiva. ¿Casualidad? No, Picasso creía en que el arte no se debía concebir con una finalidad puramente hedonista, sino que debía tener una finalidad combativa, que conectase al artista con su vertiente activista. En la actualidad, Banksy y Ai Weiwei recogen ese testigo rebelde desde un punto de vista más callejero y más tocapelotas, respectivamente. La utilización del arte como arma política es, valga la redundancia, un arte en sí mismo, con una fuerza que es capaz de mover masas. Por esa razón, los gobiernos (sin importar tendencia ideológica) se han preocupado sobremanera en fomentar y, especialmente, controlar el arte que se lleva a cabo en sus territorios a través de diferentes acciones, ya sea a través de galardones, subvenciones o directamente censura. Para el gobierno, el arte es algo muy poderoso, y por ello es necesario que existan una serie de figuras que filtren lo que le llega al pueblo. Habrá quien afirme que ese tipo de organismos y acciones no tienen cabida en este nuestro gran país, pero en la cabeza de todos siguen resonando palabras como mordaza. De acuerdo, España ya no es una dictadura, ni tampoco la Inquisición campa a sus anchas, pero la realidad dista de ser tan ideal como se pinta y sin entrar a hablar de temas como LGTBfobia o machismo porque ya sí que no hablaríamos en ningún momento de Trumbo, la verdadera razón de la existencia de toda la perorata anterior.

La caza de brujas lleva a cabo por el senador Joseph McCarthy en Estados Unidos durante una década es un claro ejemplo de cómo un gobierno pretende controlar la industria cultural de su propio país. Trumbo se acerca a la figura más reconocible de los llamados Diez de Hollywood, una decena de hombres relacionados con la industria cinematográfica que fueron vapuleados y apartados de su labor profesional por su condición de demonios comunistas. Lejos de dejarse achantar, estos Diez rojos se enfrentaron al sinsentido de incriminaciones falsas y demás chorradas provenientes del Comité de Actividades Antiamericanas, llegando a ser acusados de desacato, crimen por el que Dalton Trumbo terminó cumpliendo condena de un año de cárcel. Puede que la elección de Jay Roach a la hora de plasmar el infierno que vivieron tanto Trumbo como sus camaradas (una palabra que como muy bien expuso Chaplin en su deposición ante el Comité, no es exclusiva de los comunistas) suene arriesgada, ya que Roach saltó a la palestra gracias a sagas como Austin Powers o Los padres de ella, pero no debemos olvidar que también está detrás de una de las mejores cintas políticas de la década: Game Change, película de HBO sobre la figura de Sarah Palin. Al igual que en su laureado telefilm, Roach sabe conjugar en Trumbo su base como director de comedia con su activismo personal. No olvidemos que además de Game Change, Roach ya se acercó a temas políticos con El recuento (sobre los recuentos de Florida que colocaron a George W. Bush en la Casa Blanca), En campaña todo vale (sátira política con Will Ferrell y Zach Galifianakis) o el piloto de The Brink (serie cómica de HBO cancelada sobre una supuesta crisis internacional en Pakistán). Roach muestra lo ridícula que es esta caza de brujas, aportando numerosos momentos de humor, especialmente gracias a las pullas del propio Trumbo (interpretado como no podía ser de otra manera por Bryan Cranston) o por el humor directo y físico de Frank King (grande John Goodman), pero no se olvida de las fatales consecuencias que tuvieron esas acusaciones: pérdida de empleos, familias resquebrajadas, escarnio público, penas de cárcel, depresiones y hasta suicidios.

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Roach expone lo absurdo de la cuestión, no el absurdo estúpido de los Fockers, sino el absurdo del ser humano. Un absurdo que bien utilizado puede provocar tanto carcajadas como escalofríos. Puede que a media película sientas que estás en una suerte de Ocean’s Eleven, con todos los personajes toreando al sistema, trabajando con seudónimos y ganando Oscars, pero Trumbo no pierde de vista esa realidad de la que hablábamos. La hostia de realidad se personifica en Arlen Hird, personaje ficticio que es un contubernio de los otros Diez de Hollywood y que sirve como contraposición realista (y violenta) al ego de Trumbo. El personaje interpretado por Louis C.K. recuerda en todo momento que la lucha es algo muy serio, que la finalidad de todo no es el reconocimiento individual, sino la justicia social. El conflicto se completa con el choque entre Trumbo y su mujer Cleo (Diane Lane), en la que la desmesurada personalidad del artista vuelve a hacer acto de presencia, una contienda que Roach plantea de un modo demasiado convencional que no perjudica el resultado final del film gracias a la buena labor de ambos actores, y ayuda a mostrarnos los aspectos ególatras y oscuros del guionista. Cranston es la elección perfecta para un personaje tan carismático y complicado como Dalton Trumbo. A pesar de cierto exceso de mohines especialmente en las primeras escenas de su personaje, Cranston compone una interpretación hecha por y para recibir premios creando una verdadera correspondencia entre su Trumbo y el Trumbo real. Una pena que este fuese el año de recompensar a Leonardo DiCaprio con un premio a toda su carrera.

El lastre de la película es cierto tufillo a telefilm lujoso, producto de ciertas decisiones en el montaje, un ritmo no muy cinematográfico y la presencia de mil y un rostros televisivos en su reparto. Además de los citados Cranston, Goodman y Louie, tenemos a Alan Tudyk (Firefly) como Ian McLellan Hunter (camarada guionista que firmó Vacaciones en Roma al no poder hacerlo Trumbo), Dean O’Gorman (El joven Hércules) como Kirk Douglas, David James Elliott (JAG. Alerta roja, Mad Men) como John Wayne o Michael Stuhlbarg (Boardwalk Empire) como Edward G. Robinson, entre otros. Completan el reparto dos damas bastante reconocibles: Helen Mirren y Elle Fanning. Mirren se encarga de uno de los personajes más apetitosos: Hedda Hopper. La Dama comendadora de la Orden del Imperio Británico opta por el histrionismo más desbocado a la hora de dar vida a esta suerte de Pérez Hilton de la época, capaz de hundir cualquier reputación desde su columna de opinión (más o menos el poder que tiene esta página). Es una pena que su personaje no tenga más escenas en Trumbo, Hopper es uno de los grandes villanos del film (junto a McCarthy y el propio John Wayne) y su personaje no llega a desarrollarse como merece, quedando bastante deslavazado y caricaturesco. No sería mala idea un biopic del áspid de las letras protagonizado por la propia Mirren. En el otro extremo de intensidad interpretativa tenemos a Elle Fanning, que se encarga de poner rostro a la hija mayor de Trumbo en la última etapa del film. La mejor actriz de la saga Fanning se recrea en su laciedad para componer una adolescente creíble, que admira y choca con las ambiciones de su padre, consiguiendo ser de lo más destacable en materia interpretativa del film.

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Dalton Trumbo puede gritar aquello de “¡Yo soy Espartaco!” con todas las de la ley. No solo porque él firmó la adaptación cinematográfica de la novela de Howard Fast para Stanley Kubrick, sino porque también luchó contra el ingrato e injusto sistema establecido y contra la estupidez humana. Sirva esta Trumbo como una bonita manera recoger su contienda. Una cinta notable y muy adictiva que hace que queramos saber más del caso original y que nos alienta a ser no ser tan conformistas como somos en nuestro día a día, porque “Everyone’s a hero in their own way”.

Nota: ★★★½

Crítica: Love & Mercy

Love and Mercy Paul Dano

La vida problemática y atormentada de los grandes artistas de la música es sin duda una fuente inagotable para el cine. En los últimos diez años el biopic musical ha sido una de las grandes apuestas de los estudios para la temporada de premios, aunque en su mayoría suelan acabar relegados a segundo plano (bien ignorados o recibiendo premios de consolación). Los hay de corte más académico (Ray, Dreamgirls, En la cuerda floja, Jersey Boys) y los hay menos ortodoxos (I’m Not There, 24 Hour Party People, Control). Love & Mercy, la historia del co-fundador y genio detrás de los Beach Boys, Brian Wilson, entraría en una categoría intermedia.

Bill Pohlad, productor de El árbol de la vida12 años de esclavitud, vuelve a la dirección después de firmar su primer largo hace 14 años (Old Explorers), para contar la curiosa, a ratos escalofriante historia del genio detrás de las composiciones del mítico grupo californiano. Pohlad compone un retrato fascinante y poco convencional del compositor de “Good Vibrations” y “God Only Knows” entre muchos otros éxitos de la música popular, y lo hace con la ayuda de dos actores en estado de gracia que dan vida al protagonista en dos etapas distintas de su vida. Paul Dano (Little Miss SunshineThere Will Be Blood) interpreta a Wilson de joven y John Cusack (Alta fidelidad) encarna al mismo personaje muchos años después, cuando este ya se ha retirado de la música.

Love & Mercy ha contado con la colaboración de la mujer de Wilson, Melinda Ledbetter, interpretada en la película por una fantástica y ubicua Elizabeth Banks, que se está ganando a pulso el título de actriz todoterreno en Hollywood. Según la propia Ledbetter, la experiencia de ver el film fue muy dura tanto para ella como para su marido, ya que reavivó el dolor de una etapa muy oscura en sus vidas. Efectivamente Love & Mercy se capuza de lleno en la enfermedad de Wilson para mostrar al público una cara nunca vista del genio, la de sus trastornos mentales, agudizados por sus problemas con las drogas y su infancia traumática a manos de un padre violento. Sin embargo, el film de Pohlad no debe confundirse con un melodrama biográfico al uso. Love & Mercy es mucho más que eso. Se trata de un enigmático y vibrante retrato sobre un virtuoso, una obra de pasión que nos permite adentrarnos en la mente de Wilson para comprobar cómo funciona, que nos deja escuchar todas esas voces hablando a la vez en su cabeza y ser testigos del asombroso proceso creativo del músico.

Love Mercy Cusack Banks

Saltando ente los 60 y los 90, Love & Mercy repasa más de tres décadas en la vida de Brian Wilson, desde la etapa posterior al enorme éxito de los Beach Boys en los 60 (gracias a himnos pop como “Surfin’ USA”) a su vida como solitario músico retirado viviendo con una enfermedad. Pohlad explora los tonos más graves del “California Sound” ideado por Wilson, siguiendo al atormentado compositor en su empeño por dejar atrás ese sonido “superficial” (“No hacemos surf y los surferos de verdad no escuchan nuestra música”) para evolucionar como artista, lo que daría como resultado el disco “Pet Sounds” (1966), por el que se distanció del grupo y dejó de lado los conciertos; y mucho más tarde, su gran obra maestra en solitario, “Smile“, sucesor de “Pet Sounds” que tardó 30 años en ver la luz, en 2004. Como contrapunto al agitado pasado de Wilson, las escenas en el “presente” poseen un carácter más (aparentemente) relajado, conformando una peculiar historia romántica sobre el poder curativo y redentor del amor.

Love & Mercy repasa los momentos clave de la carrera de Wilson con un enorme respeto y admiración por la música y una gran sensibilidad para mostrarnos la verdad que se esconde tras ella. Cercana en su tono y estilo más al cine de Paul Thomas Anderson que a los musicales mencionados en el primer párrafo, Love & Mercy navega aguas experimentales y psicodélicas sin extralimitarse en su excentricismo y sin sacrificar el fondo por la forma, para convertir en imágenes tanto el declive mental como el genio creativo del músico. El viaje personal de Brian Wilson da lugar a una película intensa, algo extraña y en última instancia conmovedora, en la que destaca el sobresaliente y armonioso trabajo del reparto (genial Paul Giamatti), especialmente el de un Paul Dano arrebatador.

Valoración: ★★★★

Crítica: La Dama de Oro

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En la que es su segunda película, Simon Curtis se reafirma en su gusto por el cine biográfico. Su debut en la gran pantalla, tras una dilatada carrera en televisión, nos permitió pasar Una semana con Marilyn, y ahora, el realizador londinense se adentra en el drama histórico con La Dama de Orola historia real de Maria Altmann, mujer que luchó durante años para que Austria le devolviera el retrato de su tía, Adele Bloch-Bauer I (“La Mona Lisa austríaca”), robado por los nazis al estallar la Segunda Guerra Mundial.

Helen Mirren da vida a Altmann, ciudadana norteamericana desde su huida de Viena en los años 40. La ley de restitución del arte de 1998 empuja a Maria a iniciar la lucha por recuperar el famoso cuadro de Gustav Klimt, que colgaba en una de las estancias de su casa de Viena, donde su familia disfrutaba una boyante época de esplendor social y económico antes de que la guerra estallase. El cuadro, tasado en cientos de millones, posee un valor sentimental incalculable para la octogenaria, que desea recuperar la dignidad que los nazis han arrebatado a su familia y al pueblo judío, a pesar de que esto supone abrir una dolorosa herida, tanto para ella como para el país. Con la ayuda de un joven abogado, Randy Schoenberg (Ryan Reynolds), nieto del célebre compositor Arnold Shoenberg, Maria emprende un viaje de vuelta a Austria para enfrentarse al gobierno del país, que se niega a devolverle el cuadro, ahora conocido como “La Dama de Oro” (renombrado así para borrar cualquier vestigio de pertenencia a la familia de Altmann). Maria hace frente a su pasado en busca no solo de justicia para su familia y su pueblo, sino también de clausura antes de que sea demasiado tarde.

poster_definitivoLa Dama de Oro ofrece todo lo que cabe esperar de un biopic convencional, y concretamente de uno con el sello Weinstein. Llama la atención que Harvey W. no haya apostado por esta película para la carrera de los Oscar y la haya relegado a una de las temporadas más bajas del año, los meses después de la award season y la pre-temporada estival. Sin embargo, no es una decisión sorprendente a juzgar por el resultado: La Dama de Oro es básicamente una TV movie cara con estrellas (si que es que a Ryan Reynolds podemos llamarlo tal cosa), realizada siguiendo el manual académico del género. No posee esa cualidad estentórea y hollywoodiense de los biopics oscarizados del año pasado, The Imitation Game (la apuesta oficial de los Weinstein) y La teoría del todo, ni sus interpretaciones, por correctas que sean y por mucha Helen Mirren que haya (que está estupenda aunque huelgue decirlo), sobresalen especialmente. Pero tampoco puede reprochársele demasiado, más allá del exceso de sacarina de algunos pasajes.

La Dama de Oro es un melodrama que parece realizado en la época en la que se ambienta parcialmente (en los 90, no los 40). Lo más destacable -además de la música de Hans Zimmer y Martin Phipps– es la investigación judicial en la que se embarcan Altmann y Schoenberg (con la ayuda de un patriota austríaco interpretado por el siempre correcto Daniel Brühl), por encima de los flashbacks en Viena, en los que Tatiana Maslany convence como Helen Mirren de joven, y donde más salta a la vista la formación televisiva de Curtis. Por lo demás, La Dama de Oro cumple holgadamente con los poco exigentes requisitos del género, y sale airosa sobre todo gracias a la inesperada buena pareja que forman Mirren y Reynolds.

Valoración: ★★★